Capítulo 8: Imago patris

 INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – NOCHE

Emiliano y Fernanda se han enzarzado en una fuerte discusión en la que ella le ha reprochado lo mucho que en alguna ocasión llegó a amar al difunto hermano de este. Emiliano ha enfurecido al punto de golpearla y comenzar a ahorcarla.

Fernanda: (hablando con dificultad) Vamos, mátame de una vez. Haz lo que nunca pudiste hacer. Mátame. 

Emiliano incluso se ve rojo de la ira y presiona con fuerza el cuello de su esposa, quien cada vez siente más reducida su respiración.

Fernanda: Má… Má… Mátame…

Chela entra repentinamente a la habitación y se interpone.

Chela: ¡Basta, Emiliano! ¡Suéltala! 

Emiliano, contrario a detenerse, parece que desea acabar con la vida de su esposa allí mismo. Chela intenta apartarlo e incluso le da puños delicadamente, pero la fuerza de él es superior.

Chela: (gritando desgarrada) ¡Que la sueltes, te digo! ¡Basta! ¡Detente de una vez!

Chela ha gritado tan fuerte que parece que el hombre reacciona en aquel instante. Mira al ama de llaves, quien incluso tiembla, y retira las manos del cuello de Fernanda, quien tose compulsivamente. 

Chela: ¿Qué se supone que intentabas hacer? ¿Te volviste loco?

Emiliano respira agitado y se mira con culpa las manos. Fernanda sigue tosiendo.

Chela: ¡Estabas a punto de matarla, por Dios! ¿Qué tienes en la cabeza? 

Emiliano: Era lo que se merecía. ¡Tu hija no es más que una zorra! Y esto, todo esto y la vida de mierda que he tenido no ha sido más que tu culpa por haberla traído a esta casa.

Chela: ¿Mi culpa? Que yo sepa, todos estos años no has hecho otra cosa que tener la vida que siempre soñaste rodeado de lana, de lujos, de cosas que ni pertenecían. ¿De qué te quejas?

Emiliano siente el impulso de abofetear a la mujer, pero se detiene. Chela lo mira de forma retadora y sin pestañear.

Chela: ¿Qué esperas? ¡Hazlo! ¡Pégame e intenta matarme a mí también! Pero con eso no vas a borrar la verdad, Emiliano. ¡Tu verdad!

Emiliano baja la mano al verse encarado de esa forma. Chela comienza a sollozar.

Chela: Tú bien sabes el cariño que he sentido por ti, pero es mi obligación recordarte lo bajo que caíste por tu codicia cochina. Tu apellido está manchado de sangre, de la sangre de tu propio hermano, de tu sobrino, hasta de tu papá váyase a saber… 

Emiliano: (furioso) ¡No te atrevas a hablar de lo que no sabes!

Chela: ¡Hablo con toda la propiedad del mundo! Yo sé más que nadie lo que has hecho por conservar tu poder y Fernanda…

Chela mira con lástima a su hija. Fernanda ya tose menos, pero tiene una de las manos puestas en el pecho, aún intentando reponerse.

Chela: Fernanda cometió un error. Tú la orillaste a lo más horrible que le pueden hacer a una madre, quitarle un hijo, todo por el miedo que tú le provocaste, así que no voy a permitir que me hagas lo mismo y me la arrebates aunque tenga que pasar por encima de ti esta vez. 

Emiliano: (sonriendo con amargura) Claro. Faltaría saber si eso no fue lo que tú quisiste desde un principio, traerla a esta casa para ponerlo todo patas arriba y arruinarme la vida porque eso hizo tu “hijita”. Ella terminó de sepultar lo último bueno que quedaba en mí.

Emiliano comienza a sollozar, apuntando hacia Fernanda.

Emiliano: Ella fue la que me vio la cara mostrando su “dizque” amor desinteresado mientras se revolcaba con mi hermano y esa fue la gota que colmó el vaso.

Emiliano se aleja y da una vuelta con las manos extendidas como mostrando su poderío.

Emiliano: (sollozo) ¿Esto? Esto que ves fue lo único que me dio seguridad para no hundirme. ¡Tengo lana, tengo esta casa, tengo la empresa, tengo esto y tengo lo otro! Pero me faltó algo, ¿sabes?

Emiliano siente un nudo en la garganta y quiebra un poco la voz.

Emiliano: Me faltó ser feliz. Me faltó el cariño de mi papá para el que no fui más que un pobre diablo y el de mi mamá que fue tan pinchemente egoísta que se suicidó así sin más dejándome solo.

Chela no puede evitar afectarse al oírlo y baja la cabeza, pues sabe que aquel suicidio fue indirectamente provocado por ella.

Emiliano: Lo único que me quedaba era el supuesto amor de mi esposa, pero ni eso. 

Chela no responde invadida por la culpa. Fernanda también guarda silencio. 

Emiliano: No me quedaba una mierda, así que ya párale a tus sermones y déjame al menos ser feliz con lo único que me dio tantito de estabilidad. Tú nunca, nunca vas a entender.

Emiliano sale de la habitación sumamente triste y molesto. Baja las escaleras y no se percata de que es observado desde el barandal por Paula, quien sonríe satisfecha. Chela, entretanto, derrama varias lágrimas discretas. Fernanda habla con la voz algo disfónica.

Fernanda: Déjame sola y sal. No creas que pienso agradecerte por haber intervenido.

Chela ni siquiera se voltea para mirar a su hija, se limpia con discreción las lágrimas y también sale de la habitación. Justo en el pasillo, alcanza a ver a Paula, quien le sonríe con burla. 

