Capítulo 22: Crimen sine nomine
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE OCTAVIO – DÍA
Emiliano observa a través de una ventana hacia el interior. Octavio reposa inconsciente, conectado a un electrocardiograma y con parte del rostro vendado por evidentes quemaduras. Una enfermera termina de inyectarle un medicamento en el suero y sale de la habitación.
Emiliano: Disculpe, señorita.
Enfermera: Sí, dígame.
Emiliano: ¿Cómo sigue el paciente? Verá usted, es un amigo y apenas puedo venir a verlo.
Enfermera: Está estable, aunque el pronóstico es reservado. Tuvo varias quemaduras de segundo y tercer grado.
Emiliano: ¿Puedo pasar a verlo?
Enfermera: (dudosa) Sí, pero solo unos minutos, por favor. Procure no alterarlo.
Emiliano le sonríe con falsa amabilidad a la enfermera, la cual se retira. Él entra a la habitación y se acerca despacio a la cama, borrando de inmediato su sonrisa por una expresión de desprecio.
Emiliano: (suspirando) ¡Ay, Octavio! Mírate nada más, hombre. Nunca se me ocurrió que fueras a terminar así. Por pocos nos morimos todos achicharrados. Contaste con suerte, déjame te digo, eh. Pudiste acabar peor.
Emiliano se inclina un poco para hablarle más de cerca. Octavio sigue inconsciente.
Emiliano: Créeme que no contaba con que fueras tú a pagar los platos rotos y el pobrecito que iba manejando. ¡Qué gacho! (Habla con falso pesar) Pero, pues, ni modo. Así es la vida.
Emiliano se acerca aun más al rostro del hombre, casi susurrándole.
Emiliano: En toda batalla siempre hay hombres caídos. Tú lo sabes bien. ¿Y qué crees? Esta vez te tocó a ti. (Se endereza). Pero no te preocupes. Voy a dejarte descansar si es que no te mueres primero. Yo mismito me puedo encargar de volver a encontrar al bastardo de Juan de La Cruz. Después de todo, en ese estado, no hay mucho que puedas hacer ya. Fue un placer.
Emiliano le sonríe con picardía y se da la vuelta para irse cuando, de pronto, una mano lo sujeta de la manga. Este se sorprende y se da la vuelta de nuevo. Octavio ha despertado, respira con dificultad, aunque continúa agarrando a Emiliano de la manga con firmeza.
Octavio: No tan… (Respirando agitado) No tan rápido, Emiliano.
Emiliano lo mira con suma seriedad.
Octavio: (en un hilo de voz) Todavía no estoy tan acabado como crees. No me voy a morir tan fácil sin ajustar cuentas contigo.
Emiliano se suelta y le lanza una mirada llena de rabia. Octavio tampoco le es indiferente y ambos se ven entre sí con tensión.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA – DÍA
Chuy se encuentra frente al espejo, vestido con sus ropas sacerdotales y termina de acomodarse la estola, aunque en un momento dado, se frustra y mira al techo.
Chuy: Nunca me imaginé que iba a oficiar una misa para despedir a uno de mis muchachos, menos a Benjamín.
Chuy suelta una bocanada de aire, acongojado.
Chuy: (mirando hacia arriba) Dame fuerza, Dios mío. Dame fuerza para afrontar todo esto porque a este paso no voy a aguantar.
De repente, el teléfono del escritorio suena. Chuy duda unos segundos en contestar. Respira hondo y contesta sin mucho entusiasmo.
Chuy: ¿Sí, bueno?
VILLA ENCANTADA
INT. CASA DE CHELA – DÍA
Juan es quien está al otro lado de la línea, con el auricular del teléfono pegado a la oreja y no se atreve a responder. Chela lo observa de fondo.
Chuy: (off screen) ¿Bueno? ¿Quién habla?
Juan entreabre un poco los labios, como si no se atreviera a hablar.
Juan: Padre, soy yo…
INTERCUT JUAN/CHUY
Chuy abre los ojos de golpe sin dar crédito a lo que oye y se exalta, aunque habla en voz baja para no hacer mucho escándalo.
Chuy: ¿Juan? ¿Juan, eres tú?
Juan de nuevo tarda en contestar. Chuy se sostiene del escritorio para no caer de la sorpresa.
Chuy: Dime algo, muchacho, por favor. ¿Cómo estás?
Juan: Estoy bien, padre. No se preocupe.
Chuy: (muy aliviado) ¡Gracias a Dios! ¡Gracias, Señor! No te imaginas lo mucho que he sufrido estos días sin saber de ti. Me tenías con el alma pendiendo de un hilo.
Juan: Puede quedarse tranquilo (Traga saliva e intenta sonreír). Mire que no quiero que le dé otro casi infarto.
Chuy suelta una risa incrédula y se le nublan los ojos.
Chuy: Tú siempre.
Juan: (sollozo) Perdóneme por haberlo tratado tan duro las últimas veces que hablamos. Me porté bien gacho con usted.
Chuy: ¿Qué perdón ni qué nada? Yo soy el que te debe pedir perdón por haber actuado tan cobardemente, sino nada de esto hubiera pasado. Me imagino que lograste escapar de las garras de ese criminal de Emiliano Fonseca.
Juan: (sonriendo entre lágrimas) Sí y por poco casi no lo logro. Dios me ha de querer mucho, ¿no?
Juan se limpia los ojos para evitar llorar.
Chuy: Claro que sí. De eso no tengas la menor duda, así como te quiero yo, muchacho. No sabes el alivio tan grande que me da escucharte. ¿Dónde estás?
Juan: En un lugar seguro. Hubiera querido llamarlo antes, pero apenas vine a recobrar la consciencia hoy. Más bien lo llamaba para que supiera de mí y se quedara tranquilo. Dígame una cosa. ¿Ha hablado con Grettel?
Chuy: Sí. Ella me lo contó todo. Me dijo que tú y ella planeaban aliarse con Christian Fonseca para hacer caer a Emiliano. Sospechamos que fue ese muchacho el que te delató.
Juan: Fue él, sí, aunque ya me encontré con alguien que me explicó muchas cosas.
Chuy: (extrañado) ¿Qué cosas?
Juan: Todo era un plan de él. Emiliano ya sabía dónde estaba yo. Christian lo que hizo fue fingir que estaba de su lado para tener más fácil la chance de ayudarme.
Chuy: ¿Quién te lo dijo?
Juan: Mi abuela.
Juan mira a Chela. Ella le esboza una sonrisa.
Chuy: (sorprendido) ¿Tu abuela?
Juan: Sí, mi abuela materna. Christian la había contactado para que me ayudara a escaparme y ahorita estoy en su casa.
Chuy: ¿Y crees que esa mujer sea de confiar?
