Capítulo 2: Secreta obscura

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – DÍA

La misa ya ha sido terminada. Hay varios jóvenes diáconos vestidos con sotana sentados en las bancas. Juan está entre ellos. En el púlpito, Jorge, quien también es sacerdote, sostiene un sobre en manos y mantiene una expresión seria en el rostro, algo característico en él. El padre Chuy se encuentra de pie a su lado y muestra una sonrisa cálida. 

Jorge: Buenos días para todos. 

Todos los presentes responden al saludo al unísono.

Jorge: Como muchos ya lo saben, hoy es un gran día. Me acaba de llegar la carta del monseñor con los nombres de los diáconos que han servido en nuestro orfanato y que prontamente se ordenarán como sacerdotes. Voy a solicitarles que presten mucha atención porque no pienso repetir. ¿Entendido?

Todos los futuros sacerdotes asienten con la cabeza. Juan, desde las bancas, mueve nervioso las piernas. Benjamín, otro diácono y compañero de él, se encuentra a su lado.

Juan: La merita verdad es que me ha dado por dudar que mi nombre esté en esa carta. ¿Tú crees que sí me ordene?

Benjamín no responde y se ve algo distraído. Juan le da un leve codazo con discreción.

Juan: Oye, Benjamín…

Benjamín: (reaccionando) ¿Qué? ¿Qué onda?

Juan: Que te estoy hablando. Tienes la cabeza no sé en dónde. 

Benjamín: Disculpa. Estaba medio ido.

Juan: Medio ido y medio tarado. ¿Por qué tienes esa cara? Llevas ya varias semanas así. Hasta en los cursos te distraes. 

Benjamín: No es nada, Juan. No te preocupes. Supongo han de ser los nervios de que no me ordene.

Juan: ¿Estás seguro? Porque a mí me late que es otra cosa. Tú sabes que siempre hemos sido buenos amigos, casi como hermanos desde niños cuando me trajeron para acá luego de la muerte de mi padrino. Siempre nos hemos confiado todo, pero de un tiempo para acá…

De repente, el joven es súbitamente interrumpido por un firme regaño.

Jorge: ¡Juan de La Cruz Quintana!

Juan reacciona y se pone de pie como si de un militar se tratara.

Juan: (sonriendo) ¡Dígame, padre! ¿Sí me voy a ordenar!

Jorge no le responde y se queda viéndolo con una mirada fulminante. Los otros diáconos se ríen de él. El padre Chuy se incomoda. 

Jorge: Ni siquiera he abierto la carta. Nada más le quería pedir permiso para hablar, ya que veo que usted se encuentra muy entretenido hablando con Benjamín y no quisiera interrumpirlos (Habla con sarcasmo). Usted me dirá si puedo proseguir. 

Juan: (avergonzado) Ah, bueno. Es que…

El padre Chuy le hace una seña discreta con la mano para que se siente.

Juan: Discúlpeme. Ya no digo nada más y me quedo calladito.

Juan toma asiento aún sintiéndose avergonzado por el regaño.

Jorge: ¡Muy bien! Ahora sin lugar a más interrupciones, voy a comenzar con la lectura de los nombres que muy seguramente será en orden alfabético. Voy a solicitar también que se ahorren los aplausos para el final con el objetivo de agilizar.

El padre Jorge toma un abrecartas y rasga el sobre. De allí, saca la carta y comienza a leer varios nombres. Juan sigue moviendo las piernas por el nerviosismo y presiona fuerte su denario, el cual le dio Evaristo segundos antes de morir.

Juan: (susurrando) Esto es primeramente por Dios y luego por usted, padrino… Usted que siempre me enseñó lo bueno y que lo único que quería era que me hiciera un hombre de bien. Écheme la manito allá arriba, ¿sí?

Juan besa el denario y se pone más nervioso a medida que se leen varios nombres entre los cuales no está el suyo. Luego de un par de segundos, Jorge termina de leer la carta, se queda en silencio y mira con seriedad hacia los presentes.

Jorge: Y por último… (Hace una larga pausa) Fermín López. 

Juan desencaja el rostro.

Juan: (susurrando) ¿El último? ¿Y yo? ¿Qué hay de mí?

El padre Chuy también se queda extrañado. 

Jorge: Felicidades a todos los futuros sacerdotes que son la cara de nuestro querido orfanato que está próximo a cumplir treinta años al servicio caritativo. Pueden aplaudir.

Los diáconos se aplauden entre sí. 

