Capítulo 3: Sub veritate

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/BAÑOS – NOCHE

Benjamín ha besado inesperadamente a Juan, quien se aparta espantado ve a su amigo con los ojos desorbitados.

Juan: ¿Qué se supone que estás haciendo, Benjamín? ¿Qué onda? ¿Qué fue eso?

Benjamín baja la cabeza y no se atreve a mirarlo a los ojos.

Juan: Benjamín, te hice una pregunta, hombre. ¡Habla!

Benjamín intenta hablar, pero sus labios apenas se abren y traga saliva.

Benjamín: Supongo que… (Pausa, la voz quebrada) Nunca te has dado cuenta de lo mucho que me gustas, Juan…

Juan lo oye sin dar crédito. Benjamín siente que se le forma un nudo en la garganta.

Benjamín: Es más… Hace mucho que esa simple atracción pasó a ser algo más y ya hasta puedo decir que te amo. 

Juan niega con la cabeza completamente fuera de órbita.

Juan: ¿Te estás escuchando? 

Benjamín: Claro que me estoy escuchando. Escucho mis pensamientos todos los días y para colmo tengo que lidiar con verte. Para mí esto no ha sido fácil y no te imaginas lo mucho que he sufrido por esto que siento por años. ¡Por años! 

Juan: Es que lo que estás diciendo no tiene sentido. Crecimos juntos desde que llegué aquí. Hemos sido compadres, amigos, casi como hermanos. Juntos decidimos ser sacerdotes. ¿Cómo me dices eso ahora?

Benjamín: (quebrándose) ¿Y qué querías? ¿Que te lo dijera así, como si nada y que me arriesgara a perderte? ¿A que me echaran a patadas de este lugar? Ya bastante cargo con este pecado… conmigo mismo. Yo no quería sentir esto, Juan. Pero no puedo más. Te amo. Te amo como no tienes idea. Y me duele… (Se da golpes de pecho cada vez más fuerte) Me duele aquí, en el alma… como si se me estuviera deshaciendo por dentro.

Juan respira agitado y no sabe cómo poner en orden sus ideas. Benjamín derrama lágrimas discretas. 

Benjamín: Y me odio… Me odio a mí mismo por ser tan débil, pero ¿qué hago? ¿Qué hago con esto que siento? (Habla muy frustrado)

Juan: (muy incómodo) Basta, Benjamín…

Benjamín: Te deseo y quisiera besarte cada vez que te veo. Tu sonrisa, tu voz, cada vez que me abrazas, siento que todo se me hace pedazos por dentro. Todo de ti me pone mal… Verte así ahorita me provoca cosas que no quisiera ni pensar…

Juan: Lo mejor es que me vaya y hablamos después.

Juan se pone rápidamente su camisa e intenta salir del baño. Benjamín lo toma de un brazo.

Benjamín: Juan, espera…

Juan: Déjame, por favor.

Benjamín: No le vayas a decir a nadie. Me muero de miedo de solo pensar que me corran a patadas de aquí. 

Juan: No te preocupes. No voy a hablar con nadie.

Benjamín: Y por favor no me quites tu amistad. Tú eres lo más valioso que tengo en esta vida. Te lo suplico

Juan: Tengo que pensar muchas cosas. Dame tiempo y luego hablamos.

Benjamín: No me vayas a abandonar, Juan, por favor.

Juan: Ya déjalo así.

Benjamín lo abraza a la fuerza.

Benjamín: No te quiero perder. 

Benjamín rompe a llorar y lo presiona fuerte contra su cuerpo desde atrás como si un miedo inexplicable lo consumiera.

Juan: Suéltame, Benjamín.

Benjamín lo retiene consigo.

Juan: Ya déjame. No está bien que hagas esto aquí. 

Benjamín: No me vayas a dejar solo, por lo que más quieras.

Juan: ¡Que me sueltes! ¡Ya estuvo bueno!

Juan se suelta bruscamente y lo empuja levemente. Benjamín reacciona.

Juan: (molesto) Esto no está bien y no lo digo por lo que puedas sentir por mí, sino porque no eres capaz de controlarlo sabiendo el camino que escogiste. Estás ejerciendo un diaconado. Vas a ser sacerdote. No es cualquier cosa. ¿Que no lo ves?

Benjamín: Ser sacerdotes no nos hace dejar de ser hombres.

Juan: No, pero eso no significa que puedas hacer lo que te venga en gana. Tú lo sabes.

Benjamín: Para ti es fácil decirlo. Desde muy niño me he sentido diferente, pero ¿qué vas a entender tú? Más ingenuo he sido yo por pensar que algún día te puedes fijar en mí. Al cabo que no te deben ni gustar los hombres y hasta asco te debe dar de mí ahorita.

