Capítulo 5: Praeteritum absconditum

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE

Chela ha enmudecido frente a la pregunta de Christian. Le ha sorprendido saber que el joven está al tanto de su origen y no sabe qué decir.

Christian: ¿Por qué te quedas callada, nana? 

Chela: (nerviosa) Christian…

Christian: Dime si lo sabías o no. Llevas toda la vida trabajando para esa familia. Imposible que no supieras nada.

Chela traga saliva al tiempo que se le forma un nudo en la garganta.

Chela: Mi niño, yo solo soy una sirvienta. ¿Qué derecho tenía a contarte algo tan privado de la familia?

Christian: (indignado) ¿Privado dices? ¿Y qué hay de mí, carajo?

Christian derrama un par de lágrimas. 

Christian: Se supone que eres la única persona en la que puedo confiar, la única que desde niño me mostró afecto. ¿Por qué me lo ocultaste?

Chela: (solloza) Porque una verdad de esas te hubiera hecho pedazos. No quería que sufrieras. Ya tenías suficiente con los abusos de tu mamá y el desprecio de Emiliano.

Christian: (llorando) ¿Y preferiste que viviera así a decirme la verdad?

Chela no sabe qué decir al verse confrontada. Está sin defensa.

Christian: (decepcionado) Veo que hasta ni en ti puedo confiar. 

Chela: ¿Y de qué te hubiera servido saberlo antes? ¿Qué hubieras podido hacer? ¿En qué hubieran cambiado las cosas, mijo? 

Christian: Me hubiera librado antes de Emiliano y Fernanda, hubiera reclamado lo que me pertenece y los hubiera echado a la calle como los perros que son.

Chela: Ellos no te hubieran soltado tan fácil. Tú mismo has visto que te han querido tener prisionero en esa casa. ¿Por qué crees que nunca permitieron que te fueras al extranjero?

Christian: No importa. Tenía información suficiente para acabar con esa farsa de familia. Hace mucho sé que Emiliano es un asesino que mató a mi verdadero padre y también a un tipo que lo chantajeó hace doce años, nada más que no hablé por miedo.

Chela escucha sorprendida al ver que el muchacho está al tanto de aquellos crímenes. 

Chela: ¿Él también te lo dijo?

Christian: Yo lo escuché discutiendo con el viejo una noche en la que le reclamaba por haber provocado el accidente. Hablaban de un niño que estaba enfermo y que era sobrino de Emiliano, mi hermano seguramente.

Chela, muy perturbada, baja la cabeza.

Christian: Y por lo que veo tú también estabas enterada…

Chela guarda silencio como respondiendo ante esa pregunta. Christian voltea la cabeza hacia la pared, sintiéndose muy decepcionado.

Chela: Perdóname, Christian. Yo hubiera querido sacarte de esa casa hace mucho, pero estaba de manos atadas. No había mucho que pudiera hacer.

Christian: Claro… Preferiste conservar tu empleo limpiando los pisos de la casa y hasta los pecados de tus patrones.

Chela: Claro que no. Tú no te imaginas lo mucho que me dolió no haberte protegido como hubiera querido, pero tenía límites que no podía cruzar. Como mucho pude darte mi cariño, mi consuelo y defenderte cuando hacía falta, pero de ahí no pude más.

Christian: ¿Y eso te hace ser mejor que ellos? 

Chela se siente sumamente dolida al verse recriminada.

Christian: Tú también fuiste complice de ese par con tu silencio, nana. Fuiste parte de esa maldita mentira que es mi vida y también me engañaste. Yo pensaba que eras diferente.

Chela: No digas eso, mi niño… 

Christian: Ya mejor déjame solo tú también. 

Chela: Christian…

Christian: Vete. Ni familia mía eres, así que no me hagas tenerte que tratar como la sirvienta que siempre has sido.

Chela llora desconsolada, pero intenta contenerse y se retira de la habitación. Christian, por su parte, continúa derramando lágrimas sintiendo una profunda amargura.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COCINA – NOCHE

Juan, entretanto, ha descubierto que Jorge es quien está detrás de los maltratos a Miguelito y lo ha atrapado infraganti justo cuando estaba por golpear al pequeño. Miguelito se abraza a Juan, quien mira con sumo reproche a Jorge.

Juan: Me parece de no creer. Yo ya sabía que usted era cascarrabias, estricto, pero no pensé que fuera capaz de alzarle la mano a un niño. ¿Qué clase de sacerdote es usted? (Muy indignado).

Jorge: (muy serio) ¿Me está juzgando acaso? 

Juan: Tómelo como quiera, pero lo que está haciendo es ilegal y ya me doy cuenta de que no es la primera vez que le pega a Miguel. 

Jorge: No tengo por qué negarlo. Usted no tiene la experiencia para cuestionar mis métodos de corrección para instaurar disciplina en este orfanato.

Juan: N’ombre, pues si castigar a un niño a punta de golpes es experiencia, usted no es sacerdote, sino un verdugo con sotana.

