Capítulo 6: Fides fracta
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
María José ya se encuentra terminando de hacer su maleta cuando, de repente, recibe un extraño mensaje en su celular colocado en la cama. Ella lo toma y lee algo que la deja pensativa. Es interrumpida cuando tocan la puerta un par de veces Paula entra. María José, al verla, se porta indiferente y cierra la maleta.
Paula: Entonces, ¿definitivamente te vas?
María José: Es lo mejor que puedo hacer.
María José baja su maleta de la cama y la pone en el piso mirando con firmeza a su madrina.
María José: No pienso quedarme en una casa llena de tantas arpías que se atacan entre sí, incluída tú.
Paula: ¿Es así como me agradeces haberte dedicado tantos años luego de la muerte de tus padres? ¿Vas a abandonarme así nada más?
María José: ¿Me lo estás echando en cara?
Paula: Jamás podría reprocharte nada, María José, pero pensé que por el lazo que nos une íbamos a estar juntas en todo.
María José: Yo también lo pensé, pero nunca me imaginé que resultaras ser una asesina, aunque me repitas que lo hiciste cuando eras joven. Las decisiones que tomamos, incluso a temprana edad, nos pueden costar el resto de la vida.
Paula: Está bien. Voy a sostener lo que te dije y no pienso retenerte conmigo. Eres libre de hacer lo que desees. Nada más recuerda que siempre vas a contar contigo.
María José no responde y sale de la habitación arrastrando su maleta. Paula frunce el ceño al quedarse a solas y luego dibuja una sonrisa de malicia.
Paula: Vamos a ver cuánto te dura la pataleta, Majito. No voy a permitir que me eches a perder los planes que llevo años preparando.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA – DÍA
Juan y el padre Chuy se encuentran en la oficina del segundo reunidos con cuatro niños, entre ellos Miguelito, sentados en varias sillas. Juan está de pie detrás de ellos, cruzado de brazos. El padre Chuy se encuentra sentado en su respectiva silla al frente del escritorio.
Chuy: Supongo que ya Miguel les contó a los demás la razón por la que los mandé a llamar, ¿no es así?
Los niños se miran con algo de miedo entre sí.
Juan: Es muy importante que nos digan la verdad, niños. Si alguien les ha hecho daño, necesitamos saber para poder protegerlos y evitar que siga pasando.
Chuy: Así es, además si lo que les asusta es que alguien los vaya a acusar, no se preocupen. Les doy mi palabra que nada malo les va a pasar.
Miguelito: Ya digan la verdad o si no el padre Jorge nos vas a seguir castigando feo.
Uno de los niños levanta la mirada.
Niño 1: La neta es que sí… A mí, el padre Jorge me pegó el otro día porque mojé la cama.
Chuy: ¿Qué te hizo?
Niño 1: Me dio un baño frío en la madrugada y me obligó a lavar toda la ropa sucia ese día hasta tarde.
Niño 2: A mí también me pegó con una correa mojada en las piernas y me dijo que si contaba algo, Dios me iba a castigar.
Juan, indignado, respira profundo y camina de un lado a otro.
Chuy: ¿En serio les dijo eso?
Niño 4: Incluso a mí me pegó bien fuerte con una regla en las manos delante de todos por no hacer mi tarea y hablar mucho en la clase.
Juan y Chuy se miran con preocupación. Minutos después, ambos se quedan a solas. Juan se ve notablemente molesto.
Juan: Esto es inaudito, padre. Lo que ese tipo ha hecho es un crimen. Hay que llamar a la policía.
Chuy: Entiendo cómo te sientes, Juan, pero debemos actuar con prudencia y no hacer de esto un escándalo.
Juan: ¿Y qué tal si el muy sinvergüenza sigue haciendo lo mismo?
Chuy: Yo me voy a encargar de suspenderlo de sus actividades cotidianas en el orfanato hasta nuevo aviso y voy a elevar el asunto a la diócesis de inmediato.
Juan: Perdóneme, padrecito, pero me parece que está siendo muy blando. Por evitar escándalos es que tantos otros miserables que dicen ser curas han hecho cosas tan horribles como hasta llegar al abuso sexual.
Chuy: Por fortuna, Jorge no ha caído en semejante agravio.
Juan: Puede caer. El muy infeliz tuvo hasta el descaro hasta de insinuárseme.
Chuy: (impactado) ¿Cómo se te insinuó?
Juan: Lo que acaba de oír. Me dijo muy cínicamente que hasta podría caer en tentación conmigo y de no ser porque usted llegó en ese momento, le hubiera partido la cara.
Chuy: Juan, muchacho, no puedes ser tan impulsivo y menos ahora a puertas de tu ordenación. La violencia no resuelve nada.
Juan: ¡Es que me da coraje! Lo peor es que…
Chuy: (extrañado) ¿Qué ocurre? ¿Por qué te quedaste callado?
Juan no responde y suelta una bocanada de aire.
Chuy: Creo que lo de Jorge no es lo único que te tiene preocupado. ¿Me equivoco? Hay algo más que te tiene inquieto y te conozco.
Juan: Pues sí que me conoce muy bien.
Chuy: Tú sabes muy bien el cariño tan inmenso que te tengo, Juan. Claro que te conozco y también sabes que puedes confiarme todo. ¿Qué te tiene así?
