Capítulo 1: Nox fatalis

AÑO 2013

INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE 

Es una noche fría con indicios de que pronto lloverá y en la lujosa casa de los Fonseca, Evaristo se encuentra de pie y habla con Emiliano, quien se fuma un puro y está sentado en su sillón.


Evaristo: Vine porque necesito su ayuda urgentemente, señor. De lo contrario, jamás habría venido a buscarlo, pero trate de entenderme. ¡Mi niño está muy enfermo! (Rompe a llorar desesperado).

Emiliano permanece indiferente ante la actitud desesperada de Evaristo y expulsa el humo del puro por la boca como si aquello le generara un gran placer.

Emiliano: Para que se haya arriesgado tanto viniendo hasta aquí, debe ser verdad. ¿Tan grave está el chamaco?

Evaristo: Créame que sí. El pobrecito necesita un tratamiento para su anemia y se la diagnosticaron hace mucho, pero ¿con qué lana le iba a comprar medicinas? Por causa de esto es que se ha puesto peor y ya no tengo cómo pagar la cuenta del hospital (Desesperado).

Emiliano se levanta del sillón y camina detrás de Evaristo.

Emiliano: (hablándole al oído) No me hace ninguna gracia verlo en mi casa después de lo que acordamos. Bien recuerdo haberle dicho que no quería volver a verlo nunca ni mucho menos saber del chamaco.

Evaristo: Lo pensé mucho antes de venir, se lo juro, pero como le digo...

Emiliano: (exasperado) ¡Sí, sí! ¡Ya lo escuché! Pero ¿cómo sé que todo este circo barato no es una mentira para sacarme dinero?

Evaristo: De ninguna manera. Jamás podría mentir con algo tan serio, señor. Puede ir a comprobarlo usted mismo al hospital y ver lo mal que está Juanito.

Emiliano: "Juanito" me importa un reverendo carajo (Tira el puro al piso). Al fin y al cabo, me conviene más que se muera y mi emporio ya no correrá ningún peligro con un heredero vivo. ¿No lo ve? La misma vida se está encargando de darme lo que me pertenece, ya que no fui capaz de matarlo yo mismo.

Evaristo se da la vuelta mirando cara a cara a Emiliano y frunce el ceño muy indignado.

Evaristo: ¿Cómo puede decir algo así? Es un niño inocente. ¡Es su sobrino!

Emiliano: (sonriendo incrédulo) ¿Mi sobrino? Es el hijo de mi peor enemigo. Poco me importa lo que pase con él, así que no cuente conmigo y no regrese por aquí.

Evaristo: ¡Por favor, señor, no haga esto! ¡Se lo suplico!

Evaristo se arrodilla y se aferra a una de las piernas del hombre.

Evaristo: ¡Le juro que será la última vez que lo busque, pero ayude a mi niño por lo que más quiera!

Emiliano: (molesto) ¡Cállese! (Se suelta pateándolo fuertemente) No quiero escándalos para que mi mujer oiga.  ¡Lárguese de una buena vez!

Evaristo: ¿Le preocupa el escándalo o le preocupa que todos se enteren del miserable que es usted?

Emiliano: ¿De qué carajos está hablando, viejo asqueroso? (Lo toma de la ropa mirándolo intimidante) ¿Va a hablar más de la cuenta después de tanto tiempo?

Evaristo: Pues para serle sincero, si tengo que hacerlo para salvarle la vida a Juan, no lo voy a dudar (Frunce el ceño).

Emiliano: No sea estúpido (Le sonríe con burla). Bien sabe que, si llega a decir algo, le puede ir muy mal. Haberme recibido a un niño a cambio de dinero no es precisamente una obra de caridad. ¿Eso quiere? ¿Parar en una cárcel?

Evaristo: Créame que eso no me preocupa. Lo único que me interesa es verlo bien, así me metan a la cárcel, pero yo no iría solo, don Emiliano. ¡Usted también se viene conmigo!

Emiliano abre sorprendido los ojos al verse enfrentado por Evaristo, pero aún no suelta al anciano de la camisa.