Juan: (desanimado) No lo puedo creer.

Benjamín: No te desanimes, Juan. A mí tampoco me llamaron, así que míralo por el lado bueno. Vamos a estar más tiempo aquí tú y yo con los niños del orfanato. 

Benjamín le pone la mano en el hombro para confortarlo.

Juan: Sí, yo sé, pero… Sí me hacía ilusión poderme ordenar.

Jorge: ¡Un momento, por favor! Permítanme.

Los aplausos comienzan a cesar para dejar que el cura hable.

Jorge: Disculpen. Con la edad comienzan a venir los problemas de visión y me temo que me faltó leer un nombre (Habla con sarcasmo).

Juan sigue desanimado y con la cabeza baja.

Jorge: Como dije, los nombres iban por orden alfabético de apellido y me salté uno que está aquí más abajo en la carta. Pueden seguir con los aplausos porque a ustedes también se les va a unir Juan de La Cruz Quintana.

Juan se sorprende y alza extrañado la cabeza. Los aplausos siguen.

Benjamín: ¿Escuchaste eso, Juan?

Juan: (levantándose) ¿De veras? ¿Dijo mi nombre?

Benjamín: ¡Sí, bro! ¡También te vas a ordenar!

Juan: (emocionado) ¿Me voy a ordenar? ¿Yo, en serio?

Benjamín: Ya, no te hagas el menso que lo dijeron bien clarito.

Juan comienza a reír ante la emoción y abraza a su amigo fuertemente por la alegría que le suscita la noticia. Benjamín esboza su sonrisa al sentirlo tan cerca y se estremece. De lejos, Jorge observa con cierta molestia. El padre Chuy, por su parte, también aplaude con gusto.


INT. CASA DE LOS FONSECA – DÍA

Fernanda se encuentra dándoles la bienvenida a María José y Paula. Chela también está presente, aunque retirada a una distancia prudente. 

Fernanda: (emocionada) ¡Ay, no puedo creerlo! ¿Qué es esto? Me parece mentira que estés aquí, Paula. ¡Cuánto tiempo! 

Fernanda se acerca y abraza a la mujer.

Fernanda: La última vez que nos vimos recién me estaba casando con Emiliano. ¡Estás radiante!

Paula: (sonriendo) Sé que debe tomarte por sorpresa mi visita, cuñada y tú no te quedas atrás. Estás súper bien conservada y tan elegante como siempre.

Fernanda: Favor que me haces. Y no me digas que esta jovencita es tu hija. ¿Te casaste en el extranjero? 

Paula: (riendo) Claro que no. Tú sabes que el matrimonio nunca fue lo mío. Ella es María José, mi ahijada.

Fernanda: ¡Increíble! Es una toda una señorita. ¡Está hermosa! 

María José: (sonriendo) Muchas gracias, doña Fernanda. Es un placer conocerla. Mi madrina me ha hablado muchísimo de todos ustedes. Parece como si los conociera de toda la vida.

María José y Paula se miran entre sí con cierta complicidad justo al término de que la primera dice aquello. Chela lo nota.

Fernanda: Pues me alegra mucho, María José y nada de doña. Trátame con más confianza, muchacha, que eres parte de la familia. Bueno, ¿y cuánto tiempo piensan estar de visita?

Paula: Es que esa es la cuestión, Fer. No pensamos volver a España. 

Fernanda: (confundida) ¿Ah no? 

María José: Mi madrina y yo pensamos radicarnos aquí en México. 

Fernanda se sorprende al escucharla. Chela solo guarda silencio manteniéndose al margen, pero aquella noticia también despierta cierta curiosidad en ella.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Emiliano se encuentra en su amplia oficina presidencial con una muy buena vista a toda la ciudad. El hombre revisa sentado unos documentos en su sillón. Los años le han traído consigo un cabello un tanto más canoso. En eso alguien toca la puerta interrumpiendo su trabajo.

Emiliano: Adelante.

Una joven entra a la oficina, de humilde, pero buen porte; se trata de Grettel, su secretaria, a quien Emiliano mira sonriente.

Grettel: Buenos días, licenciado Fonseca. 

Emiliano: Grettel, qué gusto verla. ¿Viene para traerme el informe que le solicité?

Grettel: Sí, aquí se lo dejo (Pone una carpeta sobre el escritorio). Voy a continuar con mi trabajo. Con su permiso.

Emiliano: ¡Espere!