Juan: Claro que no. Nada más te estoy haciendo ver las cosas como son. Tu sexualidad da igual. Todos la tenemos, hasta nosotros, pero para esto nos preparamos. Además, tampoco puedes pretender forzarme. ¿Por quién me tomas? 

Benjamín guarda silencio notablemente avergonzado.

Juan: La neta me siento bien raro, como si se me hubiera quebrado algo por dentro porque te quiero, Benjamín. Te quiero un montón como el hermano que siempre vi en ti, pero con esto no puedo (Niega con la cabeza).

Juan sale del baño. Benjamín rompe a llorar desconsolado y se derrumba en el piso. Jorge sigue cerca de allí, con una mirada seria luego de haber presenciado aquel momento. 


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – NOCHE

Fernanda llega corriendo presa de los nervios. Emiliano aguarda allí de pie y la mujer no tarda en acercarse.

Fernanda: Vine en cuanto me llamaste. ¿Qué pasó? Dime qué le pasó a mi hijo, Emiliano. ¡Habla! (Lo agarra del traje). 

Emiliano: (soltándose) ¿Qué crees? ¿Que soy tu monigote? Bájale dos rayitas a tu numerito y te me calmas.

Fernanda: ¿Cómo quieres que me calme si me llamaste para decirme que mi bebé tuvo un accidente? Mi mayor miedo es que algo le pase. No puedo perder otro hijo, Emiliano, no puedo.

Emiliano: (fastidiado) No vengas a llamar de “bebé” a un tipo que ya anda bien crecidito y hasta con pelos en las bolas. Te oyes bien ridícula. 

Fernanda: Deja de dar vueltas y respóndeme si no quieres que me dé algo de la preocupación.

Emiliano: (exasperado) ¿Yo que sé? El muy idiota de seguro condujo borracho y se accidentó en la carretera después de la plática tan interesante de padre e hijo que tuvimos.

Fernanda: (desconcertada) ¿Qué plática? ¿Qué le dijiste?

Emiliano: Nada más que la verdad, mi amor. La purita verdad que hemos ocultado por tantos años. 

Fernanda: No creo que hayas sido capaz. 

Emiliano: ¿Después de tanto tiempo sigues dudando de lo lejos que puedo llegar cuando me lo propongo? ¿Tan poca fe me tienes?

Emiliano habla con una frialdad tal que parece no sentir ningún remordimiento.

Fernanda: ¿Por qué lo hiciste? Christian es demasiado sensible. No iba a aguantar una cosa así de golpe. ¿Por qué ahora?

Emiliano: Porque ya me harté de verle la cara tan parecida que tiene al imbécil de mi hermano; me harté de mantenerlo; me harté de hacerme pasar por su papá mientras el verdadero está en su tumba burlándose de mí por haberle criado a su hijo por imbécil. ¡Me harté, maldita sea!

Emiliano tensa la mandíbula, lleno de odio y de resentimiento. Fernanda lo ve con los ojos desorbitados.

Fernanda: (solloza) Eres un maldito, Emiliano. 

Emiliano suelta una risita cargada de cinismo y se acerca a su esposa para hablarle en voz baja. Fernanda se siente intimidada.

Emiliano: Hasta donde recuerdo, fuiste tú la que se revolcó con mi hermano y se dejó meter no un chamaco, sino dos mientras estabas comprometida conmigo. Yo te respeté, Fernanda. Te fui fiel, pero tú te portaste como una zorra. ¿Y así me tratas de “maldito”? ¡N’ombre! No te pases.

Fernanda: Yo conozco muy bien mi pasado, pero te rogué y te supliqué que no me quitaras a otro hijo, y mira lo que hiciste. 

Emiliano: Nunca te prometí nada. Fue que no tuve el coraje de deshacerme de los dos mocosos porque muy en el fondo te amaba y si te dejé a uno fue por pura lástima. Más bien deberías agradecerme y besar el suelo por donde piso.

Fernanda traga saliva y se le saltan las lágrimas tratando de no romper en llanto.

Fernanda: Mejor vete. Yo me hago cargo. En la casa hay alguien que te está esperando y ni me preguntes quién. Nada más te digo que mi pobre hijo ahora no es el problema, sino uno del que sí debiste ocuparte años atrás.

Fernanda se limpia los ojos con discreción y se retira. Emiliano se queda extrañado ante lo dicho por su esposa.


INT. CASA DE LAS GÓMEZ – NOCHE

Grettel llega cansada a su casa después de un arduo día de trabajo. Martha le sirve la comida en el modesto comedor de la casa en la que viven que tampoco es muy grande, aunque sí tiene un ambiente acogedor.

Grettel: (exhausta) Llegué, mamá. 

