Capítulo 4: Infractum
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DE JORGE – DÍA
Juan ya se encuentra vestido de camisa, pantalón y zapatos negros, usando también el cuello blanco que típicamente usan los sacerdotes católicos. Está sentado frente a Jorge, quien también toma asiento en su amplio sillón. El escritorio en medio los separa. El padre Chuy también se encuentra presente, pero de pie al lado de Jorge.
Jorge: No crea que nos olvidamos del asunto que ocurrió esta mañana, Juan. Como era imposible cancelar la misa, decidimos dejar esta conversación para el final, así que ya puede explicarnos ese hecho tan bochornoso que presenciamos.
Chuy: Dinos la verdad, muchacho. Yo te conozco y sé perfectamente que debiste tener una muy buena razón para tener esa jovencita en tu habitación.
Jorge: (burlesco) ¿Una muy buena razón? Estaba encima de ella, sin ropa, nada más con la toalla que lo cubría. Me parece que los hechos hablan por sí solos, padre Jesús.
Chuy: Hay que darle el beneficio de la duda. Juan conoce las reglas y también sus votos. No iba a tirarlo todo por la borda a nada de ordenarse.
Jorge: Pues a mí esta reunión sinceramente me parece una pérdida de tiempo.
Chuy: Ya déjelo hablar, padre. Así no vamos a llegar a ninguna parte. Juan, explícanos ya, por el amor de Dios o no te voy a poder defender, hombre.
Juan: (apenado) Bueno, es que… Salí anoche un poco tarde del orfanato.
Jorge: Las salidas tarde están prohibidas. ¿Qué hacías en la calle?
Juan: No me sentía bien y quise salir a caminar para respirar aire fresco. El caso es que no pensaba tardarme. Fue ahí que, caminando, me encontré con esa muchacha que se desmayó en frente mío.
Jorge: ¿No te pudiste inventar una historia menos rebuscada?
Juan: Es la verdad. No tengo por qué mentirles. Ella se veía mal, pálida y terminó perdiendo el conocimiento, así que me la traje para acá a ver si se ponía mejor.
Jorge: ¿Y no hubiera sido mejor llevarla a un hospital como cualquier persona hubiera hecho?
Chuy: Esto ya parece el interrogatorio de un criminal, padre Jorge.
Jorge: No me desautorice, padre. Mi función como formador es exhortar a estos muchachos a que se formen como excelentes sacerdotes. Usted debería ocuparse de sus funciones y dejarme hacer mi trabajo.
Juan: No tienen que discutir por algo tan simple. Aunque no me lo crea, padre Jorge, sí llevé a la señorita a un hospital, solo que…
FLASHBACK
INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – NOCHE
Juan se encuentra de pie esperando noticias. Una enfermera se acerca.
Juan: Disculpe, ¿cómo sigue la mujer que traje?
Enfermera: Bien. Tal parece que tuvo una especie de ataque de pánico. Despertó, pero todavía se encuentra muy adormecida. Según nos dijo, tomó un medicamento para dormir horas antes y apenas se puede tener de pie. De hecho ya se quedó dormida otra vez.
Juan: Chale, la verdad es que no la conozco y no sé nada de ella. ¿No le dijo por acaso cómo se llama o si tiene algún familiar que la pueda venir a buscar?
Enfermera: (negando con la cabeza) No, señor. Por lo que alcanzó a decir, dijo que recién llegó al país y no tiene a nadie aquí.
Juan se queda pensativo.
FIN DEL FLASHBACK
Juan acaba de narrarles aquel recuerdo a los sacerdotes. Jorge aún parece incrédulo.
Chuy: Bueno, a mí me parece que hiciste lo correcto. No hubiera sido humano dejarla abandonada en el hospital ni mucho menos en la calle.
Jorge: A mí todavía me desconcierta lo que vi. ¿Qué hacías sobre ella ligero de ropa?
Juan: Eso fue un malentendido. Ella se despertó y pensó mal de mí justo cuando salí del baño para arreglarme e ir a la misa. Hasta me amenazó con pegarme y yo nada más la quería tranquilizar. Es todo.
Chuy: ¿Lo ve, padre Jorge? Juan solo se portó como un buen samaritano con esa muchacha. Yo sabía que había una muy buena explicación detrás.
Jorge: De igual manera, quiero ser muy directo con usted, Juan. Las llegadas tarde a las misas y a los cursos que todavía le falta terminar no pueden seguir ocurriendo. Un atraso más y me encargo de retrasar su ordenación. ¿Está claro? (Pregunta en un estricto tono).
Juan: Entendido, padre. Le prometo que voy a ser más puntual. Cuente con ello.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
Paula, en bata, toca la puerta y llama a su ahijada.
Paula: María José… María José, mi princesa, van a ser las diez de la mañana. Va siendo hora de que te levantes.
