Capítulo 32: Ludus incipit

DOS MESES DESPUÉS

INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

María José y Martha caminan a paso lento. La primera sostiene un pequeño ramo de flores. Parece que en este tiempo ambas se han hecho cercanas. 

Martha: Gracias por venir, mija. De verdad has sido una gran compañía para el padrecito y para mí en estos meses.

María José: (sonriéndole) No hay de qué, doña Martha. Para mí es un gusto venir y estar al pendiente.

Martha: Eres muy buena. Tal vez hasta te parezca que exagero, pero te he tomado mucho aprecio en este tiempo.

Martha la toma de una mano con cariño.

María José: Créame que yo también. Por alguna razón usted me recuerda mucho a mi mamá que en paz descanse.

Martha: De seguro tu mamá era una gran mujer porque te crio muy bien.

María José asiente con una sonrisa nostálgica.

María José: Lo era. Me hace muchísima falta, pero me da mucho gusto al menos haberla conocido a usted.

Martha: Bueno, pues ya sabes que conmigo puedes contar para lo que necesites.

María José: (sonriéndole con agradecimiento) Gracias. ¿Cómo sigue el padre Chuy? ¿Qué han dicho? ¿Sí cree que le den de alta dentro de poco?


CORTE A:

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHUY – DÍA

Chuy permanece sentado junto a la ventana, con la mirada perdida en algún punto del exterior. Luce más respuesto, aunque ido. Una enfermera le acomoda una manta sobre las piernas.

Martha: (voz en off) Físicamente ha mejorado mucho con el tratamiento. Los médicos dicen que ya pronto podrían darle de alta, pero por dentro…

Chuy alcanza una fotografía enmarcada que tiene en una mesa. Juan aparece en dicha fotografía, sonriendo con aquella pureza e inocencia que lo caracterizaba. 

Martha: (voz en off) Por dentro, el pobre sigue muy mal…

En el rostro del sacerdote apenas hay reacción. Tan solo observa esa fotografía con evidente tristeza.


CORTE A:

INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

María José: Es normal, doña Martha. Juan era muy importante para él. Me atrevería a decir que de todos los seminaristas, Juan era al que más quería.

Martha: Lo sé, mija. He intentando hablar con él al respecto para animarlo, pero en cuanto pronuncio el nombre, se cierra por completo, se pone cascarrabias o me cambia la conversación.

María José: Tal vez todavía no está preparado.

Martha: Y precisamente por eso he querido insistir tanto en hablar sobre el asunto.

María José: ¿Por qué?

Martha guarda silencio y se le acerca para susurrarle.

Martha: Es que hay algo muy importante que el padrecito debe saber.

María José frunce levemente el ceño.

María José: ¿Qué cosa?

Martha duda en responder y ambas dejan de caminar al mismo tiempo.

Martha: Te lo voy a decir porque te tengo ya confianza y también porque por lo que me contaste, tú también le tenías mucho cariño a Juan. Nada más te imploro que no le digas absolutamente a nadie.

María José: (extrañada) Claro que sí. Puede confiar en mí, doña Martha.

Martha: Mira, es que… (Hace una pausa, dudando) Para mí Juan de La Cruz no está muerto.

María José: (impactada) ¿Cómo? 

Martha: No me preguntes por qué lo sé porque ni yo misma me lo explico, pero tengo una fuerte corazonada en el pecho que me dice que mi muchacho no murió.

María José: Doña Martha, yo sé que usted lo veía como un hijo, pero… (Hace una pausa, mortificada) Yo vi su cuerpo esa noche en el hotel y asistí al entierro. Duele aceptarlo, pero Juan murió. 

Martha: (extrañada) ¿Y qué hacías tú en el hotel?

María José: Iba a verme con Christian Fonseca.

Martha: ¿A poco también conoces a ese muchacho?

María José: Sí. Hay algo que no le he contado y le ruego que no me vaya a malinterpretar. Es solo que no vi necesario contarle antes.

Martha: ¿A qué te refieres?

María José: Yo… yo descubrí al tiempo que Juan era pariente de mi madrina, más específicamente su sobrino. 

Martha: (sorprendida) ¿Cómo que su sobrino? Entonces… (Comienza a atar cabos) Entonces ¿tú conoces a Emiliano Fonseca?

María José: (asintiendo) Sí, por desgracia conozco a ese criminal.

Martha: (alarmada) Ay, no puede ser. El tipo ese lo secuestró e intentó matarlo, y ahora yo te conté esto que es tan delicado sin saber la relación que tenías con esa gente.

María José: Tranquila, doña Martha. Le ruego que no vaya a pensar que estoy aliada con ellos o algo por el estilo porque no es así. Yo odio a esas personas, inclusive a mi madrina que me hizo tanto año. Ella me ocultó la verdadera forma en que murieron mis padres cuando yo era niña y me ocultó también que estaba detrás de la muerte del papá de Juan.

Martha: (dándose la bendición) ¡Bendito Dios! Todos están cortados con la misma tijera. 

María José: Y no solo eso. Lo último que supe es que ella fue amante de mi ex y como puede ver, estoy completamente desligada de esa familia. Con mi madrina ni siquiera hablo desde hace dos meses. 

Martha: De igual, debí ser más prudente. Nadie puede saber que Juan está vivo.

María José: ¿Por qué está tan segura?

Martha: El corazón me lo dice. Para mí que pudieron haberlo confundido con el otro gemelo.

María José: Una cosa así es imposible. De seguro hicieron pruebas biométricas con huellas. 

Martha: Hay cosas que van más allá de la lógica, María José. Hay cosas que son mera cuestión de fe. De todos modos, no le comentes a nadie. Te lo suplico. Mira que estoy confiando en ti.

María José: Despreocúpese. Yo quería con todo el corazón a Juan y jamás hice nada para perjudicarlo. Por el contrario, lo quise salvar esa misma vez que lo secuestraron, solo que llegué tarde y tampoco pude hacer nada por él para evitar que lo mataran.

Martha: Yo sé que no lo mataron. Mi muchacho está vivo y de seguro cuando las aguas se calmen, va a revelarse toda la verdad. 

María José: (dudosa) Ojalá así sea…

María José no dice nada más por respeto a la mujer y mira su reloj de muñeca.

María José: Bueno, yo ya me tengo que ir. ¿Podría hacerme el favor de llevarle estas flores al padre Chuy? Yo ya debo regresar al orfanato. Aproveché la hora del almuerzo para venir y tengo el tiempo justo para volver.

Martha recibe las flores.

Martha: Claro que sí, mija. Y gracias, de verdad.

María José le da un abrazo cariñoso.

María José: Cuídese mucho.

Martha: Tú también.