Martha: (sonriente) Qué bueno, hija. Te tardaste más de lo normal hoy (Pone unos platos en la mesa). ¿Había mucho tráfico de camino para acá?

Grettel: Tuve que quedarme haciendo una hora extra.

Grettel se tumba en el sofá y se quita los tacones.

Martha: ¿Y eso? No me digas que tu jefe te está explotando.

Grettel: Claro que no. Todo lo contrario. Me parece que el licenciado se pasa de condescendiente conmigo. El que me cayó como de la patada fue su hijo.

Martha: ¿Por qué? ¿A poco qué te hizo?

Grettel: Nada importante. Me tropecé con él y me habló medio feo, en mal tono. Se me hizo bien sangrón.

Martha: Ay, hija. Tú sabes que esa gente riquilla siempre se creen superiores a todo el mundo. Tú nomás haz tu trabajo bien y no van a tener queja de ti. Ignóralos.

Grettel: (suspirando) Ay, mamá. Definitivamente tú nunca vas a dejar de aconsejarme que sea sumisa. Simplemente no se le puede bajar la cabeza a cualquiera. Una también debe darse su lugar.

Martha: ¿Y cuál es nuestro lugar según tú? Mírate en donde creciste, Grettel. Yo cosí ajeno toda la vida para darte lo que necesitabas. No somos ricas.

Grettel: (exasperada) Y eso tampoco me gusta cuando me lo dices. ¿Por qué siempre te parece que debo sentirme agradecida por haber crecido en la miseria?

Martha: No es eso. Nada más te recuerdo que este mundo está hecho así, mijita. Hay gente por encima de nosotras.

Grettel: (poniéndose de pie) Pues yo no me conformo con esa filosofía barata tuya.

Martha: (confundida) ¿Filo qué?

Grettel: Nada, olvídalo. Se me olvidaba que no terminaste ni la primaria. Mejor me voy a tomar un baño y ya salgo para que cenemos.

Grettel agarra sus tacones y se va a su cuarto. Martha no puede evitar sentirse un poco mal con las palabras de su hija y siente una leve molestia en su brazo derecho.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – NOCHE

María José se está quitando un arete frente al tocador, pero escucha que recibe una notificación en su celular puesto justo allí. Toma el dispositivo y alcanza a leer un mensaje que despierta su interés.

Paula: ¿Con quién te estás escribiendo?

María José se asusta. Paula está justo detrás de ella, en bata, con una mirada seria.

María José: ¡Ay, madrina! Qué susto me diste. Debiste tocar o avisarme que estabas aquí.

Paula: Quien nada debe, nada teme. ¿O acaso me estás ocultando algo?

María José: (nerviosa) Claro que no. Es solo que subí algunas fotos del aeropuerto y de cuando estábamos en el avión a mis estados, y una amiga me mandó un mensaje preguntándome a dónde iba. 

Paula: Creo haberte dicho que no subieras fotos a tus redes sociales, María José. Entre menos sepa la gente de nosotras, mucho mejor, en especial él. 

María José le da la espalda a su madrina y sigue retirándose el maquillaje.

María José: (seria) Michael es pasado. No entiendo por qué me lo sigues mencionando.

Paula: Porque estabas muy enamorada de ese tipo y no quiero que vuelvas a tener contacto con él, no solo porque es un estorbo en los planes que tenemos, sino también por ti, mi princesa.

Paula se acerca y le pone las manos en el hombro a la muchacha. Ambas se miran al espejo del tocador.

Paula: Tú estás hecha para cosas muchísimo más grandes que andar con un detective de la policía. Ese muerto de hambre no te convenía. 

María José: No ganaba mal. Me atrevería a decir que hasta tiene el mismo nivel socioeconómico que nosotras que hemos sobrevivido con lo que nos dejaron mis padres. Además no todo en la vida es dinero, madrina. 

Paula: No, pero el dinero da poder y cuando tienes poder, no hay nadie que pase por encima de ti. Mira lo que hicieron conmigo. ¿No te parece que soy suficiente ejemplo?

María José: (poco convencida) Lo sé. 

Paula: Entonces no te olvides de lo que te he enseñado.

María José: (cabizbaja) Lo tengo muy presente, aunque no te puedo negar que a veces extraño a Michael.

Paula: El tiempo lo sana todo, mi amor. Además, pronto vas a casarte. Christian no está nada mal. Es guapo, joven. Supongo que ya tuviste tiempo de mirar las fotos de él por ahí colgadas y tiene a su nombre el patrimonio de la familia. Es el partido perfecto.

María José: Da igual que sea guapo o no. Cuando todo esto acabe, tú sabes que me voy a divorciar. No pienso quedarme casada con un hombre que ni conozco.

Paula: Claro, ese es nuestro plan.