Paula se extraña al no escuchar una respuesta y toca una vez más.
Paula: ¿María José?
La mujer decide abrir la puerta, pero se sorprende al ver la cama vacía sin rastros de la joven.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – DÍA
Emiliano desayuna. Chela le sirve un poco de jugo de naranja.
Chela: ¿Dónde está Christian? No lo vi llegar anoche.
Emiliano bebe un sorbo de su jugo de naranja y suelta aquel típico gemido gutural de satisfacción que se hace después de tomar una bebida refrescante.
Chela: Te hice una pregunta, Emiliano.
Emiliano: ¿Me puedes dejar disfrutar mi desayuno en paz? Deja de andar fastidiando y no rompas mis órdenes. Te he prohibido dirigirme la palabra, Chelita. ¿O que ya se te olvidó?
Chela: Cuando se trata de mi niño, no veo de otra que saltarme los protocolos, mi don. Disculpe usted (Habla con exagerado formalismo).
Emiliano: (burlesco) Tu niño. Otra que ya anda de ridícula malogrando a ese bueno para nada, pero está bien. Te voy a responder para que dejes de andarme molestando. Tu “niñote” se accidentó en el coche ayer y ahorita está en el hospital. ¿Contenta?
Chela: (preocupada) ¿Cómo que se accidentó? ¿Y cómo está?
Emiliano: (exasperado) ¿Pues yo que sé? Si te da la gana, ve a verlo y averígualo tú misma. A mí poco me importa lo que pase con ese.
Chela: Debería preocuparte porque si no fuera por él, no tendrías nada de lo que tienes hoy en día.
Emiliano: ¿Y tú qué? ¿A poco te levantaste hoy con ganas de andarme fregando la vida? Déjame en paz y no olvides el lugar que tienes en esta casa. Más bien agradece que no te he corrido por el respeto que te tengo.
Chela lo mira sintiéndose un poco dolida. El hombre termina de beberse el jugo de naranja y se levanta para luego, con una sonrisa burlesca, pellizcar uno de los cachetes del ama de llaves.
Emiliano: Ahí te ves, Chelita. A ver si te pones a hacer algo productivo en vez de andar fastidiando desde tan temprano.
Emiliano se retira, pero al dirigirse a la salida, se encuentra con Paula, quien justo terminaba de bajar las escaleras.
Paula: ¿Has visto a mi ahijada? No está en su cuarto.
Emiliano: Pues búscala. A mí ni me preguntas. Voy de salida.
Paula: Eres un grosero. Solo te hice una pregunta.
Emiliano: Y tú acuérdate que si te dejé quedarte fue por pura caridad. Voy a confiar en ti, Paula, pero si llego a notar algo raro, no me voy a contener. ¿Estamos claros?
Paula no responde. Emiliano toma su maletín del sofá y sale. La primera, frustrada y algo preocupada, entra al comedor en donde Chela está recogiendo los platos.
Paula: ¿Has visto a María José?
Chela: Buenos días, señora y no, no la he visto.
Paula la mira con desprecio y en silencio por un par de segundos. Chela se ve un tanto intimidada ante la presencia de la primera e incluso mantiene la mirada baja.
Chela: ¿Se le ofrece algo más?
Paula: Simplemente pensaba en lo afortunada que has sido viviendo todos estos años en esta casa mientras yo, que soy una Fonseca, he vivido exiliada.
Chela: Créame que lamento muchísimo por todo lo que pasó.
Paula: No seas hipócrita. ¿Qué vas a saber tú de lo que he vivido?
Chela: Me puedo imaginar, pero la vida tampoco ha sido fácil para mí.
Paula suelta una leve sonrisa de incredulidad.
Paula: De verdad que eres cínica. A veces me pregunto qué pasaría si Emiliano supiera la clase de arpía, trepadora que eres en verdad. No solo su mujer fue una zorra. Su suegra también.
Paula se burla. Chela se sorprende al oírla y un miedo voraz se apodera de ella.
Chela: Le suplico que por favor no mencione eso nunca más.
Paula: (sonriendo con cinismo) ¿Qué tiene? ¿Temes que se entere?
Chela: Quiero evitar desenterrar cosas que provocaron tanto dolor.
Paula: Justo para eso regresé, para ser yo la que desentierre tanta podredumbre. No creas que vine por casualidad, Graciela. Emiliano no es el único que me las debe. A mí nunca se me va a olvidar lo que hiciste y lo que tuve que pasar por tu culpa.
Paula habla acercándose a ella mirándola con auténtico fuego en los ojos.
Paula: Toda la vida lo he tenido presente, cada segundo, cada minuto, cada hora y eso lo único que ha hecho es aumentar el odio tan inmenso que le tengo a cada persona de esta casa.
Chela: Yo ya pagué mis errores todos estos años, Paula.
Paula: No lo creo. Te falta muchísimo y nada más te advierto que voy a ser implacable.