María José se despide y comienza a alejarse por el pasillo. Martha la observa marcharse


INT. CASA DE LOS FONSECA/PATIO TECHADO – DÍA

Juan golpea un costal de boxeo con fuerza. Lleva el torso desnudo y está empapado en sudor. Usa unos guantes especiales y sus músculos se tensan con cada golpe. Respira agitadamente y vuelve a golpear.

Fernanda aparece en el umbral sosteniendo un vaso de jugo de naranja y se queda observándolo en silencio, pero observa con especial interés la espalda del joven, deteniéndose en las marcas, que ya han cicatrizado y se han puesto ligeramente rosadas. Juan percibe la presencia de alguien y deja de golpear el costal.

Juan: ¿Qué se te ofrece?

Fernanda: Vine a traerte un juguito recién hecho, así como te gusta.

Fernanda se acerca y le entrega el vaso. Juan lo mira con suspicacia, se quita los guantes, los tira al piso y recibe el vaso.

Juan: Gracias.

Bebe un poco más de la mitad. Fernanda continúa observándolo con fijación.

Fernanda: He notado que desde que saliste de la cárcel, pasas mucho más tiempo entrenando, haciendo ejercicio y vas más seguido al club. Inclusive te compraste muchas cosas nuevas y vi en tu habitación unos libros de finanzas que estás leyendo, supongo. 

Juan: ¿Y qué quieres? ¿Que me quede encerrado nada más? Tengo que buscar alguna forma de distraerme.

Fernanda: (sonriéndole) No te lo estoy reprochando. Era solo un comentario. De hecho, me da gusto que aproveches tu tiempo en algo productivo. Mírate. Hasta te pusiste más musculoso.

Fernanda lo observa de arriba a abajo con descaro. Juan se da cuenta y se incomoda.

Fernanda: Te estás pareciendo tanto a Gabriel, a tu padre.

Juan: La sangre no se puede negar, dicen. 

Juan termina de beberse el jugo y le entrega al vaso a la mujer.

Juan: Me voy a duchar porque tengo partido de tenis en una hora.

Fernanda: Claro, hijo. Que te vaya bien. 

Juan se marcha sin añadir nada más. Fernanda permanece inmóvil observándolo alejarse.

Fernanda: (susurrando) Sí, sin duda es Christian. No sé cómo se me pudo cruzar por la cabeza que podía ser Juan.

Fernanda permanece allí, inmóvil, mirando al vacío. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – DÍA

Paula se encuentra sentada en la cama, en bata, aplicándose crema hidratante en las piernas. De repente, tocan la puerta.

Paula: Sí, adelante.

Juan abre la puerta, pero no entra y solo se entreasoma. 

Juan: Tía, ¿me permites?

Paula: (extrañada) ¿Qué necesitas?

Juan entra sin camisa y solo usando short y zapatos, tal como estaba hace un rato. Cuelga una toalla de su espalda. Paula no puede evitar que la mirada se le desvía al contemplar el torso desnudo del joven y al ver cómo la piel le brilla por el sudor, aunque finge seriedad.

Paula: ¿Qué quieres? 

Juan: (fingiendo pena) Discúlpame. Es que necesito usar tu baño.

Paula: (sorprendida) ¿Mi baño? ¿Por qué?

Juan: El mío se averió y me preguntaba si podía usar el tuyo, nada más por hoy, eh. Más tarde le hablo a un plomero para que venga a repararlo lo más pronto posible. 

Paula: Pues no entiendo por qué no usas el de tu mamá. Después de todo, a mí apenas y me saludas cuando me ves, y no es como que tengamos tanta confianza.

Juan: Usaría el baño de ella, pero como te habrás dado cuenta, no tenemos tan buena relación. Mi mamá es muy sobreprotectora y quiero tener mi privacidad. ¿Me entiendes?

Paula alza una ceja, mirando con suspicacia al joven.

Juan: Bueno y a eso sumemos que he sido distante contigo y pensé que quizás deberíamos, no sé, acercarnos más. 

Paula: (con incredulidad) ¿Ah, sí?

Juan: Sí. Tú fuiste la única que se alegró de verme cuando regresé a esta casa con toda la bronca de la cárcel. No creas que no me acuerdo.

Juan le dedica una pequeña sonrisa.

Juan: Entonces… ¿me prestas el baño o no?

Paula no responde de inmediato y voltea a ver a otro lado. 

Paula: (levantándose de la cama) Está bien, pero que solo sea por hoy y no se te haga costumbre. Podré no estar en mi casa, pero también me gusta tener mi privacidad y creo que por lo menos tengo derecho a ello.

Juan: (sonriéndole) Claro que sí, tía. Te entiendo y gracias.

Paula: Yo mientras iré a desayunar abajo para que estés cómodo (Toma su laptop de un buró). 

Juan: (con suspicacia) ¿Y para eso te llevas tu computadora?

Paula: Estoy trabajando en un negocio. Pienso abrir una tienda de ropa. De algo tengo que vivir, ya que no tengo acceso a la herencia que tu papá descaradamente me robó.

Juan: Querrás decir mi tío.

Paula: Da igual. Emiliano ante el mundo entero es tu padre y es un ladrón. 

Juan: Y yo espero en algún momento poner las cosas en orden. 

Paula: Dudo que lo logres, pero soñar no cuesta nada, querido.

Juan: Ya lo veremos. Por lo pronto, pues espero que te vaya bien con tu negocio y gracias de nuevo, eh. 

Juan le guiña un ojo con falsa amabilidad y se dispone a entrar al baño. Paula se queda pensativa como si no estuviera convencida de aquel fortuito favor pedido por su sobrino y sale de la habitación. Dentro del cuarto de baño, Juan se recuesta en la puerta y endurece el rostro. Resopla y tiene un recuerdo.


FLASHBACK

UN MES ANTES

INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – DÍA

Juan está sentado. Gael le lanza de mala gana una carpeta en el escritorio.

Gael: Es lo que me pediste.

Juan toma la carpeta y la abre, viendo varios documentos, expedientes y reportes. Gael, entretanto, se aleja y cierra con discreción las persianas de la oficina.

Juan: ¿Qué fue lo que encontraste?

Gael resopla y se sienta al frente de su escritorio. 

Gael: La vieja es una joyita como ya me lo esperaba. Trabajó varios años en un casino bar de Madrid. Bailaba con el nombre de "Minerva Salas". Minerva era el nombre de su mamá.

Juan continúa hojeando la información. Hay una fotocopia anexa del documento de identidad de Paula con una foto de ella más joven.

Gael: Mi contacto allá investigó más a fondo. Hay rumores de que además se dedicaba a ofrecer servicios de… ya sabes.

Juan: ¿Prostitución?

Gael: Es lo más obvio, aunque lo interesante no es eso. 

Juan ve un recorte de periódico que lee entre líneas.