Evaristo: No se le olvide que yo sé todo lo que hizo para quedarse con lo que le pertenecía a su hermano, incluso el accidente ese que usted mismo causó y otras cosas más. ¡Yo lo sé todo!

En ese momento se enfoca a Christian, un adolescente de quince años, escuchando tras la puerta del despacho. La expresión de desconcierto e impacto de él es evidente. Mientras tanto, Emiliano, furioso, comienza a ahorcar a Evaristo.

Emiliano: No se atreva, viejo perro. Vaya reconsiderando sus palabras antes de que termine perdiendo la paciencia y lo mate aquí mismo (Apretándolo fuerte). ¿O se quiere morir con la incertidumbre de saber lo que le haré a su querido "Juanito"?

Evaristo derrama una lágrima de impotencia y lo mira resignado al tiempo que siente dificultad para respirar. Luego de unos segundos, el hombre decide soltar al anciano, quien no tarda en toser varias veces.

Emiliano: Si se atreve a volver aquí, tenga por seguro que no le voy a dar otra oportunidad (Saca unos billetes de su cartera y los tira al piso). La próxima vez no lo piense si quiera y ahora lárguese antes de que me arrepienta.

Evaristo recoge los billetes sintiéndose humillado. Emiliano se acerca y le pisa la mano derecha, por lo que él primero hace adolorido una mueca.

Evaristo: ¡Argh!

Emiliano: ¡Recuérdelo! ¡No lo quiero en mi casa otra vez! ¿Entendido?

Evaristo se queda pensativo unos segundos y asume una actitud molesta, por lo que se levanta del piso sin recoger los billetes y mira con rencor a Emiliano.

Emiliano: ¿Y ahora qué? ¿No quería lana? ¿Qué espera para recogerlo y largarse de una buena vez?

Evaristo: No voy a perder mi dignidad por alguien tan poca cosa como usted. Guarde toda su lana porque no la necesito.

Emiliano: (irónico) Ja, ja, ja.  ¿Acabo de oír bien? ¿Cómo dijo?

Evaristo: Yo no vine a pedir limosna ni mucho menos, doncito y lo mejor que puedo hacer por mi niño es hacer las cosas bien para que hombres de su clase paguen por lo que hacen.

Emiliano: ¡Déjese de amenazas y no sea tan idiota! Nada gana con amenazarme.

Evaristo: (serio) Voy a ganar más de lo que piensa. Ya lo verá. Quien no ganará nada a la larga va a ser usted.

En cuanto Christian siente que están por abrir la puerta, sale corriendo de allí. Evaristo se va decidido, dejando furioso a Emiliano.

Emiliano: ¡Maldita sea! ¡Vuelva aquí! (Pega un puño contra el escritorio).

El hombre se agarra del cabello y frunce el ceño enfurecido para después dar varias vueltas de un lado hacia otro.

Emiliano: ¡Va a abrir la boca! No puedo permitir que acabe lo que tanto esfuerzo me ha tocado conseguir. ¡No, señor!

Emiliano toma su chaleco del perchero y sale del despacho. Desde una esquina, a lo lejos, Christian ve a su padre irse.

Christian: (asustado) Papá va a matarlo...

Minutos después, el muchacho entra sin tocar a la habitación de Fernanda a la cual encuentra rezando arrodillada frente a un gran crucifijo colgado en la pared. El ambiente, en lugar de sentirse espiritual, se siente tétrico por la tenue iluminación de las velas.

Christian: (desesperado) ¡Mamá, mamá!

Fernanda permanece impasible y con los ojos cerrados ante la interrupción.

Fernanda: ¿Qué quieres?

Christian: Oí a mi papá discutiendo con un señor y creo que lo va a matar, porque salió tras él y estaba muy enojado. 

Fernanda: (seria) Te he dicho muchas veces que no intervengas en los asuntos de tu padre, Christian. Él sabe lo que hace.

Christian: Pero no podemos dejar que mate a alguien. Mi papá estaba bien furioso y todo fue porque parece que tiene un sobrino que está muy enfermo.

Fernanda abre los ojos de inmediato al escuchar a su hijo.

Christian: Y el otro señor vino para pedirle ayuda. Creo que también lo acusaba de haber matado a su hermano, no sé. ¿De verdad mi papá hizo eso? 

