Capítulo 10: Inter fidem et tenebras
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Christian duerme plácidamente en la cama ajeno a la presencia de su madre, quien le acaricia el cabello.
Fernanda: (susurrando) Pensé que nunca volvería a ver a tu hermano, pero siempre nos enfrentamos con el pasado cuando menos lo esperamos y es tan idéntico a ti. Pude verlo, con mis ojos, cuando pensé que lo había perdido para siempre…
Fernanda recuerda fugazmente el momento en que vio a Juan antes de desmayarse y sonríe.
Fernanda: Diría que incluso tiene un aire más parecido a tu papá que tú. Gabriel era tan dulce, tan noble… Tú también siempre me recordaste mucho a él, aunque en menor medida, especialmente cuando te fuiste haciendo un hombre….
Fernanda acaricia con su dedo pulgar los labios de Christian y su mirada se torna un tanto enfermiza.
Fernanda: Te fuiste poniendo más grande, más guapo… Verte era tener el recuerdo vivo de tu papá, sentir que podía estar con él otra vez, acariciarlo…
Fernanda tiene un recuerdo de hace unos años.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – NOCHE
Fernanda reza con los ojos cerrados, iluminada por los velones puestos en puntos específicos de su lúgubre habitación y sostiene un rosario entre sus manos.
Fernanda: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal…
De repente, la mujer es interrumpida. Christian entra a la habitación, notablemente molesto. Luce más joven que en la actualidad.
Christian: (muy serio) Necesito hablar contigo.
Fernanda: Estoy ocupada. Hablaremos cuando termine de rezar.
Christian: Me importa un pinche rábano si terminaste o no. Tú tampoco respetas mis espacios. Te metes en todo lo que hago. Hasta me cancelaste mis tarjetas.
Fernanda, de forma impasible, se santigua frente a su cruz de madera colgada en la pared y se pone de pie para encarar a su hijo.
Christian: ¿Hasta cuándo me vas a seguir jodiendo la vida? ¿Que a poco no te bastó con lo que me hiciste de niño? ¿Qué más quieres de mí, chingada madre?
Fernanda le da una fuerte bofetada. Christian se vuelve el rostro mirándolo con odio.
Fernanda: (furiosa) ¡No se te ocurre volver a blasfemar en mi habitación que es un templo sagrado!
Christian: (sarcástico) ¿Templo sagrado estas cuatro paredes en las que siempre me golpeaste y hasta me abusaste? Esto más bien es un infierno. ¡Un pinche infierno!
Fernanda: ¡Que te calles!
Fernanda vuelve a abofetearlo al otro lado de la cara con gran fuerza y sin darse a la espera, lo agarra con brusquedad del mentón.
Fernanda: Mira nada más hasta donde te está arrastrando el pecado, el libertinaje. Todas esas rameras con las que te acuestas te están llenando de maldad, de espíritus malos…
Christian se suelta de mala gana y comienza a sollozar.
Christian: ¿Qué mujeres si ni siquiera les puedo responder como hombre? Todo lo que me hiciste me dejó impotente. No soy un chavo normal como tantos otros. La única forma que encuentro de complacer a una vieja es con lana; lana que tú me estás quitando.
Fernanda: No voy a permitir que malgastes el dinero que tanto le ha costado a esta familia con esas mujerzuelas, así les cumplas o no. ¡Me importa un bledo! Tú eres mi hijo, Christian y no voy a permitir que te pierdas.
Christian: ¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme bajo llave para evitar que salga? ¿Por qué no admites más bien que estás loca y celosa porque mi papá tampoco te cumple a ti?
Fernanda, fuera de sí, respira agitada y le lanza una tercera bofetada al joven, una más brutal que las primeras, al punto de que le parte el labio.
Fernanda: ¡Te vas a arrepentir de deshonrar a tu propia madre!
Fernanda lo agarra de la camisa y lo empuja. Christian choca contra un buró y la mira con rabia contenida, al tiempo que se limpia un poco la sangre del labio.
Christian: Me das asco, Fernanda.
Fernanda lo mira como poseída, con los ojos brillosos, respirando entrecortado.
Fernanda: ¿Asco?
Ella sonríe, se acerca despacio hacia él y lo acorrala. Christian la ve con los ojos desorbitados, mostrando que, en efecto, siente repudio ante la mujer que le dio la vida.
Fernanda: (casi susurrando) El asco es tu pecado, tu rebeldía, pero yo voy a salvarte, aunque tenga que arrancarte el mal con mis propias manos.
Fernanda lo toma de la cara con fuerza, oliendo su cabello como si quisiera absorberlo. Christian tiembla un poco y ella se burla.
