Capítulo 7: Memoriae interdictae
EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE
La lluvia que cae es torrencial. Juan corre empapado hacia la entrada cubriéndose con las manos, pero a unos pasos, alcanza a ver a María José, también empapada frente a la entrada.
Juan: (extrañado) ¿Esta no es la muchacha del otro día?
María José, de un muy mal semblante, se da la vuelta e intenta regresar. Juan la llama.
Juan: ¡Óigame!
María José se da la vuelta al escuchar. Juan corre hacia ella.
Juan: ¿Qué la trae otra vez por acá en medio de esta lluvia?
María José baja la mirada con un ardiente nudo en la garganta.
Juan: (extrañado) ¿Se encuentra bien?
María José: La verdad es que… (Pausa) Ni yo misma sé por qué vine. Quería hablar con alguien y por alguna razón me acordé de usted.
Juan se sorprende al oírla.
María José: (solloza) Me siento perdida y no tenía a dónde más ir. Perdóneme por molestar.
Juan: Claro que no. ¿Cómo cree? No es ninguna molestia. ¿Por qué mejor no entra? Va a agarrar un resfriado si sigue aquí.
Juan le extiende el brazo de forma protectora y le sonríe con dulzura.
Juan: Venga, vamos. Aunque sea la invito a un chocolate bien calientito y me cuenta bien qué le pasa.
María José: (en un hilo de voz) Gracias… (Conteniendo el llanto) Gracias de verdad.
María José siente que no puede más y rompe a llorar. Juan la mira conmovido y con algo de timidez, la rodea con los brazos y la abraza. María José se desahoga y llora recostada en el pecho de él. Es así como ambos se quedan en esa posición durante varios segundos.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – NOCHE
Minutos después, Juan entra a su habitación, aún empapado, sosteniendo dos tazas humeantes de chocolate. María José reposa sobre la cama, mojada, con una toalla puesta sobre la espalda. La habitación está apenas iluminada por la lámpara de la mesita de noche.
Juan: Tome.
Juan le entrega la taza de chocolate. María José la recibe y él se sienta frente a ella en una silla.
Juan: Espero que le aproveche. Dicen por ahí que las penas con pan son buenas, aunque le quedo debiendo el pan.
María José: Gracias. Con esto es más que suficiente.
Juan: Dijo que necesitaba hablar con alguien, así que bien pueda desahóguese todo lo que quiera. Soy todo oídos.
María José: (bajando la mirada) Son tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Últimamente todo lo que creía resultó que era una mentira y la vida se me vino abajo sin avisar.
Juan: (bromeando) Pues qué maleducada la vida, ¿no? Venirse abajo, así, sin una llamadita al menos.
María José esboza una muy pequeña sonrisa, leve, pero sincera y sorbe un poco del chocolate. Juan se queda viéndola de forma especial.
Juan: Debo confesarle que desde que la conocí ese día, la vi muy cargada, pero como apenas nos hemos cruzado, no quise indagar más.
María José: (suspirando) De hecho sí venía ya muy cargada, pero hoy fue peor. Hoy fue la gota que colmó el vaso.
Juan: ¿Por qué no me cuenta? Quizá le haga bien hablar y si necesita llorar, hágalo.
Juan se da unas palmadas en uno de los hombros de forma jocosa.
Juan: Aquí donde me ve, me gusta ejercitarme y tengo hombros de acero entrenados para que llore todo lo que necesite.
María José: (sonriéndole) Gracias.
Benjamín, entretanto, se dirige a la habitación de su amigo, sumamente afligido, casi como un muerto en vida y justo cuando alza la mano para tocar, escucha murmullos.
María José: (desde adentro) No sabe lo mucho qué significa para mí que alguien esté tan dispuesto a escucharme.
Benjamín reconoce aquella voz.
Benjamín: (desconcertado) Otra vez ella…
Juan: (desde adentro) Si tomé la decisión de hacerme sacerdote fue precisamente por esto, para ser el hombro y la mano que ayude a los demás…
Benjamín siente que los celos y la decepción se apoderan de él. Incluso empuña una de las manos y tensa la mandíbula lleno de rabia. Por un momento, siente ganas de abrir la puerta e intervenir, pero decide retirarse.
María José: Es muy bonita su intención y no me lo tome a mal, pero en ocasiones me es difícil confiar en desconocidos. Mi madrina me enseñó que no debía mostrarme débil con nadie.
Juan: Es normal, pero ya con dos veces de vernos, no tiene por qué pensar así. Conmigo puede contar para lo que necesite.
María José: Fue por eso que vine. Con usted es diferente. Por alguna razón, sus palabras y su forma de tratarme me hacen sentir tranquila, segura… Es una sensación que no tenía desde que perdí a mis padres…
Juan la escucha con atención.
María José: Ellos lo eran todo para mí. Éramos muy unidos y admiraba muchísimo el matrimonio de ellos dos. Era una pareja que se amaba mucho y recuerdo que me soñaba con crecer para tener un matrimonio así de bonito hasta que…
María José se detiene y presiona fuerte la taza.
María José: Hasta que tanta felicidad se desmoronó por cosas que ni entiendo.
Juan: ¿Qué les pasó si no es indiscreción preguntarle?
María José: Pensé que habían muerto en un accidente, pero hoy me enteré de que en realidad me secuestraron de niña, a mi papá lo mataron durante el rescate y mi mamá…
María José se detiene y quiebra la voz al traer ese recuerdo confuso y trágico a su cabeza.