Jorge: ¡Cuidado con cómo me habla! No se le olvide que yo tengo más años en este orfanato de los que tiene usted de vida y sé perfectamente qué necesitan estos niños.

Juan: (incrédulo) ¿Ah, sí? ¿Y qué necesitan? ¿Miedo, moretones, golpes? ¿Esa es la idea del evangelio que usted ha predicado todos estos años? Porque déjeme decirle que se equivocó de Biblia, entonces. 

Jorge: Usted no entiende. Estos niños vienen descarriados, rotos…

Juan: Sí y se corrigen con amor, con paciencia, con compasión y sí que vienen rotos, pero usted los está rompiendo más y eso no se lo pienso permitir. 

Jorge sonríe con sumo cinismo.

Jorge: ¿Y cómo me lo va a impedir? ¿Reportándome con el padre Jesús?

Juan: Fíjese que no sería mala idea o hasta con el obispo si es preciso. Miguelito puede dar fe de ello y de seguro otros niños a los que usted ha maltratado y amenazado para que no lo acusen. 

Jorge: Está metiéndose con el enemigo equivocado, Juan. ¿Olvida que soy su formador y que perfectamente puedo echarle a perder su ordenación? 

Juan: ¿Piensa que puede intimidarme con sus amenazas como si fuera un niño?

Jorge: Nada más le hago ver lo que le conviene. Dígame qué dirían arriba si se enteran que mete mujeres a escondidas al orfanato y hasta se involucra con… hombres…

Juan: (sorprendido) ¿De qué está hablando?

Jorge: ¿Quiere que ventile su vagabundería delante del niño?

Juan guarda silencio durante unos segundos y mira al pequeño. 

Juan: Miguelito, espérame en tu habitación. 

Miguelito: No quiero que pelees, Juan.

Juan se inclina poniéndose a la altura del niño y le fuerza una sonrisa. 

Juan: No te preocupes. No voy a pelear. Voy a platicar aquí con el padre y te veo al rato, ¿va? No estás solito, campeón.

Miguelito, con lágrimas en los ojos, lo abraza para luego retirarse corriendo. Una vez a solas, Juan se incorpora y se cruza de brazos mirando muy serio a Jorge. Los dos se miran de forma retadora. 

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE CHUY – NOCHE

Miguelito, por su parte, corre hasta una habitación en particular y toca la puerta con insistencia. El padre Chuy se encuentra rezando de rodillas y se ve abruptamente interrumpido. 

Miguelito: ¡Padre! ¡Padre Chuy! (Tocando) ¡Ábrame, por favor!

Chuy: ¿Y ahora qué pasó?

El sacerdote se extraña y se incorpora para abrir. 

Chuy: ¿Qué te pasa, hijo? ¿Qué formas de tocar con esas? Deberías estar en la cama.

Miguelito: (asustado) Juan y el padre Jorge están en la cocina discutiendo, y me da miedo que se pongan a pelear.

Chuy: (sorprendido) Pero ¿de qué hablas? ¿Cómo que discutiendo?

Miguelito: Venga rápido, por favor.

Miguelito toma de la mano al padre y lo lleva consigo.


INT. HOSPITAL/CAPILLA – NOCHE

Fernanda se encuentra arrodillada con un rosario entre las manos con la mirada fija al altar. Usa un velo que cubre la parte superior de su cabeza. Chela entra a la capilla, se santigua  y se acerca para luego arrodillarse junto a la mujer en la misma banca. Es de notar que no hay más personas allí adentro. 

Chela: Me imaginé que estarías aquí. Tú siempre tan cristiana, tan religiosa... Mi mamá, que en paz descanse, te hizo una copia suya. Verte a ti es como verla.

Fernanda: Por lo menos me parezco a ella y no a ti que eres una perdida. 

Chela: No vine para que hablemos de mí. Lo que pasó con Christian ya fue la gota que colmó el vaso, Fernanda. 

Fernanda hace una pausa durante algunos segundos.

Fernanda: ¿Tú crees que no lo sé?

Chela: (volteando a verla) Entonces si lo sabes, ¿por qué no dejas que el muchacho se vaya en paz lejos de ti y de Emiliano? Pudo haber muerto en ese accidente. 

Fernanda: Es mi hijo y sé muy bien lo que le conviene. No pienso abandonarlo así como tú me abandonaste a mí. Yo no soy una madre desnaturalizada.

Chela: Esto no se trata de mí ni de ti, sino de él. Christian ya es un hombre hecho y derecho. No puedes seguir reteniéndolo contigo. 

Fernanda: Una madre no debe separarse de sus hijos porque se pueden perder y ese accidente es una señal de que debo encaminar a mi hijo por el camino correcto; camino del que tú lo has desviado para ponerlo en mi contra.

