Capítulo 20: Via crucis
INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – NOCHE
Hay doctores y enfermeras yendo de aquí para allá, además de visitantes. Paula se encuentra sentada mientras hace una llamada, esperando a que le contesten del otro lado de la línea, pero la llamada se va al buzón de voz.
Paula: (hablando en voz baja) De seguro ya debe estar muerto. Una lástima que resultaras ser un estorbo, Michael. Te veías mejor en la cama que intentando chantajearme, desgraciado.
Paula dibuja una sonrisa amarga en su rostro. Fernanda llega en ese instante, cargando su bolso.
Fernanda: ¿Paula?
Paula la ve llegar. Fernanda se le acerca y se sienta a su lado con evidente nerviosismo.
Fernanda: ¿Cómo salió todo?
Paula: (seria) Sígueme.
Paula se pone de pie y se va caminando. Fernanda se extraña y se queda mirando a la gente que hay allí en la sala de espera.
EXT. HOSPITAL/PATIO – NOCHE
Fernanda se acerca caminando. Paula se ve de espaldas. No hay nadie más allí en el patio exterior del hospital.
Fernanda: ¿Por qué tanto misterio?
Paula: (encarándola) ¿Querías que hablara de un tema tan delicado allá en medio de tantas personas?
Fernanda: Déjate de rodeos y ya dime cómo salieron las cosas. No he tenido vida desde anoche cuando hablamos.
Paula: Tranquilízate. Te puede dar algo, querida.
Fernanda: ¿Cómo me pides que esté tranquila? Emiliano en este momento debe estar matando a uno de mis hijos. ¿Cómo quieres que esté?
Paula: Ya hablamos de eso. Debes pensar con la cabeza fría y ser fuerte. Si todo sale bien, Christian muy pronto podrá obtener lo que le pertenece. Para que te quedes más tranquila, justo ya empecé con la otra parte del plan.
Fernanda: ¿Qué parte?
Paula: María José tuvo una crisis nerviosa, se desmayó y la trajeron para acá. No esperaba que interviniera para intentar poner en sobre aviso a tu hijo el cura, pero valió la pena porque ahora tendré la excusa perfecta para manipularla.
Fernanda: No entiendo cómo.
Paula: Muy fácil. Voy a encargarme de pagar un psiquiatra para que le recete unos calmantes que la mantengan dopada con la excusa de que está mal de los nervios.
Fernanda: (sorprendida) ¿Y cómo pretendes que en ese estado lleve en el vientre a mi nieto? Podría ser peligroso.
Paula: No serán dosis altas. Pienso actuar con cautela. María José estará tan dócil como un corderito y va a terminar haciendo todo lo que yo le diga, incluso acostarse con Christian cuando llegue el momento.
Fernanda: Tengo miedo de que algo salga mal.
Paula: Todo saldrá a pedir de boca. Tú quédate tranquila. Si nos ceñimos a los planes que tenemos, nos vamos a deshacer muy pronto de Emiliano.
Fernanda: (agobiada) Lo único que me lamento es haber sacrificado a Juan… Me hubiera gustado ayudarlo, ser la madre que nunca pude ser con él… Me siento la peor de las pecadoras, Paula…
Fernanda siente un amargo nudo en la garganta y rompe a llorar.
Paula: Era él o Christian. Míralo de este modo. En parte será una obra de caridad para ese pobre muchacho que tanta miseria sufrió en vida.
Paula la toma de las manos intentando infundirle un falso consuelo. Fernanda solloza y derrama varias lágrimas.
INT. BODEGA / NOCHE
Christian, entretanto, está a punto de disparar. Ha comenzado a apretar el gatillo y respira agitado.
Paula: (voz en off) Era esto o dejar que algún día ellos dos se terminaran matando entre sí.
Juan lo mira con fijación, esperando su destino con los ojos destrozados. Christian sostiene la pistola, pero tiembla.
Christian: (en un hilo de voz) No puedo…
Christian niega con la cabeza y baja la pistola.
Christian: No puedo. ¡No quiero hacerlo! ¡No puedo!
Emiliano frunce el ceño y lo agarra con brusquedad de la ropa.
Emiliano: ¿No me estás escuchando, pedazo de imbécil? Te estoy dando una orden.
Christian: Ya hice mucho. Te dije dónde estaba y evité que ese otro güey te chantajeara. No me pidas que lo mate yo.
Emiliano: (tensionando la mandíbula) ¿Qué parte de que lo mates no me estás entendiendo?
Christian: ¡No puedo! ¡No soy capaz!
Emiliano: Escúchame muy bien porque no pienso repetírtelo más. Ahorita mismo alzas esa pinche pistola, presionas el gatillo y asunto arreglado. De lo contrario, no creas que vas a tener mi confianza ni menos un lugar decente en la empresa. Te voy a botar a la calle y me vale que tu mamacita se oponga. ¡Me chingo a los dos y me libro de una buena vez de ustedes!
Christian: (desesperado) ¡Es mi hermano! ¿Cómo quieres que lo mate así como si nada?
Emiliano: ¿Y qué crees? ¿Que llegué hasta este punto porque tu papito y yo éramos los mejores hermanos del mundo? El muy infeliz era mi enemigo y eso es justito lo que este miserable representa para ti. Es tu enemigo, así que, o lo matas o ya sabes lo que te espera por atreverte a desafiarme.
Christian mira a Juan, quien lo observa con reproche, atado a aquella silla que lo tiene cautivo.
Emiliano: ¿Qué esperas? (Christian duda) ¡Hazlo!
Christian: No puedo… Pídeme otra cosa, menos matarlo, papá, por favor.
Emiliano: (furioso) ¡No me llames así!