María José: (llorando) Mi mamá no lo soportó y se suicidó… Yo misma la encontré muerta…
Juan la mira conmovido.
María José: Pensaba que era una pesadilla horrible, pero resultó ser un recuerdo mío que tenía guardado en lo más profundo y que inconscientemente quise enterrar, y aunque mi madrina siempre estuvo ahí conmigo, jamás me sentí igual.
María José llora sumamente dolida.
María José: No hay día que no me sienta sola y sin rumbo. Vivo por vivir, como si no tuviera futuro y enterarme de esta verdad me hizo remover toda esa soledad y esa zozobra…
Juan se inclina un poco, le quita la taza con delicadeza para ponerla en la mesita de noche y luego la toma de las manos.
Juan: Créeme que te entiendo.
María José se sorprende un poco por aquel detalle.
Juan: Yo también perdí a mi padrino de niño en un supuesto accidente. Él fue lo más cercano que tuve a un padre porque como te había contado, soy huérfano y él, en vez de dejarme en un orfanato, me cuidó, me enseñó a leer, a rezar, a ver la vida con esperanza, incluso en días que no teníamos ni qué comer…
Juan se queda un par de segundos en silencio y sonríe con nostalgia, evocando esos recuerdos.
Juan: Una tarde salió a hacer algo, no sé bien qué. Yo estaba enfermo y me dejó en este orfanato. Tenía un mal presentimiento y lo salí a buscar. Fue ahí donde un coche lo atropelló por salvarme a mí…
María José se impresiona al oír tal historia y lo ve con los ojos aún empañados.
Juan: Tenía quince años. Estaba bien chavito todavía, pero me acuerdo de lo mal que la pasé y así como tú, me sentí muy solo y hasta con rencor porque la persona que lo atropelló ni siquiera nos ayudó.
María José escucha en silencio.
Juan: Pero ¿sabes quién me sostuvo? Dios primeramente y las personas que me puso en el camino. No fueron muchas, pero bastaron. Una palabra, un gesto, a veces hasta una tacita de chocolate como esta…
Juan le sonríe intentando infundir confianza.
Juan: Por eso te aconsejo que no te encierres con tu dolor, así como hiciste cuando eras niña que bloqueaste tus recuerdos. Querer dormir el dolor es acumularlo hasta que explotas como te pasó hoy.
María José: ¿Cómo hago entonces para avanzar? Porque no me siento capaz.
Juan: El dolor nunca se va a ir, pero sí se transforma y se aprende a vivir con él para hacerte más fuerte. Todos estamos aquí por una razón y hay que ir tras ella para encontrarle sentido a lo que creíamos perdido.
María José se siente un poco impresionada por las palabras del joven.
María José: ¿Tú ya encontraste tu razón?
Juan: (asintiendo) Claro y la encontré en servir a los demás. Dios nos llama a servir y a amar, y quiero ser esa mano que alguna vez me hubiera gustado que me dieran.
María José se siente más tranquila.
Juan: Nada más recuerda que esta es tu casa y desde ya te digo que aquí siempre vas a tener a un amigo.
Juan le sonríe y le guiña un ojo con aquella chispa tan propia de él. María José esboza una sonrisa como asintiendo a sus palabras.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – DÍA
Es un nuevo amanecer. Fernanda desayuna. Chela es quien termina de servirle el jugo de naranja y entre ambas hay un silencio incómodo. Fernanda se porta indiferente como si la mujer, en efecto, fuera una empleada más. Paula aparece en ese instante bien vestida.
Paula: ¡Buenos días!
Fernanda y Chela la miran con suspicacia. Paula toma asiento.
Paula: Hoy amanecí con muchísima hambre y se me antoja un buen desayuno. ¿Te importaría servirme algo, Chela?
Chela: (con seriedad) ¿Qué desea comer?
Paula: Lo que hayas preparado. Un juguito de naranja como este no estaría mal.
Paula, con atrevimiento, agarra el vaso de jugo de naranja que ya el ama de llaves le había servido a Fernanda y toma un sorbo.
Paula: Con hielo, por favor. ¡Ah! Y no le vayas a poner veneno, ¿quieres? Mira que ya tengo suficiente con el mío.
Fernanda: (muy seria) Hazle caso y sírvele de comer. Hay que ser caritativos y darles la mano a los más miserables.
Chela respira hondo y se retira con la bandeja hacia la cocina. Fernanda y Paula se miran de forma retadora.
Paula: Eres muy perspicaz. Debería aprender eso de ti para insultar con tanta sutileza (Cruzando las piernas). Mejor dime, ¿qué hay de Christian? Desde que llegué, no he tenido el honor de presentarme con él.
Fernanda: (cortante) Tuvo un accidente en su coche y está en el hospital.
Paula: ¡Ay, pobre! Espero que mejore pronto. El tiempo es oro y mientras más días pasen, más nos vamos a tardar para organizar la boda del año entre él y mi ahijada.
Fernanda: Christian ahora no tiene cabeza para matrimonios y menos con una desconocida. Emiliano le confesó la verdad hace unos días y por su culpa se accidentó.
Paula: Vaya que mi hermano no se guarda nada. Pudo llevarse el secreto hasta la tumba. Total, ya pasaron más de veintisiete años. ¿Qué le costaba seguir fingiendo que ese bastardo era su hijo?
Fernanda: No trates a mi hijo de esa manera. Christian no es ningún bastardo
Paula: (alzando las cejas) ¿Ah, no? ¿Y cómo se le puede llamar al producto de tu infidelidad? No quieras maquillar las palabras, cuñada. Es un bastardo y punto.