Chela: ¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Abusando de él como lo hiciste cuando era niño? ¿Azotándolo hasta al cansancio? (Pregunta muy indignada)

Fernanda: Tú nunca lo entenderías. Lo que llamas abuso fue una forma de impedir que se perdiera con mujeres de baja moral, pero tú lo arruinaste. Fuiste tú la que le metió ideas en la cabeza para que se rebelara y mira las consecuencias.

Chela: (llorando) Fernanda, reacciona. Nada de lo que has hecho está bien. Mi mamá, aunque me duela reconocerlo, estaba loca y te heredó todas sus locuras, todo su fanatismo enfermo y yo sé que fue mi culpa por dejarte con ella, pero no repitas esa historia con Christian.

Fernanda se incorpora y escupe a Chela. 

Fernanda: No hables así de mi santa abuela. Ella fue la que me hizo una mujer de bien a diferencia de ti que me abandonaste por el solo hecho de ser producto de una violación. ¿Y ahora me pides que abandone a mi hijo? 

Chela: Te lo imploro. Deja a Christian tranquilo. Deja que se vaya, hija, por favor. 

Fernanda: (furiosa) ¡No me llames hija!

Fernanda la agarra del pelo con brusquedad obligándola a mirar en dirección al altar.

Fernanda: Más bien reza para que se te perdonen todos tus pecados. Yo ya pagué por los míos y no voy a permitir que mi hijo caiga en perdición, así que deja de meterte.

Fernanda suelta a su madre del pelo, la mira con notable furia y respira agitada. Chela llora desconsolada.

Fernanda: No me hagas echarte a la calle o incluso decirle a Christian quién eres en verdad a ver si deja de ponerte en un pedestal. 

Fernanda inhala para intentar tranquilizarse y se santigua para luego retirarse de la capilla. Chela llora con un profundo dolor, casi ahogándose en su llanto, aún arrodillada en la banca.

Chela: Perdóname, Dios mío. Perdóname por lo que hice, pero ten piedad y ayúdame a reparar mis errores. Perdona a mi hija que no sabe lo que hace, te lo suplico. Ayúdame.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/COCINA – NOCHE

Juan y Jorge se miran de forma retadora luego de las palabras amenazantes que este último le dijo.

Juan: Para mí no es ningún secreto que nunca le he caído bien, pero no me imaginé que me odiara tanto para levantarme calumnias. 

Jorge: No son calumnias. A mí no me va a hacer creer su historia rebuscada de que ayudó a esa joven. Eso déjeselo al imbécil del padre Jesús que acolita todas sus desfachateces. 

Juan: Créalo o no, dije la verdad y la sostengo hasta el final. 

Jorge: ¿Qué me dice de Benjamín?

Juan desencaja el rostro.

Jorge: Yo mismo los vi besándose como un par de desvergonzados en los baños del patio. ¿Cómo va a explicar eso?

Juan no sabe qué decir. Jorge sonríe con malicia.

Jorge: ¿Lo ve? Ni siquiera tiene justificación. Con su historial, puedo perfectamente evitar que se ordene como sacerdote. 

Juan: (indignado) ¿Me está chantajeando?

Jorge: Puede tomarlo como quiera. 

Jorge se acerca despacio a él.

Jorge: Tan solo le recuerdo que en este mundo todo se maneja con un interés de por medio y si usted guarda silencio, también puede contar con el mío. 

Jorge, con el mayor descaro, se queda viéndolo con cierto deseo. Juan lo ve con los ojos desorbitados.

Jorge: Hasta puedo ser complaciente si lo quiere. En parte no juzgo a Benjamín por caer en tentación con usted. Incluso hasta yo podría ser débil. 

Jorge le acaricia los labios con el dedo pulgar. Juan pierde la paciencia y lo agarra con brusquedad de la ropa.

Juan: ¡Desgraciado! ¿Por quién me toma? 

Jorge: Suélteme. No le conviene ponerse así. Recuerde que ya tiene mucho qué perder.

Juan: (muy molesto) ¡Me importa un pepino! No entiendo como una persona de su calaña tiene el descaro de vestir una sotana teniendo tan doble moral. 

Jorge: (provocador) ¿Y qué va a hacer? ¿Golpearme? ¿Es lo que haría un buen sirvo de Dios?

Juan lo empuja contra la pared. Jorge suelta una risa burlesca, pero disimulada.

Jorge: ¿Qué espera? Golpéeme, adelante. Es lo único que me hace falta para terminar de hundirlo. Me lo agradecerá porque así tendrá el camino libre para fornicar con la mujer de esta mañana o con Benjamín. 

Juan alza el puño, fuera de sí, a punto de pegarle al descarado hombre en la cara hasta que es detenido por una firme voz.

Chuy: ¡¡Juan!!

El padre Chuy entra apresurado junto con Miguelito y se queda sorprendido al encontrarse con aquella escena en la que Jorge está arrinconado mientras que Juan tiene el puño en alto.

Chuy: ¿Qué se supone que estás haciendo, muchacho? ¡Suelta al padre de Jorge de inmediato!