Emiliano lo suelta, empujándolo con violencia en el acto.
Emiliano: Tú no tienes mi sangre y nunca la vas a tener, sino habrías heredado tantito de mi carácter, pero te falta un resto. Es que hasta el bastardo ese tiene más huevos que tú.
Christian no dice nada y solo comienza a sollozar. Emiliano le arrebata la pistola de un manotazo y lo ve con desprecio.
Emiliano: Ya decía yo que era esperar mucho de tu parte. ¡Inútil!
Emiliano se voltea, apunta directo a la frente de Juan y le sonríe con frialdad.
Emiliano: ¿No tienes nada más para decir, sobrino? ¿Unas últimas palabras? Mira que me gusta hacer las cosas bien y quiero darte una muerte digna, casi, casi como de película, así que ándale. Aprovecha tus últimos segundos.
Juan no contesta. Tan solo eleva los ojos con dolor.
Emiliano: ¿Nada de veras?
Juan: Que Dios lo perdone.
Emiliano: (riéndose) ¡Órale! Me gustó. Palabras épicas viniendo de un cura, pero ya estuvo. Hasta aquí llegaste, Juanito. Buen viaje, mijo. Ahí me saludas a Evaristo y al pendejo de Gabriel, ¿quieres?
Christian respira agitado. Juan solo cierra los ojos, resignado. De repente, justo cuando el hombre está a punto de apretar el gatillo, se escucha que un auto se acerca afuera. Octavio y sus dos hombres se miran entre sí.
Octavio: ¡Emiliano! ¡Espera!
Emiliano: (exasperado) ¿Qué pasa?
Octavio: No vayas a disparar todavía. Escuché un coche.
Emiliano: ¡No me estés chingando!
Octavio: No te apures. Es mejor prevenir. Uno de ustedes, vaya a ver. Rápido.
Uno de los malandros procede a asomarse por la entrada principal a través de una rendija y ve una patrulla de policía sin sirenas. Con prontitud, se aleja corriendo para avisar.
Subordinado 1: (a Octavio) Es la policía, patrón.
Emiliano, fulminante, voltea a ver, aunque sigue apuntándole a Juan.
Octavio: (sorprendido) ¿Estás seguro?
Subordinado 1: Vienen dos en una patrulla. Acabaron de estacionar frente a la bodega.
Octavio: Emiliano…
Emiliano: (exasperado) ¡Ya sé, maldita sea! ¡No soy sordo!
Octavio: No puedes disparar todavía.
Emiliano: No voy a desaprovechar la oportunidad de acabar con este bastardo después de tantos años.
Octavio: ¡No seas terco, hombre! No hay tiempo ni siquiera para esconderlo si lo matas ahorita. Nos puedes joder a todos, incluso a mí.
Emiliano: No voy a dejarlo vivo ni de chiste.
Christian: Octavio tiene razón, tío. Matarlo ahora no nos conviene a ninguno de nosotros. Todo se les va a hacer muy sospechoso.
Emiliano ahora le apunta a Christian, quien da asustado un paso hacia atrás.
Emiliano: Tú los llamaste, ¿no?
Christian: ¿De qué estás hablando?
Emiliano: Tú lo sabes mejor que yo. Fuiste tú, infeliz. Tuviste el tiempo suficiente para traicionarme mientras llegábamos.
Christian: Estás loco. No he llamado a nadie. Estuve esperando a que ustedes llegaran como me indicaste. ¿Por qué te iba a traicionar justo ahora?
Emiliano: ¿No es obvio? Para quitarme del camino e incriminarme con la policía. Este fue tu plan desde el inicio, cabrón de mierda. ¡Pero te va a pesar! ¡Ahora sí que me los voy a cargar a los dos! ¡Tanto a ti como al pendejo de tu hermano! (Muy alterado)
Christian: Piensa lo que quieras. Puedes revisar mi celular para que veas que no hice llamadas, nada más recuerda que estás perdiendo el tiempo suponiendo idioteces en esto en vez de pensar cómo salir ilesos de esta mierda.
Juan solo observa con tensión a su tío apuntándole a su hermano mientras respira agitado.
Juan: (gritando) ¡¡Auxilio!! ¡¡Ayúdenme!!
Emiliano: (furioso) ¡Callen a ese hijo de puta!
Juan: ¡¡Ayuda!!
Uno de los malandros se acerca y le propina un golpe en la cara para luego amordazarlo.
Octavio: Emiliano, cálmate. Ponerte así solo empeora las cosas. Christian tiene razón. ¿Qué razón tendría para incriminarte si él también saldría implicado
Emiliano no responde y solo respira sofocado. De repente, se escucha que tocan el portón de la bodega.
Policía 1: Buenas noches.
Todos se miran sin salida.
Octavio: Hazme caso. ¡No nos chingues con tus caprichos! Déjamelo a mí. Yo tengo una idea, pero ya baja eso y confía. Hay que actuar con cautela.
Emiliano respira agitado, mirando con rabia a Christian como a Octavio. Juan de fondo solo contempla con odio toda la situación, amordazo, sin salida.
EXT. BODEGA / NOCHE
Pasan un par de minutos. Dos policías se encuentran frente al portón y tocan un par de veces, sin respuesta. Detrás se encuentra la patrulla con las luces superiores encendidas.
Policía 1: Buenas noches. ¿Hay alguien ahí?
Octavio no tarda en abrir el portón. Emiliano está de fondo, encendiendo otro puro.
Octavio: Buenas noches, oficiales. ¿Qué los trae por acá?
Policía 2: Recibimos una llamada anónima reportando un secuestro. Nos dieron esta dirección y vinimos para ver si todo está en orden.
Octavio dibuja una sonrisa nerviosa.