Chela: ¿Y vas a utilizar a tu ahijada para tus planes? ¿Quieres volverla una copia tuya?
Paula le lanza una cachetada al ama de llaves, quien se vuelve adolorida el rostro.
Paula: Lávate la boca antes de hablar de María José y refiérete a mí con el respeto que me merezco por ser una Fonseca. No somos y nunca seremos iguales. Trepadoras como tú y tu hija son la peor carroña que puede haber. Te voy a hacer la vida un infierno, Graciela.
Paula sale del comedor. Chela se queda con la mano en el lado de la cara donde fue golpeada e intenta reponerse de aquel leve enfrentamiento.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/JARDÍN – DÍA
María José, entretanto, está sentada pensativa mientras admira la fuente del jardín del orfanato. Es así como recuerda la conversación que escuchó la noche anterior.
FLASHBACK
Paula: Es la verdad, aunque te cueste creerlo. ¿Crees que mi vida en estos años ha sido fácil? Tuve que irme a otro país y la única forma que encontré para sobrevivir fue prostituyéndose. Pasé por mucho, Emiliano.
Emiliano: ¿Y a mí qué?
Paula: Tú me traicionaste vilmente, recuérdalo. Querías inculparme del accidente de Gabriel después de lo idiota que fui al dejarme convencer por ti de manipular los frenos.
María José escucha toda la conversación detrás de la puerta del despacho y se cubre la boca con una mano, llena de una terrible decepción que la invade.
Emiliano: Yo no te quería inculpar. Fuiste tú la que metió las manos ahí. Quien tenía las huellas y las manos sucias eras tú.
FIN DEL FLASHBACK
María José termina de recordar aquella reveladora conversación y tiene un recuerdo un poco más antiguo.
FLASHBACK
INT. DEPARTAMENTO DE LOS MONTIEL – DÍA
Paula fuma un cigarrillo mientras mira por el balcón. Luce más joven que en la actualidad. María José se acerca a ella siendo una niña y sostiene un oso de peluche.
María José: Madrina…
Paula se limpia discretamente los ojos y apaga el cigarrillo para luego voltear a ver a su ahijada con una sonrisa.
Paula: Dime, mi amor.
María José: ¿Por qué lloras? Y no me digas que no porque te vi.
Paula esboza una sonrisa y guarda silencio por unos cuantos segundos.
Paula: Recordaba el pasado y pensaba en lo injusta que puede ser la vida a veces.
María José: ¿Por qué dices eso?
Paula: Porque tú te quedaste tan solita con apenas diez años. Tus papitos se fueron y me duele ver que mi historia se está repitiendo contigo.
María José: ¿Qué historia?
Paula: Ay, mi niña (Mira hacia el horizonte). Yo también perdí a mi mamá cuando tenía tu edad y me quedé muy sola. Mi papá apenas tenía ojos para mí, y mi hermano… (Recuerda con rencor) Mi hermano me hizo a un lado y me traicionó de la forma más vil en que se puede traicionar a alguien.
María José: (muy curiosa) ¿A poco qué te hizo?
Paula: Cosas de adultos. Todavía estás muy pequeña para entender.
María José: Siempre me dices lo mismo cuando te veo llorando y yo quiero saber. No me gusta verte así, madrina (Se pone triste).
Paula, aún sonriendo, se pone a la altura de la niña y le acaricia el cabello.
Paula: ¿De verdad? ¿Qué estarías dispuesta a hacer para verme feliz?
María José: Cualquier cosa. Yo te quiero reharto. Eres la única persona que tengo en el mundo.
Paula: Ay, mi chiquita. Por lo menos me consuela saber que nos tenemos la una a la otra.
Paula abraza a María José.
Paula: Con el tiempo vas a ir dándote cuenta que este mundo está podrido y si no te vuelves una rosa con espinas, todos van a acabar contigo y yo no quiero que te hagan lo que a mí. Te voy a enseñar, vas a ver.
FIN DEL FLASHBACK
María José derrama una lágrima discreta, pero es súbitamente interrumpida por Benjamín, quien se acerca a ella mirándola con cierto recelo.
Benjamín: Me imagino que está esperando a Juan.
María José se limpia la lágrima y se pone de pie.
María José: Nada más quería asegurarme de que no se fuera a ganar un problema por mi culpa y pensé que de pronto podía ayudarlo a explicar lo que pasó. Por lo que vi, es sacerdote.
Benjamín: Sí, casi. Dentro de poco se va a ordenar y por lo mismo no entendí qué hacía semidesnudo con una mujer en su habitación a punto de romper sus votos.
María José: ¿Qué está queriendo decir?
Benjamín: Creo que sobra decirlo, señorita.
María José: Pues para ser usted también un religioso, no debería pensar tan mal de su compañero y de una mujer a la que ni conoce.