Fernanda: Todavía tiemblas como un niño pequeño. Muy, en el fondo, queda algo de mi precioso bebé. Todavía me ves como tu madre.
Fernanda lame la sangre del labio de él. Christian derrama lágrimas al sentirse tan impotente.
Christian: Basta. Déjame en paz.
Fernanda: Hace mucho que no purificamos tu cuerpo, mi amor.
Fernanda pone su mano en la entrepierna del joven. Christian se retuerce, incapaz de escapar de allí.
Fernanda: O quieres que el mundo sepa lo impotente que eres, ¿ah? ¿Quieres que todos rían de ti?
Christian se queda inmóvil, derrotado, la respiración quebrada, a punto de llorar.
Fernanda: Yo soy la única que puede arreglar ese problema.
Fernanda dice aquello al tiempo que rasga en dos la camiseta que él usa.
Christian: Mamá, te lo pido… No me hagas esto otra vez.
Christian derrama una lágrima que se deshace en sus labios.
Fernanda: (susurrando suavemente) Ya fue suficiente de rebeldías, Christian y ahorita mismo, vas a pedirme perdón. Te vas a arrodillar y me vas a pedir perdón como un buen hijo… Luego…
Fernanda acaricia el pecho del joven y le susurra al oído de forma enfermiza.
Fernanda: Luego vas a liberar todo tu pecado en mí.
Fernanda se aleja y agarra el látigo que tiene puesto sobre el buró.
Fernanda: Vamos, arrodíllate. Te prometo que en cuanto terminemos, voy a activar de nuevo todas tus tarjetas porque debes reconocer que sin el dinero y los lujos con los que creciste, no eres nadie, hijo. No querrás terminar como un mendigo en la calle. Quiero salvarte.
Christian se desploma de rodillas, resignado, no tanto por el chantaje, sino porque Fernanda aún le causa un miedo descomunal. Ella lo toma del cabello y lo obliga a mirar la cruz de la pared.
Fernanda: ¡Pídeme perdón!
Christian rompe en llanto, balbuceando una disculpa apenas audible.
Fernanda: ¡No te estoy escuchando!
Christian: Perdón, mamá. Perdóname.
Fernanda, con gesto de éxtasis, comienza a flagelarlo con el látigo.
Fernanda: ¡Más fuerte!
Christian: ¡Perdóname!
Fernanda: ¡Otra vez!
Christian: (llorando) ¡Perdóname, mamá! ¡Perdóname!
Fernanda le lanza latigazos de manera discriminada, cada golpe más fuerte que el anterior. Christian llora adolorido y su espalda pronto se cubre de sangre ante las heridas.
FIN DEL FLASHBACK
Fernanda deja de tener aquel tétrico recuerdo y sonríe como si le causara satisfacción al tiempo que contempla a su hijo dormido, acariciándole el rostro con ternura retorcida.
Fernanda: Una madre siempre debe hacer todo lo que pueda para evitar que sus hijos sufran. Yo le fallé a tu hermano e incluso te estoy fallando a ti, pero no permitiré que siga pasando. Los voy a salvar, aunque me cueste la vida.
Christian tan solo sigue durmiendo profundamente por el efecto de los medicamentos. Fernanda, por su parte, parece que tuviera algo en mente.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHELA – NOCHE
Chela, entretanto, se encuentra sentada en su cama, pasando con nostalgia las páginas de un álbum de fotografías algo antiguas y en tonos sepias. Una de esas fotografías, muestra la familia compuesta por Emiliano, Gabriel y Paula de niños, junto a sus padres.
Chela: (sonriendo con nostalgia) Creo que esta se las tomé yo…
Chela no puede evitar sollozar y también tiene un recuerdo muy antiguo.
FLASHBACK
EXT. TERMINAL DE BUSES – DÍA
Es temprano. Hay varios viajeros que apenas están llegando a su destino. Chela y otra joven de su misma edad, bajan de uno de los buses con unas pequeñas maletas. Están cansadas, aunque la otra sonríe muy emocionada.
Minerva: ¡Ay, Chela, mira la ciudad! Es que se ve enorme. ¿Te das cuenta? Aquí todo es distinto. Todo huele a futuro.
Chela mira a su alrededor, con cierta tristeza dibujada en sus ojos y sin tanto entusiasmo.
Chela: No sé qué tanto futuro tengo aquí, Minerva. Dejé mi vida en el pueblito y a lo más importante, a mi hija. No dejo de pensar si estuvo bien y menos con mi mamá.