Octavio: ¿Un secuestro? No, no oficiales. Debe ser un malentendido. Aquí no hay nada de eso.
Emiliano aparece detrás de él, como una silueta pesada entre sombras, fumando.
Emiliano: (serio) ¿Todo bien, caballeros?
Policía 1: ¿Usted es…?
Emiliano: Emiliano… Emiliano Fonseca.
Policía 2: (sorprendido) ¿Fonseca, del corporativo?
Emiliano: El mismo que viste y calza.
Policía 2: ¿Puede mostrarnos su identificación, por favor?
Emiliano los mira de mala forma y accede a sacar su identificación de su billetera. Uno de los policía revisa y se la devuelve.
Emiliano: Bueno, ahora sí, ¿me pueden decir qué está pasando?
Policía 1: Recibimos un reporte de un secuestro, señor.
CORTE A:
INT. BODEGA/HABITACIÓN CONTIGUA – NOCHE
Juan está oculto entre estructuras metálicas y costales, atado, amordazado, respirando con rabia. Es sujetado por sus captores. Cristian está junto a ellos y su celular vibra en silencio. Logra ver que Grettel lo está llamando con insistencia, por lo que aprieta el celular entre sus manos y deja que la llamada se pierda, mirando con lástima a su hermano, quien, por el contrario, mira a todos con rabia. Logran escuchar de lejos la conversación con los policías.
Emiliano: (off screen) Me temo que se equivocaron, oficiales. No sé quién les dijo semejante babosada, pero esta bodega es mía. La compré hace años y pues, se quedó abandonada. Ya saben cómo es la vida. Trabajo, negocios…
CORTE A:
INT. BODEGA/ENTRADA – NOCHE
Policía 1: (a Octavio) ¿Y usted es…?
Octavio: Comandante Octavio Luján.
Octavio les extiende la mano, con evidente nerviosismo.
Policía 1: Disculpe, comandante. ¿Trae su placa? Usted sabe, para identificarlo.
Octavio: ¿Mi placa? (Tocándose los bolsillos). Ah, bueno, pues, ando fuera de horario. Ya saben, de civil, con un amigo. Emiliano y yo hemos sido cercanos por muchos años.
Policía 2: Entonces ¿qué hacen aquí?
Emiliano deja escapar un bufido, harto.
Emiliano: Pues ¿qué pasó, oficiales? ¿Por qué tanta pregunta? ¿Qué acaso ahora uno no puede andar tranquilo con sus amigos?
Octavio le pone la mano en el hombro, apaciguándolo. Luego mira a los policías.
Octavio: Nada más estamos viendo un negocio. Emiliano quiere reactivar la bodega y ver si sirve para algo.
Policía 2: Igual necesitamos echar un vistazo rápido, comandante. Protocolo. Usted ya sabe cómo son estos procesos.
Emiliano aprieta la mandíbula, molesto.
Emiliano: Está bien. Háganle como quieran. De igual, no van a encontrar nada raro.
Policía 1: Con permiso.
Los policías avanzan hacia el interior, sosteniendo unas linternas e iluminan a su alrededor. Juan, en su escondite, respira agitado y suda. Cuando siente la presencia de los policías, comienza a mugir.
Hombre 1: (susurrando) ¡Cállate, cabrón!
Juan no se detiene y se retuerce. De repente, el joven logra pisar una varilla que hace ruido, lo cual llama la atención inmediata de los policías. Estos apuntan con sus linternas hacia la zona. Octavio se pone aún más nervioso.
Emiliano: (interviniendo) Pinches ratas. ¿Vieron? De seguro a las muy cabronas no les gustan las visitas.
Policía 2: (poco convencido) De igual, debemos ver.
Emiliano frunce el ceño. Octavio traga saliva y se siente perdido. Christian se mueve rápido, como impulsado por el pánico, y sale de su escondite.
Christian: ¿Todo bien, papá?
Los policías se sorprenden al ver a un tercer hombre. Octavio respira aliviado.
Policía 1: ¿Quién es usted?
Emiliano se apresura a acercarse al joven y se le acerca con una falsa simpatía.
Emiliano: Es mi hijo, oficiales. ¿Qué estabas haciendo por allá, mijo? ¿Qué fue ese ruido?
Christian: Estaba cargando unas cajas y pisé una varilla sin querer. ¿Qué es lo que pasa?
Emiliano: Nada, solo que a un pinche desadaptado se le ocurrió chingar a los señores oficiales que de seguro tienen cosas más importantes para hacer, diciéndoles que teníamos a alguien secuestrado aquí.
Christian: (riendo con incredulidad) ¿Un secuestro? No manchen. ¿Aquí? Por favor. Nosotros somos gente de bien y una calumnia así es grave. Sí saben quién es mi papá, oficiales, ¿no? Emiliano Fonseca, el dueño del corporativo que justo tiene nuestro apellido.
Policía 2: Justo lo supimos hace un rato, joven.
Christian: Entonces sí lo saben no deberían estar importunándonos con llamadas anónimas sin ninguna credibilidad. Inclusive aquí está un amigo de la familia que es comandante. Este tipo de cosas les puede causar un llamado de atención, ¿sí se dan cuenta?
Policía 1: (apenado) Nada más hacíamos nuestro trabajo. No era nuestra intención importunar.
Emiliano: Pues bueno, ya que revisaron y se dieron cuenta que la dichosa llamada esa no tiene ningún fundamento, yo creo que ya se pueden retirar, ¿no? Estábamos discutiendo asuntitos importantes justito antes de que llegaran.
Policía 2: Claro, ya nos vamos. De nuevo, disculpen.
Policía 1: Gracias por cooperar. Tengan una buena noche.