Benjamín: Juan no es mi compañero. Es como mi hermano y sí, es cierto que no la conozco, pero el hecho de estar con un hombre casi desnudo, encerrados en una habitación el uno sobre el otro, no habla tampoco muy bien de usted.
María José: (molesta) No me gusta para nada lo que está insinuando y, a decir verdad, por religiosos como usted que juzgan de buenas a primeras es que hay personas que se alejan de la iglesia y ya mejor me voy. No quiero causar más escándalo. Tenga un buen día.
María José se retira muy seria. Benjamín se queda viéndola con aquel mismo recelo y desconfianza. Juan aparece en ese instante en el jardín. Benjamín los ve de lejos.
Juan: ¿Ya se va? Justo la andaba buscando.
María José: Sí, ya me voy. Creo que causé muchas molestias y por poco lo meto en problemas. Espero que haya podido aclarar la situación.
Juan: Sí, ya les expliqué que todo fue un malentendido; malentendido que usted también creó pensando lo peor de mí, eh.
María José: (apenada) Discúlpeme. De hecho, también estaba esperando para agradecerle por lo que hizo por mí a pesar de ser yo una desconocida.
Juan: Pierda cuidado. Fue con mucho gusto. Según me dijeron en el hospital, usted dijo que recién llegó al país, ¿no? ¿De veras no conoce a nadie?
María José: Sí, algo así.
Juan: ¿Y tiene a dónde ir?
María José: Siendo sincera, no sé. Precisamente anoche andaba tan perdida y sintiéndome tan mal. Caminé por horas, no sé por cuánto tiempo, sin rumbo y ahora menos qué sé a dónde ir,
Juan: Bueno, pues aquí no tenemos mucho espacio y tampoco es hotel. Como puede ver es un orfanato bien humilde y modesto, pero podría quedarse un par de días.
María José: (esbozando una sonrisa) Gracias por la hospitalidad, pero ya me ayudó lo suficiente, padre.
Juan: Todavía no soy padre. Mientras me ordeno, dígame Juan… Juan de La Cruz, pero sobra decir por qué prefiero nada más el “Juan”.
Los dos ríen. Benjamín observa con cierta molestia aquella escena. Juan le extiende la mano de forma amable y ella le corresponde el gesto también sonriendo.
María José: María José Montiel, mucho gusto.
Juan: Esta sí es una presentación con todas las de la ley sin miedo a que me descalabre con una cruz.
María José: (sonriendo) Veo que le gusta ser medio bromista.
Juan: Ya lo decía el papa Francisco. Hay que fomentar el buen humor que es uno de los regalos que Dios nos dio, y bonito apellido, por cierto. Parece como de la realeza o algo así.
María José: Es de origen español.
Juan: Ah, no me diga que viene de allá.
María José: Casi. Mis padres eran mexicanos, pero mi papá tenía ascendencia española, así que de ahí viene el apellido. Viví y crecí allá.
Juan: ¿Y qué la trae por este país de vuelta?
María José se queda pensativa ante tal pregunta y borra la sonrisa de su rostro. Juan lo nota y se apena.
Juan: Disculpe si me pasé de indiscreto.
María José: Tranquilo. De nuevo le agradezco por todo y le deseo lo mejor para su ordenación.
Juan: Gracias, señorita.
María José se va caminando, aunque algo pensativa. De repente, la joven tiene un repentino recuerdo.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – DÍA
María José se encuentra de pie paseándose por la amplia sala de la casa. En eso toma una foto enmarcada de Christian y no puede evitar quedarse viéndola con cierto interés cuando oye una voz detrás.
Chela: Está bien guapo mi muchacho, ¿no?
María José, sorprendida, se da la vuelta.
FIN DE FLASHBACK
María José se percata del parecido y se queda sumamente extrañada, por lo que voltea a ver a Juan y lo observa con detenimiento varios segundos. Juan se extraña.
Juan: ¿Pasa algo?
María José: ¿Puedo hacerle una pregunta?
Juan: Sí, claro. Dígame.
María José: ¿No tiene usted un hermano o un primo quizás?
Juan: (extrañado) No, para nada. Yo soy huérfano. Mi padrino era mi única familia y murió en un accidente hace ya varios años.
María José: ¿Está seguro? ¿Qué hay de sus padres?
Juan: Murieron o eso me dijo mi padrino. Mi papá era un tipo humilde que trabajaba de obrero en una construcción, pero también tuvo un accidente y mi mamá murió al darme a luz.
María José: Qué tragedia. Lo siento mucho.
Juan: Gracias. Lo más triste es que nunca los he podido visitar en el cementerio porque eran de otra ciudad a quince horas de aquí, pero ¿por qué me lo pregunta?
María José: Podrá sonarle medio loco, pero juraría que lo vi de otra parte y tiene mucho parecido a una persona que no conozco, pero que vi en una foto.