Paula: Emiliano no se imagina ni siquiera que el suicido de mamá fue culpa tuya y si supiera, no te respetaría tanto. ¿Qué crees que pase cuando se entere?

Chela solo endurece la mirada y la ignora retirándose de allí. Paula, mientras, continúa sonriendo con una sutil malicia.


INT. BAR/HABITACIÓN – NOCHE

Benjamín se encuentra desnudo, sobre la cama, teniendo intimidad con la prostituta de la vez pasada. Rubí solo permanece en quietud, debajo de él, notablemente aburrida. Él solo suda y jadea, recordando en flashes los abusos de los que ha sido víctima últimamente al punto de que su cuerpo no responde. Por su cabeza pasan los grotescos besos de Jorge, sus caricias, su lengua y las veces que ha entrado en él de forma tan violenta y tan humillante. 

Benjamín: No… No puedo… ¡No puedo!

Benjamín se aparta y se hace a un lado de la cama, muy frustrado. Rubí solo suspira como desilusionada, lo mira con burla y se cubre el busto con la sábana. 

Rubí: ¿Eso fue todo? 

Benjamín: Perdón. No me siento bien.

Benjamín se pasa las manos por el rostro. 

Rubí: Ay, mi rey. Es la segunda vez que vienes por aquí y la primera pues no es que te fuera muy bien. Por poco ni acabas, pero hoy ni eso. ¡Qué poca! 

Benjamín no responde, solo sigue jadeando con cansancio, bañado en sudor y con la mirada ida, tenso, lleno de vergüenza y rabia.

Rubí: Y a mí no me eches la culpa, eh. Mira que yo soy muy buena en lo que hago. Hasta un masaje previo doy. 

Rubí alcanza una cajetilla de cigarrillos de la mesita de noche, saca uno y lo prende con el encendedor que también estaba allí colocado. 

Rubí: (expulsando el humo) Aunque ahora que lo pienso, quizás lo tuyo no es conmigo. ¿No será que te gusta más... que te den? 

Benjamín la mira de reojo, sintiéndose descubierto.

Rubí: Digo, eh, porque hombres así como tú, guapitos y falladitos, pues ya sabes… Hay varios que prefieren sentirse mujeres.

Benjamín tensa la mandíbula y respira agitado. Tales comentarios siente que calan en lo más profundo de sí mismo. Rubí parece que hubiera descubierto su secreto sin quererlo.

Rubí: (burlesca) Pero no te dé pena. Mira que yo soy buena onda y si quieres, hasta te presento unos cuates que te harían gritar bien rico.

Benjamín: Cállate…

Rubí: Ay, ¿sí te molestó? Te lo digo en buena onda, de veras, para que no andes fingiendo que eres macho cuando no se te para.

Benjamín: (furioso) ¡Que te calles, maldita perra!

Benjamín siente que no aguanta más y se abalanza sobre ella para comenzar a ahorcarla. Rubí se sorprende.

Rubí: ¿Qué te pasa?

Benjamín aprieta con fuerza.

Benjamín: ¡Tú no sabes nada de mí! ¡No me conoces!

Rubí: (en un hilo de voz) Sué… Suélta… Suéltame…

Rubí patalea, lo araña, intenta hablar, pero no puede. Benjamín, contrario a detenerse, parece que ha perdido el juicio y aprieta cada vez más fuertemente con los ojos desorbitados.

Benjamín: No vales nada. ¡No eres más que una ramera que se vende con cualquiera! ¿Escuchaste? ¡Una puta! ¡No eres quien para juzgarme! 

Benjamín grita lleno de ira y de rabia contenida. 

Rubí: Au… Auxi… 

Benjamín parece que no la quisiera dejar hablar y descargara en ella todo el dolor, la humillación y la impotencia que ha sentido últimamente. Rubí deja de moverse de un momento a otro y su cigarrillo cae al piso, aún encendido. Es así como el joven afloja las manos y respira agitado al ver que la mujer ya no se resiste. Suda aparatosamente y se aparta, como aterrado al ver lo que ha hecho.

Benjamín: Reacciona… (Moviéndola con suavidad) Dime algo. Reacciona.

Pero ella no responde y permanece inmóvil con los ojos abiertos. Benjamín se para de la cama, mira sus manos como si no las reconociera y siente un vacío en el pecho.

Benjamín: (susurrando) ¿Qué hice?

El joven retrocede y comienza a temblar sin apartar la mirada del ahora cuerpo inerte de aquella mujer. Tropieza torpemente con una mesa y deja caer un vaso que se rompe en el instante. El sonido lo asusta y siente que todo le da vueltas.

Benjamín: ¿Qué hice? ¿Qué hice, maldita sea? ¿Qué hice? (Repite desesperado)

Benjamín rompe a llorar y respira con dificultad como si se hiperventilara. Mira para todos lados y se lleva las manos a la cabeza sin saber qué hacer, por lo que sin más, agarra su ropa del piso y se la coloca rápidamente. Apenas logra abotonarse la camisa y abrocharse el cinturón, pues sale huyendo de allí en medio de la música ensordecedora del bar.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – NOCHE

Emiliano está recostado en su sillón, evidentemente ebrio. Hay una botella de licor sobre el escritorio y él termina de tomarse una copa. Tiene un recuerdo del pasado que lo atormenta.


FLASHBACK

INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

Cae una fuerte tormenta, como de aquellas en las que parece que siempre ocurriera alguna tragedia. Emiliano, de unos treinta años, discute con su padre quien usa un bastón.