Octavio: Igualmente, oficiales. Déjenme los acompaño.
Ambos agentes se retiran de la bodega. Octavio va con ellos y cierra de nuevo el portón, asegurándose de que se suban a la patrulla y se vayan.
Octavio: Ya se fueron.
Emiliano: (fastidiado) Casi que no (Tira el puro al piso). A buena hora tenían que aparecerse los metiches esos. Por poco y lo echan todo a perder.
Christian: Pero ya logramos que se fueran y te salvé el pellejo, ¿sí ves?
Emiliano lo mira con seriedad e incredulidad.
Christian: Una vez más te demostré que estoy contigo y si los hubiera llamado yo, créeme que no te habría ayudado.
Emiliano: Si alguien llamó a esos pinches policías de mierda y les dio la dirección, sabía muy bien lo que pensábamos hacer. Alguno de ustedes tuvo que abrir la boca. No soy ningún pendejo.
Octavio: Mis hombres son de confianza, Emiliano. Creo que todos te hemos demostrado que estamos metidos hasta el cuello en esto, incluso maté a uno de mis hombres esta tarde para evitar que abriera la boca cuando lo dejaron malherido.
Emiliano: Pues no sé, pero no pienso arriesgarme más y ahora sí que me voy a cargar al bastardo ese que me tiene hasta las narices. ¡Traigan al cabrón ese! (Grita a los malandros)
En el cuarto contiguo, los malandros que aprisionan a Juan lo sujetan con fuerza y lo obligan a caminar. Juan ve en ese instante una oportunidad y repentinamente, empuja con el hombro a uno de sus captores, quien pierde el equilibrio y choca con un estante metálico que derrumba en el acto.
Emiliano: ¿Qué pasa, chingada madre?
Todo pasa en cuestión de segundos. Juan aprovecha que se ha parcialmente liberado y le da un cabezazo a su segundo captor. El primero intenta abalanzarse, pero Juan le da una patada en el estómago que lo derriba. Desesperado, con las manos atadas, se quita la mordaza y toma un extintor, con el cual golpea en la cabeza al segundo captor, causando que se aturda y caiga al piso. Sin darse a la espera, sale corriendo por un pasadizo lateral. El primer captor se levanta y sale corriendo tras él.
Hombre 1: ¡Se escapa, patrón!
Emiliano, Christian y Octavio se asoman al cuarto, y ven que Juan huye al fondo del pasadizo.
Emiliano: (furioso) ¿Qué esperan, inútiles? ¡Agárrenlo!
Octavio también sale corriendo y dispara varias veces. Emiliano va justo detrás de él. Christian se pasma, sin saber qué hacer. Juan corre sin parar, sudando a chorros, con sangre cubriéndole el rostro y con las sogas quemándole las muñecas. Corre por aquel pasadizo y alcanza a escuchar que sus verdugos se acercan.
Emiliano: (de lejos) ¡No te me vas a escapar, Juanito! ¡De mí cuenta corre que te vas a morir! ¿Sí oíste? ¡Te voy a matar!
Juan llega a una puerta. Intenta abrirla, pero está con llave y mira desesperado a su alrededor. Logra ver unas escaleras metálicas y sin dudarlo, sube. Tropieza con un escalón, pero se levanta con rapidez y sigue subiendo a la plataforma del segundo piso. Emiliano, Octavio y uno de sus hombros logran alcanzarlo. Estos dos últimos disparan mientras van tras él, aunque las balas rebotan sin éxito entre las estructuras metálicas.
Emiliano: ¡Con cuidado! ¡No quiero que lo maten!
Juan jadea, como si se tratara de una presa que huye de su depredador. Una bala alcanza a rozarlo por el costado mientras sube. Grita adolorido y parece caer, pero no se rinde y llega hasta al fondo de aquella plataforma donde no hay salida, tan solo una ventana.
Emiliano: ¡Rápido, idiotas! ¡Agárrenlo de una buena vez!
Octavio y su hombre suben también las escaleras. Juan se desespera. Mira como escaneando con los ojos otra escapatoria y ve varias varillas tiradas en el piso. Toma una entre sus manos con dificultad y rompe el vidrio de la ventana.
Emiliano: (desesperado) ¡Que no se les escape, maldita sea!
Emiliano alcanza a ver todo desde abajo y también dispara sin atinarle.
Juan: (jadeando) No hay de otra…
Duda solo medio segundo y se avienta por la ventana. Cae con violencia hacia el exterior de la bodega y grita sumamente adolorido al punto de que se queda pasmado en el piso como si se hubiese fracturado algo.
Juan: Ayúdame, Dios mío. ¡Ayúdame! (Grita desgarrado)
Juan, con las manos aún atadas, se arrastra. Pone un pie firme en el piso, se levanta con suma dificultad y camina cojeando. Octavio y su hombre se asoman por la ventana y al verlo afuera, no dudan en dispararle, aunque sin éxito. Juan se esconde detrás de un muro. Dentro de la bodega, Emiliano, desesperado, se lleva las manos al cuello.
Emiliano: ¡No son más que unos malditos ineptos de mierda! ¡Unos inútiles!
Octavio: Está malherido. Logramos darle. No debe ir muy lejos.
Emiliano: Entonces muévanse y alcáncenlo. No voy a dejar que esa rata se me escape o ustedes me las van a pagar, partida de asnos.
Emiliano se devuelve a la entrada de la bodega. Octavio y su subordinado bajan corriendo las escaleras. Christian, nervioso y desconcertado, se le acerca a su tío.
Christian: ¿Qué pasó? ¿Dónde está Juan?
Emiliano: Se escapó como una rata de alcantarilla. Va del otro lado de la calle.
Christian: ¿Y qué vas a hacer?