Juan: Ah, pues ¿quién sabe? Dudo mucho que esa persona se relacione conmigo. Yo no tenía más familia y era hijo único. Ahora un primo, pues tal vez. No sé si tengo tíos, pero si esa persona que usted conoce se apellida Quintana puede ser que sí seamos familiares.
María José: No, no creo. Al que conozco se apellida Fonseca Rivas. Ha de ser mera coincidencia.
Juan: Dicen por ahí que todos tenemos un doble en alguna parte.
María José: Puede ser. En fin. Tenga buen día. Hasta luego.
María José se va. Juan le sonríe con ternura a la joven con un inexplicable interés. Benjamín lo nota y una expresión de molestia se dibuja en su rostro.
INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA
Emiliano se encuentra reunido con otro hombre, ambos sentados en sus respectivos asientos frente a frente, separados por el escritorio. El primero, como es costumbre, fuma con gran placer un puro.
Emiliano: Entonces, ¿todavía no hay ni rastros del chamaco ese?
Octavio: No, Emiliano. Esta semana terminé de buscar por el último barrio jodido de la ciudad, pero nadie me ha sabido dar información.
Emiliano, fastidiado, se saca el puro de la boca y lo tira al piso.
Octavio: Es una búsqueda muy difícil, hombre. Es como buscar una aguja en un pajar. Entiende. Tú lo sabes.
Emiliano: Y tú sabes que llevo años pagándote una muy buena lana para que encuentres a ese malnacido y ya me está cansando tu falta de resultados.
Octavio: ¿Puedo ser directo contigo?
Emiliano: Depende. Si me vas a mentar la madre, ahí sí no te la acabas, eh.
Octavio: Tranquilo. Somos amigos y siempre te he tenido respeto.
Emiliano: Amigo el ratón del queso. El hecho de que nos conozcamos no quiere decir que seamos íntimos. Déjate de pendejadas que nada más me estás devolviendo el favor que te hice al salvarte el pellejo con los sicilianos esos que por poco te matan.
Octavio: (muy serio) Y yo te ayudé a encubrir el accidente de Gabriel y el del viejo Evaristo. Esto fue dando y dando, Emiliano.
Emiliano: No estoy senil. Me acuerdo perfectamente.
Octavio: Como sea, a lo que voy es estamos yendo en círculos. Tú me dijiste que el chamaco tenía anemia. Estoy pensando que a lo mejor se murió y nos hace falta buscar en los cementerios.
Emiliano: (pensativo) No, no creo. Hierba mala nunca muere a no ser que la cortes de raíz y eso es justo lo que quiero. Yo sé muy bien que ese problemita debe estar más vivo que tú y yo juntos.
Octavio: ¿Y qué tal si no?
Emiliano: Mejor. Así evito cargar con más muertos encima y me quito el peso que traigo desde que el viejo Evaristo fue esa noche a amenazarme. De no ser porque el viejo idiota se metió en medio de la calle, hace mucho que habría terminado con ese “asuntito”.
Octavio: Bueno, es tu decisión. Nada más te estoy entregando resultados.
Emiliano: No llames a esa mierda que me trajiste hoy resultados. Quiero resultados reales (Dice apuntando con el dedo hacia el escritorio).
Octavio: Insisto que es difícil. El tipo ese pudo cambiarse el nombre o algo.
Emiliano: Para eso te di una foto de Christian. Son gemelos. Si acaso el otro tendrá un corte de pelo distinto y será más delgado o más gordote. ¿Qué sé yo? Si es preciso te pago más para que contrates hombres y empiecen a buscar en el resto del país.
Octavio: ¿Estás seguro? ¿No crees que sería poco conveniente involucrar más personas?
Emiliano: Contrata a los mejores, policías jubilados o que destituyeron por corrupción y esas pendejadas. A esos sí que los mueve el dinero, pero quiero a ese tal Juan de La Cruz en bandeja de plata cuanto antes y si no me das lo que busco…
Emiliano se inclina hacia al frente y le da un par de palmadas en la cara al hombre como un gesto hipócritamente afectivo.
Emiliano: Vas a terminar muy mal, Octavio.
Octavio: ¿Me estás amenazando?
Emiliano: Que fea palabra. Llámalo un método poco ortodoxo para meterte presión. Tú eres comandante y no querrás manchar tu honorable nombre.
Octavio lo mira con mucha seriedad mientras que Emiliano sonríe con su típica burla.
Emiliano: ¿Qué va a decir la policía si ven tus cuentas bancarias llenas de lana de dudosa procedencia, ah? Y no solo ellos. También tu hijito que tanto te admira y que también es policía. ¿Qué ejemplo le vas a dar? Piensa en eso.