Fernanda: Di lo que quieras. De igual manera, no pienso permitir que mi hijo se case con esa muchacha.
Paula: Creí que ya habíamos hablado de esto y dejado las cosas claras.
Fernanda: Voy a convencer a Emiliano. Voy a pedirle que te reconozca legalmente como parte del patrimonio de la familia.
Paula: (incrédula) ¿Convencerlo? ¿Tú? No me hagas reír, Fernanda. En estos años que estuve fuera, los estuve vigilando y pude ver que mi hermano estuvo buscando con muchas mujeres en la calle lo que tú no le dabas.
Fernanda se incomoda al escucharla.
Paula: Emiliano tuvo tantas amantes que hasta perdí la cuenta y tengo tantas fotos que cuando quieras te las puedo enseñar.
Fernanda: No las necesito.
Paula: Como sea. ¿Crees que vas a poder convencerlo de darme mi parte? ¡Por favor! Más bien, no te hagas la dura. Christian y María José se van a casar. Además, no entiendo por qué te opones. Tu hijo ya es todo un hombre y no necesita que tú decidas por él. Pareciera que sintieras celos.
Fernanda: (nerviosa) Estás loca. ¿Cómo una madre podría sentir celos de su hijo?
Paula: (sonriendo con malicia) Dímelo tú. He escuchado historias de madres que nunca logran romper el cordón umbilical con sus retoños.
Fernanda: Lo único que quiero es evitar que mi hijo sufra. Tu ahijada no lo ama y ese matrimonio será arreglado. No quiero que él viva lo que yo sufrí con Emiliano.
Paula: No tiene por qué ser así. Christian es guapo y María José es todo un diamante en bruto. Podrían gustarse, vivir como una pareja normal e inclusive darte nietos. ¿Por qué no?
Fernanda: (poniéndose de pie) Debo irme. Christian tiene hoy revisión con el médico y debo estar presente. Hablamos después.
Fernanda sale de allí, evadiendo a Paula. Esta no borra aquella sonrisa de malicia de su rostro. Chela, por su parte, parece que ha escuchado toda la conversación escondida tras una pared.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COCINA – DÍA
Juan se encuentra revolviendo lo que parece ser una sopa con una cuchara. Chuy, entretanto, pica verduras en una tabla y ambos visten sus ropas sacerdotales, aunque usan delantal.
Juan: Menos mal que me está echando una mano, padrecito, porque si cocino yo solo, intoxico a medio orfanato. ¡Y n’ombre! Ahí sí que nos cierran el orfanato por mi culpa.
Chuy: (riendo) ¡Exagerado! Aunque no te puedo negar que tienes manos para todo, menos de chef.
Juan: Ni lo dude. A mí se quema hasta el agua hirviendo. El que tiene talento para la cocina aquí es usted.
Chuy: Bueno, cocinar también es un acto de amor por más sencillo que parezca. A mí me encanto hacerlo y aunque sea el director del orfanato, eso no me exime de hacer este tipo de tareas. Hay que servirles a los demás hasta con lo más pequeño.
Juan sonríe y se queda pensativo.
Juan: Hablando de servir, quería contarle que anoche regresó María José, la muchacha de la vez pasada, la que encontraron en mi habitación.
Chuy: (sorprendido) ¿Ah, sí? ¿Y eso?
Juan: Estaba muy afectada por cosas de su pasado y me contó un poco de una situación que vivió con sus papás que ya murieron.
Chuy: Me puedo imaginar. Nunca sabemos las cosas que cargan los otros.
Juan: Sí y se le notaba que estaba muy cargada. La pobrecita estaba tan mal que le preparé uno de los cuartos de huéspedes. Nada más le comento para que no le anden con cuentos raros por ahí.
Chuy: Hiciste bien. Si vino hasta aquí buscando consuelo es porque sintió algo bueno o quizá vio algo en ti que la hizo sentirse en confianza.
Juan: (sonriendo) ¿Usted cree?
Chuy: Claro que lo creo, muchacho. Tú siempre inspiras algo bonito y una confianza que no todos tienen. Haz de eso tu talento también porque para la cocina ya mejor ni le sigas.
Juan: (riendo) ¡Qué malo!
De repente, ambos son interrumpidos por un joven seminarista que entra algo apresurado.
Seminarista: Perdón por interrumpir, padre.
Chuy: ¿Qué ocurre?
Seminarista: La maestra de primaria acabó de llamar para decirnos que renunciaba.
Chuy: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Así, sin más?
Seminarista: Dijo que tenía una situación urgente en su casa y no me dio muchos detalles. El problema es que los niños tienen clase en una hora.
Chuy: ¡Bendito Dios! Que yo sepa, no tenemos más maestros que cubran. Iría yo, pero tengo una misa en el ancianato al medio día.
Seminarista: ¿Qué hacemos?
Juan parece quedarse pensativo al escuchar la situación y parece ocurrírsele una idea.
Juan: Oiga, padre, ¿y si…?
Chuy se queda viéndolo.
Juan: ¿Y si le pedimos el favor a María José?
Chuy: ¿María José de maestra?
Juan: Ella se ve inteligente, tiene presencia y de seguro a los niños le puede caer bien.
Chuy: Estás loco, muchacho. ¿Cómo vamos a pedirle que reemplace una maestra de primaria? No es algo que cualquiera pueda hacer.
Juan: Yo me puedo encargar de convencerla, además es solo unos días mientras usted consigue a alguien para el puesto. ¿Qué dice?