Emiliano: (furioso) Escuché muy bien la conversación que tuviste con el abogado, papá. ¡Me quieres dejar por fuera de todo y dárselo a Gabriel! ¿Cómo me puedes hacer esa bajeza después de todo lo que me he partido el lomo trabajando en el corporativo? ¿Cómo, maldita sea?

Ricardo Fonseca tan solo observa la lluvia caer a través de la ventana. 

Ricardo: Tú nunca vas a ser un digno hijo mío, Emiliano. Te falta mucho para llegar a ser como tu hermano y tampoco te lo mereces. 

El patriarca habla con una apacible voz y se da la vuelta para encararlo.

Ricardo: Gabriel lleva mi sangre a diferencia de ti.

Emiliano se desconcierta al oírlo.

Emiliano: ¿De qué estás hablando?

Ricardo: Me parece justo que lo sepas de una vez para que dejes de reclamarme. Tu no eres mi hijo. 

Emiliano desencaja el rostro al oírlo.

Ricardo: Te adoptamos solo para que tu mamá no se volviera loca cuando perdió al que iba a ocupar el lugar que tienes hoy en día. Fuiste un reemplazo, muchacho. Un sustituto que jamás se va a parecer a mí. Ella se empecinó en acogerte aun en contra de mi voluntad.

FIN DEL FLASHBACK


Emiliano deja de recordar con el rostro lleno de amargura y tiene un recuerdo más de esa noche.


FLASHBACK

INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO– NOCHE

La tormenta ruge fuera. Emiliano aún está impactado por lo que acaba de escuchar. Ricardo se aleja lentamente, apoyándose en su bastón, dándole la espalda.

Emiliano: (dolido) ¿Crees que eso me va a detener?

Ricardo deja de caminar y escucha con atención sin voltearse.

Emiliano: ¿Crees que voy a darme por vencido y a perder todo lo que trabajé por tanto tiempo? Podré no ser tu hijo de sangre, pero no voy a dejar que me quites lo que es mío.

Ricardo se voltea a verlo con desdén.

Ricardo: Deberías más bien agradecerme por lo que hice por ti. Te di un techo, comida, un lugar. ¡Nada de esto lo habrías alcanzado en ese orfanato de mierda del que te saqué!

Ricardo regresa mirando con suma frialdad al joven, quien solloza.

Ricardo: Tu madre se fue y la única razón por la que te toleré fue por ella, pero ya no está y no te necesito. Recoge mejor tus cosas y vete de mi casa. Pienso girar un cheque mensual para que vives medianamente bien, pero no esperes más de mí. ¡Largo!

Emiliano: (con firmeza) ¡No me voy a ir a ningún lado! ¿Te quedó claro?

Ricardo: ¡Emiliano, no me desobedezcas!

Ricardo asienta con fuerza el bastón en el suelo.

Emiliano: ¡No eres más que un maldito anciano enfermo que siempre me despreció! Y escúchame muy bien. No dejaré que destruyas lo que me he ganado por derecho.

Ricardo: ¡Eres un malnacido!

Ricardo alza el bastón con afán de golpearlo en la cabeza, pero el joven lo detiene con fuerza y le arrebata el bastón, lanzándolo lejos.

Emiliano: ¡Y tampoco voy a permitir que me pongas una mano encima! Te soporté muchos años, pero ya me harté. 

Ricardo: (exaltado) ¿Cómo puedes faltarme al respeto? Podré no ser tu padre de sangre, pero me debes lo que eres.

Emiliano lo agarra de la ropa, mirándolo de forma desafiante. 

Emiliano: No soy nadie, pero lo seré cuando me heredes lo que me toca y ahí sí te vas a ganar mi respeto.

Ricardo: No voy a heredarte nada. ¿Escuchaste? ¡Nunca! ¡Tendrás que matarme y pasar por encima de mi cadáver, miserable!

Emiliano: ¡Pues que así sea!

Emiliano lo empuja con violencia. Ricardo tropieza con su escritorio y siente que el corazón se le retuerce en ese instante.

Ricardo: (adolorido) ¡Argh! 

El anciano se lleva una mano al pecho y pierde el equilibrio. Emiliano se queda inmóvil y parece preocuparse.

Emiliano: ¿Papá?

Ricardo: Ayú… Ayúdame…

Emiliano: ¡Papá!

Emiliano corre a sostenerlo. Ricardo siente que se le va el aire.

Emiliano: ¿Qué te pasa, viejo? 

Ricardo: (en un hilo de voz) ¡Mi medicina! Está… Está en el cajón… ¡Rápido!

Emiliano abre los ojos como platos viendo cómo su padre se desvanece de rodillas en el piso. El primero le da la vuelta al escritorio y abre con prontitud el cajón buscando entre varias cosas el frasco de la medicina. Logra encontrarlo y regresa hacia su padre, quien se ve cada vez peor, pero se queda observándolo.

Ricardo: (desesperado) ¿Qué esperas? Dáme… Dámela… (Habla fatigado) 

Pero él, contrario a entregarle el frasco, da un paso hacia atrás.

Ricardo: Emi… Emiliano, por favor…

Ricardo siente que el corazón se le hace en un nudo y cae por completo al piso aún con la mano puesta en el pecho. Emiliano solloza, casi temblando.

Emiliano: Lo siento, viejo…

Ricardo: Emilia… Emiliano… 

Emiliano: No voy a dejar que me quites todo por lo que luché. Me lo gané y me lo voy a quedar.