Juan: Sí, ya hablamos y me aclaró todo. Tiene que ayudarme con Grettel, padre. Ella es la que más me preocupa ahorita. Emiliano ya sabe que ella es mi amiga y que me iba a ayudar. Tal parece que tienen algo, una relación, no sé. El punto es que le puede hacer daño.
Chuy: Por ahora ella está bien. Voy a intentar convencerla de que renuncie a esa empresa y se esconda, aunque dudo que me haga caso. Ha estado tratando de buscarte y no es la única. María José también vino a preguntarme por ti.
Juan baja la cabeza, sintiéndose mal por ella.
Juan: ¿Y cómo está?
Chuy: Bien, pero muy preocupada por ti. También está empeñada en encontrarte.
Juan: No les vaya a decir a ninguna de las dos de esta llamada, por favor. Es mejor que nadie más se involucre conmigo. Emiliano destruye todo lo que toca.
Juan aprieta el teléfono con fuerza y endurece el rostro.
Juan: Me quitó a mi padrino y también… (Hace una pausa, con tristeza) También me quitó a Benjamín.
Chuy no responde, conflictuado, aunque con evidente tristeza.
Juan: Dígame, ¿ya… ya lo enterraron?
Chuy: Todavía no. Voy a oficiar su misa en unos momentos y de ahí será cremado. Me pareció mejor dejar sus cenizas en el panteón del orfanato como manda la iglesia.
Juan suelta un par de lágrimas al oírlo e intenta no quebrarse. Chela lo mira apenada.
Juan: Tengo que despedirme de él, padre.
Chuy: Yo sé lo mucho que lo querías, pero ahorita lo más importante es que te escondas. Quédate allá dónde estás y no se te ocurra aparecerte por aquí.
Juan: (con la voz quebrada) Eso voy a hacer, pero no me voy a quedar tranquilo si no le doy el último adiós a mi amigo. Hágame un favor, ¿sí?
Chuy termina de escuchar en silencio, con el corazón en vilo.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE OCTAVIO – DÍA
Octavio ha despertado súbitamente. Emiliano lo ve con seriedad, después de que el primero lo jalara de una manga para detenerlo.
Emiliano: Órale, Octavio. De veras no esperaba que fueras a recobrar la consciencia así tan pronto. Honestamente pensé que ni ibas a resistir tanto tiempo.
Octavio: Es lo que quieres, ¿no? Verme muerto.
Emiliano: Claro que no. ¿Cómo dices eso, güey? Me hablas como si te odiara y no sé por qué percibo un cierto tono de molestia en ti. Pues, ¿qué pasó?
Octavio estira una mano y lo agarra de la ropa para atraerlo hacia sí mismo.
Octavio: (furioso) Mírame bien. Mírame, malnacido. Tengo poco más de la mitad de la cara quemada por tu pinche culpa.
Emiliano se suelta con fuerza. Hay tensión entre ambos.
Octavio: Tú me orillaste a esto en tu maldito afán de matar al bastardo de tu sobrino. Me amenazaste y me pusiste una pistola en la cabeza. Por tu culpa tuvimos el accidente.
Emiliano: Óyeme, a mí no me vengas con reclamos. Se suponía que estábamos juntos en esto. ¿De cuándo acá me ves como tu enemigo?
Octavio: Tampoco eres mi amigo. Todo este tiempo no he sido más que tu perro faldero, tu lamebotas. Encubrí la muerte del vejete ese que te cargaste hace años con el coche y busqué por años a Juan. ¿Todo para qué? ¿Para terminar así? (Reclama con mucha rabia)
Emiliano: Tú eres policía. Sabes que en todo operativo puede haber hombres heridos y a ti te tocó esta vez. Son cosas que pasan, hombre. No le pongas tanto drama.
Octavio: ¿Te estás burlando de mí?
Emiliano: (sonriendo) Pues ¿cómo crees? Yo nada más te estoy haciendo ver las dos caras de la moneda, pa’ que me entiendas y se te pase el coraje.
Octavio: Guárdate tu mierda que no me interesa. Más te vale darme una buena pensión de por vida, mucho más de la que me espera cuando me jubile, para que me compenses como debe de ser.
Emiliano: No te pases de ojete. ¿Me estás pidiendo más lana después de toda la que te pagué estos años?
Octavio: Quiero más, mucho más y si no, me voy a encargar de hundirte.
Emiliano: (muy serio) A mí no me andes amenazando, Octavio. Parece que el accidente te quemó las neuronas o te dejó con problemas de memoria, ¿no? Bien sabes lo que pasa con los que se meten conmigo.
Octavio: Atrévete a hacerme algo y me voy a encargar de que pagues como una rata. Tengo pruebas, Emiliano. Tengo muchas pruebas de todo lo que has hecho bien almacenadas.
Emiliano: (furioso) No cruces la línea. No me tentaría la mano para mandarte al otro lado si se me pega la gana.
Octavio: Mátame y vas a ver cómo en menos de veinticuatro horas, el mayor empresario del país se va a ir a la mierda. Tú tienes mucho más que perder que yo. Todo el emporio que construiste estos años se va a caer.
Emiliano enfurece y tensa la mandíbula justo cuando son interrumpidos por alguien.
Gael: ¿Todo bien, papá?
Emiliano voltea, sorprendido. Gael aguarda en el umbral de la puerta, mirando extrañado la situación.
Octavio: Gael, hijo.
Emiliano no dice nada. Mira con furia a Octavio y se retira sin despedirse. Gael se queda viéndolo con extrañeza.
INT. CASA DE LOS FONSECA – NOCHE
Ha caído ya la noche. María José llega y entra a la casa después de que una de las empleadas de servicio le abre la puerta. Paula justo baja las escaleras.
Paula: Hasta que por fin apareces. Estuve llamándote a tu celular e ignoraste todas mis llamadas. ¿Dónde te metiste todo el día, muchacha?
María José solo la ignora y sube las escaleras, dirigiéndose a su habitación. Paula va tras ella.
Paula: María José…
María José llega hasta la puerta de su habitación. Paula la toma de un brazo para detenerla.
Paula: María José, te estoy hablando.
María José: (soltándose) ¡No me toques, madrina!
Paula: ¿Por qué estás tan molesta conmigo? ¿Qué te hice ahora?
María José: (indignada) ¿Todavía preguntas? Creo que fui muy clara contigo en el hospital cuando te dije que nunca te iba a perdonar el que me hayas retenido allá, medicada, en contra de mi voluntad.
Paula: ¿Vas a seguir con lo mismo? Yo solo quería protegerte.