Gael: María José fue secuestrada cuando tenía diez años (Juan se sorprende). Había tres hombres involucrados y extorsionaron al padre con una cuantiosa suma. El padre llamó a la policía y fue junto con ellos al lugar donde iban a hacer el intercambio, pero…

Juan se apresura a completar al tiempo que lee el artículo.

Juan: Pero murió en medio de la balacera.

Gael: Sí, así es, junto con dos de los secuestradores. María José recibió atención psicológica porque presenció todo y lo olvidó. Fue diagnosticada con amnesia selectiva.

Juan, en efecto, ve una fotocopia de un reporte psiquiátrico.

Gael: Incluso fue tratada por varios profesionales después de que a los días encontró a su mamá muerta, ahorcada en la sala, por un aparente suicidio. 

Juan: (impactado) Pobrecita. Entiendo por qué estaba tan afectada esa vez que me buscó en el orfanato (Continúa hojeando) ¿Qué más encontraste?

Gael: Uno de los tres secuestradores sobrevivió. Terminó en prisión y, curiosamente, fue envenenado a los meses por una mujer identificada únicamente como "Minerva Salas".

Juan: (mirándolo sorprendido) ¿El mismo nombre artístico de Paula?

Gael: (asintiendo) Exacto. La esposa del tipo fue la que le dio el nombre a mi contacto. Dijo que su marido recibió visitas frecuentes de una mujer llamada Minerva Salas poco antes de morir.

Juan permanece pensativo.

Gael: El caso se cerró porque el tipo nunca quiso denunciar a la mente maestra detrás del secuestro y la asesina usó evidentemente un nombre falso cuando iba a la cárcel.

Juan dibuja una sonrisa amarga y cierra la carpeta.

Juan: Entonces mi tía es más peligrosa de lo que pensé.

Gael: De todos modos, ten en cuenta que no hay pruebas que vinculen directamente a Paula Fonseca con el secuestro de María José ni con el asesinato de uno de los secuestradores, pero es una casualidad muy grande que en medio de todo aparezca el mismo nombre. 

Juan: Claro. Halló la forma de lavarse las manos, así como Emiliano. Los dos son tal para cual.

Gael: Todavía no termino.

Juan enarca una ceja.

Juan: ¿Hay más?

Gael: Paula era amante de Michael, el ex de María José que murió asesinado por Emiliano. El pendejo sabía todo sobre ti y lo estaba chantajeando. 

Juan: (pensativo) Christian sí me dijo que había un güey que sabía de antemano todo sobre mí. Entonces se refería a él. ¿María José sabe que ese fulano era amante de Paula?

Gael: Ella misma lo descubrió porque al parecer encontró un pulso de la tipa en el departamento de Michael. Como el pendejo tenía cámaras en su departamento, grababa sus encuentros y dejó un pendrive para María José con todos los videos, incluidos los de la vieja.

Juan: ¿Le mostraste esos videos a María José?

Gael: Los borré, así que no. María José vino una vez para que le confirmara si una de las tantas mujeres que aparecían era su madrina y no vi de otra que decirle que sí.

Juan: ¿Y qué hay del policía que me llevó la comida con veneno? ¿Diste con él?

Gael: Sí. Lo capturamos en un aeropuerto de Monterrey cuando intentaba irse del país. 

Juan: ¿Y bien?

Gael: Confesó que una tal Minerva le pagó un buen de lana.

Juan no puede evitar soltar una risa seca al oír.

Juan: Entonces fue ella… Mi tía sí que es toda una cajita de sorpresas.

Gael: Y como puedes ver, mi papá y yo no estábamos detrás. 

Juan: De todas formas, no estoy como para fiarme de nadie, mucho menos de tu papito que es un asesino y bien tenía motivos para callarme.

Gael tensa el rostro y respira hondo.

Gael: Pues ya viste que no y si lo que quieres es justicia, en este momento, con esta información, podría poner bajo arresto a Paula por intento de homicidio y…

Juan: (lo interrumpe) Y nada. Por ahora no me conviene, además no me hables de justicia. La justicia de la policía es un chiste porque ahí tenemos a tu papá que también me las debe y anda libre como si nada.

Gael: Tú me prometiste que ibas a dejar a mi papá fuera de tus broncas.

Juan: No te equivoques. Yo nunca te prometí nada. 

Gael: (desesperado) ¡Casi se muere, cabrón! Él ya pagó por lo que le hizo a tu amigo, además te estoy ayudando. Te eché una mano falsificando los resultados de las huellas y hasta te estoy dando esta información sobre Paula Fonseca por adelantado porque se la debía a María José Montiel que me la pidió primero que tú.

Juan: Y te felicito por tu buen trabajo, pero fíjate que ni con todas tus dizque “ayudas” me vas a compensar por lo que me hizo el cabrón de tu papá. ¿Que acaso crees que la vida de un ser humano es cualquier cosa o qué?

Gael: Yo sé que no, pero él y yo tenemos un viaje en unos días cuando le den de alta. Va a desaparecer de tu vida y nunca más te va a chingar. Te doy mi palabra.

Juan dibuja una sonrisa de malicia en el rostro y se recuesta en la silla.

Juan: Tú no te vas del país, güey. ¡Octavio y tú se quedan! Claro que si te quieres ir con él, pues eres libre de hacerlo, nada más que ahí sí se me va a soltar la lengua y voy a dejar la reputación de ustedes dos por el piso, y no solo eso, eh. ¡Nos vamos a refundir en la cárcel! 

Gael resopla, frustrado y asiente de mala gana.

Gael: (resignado) Está bien. 

Juan: En cuanto a María José, ella no se puede enterar de esta información. 

Juan lanza la carpeta al escritorio.

Juan: Podría denunciar a Paula y no me conviene tenerla tras las rejas, por lo menos no todavía. ¿Te quedó claro? 

Gael: ¿Sí sabes que María José está enamorada de ti?

Juan guarda silencio al escuchar la pregunta, aunque permanece serio.

Gael: Es una mujer espectacular y no es justo que la engañes de esta forma. No te la mereces.

Juan: ¿Y a poco tú sí la mereces? (Gael no responde) Y no hace falta que me lo niegues que para eso somos hombres. También te gusta ella.

Juan se levanta y se acomoda el saco.

Juan: Mira, Luján. Te voy a dar un consejo. Mejor no te metas en cosas que no te importan y ocúpate de esperar a que te llame. ¿Estamos? Limítate a hacer tu trabajo y no indagues. Conmigo no quieras jugar al detective y tampoco me hables de moral.

Juan toma la carpeta y sale de la oficina. Gael recuesta los hombros en el escritorio y entrelaza las manos, frustrado.

FIN DEL FLASHBACK


Juan deja de recordar y se mira en el espejo del tocador con los ojos endurecidos. 

Juan: Tú tampoco te me vas a quedar atrás, tía Paula. De ti también me voy a encargar. Es lo mínimo que puedo hacer por María José y por mi papá al que no llegué a conocer por tu culpa.