Emiliano suelta el frasco y lo patea lejos. Ricardo observa agonizante e impotente.

Emiliano: Te prometo que voy a ser el hijo que te hubiera gustado tener y el que perdiste. Voy a ser mejor que mi hermano. 

Emiliano se inclina y con una falsa ternura, toma la mano de su padre adoptivo y la besa.

Emiliano: Voy a ser que te sientas orgulloso de mí, papito chulo.

Ricardo intenta balbucear unas palabras, pero el dolor insoportable no se lo permite hasta que su mirada comienza a apagarse. Emiliano se incorpora y lo observa morir, con una mezcla de dolor, determinación y vacío.

FIN DEL FLASHBACK


Emiliano acaba aquel recuerdo, lleno de perturbación y bebe una copa que pasa en seco por su garganta. Grettel se baja del ascensor. No hay nadie más allí y las luces están apagadas. Va vestida con ropa casual, sin su uniforme de secretaria, y se dirige directamente a la oficina presidencial. 

Grettel: (abriendo la puerta) ¿Licenciado?

Emiliano sonríe al verla en medio de su embriaguez. 

Emiliano: Qué bueno que llegó, Grettel. Pensé que me iba a mandar por un tubo cuando le escribí que viniera. Siéntese y tómese algo conmigo, sin pena. Venga. 

Emiliano toma la botella y le sirve un trago en otra copa. 

Grettel: Discúlpeme, pero no tomo.

Emiliano: (serio) ¿Va a empezar con sus rechazos?

Grettel: Me dijo por mensaje que era urgente y son casi las once. Tuve que tomar un taxi para venir. Dígame qué necesita. 

Emiliano: (pensativo) ¿Que qué necesito? 

Emiliano sonríe con amargura al preguntarse eso y se queda viendo al vacío.

Emiliano: Hay un chingo de cosas que necesito, Grettel. Necesito saber cómo llenar ese pinche vacío que tengo clavado acá dentro. 

Emiliano se da un golpe en el pecho. Grettel lo escucha desconcertada.

Emiliano: Tengo todo lo que siempre quise, pero en el fondo no me hallo, ¿sabe? Mi hijo y mi esposa no son más que una farsa. Estoy solo y siempre lo estuve. Nada más tengo mi dinero, mi empresa, mi estatus, pero de ahí no paso…

Emiliano decide tomarse la copa que ya había servido y la asienta fuerte sobre el escritorio.

Emiliano: (sollozo) Debo verme patético para usted, ¿no? Mostrándome así tan débil. Debo dar pena.

Grettel: Yo jamás lo he visto así, licenciado. Todo lo contrario. 

Grettel se acerca y se pone de cuclillas.

Grettel: Me parece que es usted un hombre admirable, seguro de sí mismo, elegante, profesional y muy inteligente.

Emiliano se sorprende al oírla.

Grettel: Con decirle que desde lo que vi, siempre tengo que hacer un esfuerzo muy grande para contenerme por la fuerte presencia que tiene. 

Emiliano: ¡Pura basura! ¿De qué me sirve eso si nadie me quiere, ah? Para donde volteo, solo veo traición, indiferencia… Mi esposa es un mueble más de la casa y mi hijo…

Emiliano suelta una risa burlesca.

Emiliano: Mi hijo no sirve ni para traerme el café. Es un parásito al que no le gusta ni trabajar. Es que ni mis padres me quisieron lo suficiente. Mi mamá, la única que me mostró algo de afecto, se fue cuando más la necesitaba y mi viejo, para él solo fui un error…

Grettel: Eso no es cierto, licenciado.

Grettel se atreve a tomarlo de las manos.

Grettel: Usted vale mucho más de lo que cree, pero a lo mejor se ha involucrado con las personas equivocadas que no le hacen ver su valor.

Emiliano la mira con fijación y algo en el tono comprensivo de ella llama su atención. Grettel sostiene la mirada, segura y algo insinuante al punto de que se atreve a acariciarle el rostro.

Grettel: Usted necesita alguien que le demuestra lo que vale, alguien como yo. 

Emiliano: ¿Usted? Que yo recuerde, solo andaba calentándome la oreja y jugando conmigo. Es que ni sé por qué la llamé. 

Grettel: Quizás porque vio algo en mí que valía la pena a diferencia de los demás.

Grettel sabe manejar bien sus palabras para envolverlo.

Grettel: Licenciado, muy en el fondo me moría de ganas de corresponderle, pero no quería que se llevara esa impresión de mí. No quería quedar como una facilota, sino como la mujer que usted necesita.

Emiliano guarda silencio y la observa con deseo contenido. Grettel se acerca a los labios del hombre y susurra.

Grettel: Yo sí sé apreciar lo que otros desperdician.

Emiliano, en medio de su embriaguez, no se resiste más y la besa apasionadamente. Grettel le corresponde y ambos se funden en un beso largo e intenso. 

Emiliano: (agitado) Me muero de ganas de estar con usted, Grettel. Quiero hacerla mía. La necesito (Sigue besándola de forma descontrolada) Quédese conmigo, se lo pido. 

Grettel: Vamos para otro sitio más cómodo donde solo estemos usted y yo. 

Grettel le sonríe de forma pícara y lo toma de la mano. Emiliano parece asentir con su silencio y sonrisa, por lo que se pone de pie tambaleándose y se dirige con ella a la salida.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLOS – NOCHE

Juan y María José caminan a paso lento a lo largo del pasillo, iluminado por las lámparas colgadas del techo.

Juan: ¿Cómo te sentiste con tu primer día de maestra?