María José: ¿Protegerme o protegerte a ti misma? Tú no me dejaste salir esa noche del hospital para que no denunciara a Emiliano con la policía por haber secuestrado a Juan. No querías que echara a perder tus planes de venganza. Vamos, acéptalo.
Paula: Estás siendo muy injusta conmigo otra vez.
María José: No te hagas la víctima. No pienso caer más en tus manipulaciones porque a veces hasta dudo que de verdad me estimes o me quieras.
Paula: ¿Cómo puedes decir eso? Te dediqué mis mejores años para terminar de criarte.
María José: Más bien terminaste de criarme como dices para inculcarme una venganza, para hacerme creer que tú eras la víctima, pero te recuerdo que mataste a uno de tus hermanos (Dice aquello en voz baja). Y eso, te hace una asesina.
Paula: Muy bien. ¿Qué estás esperando para denunciarme? Ve a la policía y grita a los cuatro vientos que soy una asesina. Diles que maté a Gabriel. Al final la que pagará seré yo y Emiliano seguirá impune como siempre. Hazlo.
María José: (dolida) Quisiera, pero ¿sabes por qué no me atrevo? Por tu enfermedad que espero empieces a tratarte pronto. Nada más por eso es que tampoco me he largado de aquí.
Paula: No tienes por qué reprochármelo.
María José: No te lo estoy reprochando. Te lo estoy recordando para que fijemos límites porque ya no voy a seguir siendo la misma contigo. Me has decepcionado mucho y me has ocultado muchas cosas, y el haberme impedido que saliera del hospital fue la gota que colmó el vaso.
Paula: Lo hice por tu bien.
María José: (la interrumpe) ¿Sabes qué? No voy a escuchar más tus excusas baratas. Mejor empieza a mirar cómo organizar una cita, una cena, no sé, a ver si empiezo a conocer mejor a Christian.
Paula: ¿Piensas seguir con el plan?
María José: Tú ya sabes mi condición. Quiero que comiences tu tratamiento y entre más pronto, mejor.
Paula: Claro, lo haré. Déjame hablo con Fernanda. Ella nos podría ayudar con la organización de la cita.
María José: Muy bien, así quedamos.
María José abre la puerta dispuesta a encerrarse. Paula la detiene de nuevo.
Paula: Espera. Déjame al menos agradecerte por seguir con los planes que teníamos. Quizá me he portado algo dura contigo, mi princesa, pero te juro que mi intención jamás ha sido hacerte daño.
Paula intenta abrazarla. María José se aparta con indiferencia.
María José: Perdóname, madrina, pero ya te dije que las cosas van a ser diferentes entre tú y yo. Me ocultaste que tuviste que ver con la muerte de tu hermano, me ocultaste la verdad de la muerte de mis padres. Han sido muchas cosas y ya me cansé. Limítate a hablar conmigo lo preciso y avísame cuando concretes algo.
María José entra a su habitación y cierra la puerta. Paula borra aquella expresión falsa de benevolencia de su rostro.
Paula: (susurrando) Estúpida. Muy pronto esto va a acabar. Paciencia, debo tener mucha paciencia.
Paula sonríe fastidiada y se retira.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE OCTAVIO – NOCHE
Gael termina de acomodarle la almohada a Octavio, procurando no tocar la zona vendada del rostro de este último.
Octavio: Ya vete, Gael. No quiero que descuides tu trabajo por estar aquí perdiendo el tiempo conmigo.
Gael: (sonriéndole) Tranquilo, papá. Para mí estar aquí contigo es lo más importante, además le conté a mi jefe que habías tenido un accidente y no dudaron en darme un permiso. Te tienen mucho respeto en la delegación, ¿y cómo no si eres el comandante Octavio Luján?
Octavio: Gracias de todos modos. Definitivamente, me gané la lotería con un hijo como tú. Sí sabes que estoy muy orgulloso de ti, ¿no? Espero verte pronto ascendiendo en el trabajo.
Gael: Yo no tengo prisa. Como detective del departamento de criminalística estoy bien y te lo debo a ti que siempre fuiste mi ejemplo a seguir.
Octavio: De igual forma, estás hecho para cosas más grandes que quedarte de detective.
Gael: Pues ya veremos.
Gael esboza su sonrisa y se queda pensativo durante algunos segundos.
Gael: Hay algo de lo que no hemos hablado, papá. ¿Cómo fue que te accidentaste? ¿Qué hacías saliendo de la ciudad?
Octavio se tensa un poco ante la pregunta.
Gael: Estuve investigando un poco y al parecer habían visto una camioneta como esa en la que te accidentaste, manejando por la misma autopista unos kilómetros más atrás y según algunos testigos, estaban disparando.
Octavio: (nervioso) ¿Qué estás insinuando?
Gael: Nada, solo quiero entender por qué te pasó esto. ¿Era un operativo secreto? ¿Ibas detrás de un narco o qué onda? ¿Por qué Emiliano iba contigo?
Octavio: Para empezar estaba de civil al momento del accidente y Emiliano, sí, iba conmigo, pero solo íbamos a cerrar un negocio en Cuernavaca, cosas de los dos. Tú sabes que nos conocemos hace muchos años y me pidió que lo acompañara.
Gael: (poco convencido) ¿Qué hay de las pistolas?
Octavio: Nos robaron un equipo. Fuimos detrás del ratero que se escapó en moto y por eso sacamos las armas, pero te aseguro que era solo para amedrentarlo y hacer que se detuviera el muy hijo de su madre. Fue ahí que perdimos el control de la camioneta.
Gael: Ya veo. Emiliano parecía molesto o por lo menos me dio esa impresión. Cuando los interrumpí, salió sin despedirse.
Octavio: Vino a saludarme y estaba de afán, es eso. No le eches tanta cabeza. Pareciera que estuvieras interrogándome. ¿O es que no confías en mí?
Gael: Claro que confío, papá. Para mí eres un hombre intachable, siempre lo has sido. Nada más quería saber los detalles del accidente. De ti aprendí a tener olfato de sabueso. Tú me lo enseñaste.
Octavio: Solo que no te pases conmigo que soy tu padre, eh. Eso déjaselo a tus casos.
Gael: Tranquilo. Mejor descansa. Trata de dormir un poco.
Octavio: ¿Tú te vas a quedar ahí?
Gael: Sí, por lo menos hasta que te duermas. No te voy a molestar.
Octavio: Gracias, hijo.
Gael le sonríe y le da un beso en la frente para luego sentarse en un sofá, toma su celular y parece comenzar a revisar redes sociales. Octavio cierra los ojos, aunque se ve algo incómodo. Gael lo mira de reojo, pensativo, como si toda la historia que su padre le contó no le convenciera.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – NOCHE
Hay una maleta abierta en la cama. Chuy mete allí algunas prendas que va sacando del armario.