Juan baja el puño y se da cuenta de lo que estaba a punto de hacer, por lo que suelta de mala gana a Jorge. Este se organiza la ropa.

Jorge: Qué bueno que llegó, padre Jesús. Su protegido estaba a punto de golpearme como un incivilizado. ¡Es un completo troglodita!

Chuy: ¿Qué fue lo que pasó? Que alguien me explique ya mismo.

Juan: Perdóneme, padre, pero tenía demasiada rabia. 

Chuy: ¿Y eso es motivo para andar repartiendo golpes? Tú no eres así, Juan. ¿Qué te ocurre?

Juan: Este infeliz ha estado golpeando a Miguelito. Nada más hace un rato lo agarré con las manos en la masa a punto de alzarle la mano con un cucharón de la cocina. 

Chuy: (sorprendido) ¿Qué?

Jorge: ¡Puras calumnias! Estaba regañando y corrigiendo al niño. Juan de La Cruz está exagerando la situación.

Juan: ¡Cínico, infeliz!

Juan intenta ir hacia él de nuevo.

Chuy: ¡Ya basta, Juan! Una rabieta más y con todo el dolor del mundo tendré que suspenderte.

Juan: Padre, no le estoy diciendo mentiras. Puede preguntárselo al niño.

Miguelito se esconde detrás del padre Chuy. 

Chuy: ¿Es eso cierto?

Miguelito, con timidez, asiente con la cabeza.

Miguelito: Sí, padre. Él… él me ha gritado y me ha pegado varias veces. 

Juan: ¿Lo ve? Y estoy seguro de que no es el único al que este señor ha maltratado. Debe haber muchos otros niños a los que les ha pegado.

Jorge no se inmuta y trata de no perder la compostura ante tales acusaciones. Chuy lo mira con reproche.

Chuy: ¿Qué tiene para decir en su defensa, padre Jorge?

Jorge: No hay mucho qué pueda decir, padre. Es evidente que ese niño miente y Juan de La Cruz lo manipuló para ensuciar mi nombre.

Juan: Usted no tiene vergüenza.

Chuy: Déjame hablar, Juan. Y usted, padre Jorge, déjeme decirle que estas acusaciones son muy serias y no voy a permitir abusos dentro de este lugar. 

Jorge: ¿Va a creerle a un mocoso malcriado y a un seminarista descarriado?

Chuy: Voy a iniciar una investigación a partir de mañana y si confirmo que es verdad, tendré que escalar el asunto a la diócesis para que tomen medidas.

Jorge: Esto es inaceptable, aunque no me extraña viniendo de usted que siempre protege a Juan de La Cruz de todo lo malo que hace.

Chuy: No voy a discutir ahora eso con usted. Es tarde y los ánimos están muy caldeados. Más bien retírense todos a sus habitaciones y mañana, padre, hablaremos muy seriamente usted y yo.

Jorge mira fulminantemente a todos los demás y sin decir una palabra se retira. Miguelito corre hacia Juan y lo abraza rompiendo en llanto.

Juan: Ya pasó, campeón. Nadie te va a poner una mano encima. Te lo prometo.

Chuy: Juan, ¿me juras que lo que me dijiste es verdad?

Juan: ¿Todavía duda de mi palabra?

Chuy: No es eso, pero conozco al padre Jorge desde hace casi treinta años. Los dos fundamos juntos este orfanato. Me parece increíble que sea un maltratador y apenas me venga a enterar.

Juan: Pues entonces debió empezar por correrlo de aquí. Es un peligro para los niños. 

Chuy: No puedo actuar sin pruebas. Primero necesito comprobarlo. Voy también a pedir una revisión de las cámaras de seguridad por si logro ver algún comportamiento raro. 

Juan: Pues aquí ya tiene un testimonio de una víctima de ese abusador. 

Chuy se acerca y se inclina poniéndose a la altura del niño. 

Chuy: Miguel, sé que estás asustado, pero voy a necesitar que nos ayudes. ¿Tienes idea de qué otros niños pudieron también ser golpeados por el padre Jorge?

Miguelito asiente con la cabeza.

Chuy: Entonces mañana debes decirme quiénes son para que podamos hablar con ellos. Es muy importante evitar que esto siga pasando, ¿bueno?

Miguelito: (entre lágrimas) Está bien, padre.

Juan le limpia las lágrimas al niño y lo mira conmovido. Chuy tampoco es indiferente y se mira con el primero, ambos preocupados por la situación. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

María José y Paula se encierran en el elegante estudio de la casa. Paula es quien cierra la puerta.

Paula: Muy bien. Ese lugar está muchísimo más apropiado para que hablemos con calma. 

María José: No hay mucho qué hablar, madrina. Creo que fui lo suficientemente clara contigo allá afuera. 

Paula: Pero es que no entiendo. Todo iba bien y ahora llegas para decirme algo así después de que te desapareciste todo el día (Pensativa). Déjame adivinar. Te viste con ese infeliz, ¿no? Él te convenció de regresar con él a España. 