Fernanda se incorpora y sin darse a la espera, le lanza una fuerte bofetada al muchacho. Él se vuelve el rostro adolorido y con los ojos desorbitados.

Fernanda: ¡No vuelvas a mencionar eso en tu vida!

Christian: (molesto) ¿Por qué me pegas? ¿Qué hice?

Fernanda lo toma del rostro con brusquedad y lo aprieta con saña.

Fernanda: Escuchar detrás de las puertas. ¿Te parece poco? ¿Cuándo te he dado yo esa educación?

Christian: (soltándose) Pero si estaban discutiendo y se escuchaba desde mi cuarto. ¿Qué culpa tengo yo?

Fernanda lo abofetea nuevamente.

Fernanda: ¡No me hables así, insolente! ¿Quién te has creído?

Christian: ¡Oye! ¿Qué te pasa? 

Fernanda vuelve a abofetearlo de nuevo aumentando la intensidad. Christian se vuelve el rostro y se ve que emana sangre de su labio inferior. 

Christian: (desconcertado) ¡Mamá!

La mujer, con aquel rostro impasible, agarra un látigo que tenía sobre una mesa.

Fernanda: Arrodíllate.

Christian: (desafiante) No… No voy a dejar que me sigas castigando sin razón. Es más, ya mismo voy a llamar a la policía.

Fernanda: (tomándolo del brazo) ¡No te atrevas, muchachito! 

Christian: (soltándose) ¡Sí me atrevo! Voy a contarles lo que escuché para que investiguen y para que de paso te lleven a ti para un manicomio, porque estás loca, mamá. ¡Loca! (Le grita con fuerza).

Fernanda: (furiosa) ¡Cállate!

Fernanda comienza a azotarlo.

Fernanda: ¡Arrodíllate! ¡Hazlo!

Christian se cubre con los brazos para protegerse. Fernanda se ve fuera de sí. Chela está detrás de la puerta escuchando y siente ganas de intervenir, pero no se atreve e incluso tiembla.

Christian: ¡Basta! ¡Detente!

Fernanda: ¡Que te arrodilles! ¡No me hagas repetírtelo!

Christian: ¡Ya, mamá, por favor!

Fernanda: Arrodíllate o te voy a enviar al mismísimo infierno, Christian. ¡Hazlo ya!

Christian, llorando y temblando, no ve más opción que la de obedecer a su madre y poco a poco comienza a arrodillarse. 

Fernanda: (gritando) ¡Rápido!

Christian termina de adoptar la posición deseada por su madre. Ella se acerca a él y, exasperada, le rasga la camisa en pedazos.

Fernanda: Vas a olvidarte de cualquier cosa que hayas podido escuchar allá afuera. ¿Entendiste?

Christian: (asustado) Mamá, no lo hagas. Te lo pido.

Fernanda: ¿Que si entendiste?

Christian: Sí, pero no lo hagas… No lo hagas, mamá.

Fernanda, sin darse a la espera, comienza a azotarlo en la espalda. Christian grita desgarrado de dolor apoyándose en la cama. 

Christian: (llorando) ¡Para, por favor!

Pero ella, contrario a detener su cruel acto, continúa azotándolo sin piedad y parece que cada azote fuera más fuerte que el anterior. La mujer llora. Chela, detrás de la puerta, también llora desconsolada y llena de impotencia.

Fernanda: Esta es nuestra única forma de salvarnos, Christian. Me lo agradecerás más tarde, hijo.

Christian sólo llora desconsolado y puede verse su espalda completamente flagelada, la cual sigue soportando los azotes sin piedad de Fernanda. El llanto del chico se escucha en eco entrelazado con los imponentes truenos que se hacen sentir en el cielo.


EXT. / CALLES / NOCHE

Ha empezado a llover. Evaristo se encuentra dentro de una cabina telefónica hablando con alguien y mirando constantemente hacía atrás. Las calles están desoladas y no hay muchos carros que pasen en la autopista a causa de la lluvia.