Chuy: Espero que esto le sirva y le quede.
Grettel llega en ese instante y toca la puerta un par de veces, la cual ya estaba abierta.
Grettel: Buenas noches, padre.
Chuy: Hola, hija (Termina de doblar una prenda).
Grettel: Me dijeron unos niños que estaba aquí y qué bueno que lo encontré porque necesito hablar urgentemente con usted.
Chuy: (extrañado) ¿Qué ocurre?
Grettel cierra la puerta con discreción y se acerca a él para hablarle en voz baja con una sonrisa.
Grettel: Hoy ya por fin logré hablar con Christian. Me contó todo y me dijo dónde está Juan (Chuy se sorprende). Christian sí lo delató, pero era un montaje para ayudarlo. Emiliano parece que ya sabía mucho antes por otro contacto dónde estaba Juan. Lo bueno es que está sano y salvo, padrecito. ¿Se da cuenta? ¡Juan está vivo!
Chuy no responde, pues ya sabía de antemano esa información. Grettel se extraña.
Grettel: ¿Qué le pasa? Pensé que le iba a dar gusto saber la noticia.
De repente, la joven nota la maleta y parece entender.
Grettel: ¿Y esto? ¿A poco usted…? ¿A poco usted ya lo sabía?
Chuy asiente lentamente con la cabeza.
Chuy: Juan me llamó esta tarde (Grettel se sorprende). Me contó un poco eso mismo que tú me dijiste, no me dio muchos detalles. El caso es que está donde su abuela materna.
Grettel: Christian me dijo lo mismo. Entonces no me mintió. ¿Usted va a ir a verlo?
Chuy: Sí, me pidió que fuera mañana. Está en un pueblo a dos horas de aquí, en Villa Encantada.
Grettel: Entonces déjeme ir con usted. Yo también necesito verlo.
Chuy: Ni hablar, muchacha. Juan fue muy enfático cuando me pidió que fuera yo solo. Es más, tú ni siquiera deberías saber esta información.
Grettel: Tarde que temprano la iba a descubrir, padre. Recuerde que estaba dispuesta a lo que fuera con tal de encontrarlo. Yo lo amo. Tengo que verlo.
Chuy: Él solo quiere que te apartes de esas personas. Emiliano ya se enteró de que tú conocías a Juan. En cualquier momento ese hombre puede hacerte daño por sentirse traicionado y ahora más que nunca debes renunciar a esa empresa.
Grettel: Eso lo decido luego. Emiliano ni siquiera ha ido a la empresa porque tuvo un accidente. Déjeme ir con usted, por favor. Yo no pienso contarle a nadie si eso es lo que le preocupa.
Chuy se ve indeciso ante la insistencia de la joven.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE

Christian entra a su habitación, exhausto, suelta una bocanada de aire y comienza a desabotonarse la camisa. Justo en ese instante la luz se prende y él se asusta.
Emiliano: ¿Te divertiste?
Christian se voltea y se sorprende al ver que su tío lo esperaba, sentado en un sillón.
Emiliano: ¿Te divertiste jugando a ser el hombrecito de negocios, mijito?
Christian: Supongo que te refieres a la construcción del centro comercial. Todavía estabas convaleciente y me pareció buena idea representarte.
Emiliano lo mira con seriedad y se acerca caminando, usando un bastón.
Emiliano: ¿Quién te dijo a ti que yo necesito un “representonto”?
Christian: Quise demostrarte que puedo ser tan capaz como tú. De veras me interesa que confíes en mí y me veas como tu hijo.
Emiliano se ríe a carcajadas frente a él por varios segundos. Intenta recuperar la seriedad y al hacerlo, tensa el rostro y le lanza una brutal bofetada. Christian mantiene el rostro volteado, adolorido y no se atreve a mirarlo.
Emiliano: ¿Mi hijo? Tú no eres más que un mariquita, un jotito cobarde que ni siquiera fue capaz de cumplir con una sola tarea que le asigné, algo tan simple como acabar con la vida de ese bastardo al que ni siquiera conocías.
Christian levanta la mirada, sin palabras.
Emiliano: De no haber sido porque te acobardaste, yo ya me habría deshecho de ese problemita llamado Juan de La Cruz y ahora míralo. Desaparecido otra vez, esta vez sin pistas.
Christian: Yo me voy a encargar de encontrarlo. Te lo prometo.
Emiliano: (incrédulo) ¿Tú?
Christian: Dame tiempo, unos días.
Emiliano: N’ombre. Si Octavio no fue capaz de encontrarlo en doce años, ¿qué te hace creer que tú lo vas a encontrar en cuestión de días?
Christian: Confía en mí. Yo lo voy a encontrar, pero a cambio, quiero que tú también me prometas el lugar que me corresponde en la empresa. Un cargo oficial.
Emiliano: No seas mamón, mijito. No aspires tanto.
Christian: (retador) ¿A qué le temes? ¿A darte cuenta de que sí puedo ser tan capaz como tú? Si tanto te resistes es porque en el fondo tienes miedo de que sí llegue a enorgullecerte.
Emiliano lo mira fijamente, con una seriedad peligrosa. Tras unos segundos, levanta la mano como si lo fuera a abofetear de nuevo. Christian voltea el rostro, por reflejo, pero para su sorpresa, Emiliano le acaricia el rostro con una falsa ternura.
Emiliano: Está bien.
Christian se sorprende por esa respuesta.
Emiliano: Encuentra a Juan si tan capaz te crees. Tráemelo y a cambio… (Hace una pausa y comienza a caminar alrededor del joven) Te puedo nombrar director ejecutivo del corporativo.
Christian: (incrédulo) ¿De verdad? ¿Me darías ese cargo?
Emiliano: Eso solo si me cumples con lo que me estás prometiendo. Para mí no habría mayor prueba de fidelidad de tu parte que traerme a tu propio hermano y que seas tú el que le dé muerte a ese malnacido que solo me ha traído dolores de cabeza.
Christian siente que se le hiela la espalda al escuchar hablar a su tío con tanta frialdad y a sus espaldas.
Emiliano: Esta vez te pienso dar tiempo para que te prepares. Cuando nos hayamos encargado de ese “asuntito”, listo. Te nombro director ejecutivo y si hace falta, me encargo de falsificar los títulos universitarios y todas esas mamadas solo para demostrar que eres apto.
Emiliano vuelve a ponerse frente al muchacho y lo mira con una calma que inquieta.
Emiliano: Eso sí. Tienes una semana.
Christian: Es muy poco tiempo.
Emiliano: Tómalo o déjalo. Monja no soy para andarme de caridad contigo que ni hijo mío eres y si fallas, no vas a querer saber lo que pienso hacer contigo. Tú ya me conoces y sabes de lo que soy capaz.