Juan: Es Benjamín.
Chuy: ¿Qué pasa con él?
Juan: Benjamín… (Hace una pausa con algo de incomodidad) Benjamín me confesó que está enamorado de mí.
El padre Chuy se sorprende al escucharlo.
Juan: Incluso, el otro día, cuando estábamos solos en el baño me besó así nada más y traté de hacerle entender que no le puedo corresponder.
Chuy: (preocupado) Vaya, eso sí que es grave.
Juan: Me sentí como un menso sin saber qué más decirle, me hice bolas con las palabras y me partió el alma.
Chuy: (pensativo) Me puedo imaginar.
Juan: El caso es que Jorge nos vio y con eso me chantajeó anoche para que no lo acusara. Quiso decir que yo andaba de inmoral con Benjamín cuando no es cierto y por eso se lo estoy contando de una vez a usted para que luego el tipo ese no ande de vieja chismosa.
Chuy: Muy bien, ya me conteste lo que pasó, pero ahora dime tú. ¿Qué sientes con todo esto?
Juan se queda pensativo unos segundos.
Juan: Benjamín es mi mejor amigo, es como un hermano para mí. Le tengo un gran aprecio. Es solo que con esa confesión me siento bien raro por dentro, como si se me hubiera quebrado algo, no sé…
Chuy: ¿Te escandaliza que él sea homosexual?
Juan: Tanto como escandalizar, no, pero no lo esperaba de él y me duele porque sé que está sufriendo. Empezó a jalarle a la bebida y anoche llegó borracho. Hasta me confesó que venía de… (Hace una pausa) De acostarse con una mujer “dizque” para sentirse más hombre.
Chuy frunce el ceño y entrelaza los dedos de las manos sobre el escritorio.
Juan: ¿Qué puedo hacer para ayudarlo, padre? No quiero que eche a perder su vida por mi culpa.
Chuy se levanta de su silla y se acerca para ponerle una mano en el hombro.
Chuy: Te entiendo, muchacho y ante todo tienes que saber que no es tu culpa lo que él está sintiendo por ti.
Juan: Entonces ¿por qué me duele tanto?
Chuy: Porque lo quieres con un cariño genuino de hermano, de amigo, como tú mismo me acabas de decir y te sientes impotente por no poder hacer más. Déjame que sea yo quien maneje la situación.
Juan: No lo vaya a suspender. Yo sé que ya rompió sus votos, pero todavía tiene chance de confesarse y de rectificar lo que hizo.
Chuy: (sonriéndole) No te preocupes. No voy a suspenderlo, pero creo que sí necesita un guía que lo ayude y lo aconseje antes de que termine haciendo algo peor. Yo hablaré con él. Te lo prometo.
Juan le sonríe en señal de agradecimiento y sintiéndose un poco más tranquilo.
EXT. PARQUE – DÍA
María José llega a un parque donde al parecer la espera alguien más sentado en una banca. Ella aún arrastra su maleta y se sienta al lado de aquella persona mirando hacia al frente con seriedad.
María José: Quiero que sepas que si acepté reunirme contigo fue para pedirte que por favor ya dejes de molestar enviándome mensajes.
Michael es aquella persona que la acompaña y su rostro se enfoca mostrando una expresión de decepción al oírla.
Michael: ¿Vas a decirme que ya tan pronto me olvidaste?
María José se queda en silencio.
Michael: Porque no te creo y no pienso creerte hasta que me lo digas mirándome a los ojos. Más bien reconoce que viniste porque me amas tanto como yo te amo, María José.
Michael intenta tomarla de las manos, pero ella se las aparta.
María José: Por favor, Michael. Terminamos hace ya tiempo y lo que tuvimos quedó en el pasado. Ya hablamos lo que teníamos que hablar.
Michael: ¿Vas a seguir dejándote manipular por tu madrina?
María José baja la cabeza al escuchar tal pregunta.
Michael: Porque a mí no me puedes mentir. Yo sé muy bien que nunca fui de su agrado. Varias veces me lo hizo saber. Desde que terminé mi beca en España, siempre me he preguntado por qué me terminaste así tan de la nada, sin motivos. Hasta me bloqueaste de tus redes.
María José: Pero veo que ni aun bloqueándote, pude impedir que me siguieras la pista. Me has estado escribiendo desde un perfil falso.
Michael: Porque no te he podido olvidar, pero siempre respeté tu decisión y jamás te acosé ni mucho menos, y ahora que estás aquí, no puedo desaprovechar la oportunidad de que hablemos como debe ser.
María José: Ya entiéndelo, Michael, por favor y si solo me citaste para seguirme importunando, lo mejor es que me vaya. Déjame en paz de una buena vez.
María José, con su típico carácter fuerte, se pone de pie. Michael también se levanta para detenerla.
Michael: Espera, María José. No te puedes ir todavía.
María José: Déjame. Me voy a regresar a España y solo quise dejarte claras las cosas una vez más.
Michael: Me falta que hablemos de algo mucho más importante que de nosotros, así que escúchame.
María José lo mira con suspicacia.
María José: ¿De qué se trata?
Michael: Siéntate. Voy a mostrarte algo.