Emiliano hábilmente se levanta de su sillón y le interpone el paso a su secretaria.

Grettel: (seria) ¿Necesita algo más?

Emiliano: Quiero que me responda por qué es tan cortante. Digo... Tan sólo empezó a trabajar hace una semana, pero no estaría mal que me tratara con más confianza.

Grettel le rehúye incómoda la mirada a su jefe y se queda en silencio.

Emiliano: ¿Por qué no dice nada? (Empieza a acariciarle la mejilla). ¿Le parezco muy intimidante?

Grettel: No es eso (Se aparta incómoda). Prefiero tener distancias prudentes y solo laborales con mis jefes. No me malentienda.

Emiliano: Está bien, como quiera. Lo único que busco es que la relación laboral no sea tan tensa y le estoy dando el aval para que no dude en confiar en mí (Pone sus manos en los hombros de ella).

Grettel: Claro, lo entiendo. Bueno, si no requiere nada más de mi parte, ahora sí me retiro. Con permiso.

La joven sale de la oficina y Emiliano se queda mirándola con una sonrisa pícara. Justo cuando ella sale, choca por accidente con Christian, quien usa lentes de sol y una chaqueta de cuero negra.

Christian: (molesto) ¿Qué onda? ¿Que no tienes ojos para ver por dónde caminas?

Grettel: Discúlpeme, yo…

Grettel alza la mirada y se sorprende un poco al ver al joven.

Christian: Fíjate la próxima vez y no andes en las nubes.

Christian sigue su camino y se dirige a la oficina de su padre. Grettel se queda confundida, por lo que se aproxima a otra secretaria.

Grettel: Oye, ¿quién es ese que va por allá hacia la oficina del licenciado?

Secretaria: (susurrando) Es el pesado de su hijo. Christian se llama. A ver si no le va con quejas al licenciado por haberte tropezado con él. Ha hecho correr a varios que no le caen bien.

Grettel sigue confundida y pensativa. Tal parece que el joven le ha causado una fuerte impresión. Christian, por su parte, ha entrado a la oficina y se quita los lentes. Emiliano, quien justo está mirando el panorama de la ciudad desde su ventanal, termina de encender un puro.

Christian: (molesto) Quiero que me expliques por qué me cancelaste todas las tarjetas.

Emiliano succiona el puro y luego de unos segundos, expulsa el humo con gran satisfacción.

Emiliano: De veras que la actitud de niñito malcriado no se quita, hijito. Vienes aquí a mi oficina sin anunciarte, sin saludar. ¿Qué crees? ¿Que todos en el mundo te debemos pleitesía? 

Christian: ¡No te hagas el chistoso conmigo, papá! Iba con unos cuates al club y pasé la vergüenza de mi pinche vida cuando no me dieron acceso. En el gimnasio igual y cuando quise pagar con tarjeta, ninguna me sirvió. ¿Qué te traes?

Emiliano: Fácil y simple. Tu madre ya habló conmigo y anda muy preocupada con el estilo de vida de junior irresponsable que te traes.

Christian: (incrédulo) Lo que me faltaba… A ti nunca te ha preocupado el estilo de vida que lleve o deje de llevar. Siempre fuiste un padre ausente, así que ahora no te las des de papá abnegado que ya ni me hace falta. 

Emiliano vuelve a succionar el puro y expulsa humo al tiempo que se acerca despacio al joven.

Emiliano: No te puedo mentir. Por mí, puedes hacer con tu vida lo que te dé la pinche gana. Me da igual, pero tu mamá me lo pidió y me insistió mucho, y hasta le di la razón, mijo. Ya va siendo hora de que te endereces que ya andas más torcido que bisturí en manos de cirujano sin título.

Emiliano le pone la mano en el hombro.

Emiliano: ¿Por qué mejor no te pones a estudiar algo en la universidad? Hasta trabajo te puedo dar aquí, no sé. Ya va siendo hora de que dejes de ser un parásito que malgasta todo y se la pasa de reventón cada fin de semana.

Christian: Si eso quieres, mándame al extranjero como tanto te he pedido. Así ya te deshaces de mí de una buena vez. Total, siempre me has odiado.

Emiliano: (fastidiado) Ya, no empieces. Déjate de babosadas.

Christian: No me creas tan pendejo. Desde niño me he dado cuenta. Me haces a un lado. Siempre me hiciste menos y me hacías ver que era un bueno para nada. Ni un abrazo tuyo recuerdo. 