Emiliano le dedica una sonrisa satisfecha.
Emiliano: No me falles esta vez.
El hombre se da la vuelta y sale, apoyándose en su bastón y cerrando la puerta tras sí. Christian, a solas, suspira como aliviado de haberse librado por unos segundos de la presencia de Emiliano y termina de quitarse la camisa, la cual lanza frustrado al piso. Pueden verse las cicatrices de los azotes en su espalda.
Christian: Tengo que planear algo más. No puedo dejar que encuentre a Juan.
Christian se apoya en un buró y se queda pensativo.
INT. CASA DE LOS FONSECA/CUARTO ÚTIL – NOCHE
Fernanda, entretanto, aguarda en el interior del oscuro cuarto útil de la casa. Paula entra después y cierra la puerta con cautela.
Fernanda: ¿Qué es lo que querías hablar conmigo? Emiliano llegó hace rato y no es bueno que nos vea juntas.
Paula: Tranquila. Voy a ser breve.
Fernanda: ¿Qué pasa?
Paula: María José ya cayó (Fernanda se sorprende). Ella misma me pidió que le prepare una cita con Christian. ¿Lo ves? Mi truco barato y cliché del cáncer funcionó a la perfección.
Fernanda: Debo reconocer que no te salió nada mal. Creo que a este paso todo nos va a salir a pedir de boca a pesar de lo reacia que estaba esa muchacha en irse del país.
Paula: No lo hará mientras crea que soy una enferma terminal, aunque últimamente está más insoportable que nunca, recriminándome mi pasado. La muy imbécil no sabe lo que le espera.
Fernanda: ¿Qué estás pensando hacer con ella?
Paula: Cuando tenga al bebé, voy a internarla en algún hospital psiquiátrico. Debo ir administrándole los medicamentos que la desequilibren, los mismos que le estamos dando a Emiliano.
Fernanda: Te recuerdo que ese es un veneno. Causa alucinaciones y provoca la muerte con el tiempo.
Paula: (sonriendo) Yo sé y eso es justo lo que quiero que le pase a esa muchachita que solo ha sido una carga para mí desde que se murieron sus padres.
Fernanda: No pensé que la odiaras.
Paula: Tanto como odiarla, no, pero tampoco la quiero. No es más que un arma que estoy utilizando para vengarme de Emiliano y me desharé de ella cuando no la necesite más, pero en fin, ahora es que se viene lo interesante.
Paula se acerca para hablarle más bajo.
Paula: Tú eres la que se quiere encargar de organizar el encuentro entre Christian y María José, así que te lo dejo a ti. Debe ser pronto antes de que ella cambie de opinión.
Fernanda: No te preocupes. He esperado el momento y ya lo tengo planeado. Christian y María José van a concebir muy pronto un hermoso bebito.
Paula: ¿Qué tienes pensado hacer?
Fernanda: Christian ya está al tanto de mis intenciones. Él sabe que si quiere recuperar su lugar, debe tener un bebé con María José. He notado que le gusta, aunque no lo admita.
Paula: ¿Y cómo piensas lograr que se vayan a la cama ese par?
Fernanda guarda silencio y sonríe con picardía, causando curiosidad en su cuñada.
VILLA ENCANTADA
INT. TERMINAL DE BUSES – DÍA
Es un nuevo día. Hay varios viajeros que se bajan de los recién llegados buses al pueblo, así como hay otros que abordan para dirigirse a otros destinos. Chuy y Grettel se bajan precisamente de uno de esos buses. Él carga la maleta mientras ella un cofre pequeño.
Grettel: Es bastante bonito este pueblo. Nunca había venido.
Chuy: Yo tampoco, aunque estuvo en el ojo del huracán hace unos años. Salía en todas las noticias.
Grettel: (extrañada) ¿Por qué?
Chuy: Por una muchachita de dieciocho años que mató a varias personas de su propia familia, su mamá, su abuela, creo que casi a su papá también. Lisa Román se llamaba si no me equivoco. Incluso se cambió de rostro y mató a un cirujano plástico muy famoso.
Grettel: Ah, sí. Creo que algo oí también en las noticias, pero no sabía que eran de aquí esas personas. Qué fuerte.
Chela está también en la terminal y parece buscar a alguien entre la gente. Logra ver al sacerdote y a la joven, y parece identificarlo.
Chela: Disculpe, ¿usted es el padre Jesús?
Chuy se extraña.
Chuy: Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?
Chela: Yo soy Graciela, bueno todos me llaman Chela. Yo soy la abuela de Juan.
Chuy: (sonriéndole levemente) Ah, claro. Mucho gusto.
Ambos se dan la mano.
Chuy: Juan me platicó un poco ayer de usted durante la llamada. ¿Cómo está él?
Chela: Bien en lo que cabe. Está recuperándose y todavía lo veo algo decaído al pobrecito y muy pensativo.
Chuy: No es para menos. Usted ya fue testigo de lo que mucho por lo que tuvo que pasar.
Chela: Claro, lo entiendo y no quiero importunarlo. Estoy dejando que asuma todo poco a poco.
Chuy: Ella es Grettel, por cierto. Es una buena amiga de Juan.
Grettel y Chela estrechan la mano también.
Chela: Mucho gusto.
Grettel: El gusto es mío, señora.
Chela: Vamos a tomar un taxi. Mi casa no es lejos, pero con este sol es mejor que irse caminando. Vengan por acá.
Chela los acompaña a la salida de la terminal donde hay varios taxis estacionados y suben a uno.
EXT. CASA DE LOS FONSECA/ALBERCA – DÍA
Christian hace ejercicio cerca a la alberca de la casa, sin camisa y tan solo usando un short corto. Suda aparatosamente mientras hace flexiones y abdominales, sin percatarse que, desde lo alto de una ventana del segundo piso, María José lo observa con seriedad.
María José: (pensando) Me voy a encargar de averiguar en dónde tienen a Juan. Nada más por eso pienso acercarme a él y por mi madrina, aunque sinceramente no se lo merezca.
Fernanda: Es guapo, ¿no?
María José se exalta al verse súbitamente interrumpida y voltea a ver. Fernanda también se acerca a la ventana con una sonrisa.
María José: (incomodada) Yo solo pasaba y me quedé viendo por casualidad.
Fernanda: Ay, María José. No te dé pena, muchacha. Es normal que a nosotras como mujeres también se nos vayan los ojos de vez en cuando vemos un hombre bien formado y atractivo como mi hijo. No me vas a negar que está guapísimo. Mira nada más que buen cuerpo tiene.
María José: Me reservo los comentarios. Discúlpame.