María José, aunque poco convencida, cede a la petición de exnovio y vuelve a tomar asiento junto con él en la banca. Michael saca de su bolso una tablet y la enciende.
María José: ¿Qué me vas a mostrar?
Michael: ¿Recuerdas cuando me pediste que investigara un poco sobre el accidente de tus padres? Me dijiste que no lo recordabas y solo lo supiste por boca de tu madrina.
María José: (extrañada) Sí. De hecho, hasta el día de hoy, hay muchas cosas que no recuerdo de esa época. Es como si se me hubieran borrado los recuerdos, pero no entiendo a qué viene ahora eso.
Michael: Luego de que me terminaste, quise contactarte de muchas formas, pero no lo logré. Necesitaba decirte que, en efecto, había logrado investigar algo mientras hacía mis prácticas con la policía y encontré información.
María José: ¿Qué información?
Michael: Es algo fuerte, María José. ¿Estás segura de que lo quieres saber?
María José: Debe ser importante para que me citaras, así que habla. ¿Qué encontraste?
Michael guarda silencio durante un par de segundos. María José se preocupa.
María José: (exasperada) Habla ya, Michael.
Michael le pasa la tablet a la joven, quien comienza a ver una serie de archivos digitalizados y un reporte policial.
María José: ¿Qué es esto?
Michael: Léelo con atención.
María José comienza a leer aquellos archivos deslizando el dedo por la tablet y niega con la cabeza al tiempo que un vacío la invade en el pecho.
María José: (exaltada) No puede ser…
María José siente que se le corta el aire y los ojos se le comienzan a llenar de lágrimas mientras sostiene aquella tablet.
Michael: (muy serio) Yo sé que siempre pensaste que la muerte de tus padres había sido un accidente, pero ahí tienes las pruebas, María José. Ellos murieron asesinados o por lo menos tu papá. Tu mamá…
Michael se detiene en ese instante. María José deja caer la tablet e incluso comienza a temblar.
María José: Esto no puede ser. Mis padres murieron en un accidente de coche. Mi madrina me lo dijo, Michael. ¡Tiene que ser un error!
Michael: Lo siento mucho.
María José rompe a llorar sin poder dar crédito a lo que acaba de descubrir. Michael la ve con lástima y con algo de indecisión, la abraza para consolarla. María José se suelta al llanto.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA – DÍA
El padre Chuy se encuentra en su oficina hablando por teléfono.
Chuy: Claro que sí, monseñor. Voy a tenerlo en cuenta y de nuevo le agradezco por haber atendido mi llamada (Pausa). Entiendo. Voy a enviarle por escrito de inmediato el reporte documentado. Como bien sabe, es una situación delicada que no se puede esconder debajo de la alfombra…
De repente, tocan la puerta.
Chuy: Debo dejarlo. Creo que justo acaba de llegar. De nuevo, gracias. Dios lo bendiga.
Chuy cuelga el teléfono poniéndolo sobre la base.
Chuy: Adelante.
Jorge entra a la oficina con la mirada altiva.
Jorge: ¿Me mandó a llamar, padre Jesús?
Chuy: Sí. Cierre la puerta y tome asiento, por favor.
Jorge cierra la puerta y se sienta frente al escritorio con su típica e impasible seriedad.
Jorge: Muy bien. Usted dirá. ¿Por qué quería verme?
Chuy: Para informarle que ya hice las averiguaciones pertinentes sobre la situación de anoche y pude confirmar que las acusaciones, con mucha decepción me temo, resultaron ser ciertas.
Jorge guarda silencio mirándolo con muchísima seriedad.
Chuy: No hay duda de que usted ha cometido actos de abuso psicológico y físico contra varios niños de este orfanato, cosa que me parece inaceptable.
Jorge: ¿Tiene pruebas acaso?
Chuy: Usted me conoce y sabe que no voy a actuar porque sí. Los testimonios de los niños coinciden.
Jorge: ¿Y se atreve a creerles a una partida de mocosos, manipulables, que podrían decir cualquier cosa con tal de llamar la atención?
Chuy: (molesto) ¡No se atreva, padre! Conozco a los niños mejor que a nadie. Los he acompañado durante años y supe leer bien el miedo en sus ojos cuando hablaban. Usted los ha golpeado y los ha amenazado con ridículos castigos divinos si no lo acusaban.
Chuy voltea la laptop en la que hay una serie de videos, que son grabaciones de las cámaras de seguridad. En dichos videos, se ve a Jorge tomando con brusquedad a niños del brazo y empujándolos de mala gana.
Chuy: Incluso en estas grabaciones yo mismo vi que usted se ha portado con muchos de ellos de forma violenta. ¿Y todavía se atreve a llamarlos mentirosos en mi cara?
Jorge: Creo que usted no lo entiende, padre. Lo que usted llama abuso es una manera de evitar que esas pobres criaturas se pierdan por la rebeldía y el pecado. ¡Es un acto de amor!
Chuy: No tergiverse las cosas. El abuso físico no tiene cabida en este orfanato y mi intención cuando yo lo fundé fue salvar a tantos niños abandonados y maltratados de las calles. Yo creo en la reeducación y el maltrato solo genera más violencia, pero usted faltó a ese principio.
Jorge: Todo esto es por Juan de La Cruz, ¿no?