Emiliano: ¿No es obvio? Matar a ese malnacido, aunque sea lo último que haga. Tú vienes conmigo. Todavía no termino de confiar en ti.
Emiliano sale de la bodega sin más. Christian se ve indeciso, pero no ve de otra que seguirlo.
EXT. CALLES – NOCHE
Juan, entretanto, corre cojeando y mirando constantemente hacia atrás. Intenta con todas sus fuerzas zafarse las manos de las apretadas sogas. Logra liberar una mientras chilla del dolor. Incluso logra verse que su muñeca sangra y así consigue liberar su otra mano. A unos pasos de allí, hay un repartidor con un pedido y que acaba de estacionar su moto frente a una modesta vecindad.
Repartidor: Buenas noches. Pedido de la 10.
Espera un rato. Una señora mayor se acerca a la reja, vistiendo bata y pantuflas.
Señora: Ay, mijito. Buenas noches. Ya estaba preocupada por la hora y pensé que no me iban a entregar el paquete.
El repartidor le entrega la caja, cobra, y justo cuando está guardando el cambio en su bolsillo, Juan se acerca corriendo hacia él, desorientado, temblando, con la camisa rota y las muñecas marcadas de sangre. Justo en ese instante, al final de la calle, una camioneta que reconoce viene a toda velocidad. El ruido de las llantas llama la atención de la mujer y el repartidor. Juan se ve sin escapatoria. La adrenalina estalla en sus venas y sin dudarlo, se sube a la moto.
Repartidor: (exaltado) ¡Oye! ¿Qué haces?
Juan gira la llave, la moto ruge. Apenas logra estabilizarla. El repartidor intenta detenerlo y bajarlo, aunque al escuchar unos disparos al aire, se aparta asustado y se tira a la calle.
Señora: (aterrada) ¡Ay, bendito Dios! (Cierra la reja)
Juan acelera y arranca con torpeza. La moto zigzaguea. No logra dominarla bien y casi cae, pero la mantiene en pie mientras avanza por la calle. Dentro de la camioneta, Emiliano va en los asientos traseros junto a Christian. Octavio está de copiloto y su subordinado conduce.
Octavio: Está escapando en una moto.
Emiliano: No se les ocurre perderlo de vista. ¡Aceleren y síganle disparando!
Christian: No podemos hacer eso. ¿Quieres que llamen a la policía de nuevo y nos reporten?
Octavio: Christian ya lo dijo. Nos puede ir peor, Emiliano. Si bien la camioneta tiene una placa falsa, no podemos disparar así como si nada, hombre. No seas irracional.
Emiliano: ¿Qué parte de que sigan disparando no entendieron, chingada madre? El que manda aquí soy yo y quiero que agarren a ese hijo de puta, así que aceleren.
Octavio, resignado, le hace una seña a su subordinado para que aumente la velocidad del vehículo.
Emiliano: (susurrando) No te me vas a escapar, Juan. Te voy a mandar al infierno, curita asqueroso. ¡Te voy a hacer ver tu suerte!
Emiliano dice aquello con suma seguridad al tiempo que una mirada llena de odio como de maldad profunda se dibuja en sus ojos, como si en ellos contuviera auténtico fuego.
EXT. AUTOPISTA – NOCHE
Juan, por su parte, maneja con torpeza la motocicleta que robó por una autopista desolada por la que apenas pasan unos pocos vehículos. Parece que es una autopista a la salida de la ciudad. Juan intenta no ir a tan alta velocidad, ya que no se siente bien y respira de forma irregular, al punto de que casi pierde el equilibrio al esquivar un auto que le pita la bocina. La moto patina, pero logra enderezarla. Él traga saliva, asustado.
Juan: (entre jadeos) Ayúdame, Dios mío, por favor… No me dejes acabar así. No permitas que se salgan con la suya…
El viento le sopla el cabello, ya que ni siquiera usa casco. De lejos, la camioneta lo sigue, aunque hay varios autos en medio.
Hombre 1: (conduciendo) Allá va, señor.
Emiliano: (muy serio) Písale al pedal y empiecen a dispararle.
Octavio: No podemos hacer eso aquí, Emiliano. Es una autopista, hay tráfico. Si alguien llama a la policía…
Emiliano saca su pistola y le apunta en la cabeza a Octavio.
Octavio: (asustado) ¿Qué te pasa?
Emiliano: Me estoy empezando a cansar de que me cuestiones y supongo que tú sabes muy bien que no me gusta cuando rebosan mi paciencia.
Christian: (interviniendo) Tío…
Emiliano: ¡Tú te callas!
Octavio: Cálmate ya, Emiliano. Nada más te estoy previniendo, hombre. No quiero que las cosas salgan mal. ¡Estoy de tu lado!
Emiliano: No me interesa que me prevengas. Ocúpate de seguir órdenes, así que saca tu pinche pistola y derríbalo de la moto sin matarlo.
Octavio: (resignado) Está bien.
Octavio no ve más opción. Toma de la guantera su capucha y se la coloca.
Octavio: (al que conduce) Acelera.
Octavio le quita el seguro a la pistola mientras el único hombre que le queda pisa el pedal para acelerar. Se abren camino entre otros vehículos y adelantan un par. Octavio, con prontitud, saca la cabeza por la ventana y comienza a disparar. Juan escucha las detonaciones y se encoge instintivamente. Mira hacia atrás y desorbita los ojos al reconocer la camioneta.
Emiliano: (eufórico) ¡Sigue disparando! ¡No te detengas!
Octavio, por la presión, continúa disparando. Juan aprieta los manubrios de la moto y acelera también con desesperación. Se mete entre dos autos, apenas logrando pasar y uno de los conductores hace sonar la bocina con furia. Toda la escena se llena de tensión y adrenalina.