María José: Te equivocas. No sé nada de Michael desde hace un año que terminamos o más bien desde que yo le terminé por seguir tus planes (Habla con cierto reproche).

Paula: No me está gustando nada el tono con el que me estás hablando, María José. Parece como si yo te hubiera obligado a aceptar algo que no querías. Tú siempre estuviste dispuesta a ayudarme en esto. ¿Por qué echarte para atrás así tan repentinamente?

María José: Porque me di cuenta de que no has sido lo suficientemente sincera conmigo.

Paula: ¿De qué estás hablando, muchacha?

María José: Tú también tuviste que ver con el accidente de Gabriel Fonseca (Paula se impacta). Te escuché anoche hablando con Emiliano. 

Paula se pone nerviosa e intenta acercarse a su ahijada.

Paula: Pensé que dormías…

María José: Claro, es lo que tú querías y por eso me pediste que me tomara las pastillas. No te convenía que escuchara.

Paula: María José, todo tiene una explicación…

María José: (alejándose) Lo que oí no necesita de ninguna explicación. Tú manipulaste los frenos del coche para que tu propio hermano se accidentara. Emiliano y tú acordaron repartir el patrimonio de la familia entre los dos, pero no contaste con que él te iba a traicionar. 

Paula: Sé lo que estás pensando, pero aunque no lo creas, hubo motivos muy poderosos de mi parte para hacer algo así.

María José: No, lo que hiciste no tiene nombre, haya sido por lo que haya sido. Fue horrible y me engañaste todo este tiempo metiéndome una absurda venganza en la cabeza, muy bien montada por cierto, pero eso se acabó. ¡No vas a jugar conmigo!

María José se dirige contundentemente a la puerta.

Paula: ¡María José, espera!

María José: ¡No quiero hablar contigo!

Paula se arrodilla en el piso y agarra a la joven de la pierna para evitar que salga. 

Paula: Escúchame, por favor.

María José: ¿Qué haces? 

Paula: Sé que te mentí y te pido perdón, mi amor, pero no quería que pensaras mal de mí. Tú sabes lo mucho que te quiero y cuán importante eres para mí. Eres como mi hija.

María José: ¿Y qué hay de mí? ¿Cómo crees que me sentí cuando supe que la mujer que es casi como mi segunda madre es una asesina?

Paula: Lo de Gabriel lo hice en un momento de desesperación. Emiliano me manipuló para que lo hiciera. 

María José: Y tú como si nada le hiciste caso deslumbrada por la herencia de la familia, ¿no? (Indignada). 

Paula: Yo solo he sido una víctima desde que era una niña. Viví toda mi vida resentida, llena de desprecio, de odio… 

Paula rompe a llorar. 

Paula: Perdí muy niña a mi mamá… (Hace una pausa) Nunca te lo conté, pero a ella la encontré muerta…

María José se sorprende al oírla. Paula llora amargamente al recordar.

Paula: Mi pobre madre se suicidó de una forma horrible cuando descubrió que… (Hace una pausa) Mi padre tenía una amante metida en su propia casa…

María José se sorprende al oírla. Paula llora al recordar.

Paula: Yo fui la que le conté que había descubierto la porquería de amorío que sostenía mi padre con la sirvienta…

Paula, de niña, escucha detrás de una puerta y la entreabre, sorprendiéndose al ver a un hombre, su padre, besándose apasionadamente con una mujer vestida con el uniforme de empleada doméstica. Esta última se encuentra sobre el escritorio y disfruta de aquel momento con los ojos cerrados, pero cuando los abre, se asusta al ver que la niña los observa y ambos amantes se detienen.

Paula: (voz en off) Tenía tanta decepción que no dudé en contarle a mi mamá, pero fue peor…

En otra secuencia de recuerdo en sepia, otra mujer, al parecer la madre, discute fuertemente llorando con el padre. En un momento dado, él sale exasperado y azota la puerta. Paula ha observado y escuchado la discusión de lejos escondida tras una pared.

Paula: (voz en off) Mi padre le pidió el divorcio y ella no pudo resistirlo…

En otro recuerdo más, la madre sube a una silla y pone una soga alrededor de su cuello. Parece llorar. Minutos después, Paula entra a la habitación y se sorprende al ver colgando los pies de su madre, quien al parecer se ahorcó. La pequeña de diez años grita y rompe a llorar al encontrarse con tal dolorosa escena. Paula deja de recordar y derrama un par de lágrimas.

Paula: Fue el detonante para que ella tomara la decisión de quitarse la vida y dejarnos huérfanos… Verla ahí, colgando, inerte, es una imagen que jamás se me va a borrar de la cabeza y que me ha acompañado todos estos años…

María José no dice nada, pero no puede evitar sentir lástima por tan trágica historia.

Paula: Me volví una niña tan rebelde que mi papá tomó la decisión de enviarme a un horrible internado del que salí cuando ya tenía casi la mayoría de edad… Quería callarme, evitar que divulgara su asquerosidad… (Habla con mucho rencor) Quería quedarse en esta casa revolcándose con la maldita sirvienta que provocó la muerte de mi mamá…

María José se queda pensativa y tiene un breve recuerdo.