Chuy: No meta a Juan en esto. Más bien él tiene tiene razón cuando dice que usted es un sinvergüenza que no siente ni el más mínimo remordimiento por lo que hace.
Jorge: Juan no se queda atrás. Es un joven libidinoso que anda cometiendo actos homosexuales y aberrantes, con Benjamín. Yo mismo los vi. ¿Y ahora me juzga como si fuera yo el más vil de los pecadores?
Chuy: Juan ya me explicó lo que pasó con Benjamín y de eso me encargo después. Por lo pronto, ya elevé el caso a la diócesis y mientras analizan la situación, usted estará suspendido de sus labores eclesiásticas.
Jorge: No puedo creer que me esté haciendo esto, a mí, que tanto he hecho por este orfanato desde que lo fundamos.
Chuy: Este orfanato lo fundé yo con el dinero que me heredó mi familia y ni siquiera así es mío. Es de la iglesia y de los niños que lo conforman. Además, no voy a hacerme el de los oídos sordos ignorando el daño que hizo.
Jorge: Definitivamente usted no es más que una cobra venenosa que solo esperaba el momento para clavarme el puñal por la espalda, pero se va a arrepentir de esto, padre Jesús.
Jorge se levanta furioso de la silla.
Jorge: ¡Tanto usted como Juan de La Cruz se van a arrepentir y van a pagar las consecuencias por haber dañado mi reputación de esta manera!
Jorge se da media vuelta, abre la puerta y la cierra con brusquedad, marchándose de la oficina. Chuy se santigua.
INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA
Emiliano se encuentra terminando de firmar unos documentos sentado al frente del escritorio. Tocan la puerta en ese instante.
Emiliano: Adelante.
Grettel entra y cierra la puerta tras sí al tiempo que sostiene una carpeta en las manos y no saluda. Tan solo se acerca al escritorio y pone la carpeta allí.
Grettel: Es el reporte que me pidió junto con el estudio de mercadeo para la reunión de mañana. Terminé desde anoche, pero me faltaba organizar unas cosas. ¿Necesita algo más?
Emiliano la mira con suspicacia y deja la pluma a un lado.
Emiliano: ¿Sabe que sí? Quiero que me responda por qué actúa con tanta naturalidad como si no hubiera pasado nada anoche.
Grettel sonríe y enarca una ceja.
Grettel: Porque para mí no pasó nada, licenciado.
Emiliano se levanta de su sillón y se acerca a ella para acorralarla contra el escritorio, sin tocarla aún.
Emiliano: ¿Ah, no? ¿Entonces por qué me besó así, tan fogosa? ¿Qué fue eso? ¿Un accidente de oficina?
Emiliano la toma del mentón.
Emiliano: ¿Cuál es su jueguito, Grettel? Porque si se me pega la gana, la puedo poner de patitas en la calle ahorita mismo y me busco otra secretaria a ver si deja de creerse irresistible.
Grettel se sienta en el escritorio y esboza una sonrisa que demuestra provocación.
Grettel: ¿De veras me va a correr por no rogarle? Porque a mí no me da miedo quedarme sin trabajo. Tengo experiencia, carisma y la preparación suficiente para conseguir un puesto incluso mejor que este.
Grettel se inclina a él jugándole con la corbata.
Grettel: Yo ya le dejé muy claro que no soy como las otras, licenciado. A mí no me deslumbra una oficina bonita ni un apellido, así que…
Grettel se baja del escritorio y camina hacia la salida ante la mirada seria de su jefe que denota intriga como también molestia.
Grettel: Hágalo y despídame si es capaz. Usted se consigue otra secretaria facilota y yo me consigo un mejor trabajo. Con su permiso.
Grettel le guiña un ojo de forma sensual y sale de la oficina. Emiliano se queda frustrado una vez más al ver que no ha logrado seducirla como esperaba.
INT. CASA DE LAS GÓMEZ – NOCHE
Ha caído la noche. Juan se encuentra visitando a Martha. Ella le entrega una caja de zapatos, envuelta con papel decorativo y él la recibe con una sonrisa.
Juan: ¡Ah, caray! ¿Y esto? ¿Ahora también me vas a vestir?
Martha: (riendo) Es un regalito, mijo. Te lo estaba guardando para que te veas decente el día de tu ordenación. El padre Chuy ya me contó en la misa de hoy que te vas a ordenar pronto y no te vas a ordenar con esos zapatos que ya piden misericordia.
Juan: (bromeando) ¿Y qué tienen mis zapatos? Me puedo ordenar descalzo como San Francisco de Asís.
Martha: No te pases. Tú ni a San Pancracio te pareces. Mejor anda y ábrelos de una vez.
Juan: Pues veamos.
Juan pone la caja en la mesa del comedor, rasga el papel y la abre sacando unos clásicos zapatos negros. Él sonríe con una mezcla de gratitud y alegría.
Martha: ¿Qué tal? ¿Te gustan?
Juan: Claro que me gustan. Están bien padres y además son de mi talla.
Martha: Ay, pues qué bueno. Estaba preocupada con que no te fueran a quedar.
Juan: Gracias, Martha, en serio. Tú siempre has sido lo más parecido a una mamá que he tenido.