Emiliano: (susurrando) Corre… Corre todo lo que quieres, Juanito. Hagas lo que hagas no te me vas a escapar, cabrón…
Emiliano dice aquello con seguridad. Christian mira con preocupación y traga saliva.
Juan logra perderse momentáneamente entre otro par de vehículos y aumenta la velocidad, logrando quedar a una mayor distancia de sus captores. Las bocinas de autos suenan.
Juan: (en un hilo de voz) Tengo que aguantar…
Pero las balas no paran y rebotan en el asfalto, creando chispas. Emiliano se desespera.
Emiliano: (furioso) ¿Qué clase de policía de mierda eres? ¡Apúntale bien, maldita sea!
Octavio: ¡Hago lo que puedo! Estoy evitando dispararles a otros coches.
Emiliano decide quitarle el seguro a su pistola.
Christian: ¿Qué haces?
Emiliano: Ya vas a ver.
Emiliano también se asoma por la ventana y se une a la balacera en aquella desolada avenida, por la que ya solo quedan la camioneta y la moto. Christian mira hacia los lados, como perdido.
Christian: Estamos saliendo de la ciudad.
Emiliano: No me importa dónde carajos estemos. Si tengo que ir al mismísimo fin del mundo por ese malnacido, lo voy a hacer.
Emiliano y Octavio siguen disparando sin éxito. Juan mira constantemente hacia atrás y en una de esas, se distrae y se encuentra de cara con un camión gigante que hace sonar la bocina. Juan reacciona como por instinto y lo esquiva de una forma casi imposible. El conductor del camión también se desvía, causando el caos para la camioneta.
Christian: ¡¡Cuidado!!
Christian se sujeta del asiento, aterrorizado.
Octavio: (al que conduce) ¡Cámbiate de carril, pendejo! (Grita desesperado)
De forma osada, el hombre que maneja logra esquivar aquel gran camión, intentando cambiar de carril. Todos se sacuden y se golpean adentro, pero en el intento, la camioneta derrapa violentamente, las llantas chillan contra el asfalto y el vehículo termina volcándose de forma brutal sobre la vía, una vuelta tras otra. Vidrios estallan y la camioneta termina dando varias vueltas hasta dar contra un muro de contención. Quedan llantas arriba, el motor ruge y la camioneta humea. De pronto, una chispa salta del cofre y el vehículo se ve envuelto en una bola de fuego. Fragmentos salen desprendidos y las llamaradas iluminan la oscura autopista.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – NOCHE
Hay un ambiente tétrico en la habitación que apenas es iluminada por velas colocadas en ciertos puntos. Fernanda está allí adentro, con el torso descubierto, azotándose con un látigo de forma salvaje mientras llora del dolor. Es de notar que la mujer suda aparatosamente y gime con cada latigazo que infringe en su cuerpo. Ve una cruz colgada en la pared y le habla.
Fernanda: Señor, perdóname por lo que hice… Perdóname…
Fernanda respira hondo, tiembla y vuelve a azotarse varias veces. Aprieta los dientes y la piel se le abre en líneas rojas y frescas. Ella solo presiona los dientes con fuerza, llorando desconsolada.
Fernanda: Soy una mala madre. Soy la peor de las madres. ¡Perdóname!
Los azotes resuenan en la habitación como si se tratara de un castigo medieval. Fernanda llora en silencio, pero no se detiene. Cada golpe parece más fuerte que el anterior, hasta que no puede más y cae exhausta en el piso mientras tiene un recuerdo de la noche anterior.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/CUARTO ÚTIL – NOCHE
Paula y Fernanda se encuentran encerradas en el apartado cuarto útil de la casa. Fernanda viste una bata de dormir y antes de cerrar la puerta se asegura de que nadie las vea.
Fernanda: A ver si entendí. ¿Me estás diciendo que tienes de amante a un hombre que podría ser tu hijo y que sabe todo sobre Juan?
Paula: No todo. No conoce la historia. Tan solo sabe que su jefe, Octavio precisamente, lo estaba buscando, y no hay que ser muy inteligente para intuir que Emiliano se lo ordenó.
Fernanda: (pensativa) Entonces Emiliano nunca dejó de buscar a Juan…
Paula: Era de esperarse. Si no tuvo las agallas para deshacerse de él cuando nació, no se iba a quedar de brazos cruzados la vida entera arriesgándose a que ese muchacho algún día se apareciera a reclamar su lugar en esta familia.
Fernanda: Si Emiliano se entera de su paradero, no va a dudar en matarlo. Tenemos que hacer algo, Paula. No puedo permitir que le haga daño.
Paula: Fer, no te hagas la madre abnegada a estas alturas de la vida. Te recuerdo que regalaste a tu propio hijo y nunca te importó (Fernanda la mira con seriedad). ¿Qué ganas siendo una buena madre ahora?
Fernanda: Lo hice para protegerlo.
Paula: Una madre siempre está dispuesta a pasar por encima de cualquiera para proteger a sus hijos, pero tú escogiste la vía fácil, querida, aunque no me extraña, ¿sabes? Tú también sufriste abandono por parte de tu mamá. Replicaste con Juan lo que Graciela hizo contigo.
Fernanda: (molesta) ¡Cierra la boca! No tienes idea de lo que estás hablando.
Paula: No te sulfures y como sea, tampoco hay nada que podamos hacer. Hasta nos conviene no intervenir.
Fernanda: ¡Es mi hijo! No puedo permitir que lo maten como un perro.