Fernanda: (riendo) Qué modesta, aunque me gusta que seas así. Por eso insisto que una mujer como tú le caería superbién a Christian. Lástima que no le haya ido muy bien en el amor hasta ahora.
María José: ¿Por qué lo dices?
Fernanda: Porque todas las muchachas con las que se ha involucrado no valen la pena, ya sabes. Nada más se acercan a él por su dinero y no son más que unas cuzcas, aunque eso puede cambiar. Paula ya me contó que te gustaría conocerlo mejor.
María José: Sí, así es, pero no me malinterpretes. Tal y como le dije a ella, solo quiero que nos conozcamos, que platiquemos y eso no quiere decir nada.
Fernanda: Por algo se empieza (Pone su mano en el hombro de la joven). Tú no te preocupes. Yo me encargo de prepararles una cena especial en un buen sitio para que tengan ese momento a solas. No se vería bien que tú como mujer lo invites a cenar.
María José: No hace falta que intervengas, Fernanda. Podré ser recatada, pero esos son pensamientos muy machistas que conmigo no van. No tendría nada malo si me acerco directamente yo para invitarlo a cenar.
Fernanda: Tienes razón y te entiendo. Yo solo les quiero dar un empujoncito, por lo menos para que rompan un poco más el hielo. Déjamelo a mí.
María José: Bueno, pues si logras concretar algo, me avisas. Con permiso.
María José intenta evadirla por la incomodidad que la mujer le provoca, aunque ella la detiene al hacerle una pregunta.
Fernanda: María José… ¿Has sabido algo más de Juan?
María José se detiene en seco y se voltea, sin mucho interés.
María José: (mintiendo) La verdad, no. La última vez que hablamos, estaba muy decepcionado después de enterarse de la verdad de su origen y de cómo tú lo abandonaste.
Fernanda: Vaya, qué pena. No te voy a negar que me duele escuchar eso.
María José: Es normal. ¿Cómo más se iba a sentir?
Fernanda: ¿Él sabía de la relación que tú tienes con nosotros?
María José: Me sinceré con él y le conté. Le dije que soy ahijada de Paula Fonseca y como entenderás, no quiso verme, así que preferí apartarme y creo que es mejor así.
Fernanda: Hubiera querido tanto acercarme a él y ganarme su cariño.
María José: Quizá sea atrevido de mi parte decirte esto, pero olvídate de él, Fernanda. Haz de cuenta que nunca lo conociste y deja que siga con su vida. Ya ustedes le causaron mucho daño.
María José sigue su camino. Fernanda se pone sumamente seria.
Fernanda: Podré haber perdido a Juan de nuevo, pero no a Christian (Dice aquello mirando a Christian). Haré lo que tenga que hacer para protegerlo y cuando tú hagas tu parte, vas a salir del juego, muchachita. Aprovecha mientras te lo presto.
Christian continúa haciendo ejercicio bajo el sol, ajeno a la mirada perversa de su madre desde el segundo piso.
INT. CASA DE LOS FONSECA/PASILLO – DÍA
María José, entretanto, camina por el pasillo y recibe una llamada a su celular, la cual contesta.
María José: ¿Bueno? (Pausa) Sí, soy yo. ¿Quién habla? (Pausa) Eh, sí. Estoy disponible ahorita para ir. No tengo ningún problema. ¿Podría decirme para qué? (Pausa) Entiendo, está bien. Me paso por allá más tarde.
Cuelga y se dispone a bajar las escaleras. Emiliano justo sale de su habitación, apoyándose en su bastón y ambos se quedan viendo por unos segundos. Ella lo ignora y decide seguir.
Emiliano: (con jocosidad) Órale, qué carácter.
María José se detiene, dándole la espalda.
Emiliano: Deberías ser menos maleducada y al menos saludar, mijita, ¿no crees? Digo, después de todo, te estás quedando en mi casa.
María José se gira con indiferencia y seriedad.
María José: Discúlpeme, pero prefiero guardar las distancias. Procuro alejarme de personas que no me caen bien.
Emiliano: (enarca una ceja) ¿Y a poco qué te hice? Si alguien debería estar ofendido soy yo, después de lo metiche que fuiste en aquella cena con todo el numerito de Chela.
María José: Precisamente por eso no me dio una buena impresión, “señor”. ¿Qué esperaba? ¿Que lo aplaudiera mientras veía como maltrataba a una mujer mayor que usted?
Emiliano: Esa mujer me traicionó. Quiso portarse como una madre conmigo después de que por su culpa mi mamá se suicidó y todo por andar de calenturienta con mi viejo. Reaccioné como tenía que reaccionar.
María José: Pudo correrla, pero no justifico el que le haya pegado delante de todo el mundo y si mi presencia aquí le incomoda, dígamelo. Yo me voy sin problema. Nada más estoy acompañando a mi madrina que está enferma.
Emiliano suelta una risa breve y despectiva.
Emiliano: ¿Paula enferma? Qué babosada, mija. ¿De veras confías en ella?
María José le sostiene una mirada retadora sin dejarse intimidar.
María José: No y menos desde que supe lo que ustedes dos hicieron de jóvenes; lo que usted y ella le hicieron a Gabriel.
Emiliano se queda inmóvil. El gesto burlón se borra de su rostro. Frunce el ceño con una calma peligrosa.
María José: No se preocupe. No pienso denunciar un acto tan atroz ocurrido hace tantísimos años y no porque le tenga miedo, sino por mi madrina que está enferma de cáncer y a la que usted manipuló para que hiciera el trabajo sucio, eso sin contar quién sabe qué otros crímenes habrá usted cometido.
Emiliano da un paso hacia ella, apoyándose en el bastón.
Emiliano: María José, ¿no? Así te llamas. Pues déjame te digo algo, preciosa. No te pases de lista conmigo.
María José no retrocede y se mantiene firme en su postura.
Emiliano: (con desprecio) Detesto esa actitud en las viejas.
María José: Pues no debería subestimar a las mujeres. Esa actitud machista, de creerse invencible, suele jugarle muy mal a los hombres como usted.
Sin esperar respuesta, la joven se voltea y baja las escaleras. Emiliano se queda observándola desde el pasillo y aprieta el bastón con fuerza, con evidente recelo.
VILLA ENCANTADA
INT. CASA DE CHELA/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA
Juan se encuentra sentado en la cama. Entre sus dedos pasa lentamente un denario gastado, el mismo que su padrino le entregó tiempo atrás. Juan cierra los ojos y tiene un recuerdo.
FLASHBACK
Evaristo, con dificultad, alcanza a quitarse de su muñeca un denario (un rosario de diez cuentas), el cual le da al muchachito.
Evaristo: Toma esto y nunca te olvides del buen camino, mijito. Dios te bendiga.