Juan sigue sonriendo con amargura y con esa mirada llena de dureza fija en su propio reflejo.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Emiliano revisa varios documentos sentado detrás de su escritorio. Grettel permanece de pie frente a él, observándolo mientras sostiene una carpeta. Emiliano firma el último documento y se lo entrega sin siquiera mirarla.

Emiliano: Toma.

Grettel recibe los papeles, aunque se queda viéndolo.

Emiliano: ¿Qué? ¿Necesitas que te firme otra cosa o por qué te me quedas viendo como retrasada?

Grettel: No te hagas, Emiliano. Llevamos ya dos meses en esta situación. Me estás evitando y ya estoy empezando a hartarme de que me ignores sabiendo que espero un hijo tuyo.

Emiliano: (fastidiado) Mira, ahorita no tengo ganas de discutir esas mamadas contigo. Tú ocúpate de hacer tu trabajo que pa’ eso te pago, ¿quieres? Y ya salte que me hartas.

Grettel: No solías decirme eso antes. Te recuerdo que eras tú el que me buscaba. 

Emiliano: Bien lo acabas de decir en pasado, chula. ¡Te buscaba! Pero no voy a caer en tu jueguito barato con ese chamaco que supuestamente es mío. ¿Qué pensaste? ¿Que me ibas a amarrar? ¡A mí no me veas la cara de pendejo! 

Grettel: Estamos en el siglo XXI. Hoy en día un embarazo no amarra a un hombre, así que te equivocas. Esto simplemente pasó y lo mínimo que deseo es que te hagas responsable.

Emiliano: No voy a divorciarme de mi mujer.

Grettel: ¿Por qué? ¿Por el qué dirán?

Emiliano: Acabo de salir de un escándalo que casi acaba con mi carrera y con la empresa. Las acciones cayeron. Apenas estoy recuperándome como para meterme en otro pedo y no voy a arriesgarme por ti que no vales nada.

Grettel: Valgo mucho por este niño que tiene tu sangre. Puedo esperarte el tiempo que haga falta y si no quieres, pues no nos casemos. Yo solo quiero que reconozcas a tu hijo.

Emiliano: (con frialdad) Un hijo que no quiero tener.

Grettel: Entonces ¿prefieres dejarle toda tu herencia a Christian?

El comentario golpea a Emiliano, quien mira frustrado hacia el ventanal.

Grettel: Porque, por si se te olvidó, Christian no es hijo tuyo, sino de tu hermano al que tanto odiaste y que se cogió a tu esposa.

Emiliano endurece la mandíbula.

Emiliano: ¡Lárgate! Y ni se te ocurra volver a mencionarme mi pasado porque ahí no te la vas a acabar.

Grettel: (resignada) Está bien, pero si tú no tomas una decisión, yo haré que la tomes.

Emiliano: (levantándose de golpe) ¡No me amenaces!

Grettel lo enfrenta sin miedo.

Grettel: ¿Amenazarte? No. Solo estoy aprendiendo del mejor maestro que he podido tener porque poco a poco he aprendido a ser como tú, Emiliano.

Grettel aproxima apenas, caminando con un porte sensual.

Grettel: Y debo admitir que hacemos muy buena pareja. Lástima que tú no quieras darme un lugar importante en tu vida.

Grettel parece que va a besarlo, pero luego se aparta y sale de la oficina. Emiliano permanece inmóvil, frustrado y, de pronto, el llanto de un bebé comienza a escucharse en la oficina. Emiliano se sobresalta. Mira alrededor, pero no ve nada.

Emiliano: ¿Qué carajos es eso?

El llanto aumenta y cada vez más se hace más fuerte. Parece que retumba en cada esquina de la oficina.

Emiliano: (desesperado) ¿De dónde mierda viene?

Emiliano se lleva las manos a la cabeza.

Emiliano: ¡Cállense! (El llanto no cesa) ¡Basta! (Los llantos aumentan) ¡Basta! ¡Ya cállense!

Repentinamente, el sonido desaparece. Emiliano jadea y observa la oficina vacía y silenciosa.

Emiliano: ¡Chingada madre!

Emiliano agarra unos documentos del escritorio, los arruga y los hace en bola para luego lanzarlos. Toma asiento y se frota el rostro con las manos con ansiedad. Intenta serenarse, se acomoda la corbata y sus manos tiemblan ligeramente.

Emiliano: Estoy cansado, es eso. Necesito descansar. Es el puro estrés, nada más. Yo no estoy loco, no lo estoy, carajo. ¡No lo estoy!

Emiliano respira profundo, aunque evidentemente algo se ha ido rompiendo en él. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA

Jorge camina con una monja madura por los pasillos del orfanato. De fondo, puede oírse el bullicio de los niños.

Monja: Ay, no sabe cuánto le agradezco que haya regresado, padre Jorge. He hecho todo lo posible por cubrir al padre Chuy, pero la verdad es que se me ha complicado mucho y más ahora que siguen llegando las notificaciones del desalojo. 

Jorge le dedica una sonrisa amable y falsa.

Jorge: No se preocupe, hermana. A partir de ahora yo me voy a encargar de todo.

Monja: (indecisa) La verdad es que no sabía si llamarlo debido al pleito que ustedes dos tuvieron la vez pasada.

Jorge: (en tono hipócrita) Pierda cuidado. Es normal que haya ocasiones en que como seres humanos nos exaltamos, pero también es de humanos perdonar y seguir el camino correcto. 

Monja: Sí es cierto.

Jorge: Además, yo ya perdoné al padre Jesús por lo que ocurrió y estoy seguro de que en cuanto él regrese, nos llevaremos de maravilla. Ante todo, somos hermanos en Cristo. ¿Cómo sigue él por cierto?

Monja: Recuperándose y no he querido importunarlo con estos problemas.

Jorge: Hace bien. Lo importante es que descanse.

Los dos se detienen justo frente a la puerta de la oficina. La monja saca unas llaves y se las entrega.

Monja: Bueno, aquí tiene. Son las llaves de la oficina del padre Chuy. Mando cada semana a limpiarla, así que no debe estar tan sucia y allí también he dejado toda la correspondencia.

Jorge: Gracias, hermana. Yo ya me encargo de ponerme al día.

Monja: Claro que sí, padre. Con permiso.

La monja le sonríe y se retira. Jorge espera a que desaparezca del pasillo. La sonrisa desaparece de su rostro y entra. Cierra la puerta, observa cada rincón de la oficina e incluso inhala y exhala con profundo placer.

Jorge: Esta es la oficina que a mí me corresponde. Ahora sí llegó la hora de poner todo en orden.

Jorge se adentra al sitio. Sobre el escritorio hay un portarretrato de Chuy. El hombre lo toma con desprecio y dibuja una sonrisa amarga. 