Emiliano vuelve a reclinarse en su sillón y saca otro puro el cual enciende. Octavio respira profundo, en silencio y sintiéndose acorralado.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COMEDOR – DÍA
Los niños del orfanato van saliendo en fila del comedor después de almorzar. Juan y Benjamín están parados a cada lado de la puerta. Cada niño que sale choca las manos con los jóvenes diáconos de forma muy amigable.
Juan: Manitas limpias, cepillos en acción y después se me van a tomar la siesta, eh. Quiero ver esas caritas brillándoles como espejos y el que no se lave los dientes, no sale a jugar. ¿Entendido?
Los niños gritan un enérgico “sí” al unísono. Una niña de trenzas le saca la lengua a Juan con picardía y en modo juguetón antes de desaparecer corriendo por el pasillo.
Juan: (fingiendo ofenderse) ¡Óyeme tú! ¿Qué modales son esos? Vas a ver como a la próxima te pongo el doble de espinaca el plato. Espérate nomás.
Benjamín también choca los cinco con los niños, pero su mirada está puesta en Juan, a quien observa con un amor sincero, aunque lleno de melancolía. Miguelito, uno de los últimos niños en salir, cruza la puerta notablemente cabizbajo. Juan se da cuenta de inmediato.
Juan: Óyeme, Miguelito (Lo detiene por el hombro). ¿Qué onda? ¿Por qué estás así?
El niño no dice nada y no levanta la cabeza. Juan, extrañado, se inclina poniéndose a su altura y se sorprende al verle la cara con varios moretones.
Juan: ¿Qué te pasó? ¿Con quién te peleaste?
Miguelito: Con nadie.
Juan: ¿Y entonces? ¿Apareciste con la cara toda golpeada así nada más?
Miguelito: (nervioso) Me caí.
Juan: Una caída no te va a dejar con esos golpes. Dime quién te pegó.
Miguelito: (cabizbajo) Te digo la verdad, Juan. Fue por accidente.
Juan: Si alguien te está amenazando nos lo tienes que decir para poder ayudarte. Ningún otro niño te puede intimidar. Aquí no se puede pelear.
Benjamín: A lo mejor sí se cayó. Tú ya los conoces cuando se ponen a correr por ahí.
Miguelito: Sí, eso fue.
Juan, poco convencido, se incorpora.
Juan: Está bien. Ve a lavarte los dientes.
Miguelito se va. Juan se queda pensativo y se queda viendo al niño.
Benjamín: ¿Sabes una cosa? Siempre voy a admirar lo simpático que eres con ellos. Te sale muy espontáneo. Hasta buen papá serías.
Juan baja la mirada.
Juan: (cortante) Gracias.
Un silencio incómodo se forma entre ambos. Benjamín siente que quiere decir mucho más, pero no le salen las palabras.
Juan: Voy a echarles un ojo en el baño. No vaya a ser que se pongan a jugar con el agua.
Benjamín: Juan, espera…
Juan se detiene e intenta no mirar a su amigo.
Benjamín: Sobre lo de anoche…
Juan: Todavía no he pensado bien las cosas, Benjamín. Te pedí que me dieras un tiempo. Cuando esté listo para hablar contigo, te lo digo, pero ahorita no.
Benjamín: (dolido) ¿Y esa mujer que estaba en tu habitación? ¿Para ella sí tuviste tiempo?
Juan: ¿De qué estás hablando?
Benjamín: Todos te vimos, Juan y ni yo que te conozco desde hace tanto me esperé verte encima de una mujer, sin ropa, a punto de hacer quién sabe qué, mientras a mí me juzgaste anoche por lo que sentía por ti.
Juan: No te equivoques. Yo respeto mis votos y el camino que escogí, y lo que viste fue un malentendido que ya les expliqué al padre Chuy y al padre Jorge.
Benjamín: Para ser una desconocida, los vi hablar con mucha confianza en el jardín.
Juan: No entiendo por qué me lo dices en ese tono. ¿A dónde quieres llegar?
Benjamín: (molesto) Nada, olvídalo, así como también olvídate de todo lo que te confesé anoche. Creo que cometí el peor error de mi vida humillándome contigo. Más bien perdóname por mi impertinencia.
Juan: Benjamín…
Benjamín: Tengo cosas que hacer. Tú ve y haz lo tuyo.
Benjamín vuelve a entrar al comedor. Juan se queda pensativo y se rasca la cabeza sin saber qué hacer. Jorge observa de lejos tras una columna.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Christian comienza a despertar. Fernanda se encuentra sentada, con los codos apoyados en la cama mientras reza.
Christian: (aturdido) ¿Qué…? ¿Qué me pasó?
Fernanda deja de rezar y se pone de inmediato.
Fernanda: Ay, hijo. Qué alegría que por fin despertaste. Me tenías con el alma pendiendo de un hilo.
Christian mira confundido a su alrededor.
Christian: (débil) ¿Dónde estoy?