María José: (sonriendo) Bien, creo. Diría que mucho mejor de lo que pensaba, aunque no me esperaba acabar tan agotada. De verdad que los niños absorben toda la energía y sí que están medio loquitos.

Juan: (riendo) ¿Viste? Te lo dije. Me imagino que te bombardearon con preguntas porque ya me conozco lo imprudentes y chismosos que son.

María José: Está bien. Fue una forma de distraerme un poco después de todo lo que pasé estos días, además fue bonita la experiencia de ayudar y servir como decías tú.

Juan: Es que no es por ser modesto, pero yo siempre tengo la razón.

María José: (riendo) ¡Oye! ¡Qué creído eres!

Juan: Nah, no te creas. Estaba bromeando, pero fuera de charla, es ahí en esas pequeñas cosas que puedes empezar a buscar tu razón para seguir adelante.

María José: No sé. Dudo que mi vocación sea ser maestra. 

Juan: Puede que sí como puede que no. Nada más no cierres puertas que apenas se están abriendo. Es mi consejo. 

Los dos dejan de caminar al frente de la puerta de una de las habitaciones. Los dos se quedan viendo de forma especial durante varios segundos. María José se apena y baja la cabeza. Juan también carraspea un poco la voz.

Juan: Bueno, pues ya llegamos. Espero que descanses y pases buena noche.

María José: Gracias por todo, Juan. 

Juan asiente sonriéndole con ternura y hace un amago de decir algo más, pero no se atreve y da un paso hacia atrás.

Juan: (sonriéndole) Hasta mañana.

María José le devuelve la sonrisa. Juan se retira por el pasillo y ella entra a su habitación, cierra la puerta, se recuesta en ella y suspira.

María José: Debo reconocer que es guapo y muy lindo. ¡Ay! Pero debo estar loca pensando en esas cosas. Dentro de poco va a ser sacerdote, se va a ordenar. 

María José se ve interrumpida cuando escucha su celular sonando sobre la mesita de noche, por lo que se acerca y duda en contestar al ver el nombre de la persona que la llama. 

María José: ¿Bueno?


INT. DEPARTAMENTO – NOCHE

Michael acaba de salir de la ducha y se cubre con una toalla del torso hacia abajo mientras habla por celular. Con otra toalla se seca el cabello.

Michael: Hasta que por fin me contestas. Estuve llamándote todo el día y te mandé varios mensajes, pero no me respondiste. 


INTERCUT MARÍA JOSÉ/MICHAEL

María José: (seria) Lo mismo debería decir de ti. Te llamé no sé cuántas veces anoche, pero solo ignoraste mis llamadas, justo cuando más te necesitaba, Michael.

Michael: (mintiendo) Estaba ocupado. Tú conoces mi trabajo y estaba investigando un caso, pero cuando terminé intenté contactarte. Mejor dime cómo estás. 

María José: Mucho mejor, gracias, y si solo necesitabas saber eso, voy a colgar. Tuve un día largo.

Michael: ¡Espera! También me gustaría verte. ¿Por qué no me dices dónde andas?

María José: ¿Para qué?

Michael: Para que hablemos con calma. Te vi muy mal ayer cuando hablamos y me dijiste que ibas a enfrentar a tu madrina para que te dijera la verdad. Después no supe nada más de ti.

María José: No creo que haga falta que nos reunámos. Ya me dijiste todo lo que necesitaba escuchar. 

Michael: Dame una chance, María José. Creo que en estos momentos la única persona en la que te puedes apoyar es mí. Déjame que te acompañe.

María José: Te equivocas. Podré estar sola en el mundo, pero todavía quedan personas buenas que me tienden la mano. Tú no eres el centro del mundo, Michael.

Michael: Bueno, como sea. Por lo menos veámonos. De veras me preocupas y quiero cerciorarme de que estás bien.

María José: (indecisa) No sé si sea buena idea.

Michael: Además hay algo más que indagué sobre la muerte de tus padres y me gustaría contártelo.

María José: (sorprendida) ¿De qué se trata?

Michael: No es algo que te pueda decir por teléfono. Es serio y muy confidencial. Deja que te vea mañana si te parece, no tiene que ser ya y me mandas tu ubicación. ¿Qué dices?

María José parece indecisa, aunque notablemente interesada en aquella información que su exnovio aún tiene por compartirle. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLOS – NOCHE

Juan está a punto de entrar a su habitación, sin embargo se detiene y se queda pensativo durante algunos segundos, mirando la puerta de la habitación de Benjamín.

Juan: Quizá debería intentar hablar con él una vez más.

Juan, indeciso, decide acercarse a la puerta y duda en tocarla, pero al final lo hace, sorprendiéndose al ver que ya estaba entreabierta.

Juan: (extrañado) ¿Y esto?

Juan termina de abrir la puerta con lentitud y en medio de la penumbra de la habitación, se extraña al ver tanto desorden, sábanas tiradas, cajones abiertos y ropa en el piso.

Juan: ¿Benjamín, estás ahí? ¿Podemos platicar?

Juan avanza unos pasos más y ve que la puerta del baño se encuentra también abierta, por lo que se dirige allí y su rostro desencaja al encontrarse con su amigo desmayado en la ducha, con una de las muñecas cortadas y sangre acumulada en el piso.

Juan: (aterrado) ¡Benjamín!

Juan corre hacia él y se inclina, sacudiéndolo con suavidad.

Juan: Benjamín, reacciona. Dime algo, por favor (Pegándole palmadas en la cara) ¡Abre los ojos, hombre! ¡Reacciona!