Paula: Juan está condenado desde que nació. Míralo de esta forma. No lo viste crecer y apenas hasta hace poco supiste que seguía vivo. En cambio, Christian, con él sí que has sido una verdadera madre. Lo tuviste entre tus brazos, lo educaste… El otro es un desconocido.
Fernanda: ¿Qué me estás queriendo decir?
Paula: ¿No es obvio? Deja que las cosas sigan su curso.
Fernanda la mira aterrada ante lo que le está proponiendo.
Paula: Fer, otro heredero solo va a complicarlo todo y te recuerdo que lo que estamos haciendo juntas es para que Christian recupere lo que Emiliano le robó. ¿Qué crees que va a pasar cuando Juan también aparezca para reclamar lo suyo? Christian y él se harán enemigos.
Fernanda se queda pensativa.
Paula: Van a enfrentarse por la misma maldita herencia de esta familia y van a repetir la misma historia de Gabriel y Emiliano, pero ¿sabes que es lo peor? Que el final ya lo conocemos. Van a terminar matándose entre sí.
Fernanda: (negando con la cabeza) Cállate, eso no puede pasar…
Fernanda se pone ansiosa y comienza a caminar de un lado para otro mientras respira de forma pesada.
Paula: Pues va a pasar y es ahí a dónde voy. Juan puede terminar matando a Christian, resentido por la vida de miseria que vivió. ¿Es lo que quieres? ¿Que un hijo bastardo tuyo mate al que criaste con tanto esmero?
Fernanda: Juan no sería capaz…
Paula: Tú lo conoces. No lo criaste. No sabes qué mañas de barriobajero agarró debido a tu abandono. Christian sí es tu hijo, no ese recién aparecido.
Fernanda: ¡Es que no puede ser! No me puedes pedir que deje a mi otro hijo a su suerte de nuevo. Juan ya pasó por mucho. Yo lo abandoné, no le puedo hacer una cosa así. No otra vez.
Paula: Pues esa es tu decisión. De cualquier forma, Michael hablará con Octavio mañana. El imbécil está endeudado y necesita dinero, así que va a chantajearlo. De ahí, lo más seguro es que Octavio le cuente a Emiliano y conociendo a mi hermano, dudo que lo deje con vida.
Fernanda: ¿Y no te importa?
Paula: (sonriendo) ¿Michael? Claro que no. Me daba unos buenos revolcones, pero hasta ahí nomás. Hombres hay muchos allá afuera y yo, pues, no soy tan mojigata como tú.
Paula se burla discretamente. Fernanda la mira con rabia.
Paula: Como te decía, Emiliano le va a terminar sacando a Michael toda la información y luego… (Pausa) Luego, Juan tendrá las horas contadas, claro, eso en el caso de que tú no intervengas.
Fernanda no responde y se ve indecisa, dudando.
Paula: Piénsalo bien, Fer. Piensa en Christian. Él es lo más importante y Juan, bueno… (Pausa) Es una pena decirlo, pero será un estorbo a la larga y no vale la pena salvarlo. Hacerlo solo sería prolongar una tragedia a futuro que irremediablemente va a ocurrir. Date cuenta.
Fernanda mira hacia el techo y comienza a sollozar, sintiéndose sumamente afligida mientras se toca el pecho. Paula se le acerca e hipócritamente le pone la mano en el hombro.
Paula: Deja que Emiliano haga su trabajo.
FIN DEL FLASHBACK
Fernanda deja de recordar, llorando muy dolida, como si le arrancaran algo de lo más profundo y su espalda se ve desnuda, llena de azotes, ardiendo, causándole un gran dolor físico.
Fernanda: Christian es mi hijo… Christian es mi único hijo… Es el elegido, sí… (Habla muy trastornada) Juan… Juan nunca debió nacer.
Fernanda tiembla y dibuja una sonrisa llena de perversión en su rostro mientras comienza a reír completamente fuera de sí. Es evidente que la mujer sufre de un trastorno mental.
EXT. CARRETERA / NOCHE
Juan, entretanto, ha logrado huir con éxito y ha perdido de vista a sus captores sin imaginarse el caos a unos kilómetros de allí. No hay vehículos pasando, por lo que él reduce la velocidad de la moto y se detiene al lado de la vía ubicada en medio de los árboles. El joven se baja, exhausto y sin fuerzas. El silencio es brutal y apenas se escucha el cantar de los grillos.
Juan: Padrino… Benjamín…
Juan da un par de pasos y se derrumba. Se lleva una mano al costado, herido por la bala que lo rozó antes y se mira los dedos manchados de sangre, con la mirada apagada.
Juan: (en un hilo de voz) Me voy a morir, ¿no? Hasta aquí llegué…
Juan se toca el denario que aún conserva en una de sus muñecas y mira con una débil sonrisa.
Juan: Yo sé que no fui perfecto, que siempre fui impulsivo, que dudé mucho… Hubiera querido hacer más por los demás y me pesa no haber podido… Fracasé…
Juan gimotea y llora un poco a medida que va cerrando los ojos al costado de la vía.
Juan: Échame una mano allá arriba, padrino. Tengo miedo… Tengo miedo de lo que venga luego.
Juan va calmando su respiración y termina por perder parcialmente el conocimiento. Logra ver unas imágenes confusas, unas luces que se aproximan, el ruido de un motor y unas personas que se bajan corriendo hacia él, al parecer un hombre y una mujer. Juan apenas puede percibir lo que ocurre a su alrededor, pero logra darse cuenta de que lo levantan y lo suben a un auto. Es allí donde se desmaya por completo.