Emiliano guarda silencio y lo mira con seriedad mientras sigue fumando su puro. Christian sigue hablando expresando cierta tristeza.

Christian: ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que ser tan frío conmigo? ¿Qué te hice?

Emiliano: No vale la pena que te lo explique, mijo. 

Emiliano le da una palmada suave en la cara y le habla con sumo desprecio.

Emiliano: Eres muy poca cosa y poco hombre para eso, así que ya deja de preguntar bestialidades y lárgate, ¿quieres? Piensa qué quieres estudiar y cuando sepas, me dices.

Christian tensa toda la cara y solloza, pero trata de contener las ganas de llorar.

Emiliano: Ya te dije que yo corro con todos los gastos y así de paso me quito de encima a tu mamá para que deje de fastidiarme con el mismo asunto tuyo de que anda preocupada por ti.

Emiliano le sonríe hipócritamente y le da la espalda para terminar de fumar su puro.

Christian: Yo no soy tu hijo.

Emiliano se sorprende al escucharlo, pero no voltea a verlo.

Christian: Es la única explicación que tengo para que trates como si fuera un pedazo de mierda. 

Emiliano no dice nada y trata de guardar la calma. 

Christian: Admítelo. Dime en la cara que me odias porque a lo mejor no soy tu hijo. Si tú sí te crees tan hombre, ten al menos las pelotas de decírmelo en la cara. ¡Ándale!

Emiliano se voltea frunciendo el ceño y le da una fuerte bofetada con el dorso de la mano. Christian se vuelve el rostro y lo mira con rabia. Emiliano tampoco le es indiferente y lo mira como si en los ojos contuviera auténtico fuego.

Emiliano: (lanzando el puro al suelo) Lárgate de mi oficina de una buena vez antes de que termine haciendo algo de lo que me pueda arrepentir.

Christian: (desafiante) ¿Y qué si no me voy? ¿Me vas a matar? Porque al fin y al cabo tú ya tienes la experiencia (Sarcástico).

Emiliano lo agarra de la camisa.

Emiliano: ¿De qué mierda estás hablando?

Christian: Tú lo sabes mejor que yo. Llevo años callándomelo, pero lo tengo bien presente y si no dije nada antes fue por miedo, pero ¿ya qué más da? Yo sé muy bien que eres un asesino.

Emiliano desencaja el rostro al oírlo.

Christian: Yo escuché bien esa noche que discutías con ese señor en el estudio de la casa. Lo amenazaste porque al parecer el viejo sabía más de la cuenta sobre tu pasado, algo que le hiciste a tu hermano para apoderarte de la fortuna de la familia. ¡Lo escuché todo!

Emiliano respira agitado y lo suelta al punto de empujarlo.

Emiliano: ¡No te atrevas a mencionar eso nunca más en tu miserable vida! ¿Entendiste? No hurgues en cosas que no te incumben.

Christian: Entonces, deberías empezar por silenciarme porque no te conviene tenerme vivo sabiendo tanto sobre tu historial delictivo. 

Emiliano: (furioso) ¡No me retes, Christian!

Christian: Tú tampoco me retes. O me dices ya mismo lo que quiero oír o te juro que salgo de aquí gritando la clase de perro que eres.

Emiliano: Te estás metiendo en aguas muy turbias, muchacho.

Christian: No tengo nada que perder. Tú y mi mamá ya me hicieron la vida una mierda, pero a ti no te conviene que tu imperio se caiga, así que habla ya. Te doy mi palabra que me pierdo de tu vida para siempre si me dices la verdad y me explicas por qué chingados me odias. 

Emiliano se ve acorralado ante la desafiante y firme actitud del muchacho.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/BAÑOS – DÍA

Benjamín acaba de terminar de orinar y se lava las manos. Justo cuando alza la mirada, ve en el reflejo del espejo a Jorge. El primero cierra la llave y se porta serio mientras se seca con una toalla de papel.

Benjamín: No lo sentí llegar, padre. 

Jorge: Bien sabes que mi especialidad es andarme con cautela, así como los gatos.

Benjamín arruga la toalla de papel y la tira a la basura.

Benjamín: Eso veo. Bueno, con su permiso.

Cuando el joven sacerdote está a punto de salir, Jorge lo retiene tomándolo del brazo.

Jorge. ¿Para dónde crees que vas? 

Benjamín: (muy serio) Suélteme. Aquí nos pueden ver y no es conveniente.