Fernanda: ¿No recuerdas nada? Te accidentaste ayer en la noche cuando estabas conduciendo.
Christian hace memoria y fugaces recuerdos pasan por su cabeza del día anterior, incluso de la fuerte revelación que recibió por parte de Emiliano.
Fernanda: Dime cómo te sientes. ¿Te duele algo?
Fernanda le acaricia el rostro, pero él de inmediato le aparta la mano.
Christian: Déjame, no me toques.
Fernanda: Christian, hijo. He estado aquí contigo desde anoche; no he dormido ni comido nada; he ayunado pidiendo por tu recuperación; no he dejado de rezar por ti, ¿y así me tratas?
Christian: ¿Cómo más quieres que te trate después de enterarme que toda mi vida ha sido una mentira?
Fernanda guarda silencio por un momento ante tal cuestionamiento.
Fernanda: No pienses ahora en lo que te haya podido decir Emiliano. Todavía estás convaleciente y no es bueno que te perturbes.
Christian: Perturbado he vivido la vida entera. Mejor me hubiera muerto para librarme de una vez de esa maldita familia y de ti.
Fernanda: No digas eso. Tú eres mi adoración, mi orgullo. Yo no soportaría que algo te pasara, Christian. Me moriría.
Christian: Eso es lo que más me duele. Que en el fondo hubiera preferido ser hijo biológico de Emiliano y no tuyo que me abusaste por tantos años.
Fernanda siente como un puñal aquellas palabras.
Christian: ¿Y sabes una cosa? De ti me da más asco que hasta de él que solo me adoptó por interés. Tú eres peor porque salí de ti y me desgraciaste desde que era un niño.
Fernanda: ¿Cuándo vas a entender que solo te amo y quería lo mejor? Quería salvarte de este mundo tan lleno de pecado y de perdición. Quería evitar que cometieras los errores que yo cometí.
Christian: No te quiero escuchar. Vete y no vuelvas.
Fernanda: Christian, te lo imploro. No me saques así de tu vida.
Christian: (gritando) ¡Que te vayas, maldita sea!
Christian siente un leve dolor por el grito que pegó. Chela hace aparición en ese instante en la habitación.
Chela: Yo creo que es mejor que le haga caso a su hijo, señora.
Fernanda se sorprende al ver al ama de llaves y la mira con rabia.
Fernanda: ¿Tú qué estás haciendo aquí?
Chela: Don Emiliano me contó sobre el accidente que sufrió el joven y usted sabe el cariño tan grande que le tengo. No podía dejar de venir.
Christian: Qué bueno que viniste, nana. Eres la única persona a la que me interesa ver.
Chela: ¿Será mucho pedirle que nos dé un momento a solas, doña Fernanda?
Fernanda siente una gran ira que intenta contener y que expresa en sus ojos. Chela, sin embargo, no se deja intimidar.
Fernanda: Te veo luego, hijo. Recuerda que ante todo yo soy tu madre y aquí voy a estar siempre para ti.
Fernanda le da un beso en la frente al muchacho que siente un notable repudio. Luego se retira y cierra la puerta tras sí. Chela, con una sonrisa, se acerca a Christian y lo toma de las manos.
Chela: ¿Cómo te estás sintiendo, mi niño? Me moría de la angustia por saber cómo estabas.
Christian: Mal, nana.
Chela: (conmovida) Ay, mi niño.
Christian: Siento que ahora sí no vale la pena que siga vivo. Ya por fin entendí por qué Emiliano y Fernanda nunca me quisieron, y ya no sé si estaba mejor sin saber la verdad o si de plano no debí haber nacido.
Chela: (desconcertada) ¿De qué estás hablando? ¿Por qué te expresas así de feo de ti mismo?
Christian: ¿Tú sabías que Emiliano no era mi padre?
Chela se impacta ante tal pregunta.
Christian: Dime. ¿Tú sabías que el muy miserable solo me adoptó para quedarse con la fortuna de Gabriel, el que pensaba que era mi tío y que sí es mi papá?
Chela enmudece. Christian solo espera respuestas con la mirada llena de dolor.
INT. CASA DE LOS FONSECA – NOCHE
María José llega después de que una de las empleadas del servicio doméstico le abre. Paula justo viene bajando las escaleras haciendo resonar sus tacones.
Paula: ¡Por fin apareces, muchacha! Me tenías muy preocupada. ¿Dónde te metiste en todo el día? Ni a tu celular respondiste porque lo tenías apagado.
María José: (muy seria) Ahorita no tengo ganas de hablar contigo, madrina. Estoy cansada y me siento indispuesta.
Paula: (desconcertada) ¿Qué te pasa? ¿Por qué me hablas así?
La empleada se retira. Paula termina de bajar las escaleras.
Paula: Parecieras molesta por algo, no sé.
María José: ¿Debería tener motivos para estarlo?
Paula: Dímelo tú (Extrañada). ¿Qué te traes, María José?