Martha: Porque lo soy, no de sangre, pero sí del corazón, mijo. Conmigo siempre vas a poder contar y no sabes cómo me llena de orgullo que te vayas a ordenar sacerdote.
Juan: Gracias, de verdad. De no ser por ti que me apoyaste tanto y por el padrecito Chuy, quien sabe en qué hubiera parado sin mi padrino (Esboza su sonrisa).
Juan la abraza de una forma muy especial y ella le corresponde muy conmovida.
Juan: Te quiero mucho.
Martha: Y yo a ti, aunque a veces me saques canas con tus ocurrencias.
De repente, la puerta se abre de golpe. Grettel entra cargando un par de bolsas de un mandado.
Grettel: ¡Hola, hola! ¿Que se andan repartiendo abrazos y yo ni enterada?
Juan y Martha se separan del abrazo.
Martha: ¿Cómo la ves, hija? Juan nos hizo el milagrito de venir a visitarnos.
Grettel: Pues sí que es un milagro porque hacía rato no venía por aquí y qué poca de tu parte, Juan. Nos tenías bien olvidadas.
Juan: Hasta los mortales tenemos que hacer apariciones de vez en cuando.
Grettel: (riendo) Tú siempre tan latoso. Ven y ya dame mi abrazo a mí también.
Grettel pone las bolsas del mandado sobre el sofá y se une en un abrazo con el joven. Martha observa con una sonrisa.
Grettel: ¡Ay, no sabes cómo extrañaba estos abrazos de oso tuyos!
Juan: ¿Nada más mis abrazos?
Grettel: (riendo) Y a ti, claro.
Juan: Yo también las extrañaba mucho a las dos.
Ambos se separan de su abrazo.
Juan: Y sí tengo que confesar que las tenía muy abandonadas, así que me declaro culpable.
Martha: Pues ya estás aquí y esa culpa se remedia con cena. No te vas a ir sin comer.
Juan: No te molestes, Martha. Yo me como algo en el orfanato.
Martha: ¡Nada de eso! Además, tengo que hacerte una cena especial para celebrar que ya casi eres cura. Déjame que te atienda al menos hoy.
Grettel: (sorprendida) ¿De verdad? ¿Te vas a ordenar al fin?
Juan: Sí, Grettel. Hace unos días llegó la carta del monseñor con los nombres de los diáconos que se van a ordenar y ahí estaba el mío, aunque no te creas. Ando bien nervioso.
Grettel: Ay, qué bueno. Me da muchísimo gusto por ti. Estoy segura de que vas a hacer un gran trabajo.
Martha: Sí y por eso es que te tienes que quedar a comer con nosotras.
Grettel: Mi mamá tiene razón, Juan. No te puedes ir sin probar una de sus especialidades.
Juan suelta un suspiro fingido de resignación.
Juan: Bueno, pues ya que insisten, no tengo de otra, pero que conste que como me pongan a rezar antes de comer, salgo corriendo, eh. Conste.
Martha: Ay, qué exagerado. Por andar de quejumbroso vas a ver cómo te pongo a lavar los platos.
Juan: Ya sabía yo que me iba a venir penitencia.
Todos ríen en medio de un ambiente lleno de calidez en aquella humilde casa. Grettel, de forma disimulada, mira de forma especial a Juan, quien parece ajeno a ello.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – NOCHE
Paula se encuentra en bata frente al tocador y se aplica crema hidratante en los brazos. De repente, María José entra a la habitación sin tocar y la mujer la ve en el reflejo del espejo, por lo que se levanta sorprendida.
Paula: ¡María José! Volviste…
María José parece tener los ojos hinchados luego de haber llorado y tiene una expresión llena de tristeza.
Paula: (preocupada) ¿Qué te pasa, mi amor? ¿Por qué estás así?
María José: (en un hilo de voz) ¿Por qué me mentiste?
Paula: (desconcertada) Creo que ya te lo expliqué anoche y las razones que tuve.
María José: ¡Estoy hablando del supuesto accidente en el que murieron mis padres!
Paula desencaja un poco el rostro al oírla.
María José: Quiero que me digas lo que sabes. ¡Quiero que me digas la verdad de una buena vez y dejes de mentirme en la cara!
Paula: No entiendo, María José. Tú bien sabes que fue un accidente horrible. Los frenos no respondieron. ¿A qué viene esto ahora?
María José: ¡A que me dijiste una mentira! Una más grave que el hecho de haber matado a tu hermano. El accidente nunca existió, así que habla ya y deja de mentirme, madrina. Te lo ruego (Rompe a llorar). Dime qué pasó en verdad con mi mamá y mi papá. Dímelo.
Paula se pone seria y traga saliva evitando mirar a la joven, dándole la espalda.
Paula: ¿Recordaste algo?
María José: Es lo que quiero saber. Tengo recuerdos muy confusos que necesito confirmar.
Paula respira hondo, se lleva una mano al pecho y vuelve a encarar a su ahijada.
Paula: Tú estabas muy pequeña cuando fuiste víctima de un secuestro a la salida de la escuela.
María José: ¿Un secuestro?
Paula asiente con la cabeza. Escenas difusas y confusas se enfocan a medida que ella narra.