Paula se inclina un poco y asienta su mentón en uno de los hombros de la joven. Las dos continúan mirando su reflejo. Paula dibuja una leve sonrisa de malicia.

Paula: Vamos a encargarnos de arrebatarles todo lo que me robaron. 

María José: Y ya por fin vas a dejar de sufrir. Desde niña no he hecho otra cosa que verte atormentada por lo que te hizo esta gente y ya es justo que seas feliz.

Paula: Y así será, mi amor. Voy a dejar mi pasado en paz una vez acabemos con esta familia. Tú y yo juntas vamos a ser muy felices. 

Paula, sonriendo con hipocresía, se aleja de María José.

Paula: ¿Por qué mejor no descansas? Es tarde y debes estar cansada del viaje. 

María José: Quería esperar a que hablaras con Emiliano para que me contaras cómo te fue. 

Paula: Todavía no llega y no sé a qué horas lo haga, pero no tienes que esperar. Mañana es otro día. Tú duerme y toma tus pastillas.

María José: Ya no soy una niña para seguirme medicando. Las crisis de ansiedad pasaron. Estoy bien desde hace años.

Paula: No importa. Con eso te vas a sentir bien de aquí a mañana, al menos para dormir bien y relajarte un poco. Recuerda que se nos viene mucho trabajo, pero tú tranquila. Deja que te las traiga.

Paula va hacia el baño. María José se mira en el espejo poco convencida y algo pensativa.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – NOCHE

Benjamín se encuentra de rodillas frente a su cama, llorando y con las manos juntas a modo de plegaria.

Benjamín: (desconsolado) Dios mío, sé muy bien que estuvo mal lo que hice. Yo sé que te he fallado muchísimas veces, pero ya no podía guardarme más lo que sentía. Yo mismo me siento preso de lo que siento por Juan. Me quema y mi mayor cruz es esta lujuria que me gana. He obrado mal, lo reconozco. Por favor, perdóname y ayúdame con esto. No permitas que Juan me quite su amistad, te lo pido. 

Benjamín derrama lágrimas sintiéndose roto de dolor y su oración se ve interrumpida súbitamente al escuchar que alguien llama a su puerta. Benjamín se incorpora y se limpia las lágrimas.

Benjamín: Debe ser Juan. Seguro quiere que hablemos. 

Ilusionado, el joven diácono se dirige a abrir, pero en primer plano se encuentra con Jorge, quien lo empuja hacia adentro y cierra la puerta tras sí.

Benjamín: ¿Qué está haciendo usted aquí? Váyase.

Jorge, sin mediar palabra, lo abofetea fuertemente con el dorso de la mano.

Jorge: ¡Irreverente! ¿Te atreves a correrme a mí que soy tu mentor?

Benjamín: (muy serio) No le voy a permitir que me siga hostigando y mucho menos que se atreva a pegarme. ¿Quién se ha creído?

Jorge: A mí me permites lo que se me dé la gana.

Furioso, el hombre le lanza otra bofetada incluso más fuerte que la primera. 

Jorge: No eres más que un miserable pecador, un mentiroso. Te vi besando y diciéndole a Juan de La Cruz lo mucho que lo amas. Ya decía yo que tu amistad con ese idiota era puro deseo y te atreviste a mentirme en la cara.

Benjamín: Ese no es su problema. Lo que sienta no tiene por qué importarle.

Jorge lo agarra de la ropa.

Jorge: ¡Me importa y mucho! No voy a permitir que andes por ahí vistiendo tu sotana, machando el nombre de la Iglesia y llevando una vida doble mientras haces quién sabe qué porquerías pensando en ese miserable.

Benjamín: Créame que ya lo pensé mucho y hasta tiene razón, “padre” (Lo llama así en tono sarcástico). No me merezco ser sacerdote y pienso retirarme antes que llevar una vida doble como la que lleva usted. 

Jorge: (soltándolo) No te equivoques. Yo soy un sacerdote respetable, pero tú me indujiste al pecado. 

Benjamín: ¿Yo? ¿Y quién fue el que se me insinuó? ¿Quién fue el que hizo propuestas indecentes y me lanzaba miradas? Yo hice mal cediendo, pero usted tampoco se salva. Es tan pecador como yo.

Jorge: ¡Cállate!

Jorge, enfurecido, le lanza una tercera bofetada y respira agitado.

Benjamín: (furioso) ¡Ya estuvo bueno de golpes! No me voy a contener si me vuelve a poner la mano encima, viejo asqueroso. No saque lo peor de mí, se lo advierto.

Jorge: No te atreverías a echar por la borda todo.

Benjamín: ¿Qué más da? Ya le dije que voy a renunciar y no me importa nada. Hasta pienso hablar con el padre Chuy de esta situación para que lo destituyan. 