Jorge: Ya era hora de que usted saliera de circulación, padre Jesús. De mi cuenta corre que no volverá a poner un pie en este orfanato.

Jorge, sin dudarlo, arroja el portarretrato a la papelera. De pronto, escucha un celular sonando a lo lejos. El sacerdote se sobresalta y mira alrededor, extrañado.

Jorge: ¿De dónde viene ese ruido? 

Jorge se voltea, intentando descifrar el origen del sonido y se deja llevar hasta que llega a una cómoda. Inclina la oreja y se da cuenta de que, en efecto, hay un celular metido dentro de un cajón. 


CORTE A:

INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan termina de ponerse una chaqueta frente al espejo. Sostiene el celular entre la oreja y el hombro mientras termina de arreglarse.

Juan: Vamos, padre. Conteste.


CORTE A:

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA

El celular continúa sonando. Jorge abre el cajón con lentitud y saca el dispositivo. 

Jorge: Debe ser el celular del padre Jesús.

Ve que en la pantalla un número desconocido está llamando y justo cuando va a deslizar el dedo para contestar, la llamada se cuelga.

Jorge: Qué extraño. ¿De quién es este número?

Jorge desbloquea el celular que no tiene contraseña o patrón. Va al historial de llamadas y se sorprende al ver que varias llamadas han entrado desde ese mismo número.

Jorge: ¿Quién podrá estar llamándolo con tanta insistencia? Hay registros de hace casi dos meses.

Duda un poco, pero termina presionando la opción de devolver la llamada.


CORTE A: 

INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan, entretanto, toma sus llaves dispuesto a salir. De pronto, su celular suena y al ver quién lo llama, se apresura a contestar.

Juan: ¡Padre! (Hace una pausa) Padrecito, soy yo. Llevo varios días intentando hablar con usted. Qué bueno que por fin me llama.


CORTE A:

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA

Jorge permanece inmóvil. Escucha atentamente.

Juan: (off screen) ¿Padre? ¿Me escucha?

Jorge abre ligeramente los ojos.

Jorge: (pensamiento) Esa voz…

Jorge permanece en silencio y su rostro comienza a palidecer.

Juan: (off screen) ¿Padre? Dígame algo. Mire que he estado muy preocupado por usted desde hace mucho y no he dejado de llamarlo. Tengo que contarle muchas cosas. 

Jorge se aparta el celular de la oreja, exaltado.

Juan: (off screen) ¿Bueno? ¿Bueno?

Jorge cuelga abruptamente y decide apresurarse a apagar el celular.


CORTE A:

INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan aparta el teléfono de la oreja.

Juan: Qué raro. Me colgó.

El joven observa la pantalla, desconcertado. Intenta devolver la llamada, pero se va al buzón de inmediato.

Juan: (frustrado) ¡Chale! ¿Cómo le voy a hacer para comunicarme con él?

Juan resopla y decide guardar el celular en su bolsillo del pantalón para luego salir de la habitación.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA

Jorge, por su parte, presiona el celular en su mano, consternado.

Jorge: Era la voz de…

Jorge se detiene abruptamente y niega con la cabeza.

Jorge: ¡Imposible! Juan de La Cruz está muerto, pero era su voz. Es inconfundible. Estoy seguro de que era él. ¿Será que acaso…? (Hace una pausa) 

Jorge se queda sumamente pensativo, contemplando todo tipo de posibilidad ante lo que acaba de descubrir. 


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHUY – DÍA

La habitación permanece en silencio. Chuy se encuentra recostado en la cama con el semblante apagado. Mira por la ventana, ausente. Martha termina de ponerle las flores en un florero y sobre una mesa al lado de la cama.

Martha: Mire nomás qué flores tan bonitas le mandó María José.

Chuy apenas gira el rostro.

Martha: La muchacha sigue viniendo seguido a preguntar por usted. Ya hasta se hizo costumbre verla por aquí. Dice que en cuanto tenga otro ratito libre vuelve a pasar.

Chuy asiente apenas, sin mucho entusiasmo. Martha termina de arreglar las flores. Luego toma una bandeja con comida y se sienta a un lado de la cama.

Martha: Bueno. Es hora de comer.

Toma la cuchara y acerca un poco de sopa a la boca del sacerdote. 

Chuy: No hace falta. Yo puedo hacerlo solo.

Martha: No sea necio. Déjese consentir tantito.

Chuy: (con fastidio) Martha, ya te he dicho que no soy un niño.

La mujer baja la cuchara.

Chuy: Y también te he dicho muchas veces que dejes de venir a verme todos los días. No tienes por qué estar tan al pendiente de mí. ¡Lo único que quiero es estar solo!

Martha lo observa, herida, pero intenta disimularlo. Chuy se da cuenta del tono que ha usado y suspira.

Chuy: Perdóname. No debí hablarte así.

Martha intenta sonreír.

Martha: No se preocupe, padre. Yo entiendo que para usted no ha sido fácil pasar por todo esto.

Chuy: Pero aun así, no tengo derecho a tratarte mal. Perdóname, por favor. Me estoy portando como un completo ingrato. 

Chuy comienza a sollozar. Martha se conmueve.

Martha: Ay, padre. No se achicopale así.

Martha deja la bandeja en la mesita de noche y lo toma de las manos.

Chuy: (llorando) Estoy muy triste, cansado. Cansado de este hospital, de estas paredes, de estar aquí encerrado mientras allá afuera tengo tanto por hacer.

Martha: Ya falta poquito, padrecito. Los doctores dicen que el tratamiento va muy bien. Nomás tenga paciencia.

Chuy: Es que si por mí fuera, ya estaría de vuelta en el orfanato. Mis niños me necesitan. Los seminaristas también, especialmente uno.

Martha: ¿Se refiere a Juan?

Chuy se pone rígido de inmediato.

Chuy: Juan está muerto.

Martha: Usted y yo sabemos que eso no es verdad.

Chuy: No empieces otra vez, Martha. Te lo suplico. Olvídate de ese asunto. El Juan que conocimos ya no está con nosotros y murió.

Martha: Es que no puedo quedarme callada. Tengo esta corazonada desde hace meses. Yo siento que a Juan no lo mataron, sino que lo confundieron con ese tal Christian Fonseca.

Chuy levanta la vista de golpe, alarmado.

Martha: Entiendo que el muchacho no se va a acercar a nosotros a decirnos porque debe guardar apariencias, pero…

Chuy: (la interrumpe) ¡Basta!

Martha se sobresalta.

Chuy: Te pido, por favor, que no vuelvas a mencionarme ese tema y quiero que esta sea la última vez que hablamos de Juan o aunque me parta el alma, tendré que pedirte que no regreses.

Martha lo contempla unos segundos. Finalmente asiente, frustrada.