El sacerdote se queda pensativo como asintiendo ante tal propuesta.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COMEDOR – DÍA
Benjamín se encuentra colocando unos manteles en las mesas, con la mirada perdida y con el rostro apagado. No hay nadie más allí. Jorge se le acerca de forma sorpresiva desde atrás y le habla con una voz burlona al oído.
Jorge: ¿Te gustó sentirte dominado anoche?
Benjamín se exalta y se da la vuelta, cuidando que nadie más los vea.
Benjamín: Déjeme en paz. Ya cedí a lo que tanto quería.
Jorge: ¿Crees que quedé satisfecho?
Benjamín: (indignado) ¡Teníamos un trato!
Jorge: ¿Qué trato? Que yo recuerde, no hice ningún trato contigo. Tan solo me estás pagando por mi silencio para que no arruine la vida de tu queridísimo Juan de La Cruz.
Benjamín tensa la mandíbula y mira con sumo desprecio a su verdugo. Jorge lo toma con brusquedad del mentón.
Jorge: Baja esa mirada altanera que no vas a conseguir nada así. Mejor pórtate dócil conmigo y vamos a llevarnos mucho mejor.
De repente, se escuchan unas voces viniendo de lejos. Jorge lo suelta.
Jorge: Te dejé unas cosas en tu habitación. Cuando las veas, vas a entender el mensaje y espero que esta noche estés preparado para cuando vaya.
Jorge le lanza una desagradable mirada llena de lascivia y se retira de allí con prisa. Benjamín intenta disimular y continúa con la tarea de colocar los manteles. Juan, María José y el padre Chuy entran al comedor conversando.
Chuy: Sé que es inesperado, pero de verdad necesitamos una persona que nos ayude a cubrir a la maestra de primaria, por lo menos esta semana mientras consigo un reemplazo.
María José: Me encantaría ayudarlo, padre, pero yo no tengo ni la vocación ni la paciencia para lidiar con niños tan pequeños.
Chuy: Si es por dinero, no se preocupe. Pienso pagarle lo justo por su servicio.
María José: No se trata de dinero. Me da miedo hacer las cosas mal y no tengo nada de experiencia.
Juan: Piénsalo como una forma de distraerte. Te puede hacer bien y además, mira que si no vas tú, me va a tocar ir a mí a ese salón y conociendo a esos chamacos como los conozco, voy a salir corriendo en la primera hora de clase.
María José: ¿Tan indisciplinados son?
Chuy: Juan está exagerando. Lo que pasa es que los niños no lo ven con autoridad y él también es muy blandengue. Cuando exige orden, ya los niños no lo toman en serio.
Juan: (a María José) En cambio tú te ves más imponente y con esa mirada que tienes, segurito vas a hacer que se sienten derechos.
María José: (indecisa) No lo sé…
Chuy: Es mejor que no insistamos, Juan. Vas a tener que hacerte cargo tú. No hay de otra.
Juan: Ándale, sí. Mira que si no vas tú, voy a terminar amarrado a una silla con crayolas en la cara. ¿Quieres que termine así? ¿Me quieres ver pasando por ese suplicio?
María José no logra contener la risa, pero se ríe discretamente. Benjamín, aún al fondo, continúa colocando los manteles, fingiendo que no escucha, pero con el rostro serio.
María José: Está bien, está bien, pero solo por esta semana.
Chuy: ¿De veras?
María José: Sí, padre. Cuente con ello.
Juan: ¡Uf! ¡Qué alivio! Ya salvaste a este pobre servidor de ser una víctima más de esos condenados chamacos. Dios te lo pague, de veras.
María José: (riendo) Hablando de pagar, no quiero que me den nada. Voy a hacerles el favor con todo el gusto del mundo.
Chuy: ¿Estás segura? El dinero no es problema.
María José: Me dejaron pasar la noche aquí. Es lo mínimo que puedo hacer, así que no se preocupe.
Chuy: Es muy considerado de tu parte, hija y te agradezco este favor tan grande que nos estás haciendo. Desde ya esta siempre va a ser tu casa.
Juan: Así es y te puedes quedar todo el tiempo que necesites.
María José: Gracias a ambos. Es muy bonita la sensación de sentirse tan bien acogida.
Chuy: Ven entonces conmigo para mostrarte el salón y presentarte con los niños.
Los tres empiezan a salir del comedor. Juan se detiene un momento y gira hacia Benjamín, quien sigue colocando los manteles con brusquedad. Juan espera que ellos se adelanten y se acerca a su amigo, quien se porta indiferente.
Juan: Benjamín…
Benjamín no lo mira y sigue concentrado con su labor.
Benjamín: ¿Qué quieres?
Juan: ¿Hasta cuándo vas a seguir en esa actitud conmigo?
Benjamín: Es la única actitud que voy a tener hasta que te ordenes y te asignen a una parroquia. De esa forma ya no nos vamos a tener que ver.
Juan: ¿Es lo que quieres? ¿Dejarme de ver y que rompamos una amistad de tantos años?
Benjamín se queda en quietud al escuchar esa pregunta y baja la cabeza.
Juan: Porque si me lo preguntas, yo no quiero perderte y me duele que estés así, me duele saber que sufras por mi culpa, pero me siento impotente porque no sé qué hacer por ti.
Benjamín decide mirarlo con una notable amargura en el rostro.
Benjamín: No hay que nada que puedas hacer.
Juan: Debe haber algo.