Jorge: No lo harás. No te vas a librar de mí, Benjamín. No vas a renunciar al diaconado.

Benjamín: No me puede obligar. Ya tomé mi decisión.

Jorge: No eres quién para tomar decisiones. Ni padres tuviste, así que escucha muy bien. Si no quieres que difunda el rumor de que Juan y tú andan como un par de inmorales en los baños, vas a tener que hacer lo que yo diga.

Benjamín: ¿Qué?

Jorge: Juan pronto se va a ordenar como sacerdote y no querrás arruinarle su vocación, la misma que él tanto ama, ¿o sí?

Benjamín se ve acorralado ante tal amenaza.

Jorge: Te terminaría odiando peor de lo que ya te debe odiar después de lo que le confesaste. ¿Y qué esperabas? ¿Que te correspondiera? 

Jorge se burla ante los ojos rojos de la ira que siente el joven.

Jorge: Juan de La Cruz no me cae bien, pero debo reconocer que es un varón en todo el sentido de la palabra, a diferencia de ti que eres un maricón reprimido, tanto o más que yo.

Benjamín: (lleno de impotencia) ¡Miserable! ¡Usted es más que un maldito miserable!

Jorge: Te lo dije. Me estás arrastrando al pecado contigo y si no quieres que eso pase, vas a tener que ceder a lo que yo te mande.

Benjamín guarda silencio y traga saliva. Jorge le alza el mentón con delicadeza.

Jorge: ¿Qué dices? ¿Puedo esperar un comportamiento más dócil de tu parte o tendré que ponerme implacable contigo?

Benjamín: (resignado) ¿Qué quiere?

Jorge sonríe al escucharlo, se afloja el cuello de la sotana y lo mira con ojos llenos de lujuria. 

Jorge: Tú conoces la respuesta. Tengo la ropa interior femenina de la otra vez. ¿Recuerdas? La que tanto te fascinó. Trátame como a toda una mujer y así nos vamos a entender mejor.

Benjamín derrama lágrimas lleno de impotencia. Jorge empieza a desvestirse ante la mirada destrozada de Benjamín, quien al parecer no tiene otra salida ante tal chantaje. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

Emiliano entra, se desafloja un poco la corbata y no tarda en servirse un trago de licor, pues tenía una botella sobre una pequeña mesa contigua al escritorio. El hombre se queda pensativo y mira a través de la ventana mientras tiene un recuerdo del pasado.


FLASH BACK

1998

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA

Emiliano, mucho más joven, entra a la habitación con el rostro desencajado. Fernanda, igual de joven que él, aguarda allí recostada en la cama.

Fernanda: (llorando) Emiliano, sé que lo que estás pensando, pero yo tampoco sabía. Yo…

Emiliano no la deja terminar y la cachetea fuertemente lleno de furia para luego tomarla con brusquedad del mentón.

Emiliano: ¿Cómo pudiste hacerme esto, Fernanda? ¿Cómo tuviste el descaro de casarte conmigo embarazada de Gabriel? ¿Cómo, maldita sea?

Fernanda: (hablando con dificultad) Suéltame, me estás lastimando.

Emiliano: Debería haberte matado también. Debiste haberte muerto así como él en ese coche y no me estaría quemando por dentro como en este momento.

Fernando: Emiliano… Te lo ruego…

Emiliano la presiona cada vez más fuertemente del mentón, pero al final, la suelta de mala gana y le da la espalda, respirando muy agitado y conteniendo su ira.

Fernanda: Lo de Gabriel fue algo pasajero, cosa de un par de noches. Jamás pensé que me iba a embarazar.

Emiliano: Pero lo hiciste. No te bastó con traicionarme con él estando comprometida conmigo, sino que ahora, después de muerto le vas a dar un hijo. ¡Qué podrida suerte la mía!

Fernanda: (desconsolada) Perdóname… Perdóname, Emiliano. 

Emiliano: ¿Perdonarte? No, mi amor.

Emiliano la vuelve a encarar e incluso comienza a sollozar.

Emiliano: Ya te perdoné una vez. Ahorita mismo te vas para la casa, recoges tus cosas y te largas a la calle como la perra que eres. Después de todo de allá saliste. No va a ser difícil para ti adaptarse a la miseria otra vez.

Fernanda: No me hagas esto, Emiliano. Estoy esperando un hijo. Ten un poco de compasión.

Emiliano: Tú no la tuviste conmigo y me sigues haciendo daño a pesar de lo que te he amado.

Fernanda: Piénsalo bien. En unos días va a ser la lectura del testamento de Gabriel. Si yo tengo un hijo de él, automáticamente va a heredarlo todo. Puedes darle el apellido al niño y hacerlo pasar como tu hijo.