Martha: Como usted diga, padrecito. Le prometo que no lo vuelvo a mencionar, pero eso sí. Usted prométame que se va a animar y va a sacar fuerzas para regresar como el roble que siempre ha sido. No se deje morir de tristeza, por favor. Usted es un hombre de fe.

Chuy resopla y asiente.

Chuy: Está bien. Te lo prometo.

Martha: (sonriéndole) Así se habla.

Chuy: Y gracias por lo que has hecho por mí. Quizá no me alcance la vida para pagártelo, pero voy a rezar mucho por ti, hija. Estar aquí en el hospital me está endureciendo y no me gusta. Reza también por mí.

Martha: Claro. Cuente con ello y no tiene que pagarme nada. Con que no se rinda me es más que suficiente. Y ahora coma algo, ¿sí? Mire que se va a enfriar. 

Chuy: Pero me dejas comer a mí solo, eh.

Martha: (riendo) Claro que sí. 

Martha vuelve a colocar la bandeja en la cama. Chuy toma los cubiertos y comienza a comer.


INT. DEPARTAMENTO DE CHELA – DÍA

Dos hombres terminan de instalar una lavadora nueva en un pequeño, pero acogedor departamento. Chela observa el electrodoméstico con emoción. Juan está allí con ella.

Chela: ¡Ay, mijo! ¡Me vas a matar un día de un infarto trayendo estas sorpresas! Debió costarte una fortuna esta lavadora. Parece muy moderna.

Juan: (sonriéndole) Nah, no fue tanto. La pagué con la tarjeta de crédito.

Chela: (espantada) ¡Jesús bendito! ¡Peor todavía! ¿Te quieres endeudar sin tener trabajo?

Juan: Da igual. Yo no soy el que paga las tarjetas, pero no deja de ser mi dinero de cierta forma. Emiliano me lo robó.

Chela: Bueno, en eso sí tienes razón, pero no deberías andar gastando así. Me compraste sofás nuevos, sillas, mesa, cama y hasta el alquiler estás pagando…

Juan: Y me falta, no te creas. Es lo menos que puedo hacer y te lo mereces. Podrías haberte regresado a tu casita en el pueblo y, sin embargo, sigues aquí conmigo.

Chela: (sonriéndole) ¿Cómo crees que voy a dejarte solo, mijo? Yo jamás te voy a abandonar mientras tenga vida. Tenlo por seguro.

Juan: Entonces la próxima vez que venga te traigo una tele nueva de esas de pantalla delgadita. Vas a ver.

Chela: ¡Ni se te ocurra!

Juan: ¿Cómo que no? ¿Y tus novelas?

Chela: (riendo) Pues ahora que lo mencionas, sí me urge porque ya me contaron que empezó "Alma sin Ti" y no he podido vérmela. Me la estoy perdiendo y no sé en qué va la vida de la pobre protagonista. Creo que hasta le roban el bebé.

Juan: (riendo) Entonces ya está decidido. La próxima semana te la traigo.

Chela: Ay, muchacho. Me vas a malacostumbrar.

Los dos ríen. Juan recupera la seriedad y le habla en voz baja a su abuela.

Juan: Bueno. También vine porque necesito pedirte un favor, Chela.

Chela: Claro que sí. Dime. ¿Para qué soy buena?

Juan: Estoy preocupado por el padre Chuy. Ya pasaron dos meses y sigo sin poder comunicarme con él. 

Chela: ¿No lo has llamado?

Juan: Claro, pero nunca contesta y tampoco me atrevo a ir al orfanato porque algún maestro, algún seminarista o hasta uno de los niños podría reconocerme, y mejor no arriesgarme.

Chela: (asintiendo) Sí, es cierto. Haces bien en ser precavido.

Juan: Lo extraño es que esta mañana me regresó la llamada, solo que no habló y al rato colgó.

Chela: Qué extraño. Quizá tenía mala señal.

Juan: (pensativo) Puede ser porque después llamé yo y ahí ya me mandó al buzón de voz. En fin, mejor ya ni le sigo intentando y por eso te quería pedir que fueras tú al orfanato. 

Chela: Por supuesto. Cuenta con ello.

Juan: Averigua cómo sigue, por favor y mándale saludos de mi parte, al menos para que esté tranquilo y sepa que estoy bien.

Chela: No te preocupes. Mañana mismo voy y averiguo cómo sigue el padrecito, y te cuento. De paso lo saludo porque hace mucho no lo veo.

Juan: Gracias, Chela.

Chela: Para eso estoy, mijo. ¿Qué hay de lo demás? ¿Todo anda bien en esa casa?

Juan: Por ahora sí. Fernanda creo que ya logró convencerse de que soy Christian. Emiliano ni me pela y Paula sale de vez en cuando al comedor para comer con nosotros y pasa la mayor parte del tiempo en su habitación. Siento que está ocultando algo.

Chela: Me dijiste que fue ella la que intentó envenenarte en la cárcel, así que lo más seguro es que se traiga algo entre manos. Quizá hasta haya sido ella la que mató a Christian, enviada por Emiliano y no María José como yo sospechaba. Como Paula lo odia, pues no le dijo la verdad sobre tu identidad para usar eso a su conveniencia.

Juan: Yo he pensado lo mismo y es ahí en donde debo tentar el terreno. Paula es tanto o peor que Emiliano y ya esperé dos meses para prepararme bien. No puedo perder más tiempo.

Chela: ¿Qué piensas hacer?

Juan: El primer paso es infiltrarme en el corporativo. Emiliano seguramente no me lo va a permitir, pero ya tengo un as bajo la manga y para eso voy a necesitar tu ayuda.

Chela: Tú solo dime y hago lo que esté en mis manos. 

Chela lo observa expectante. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – DÍA

Fernanda se encuentra reunida con tres amigas de la iglesia. Sobre la mesa hay café, galletas y varios folletos relacionados con un próximo evento benéfico.

Amiga 1: Entonces podríamos organizar la colecta el siguiente domingo después de misa.

Fernanda: (sonriendo) Me parece perfecto. Entre más pronto empecemos, mejor. Hay muchas familias necesitadas.

Amiga 2: Y también podríamos pedir apoyo a algunas empresas. Con los contactos de tu esposo…

Fernanda: Lo hablaré con Emiliano. Estoy segura de que…

La empleada doméstica aparece.

Empleada: Disculpe, doña Fernanda.

Fernanda: (volteándose) ¿Qué sucede?

La mujer le extiende un sobre blanco sin remitente.

Empleada: Se lo dejó un muchacho en motocicleta. Dijo que era urgente y que debía entregárselo personalmente.

Fernanda frunce el ceño y recibe el sobre. 

Fernanda: Gracias. Retírate.

La empleada se retira. Las amigas continúan conversando mientras Fernanda abre el sobre con curiosidad. Extrae una hoja doblada y su expresión cambia de inmediato al leer el mensaje:

"Si quieres saber la clase de hombre con la que estás casada, ve hoy mismo a la oficina de tu marido. Te garantizo que te vas a llevar una sorpresa".