Juan, desesperado, mira a su alrededor y alcanza una toalla que envuelve en la muñeca de su amigo para detener el sangrado.

Juan: (gritando) ¡Auxilio! ¡Alguien ayúdeme, por favor! ¡Auxilio!


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – NOCHE

María José se encuentra sentada en la cama, presionando su celular entre las manos y pensativa luego de la llamada que recibió cuando escucha los gritos.

Juan: (off screen) ¡¡Auxilio!! ¡¡Alguien, por favor!! ¡¡Ayúdenme!! ¡¡Necesito ayuda!!

María José: (asustada) Es Juan…

María José se pone de pie y sale corriendo de allí con el celular en la mano. Camina por el pasillo y luego entra a la habitación de donde provenían los gritos, sorprendiéndose al encontrarse a Juan, arrodillado y sosteniendo a Benjamín, quien sigue inconsciente.

María José: ¡Dios mío! Juan…

Juan: ¡Llama una ambulancia, por favor! Benjamín está muy mal. 

María José asiente con la cabeza, muy nerviosa y de inmediato comienza a marcar un número.

Juan: Aguanta, hermano. No te vayas a ir. Tienes que resistir. No me puedes dejar así. 

Juan se abraza a él, llorando. María José permanece detrás de él, con el celular en la oreja

María José: Sí, hola. ¡Necesito una ambulancia urgente en el orfanato Nuestra Señora de Guadalupe! ¡Hay una persona desangrándose! ¡Por favor, rápido!

Juan continúa llorando. Benjamín solo permanece ajeno a lo que ocurre, pálido, de mal semblante, como si la vida se le fuera.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – DÍA

Paula se encuentra maquillándose frente al tocador cuando tocan la puerta un par de veces.

Paula: ¿Sí?

Fernanda entra. Paula la ve en el reflejo del espejo y sonríe con picardía.

Paula: ¡Vaya! Me hubiera esperado la visita de cualquier otra persona, menos la tuya después de la paliza que te dieron anoche. 

Fernanda solo permanece seria. Paula voltea a verla con burla.

Paula: Por poco te matan y tú apareces como si nada. Debe ser horrible que tu marido te pegue.

Fernanda: No vengo para que hablemos de mí. Tan solo quería decirte que pienso aprobar el matrimonio entre Christian y tu ahijada.

Paula enarca una ceja, sorprendida y se pone de pie.

Paula: ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

Fernanda: Christian no quiere regresar después de enterarse de la verdad. Detesta a Emiliano y no logré convencerlo a pesar de que le prometí comprarle un departamento de soltero.

Paula: ¿Tú crees que casándolo con mi ahijada sí regrese?

Fernanda: Es la única opción que me queda. Prefiero ver a mi hijo casado con una desconocida que lejos de mí.

Paula: ¿Cómo piensas lograrlo? Christian ni conoce a María José. ¿Vamos a organizarles una cita a ciegas o algo por el estilo?

Fernanda: De eso me encargo yo. 

Paula: ¡Muy bien! Me parece que tomaste la mejor decisión de todas. Muy en el fondo, hasta te estoy ayudando. Emiliano es un animal que no merece tu fidelidad.

Fernanda: Lo sé y es ahí a donde voy. Voy a aprobar el dichoso matrimonio ese a cambio de algo.

Paula: No creo que estés en condiciones de pedir nada, Fernanda. Recuerda que tienes rabo de paja, querida. 

Fernanda: Te conviene. Quiero que te deshagas de Emiliano.

Paula: (sorprendida) ¿Disculpa?

Fernanda: Es la única petición que tengo que hacerte. 

Paula no puede evitar comenzar a reírse hasta carcajearse de forma exagerada. Fernanda solo observa con seriedad.

Paula: ¡Ay, cuñada! Creo que la paliza que mi hermano te dio, te zafó un tornillo o te dejó tantito tarada. ¿Me estás pidiendo que mate a Emiliano, en serio?

Fernanda no responde.

Paula: ¿Dónde quedó esa mujer cristiana, caritativa y de alta moral que pretendes ser a ojos de todo del mundo? Ya decía yo que solo era pura fachada tuya para tapar lo que eres en verdad.

Fernanda: Si no lo matas tú, voy a terminar haciéndolo yo y eso es precisamente lo que quiero evitar. No deseo mancharme las manos de sangre ni cometer ningún pecado que me condene. Eres la única que lo puede hacer.

Paula: ¿Tú crees que planear la muerte de tu marido así como si nada te exonera del pecado? No seas ingenua, Fer. Ya sea que lo mates tú u otra persona, al final es lo mismo. No dejarías de ser una vil asesina. 

Fernanda: Hay veces que el fin justifica los medios. Emiliano es un demonio que va a terminar arrastrándome con él a la perdición y hay que acabarlo. 

Paula: Definitivamente estás loca…

Fernanda: Para ti no sería difícil porque ya mataste a un hermano. Gabriel no se lo merecía, pero Emiliano… ¿Qué te costaría hacer lo mismo con él que te traicionó?

Paula se queda pensativa, como considerando tal propuesta.

Fernanda: No sé cómo habrás justificado tu llegada y cómo lo convenciste de quedarte, pero puedes tener segura una cosa. Él no te creyó y estoy segura de que ahorita mismo debe estar pensando en la forma de deshacerse de ti. 

Fernanda saca de su bolsillo un pequeño frasco y se lo entrega. Paula mira con suspicacia y duda en recibirlo.