Jorge: Yo sé lo que hago y no pienso tampoco quitarte mucho tiempo. Nada más quería saber qué es lo que traes con Juan de La Cruz.

Benjamín: No sé a qué se refiere.

Jorge: (muy serio) No me veas la cara de imbécil. Los vi muy abrazados al final de la reunión, más de lo que deberían. ¿Te estás acostando con él?

Benjamín: (soltándose) Me está ofendiendo. Juan es mi mejor amigo desde que éramos chamacos. Le tengo mucho aprecio porque es casi como un hermano para mí.

Jorge dibuja una sonrisa burlona en su rostro

Jorge: ¿Me vas a decir entonces que no te gusta ni un poco? Recuerda que mentir es pecado.

Benjamín: ¿Y las cosas que usted hace también no son pecado acaso?

Jorge: Para eso tenemos el sagrado sacramento de la confesión.

Benjamín: Me parece asquerosa la hipocresía y la doble moral que maneja usted.

Jorge: Tal vez no me creas, pero me pesa de corazón esta naturaleza pecaminosa y el no poderme controlar, más cuando te veo, Benjamín.

Jorge pone su mano en la entrepierna del muchacho y lo mira como devorándolo con los ojos. Benjamín se agita y un vacío le invade en el pecho.

Benjamín: (apartándose) ¿Y fue por eso mismo que hizo de todo para impedir mi ordenación? 

Jorge: Tú no mereces ser sacerdote. ¿Cómo podrías si quiera atreverte a pensarlo cuando en las noches los dos nos revolcamos como dos animales?

Benjamín: Fue un par de veces y no sabe lo mucho que me arrepiento. Casi ni he tenido paz en estas semanas por la culpa.

Jorge: Pero lo disfrutaste. Pude sentir todas las ganas que tenías acumuladas por la abstinencia. Esa lencería que me puse te encantó. Me sentí bien femenina (Sonríe con picardía).

Jorge se acerca a él con ánimos de besarlo.

Jorge: Y a lo mejor si te portas bien conmigo, quizá te pueda echar una mano a futuro con tu ordenación.

Benjamín: Prefiero retirarme antes que volver a hacer una cosa así con usted. Además, ya usted lo dijo. Lo disfruté, pero ya pasó y no va a pasar más.

Benjamín lo mira con cierto desprecio. Jorge parece no sentirse afectado. 

Jorge: Por más que lo ocultes, no puedes huir de lo que eres, mi querido Benjamín y yo que tú sería más complaciente. Podemos disfrutar tanto o más que las veces anteriores. Puedo hasta darte muchos beneficios.

Jorge le acaricia los labios con el dedo pulgar y en una enfermiza actitud. De repente, Juan entra al baño.

Juan: ¡Hey, Benjamín!

Jorge y Benjamín se apartan. El primero finge lavarse las manos y carraspea un poco la garganta. Juan lograr percibir una cierta incomodidad entre ambos, extrañado también por lo que vio.

Benjamín: ¿Qué onda, Juan?

Juan: Te estoy esperando en la cancha para jugar un partido con los niños… 

Benjamín: Eh, sí, ya justo iba para allá.

Juan: Buenas, padre Jorge.

Jorge: (indiferente) Juan…

Benjamín: Bueno, ya vamos. Conociéndolos como los conozco, deben estar desesperados.. 

Juan: ¿Cómo no si tú eres el arquero de uno de los equipos? Se estaban hasta peleando por ti.

Benjamín: (riendo nervioso) Me imagino. 

Los dos salen del baño. Jorge se queda viéndolos por el reflejo del espejo con cierta suspicacia.


INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – DÍA

María José se encuentra de pie paseándose por la amplia sala de la casa. En eso toma una foto enmarcada de Christian y no puede evitar quedarse viéndola con cierto interés cuando oye una voz detrás. 

Chela: Está bien guapo mi muchacho, ¿no?

María José, sorprendida, se da la vuelta. Chela sostiene una bandeja con una tetera y una taza.

María José: (apenada) Eh… Nada más estaba mirando la casa mientras mi madrina conversa con Fernanda y agarré la foto por impulso.

María José pone la foto en su lugar. Chela pone la bandeja sobre una mesa y sirve té en la taza. Un poco de humo sale indicando que está caliente.

Chela: (sonriéndole) No tiene que sentirse avergonzada por mí, señorita. No le estaba reclamando ni mucho menos. Yo nada más soy el ama de llaves, así que pierda cuidado. Tome. Es el té que me pidió.