Todo se pone en negro hasta que van pasando varios recuerdos difusos: Juan conduciendo la moto, desesperado, intentando escapar; el momento en que Evaristo fue atropellado por Emiliano; Benjamín sonriendo; un disparo de fondo; Benjamín cayendo al suelo; los gritos desgarrados de Juan; María José desmayándose. Todo se entremezcla y el joven termina despertando súbitamente, ahogado, como si aquellos recuerdos fueran una pesadilla. Jadea, se reclina de golpe en una cama y gime de dolor.
Chela: (aliviada) ¡Ay, gracias a Dios despertaste, muchacho!
Juan voltea a ver, sorprendido. Chela justo se encuentra a su lado, sentada en una silla, con un rosario entre las manos. Mira su cuerpo y se da cuenta de que está sin camisa, con un vendaje firme en el costado. Su rostro, aunque está limpio, también está lleno de moretones y mira a su alrededor, viéndose en una habitación pequeña, modesta, pero acogedora.
Chela: ¿Cómo te sientes?
Juan la observa desconcertado, sin entender nada.
Chela: Dime, ¿te duele algo?
Chela intenta acercársele, pero él se aparta un poco atemorizado.
Juan: (confundido) ¿Qui…? ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
Chela: No te preocupes. Estás en un lugar seguro. Llevabas dos días inconsciente, durmiendo. Por poco pensé que no ibas a aguantar o que iba tener llevarte al hospital.
Juan no responde y su expresión confusa habla por sí sola.
Chela: Tranquilo. Luego habrá tiempo para explicaciones. Por ahora, es mejor que no te esfuerces de más. Estabas muy malherido. ¿Quieres algo?
Juan: Tengo… Tengo sed.
Chela: Me imagino. Deja que te traiga algo de tomar e intenta no moverte, ¿sí? Todavía estás muy golpeado.
Chela se levanta, aún con el rosario en la mano, y se dirige hacia la puerta, aunque antes de salir, se queda viendo al joven con angustia. Una vez a solas, él toca el vendaje en su costado y solo mira con curiosidad la habitación, clavando los ojos justo en un cuadro del Sagrado Corazón.
Juan: ¿Qué me pasó? ¿Cómo llegué aquí?
Juan respira con tranquilidad, aunque evidentemente desconcertado y bastante adolorido todavía.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
María José está sentada en la cama. Lleva la bata del hospital y su mirada está perdida, como si no terminara de estar ahí del todo. Un médico le toma la presión con el tensiómetro y al terminar, lo retira del brazo de ella. Paula está presente.
Paula: ¿Cómo la ve, doctor?
Doctor: Mucho mejor. Tuvo un ataque de pánico bastante severo y entró en crisis de nervios por el cuadro severo de estrés y ansiedad por el que pasó, pero ya está bien.
María José apenas escucha en silencio y parpadea.
Paula: Qué bueno. Me tenía muy preocupada. ¿Va a darle de alta entonces?
Doctor: Sí, aunque les recomiendo que acudan a psiquiatría. Es importante que le den seguimiento.
Paula: (asintiendo) Por supuesto, doctor. Muchas gracias.
Doctor: Bueno, las dejo a solas. Con permiso.
Paula: Propio.
El doctor sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. María José sigue mirando al vacío. Paula se acerca de inmediato, se sienta a su lado y le acaricia el rostro con falsa ternura.
Paula: (sonriéndole) ¿Escuchaste? Por fin nos vamos de aquí. Estos dos días contigo en ese estado han sido terribles.
María José: ¿Dónde está Juan?
Paula: No pienses más en ese muchacho, María José. No quiero que te pongas mal de nuevo.
María José: (con debilidad) ¿Cómo me dices eso? Emiliano va a matarlo si es que ya no lo hizo y todo por ti, que no me dejaste salir a ayudarlo.
Paula inhala como intentando guardar la calma.
María José: Eso nunca, madrina, nunca te lo voy a perdonar. Me tuviste retenida en contra de mi voluntad y hasta diste la orden para que me medicaran. ¿Cómo pudiste?
Paula: Lo hice por tu bien. Estabas muy alterada y mira que hasta te remitieron a psiquiatría de nuevo, cosa que no pasaba hace muchos años.
María José: (con rabia) No me importa. Te fuiste en contra mía y no te lo voy a perdonar.
Paula: Escúchame. Puede que esto no te haga sentir más tranquila, pero de seguro el muchacho ese escapó.
María José: (sorprendida) ¿Por qué lo dices?
Paula: Christian y Emiliano tuvieron un accidente muy fuerte en la autopista hacia Cuernavaca hace dos días. Iban en una camioneta. Octavio también iba con ellos junto con otro hombre y la camioneta quedó hecha pedazos, se incendió. Juan no estaba allí.
María José parpadea varias veces, intentando procesar aquella noticia.
Paula: El conductor supe que murió. Emiliano y Christian lograron salir antes de que la camioneta explotara. Octavio sí creo que está grave.
María José: Entonces ¿dónde está Juan?
Paula: No lo sé. De hecho, nadie sabe del paradero de ese joven, pero lo más seguro es que esté bien, así que deja de torturarte. Ahora no estás bien de los nervios y necesitas recuperarte.
María José: No me trates como si estuviera loca.
Paula: No lo tomes así, María José. Las dos sabemos que pasaste muchos años en tratamiento después de la muerte de tus padres. Yo solo quiero cuidarte para que no vuelvas a esos años tan oscuros. ¿O a poco ya no lo recuerdas?
María José baja la mirada, dolida. Paula se levanta.
Paula: En fin, cámbiate para que nos vamos. Te voy a esperar afuera.
Paula sale de la habitación, dejándola sola. María José se queda pensativa y se frota el rostro con las manos.
María José: Tengo que encontrarlo… Tengo que encontrar a Juan.
María José dice aquello con suma seguridad y parece planear algo.
CONTINUARÁ…










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