Evaristo continúa sonriendo, pero sus ojos poco a poco se apagan
FIN DEL FLASHBACK
Juan: (dejando de recordar) Perdóneme, padrino, pero justo por seguir el buen camino no puedo dejar que ese tipo se salga con la suya. Cuídeme desde donde esté…
Juan empuña el denario entre su mano cuando, de repente, escucha que tocan la puerta por lo que sale de la habitación y se dirige a abrir. De plano, se encuentra con Chuy. Grettel y Chela están detrás de él. La primera sostiene un cofre.
Juan: Padre… Grettel…
Chuy: (conmovido) Muchacho…
Chuy no logra articular palabra y se quiebra, por lo que se lanza a abrazarlo con fuerza. Juan no duda en corresponderle.
Chuy: Ay, muchacho. Gracias a Dios que estás bien. No sabes lo mucho que recé por ti. Me temí tanto que te hubiera pasado algo malo. Jamás me lo hubiera perdonado. ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, gracias!
Juan: (conmovido) Perdóneme por haber sido tan necio, padrecito.
Chuy se aparta del abrazo y lo toma del rostro con ambas manos.
Chuy: (llorando) Yo soy el que te debe pedir perdón hasta el cansancio, Juan. Fui un cobarde todos estos años y pensé que estaba haciendo bien. No quería que te pasara nada. Tú sabes lo mucho que te quiero, hijo.
Juan: Yo sé, padre. Yo a usted también lo quiero con todo el corazón.
Chuy: Perdóname. Perdóname, por favor. Perdón.
Chuy lo abraza de nuevo, llorando entre una mezcla de arrepentimiento y felicidad. Juan le frota la espalda.
Juan: Tranquilo. No hay nada qué perdonar.
Juan se separa del abrazo y le limpia las lágrimas al sacerdote.
Juan: Usted hizo lo mejor que pudo conmigo cuando me quedé solo. Me dio todo su cariño, sus valores y eso siempre lo voy a llegar conmigo.
Juan posa los ojos en Grettel.
Chuy: Ella insistió en venir. Habló con Christian y él le contó todo.
Grettel se acerca con algo de timidez y un nudo en la garganta.
Grettel: Hola, Juan.
Juan: (sonriéndole) Tú siempre tan terca, tanto o más que yo.
Grettel ríe y tampoco puede evitar derramar un par de lágrimas, por lo que se abraza a él.
Grettel: No te imaginas la alegría tan grande que me da verte. Por un momento pensé que te habíamos perdido por mi méndiga culpa y me dio muchísimo miedo.
Juan: Tranquila. Nada de esto fue culpa tuya.
Grettel: Es que casi te matan. Nunca debí convencerte de que conocieras a Christian ni meterte ideas en la cabeza para vengarte de Emiliano.
Juan: (se separan) Escucha, esto que pasó no fue culpa ni tuya ni de él. Emiliano me iba a encontrar en cualquier momento. Todo hubiera pasado igual. Benjamín hubiera muerto igual…
Juan dice aquello con tristeza que le embarga.
Juan: Yo sé que él me hubiera defendido y no hubiera dudado en dar su vida por mí porque así era él conmigo.
Un silencio se forma en la casa en ese instante.
Juan: (a Chuy) ¿Lo trajeron como se lo pedí?
Chuy asiente. Grettel entonces le entrega el cofre que cargaba, pues al parecer allí reposan las cenizas de Benjamín. Juan lo recibe y lo presiona fuerte contra su pecho. No logra controlar las lágrimas e incluso los labios le tiemblan, incapaz de hablar.
Juan: Benja…
Juan abraza el cofre, llorando.
Juan: Benja, gracias. Gracias, mi hermano. Gracias por todo lo que hiciste por mí.
Sus lágrimas caen sin contención y quiebra la voz, desconsolado. Todos lo observan con pena.
Juan: Gracias por tu amistad… (Pausa) Gracias por todo tu apoyo, por haber estado ahí para mí. Gracias por tu amor
Juan no puede más e intenta recobrar el aliento.
Juan: Gracias por haber dado tu vida por mí. Te juro que nunca te voy a olvidar, manito. Te voy a llevar siempre conmigo y te voy a querer siempre, con todo.
Juan continúa abrazándose al cofre en su llanto inconsolable, desahogando toda la pena que no había podido llorar antes. Todos en la sala lo observan con lágrimas también.
INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – DÍA
María José espera sentada. Gael, precisamente, entra en ese instante con una carpeta en mano y la pone en el escritorio.
Gael: Buenas tardes, señorita.
María José se pone de pie para saludarlo. Él, al verla, no puede evitar quedarse impresionado por ella.
María José: Buenas tardes.
Gael: María José Montiel, ¿no?
María José: Sí, soy yo.
Gael: Un placer (Extiende su mano y ella le corresponde). Yo soy el detective Gael Luján. Tome asiento, por favor.
María José se sienta de nuevo. Gael lo hace frente a ella con el escritorio de por medio, aunque no puede evitar mirarla un segundo más de lo necesario debido a lo mucho que le atrajo.
María José: Me dijeron que esperara aquí y no tengo problema en haber venido, solo sí me sacó de onda porque, que yo sepa, no tengo problemas con la ley. ¿Me puede decir qué ocurre?
Gael: Tranquila, no es nada malo. Quisiera corroborar una información y hacerle una pregunta. ¿Qué relación tenía usted con Michael Lazcano?
María José: (confundida) ¿Michael? Bueno, fuimos pareja. Terminamos hace tiempo cuando yo vivía en España (Frunce el ceño). ¿Por qué?
Gael tarda unos segundos en responder y toma aire.
Gael: Verá… Michael fue asesinado hace dos días en su departamento.
María José se queda impactada al oírlo y se hiela.
María José: ¿Cómo dice?
Gael: Recibió un disparo contundente en la cabeza e incendiaron el lugar.
María José se lleva una mano al pecho, sumamente impresionada.
Gael: Los vecinos llamaron a los bomberos a tiempo y lograron extinguir un poco el fuego.
María José: (negando) No puede ser. Hace unos días hablamos. ¿Cómo es posible que lo hayan matado así de la nada?
Gael: Nosotros nos hacemos la misma pregunta, señorita. Todo apunta hasta el momento a que tenía nexos con algún narcotraficante.
María José: No creo. Michael es… bueno, era policía (Quiebra un poco la voz, exaltada). Fuimos novios como le dije y jamás le vi indicios de estar metido en una cosa así.
Gael: Me temo que pasa mucho. Para nadie es un secreto que la corrupción existe. De todas formas esa es nuestra primera teoría. Los vecinos reportaron que había recibido visitas extrañas en los últimos días, además no fue posible recuperar las grabaciones de la cámara de seguridad del piso en que vivía. Parece que las robaron.