Benjamín: Pues no. Tú nunca me vas a querer así como yo te quiero a ti. Me ves como tu amigo, como tu hermano y no sé ni qué mamadas más. Hasta te crees mejor que yo porque me juzgas por romper mis votos cuando tú haces exactamente lo mismo.
Juan: ¿De qué estás hablando?
Benjamín: De la mujer esa que volvió y con la que coqueteas con tanto descaro. La miras distinto, Juan y no me lo niegues. Se te nota.
Juan: Estás muy equivocado. Ella solo necesitaba ayuda y yo…
Benjamín: (dolido) Yo también necesitaba tu ayuda anoche, pero cuando fui a tu habitación, te escuché hablando con ella y no te quise interrumpir en vista de que estabas tan ocupado. ¡Claro! Para ella tienes todo el tiempo mientras que yo…
Juan: Benjamín, estás malentendiendo la situación y bien sabes que conmigo puedes contar para todo. ¡Tú lo sabes! Pero no me pidas algo imposible. Yo no te puedo ver de otra forma. Te quiero, pero no así como tú esperas, hombre. Entiéndelo.
Benjamín: Y lo entiendo. Tú nunca vas a dejar esta vida por corresponderme y ni aunque fueras a ser sacerdote, podrías por el hecho de que no le vas a los hombres. Lo más irónico es que yo sí he hecho cosas por ti que ni te imaginas.
Juan: (confundido) ¿A qué te refieres?
Benjamín: A nada. ¿Qué importa ya? Tú sigue con tus cosas y ya mejor no insistas en querer hablar conmigo.
Benjamín toma uno de los manteles enrollados y se lo lanza.
Benjamín: Déjame tranquilo.
Benjamín se marcha muy molesto y decepcionado. Juan lo ve irse, en silencio y dolido por la forma en que su mejor amigo lo ha tratado.
INT. CASA DE LAS GÓMEZ – DÍA
Grettel, entretanto, ha terminado de desayunar y termina de beber chocolate. Martha retira los platos de la mesa del comedor y los lleva al fregadero que está justo a unos pasos.
Martha: Me dio muchísimo gusto que Juan viniera anoche a visitarnos y más alegría me dio saber que ya prontito se va a ordenar. El muchacho se ve tan sereno y tan entregado que hasta lo admiro.
Grettel: Pues en mi opinión, yo considero que es un completo desperdicio que un chavo tan guapo se vuelva sacerdote.
Martha se gira bruscamente, como desaprobando ese comentario.
Martha: Grettel, por favor. ¿Qué dices? Juan es un hombre de fe. No te metas con su vocación.
Grettel: Ay, ya, mamá. Era un chiste, no empieces. Yo jamás haría algo para perjudicar a Juan, mucho menos me metería en su “dizque” vocación.
Martha: ¿Ah, no? ¿Por qué entonces te quedabas viéndolo de esa forma anoche mientras cenábamos?
Grettel: No sé a qué te refieres. Juan es mi amigo.
Martha: A mí no me puedes engañar, hija. Te conozco y te traje al mundo. ¿O a poco ya se te olvidó lo enamorada que estabas de él?
Grettel: Tú misma lo acabas de decir. Estaba enamorada, pero ya no. Fue una etapa de adolescente mensa que ya pasé. Además, aunque Juan no fuera a ser sacerdote, él jamás podría darme la vida que yo quiero.
Martha: ¿Cómo que la vida que quieres? ¿Qué significa eso?
Grettel: (poniéndose de pie) Confórmate con saber que es una vida muy distinta a esta que me diste y una vida que estoy dispuesta a conseguir cueste lo que me cueste.
Martha: (preocupada) Me da miedo cuando hablas así, Grettel. Una mujer ambiciosa jamás termina bien. No te metas en cosas malas.
Grettel: Yo sé muy bien lo que hago, mamá. Despreocúpate y ahórrate los sermones que ya voy medio atrasada para el trabajo. Me voy a cepillar los dientes.
Grettel sonríe con sagacidad y se dirige al interior de la casa. Martha se queda pensativa y con cierta preocupación notable en su rostro.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/SALÓN – DÍA
Chuy se encuentra presentando a María José con los niños que oscilan entre los ocho y nueve años. Cada uno juega o habla mientras se acomodan en sus pupitres, por lo que hay bastante bullicio. El sacerdote da unas palmadas para llamar la atención.
Chuy: Buenos días, niños.
Todos: (al unísono) Buenos días, padre.
Chuy: Necesito su plena atención porque tengo que informarles que su maestra, por alguna razón, tuvo que presentar su renuncia esta mañana y ya no va a poder seguir acompañándolos.
Los niños se sorprenden y comienzan a cuchichear entre ellos.
Chuy: Por eso, durante esta semana va a estar con ustedes una maestra sustituta. Les presento a la señorita María José Montiel.
María José, con una sonrisa algo nerviosa, da un paso adelante.
Chuy: Espero que se porten muy bien con ella y le hagan caso en todo. ¿Entendido?
María José: Hola, chicos. Bueno, ya el padre les dijo mi nombre y es un placer conocerlos. Estoy muy contenta de estar aquí con ustedes, aunque les debo confesar que es mi primera vez dando clases, así que les pido que me tengan tantito de paciencia. Yo también espero aprender mucho.
Uno de los niños levanta la mano de forma inquieta y habla sin esperar a que le den la palabra.
Niño 1: ¿Es usted modelo?
María José: (sonriendo) No, para nada, pero gracias por el cumplido.
Niño 2: ¿Y está casada?
María José: No, tampoco. No estoy casada.