Fernanda: Unas gotas de esto en sus botellas de licor y morirá lentamente sin que nadie lo sospeche. Esto nos conviene a ambas, así que… 

Paula no responde aún.

Fernanda: ¿Puedo contar contigo o no?

Paula dibuja una sonrisa de malicia en su rostro, mirando con interés aquel frasco.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

María José viene caminando mientras sostiene un café servido en un vaso desechable. Juan aguarda sentado, con las manos juntas y entrelazando los dedos, con una expresión notablemente triste. Ella se sienta a su lado y le da el café.

María José: Toma. Creo que te hará bien para que al menos tengas tantito de energía después de que pasaras la noche en vela.

Juan la mira con agradecimiento y recibe el café.

Juan: Gracias (Da un sorbo).

María José: ¿Todavía no hay noticias de tu amigo?

Juan: (negando con la cabeza) Todavía no y la verdad es que me estoy empezando a preocupar. Llevamos horas aquí y nadie me dice nada.

María José: Todavía es temprano. Esperemos. 

Juan: Quisiera ser paciente, pero me puede la ansiedad. No me perdonaría si le pasa algo.

María José: No digas eso. Lo que ocurrió no fue tu culpa. Hay muchas personas que a veces toman esa decisión cuando se ven acorraladas, sin salida. Muchas veces no sabemos las cargas de los otros, pero eso no significa que tú seas responsable.

Juan: (sollozando) Sí lo soy. Yo… yo lo empujé a que se quisiera suicidar. No supe lidiar con lo que él sentía por mí.

María José: ¿A qué te refieres?

Juan: Benjamín… (Pausa) Benjamín me confesó hace poco que está enamorado de mí…

María José se sorprende al escucharlo, pero actúa con prudencia. Juan derrama un par de lágrimas.

Juan: Y yo como un idiota lo lastimé. Lo hice sentir solo, pero no supe cómo ayudarlo. ¿Qué clase de sacerdote voy a ser si no fui capaz de consolar a mi propio amigo y aconsejarlo para evitar que tomara esa decisión? ¿Con qué criterio voy a escuchar a los demás?

María José: Quizá ahorita no lo veas, pero estoy segura de que vas a ser un muy buen sacerdote porque a mí me escuchaste y me diste un poco de esperanza.

Juan se sorprende al oírla y la mira con los ojos desconsolados.

María José: Yo no soy muy religiosa, pero creo que de eso se trata el cristianismo, de dar amor, consuelo, servirles a los demás y tú lo reflejas… Esto que le pasó a tu amigo son situaciones que se nos salen de las manos, ¿no crees? 

Juan: Es que tengo miedo…

María José se conmueve al verlo tan vulnerable.

Juan: Esta sensación solo la tuve cuando perdí a mi padrino. Me llené de impotencia esperando noticias de él para que después viniera el doctor a decirnos que se había muerto y no habían podido hacer más. Es la misma sensación y se siente gacho…

María José lo toma de las manos e intenta consolarlo.

María José: No pienses lo peor. Tú eres un hombre de fe, así que no pierdas las esperanzas. Piensa con todo el corazón que tu amigo se pondrá bien. Es más, si quieres, podemos hasta rezar juntos. Yo te puedo acompañar.

Juan se sorprende por aquel gesto.

Juan: ¿De verdad?

María José: (esbozándole una sonrisa) Sí, no estás solo, Juan. Tú ya me serviste de paño de lágrimas. Creo que ahorita me toca a mí y me voy a quedar contigo.

Juan frunce los labios y asiente con la cabeza en medio de las lágrimas. María José le sonríe, enternecida al verlo así y aprieta sus manos con fuerza.


INT. CASA DE LAS GÓMEZ – DÍA

Grettel recién llega a su casa. Martha sale de la cocina y se seca las manos en un trapo.

Martha: ¡Hasta que por fin llegas, muchacha! ¿Dónde estabas metida? Me dijiste anoche que tu jefe te había llamado de urgencia y ya no te sentí entrar.

Grettel: Ay, mamá. No vayas a empezar con tus sermones. Mira que vengo muerta del cansancio y lo único que quiero es dormir un poco.

Martha: ¿No vas a ir a trabajar?

Grettel: Me voy a tomar el día libre. Me lo merezco después de los “favorcitos” que le hice a mi jefe toda la noche. 

Grettel sonríe con descaro y se dirige a su habitación. Martha, desconcertada, la sigue.

Martha: ¿Cómo que “favorcitos”? ¿Qué quieres decir con eso?

Grettel: (exasperada) Cosas de la empresa, mamá y ya salte. Voy a tomarme un baño.

Martha: (muy seria) Grettel, dime la verdad. ¿Estás teniendo una aventura con ese señor? 

Grettel le da la espalda sin responder.

Martha: ¿Te estás involucrando con él?

Grettel la escara, mirando a su madre con altivez. 

Grettel: Si así fuera, ¿qué? 

Martha: ¿Qué pregunta es esa, muchacha? Yo jamás te eduqué para que te enredaras con hombres mayores, casados. Te di los mejores valores para que fueras una persona de bien. 

Grettel: Que yo sepa, no estoy robando ni matando a nadie. Tengo un trabajo decente, no me drogo y hasta llego temprano. ¿Qué tiene de malo querer poner los ojos en un hombre de buena posición? 

Martha: Enredarse con un hombre casado también está mal. Vas a quedar como una desvergonzada, mija y yo no pienso permitir que andes en malos pasos. 

Grettel: ¿Lo dices por experiencia propia?