Emiliano guarda silencio ante tal propuesta. Fernanda le suplica con las manos y entrecruzando los dedos.

Fernanda: No te pido que lo quieras o lo veas como si fuera tuyo, pero el bebé te puede facilitar las cosas. Te lo imploro.

FIN DEL FLASH BACK


Emiliano deja de recordar. Tan solo frunce el ceño y una profunda expresión de amargura se dibuja en su rostro sin darse cuenta que allí dentro ya lo esperaba alguien a sus espaldas.

Paula: ¡Qué gusto verte después de tanto tiempo, Emiliano!

Emiliano, asustado, se da la vuelta y se exalta al ver a la mujer.

Emiliano: Pa… Paula…

Paula: Te has puesto más maduro, aunque estás como el vino. Te ha sentado bien la edad, eh.

Paula le sonríe y, con una elegancia característica en ella, se sienta en un mueble y cruza las piernas. Emiliano la sigue con los ojos, completamente desconcertado.

Paula: Ay, ya. Quita esa cara que parece que hubieras visto un fantasma, aunque de seguro eso he de parecer para ti ahorita, ¿no? Un espectro que vino directo de tu cochino pasado.

Emiliano: ¿Qué estás haciendo en mi casa? ¿Cuándo llegaste?

Paula: Veo que tu mujer sigue siendo un traste viejo, tan inútil y tan simplona. Es una lástima que no te haya contado de mi regreso.

Emiliano: ¿Y qué quieres? ¿Por qué te apareciste así tan de la nada?

Paula: Relájate, querido. Somos hermanos. Deberías servirme un trago de esos y sentarte aquí conmigo para que platiquemos. Pasaron veintisiete años. No es cualquier cosa. 

Emiliano: Tengo casi sesenta años que me han servido para desarrollar el olfato de sabueso, “manita” y verte no me da buena espina. No creo que hayas venido de la nada a tomarme unos tequilas conmigo como dos amiguitas después de que huiste como una rata.

Paula: Veo que no has cambiado nada. Sigues hablando tan ordinario como siempre. Con razón papá siempre te vio tan poca cosa y prefirió heredarle todo a Gabriel.

Emiliano enfurece al escuchar y lanza la copa de la cual bebía al piso. Paula apenas se inmuta y continúa con su apacibilidad, como si nada la perturbara. 

Emiliano: Habla. Escúpelo. ¿Qué carajo quieres? No me gusta que se me anden apareciendo por ahí espectros del pasado como bien dijiste. Detesto las sorpresitas y me ponen de muy mal humor.

Paula: (muy seria) No quiero nada y tampoco regresé buscando algo. 

Emiliano: (sarcástico) Sí, claro. 

Paula: Es la verdad, aunque te cueste creerlo. ¿Crees que mi vida en estos años ha sido fácil? Tuve que irme a otro país y la única forma que encontré para sobrevivir fue prostituyéndose. Pasé por mucho, Emiliano.

Emiliano: ¿Y a mí qué? 

Paula: Tú me traicionaste vilmente, recuérdalo. Querías inculparme del accidente de Gabriel después de lo idiota que fui al dejarme convencer por ti de manipular los frenos. 

María José escucha toda la conversación detrás de la puerta del despacho y se cubre la boca con una mano, llena de una terrible decepción que la invade.

Emiliano: Yo no te quería inculpar. Fuiste tú la que metió las manos ahí. Quien tenía las huellas y las manos sucias eras tú. 

Paula: Definitivamente eres el cinismo andante, pero ¿qué más da? Vine con mi ahijada, sin nada. La pobrecita quedó huérfana desde muy niña y su única familia he sido yo, pero ya el dinero se nos acabó y necesito un poco de tu caridad.

Emiliano: ¿Me ves cara de monja o qué? Estás en el lugar equivocado y ahora mismito, te largas de aquí.

Emiliano se acerca y la toma de un brazo a la fuerza.

Paula: No me corras así. Soy tu hermana. Tu rivalidad era con Gabriel, no conmigo.

Emiliano: Por eso mismo es que estoy siendo medio indulgente contigo, “manita”. Si de lana se trata, te doy un cheque para que medio sobrevivas y luego sigues abriendo las piernas por ahí si es que lo logras a la edad que tienes. A mí me importa un bledo.

Paula: Te lo pido, Emiliano. Hazlo por mamá (Comienza a sollozar). Ella no habría querido que termináramos así.

Emiliano la mira fulminantemente.

Paula: Yo sé que su muerte nos dolió mucho y ahora no me interesa el dinero o la herencia de la familia. Lo único que deseo es un poco de tu compasión. Por favor…

Emiliano se queda pensativo. María José, por su parte, trata de contener el llanto y sale corriendo de allí.