Niño 3: (entusiasmado) Entonces espéreme unos años. Cuando crezca, yo me caso con usted.
La clase estalla en risas. María José también se ríe con discreción por las ocurrencias de los niños. El padre Chuy carraspea con fuerza.
Chuy: ¡A ver, a ver! Más respeto, por favor. María José va a ser su maestra de forma temporal y debe llevarse una buena impresión de ustedes, así que compórtense. Discúlpalos, hija. Creo que les falta aprender un poco de modales.
María José: Tranquilo, padre. Creo que va a ser una clase muy divertida y nos vamos a llevar muy bien.
Juan observa desde la puerta entreabierta y mira con atención a la joven, con una expresión serena y un brillo en los ojos al tiempo que dibuja una leve sonrisa en su rostro.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – DÍA
Christian es examinado por un doctor que termina de medirle la presión y le quita el tensiómetro del brazo. Fernanda está presente a unos pasos de la cama.
Fernanda: ¿Cómo sigue mi hijo, doctor?
Doctor: Bien, señora. Tiene una presión estable, no hay fracturas y en los últimos exámenes que le hicimos no se muestra ningún tipo de daño neurológico. Me parece que de aquí a una semana le podría dar de alta
Fernanda: Ay, qué bueno. Es un alivio muy grande escuchar eso. Le agradezco mucho.
Doctor: Es con todo gusto. Debo atender a otros pacientes, así que me retiro. Con permiso.
Fernanda: Propio.
El doctor termina de anotar algo en su tableta y sale de la habitación. Fernanda se acerca al joven e intenta acariciarle el rostro, aunque él le aparta la mano.
Fernanda: ¿Escuchaste? Pronto vas a volver a casa, mi amor. Estoy pensando en contratar una enfermera para que termine de ayudarte con tu recuperación. Vas a necesitar mucho reposo.
Christian: No te hagas ilusiones. En cuanto me den de alta, lo primero que voy a hacer es comprar un tiquete aéreo para largarme bien lejos de aquí.
Fernanda: (desconcertada) ¿Cómo que largarte? ¿De qué hablas?
Christian: De que por fin voy a poder librarme de ver tu cara y la de Emiliano. Me voy a librar del infierno que me hicieron vivir ustedes dos.
Fernanda: Tú no puedes hacer una cosa así, Christian.
Christian: ¿Y quién me lo van a impedir? ¿Tú como siempre?
Fernanda: Eres mi hijo y no me puedes abandonar, y yo tampoco estoy dispuesta a abandonarte, menos después de que casi te mueres. Debes quedarte conmigo.
Christian: (con firmeza) ¡No voy a volver a esa casa! Y tampoco pienso perder la poca dignidad que me queda viviendo bajo el mismo techo que Emiliano.
Fernanda: Piénsalo bien. ¿Quién te ha dado la vida de lujos y de comodidad que tuviste? Emiliano podrá no ser tu padre, pero…
Christian: Pero nada. Para empezar, esos lujos y comodidad que dices me pertenecían por derecho. Mi verdadero padre me los dejó y Emiliano no fue más que una pinche rata ladrona que se apoderó de todo. Tú fuiste su cómplice.
Fernanda: Preferí ser su cómplice para no vivir en la calle como una mendiga, embarazada, sin nada que darte. Pensé en ti. Quería que tuvieras una vida mejor.
Christian: ¿Una vida mejor? Emiliano me trató como basura y tú me abusaste, me golpeaste… Me azotabas mientras me obligabas a rezar de rodillas. De seguro mi hermano tuvo una vida muchísimo mejor en la pinche miseria que yo a pesar de que lo abandonaste.
Fernanda se impacta al ver que su hijo conoce tal secreto.
Fernanda: ¿Tú…? ¿Tú lo sabías?
Christian: Desde hace mucho, solo que me lo guardé.
FLASHBACK
Evaristo se arrodilla y se aferra a una de las piernas del hombre.
Evaristo: ¡Le juro que será la última vez que lo busque, pero ayude a mi niño por lo que más quiera!
Emiliano: (molesto) ¡Cállese! (Se suelta pateándolo fuertemente) No quiero escándalos para que mi mujer oiga. ¡Lárguese de una buena vez!
Evaristo: ¿Le preocupa el escándalo o le preocupa que todos se enteren del miserable que es usted?
Emiliano: ¿De qué carajos está hablando, viejo asqueroso? (Lo toma de la ropa mirándolo intimidante) ¿Va a hablar más de la cuenta después de tanto tiempo?
Evaristo: Pues para serle sincero, si tengo que hacerlo para salvarle la vida a Juan, no lo voy a dudar (Frunce el ceño).
Emiliano: No sea estúpido (Le sonríe con burla). Bien sabe que, si llega a decir algo, le puede ir muy mal. Haberme recibido a un niño a cambio de dinero no es precisamente una obra de caridad. ¿Eso quiere? ¿Parar en una cárcel?
Evaristo: Créame que eso no me preocupa. Lo único que me interesa es verlo bien, así me metan a la cárcel, pero yo no iría solo, don Emiliano. ¡Usted también se viene conmigo!
Emiliano abre sorprendido los ojos al verse enfrentado por Evaristo, pero aún no suelta al anciano de la camisa.
Evaristo: No se le olvide que yo sé todo lo que hizo para quedarse con lo que le pertenecía a su hermano, incluso el accidente ese que usted mismo causó y otras cosas más. ¡Yo lo sé todo!
En ese momento se enfoca a Christian, un adolescente de quince años, escuchando tras la puerta del despacho. La expresión de desconcierto e impacto de él es evidente.