Chela le entrega la taza. María José la recibe.

María José: Gracias. ¿Cómo dijo que se llamaba?

Chela: Graciela, pero todos me dicen Chela. Usted se llama María José, ¿no?

María José sorbe un poco de té y asiente con la cabeza mientras traga.

María José: Sí, así es. 

Chela: Imagino que por lo que dijo su madrina, van a quedarse viviendo un tiempo en esta casa. ¿O me equivoco?

María José: No, no se equivoca. La intención es esa. Mi madrina tenía muchas ganas de volver a su país natal y yo también.

Chela: ¿Usted también? ¿A poco es mexicana?

María José: Sí, aquí nací, solo que muy pequeña mis padres se fueron y crecí toda mi vida en España. 

Chela: Ay, qué curioso que no tenga el acento de allá.

María José: Mis papás nunca lo perdieron, así que lo heredé y a eso sumándole el hecho de que mi madrina también es mexicana y todo este tiempo ha sido como una madre para mí desde que me quedé huérfana.

Chela: Qué pena. ¿Fue hace mucho la muerte de sus padres? Ahí me disculpa si me paso de indiscreta.

María José: (sonriéndole) No se preocupe. En cuanto a la pregunta, digamos que sí. Murieron cuando tenía diez años en un accidente de coche. 

Chela: (extrañada) ¿Un accidente de coche?

María José: Sí. Desgraciadamente los frenos no respondieron o eso fue lo que la policía determinó en la investigación.

Chela: (pensativa) Qué tragedia. Me recuerda mucho la forma en que también murió el joven Gabriel, que en paz descanse (Se santigua).

María José: ¿Se refiere al hermano de mi madrina?

Chela: El mismo. Él también se accidentó en el coche manejando por la misma causa. Fue una muy triste porque todos los empleados lo estimábamos mucho. 

María José: Veo que entonces usted trabaja para la familia desde hace muchos años.

Chela: Más de cincuenta. 

María José: Wow, es de admirar que haya empleados que hoy en día sean tan fieles. 

Chela: Es porque no tengo a donde ir, ni ahorros, ni nada, además tengo mis razones para estar acá y una de esas es el joven Christian. 

María José: (extrañada) ¿Por qué? No deja de ser el hijo de sus patrones.

Chela: (esbozando una sonrisa) Lo vi crecer y le tengo un cariño inmenso. Además, la relación entre él y los señores no fue la mejor, y siempre se refugió en mí. Lo veo casi como un hijo.

María José: Ya veo…

Chela: En fin, la dejo. Si se le ofrece algo más, no dude en llamarme. 

María José: Se lo agradezco.

Chela: Con permiso.

Chela se retira de la sala dejando sola a la joven, quien vuelve a fijar su mirada en la fotografía de Christian.


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – DÍA

Entretanto, Fernanda y Paula entran. La primera se encarga de cerrar la puerta.

Fernanda: Muy bien. Ya estamos a solas como pediste. Toma asiento.

Paula: Gracias. Tú siempre tan amable, Fer.

Paula se sienta frente al escritorio y cruza las piernas de una forma sofisticada. Fernanda también se sienta, pero en el sillón principal.

Fernanda: Tú dirás. ¿Qué es eso tan importante que querías que habláramos a solas?

Paula: Como me chocan los protocolos, quiero ser muy directa contigo.

Fernanda: Bueno, adelante. Me estoy empezando a preocupar (Sonríe con cierto nerviosismo). 

Paula: Créeme que si logramos ponernos de acuerdo, no habrá razón para que te preocupes.

Fernanda: (extrañada) ¿De acuerdo con qué?

Paula: Fernanda, tú sabes que siempre fui la marginada de la familia. 

Fernanda: (confundida) No sé a qué te refieres.

Paula: Sí que lo sabes muy bien. No tienes que fingir. ¿O ya olvidaste la forma tan sucia en que tu esposo, mi propio hermano, me manipuló para que nos deshicisiéramos del pobre ingenuo de Gabriel? 

Fernanda esboza su hipócrita sonrisa y desencaja un poco el rostro.

Paula: Y no me digas que sí lo olvidaste porque yo sé que siempre estuviste al tanto de todo. No tienes que poner tu cara de mustia desentendida. 

Fernanda: ¿A qué viene eso justo ahora y después de tantos años?

Paula: ¿Que no es obvio? Vine por lo que es mío, lo que ustedes me robaron. 