Evaristo: Sí, padre. Cometí un error pensando que ese hombre me iba ayudar, aunque fuera por lástima (Llorando). Todo salió peor, pero ¿ya qué? Estoy más que seguro de que tengo las horas contadas así que escuche bien…


INT. / ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”, OFICINA PRINCIPAL / NOCHE

Un sacerdote es quien está al otro lado de la línea hablando desde un teléfono puesto sobre el escritorio. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Chuy: (preocupado) No digas eso, Evaristo, por Dios. Estás llevando al extremo una situación sin razón alguna.

Evaristo: Ya quisiera yo que fuera así, pero no. Emiliano Fonseca es malo y si fue capaz de hacerle lo que le hizo a su hermano por ambición, hágase a la idea de qué podrá hacer conmigo con decirle que me dijo en la cara que prefería ver a Juanito muerto para que no haya herederos vivos.

El sacerdote en su oficina, se pasa una mano por el rostro sin saber qué decir.

Evaristo: Gracias a Dios me aseguré de dejar a Juan con usted. Así, no va a correr ningún peligro en manos de Emiliano Fonseca.

Chuy: Sinceramente no sé qué puedo hacer. Lo único que se me ocurre es llamar a la policía, pero para eso necesito que te quedes donde estás y me des la dirección. Así, ese hombre no tendrá oportunidad de hacerte nada si lo intenta.

Evaristo: Eso de nada va a servir, padre. Si hasta aquí tengo que llegar yo por el bien de Juan, lo acepto.

Chuy: ¿Qué estás diciendo, hombre? (Desesperado) ¡Hazme caso! Dime dónde estás.

Evaristo: No se preocupe. Yo ya sabía muy bien en lo que metí hace quince años cuando adopté a ese niño como mi ahijado y también sabía del riesgo yendo a buscar a don Emiliano, pero era un riesgo que debía correr para poder salvarlo.

Chuy: ¿De verdad piensas dejar a Juan de La Cruz solo? Tú eres lo único que tiene en el mundo. ¡Piensa en él!

Evaristo: Es algo que ya se me sale de las manos, pero yo sé que él va a estar bien al cuidado de un buen hombre como usted, padre Chuy y por favor, haga lo posible para que reciba el tratamiento que le falta para su enfermedad.

El teléfono público empieza a emitir un sonido indicando que está por colgarse. Evaristo se siente a punto de romper en llanto, pero se contiene.

Evaristo: (quebrantando la voz) Espero que algún día él me perdone si llega a saber esto. Dígale que lo amé como a un hijo y que nunca quise hacerle daño, sino protegerlo, sólo eso... Protegerlo.

Chuy: ¡Espera, Evaristo! Te lo pido una vez más. ¡Dime dónde estás!

El padre Chuy se da cuenta de que la llamada ya se colgó y se persigna muy mortificado.

Un par de minutos después, él se dirige a un cuarto del orfanato en específico y abre silenciosamente la puerta. Hay varios huérfanos durmiendo, sin embargo, se sorprende en gran manera al ver una de las camas vacías.

Chuy: (asustado) Dios mío, no está en su cama. Juan no está en su cama.


EXT. / CALLES / NOCHE

Por su parte, Evaristo sale de la cabina telefónica con la cabeza baja y derramando lágrimas. No se percata de que en la acera de enfrente está Juan observándolo, siendo muy parecido a Christian, pero con un aspecto más pálido a causa de la anemia.

Juan: (débil) ¿Por qué llora mi padrino? Desde que salió de esa casa está muy raro. ¿Qué será lo que pasa?

Juan da unos cuantos pasos para cruzar la calle, pero se siente muy enfermo y desalentado para hacerlo. Evaristo aún no lo ve y decide seguir caminando, y es cuando Juan se atreve a llamarlo de un impulso a mitad de la carretera.

Juan: (gritando) ¡¡Padrino!! 

Evaristo alcanza a escuchar y sorprendido se da la vuelta. Cerca, por esa misma y sola carretera, viene Emiliano en su auto y divisa al anciano como también a Juan.

Emiliano: (eufórico) No lo puedo creer. Ese debe ser el chamaco. ¡Justo lo que quería! ¡Ja, ja, ja! 

Emiliano sonríe con una desmedida maldad y no se da a la espera para acelerar e ir más rápido.