Fernanda palidece y sus amigas lo notan.

Amiga 1: ¿Pasa algo?

Fernanda reacciona enseguida y fuerza una sonrisa.

Fernanda: No, nada. Solo es propaganda basura (Guarda rápidamente la carta dentro del sobre) ¿En qué íbamos? 

Las voces de las mujeres comienzan a apagarse mientras discuten sobre el evento. Fernanda apenas presta atención, pues evidentemente aquel mensaje la ha descompuesto.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – NOCHE

Emiliano se encuentra a oscuras, apenas iluminado por una lámpara puesta sobre su escritorio. Cierra la laptop y se pone de pie para luego tomar su saco del perchero. Grettel entra en ese instante sin tocar y sosteniendo un vino.

Grettel: ¿Ya te vas? 

Grettel cierra la puerta. Emiliano voltea a verla sin interés y se pone el saco.

Emiliano: ¿Que no me ves? Estoy preparándome para salir. ¿Y tú qué? Ya debiste haberte ido. ¿Qué haces a estas horas por acá?

Grettel sonríe y se le acerca caminando de forma sensual.

Grettel: Me quedé adelantando trabajo para esperar a que todos se fueran y así poder entrar a hacerte una propuesta.

Emiliano: (con incredulidad) ¿Tú una propuesta? Pues qué milagro.

Grettel: Para que veas que nosotras también podemos tomar la iniciativa de vez en cuando. 

Grettel pone el vino sobre el escritorio y se hace detrás del hombre para quitarle el saco. Emiliano se deja. 

Grettel: Últimamente has estado muy estresado, Emiliano (Comienza a masajearlo). Estaba pensando que podíamos tomarnos un vinito, digo, para que te relajes, aunque yo no puedo tomar porque estoy de estado, pero te puedo acompañar.

Emiliano: (burlesco) Sí. ¿Cómo no? (Se aparta) ¿Qué creíste? ¿Que con un vino barato me vas a comprar? 

Grettel: Pues no, pero estoy demostrándote que me interesa que no perdamos nuestra relación.

Emiliano: ¿Relación? ¿Qué relación si todo este tiempo solo has sido como mi putita personal? Tú no tienes nivel para tener una relación conmigo, preciosa. No te creas gran cosa.

Grettel inhala, intentando ignorar la dureza de esas palabras y fuerza una sonrisa. 

Grettel: Puede ser que no esté a tu nivel, pero tenemos algo que nos une y nos va a unir siempre.

Grettel intenta acariciarle el rostro. Emiliano la retiene de las muñecas.

Emiliano: Quiero que abortes cuanto antes.

Grettel se suelta y lo mira con rabia.

Emiliano: Y si te falta lana, me dices cuánto es para te deshagas de ese error porque eso es ese chamaco, un error que no debió ocurrir.

Emiliano toma su saco y se dispone a salir de la oficina.

Grettel: ¡Emiliano, espera!

Grettel se apresura a abrazarlo por detrás fingiendo un falso cariño.

Grettel: Yo sé que estás asustado porque no contabas con un hijo. Te entiendo y aunque no me creas, he aprendido a quererte mucho.

Emiliano: (fastidiado) Déjate de mamadas que quiero irme a dormir a mi casa.

Grettel: Quédate. Tú y yo somos muy parecidos. Dime si no, además soy más mujer que esa aburrida de tu esposa. ¿O a poco ya olvidaste lo bien que la hemos pasado?

Grettel le susurra al oído y le respira en el cuello.

Grettel: ¿Te olvidaste de todas las veces que me has hecho el amor como ese semental que eres?

Grettel se atreve a morderle suavemente la oreja. Emiliano parece desarmarse ante estos detalles.

Grettel: (susurrándole) Extraño mucho a mi hombre y echo mucho de menos las veces que lo hemos hecho en el escritorio. Por favor, no me rechaces.

Grettel no duda en tocarle la entrepierna a su jefe. Emiliano se exalta y cierra los ojos hasta que finalmente se voltea, agarra a la mujer por la cintura y la besa de forma desenfrenada. Luego, la agarra de las piernas y la monta sobre el escritorio mientras ambos se desvisten mutuamente con rapidez.


EXT. ZONA ROSA DE LA CIUDAD DE MÉXICO – NOCHE

Juan, entretanto, camina por una calle en la cual hay varios antros que reproducen música a todo volumen. Es una zona movida con bastantes comercios y personas. Hay algunas mujeres e inclusive hombres maquillados, vestidos de forma extravagante y los cuales al parecer ejercen la prostitución. Juan se incomoda un poco al sentir que lo miran y se detiene al frente de un motel modesto.

Juan: Es aquí.


INT. MOTEL/RECEPCIÓN – NOCHE

Juan decide entrar al sitio y se acerca al recepcionista. El lugar está a oscuras, apenas iluminado con luces neón.

Juan: Buenas noches.

Recepcionista: Buenas, joven. ¿Necesita habitación?

Juan: En realidad, no. Estoy buscando a alguien. Se llama Damián y me dijeron que lo podía encontrar aquí. 

El hombre se dispone a responder, pero de pronto se escucha un fuerte escándalo proveniente de una de las habitaciones.

Voz masculina: (off screen) ¡No te me vas a ir así, cabrón!

Damián justo sale de la habitación, despeinado y acomodándose la camisa.

Damián: ¡Ya estuvo bueno, don! ¡Le dije que el tiempo se acabó!

Juan voltea y lo reconoce al instante. Un hombre cincuentón sale de la habitación, completamente ebrio.

Cliente: (furioso) ¡No me vengas con chingaderas! ¡Te pagué toda la noche!

El hombre intenta sujetarlo del brazo.

Damián: Sí, pero no pagó para agarrarme a madrazos, ¿eh? Una cosa es una cosa y otra es otra. Además ya ni le aguanto el aliento a cloaca que tiene. 

El cliente le suelta un golpe que lo hace tambalear. Damián va a dar con una maceta y la quiebra en el acto.

Recepcionista: Como que mejor llamo a la poli antes de que se ponga peor.

El recepcionista se apresura a agarrar el teléfono. Juan lo detiene. 

Juan: Yo me encargo.

Damián intenta huir, pero su cliente lo toma por el cuello con una mano.

Cliente: Te voy a enseñar a respetar. 

Damián: (ahogado) Suél… Suélteme…

Cliente: ¡De mí nadie se burla! ¿Escuchaste? 

El cliente alza el puño para golpear al joven. Juan interviene en ese instante y lo detiene.

Juan: Suéltalo.

Damián se sorprende y también lo reconoce.

Cliente: ¿Y tú quién chingados eres?

Juan: No te lo voy a repetir. ¡Déjalo!