Paula: Llamaron a tus padres para pedir rescate. Tal parece que los secuestradores llevaban días vigilando a la familia y tu papá era gerente de un banco, tú lo sabes. Era objetivo fácil de extorsiones por parte de esos delincuentes.
María José toma asiento en una butaca cercana y escucha con atención.
Paula: Incluso lo amenazaron con matarte si llamaba a la policía, pero a último momento, tu mamá… (Se detiene)
María José: ¿Qué hizo mi mamá?
Paula: Tu mamá lo convenció de pedir ayuda. Tuvieron miedo de que esos tipos te hicieran algo, se quedaran con el dinero y no cumplieran con su palabra, así que llamaron a las autoridades para denunciar. Querían salvarte, pero todo salió mal…
María José: ¿Qué pasó?
Paula: Tu papá fue al encuentro donde iban a hacer el intercambio. Había policías encubiertos y no me preguntes bien porque eso no lo sé, pero los secuestradores supieran que eran una trampa y…
María José: (desesperada) ¿Y qué, madrina? ¡Habla!
Paula: Hubo un tiroteo. La policía intervino y tu papá quedó en medio. Fue impactado por las balas.
María José comienza a ver flashes de recuerdos: luces, gritos, hombres armados, su padre sangrando en el piso.
Paula: Tú estabas amordazada en la parte de atrás de una camioneta y según los testimonios de unos policías, viste todo desde una rendija.
María José se cubre la mano con la boca llorando.
Paula: Después… (Hace una pausa) Después de eso, tu mamá no volvió a ser la misma y se sintió terriblemente culpable. Cayó en depresión de una forma muy parecida a mi mamá cuando supo que mi papá la engañaba. Quise animarla muchas veces. Era mi comadre y estuve ahí con ella para darle mi apoyo, pero no fue suficiente…
Paula solloza de forma hipócrita al mirar al vacío como si esos recuerdos pasaran frente a ella como una película.
Paula: Meses después, tomó la decisión de quitarse la vida…
María José cierra los ojos y su respiración se agita. Ve la imagen difusa de su madre colgando en la sala, los pies suspendidos. Ella, de niña, entra con un peluche en la mano y grita desgarrada al encontrarse con semejante escena.
Paula: Fuiste tú de hecho quién la encontró y me llamó llorando. De solo acordarme de tu vocecita, asustada, llena de terror, se me pone la piel helada… Corrí de inmediato al departamento y te encontré, en un rincón, en shock…
María José siente que se ahoga en su propio llanto. Llora como una niña desconsolada. Paula también gimotea.
Paula: Eran demasiadas cosas fuertes para ti y en tan poco tiempo. Por eso bloqueaste esos recuerdos y tuviste que ser medicada por la ansiedad que te provocó lo que viviste.
María José incluso tiembla.
Paula: Fueron muy momentos muy duros. Demoraste en recuperarte por completo y cuando me preguntabas por tus padres, solo pude decirte lo menos fuerte que se me ocurrió…
María José: (llorando) Papás… Papitos…
Paula se pone de pie y se acerca a ella para intentar consolarla.
María José: ¿Cómo pudiste ocultarme todos estos años algo tan grave? ¿Cómo, maldita sea?
Paula: Quería protegerte, María José. Habías borrado tus recuerdos y no podía volver a desenterrar algo que te provocó tanto dolor.
María José se pone de pie sumamente mal.
María José: Yo siempre pensé que el accidente había sido eso, un accidente, una tragedia, pero no. Me entero que fue mucho peor de lo que pensaba.
Paula: Si callé, no fue por mal. No quería que sufrieras o que entraras en otra crisis.
María José: ¡Eran mis papás, madrina! Debía saberlo sin importar qué, pero me doy cuenta que siempre me has visto como una débil y una idiota a la que puedes enredar con cuentos como si fuera una niña.
Paula: Por favor, mi princesa…
María José: No me digas ya nada. Con esto provocaste que terminara de perder la poca confianza que todavía tenía en ti. Creo que ahora sí ya no tengo qué hacer aquí.
Paula: María José, espera. No te puedes ir así.
María José: ¡Déjame!
María José sale apresurada de la habitación. Paula decide no seguirla, pero al ver que la joven se ha ido, en medio de sus lágrimas, dibuja una sonrisa llena de perversión. María José, entretanto, sale de la casa. Chela, quien justo venía llegando, la ve y se queda extrañada.
Chela: (intrigada) ¿Qué le pasó a esa muchacha?
EXT. BARRIO/CALLES – NOCHE
Juan camina junto con Grettel a paso lento por la acera. Hay varias personas en la calle a esa hora todavía y algunos comercios abiertos.
Juan: Esta calle de por aquí me trae recuerdos de cuando éramos niños y jugábamos. ¿Te acuerdas? En la esquina de allí siempre comíamos elotes.
Grettel: (sonriendo con nostalgia) Claro que me acuerdo y siempre era yo la que te lo compraba porque tú no traías lana.
Juan: ¿De dónde la iba a sacar? Vivía en el orfanato y no tenía padres que me dieran domingo.
Grettel: Mi mamá tampoco tenía para darme domingo. Éramos bien pobres y lo poco que me daba me gustaba compartirlo contigo en los recreos cuando estudiábamos en la escuela del orfanato.