Emiliano: Esta vez voy a hacer las cosas bien y ahora sí voy a terminar lo que no fui capaz de hacer hace quince años (Decidido). ¡Esta vez sí voy a acabar contigo, mocoso de mierda!

Evaristo logra ver a lo lejos el auto acercándose a velocidad y abre impactado los ojos.

Evaristo: ¡¡Juan, no!!

En una maniobra rápida, al señor solo se le ocurre correr y empujar fuertemente a su ahijado para salvarlo del inminente atropello. Es justo cuando él recibe de forma brutal el impacto del auto conducido por Emiliano. El parabrisas se agrieta y el cuerpo de Evaristo rueda por encima del auto, cayendo en la carretera muy malherido.

Juan: (aterrado) ¡¡Padrino!!

El joven no tarda en levantarse y correr hacia su padrino para socorrerlo. Emiliano desde el auto, alcanza a ver todo por el retrovisor.

Emiliano: (furioso) ¡Pinche viejo idiota! ¡Tenía que meterse!

El hombre siente el impulso de hacer reversa para atropellar también a Juan, pero se detiene al ver que otros autos se acercan por lo que decide huir.

Emiliano: (furioso) ¡Me lleva!

Emiliano pega los puños contra el volante y decide huir. 

Juan: (muy preocupado) Padrino, padrino dígame algo (Moviéndolo) ¡Dígame algo, por favor!

Evaristo: (débil) Juan...

Juan: ¡Aguante! Ya mismo nos vamos para un hospital y se va a poner bien, ya verá.

Evaristo: ¿Qué hacías siguiéndome, niño? Te dejé en el orfanato del padre Chuy. Deberías estar allá (Tose y empieza a escupir sangre).

Juan: Tuve un mal presentimiento y quise saber qué pasaba. No me iba a quedar allá como si nada esperando a que usted volviera por mí.

Evaristo: Pues debiste obedecerme (Tose más fuerte).

Juan se desespera al ver tan mal a Evaristo y empieza a gritar pidiendo ayuda.

Juan: ¡Ayúdenme! ¡Mi padrino se muere! ¡Necesito que me ayuden! (Llorando desesperado).

Juan se siente un tanto débil. Varios autos pasan, ignorando la situación y solo uno se detiene. El hombre que conduce se baja para ayudar y saca su celular para llamar a emergencias..

Juan: ¡Llame rápido a alguien, señor, por favor, que mi padrino está muy mal!

Evaristo: Juan... Juan, escúchame. Sé un buen niño y obedece al padre Chuy. Él te va a cuidar cuando yo ya no esté.

Juan: No padrino, no me diga eso. Usted se va a poner bien (Llorando). No se va morir porque yo lo necesito todavía aquí conmigo (Lo toma de las manos).

Evaristo: No te cierres a la realidad, mijo. Yo sé que sin mí vas a hacer un hombre de bien, sal adelante y no te olvides de los buenos consejos que siempre te di, eh (Sonríe levemente con los labios ensangrentados).Te quiero mucho.

Evaristo acaricia con cierta nostalgia el rostro del joven y sonríe forzado.

Juan: Padrino, no. No me deje por favor. ¡Aguante!

Evaristo: Tienes que ser fuerte y no vayas a echar en saco roto lo que te estoy diciendo. Lo que menos quiero es que lleves una mala vida... (Se agita).

Juan: Ya no se canse hablando. Después vamos a tener tiempo para hablar de lo que usted quiera.

Evaristo: (muy débil) Tengo que hacerlo para que entiendas, para que estudies… Yo sería dichoso con que salieras adelante y llegaras muy lejos…

Juan: Padrino... (Apretando sus manos más fuerte)

Evaristo, con dificultad, alcanza a quitarse de su muñeca un denario (un rosario de diez cuentas), el cual le da al muchachito.

Evaristo: Toma esto y nunca te olvides del buen camino, mijito. Dios te bendiga. 

Evaristo continúa sonriendo, pero sus ojos poco a poco se apagan. La cámara se aleja y en el fondo se oye en eco la sirena de una ambulancia acercándose. La policía tampoco tarda en llegar y Juan se ve obligado a apartarse de Evaristo para que los paramédicos lo suban sobre una camilla mientras dos policías toman el testimonio del hombre que ayudó anteriormente.