FLASHBACK

María José: Veo que entonces usted trabaja para la familia desde hace muchos años.

Chela: Más de cincuenta. 

María José: Wow, es de admirar que haya empleados que hoy en día sean tan fieles. 

Chela: Es porque no tengo a donde ir, ni ahorros, ni nada, además tengo mis razones para estar acá y una de esas es el joven Christian. 

María José: (extrañada) ¿Por qué? No deja de ser el hijo de sus patrones.

Chela: (esbozando una sonrisa) Lo vi crecer y le tengo un cariño inmenso. Además, la relación entre él y los señores no fue la mejor, y siempre se refugió en mí. Lo veo casi como un hijo.

FIN DEL FLASHBACK


María José deja de recordar y parece atar cabos.

María José: Ayer conocí a una tal “Graciela”. Me dijo que llevaba más de cincuenta años trabajando en esta casa. ¿Acaso ella…?

Paula asiente despacio con la cabeza al tiempo que se incorpora. 


CORTE A:

INT. HOSPITAL/CAPILLA – NOCHE

Chela se encuentra llorando en silencio frente al altar de aquella desolada capilla apenas iluminadas por las velas.

Paula: (voz en off) Es justo lo que piensas. Graciela es la misma mujer que trajo desgracia a esta casa porque no solo embrujó a mi padre. También metió a su hija aquí años después para que repitiera su historia…


CORTE A:

INT. HOSPITAL/PASILLO – NOCHE

Fernanda observa a Christian durmiendo a través de la ventanilla de la puerta de la habitación. Una mirada dura se dibuja en sus ojos.

Paula: (voz en off) La muy mustia logró engatusar a Emiliano mientras tenía un amorío con Gabriel y de esa relación inmoral nació Christian…


CORTE A:

INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

María José luce sumamente sorprendida al enterarse de todos los secretos que envuelven a aquella familia.

María José: Entonces… ¿Graciela es la madre de Fernanda?

Paula: Y la abuela de Christian.

María José le da la espalda intentando asumir toda esa información.

Paula: Todo este tiempo no he sabido si sentirme culpable de la muerte tan lamentable de mi mamá, pero tengo muy claro que no soy la única. Mi padre y Graciela tuvieron mucho que ver, y no solo arruinaron la vida de mi mamá, sino también la mía…

María José: Claro, ahora lo entiendo.

María José vuelve a encararla.

María José: Esto no se trata solo de Emiliano que te traicionó. También odias a esa mujer por haber provocado el suicidio de tu mamá mientras que a mí me viste la cara de estúpida desde que era una niña para traerme aquí y vengarte…

Paula: No podía decirte de buenas a primeras que tenía las manos manchadas de sangre. Eras muy pequeña para entender.

María José: (indignada) Pudiste hablarlo conmigo después, pero jugaste con la buena fe que te tenía, madrina.

Paula: Yo nunca quise ser una asesina y si te conté mi historia es para que entendieras mis motivos. Era muy joven, estaba llena de odio… (Llorando) Vi esa propuesta como mi oportunidad de redimirme y de reclamar mi lugar.

María José: Pero Emiliano te jugó sucio.

Paula: Y es por ese motivo que quiero acabar lo que dejé empezado. Tengo todas las herramientas en mis manos para acabar no solo con Emiliano, sino con Graciela.

María José: ¿Y yo qué? ¿Soy una de tus herramientas? ¿Es así como me has visto desde niña?

Paula: Sé que tienes motivos para estar enojada, pero trata de entenderme, María José.

María José: No puedo. Para mí nada justifica arrebatarle la vida a otra persona, mucho menos a alguien que tiene tu sangre. Gabriel era tu hermano.

Paula: Lo sé y me arrepiento, eso te lo juro. Emiliano se aprovechó de mi odio por papá para que causara ese accidente, pero era una muchachita inmadura que no pensó bien las cosas.

María José: Créeme que lamento muchísimo lo que pasaste, pero nada me hará cambiar de opinión. Fue horrible lo que hiciste y no voy a ser tu cómplice.

Paula: María José, te lo pido. No puedes dejarme sola en este punto. Puedes irte lejos una vez acabemos, pero necesito que te cases con Christian. Nadie es perfecto en esta vida, mi amor. Todos cometemos errores, unos más graves que otros como fue mi caso, pero…

María José: (con firmeza) Pero nada. Yo no voy a hacer parte de la historia tan turbia de esta familia. Perdóname, madrina, pero hasta aquí llegué yo.

Paula: María José… María José, mi princesa…

María José sale contundentemente del estudio y cierra la puerta tras sí. Paula se queda sola y se cubre la mano con la boca pensando llena de frustración.


INT. CORPORATIVO DE LOS FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – NOCHE

Emiliano aún bebe licor mirando el panorama de la ciudad cuando, de repente, tocan la puerta.