EXT. CALLES – NOCHE

Juan camina pensativo usando jean y un suéter con capucha al tiempo que se mete las manos a los bolsillos. Recuerda el momento en que Benjamín lo besó y le confesó sus sentimientos, cosa que lo perturba.

Juan: ¿Por qué siento que me duele tanto? Benjamín sufrió en silencio por mí no sé cuánto tiempo y yo ni enterado. No sé ni qué pensar. ¿Qué hago ahora, Señor? (Mira al cielo) Me siento muy raro. ¿Cómo hago para abordar esto? Benjamín es mi amigo, lo quiero con toda el alma, pero no tengo idea de qué hacer. No lo quiero herir (Muy confundido). 

María José no está lejos de allí. Camina despacio por una calle alterna y respira muy agitada, como si le faltara el aire e incluso se siente mareada tratando de sostenerse de las paredes. No hay personas por allí.

María José: Mi madrina me engañó… Siempre me mintió y no es más que una asesina. 

María José siente que se le llenan los ojos de lágrimas y se lleva una mano al pecho. Ha comenzado a hiperventilarse al tiempo que todo a su alrededor le da vueltas.

María José: Es una asesina… Y yo que la creía la mejor de las mujeres. ¿Cómo pudo? 

María José deja de caminar, se apoya en una pared e incluso tiembla. Juan sigue caminando. Está a unos metros y alcanza a verla, por lo que se extraña. María José siente que no puede más. Recuerdos de una risa de una niña retumban en su cabeza que pronto se transforman en lamentos. 

María José: ¡Basta! ¡Cállate! (Cubriéndose los oídos).

Pero contrario a detenerse, los lamentos se hacen cada vez más fuertes e insoportables.

María José: ¡Que te calles! ¡Déjame ya! ¡Déjame! (Grita desesperada).

Juan no duda en acelerar el paso y correr hacia ella.

Juan: Oye, ¿estás bien?

María José voltea a verlo con la visión borrosa y sin aire. Está pálida e incluso escucha la voz del joven distorsionada.

Juan: ¿Me escuchas? Dime algo para saber qué tienes.

María José: (en un hilo de voz) A… Ayu… Ayúdame…

María José termina por desmayarse. Juan, sorprendido, la sostiene con prontitud entre sus brazos. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLOS – DÍA

Es un nuevo día. Jorge camina a paso rápido. El padre Chuy va tras él y al parecer ambos se dirigen a un lugar en particular.

Chuy: Por favor, padre Jorge. Déjeme que sea yo el que vaya a buscar a Juan. Usted ya no lo conoce. El muchacho debe estar terminando de arreglarse.

Jorge: (muy serio) ¿No ha visto la hora, padre Jesús? La misa matutina empieza en cinco minutos. Todos los diáconos y seminaristas, hasta los niños están esperando y Juan de La Cruz va a llegar tarde como siempre.

Chuy: Sí, ya sé, pero…

Jorge deja de caminar al mismo tiempo que Chuy y lo mira de forma tajante. 

Jorge: Pero nada, padre. Juan de La Cruz va a ser ordenado sacerdote dentro de poco y es una falta gravísima que siga con sus constantes llegadas tarde. Más bien debería usted tenerle mano firme a ese muchacho, pero está visto que es un alcahuete.

Chuy: No tiene necesidad de hablarme así. No me gusta tener que decirlo, pero recuerde que soy su superior.

Jorge: Claro, no debe recordármelo, pero me temo que ese puesto como director del orfanato le ha quedado grande. Debería relegárselo a alguien que tenga el temple que requiere el cargo.

Chuy: ¿Alguien como usted, por ejemplo?

Jorge: No sería mala idea. Usted ha estado al cargo por más de treinta años al servicio del orfanato. Es justo que descanse. 

Chuy: No necesito descansar. Mientras Dios me lo permita, acá voy a seguir con los niños y formando a los seminaristas. Usted más bien debería ocuparse de sus responsabilidades como coordinador. 

Jorge: Bien lo ha dicho y eso es justo lo que voy a hacer con Juan de La Cruz. Al fin y al cabo también soy formador y ese muchacho me va a oír.

Jorge sigue su camino hacia la habitación del muchacho. El padre Chuy niega con la cabeza y sigue caminando detrás del primero. Benjamín no está lejos de allí, acaba de salir de su habitación y observa a ambos sacerdotes.

Benjamín: (extrañado) ¿Y ahora en qué problema se metió Juan?


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Entretanto, María José poco a poco comienza a despertar algo perturbada por la luz del sol que penetra a través de las cortinas de la ventana. Escucha de fondo una ducha. 

María José: (aturdida) ¿Dónde…? ¿Dónde estoy?

Ella se recuesta en la cama lentamente y mira a su alrededor sin entender en dónde se encuentra.