María José: Sigo sin poder creerlo y yo que pensaba reunirme con él pronto.
Gael saca del cajón de su escritorio un pendrive y lo pone encima.
Gael: Más que para contarle lo que pasó, la citamos por esto.
María José mira extrañada el objeto.
Gael: Entre lo que pudimos rescatar del departamento, encontramos ese pendrive. Tiene su nombre completo, precisamente.
María José: (sorprendida) ¿Mi nombre?
Gael: Sí y una contraseña que ya mandé a que quiten con los técnicos, aunque se está demorando. Creíamos que usted podría darnos la contraseña. Puede haber archivos ahí adentro que nos ayuden con la investigación.
María José: Me gustaría ayudar, pero para empezar, eso no es mío, detective. No entiendo por qué tiene mi nombre.
Gael: ¿Y se le ocurre alguna posible contraseña?
María José: (pensativa) La verdad no. Es que no entiendo ni siquiera por qué Michael me dejó un pendrive con mi nombre.
María José mira desconcertada el pendrive sobre el escritorio, aún intentando procesar la noticia que acabó de recibir tan inesperadamente.
INT. BUS – DÍA
Juan, por otra parte, va en el interior de un autobús, sentado al lado de la ventana mientras carga el cofre y mira el exterior, pensativo. Chuy está a su lado y lo mira con pena.
Chuy: Creo que ya casi llegamos. Es la playa más cercana como querías.
Juan no responde y sigue inmerso en sus pensamientos.
EXT. PLAYA – DÍA
Más tarde, ambos llegan a una solitaria playa en la que apenas se escucha el oleaje del mar y el canto de las gaviotas. Juan se para en el muelle con el cofre. Chuy se queda un poco más atrás, observándolo.
Juan: ¿Ves, Benja? No iba a dejar de despedirte sin antes cumplirte la promesa que te hice. ¿Sí te acuerdas?
Juan intenta esbozar una sonrisa.
Juan: Te dije que antes de que te fueras, teníamos que hacer un viaje juntos a conocer el mar y aquí estamos, mi hermano. Está bien bonito.
Juan mira el horizonte mientras el viento sopla fuerte y las olas chocan con el muelle.
Juan: (sollozo) Me lamento que no hayamos podido hacerlo cuando todavía estabas vivo, pero espero que ahora puedas descansar en paz de todo tu dolor. Perdóname por no haber estado ahí para ti cuando más me necesitaste.
Juan derrama una lágrima discreta.
Juan: Perdóname. Te quiero, Benja. Te quiero mucho.
Juan llora en silencio mientras carga el cofre con las cenizas y aprecia la inmensidad del mar que ahora es testigo de tan nostálgica despedida.
VILLA ENCANTADA
INT. CASA DE CHELA/HABITACIÓN DE JUAN – NOCHE
Ha caído ya la noche. Juan se encuentra sentado en la cama, pensativo, como si no hubiera alma en él y es tan solo iluminado por la lámpara de la mesita de noche. Chuy entra en ese instante, en silencio.
Chuy: Doña Chela y Grettel ya están durmiendo.
Juan: (desanimado) Espero que me haya excusado con ellas por no haber querido salir a cenar.
Chuy: No te preocupes. Ellas entienden que no te sientes bien y ahorita estás de luto.
Chuy se sienta a su lado y le conforta la espalda.
Chuy: Me preocupas, hijo. ¿Qué piensas hacer de ahora en adelante? Es más que obvio que al orfanato no puedes volver y dudo que te quieras quedar aquí.
Juan: Todavía no sé. Toda mi vida cambió en cuestión de días, pero de algo estoy seguro…
Juan mira con seriedad al sacerdote, resaltando los moretones que todavía tiene en el rostro.
Juan: Voy a destruir a Emiliano, padre y no me voy a detener, a costa de lo que sea.
Chuy: Juan, esta vez no te voy a pedir que te escondas o te vayas del país, pero no dejes que el corazón se te llene de odio. La venganza nunca es una salida y solo causa más tragedia.
Juan: Yo no me quiero vengar. Quiero hacer justicia que es distinto. Nada más le voy a poner un alto a ese asesino.
Chuy: ¿Y cómo piensas lograrlo? Intentaste hacerlo con Grettel y mira lo que pasó. Hasta Christian sabe que esa es una batalla perdida y por eso armó todo este show para que te escondieras aquí.
Juan: (molesto) Es que ese es justo el problema. Todos ustedes se han callado por miedo. Ven a ese criminal como invencible, intocable y si en casi treinta años nadie le puso un alto, ya le llegó la hora.
Juan dice aquello con firmeza, como si algo hubiera cambiado en él.
Juan: Escríbalo, padre. Emiliano Fonseca y cada persona que tuvo que ver con mi tragedia van a pagar muy caro. No voy a dejar impunes la muerte de mi papá, de mi padrino y de Benjamín.
Chuy lo mira con preocupación ante su inminente decisión. Juan se ve duro, lleno de resentimiento y dolor. Es así como la escena cambia repentinamente a una habitación de hotel y tocan la puerta insistentemente. Juan está allí adentro, mareado, en el piso y todo le da vueltas. Escucha en eco cómo tocan la puerta.
Policía: (desde afuera) ¡Somos de la policía! ¡Abran la puerta inmediatamente!
Juan parece recobrar por un momento la consciencia, se pone de pie con dificultad y suda sin entender qué ocurre, incluso suelta un cuchillo ensangrentado.
Juan: ¿Qué me pasó?
Es cuando posa su mirada en el piso y se impacta en gran manera al ver a su hermano gemelo, desangrándose, luego de haber recibido varias puñaladas en el cuello.
Juan: ¡¡Christian!!
Juan corre hacia él y lo sostiene en su regazo.
Juan: Christian, dime algo.
Christian escupe sangre por la boca y trata de pronunciar algunas palabras inteligibles.
Juan: ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?
Christian no logra hablar. Juan se desespera.
Juan: Dios mío, ¿qué hago?
Policía: (desde afuera) ¡Abran, por favor o vamos a entrar a la fuerza!
Juan fija la mirada a la puerta y por impulso parece que va a abrir por ayuda. Christian lo agarra de la mano, deteniéndolo.
Christian: (en un hilo de voz) Vete…
Juan se desconcierta, temblando, con los ojos desorbitados.
Christian: Es una trampa. Te van a culpar a ti.
Juan se ve entre la espalda y la pared, con la adrenalina estallando en sus venas. Ve con impotencia cómo la vida de su hermano se apaga al tiempo que los policías insisten en tocar.
CONTINUARÁ…


















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