En el fondo, la voz adulta de Juan se escucha al tiempo que se siguen enfocando aquellas escenas.

Juan: (voz en off) Aquella noche no fue fácil… 

El padre Chuy llega preocupado al lugar del accidente y se acerca a Juan. Éste le explica llorando lo que pasó.

Juan: (voz en off) Aunque me aferraba a la esperanza de que mi padrino Evaristo se pondría bien, yo sabía muy bien dentro de mí que no iba a ser así…

La escena del accidente cambia a otra dentro de un hospital en donde Juan y el sacerdote esperan noticias de Evaristo. Un médico se les acerca después de haber salido de cirugía y se retira el tapabocas para decirles algo que los deja muy afectados.

Juan: (voz en off) Esa misma noche él no aguantó y murió.

La escena cambia ahora a un cementerio en el entierro de Evaristo, siendo oficiado por el mismo padre Chuy. Juan por supuesto está presente, arrodillado en el piso con la mirada ida.

Juan: (voz en off) Fue así como quedé a custodia del padre Chuy, quien siempre fue buen amigo de mi padrino.

Después del entierro, Juan entra acompañado del padre Chuy al orfanato “Nuestra Señora de Guadalupe”, del cual él es director, después de haber venido del entierro. El segundo trata de confortarlo un poco para que se sienta en confianza.

Juan: (voz en off) Y fue gracias a él que logré sentirme seguro y bien acogido, aunque muy en el fondo, echaba de menos el hogar tan humilde y modesto que tuve con mi padrino que era como un padre para mí…

Juan mira pensativo por la ventana de su cuarto en el orfanato. Recuerda una y otra vez el momento de confusión cuando su padrino sufrió el accidente y, en medio de esos recuerdos confusos, alcanza a notar que el auto que lo atropelló en realidad ni siquiera hizo el intento de frenar, sino que siguió en línea recta, como si hubiese sido algo premeditado. El recuerdo termina y en ese momento, Juan despierta en la actualidad, sobresaltado y sudando. Han pasado doce años desde el aparente accidente. El padre Chuy toca insistente la puerta de su cuarto.

Chuy: (desde afuera) ¡Juan! ¡Juan de La Cruz, abre esa puerta, por el amor de Dios!

Juan suspira y se pasa las manos por el rostro.

Juan: ¡Ya voy, padre! (Somnoliento) Espere.

El joven se levanta algo aperezado de la cama sin camisa, apenas usando un pantalón corto. Luego de abrir la puerta, el sacerdote entra.

Chuy: (preocupado) ¿No has visto la hora, muchacho? ¡Son más de las ocho! La misa es en quince minutos y tú aún seguías en la cama.

Juan: (rascándose los ojos) Discúlpeme. No dormí bien anoche y creo que se me pasó por alto oír el despertador. Ya ve que soy bien marmota y tengo el sueño medio pesado (Se burla).

Chuy: (molesto) ¡Qué pesado ni qué nada! Mira nada más en las fachas que andas. ¿Cuántas veces te he dicho que te vistas como Dios manda?

Juan: Que yo sepa en el Génesis, Adán y Eva andaban sin ropa, ¿no? Además así duermo más cómodo.

El padre Chuy le da un coscorrón.

Juan: (adolorido) ¡Auch! Estaba echándole broma, padrecito.

Chuy: Siempre es lo mismo contigo y ya más de una vez te he salvado el pellejo por ponerme yo de gallo despertador, y es la última vez, Juan. Te lo advierto.

Juan: Discúlpeme de verdad (Baja apenado la cabeza). 

Chuy: Tú ya fuiste ordenado diácono y va siendo hora de que seas más puntual. Si todo sale bien, hoy nos anuncian si tu ordenación sacerdotal fue aprobada después de la misa.

Juan: (sorprendido) ¿En serio?

Chuy: Claro. Por eso la misa de hoy es tan importante. Imagínate si tú, de cura, tienes el colmo de llegar tarde a las misas que vas a preceder. Es que no me imagino. 