Juan: Sí, siempre fuiste muy buena onda conmigo.
Grettel: (sonriendo pícara) Más que buena onda, lo hacía porque me gustabas, Juan. ¿O que ya se te olvidó que te pedí que fueras mi novio?
Juan: (riendo) ¿Cómo olvidarlo? Si hasta fuiste la primera que me robó un beso.
Grettel: (riendo) Porque eras bien tímido y yo andaba como loquita detrás de ti. Ay, qué tiempos… (Suspira y baja la mirada)
Juan: ¿Y de veras si te gustaba tanto o era puro capricho?
Grettel: Por supuesto que me gustabas. Si hasta te mandé un par de cartas y me soñaba con que nos casáramos de grandes o que pudiéramos tener algo serio, pero tú andabas con eso de irte al seminario y yo, pues, respeté tu decisión. Incluso pensé que me lo decías nada más para que me alejara de ti porque ya te tenía harto.
Juan: Para nada, nunca te mentí con respecto a eso y tampoco me tenías harto. Yo también te confieso que sí me vi teniendo novia como otros chavos de esa edad y tú me inspirabas algo bonito, solo que…
Los dos llegan hasta una esquina, dejan de caminar al mismo tiempo y quedan frente a frente.
Juan: El llamado que sentí fue más fuerte. Tenía la necesidad de ayudar, de servir, de darme a los demás y hasta de predicar.
Grettel: ¿Y no crees que todo eso lo hubieras podido hacer sin convertirte en sacerdote? Digo, no sé tanto sobre la iglesia, pero hay laicos que predican sin ser religiosos.
Juan: Mi llamado iba más allá, Grettel. Quizá te suene raro, pero es algo sobrenatural que te nace desde muy adentro.
Grettel: ¿Nunca has dudado?
Juan: (esbozando una sonrisa) Sí, claro. Varias veces me lo he preguntado y dudo si voy a ser buen sacerdote, pero termino volviendo a ese mismo llamado y es ahí donde sé que estoy haciendo lo correcto.
Grettel guarda silencio durante un par de segundos y le sonríe.
Grettel: Pues te deseo de corazón lo mejor, Juan. Cualquier cosa que hagas, sé que lo harás muy bien.
Juan: Gracias, Grettel.
Los dos se unen en un abrazo cálido. Grettel, a sus espaldas, cierra los ojos como queriendo quedarse así más tiempo. Cuando se separan, él le sonríe.
Juan: Bueno, ya me acompañaste lo suficiente. De aquí a una esquina tomo el camión hasta la estación del metro.
Grettel: Está bien. Cuídate mucho y a ver si por fin te animas a comprarte un celular. Podríamos comunicarnos más fácil.
Juan: Ya sabes que no me acostumbro y ya de por sí lidio con la computadora, pero te prometo que te voy a visitar más seguido. Y salúdame a tu mamá, que prometió postre al final de la cena y nunca cumplió.
Grettel: (riendo) Yo le digo que te lo lleve al orfanato.
Juan se aleja calle abajo. Grettel esboza su sonrisa y se queda viéndolo con los brazos cruzados.
Grettel: Ay, Juan… Verte me hace darme cuenta que todavía me gustas y mucho. Por ti hasta sería capaz de renunciar a esta condenada codicia mía, pero ya tengo otros objetivos…
Grettel, endurece un poco el rostro, se da la vuelta y toma el camino de regreso a su casa.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – NOCHE
Benjamín entra a su habitación a oscuras, pero al encender la tenue luz de la lámpara, se encuentra a Jorge, quien miraba la lluvia caer por la ventana.
Benjamín: (molesto) ¿Qué está haciendo aquí?
Jorge voltea a verlo con seriedad.
Jorge: ¿Dónde estabas anoche? Vine a buscarte y no te encontré.
Benjamín: ¿Para qué quiere saberlo? Que yo sepa, no le debo explicaciones.
Jorge se acerca y toma el rostro del joven entre sus manos.
Jorge: No estoy de humor para escuchar tus irreverencias. Vine para que me hagas olvidar de todo como solo tú lo sabes hacer. Quiero sentirme deseado y sometido para olvidarme de esta vida doble que llevo.
Jorge le mete la mano por debajo del pantalón. Benjamín se exalta, pero siente un profundo asco.
Jorge: Quiero que me hagas tuya. Quiero sentir tu hombría…
Jorge está a punto de besarlo. Benjamín se aparta de mala gana.
Benjamín: Váyase. Yo tampoco estoy de humor.
Jorge: Rechazarme no es una opción. Recuerda lo que hay de por medio. Juan de La Cruz me las debe porque por su culpa me suspendieron acusado de puras calumnias y solo me estoy conteniendo para no destruirlo por ti.
Benjamín: Bien merecido se lo tiene y yo podría añadirle un motivo más a su suspensión cuando grite a los cuatro vientos que se cree mujer.
Jorge: No serías capaz.
Benjamín: Yo, a diferencia de usted, no tengo nada que perder. Total, ya lo suspendieron y ya que está tan interesado en saber dónde estaba anoche, no me parece mala idea contarle que estaba cogiéndome a una mujer de verdad, no a un prospecto de travesti como usted.
Jorge siente una gran furia al oírlo y lo toma con brusquedad del mentón.