Fernanda: No entiendo qué tengo que ver yo en eso. Son cosas del pasado que tienes que aclarar con Emiliano. 

Paula: Con él me entiendo luego, pero voy a necesitar tu ayuda primeramente porque esta vez no pienso huir como hace veintisiete años.

Fernanda: Cada vez te entiendo menos, Paula. No veo qué puedo hacer yo por ti. 

Paula: Mucho, cuñada. Como pudiste ver, mi ahijada es toda una mujer, preciosa, refinada, una dama de pies a cabeza en la edad justa para casarse. La he preparado todo este tiempo y a mí me parece que tu hijo sería el candidato perfecto para desposarla. 

Fernanda: (sorprendida) Debes estar jugándome una broma. 

Paula: ¿Me ves riéndome? (Enarca una ceja)

Fernanda: Yo no puedo obligar a mi hijo a casarse con una desconocida. Él, además, ni siquiera está preparado para un compromiso de esa magnitud. Christian es muy inmaduro y…

Paula: (la interrumpe) No te estoy pidiendo tu opinión, Fernanda. Yo ya decidí que así va a ser. 

Fernanda: Es que no es posible.

Paula: Tú lo harás posible. Christian y María José se van a casar, y la que se va a encargar de facilitarme todo vas a ser tú. 

Fernanda: (levantándose) No puedo. Lo siento. No lo puedo hacer. ¡Me niego rotundamente! No voy a permitir que mi hijo se case así de buenas a primeras.

Paula sonríe con sutileza y se levanta de la silla apoyando las palmas de sus manos sobre el escritorio.

Paula: Me parece que no me estás entendiendo como tampoco comprendes la posición en la que estás, querida. ¿Quieres que remueva todo tu sucio pasado? ¿Quieres que te recuerde lo bajo que caíste jugando a los dos bandos con Emiliano y Gabriel? 

Fernanda baja la cabeza, sintiéndose acorralada.

Paula: Tú fuiste la manzana de la discordia entre los dos. ¿Y cómo no si mientras eras la prometida de Emiliano, te revolcabas con Gabriel? 

Fernanda: (perturbada) Basta, por favor. Yo ya me arrepentí de todo lo que hice mal. Ahora soy otra mujer. 

Paula: Es lo que quieres hacerle creer a todo el mundo, que eres una mujer cristiana, de alta moral, pero ni rezando de rodillas a diario en la iglesia o haciendo tus “dizque” obras de caridad vas a poder escapar de tu pasado.

Fernanda la mira sorprendida.

Paula: Ay, no me mires así. Bruja no soy, eh. 

Paula saca de su bolso varias fotografías y las lanza sobre el escritorio. 

Paula: Para mí no fue tan difícil seguirles la pista a todos ustedes en estos años con algunos detectives que contraté desde España. 

Fernanda observa sorprendida cómo en aquellas fotos su familia ha sido capturada en diferentes eventos y lugares, pero en especial llama su atención fotografías de ella misma participando en actividades de la iglesia con huérfanos y personas vulnerables así como también rezando dentro del templo.

Paula: ¿Qué creíste? ¿Que haciendo toda esa sarta de ridiculeces ibas a limpiar tus pecados? Pues no es así de fácil. Se necesita más que eso. 

Fernanda: ¿Tu ahijada sabe que la quieres casar con mi hijo?

Paula: Claro. Ella está al tanto de la forma tan vil en que ustedes también se deshicieron de mí. Sabe cómo jugaron conmigo prometiéndome que dividirían la fortuna familiar en partes iguales si era yo la que manipulaba los frenos del coche, pero no fue más que una treta para tener la oportunidad de amenazarme con inculparme del crimen (Habla con mucho resentimiento).

Fernanda: Yo no hice nada. Emiliano lo organizó todo.

Paula: Puede ser que no hicieras nada, pero resulta que tú eres el único medio que tengo para recuperar lo que me pertenece y esta vez no voy a desistir. Entonces, ¿puedo contar contigo o voy a tener que divulgar la clase de mujerzuela y zorra barata que eres?

Fernanda se queda en silencio, notablemente perturbada. Paula la ve con una sutil sonrisa burlona.


INT. AUTO DE CHRISTIAN – NOCHE

Christian conduce su auto a gran velocidad por una autopista. Bebe también licor de forma compulsiva de una botella y tiene también los ojos hinchados. Una expresión amarga y vacía en su rostro es notable al tiempo que tiene un recuerdo.