Juan: (esbozando su sonrisa) Tiene razón. Usted sabe que, fuera de chiste, desde la muerte de mi padrino, no duermo bien y sufro de insomnio. Todavía a veces tengo pesadillas con el momento en que lo atropellaron.

Chuy: (nervioso) Ya pasaron muchos años. ¿Cómo es posible que todavía te acuerdes de un momento tan trágico?

Juan: (sentándose en la cama) Pues aunque no lo crea, lo tengo bien grabado en la mente como si hubiera sido hace poco, incluso del detalle que le comenté una vez, ese de que el auto que atropelló mi padrino ni siquiera hizo el mínimo intento de frenar, como si hubiera sido planeado…

El padre Chuy guarda silencio, sintiéndose notablemente incómodo.

Juan: Entiendo que el conductor saliera huyendo por miedo aunque no lo justifico por eso, pero ¿qué hay de lo otro? Me parece demasiado raro.

Chuy: Deja ya de indagar en algo sin sentido, Juan. Aunque fuera así, de nada podría servirnos para devolverle la vida a Evaristo...

Juan: (lo interrumpe) Pero sí serviría para que pague por lo que hizo. Ese tipo, tipa, lo que haya sido, me arrebató a mi padrino y yo frente a eso no me quedaría tan tranquilo (Habla con cierto rencor).

Chuy: Entiendo que estés ofendido, pero me preocupa que hables con ese rencor que siento en tu voz. Recuerda que es de Dios perdonar, además ni siquiera estamos seguros si el accidente fue a propósito o no.

Juan permanece serio, no tan convencido de las palabras del sacerdote.

Chuy: Mejor reza mucho y olvídate de una buena vez de ese accidente. Hay que recordar a los seres queridos por cosas buenas y no por las que más dolor nos traigan.

Juan: (serio) Como usted diga, padre.

Chuy: Ya mejor date una ducha rápida. Siempre llegas tarde a las misas matutinas. No por nada el padre Jorge siempre te ha tenido en la mira y no me extrañaría que luego le ande con quejas tuyas al monseñor. No queremos que se retrase tu ordenación, así que muévele.

El padre Chuy sale del cuarto y cierra la puerta tras sí. Juan sonríe levemente y segundos después se desviste para bañarse.

Juan: (voz en off) Y aquí estoy… Al final sólo encontré consuelo a mi pérdida por medio de la Iglesia. Por eso no es de extrañar que creciendo en los dogmas del catolicismo que me infundían en el orfanato me inclinara por el camino sacerdotal.

Juan termina de ponerse la sotana frente al espejo.

Juan: (voz en off) En cierta forma eso me llenó y fue lo más cercano a querer servirle a los demás.

Juan sale de su cuarto y en el pasillo de los orfanatos, se encuentra con varias personas y niños a las que saluda con amabilidad y una espontánea simpatía. El padre Chuy lo ve a lo lejos y sonríe.

Juan: (voz en off): Y lo bueno es que me hice el hombre de bien que a mi padrino le habría gustado ver.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – DÍA

Christian se encuentra duchándose sin darse cuenta de que es visualmente devorado por los ojos de Fernanda. El joven, quien es muy parecido a Juan, termina su baño, cierra la llave y abre la mampara de cristal, sorprendiéndose al ver a su madre.

Christian: ¿Qué estás haciendo ahí parada?

Christian alcanza rápidamente una toalla y se cubre del torso hacia abajo. Fernanda no se inmuta.

Fernanda: Vine a avisarte que el desayuno está listo. 

Christian: (molesto) ¿Y no podías esperar a que terminara de bañarme? Ya estoy bien grandecito y estoy harto de que estés violando mi privacidad.

Fernanda: (muy seria) No me hables en ese tono. Recuerda que soy tu madre. 

Christian: ¿Una madre que le hace a su hijo las cosas que tú me has hecho?

Fernanda: Yo sólo he querido salvarte del pecado, hijo. Es lo que cualquier madre haría. 

Fernanda se acerca al joven lentamente y le acaricia el rostro mirándolo de una forma enfermiza. Christian se incomoda y le evade la mirada.