María José: ¿Cómo llegué aquí?

El sonido de la ducha de fondo cesa. María José escucha y se da cuenta que no está sola, por lo que se extraña. Juan sale de repente de la ducha, mojado, semidesnudo, nada más cubriéndose con la toalla del torso para abajo. María José abre los ojos como platos al verlo.

María José: (gritando asustada) ¡Ah! 

Juan se sorprende. La joven se levanta de la cama y se echa hacia atrás buscando con qué defenderse.

Juan: (alertado) Oiga, espérese. Puedo explicarlo.

María José agarra una cruz de madera colgada en la pared.

María José: ¡No se me acerque!

María José lo amenaza con la cruz. Juan pone las manos hacia el frente para intentar calmarla.

Juan: Suelte eso y baje la voz, señorita. Nos pueden escuchar.

María José: ¿Quién es usted? ¿Cómo paré aquí? 

Juan, notablemente incómodo y avergonzado, no sabe qué decir. María José se ve furiosa y respira agitada.

María José: ¿Qué está esperando? Hable o no respondo de mí. 

Juan: Si se calma, le voy a poder explicar, pero así la defensiva me va a quedar difícil (Intenta acercarse).

María José: ¡Que no se me acerque, le dije o no me va a temblar la mano para pegarle y salir corriendo! ¡Hable o le juro que le parto la cabeza!

Juan: Puede confiar en mí. No le voy a hacer nada. Mire que esas cruces son de las pesadas y me puede descalabrar, y yo muerto y usted en la cárcel como que no nos conviene a ninguno de los dos, menos a usted con esa carita de señorita estirada que tiene.

María José: (indignada) Pero ¿cómo se atreve a hablarme así? ¡Usted no sabe quién soy yo!

Juan: (en tono de broma) No, pero con ese genio, pareciera jinete del Apocalipsis a punto de arrasar con todo.

María José: ¿Está burlándose de mí?

Juan: No, ¿cómo cree? Nada más digo. Además, la única asustada aquí no es usted (Se pone las manos en la cintura). Yo también me ando recuperando del susto que usted me hizo pasar anoche cuando se desmayó en plena calle casi a medianoche.

María José se queda extrañada y parece recordar ese momento tan confuso en su cabeza.

Juan: ¿Ya se acordó? 

María José: Entonces… ¿Usted fue el que me trajo aquí?

Juan: ¿Quién más iba a ser? Hubiera sido poco cristiano de mi parte haberla dejado tirada expuesta a cualquier peligro, pero no. Gracias a Dios que me le aparecí yo que soy más bueno que el pan. 

María José: Pues eso a mí no me consta.

Juan: ¿Usted cree que si le quisiera hacer algo malo andaría ahorita en toalla? Digo… con todo respeto.

María José: (molesta) ¡Atrevido! Igual debió haberse puesto algo más decente. ¿Qué quería que pensara si al despertar me lo encuentro sin ropa?

Juan: ¿Y con qué más quería que me tapara? ¿Con las cortinas? Tengo todos los calzoncillos en el armario y ni me dio tiempo de agarrar uno. 

María José: ¡Pelado! ¡Mejor desaparezca de mi vista y déjeme sola!

Juan: Mejor usted baje usted esa cruz antes de que ocurra un accidente que está muy nerviosa.

María José: (firme) ¡No la voy a bajar hasta que tenga la certeza de que no es ningún violador o psicópata! ¿Entendió?

Juan: (acercándose) Ya déjese de jaladas que voy de afán y me está haciendo perder el tiempo, señorita. Ándele.

María José: ¡No se atreva, infeliz!

Juan se lanza sobre ella para intentar quitarle la cruz. María José forcejea con él y comienza a gritar.

María José: (aterrada) ¡Auxilio, por favor! ¡Ayuda! 

Juan: Ya cállese que esto no es un mercado. No le voy a hacer nada.

María José: ¡¡Me quieren lastimar!! ¡¡Ayuda, por favor!!

Durante el forcejeo, ambos pierden el equilibrio y terminan cayendo en la cama, Juan sobre María José y ambos se quedan viendo durante varios segundos como si una chispa se hubiera creado entre ellos en aquel instante. De repente, la puerta de la habitación se abre y ambos son interrumpidos por un contundente regaño.

Jorge: ¡Juan de La Cruz Quintana!

Jorge abre los ojos como platos al encontrarse con semejante escena y se lleva la mano al pecho de forma cómica. El padre Chuy también se sorprende y Benjamín, quien venía a unos pasos detrás, también se desconcierta ante lo que ve. Juan, avergonzado, se pone de pie de inmediato. María José también luce avergonzada, aunque extrañada sin entender qué ocurre.

CONTINUARÁ…

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