FLASHBACK

INT. CEMENTERIO  – DÍA

Emiliano y Christian han llegado a una tumba abandonada en particular, cuya lápida está descuidada, sucia y casi cubierta de hierba. El viento sopla fuerte.

Christian: ¿Por qué me trajiste aquí?

Emiliano: ¿Ves el nombre de la lápida?

Christian lee la inscripción. Se trata de la tumba donde reposan los restos mortales de Gabriel Fonseca. Emiliano mira la tumba con cierto desprecio.

Emiliano: La verdad nunca pensé que iba a llegar el día de decirte la verdad, pero ya que insistes y andas de machito queriendo provocarme, te lo voy a contar todo así, sin anestesia ni medias tintas.

Christian lo mira con suspicacia.

Emiliano: En efecto, mijo, tú y yo no somos nada. Bueno, corrijo, sí hay algo que nos une ahí tantito y ya te voy a explicar.

Emiliano deja de mirar la tumba y ahora posa los ojos en su hijo adoptivo. 

Emiliano: Tú no eres más que el resultado de un acostón, de una calentura, una aventura, como le quieras llamar, entre tu mamita chula y el imbécil de mi hermano Gabriel que ves aquí enterrado.

Christian desencaja el rostro y un nudo se le hace en la garganta al escuchar aquella verdad que ya presentía.

Emiliano: Y sí… Te adopté. Te crie a pesar de que eras mi sobrino y todos los días ver tu cara es como ver la de ese infeliz.

Christian siente que tales palabras que esperaba confirmar le caen como un baldado de agua fría. Emiliano se aleja y camina despacio detrás de él. 

Emiliano: Todos estos años solo te tuve de mi lado para administrar lo que tu verdadero papito te heredó y nada más no me deshice de ti por amor a tu mamá muy a pesar de lo que hizo.

Emiliano habla con cierta amargura y mira el horizonte. Christian derrama un par de lágrimas discretas. 

Emiliano: Me rogó perdón y me pidió que te dejara con vida. Y sí que fui bien pendejo, aunque no me arrepiento, ¿sabes? Muy en el fondo hasta me gustó tenerte como hijo porque pude hacerte ver lo poco que vales y fue la forma de vengarme de Gabriel después de muerto.

Christian derrama lágrimas discretas que no logra contener ante tal verdad.

FIN DEL FLASH BACK


Christian deja de recordar. Derrama varias lágrimas sin parar y sigue bebiendo alcohol de forma desenfrenada. 


FLASH BACK

INT. CEMENTERIO – DÍA

Christian camina rápidamente para salir del cementerio. Emiliano, parado frente a la tumba de su difunto hermano, le dice algo más.

Emiliano: Espero que al menos cumplas con tu palabra y te pierdas de una buena vez que ya te aguanté veintisiete años, eh. No quiero tener que saber más de ti.

Christian, sin mirarlo, sigue su camino sin darle espera a más palabras crueles.

FIN DEL FLASH BACK


El joven termina aquel otro fragmento de la conversación y pega un grito desgarrador lleno de enojo, impotencia, tristeza y decepción. Esquiva varios autos que hacen sonar sus bocinas y va a una velocidad tal que al intentar pasar un camión, gira el volante y pierde el control del vehículo al punto de que se vuelva sobre la autopista de forma violenta.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/BAÑOS – NOCHE

Juan entra sudando junto a Benjamín, quien también suda luego del partido que jugaron con los huérfanos del orfanato.

Juan: ¡Órale! No sé si es que he perdido condición física, pero acabé sin aire. 

Juan se quita la camisa. Benjamín se sorprende y no puede evitar quedarse viéndolo, pero intenta disimular.

Juan: Los niños sí que te quitan toda la energía.

Juan abre el grifo y comienza a echarse agua para refrescarse. Benjamín guarda silencio y se siente un tanto nervioso. Juan lo nota.

Juan: ¿Qué te pasa? ¿Por qué andas tan callado últimamente? 

Benjamín: He tenido algunos problemas que me han tenido pensativo. 

Juan: ¿Por qué no me habías dicho nada? Somos como hermanos. ¿O a poco es que ya no confías en mí?

Benjamín alza la mirada y posa los ojos directamente en los de su amigo. 

Juan: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué te me quedas viendo?

Benjamín, impulsivamente, se lanza y lo besa. Jorge no está lejos de allí y observa lo que ocurre de forma fulminante.

CONTINUARÁ…

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