El cliente intenta golpearlo. Juan le bloquea el puñetazo con facilidad y le devuelve un fuerte golpe al estómago. El hombre se dobla de dolor.

Cliente: ¡Hijo de tu…!

El hombre vuelve a lanzarse contra él. Juan lo inmoviliza con rapidez con una patada y lo empuja contra la pared para luego darle dos puñetazos al tipo. Con prontitud, lo agarra de la camisa con firmeza.

Juan: ¡Escúchame bien, malnacido! En este mismo instante, te largas por las buenas sin hacer escándalos o me encargo no solo de darte la madriza de tu vida, sino que hago que te pudras en la cárcel. Tengo contactos, influencias, así que no te metas conmigo, cabrón.

El cliente lo mira asustado y la nariz le sangra. Juan lo suelta de mala gana.

Juan: Y a ver si a la próxima te cepillas la boca que apestas. 

El cliente lo mira con rabia.

Juan: ¿Qué esperas? ¡Piérdete!

Resignado, el hombre escupe al suelo con la mirada fulminante y se retira.

Cliente: Pinches locos…

El hombre se aleja. Damián se acomoda la camisa y observa a Juan con sorpresa.

Damián: ¡No manches! ¿Tú qué estás haciendo aquí?

Juan: ¿Estás bien?

Damián asiente, aún consternado.

Juan: ¿Podemos hablar?


INT. MOTEL/HABITACIÓN – MINUTOS DESPUÉS

Damián permanece sentado sobre la cama. Juan le acerca una bolsa con hielo y se la entrega.

Juan: Ponte esto.

Damián: Gracias.

Damián se coloca el hielo en el pómulo. Juan permanece de pie.

Damián: Oye, neta gracias por sacarme de esa. Ese ruco ya me tenía hasta la madre. Gracias de verdad.

Juan: No hay de qué. Me alegra encontrarte vivo.

Damián: ¿Vivo?

Juan: Después de la comida de la cárcel. Quizá ni te diste cuenta, pero estaba envenenada. Querían matarme.

Damián: (muy sorprendido) ¡No manches! Con razón me aventé casi una semana en el hospital. Yo pensé que había sido una salmonela bien cabrona o algo así.

Juan: Sí, menos mal que te atendieron rápido o no la habrías contado.

Damián: Ya decía yo que nunca me había dado una diarrea tan criminal.

Juan no puede evitar sonreír ligeramente.

Juan: Por lo menos estás mejor.

Damián: ¿Y qué debo el honor? ¿Vienes a contratar mis servicios o qué onda?

Damián lo mira de arriba a abajo con una sonrisa pícara.

Damián: Porque la oferta gratis sigue en pie, ¿eh? Te lo dije muy en serio.

Juan: Y yo también te dije que no me van los hombres.

Damián: Pues qué lástima y qué desperdicio porque bien podemos aprovechar. 

Juan: Discúlpame, pero no me interesa. 

Damián: Está bien, está bien. No hay pedo. Tampoco te pienso rogar. Ya mejor dime a qué viniste.

Juan: Quería darte las gracias primero que todo. Esa noche cuando estábamos encerrados me salvaste la vida y me preocupé pensando que podías ser otra víctima más de la gente que me quiere destruir. 

Damián: No fue nada. La comida no estaba mal. Me hubiera ido satisfecho y sí debo reconocer que tienes unos enemigos bien creativos, compa. Mira que mandarte a envenenar… Debes cuidarte.

Juan: Sí, lo sé.

Juan agarra una silla y se sienta en ella al revés con un aura oscura en el rostro.

Juan: Te garantizo que el tipo que conociste en la cárcel es bien distinto a este que tienes al frente. Estoy dispuesto a todo para hundir a las personas que quisieron destruirme y por eso también pensé en buscarte para proponerte un trabajo.

Damián deja el hielo a un lado con evidente curiosidad.

Damián: ¿Trabajo de veras?

Juan: (asintiendo) Sí y uno con el que vas a ganar mucho dinero. Te voy a pagar muy bien.

Damián arquea las cejas, intrigado.

Damián: Ahora sí me interesa. A ver, galán, sorpréndeme. ¿Qué tengo que hacer?

Juan endurece ligeramente el gesto, saca su celular, lo desbloquea, desliza el dedo un par de veces y lo lanza a la cama. Damián toma el dispositivo. Jorge aparece fotografiado en pantalla.

Damián: (desconcertado) ¿Este quién es?

Juan: Necesito que lo seduzcas.

Damián: Caray, no me digas que es sacerdote. 

Juan: Por desgracia, sí. Usa la sotana para tapar sus cochinadas el muy hijo de su madre.

Damián: (sorprendido) ¡Ah, cabrón! ¿A poco qué te hizo?

Juan: Ese maldito orilló a la muerte a mi mejor amigo y lo destruyó, lo destrozó y necesito que le hagas lo mismo. Necesito que lo hagas llorar y arrastrarse como la víbora que es. Tú eres la única persona en la que pensé.

Damián vuelve a mirar la fotografía con duda.

Juan: ¿Crees que podrás?

Damián: Pues te aviso de una vez que no soy brujo, ¿eh? Hay clientes que caen rapidito y otros son más difíciles, pero… 

Damián sonríe con picardía mientras deja el celular sobre la cama.

Damián: Está bien, galán. Mientras haya buena lana de por medio, le entro. Déjamelo a mí.

Damián sonríe, como si con ello sellara el trato. Juan le devuelve la sonrisa, satisfecho.


INT. CORPORATIVO FONSECA/PISO PRINCIPAL – NOCHE

Fernanda se baja del ascensor. Todo el piso se encuentra con las luces apagadas y no hay nadie. La mujer observa a su alrededor y aprieta su bolso contra su costado.

Fernanda: (en voz baja) Debe ser una broma de mal gusto. 

Fernanda camina despacio sin dejar de recorrer el piso con sus ojos y no ve nada.

Fernanda: Me lo imaginé. Querían burlarse de mí.

Justo cuando se da la vuelta para tomar el ascensor de nuevo, escucha un gemido. Fernanda se detiene en seco y se voltea, percatándose de que el sonido provino de la oficina presidencial, por lo que se acerca con duda.

Grettel: (jadeando) Te amo, Emiliano.

Fernanda se pone ojiplática al oír. Decide abrir levemente la puerta con extrema cautela y se impacta ante lo que ve. Grettel se encuentra desnuda sobre el escritorio. Emiliano tiene los pantalones abajo. Evidentemente, ambos están teniendo un encuentro íntimo. Fernanda se cubre la boca con la mano. Grettel alcanza a verla y le sonríe con descaro, aferrada a la espalda de Emiliano. Temblando, Fernanda decide cerrar la puerta de nuevo y sale a paso rápido del lugar. 

CONTINUARÁ… 

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