Fernanda: Me da mucho miedo que te pierdas en el mundo y me temo que ya te contaminaste lo suficiente andando de fiesta en fiesta con desvergonzadas. Es momento de expiar tus culpas.

Fernanda va bajando su mano acariciando con suavidad el pecho de él, pero justo cuando va a quitarle la toalla, Christian la detiene tomándola con brusquedad de la muñeca.

Christian: ¡No te atrevas! No pienso permitir que abuses de mí como cuando era un niño. Por tu culpa, tengo cicatrices en la espalda por las yo no sé cuantas veces que me azotaste y no creas que no me acuerdo de cómo me obligabas a…

Christian se detiene abruptamente y comienza a temblar, pero con firmeza suelta a su madre.

Christian: Mejor ya vete y déjame en paz porque no me voy a quedar callado para contarle a mi papá la clase de víbora venenosa que tiene por esposa.

Fernanda frunce el ceño ante tales palabras y comienza a sollozar.

Fernanda: No sabes lo mucho qué me duele ver en lo que te has convertido al punto de faltarme al respeto, justo a mí que te amo tanto y que he hecho de todo para evitar que te pierdas.

Christian: (furioso) ¡Me obligabas a acostarme contigo! ¡Abusaste de mí por años!

Fernanda: Era la única manera de que todos esos demonios salieran de ti para que entraran en mí. ¡Te estaba ayudando, hijo! ¡Me estaba sacrificando por ti! ¡Entiéndelo!

Christian: Lárgate porque no pienso repetírtelo otra vez. 

Fernanda: Christian, por favor…

Christian: ¡Vete! 

Fernanda suelta un par de lágrimas discretas, asiente con la cabeza y sale de allí. Chela, quien justo estaba escuchando detrás de la puerta de la habitación, se retira de allí corriendo al percibir que alguien sale. Luego, decide entrar a la habitación con discreción.

Chela: Mi niño, ¿dónde estás?

Chela escucha gimoteos desde el baño y se dirige hacia allí. Christian está derrumbado en el piso tratando de contener el llanto.

Chela: (preocupada) ¡Ay, mi niño! 

Chela corre hacia él y se inclina para abrazarlo.

Christian: (sollozo) Todavía le tengo miedo, nana. Tengo miedo de que me obligue a hacer las cosas de antes. 

Chela: No te preocupes. Tú ya eres un hombre adulto y no te puede obligar como cuando eras un muchachito. Tranquilo.

Christian: Quiero irme de aquí, alejarme de todo. Llevo años pidiéndole a mi papá que me mande al extranjero y siempre me lo niega. ¿Por qué? ¿Por qué simplemente no me dejan en paz de una maldita vez y me dejan que haga mi vida?

Chela no dice nada y solo continúa abrazando al joven quien se ve notablemente afectado.


INT. AEROPUERTO – DÍA

Dos mujeres muy elegantes, una más madura y la otra mucho más joven, van saliendo de la puerta de desembarque mientras arrastran sus maletas. La más joven usa de lentes sol negros y mientras caminan, ambas dejan ver una gran seriedad y firmeza estampadas en sus rostros.

Paula: ¿Estás segura de hacer esto? Recuerda que si sigues, ya no hay marcha atrás.

María José: Es ahora o nunca, madrina. Me temo que si lo pienso demasiado, me voy a terminar arrepintiendo. 

Paula deja de caminar. María José se adelanta unos cuantos pasos.

Paula: ¡María José!

María José se detiene. Paula se le acerca y se pone frente a ella, le retira los lentes de sol y comienza a acomodarle el cabello.

Paula: Tú bien sabes que no estás obligada a seguirme los pasos. Todavía puedes tomar un vuelo de vuelta y regresar a España. 

María José: Lo sé muy bien, pero tú eres lo único que tengo en la vida, casi eres como mi madre y siempre hemos estado juntas en todo. No pienso dejarte sola y de mi cuenta corre que Emiliano Fonseca va a pagar muy caro todo lo que te hizo (Dice con gran firmeza).

Paula, conmovida, abraza a la hermosa joven, pero a espaldas de ella, sonríe con malicia.

CONTINUARÁ…

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