Emiliano: Adelante.

Grettel entra.

Grettel: Con permiso, licenciado. 

Emiliano se gira para verla con interés.

Grettel: Venía para decirle que ya terminé los reportes para la reunión de pasado mañana con sus inversionistas. 

Emiliano: (sonriendo) ¡Qué comprometida! Pudo haber terminado esos reportes mañana. Todavía tenía tiempo.

Grettel: Prefiero no dejarme acumular trabajo. 

Emiliano: De igual manera, cuente con el pago de sus horas extras en la próxima nómina. No soy un jefe déspota y valoro su esfuerzo.

Grettel: Le agradezco y ya me voy. Quería pasar a despedirme. Buenas noches.

Grettel se da la vuelta para retirarse. 

Emiliano: Grettel, espérese.

Grettel: (volteándose de nuevo) ¿Sí?

Emiliano se acerca a ella. Grettel se pone un tanto nerviosa y baja la mirada.

Emiliano: ¿No le gustaría quedarse un poco más conmigo y hacerme compañía? Puede tomarse algo si gusta. Tengo brandy, whiskey, ron, ginebra…

Grettel: Discúlpeme, pero no tomo, licenciado.

Emiliano: ¿Por qué es tan cortante conmigo? Tengo la impresión de que siempre me quiere evitar.

Grettel: Creo que ya se lo había explicado antes.

Emiliano: ¿No será más bien que se está haciendo la difícil? 

Grettel: ¿A qué se refiere?

Emiliano pone el vaso de licor en el escritorio y luego se acerca a ella sin quitarle los ojos de encima. 

Emiliano: Usted lo sabe mejor que yo. Una mujer siempre intuye cuando trae loquito a un hombre, así como usted me trae a mí y le he dado señales de sobra.

Emiliano le alza el mentón con delicadeza.

Grettel: (alejándose) No quiero que se creen malentendidos, licenciado. Yo respeto mucho mi trabajo y también lo respeto a usted.

Emiliano: Entonces…

Emiliano la atrae suavemente contra su cuerpo. Grettel gime un poco asustada, pero no se resiste, aunque está tensa. El hombre le roza la mejilla y le habla con su voz grave al oído.

Emiliano: ¿Va a decirme que no le gusto ni tantito?

Grettel: Licenciado, yo…

Emiliano: Respóndame lo que le pregunté y llámame por mi nombre o como se le antoje cuando esté así cerquita.

Emiliano incluso la olfatea y cierra los ojos disfrutando del aroma.

Emiliano: Dígame que no le gusto nada porque me voy a portar muy mal si sigo oliendo ese perfume. 

Emiliano comienza a besarla por el cuello con delicadeza. Grettel se estremece. 

Grettel: Es mejor que pare. Usted es un hombre casado y yo…

Emiliano: Que yo sepa usted está soltera y no tiene hijos. 

Emiliano deja de besarla por el cuello y de olfatearla para luego mirar sus labios con deseo. 

Emiliano: Nada le impide corresponderme a no ser que le parezca un viejo feo que la está acosando. ¿Es eso?

Grettel: Usted no es feo y… (Hace una pausa) A mí me fascinan los hombres maduros.

Emiliano: (sonriendo con picardía) ¿Ah, sí? ¿Y que soy yo entonces?

Grettel: Un hombre muy atractivo con el que me da miedo perderme en algo de lo que me voy a arrepentir después.

Emiliano: Perdámonos juntos. Usted no lo sabe pero a mí me encanta jugar a las escondidas.

Emiliano la besa despacio. Grettel parece insegura, pero poco a poco comienza a corresponderle. El beso se torna más apasionado hasta al punto en que el hombre la toma de las piernas y la monta sobre el escritorio. Ella le quita el saco y él se desabrocha la corbata.

Emiliano: (excitado) Esto querías, ¿no? Hacerte la difícil. 

Emiliano le mete las manos por debajo de la falta del uniforme con ánimos de retirarle la ropa interior, pero es ahí donde ella lo detiene.

Grettel: Creo que se está equivocando conmigo. 

Emiliano: ¿Qué?

Grettel: Pude ceder, pero eso no significa que voy a ser una más de las que pasan por sus manos, licenciado.

Emiliano: (sonriendo) ¿Va a seguir haciéndose la santurrona y la mosca muerta? 

Grettel: No me hago. Yo soy una mujer decente. 

Emiliano: Lo mismo dicen todas y a mí me pone más caliente que se ponga así de brava.

Emiliano intenta besarla, pero ella le pone las manos en el pecho para detenerlo.

Grettel: Creo que usted no me está entendiendo y si se quiere quitar las ganas, búsquese a una prostituta. Yo vine a trabajar y soy su secretaria.

Grettel se baja del escritorio y se organiza el uniforme. Emiliano la mira desconcertado.