FIN DEL FLASHBACK
Christian termina de recordar aquella conversación que al parecer acaba de narrarle a su madre.
Christian: Luego de eso, te fui a buscar asustado y lo único que hiciste fue azotarme toda la madrugada hasta que me desmayé. ¿Te acuerdas, “mamita”?
Christian le pregunta con el rostro lleno de amargura. Fernanda baja la cabeza.
Christian: Porque yo sí me acuerdo. Querías que me olvidara de lo que había escuchado, pero nunca lo olvidé. Siempre pensé que ese niño del que hablaban era mi primo, pero no. Era mi hermano, el mismo al que tu abandonaste como un perro.
Fernanda: Yo jamás lo abandoné… (Hace una pausa) Emiliano me obligó. Eran dos niños y solo podía quedarse uno.
Christian: (indignado) Y tú no te opusiste.
Fernanda: Estaba entre la espada y la pared. Era dejar a uno o terminar en la calle con dos criaturas. ¿Qué más podía hacer? (Pregunta desesperada)
Christian: Nada porque muy en el fondo solo pensaste en ti. Claro, como tu marido mató a tu amante, te quedaste sin opciones.
Fernanda: Son cosas pasadas que tú no sabes cómo ocurrieron. Gabriel era un gran hombre y me entregué a él por amor, pero Emiliano… Emiliano era violento, enfureció cuando me descubrió y fue peor cuando supo que su nombre no figuraba en el testamento de tu abuelo.
Christian: Tampoco me interesa conocer detalles. Tú ni madre merecías ser y hasta envidio la vida que tuvo mi hermano, ¿sabes? Él sí que corrió con la suerte de no tener una madre como tú, pero ya eso se acabó. Me voy lejos a vivir mi vida tan pronto como pare de esta cama
Fernanda: (solloza) Christian, te lo imploro. Vuelve a casa o por lo menos, reconsidera la idea de irte del país. Puedo vender mis joyas, cualquier cosa y comprarte un departamento para ti solo, pero no te vayas. Te lo suplico.
Christian: Ya tomé una decisión y esta vez no me vas a detener. Espero que te quede claro y ya mejor ni te aparezcas más por aquí. No te necesito.
Fernanda: Christian…
Cristian toma con fuerza del brazo y la mira lleno de resentimiento como también de furia contenida.
Christian: ¡Vete y no vuelvas!
Christian la suelta y voltea el rostro para no verla. Fernanda se queda corta de palabras para convencerlo y se sorprende al ver la forma en que él la trata, por lo que sin más, derrama un par de lágrimas discretas y decide salir de la habitación en silencio.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – NOCHE
La luz de la lámpara colocada sobre la mesita de noche es tenue y apenas ilumina la oscuridad de la habitación. Benjamín se encuentra allí, sentado en la cama, con la mirada completamente perdida, como si no tuviera alma, maquillado de una forma extravagante, con rubor, lápiz labial de color rojo carmesí y usando un collar de perlas que le aprieta el cuello. Viste, además, un vestido rojo que le deja al descubierto los hombros y unas medias veladas que le cubren las piernas. Pareciera como si usara un disfraz en el que no encaja. Jorge entra en silencio, aunque el chirrido de la puerta lo delata. Entra a pasos lentos, cierra la puerta tras sí y sonríe al verlo.
Jorge: Sabía que no me ibas a fallar. Me alegra ver que entendiste mi mensaje.
Jorge se acerca y se para frente a él. Benjamín permanece inmóvil y Jorge le alza la cabeza con delicadeza, tomándolo del mentón.
Jorge: Te ves preciosa, femenina, sensual… Debo reconocer que te ves mucho mejor que yo. Te lucen mucho más el vestido y el collar de mi madre, que en paz descanse.
Benjamín no responde y solo tensa la mandíbula. Jorge habla mientras desabrocha su cinturón.
Jorge: Eran sus prendas favoritas cuando iba a las reuniones de padres en la escuela. Recuerdo que le gustaba ir bien vestida y maquillada para presumir que tenía un hijo inteligente, con las mejores calificaciones de todo el salón… Yo era su más grande orgullo…
Jorge sonríe con nostalgia al recordar esos momentos, aunque luego desdibuja aquella sonrisa.
Jorge: Pero luego, al llegar a la casa, mi padre siempre la golpeaba. Decía que se veía como una ramera y la acusaba de sonreírle a cualquier otro hombre en la calle. Yo tan solo escuchaba, impotente, sin poder hacer nada… Fue así varios años hasta que murió de enfermedad cuando tenía doce y yo… (Pausa) Yo me quedé completamente solo…
Benjamín solo oye sin ningún tipo de expresión.
Jorge: Mi padre solo aprovechó la ausencia de mi mamá para hacerme la vida un infierno. Perdí la cuenta de cuantas veces no me pegó para hacerme hombre. Decía que mi mamá me había consentido demasiado y con tan solo trece o catorce años, no recuerdo, me obligó a tener sexo con una prostituta…
Jorge mira al vacío como viendo esos momentos pasados frente a él.
Jorge: El muy miserable se quedó allí, viéndome, mientras se tomaba una cerveza sentado en una silla. Tenía tanta vergüenza que no pude ni siquiera tener una erección y me dio una paliza que nunca se me va a olvidar, así que me escapé… Hice mi maleta y terminé en las calles, pasando hambre, frío hasta que la policía me llevó a un orfanato donde fui también abusado.
Jorge le acaricia el rostro a Benjamín con suavidad.