María José: Pues sí, ¿sabes? Creo que lo pensé muchísimo y lo mejor es que termine con esta farsa antes de que empiece.
Paula: ¿A qué te refieres?
María José: Que no me voy a casar, madrina. Te voy a tomar la palabra y me devuelvo a España.
Paula se queda sumamente sorprendida al oír a su ahijada, quien muestra evidente molestia y decepción.
EXT. BAR – NOCHE
Benjamín ha llegado vestido con ropa casual a un bar donde se escucha música regional mexicana a todo volumen. Duda en entrar, pero recuerda el momento en que encontró a Juan prácticamente desnudo sobre María José y la forma tan amena en que los vio conversando.
Benjamín: (con cierto resentimiento) Si Juan puede meterse con quién se le dé la gana, ¿por qué yo no? Yo también soy un hombre. Me lo merezco. No soy ningún marica.
El joven decide entrar al bar. Hay varias personas allí conversando y bebiendo en las mesas. Parece tímido y algo perdido al tiempo que se acerca a la barra en la que hay una mujer madura, de unos cuarenta y cinco años, maquillada de forma extravagante, y cabello corto.
Rubí: ¿Nuevo por aquí o solo estás aburrido?
Benjamín la mira con seriedad, saca del bolsillo de la chaqueta unos billetes y los pone en la barra con cierta discreción.
Benjamín: ¿Con eso basta?
Rubí toma los billetes y observa con picardía a Benjamín, como si lo escaneara con los ojos.
Rubí: Claro, no está mal por la hora. ¿Prefieres por aquí cerca o en tu casa?
Benjamín: Por acá cerca está bien.
Rubí le sonríe y se levanta.
Rubí: Acompáñame.
La prostituta ingresa por un pasillo iluminado de luces rojas. Benjamín la sigue. Hay varias puertas en ese pasillo e incluso escucha gemidos fuertes de mujeres. En otra de las puertas, alcanza a escuchar lo que parece ser una pelea en la que una mujer ruega que se detengan. El joven traga saliva. Es un lugar sumamente pesado y de mala vibra. Rubí llega hasta a una habitación en particular, abre la puerta y lo invita a entrar.
Rubí: (pícara) Después de ti. No muerdo.
Benjamín entra aún algo indeciso. Ella ingresa después y cierra la puerta.
INT. / ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COCINA – NOCHE
Miguelito se encuentra lavando los platos, pero aún tiene una pila al lado que le falta. Jorge entra a la cocina con una imponente e intimidante presencia.
Jorge: ¿Todavía no terminas?
Miguelito: (tímido) Ya casi acabo, padrecito.
Jorge: ¡Padre Jorge! A mí no me hables con esas confianzas. Mira nada más todo lo que te falta.
Miguelito: Es que son muchos platos.
Jorge: Cualquier otro mocoso, cuando le toca la tarea de lavar la vajilla, se toma media hora mientras tú te demoras el doble. En definitiva te tengo que supervisar para que agilices o a lo mejor es que te hace falta otra lección.
Jorge jala al niño de una de las orejas.
Miguelito: (asustado) Deme una chance para acabar, padre. Le juro que no me demoro, pero no me vaya a pegar, por favor.
Jorge: Tú me obligas. Desde que llegaste a este orfanato, eres un mocoso rebelde que se salta todas las normas y cree que puede hacer lo que se le pega la gana, pero te equivocas.
Miguelito: Padre, eso me duele…
Jorge lo jala aun más fuerte de la oreja, pero al final lo suelta de mala gana.
Jorge: Todos merecemos un castigo. Tú no eres ni serás el único. Yo también sufrí muchos golpes de niño y aquí me ves. Ayer te advertí que hicieras lo que te correspondía en menos tiempo, pero parece que no entendiste y no me dejas opción, Miguel.
Jorge agarra un cucharón de metal grande colgado en la pared, al lado del fogón.
Jorge: Con esto sí vas a entender. Un castigo bien dado y te enderezas de una vez.
Miguelito retrocede muerto de miedo hasta que su espalda choca con el fregadero.
Miguelito: No me vaya a pegar más, padre, por favor.
El niño incluso tiembla, pero el hombre parece que no siente la más mínima compasión. Miguelito observa como si en él viera un auténtico monstruo de aquellos que los infantes tanto temen y justo cuando Jorge alza el cucharón dispuesto a arremeter físicamente contra el pequeño, es detenido por una firme voz.
Juan: ¡No se le ocurre ponerle una mano encima!
Jorge voltea y se sorprende al ver a Juan.
Miguelito: ¡Juan!
Miguelito corre aliviado a abrazarlo. Juan observa a Jorge con mucha seriedad, indignación y hasta rabia ante lo que acaba de presenciar.
CONTINUARÁ…
















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