Emiliano: No la entiendo. Pensé que…

Grettel: Pensó mal. Yo no soy de las que se deja deslumbrar tan fácil, licenciado. Usted podrá creerse un casanova, pero conmigo sus trucos y palabrería barata no van a funcionar. Si quiere lograr algo conmigo, tiene que ir más allá.

Grettel le sonríe, se da la vuelta y se dirige a la puerta.

Emiliano: ¿Y se va así nomás? 

Grettel voltea a verlo y sonríe, por lo que se quita la ropa interior y se la lanza al hombre, quien atrapa la prenda en el acto.

Grettel: Buenas noches. Descanse.

Grettel cierra la puerta. Emiliano respira agitado y toma esa diminuta prenda entre sus dedos. El hombre la huele con cierto fetichismo, pero luego, frustrado, la tira al piso 

Emiliano: ¿Quién se habrá creído para rechazarme así? ¿Qué jueguito se trae?

Emiliano toma su vaso para dar otro sorbo de licor notablemente molesto, aunque también algo sofocado y se desafloja el cuello de la camisa. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLOS – NOCHE

Es tarde. Benjamín llega algo ebrio a su habitación, pero en medio de la oscuridad intenta abrir la puerta con sus llaves y se le caen al piso.

Benjamín: (molesto) Carajo…

Benjamín se agacha para intentar buscarlas cuando, de repente, Juan abre la puerta de su habitación apenas usando un pantalón. Es de notar que ambas habitaciones están ubicadas en el mismo pasillo.

Juan: ¿Benjamín?

Benjamín recoge sus llaves y ni siquiera lo encara.

Benjamín: ¿Qué haces levantado? Es la una de la mañana.

Juan: Lo mismo te pregunto yo. ¿Vienes de afuera?

Benjamín no le responde y abre la puerta de su habitación, pero pierde un poco el equilibrio debido a la embriaguez y se sostiene del marco de la puerta. Juan se acerca.

Juan: (preocupado) ¿Estás bien?

Benjamín: Déjame solo y vete a dormir. 

Juan: ¿Estabas tomando?

Benjamín: ¿Qué te importa lo que haga? 

Juan: Me importa porque te aprecio y veo que cada vez más de mal en peor. ¿Desde cuándo sales tarde y te emborrachas, hombre? Te pueden suspender.

Benjamín: ¿Y tú qué? ¿Te crees muy santo? ¿Crees que eres el único que tiene derecho a divertirse? ¿Que acaso yo no puedo cogerme a una mujer de verdad y pasarla bien?

Juan: (sorprendido) No me digas que…

Benjamín: (sonriendo con amargura) Sí, me busqué a una vieja que me hiciera sentir hombre a ver si se me quita lo marica. ¿Eso quería oír?

Juan: (con el rostro dolido) Benjamín…

Benjamín: No me mires con lástima. Suficiente tengo con mi vida y con sentirme así.

Juan: No es lástima. Eres mi amigo y estoy preocupado por ti.

Benjamín: ¿Tu amigo? ¿Dices que soy tu amigo nada más? Porque para mí eres mucho más que eso.

Juan no dice nada, pues se siente impotente y no sabe qué decir. Benjamín lo mira con los ojos vidriosos. 

Benjamín: Te he amado como un imbécil y nada más estoy tratando de buscar la forma de olvidarme de ti, así que no me juzgues por querer forzarme a estar con una mujer. Total tú hiciste lo mismo.

Juan: Te equivocas. Yo no he roto mis votos y me duele sentir que por mi culpa estás rompiendo los tuyos, pero no sé qué hacer y no quiero hacerte daño. 

Juan se acerca a él y le pone las manos en los hombros.

Juan: (sollozo) Tú sabes que te aprecio y no te quiero ver así. 

Benjamín rompe a llorar como un niño al escuchar esas palabras. Juan lo mira también con compasión y un nudo en la garganta.

Benjamín: ¿Por qué me tenía que enamorar de ti, Juan? ¿Por qué tuve que nacer así? (Pregunta roto de dolor) ¿Cómo hago para ser normal y sacarte de adentro?

Juan no responde e intenta abrazarlo, pero él lo empuja con violencia.

Benjamín: ¡No! ¡No te atrevas a abrazarme por lástima! ¡No lo hagas si no me quieres!

Juan: Benjamín, ya basta…

Benjamín: Con tus abrazos no vas a solucionar nada. ¡Vete y déjame en paz!

Juan: Benjamín…

Benjamín: ¡Déjame en paz, carajo!

Benjamín entra a su habitación y le cierra fuertemente la puerta en la cara. Juan retrocede impactado, pero sintiéndose muy mal y no puede evitar derramar una lágrima. Benjamín, por su parte, se deja caer por la puerta llorando desconsolado y abrazándose a sí mismo. 

Benjamín: Como quisiera odiarte, Juan…

Benjamín golpea su cabeza con la puerta un par de veces y sigue llorando lleno de rabia, amor reprimido y tal vez falto de afecto como también inseguridad. 

CONTINUARÁ…

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