Jorge: ¿Cómo te atreves, malnacido?
Jorge lo abofetea fuertemente.
Jorge: (furioso) ¡Desgraciado!
Jorge lo empuja al piso fuera de sí.
Benjamín: ¡Eso! Sígame golpeando y haga un escándalo para que todos se enteren. Yo no tengo problema. ¡Siga!
Jorge: (respirando agitado) Te va a costar muy caro tu humillación.
Benjamín: (burlesco) Usted mismo se humilla y se ve patético cuando se pone su lencería para sentirse femenina, pero no es más que un frustrado sexual. ¿Escuchó? ¡Un pervertido!
Jorge: ¡Cállate!
Jorge, fuera de sí, lo agarra de la ropa con una fuerza descomunal y lo tira a la cama para lanzarse encima de él. Benjamín intenta quitárselo de encima y ambas empiezan a forcejear. Jorge lo retiene de las muñecas.
Benjamín: ¡Déjeme o le va a pesar porque voy a gritar para que todos se enteren!
Jorge: ¡Hazlo! ¡Grita! Pero te juro que me voy a encargar de hundirte. ¡Me voy a encargar de divulgar las fotos y los videos que tengo de ti besándote con Juan!
Benjamín se ve acorralado y deja de forcejear al oírlo. Jorge se burla.
Jorge: No contabas con eso, ¿verdad? Podré estar viejo, pero tengo mi astucia y no iba a desaprovechar el momento de grabarte junto con ese infeliz para usarlo en el momento preciso.
Benjamín: ¡No se atreva a hacerle daño a Juan!
Jorge: Depende de ti. El imbécil será suspendido así como me suspendieron a mí y no se va a poder ordenar. Va a terminar odiándote y sintiendo repudio por ti, tanto o más del que tú sientes por mí.
Benjamín lo mira lleno de rabia.
Jorge: Hasta se me ocurre acusarte de que fuiste tú quien me envió a tomarle esas fotos. Con eso te terminaría odiando peor. ¿Es lo que quieres?
Benjamín, lleno de impotencia, deja de forcejear y lo escupe.
Benjamín: ¡Púdrase!
Jorge: (riéndose) Hoy voy a ser yo el que te va a escupir, pero en otro lado.
Jorge, de forma brutal, le desabotona la camisa rápidamente e incluso algunos botones salen volando. Benjamín siente rabia contenida y asco al sentir la lengua del hombre lamiendo su pecho de una forma enfermiza mientras lo retiene de las muñecas.
Jorge: (desabrochándose el cinturón) Esta noche, el prospecto de travesti vas a ser tú. ¿Escuchaste? ¡Te voy a hacer tragar tus palabras!
Jorge, con destreza y rapidez, le quita el pantalón junto a la ropa interior para luego ponerlo bocabajo y ensalivar sus dedos como lubricante. Benjamín se siente destrozado cuando empieza a sentir cómo el hombre entra en él de forma brutal. El joven muerde la sábana y los ojos se le llenan de lágrimas al sentirse tan agraviado e impotente. Incluso gime adolorido, pero se contiene.
INT. DEPARTAMENTO – NOCHE
Paula reposa acostada sobre una cama, desnuda, tan solo cubriéndose el busto con la sábana. Michael se encuentra a su lado, sin camisa, prendiendo un cigarrillo y con el cabello algo despeinado.
Paula: (riendo) Todo salió mejor de lo esperaba.
Paula le quita el cigarrillo y fuma también.
Michael: ¿No te da tantito de remordimiento? Es tu ahijada, ¿no?
Paula: Es una carta que no quería utilizar, pero me vi obligada dadas las circunstancias. María José estaba a punto de echarme todo a perder. Además, tú fuiste su novio y todavía le haces creer que la amas a no ser que sea a mí a la que estés engañando.
Michael: ¿Cómo crees, Paula? No te niego que María José es bonita, pero aquí la que me prende eres tú. Las maduritas siempre han sido mi debilidad.
Michael la toma del mentón y la besa. Paula lo mira con picardía.
Paula: Yo por mi parte prefiero más un hombre que me sea fiel y los muchachitos como tú a veces no me dan tan buena espina.
Michael: ¿Y a poco no te he demostrado que lo soy? Desde que María José me presentó contigo, te he sido fiel y no me volví a acostar con ella después de que te conocí.
Paula: (pensativa) Nada más digo.
Michael: Aquí entre nosotros, ¿tú no habrás tenido nada que ver con ese secuestro en el que mataron al papá de María José?
Paula: No seas imbécil. ¿Me crees una sicaria?
Michael: Solo preguntaba. Casos bien raros he visto en lo que llevo como detective. Además, ese caso en particular estuvo bien raro. Incluso los dos secuestradores que quedaron vivos murieron envenenados en la cárcel al poco tiempo.
Paula: De seguro fue casualidad. ¿Qué sé yo? Mejor deja el interrogatorio para los criminales que atrapes y encárgate de mantener vigilada a mi ahijada que para eso te estoy pagando.
Paula apaga el cigarrillo frotándolo contra la mesita de noche y alcanza una bata del perchero para vestirse. Michael la ve con una sonrisa.
CONTINUARÁ…















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