Martha, dolida, le lanza una cachetada leve a su hija, quien se vuelve el rostro furiosa.

Martha: ¡Te exijo que me respetes como tu madre que soy! ¡A mí no me vas a hablar así!

Grettel: Ahora sí cruzaste la línea, mamá. ¡Ya me tienes harta! No soy ninguna niña para que me andes pegando, así que mejor me largo de una buena vez. 

Grettel, de forma impulsiva, se dirige a su armario y comienza a sacar su ropa.

Martha: ¿Qué estás diciendo? Tú no te puedes ir.

Grettel: Tú a mí no me dices lo que debo o no debo hacer. Yo ya soy una mujer independiente, me quemé las pestañas estudiando para prepararme aunque fuera de secretaria y trabajo honradamente, pero parece que para ti no es suficiente, así que me voy.

Martha: Grettel, no hagas esto…

Grettel: Déjame sola. Voy a hacer mi maleta porque no voy a permitir que controles mi vida, mamá. 

Martha: Grettel, por favor, mija…

Grettel: ¡Que me dejes sola! 

Grettel saca su maleta, la abre y empieza a empacar sus prendas. Martha siente un nudo en la garganta y observa dolida, por lo que decide no causar un problema mayor y se retira.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Juan habla por medio de un teléfono público, de aquellos que funcionan con monedas.

Juan: (desanimado) Sí, padre. Todavía no me dan noticias de Benjamín. Llevo aquí desde la media noche y ya va a ser medio día. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA – DÍA

El padre Chuy está al otro lado de la línea.

Chuy: Ten calma, muchacho. Tú sabes cómo es la salud en este país. Debe ser que hay muchos pacientes y no han tenido tiempo de salir para darte noticias. No te desesperes.


INTERCUT JUAN/PADRE CHUY

Juan: Quisiera, padrecito, pero la verdad es que hasta tengo un mal presentimiento o no sé si es la sensación que pasé años atrás cuando se me murió mi padrino. Es como si algo malo se me viniera encima.

Chuy: ¿Qué dices? Deja de ser tan fatalista y mejor ponte en la tarea de orar mucho, igual que voy a hacer yo. Quédate tranquilo. Benjamín saldrá de esta, yo que te digo. 

Juan: Ojalá…

Chuy: Yo ya voy de salida. Llego más tarde.

Juan: Está bien. Aquí nos vemos.

Chuy cuelga la llamada, se santigua frente al crucifijo que tiene allí colgado y sale de su oficina. Jorge justo se dirigía allí.

Jorge: Buenos días, padre.

Chuy: (cortante) Buenos días 

Jorge: Me gustaría hablar con usted. Tengo que preguntarle algo.

Chuy: Tendrá que hacerlo más tarde. Debo salir al hospital y ahorita no tengo tiempo. 

Jorge: Entonces ¿es cierto? ¿Benjamín intentó suicidarse? Oí los rumores entre los seminaristas. ¿Es verdad?

Chuy: En efecto, el muchacho se cortó las venas, no sé qué tan grave fue ni cuánta sangre perdió. Juan está allá, así que voy para hacerle compañía.

Jorge: (preocupado) Déjeme ir con usted, por favor. 

Chuy: (desconcertado) ¿Por qué?

Chuy: Benjamín es uno de los seminaristas que formé en estos años. Puede que no me crea, pero de verdad aprecio a esos muchachos y enterarme de una cosa así me deja muy intranquilo. Permítame ir con usted, se lo pido.

Chuy se queda pensativo y mira con suspicacia a su colega, quien de verdad parece genuinamente preocupado.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Fernanda viene caminando mientras sostiene un ramo de flores. María José no está lejos de allí y aguarda sentada, mirando la hora en su celular. Fernanda la reconoce y se extraña.

Fernanda: ¿María José?

María José alza la mirada y se sorprende al verla, por lo que se pone de pie.

María José: Fernanda.

Fernanda: ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Viniste a ver a Christian?

María José: (desconcertada) ¿Christian? No sabía que estaba internado en este hospital. ¿Qué le ocurrió?

Fernanda: ¿Tu madrina no te dijo? Tuvo un accidente en su coche hace unos días.

María José: La verdad no sabía nada. De hecho, ni siquiera he ido a la casa ni he hablado con mi madrina. Yo estoy aquí por un amigo se podría decir.

Juan, en el fondo, se acerca caminando luego de haber colgado la llamada. Fernanda lo ve y la cámara lo sigue en primer plano y de forma lenta. El rostro de la mujer se ve confuso, los ojos se le agrandan y entra en shock.

María José: Ah, justo ahí viene.

Fernanda siente un gran impacto y los labios le tiemblan. Ha empalidecido por completo.

Fernanda: (susurrando) No puede ser…

María José: ¿Qué te ocurre, Fernanda?

Fernanda: Gabriel… 

Fernanda respira agitada y suelta el ramo de flores que traía consigo. Observa a Juan como si viera un fantasma y se le baja la presión hasta el punto en que se desvanece. María José la sostiene.

María José: ¡Fernanda! ¿Qué tienes?

Juan corre para ayudarlas.

Juan: ¿Qué pasó?

María José: No sé. Se puso pálida así de la nada.

Juan: ¡Enfermera! ¡Alguien, por favor! ¡Necesitamos ayuda!

Dos enfermeros corren en dirección a ellos mientras Juan sostiene a Fernanda en sus brazos, con una expresión completamente confundida. María José se ve más desconcertada aún por lo que acaba de presenciar.

CONTINUARÁ…

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