Jorge: Como ves, mi vida no ha sido fácil y solo encontré escapatoria en el sacerdocio para ganarme un poco de respeto. Tantas cosas que sufrí me hicieron lo que soy y es lo que quiero que tú también aprendas. En el dolor nos volvemos más fuertes, mi querido Benjamín…
Jorge le acaricia los labios con el dedo pulgar de una forma enfermiza.
Jorge: El dolor nos hace seguir adelante y llenarnos de fuerza para no dejar que otros pasen por encima de ti. Te estoy ayudando, aunque no lo veas ahora y vas a terminar disfrutando esto tanto como yo.
Benjamín derrama una lágrima. Jorge le acaricia los hombros.
Jorge: Te prometo que hoy voy a ser más delicado contigo.
Benjamín solo se ve resignado y contiene la respiración como si propia vida le pesara más que nunca.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – NOCHE
Fernanda se encuentra en la oscuridad de su habitación apenas iluminada por velas y reza de con los ojos cerrados. Emiliano entra y ella abre los ojos al sentir que la puerta rechina.
Emiliano: Tantos años y todavía sigues con tu pinche fanatismo religioso. Con razón el olor a vela derretida no se te quita.
Emiliano se adentra en la habitación que tiene un aura pesada y se burla. Fernanda permanece seria y le habla sin voltearse.
Fernanda: ¿Qué quieres? Nunca vienes a mi habitación.
Emiliano: Nada más vine a preguntar cómo sigue el “bueno para nada”. A pesar de todo, me da tantito de pena el muy imbécil.
Fernanda: Logró despertar y ya se encuentra bien, aunque dolido por todo lo que le dijiste. Incluso quiere viajar al extranjero.
Emiliano: Por mí no hay pedo. Puede largarse a donde se le pegue la gana. Si hubiera sido por mí, hace mucho lo hubiera mandado lejos, pero tú te empeñaste en tenerlo aquí y me condenaste a verle la cara.
Emiliano se acerca a la mujer y le pone las manos en los hombros.
Emiliano: Una lástima que no hayamos sido capaces de tener un hijo de nosotros dos, sino hasta las cosas serían diferentes y no tendríamos este farsa de matrimonio, aunque ¿sabes una cosa?
Emiliano le acaricia los brazos y se inclina un poco para hablarle al oído. Fernanda permanece en quietud.
Emiliano: Todavía no es tarde. Tengo que reconocer que te conservas bien, Fernandita.
Fernanda, sumamente incómoda, se levanta y se aleja.
Fernanda: Ni lo pienses. Nunca voy a tener intimidad contigo, Emiliano.
Emiliano: No, pues si no me hace falta saberlo. Nada más por eso es que el amor que te tenía se me esfumó cuando empezaste con tus ridiculeces de la castidad y no sé qué más mamadas.
Fernanda: Debes respetar mis creencias.
Emiliano: Ah, claro, pero sí fuiste capaz de revolcarte con Gabriel como una perra en celo y ahí no pensaste en el pecado, sino en lo mucho que disfrutabas en la cama, ¿no?
Fernanda: ¿Vas a recriminármelo hasta que me muera?
Emiliano: Ni modo. Nunca me voy a olvidar de la cochina traición que me hiciste.
Fernanda: Y me arrepiento. Incluso hasta te lo compensé. ¿Crees que fue fácil para mí desprenderme de uno de mis hijos para que tú tuvieras la oportunidad de quedarte con el otro y hacerlo pasar como hijo tuyo?
Emiliano: No me vengas con lloriqueos. ¿Olvidas que fuiste tú quien me lo propuso? Tú misma me pediste que me deshiciera del otro para que la fortuna me quedara a mí. ¿De qué te quejas?
Fernanda: (sollozo) Fue la manera que encontré de pedirte perdón, pero tú nunca me has perdonado y a cada maldita oportunidad me recuerdas mi pasado.
Emiliano: Déjate del papel de víctima. Muy en el fondo te desprendiste del otro chamaco no solo para pedirme perdón, sino para que no te echara a la calle. ¡Admítelo!
Fernanda: ¡Da igual ya! Lo único que tengo claro es que jamás debí haberme enredado contigo. Debiste ser tú el que se muriera. Gabriel era demasiado hombre a comparación de ti y fue el único que me hizo sentir mujer.
Emiliano se sorprende al escuchar a la mujer.
Fernanda: ¡Él sí era un hombre de verdad que se merecía mi amor y mi cuerpo!
Emiliano no tarda en lanzarle una brutal cachetada a su esposa y de inmediato la jala de la cabellera. Fernanda gime adolorida.
Emiliano: ¿Cómo te atreves a hablarme así, perra? ¿Quién te has creído?
Emiliano la suelta y le vuelve a lanzar otra cachetada más fuerte que la primera.
Fernanda: ¡Hazlo! ¡Mátame a golpes! Pero con eso no vas a borrar la verdad, animal.
Emiliano: ¡Cállate ya, zorra!
Emiliano la agarra del cabello de nuevo y la lanza sobre la cama donde comienza a ahorcarla.
Emiliano: (furioso) ¡Te voy a hacer tragar tus palabras! Esta vez no voy a dejarlo pasar y no voy a permitir que me humilles, desgraciada. ¡Te voy a matar!
Fernanda comienza a desesperarse al sentirse sin respiración. Emiliano parece fuera de sí e incluso ha enrojecido de la ira.
CONTINUARÁ…
















Comentarios
Publicar un comentario