Minerva: Fue lo mejor, Chela. Tú…
Minerva le esboza una sonrisa y le frota el hombro para darle algo de confianza.
Minerva: Tú necesitas sanar, amiga. Esta ciudad es tu oportunidad de empezar de nuevo, de volver a ser tú sin que nadie te recuerde lo que viviste con ese asqueroso. De haberte quedado allá, la familia de ese tipejo te hubiera seguido hostigando.
Chela: (sollozando) Pero yo lo maté.
Minerva: (muy seria) Es la última vez que vas a decir eso en tu vida, ¿me escuchaste? Te defendiste que es una cosa muy distinta después de que te violó.
Chela: ¿Y qué hay de mi hija? Tú conoces a mi mamá, tan estricta, tan religiosa. No quiero que mi niña sufra lo que yo sufrí con mi mamá que me metió en la cabeza que todo era pecado.
Minerva: Primero debemos entrarle duro a la chamba para que te la puedas traer para acá, pero por el momento no, Chelita. ¿Cómo le íbamos a dar de comer? ¿Quién la cuidaría mientras tú trabajas?
Chela cierra los ojos y se limpia discretamente una lágrima. Minerva la abraza de lado.
Minerva: Primero hay que levantar cabeza. Trabajar, ahorrar… Después, ya veremos. Vamos a traernos a Fernanda luego, luego.
Minerva le sonríe como dándole esperanzas. Chela le esboza una sonrisa, aunque aún poco convencida de su decisión.
FIN DEL FLASHBACK
Chela, en el presente, deja de recordar.
Chela: De verdad lamento mucho todo lo que te hice pasar, Minerva. Tú siempre estuviste ahí conmigo y yo… (Hace una pausa) Yo destruí a tu familia, te quité a tu marido… Tus hijos son lo que son por mi culpa.
Chela rompe a llorar muy dolida y un recuerdo más llega a su cabeza.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Christian se encuentra bocabajo sobre la cama, con el torso descubierto. Chela le cura las heridas provocadas por la flagelación que sufrió a manos de Fernanda hace un rato. Él salta del dolor cuando ella va pasando el algodón.
Chela: (muy indignada) Esto no puede seguir así. Tu mamá no puede seguir haciéndote una bestialidad de estas así como cuando eras niño.
Christian tiene la mirada ida y destrozada.
Christian: Creo que ya me acostumbré, nana. No tengo salida. A veces he pensado que estoy mejor muerto.
Chela: Calla, no digas esas cosas. Tú apenas pasas de los veinte. Tienes mucho por delante, mijo y ya es hora de que le demuestres a tu mamá que no le tienes miedo.
Christian: Pero sí se lo tengo y mucho, y lo peor es cuando me obliga a tomarme una pastilla para…
Christian se detiene abruptamente y comienza a vomitar a un lado de la cama ante el asco que siente. Chela lo mira con lástima y dolor mientras le da palmadas suaves en la espalda.
Chela: Debes vencer ese miedo porque eso es justo de lo que ella se está aprovechando para seguirte manipulando. Que sea la última vez que te golpea y te obliga a esto porque a la próxima debes contraatacar. Amenázala con contarle todo a Emiliano y verás cómo se detiene.
Christian tose más, intentando reponerse
FIN DEL FLASHBACK
Chela cierra el álbum, se limpia las lágrimas y se pone algo seria.
Chela: (dejando de recordar) Christian es el único que todavía tiene tiempo de escapar de este infierno. No puedo permitir que él sea una víctima más de esta familia.
Con la firmeza de aquellas palabras, parece que el ama de llaves también parece estar planeando algo.
EXT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE" – NOCHE
Entretanto, Juan viene caminando con María José a paso lento y se van acercando a la entrada del orfanato.
Juan: De veras que sí había mucho tráfico de camino para acá.
María José: Ni lo digas, aunque es muy normal, ¿sabes? En todos los países el tráfico es bien pesado, incluso en España.
Juan: Me imagino y pensar que te hice pasar por todos estos dolores de cabeza, me da reteharta pena contigo.
María José: ¿Pena por qué?
Juan: Por acompañarme. De verdad te lo agradezco, a pesar de que no llevamos tantos días de conocernos.
María José: (sonriéndole) No hay de qué, Juan. Además, ya te lo dije. Tú también me ayudaste cuando me sentí tan desolada sin importarte que fuera una desconocida. Para mí, eso vale mucho y acompañarte es lo mínimo que puedo hacer.
Juan se detiene y se queda pensativo, mirándola de forma especial. Ella, como mira hacia adelante, no se da cuenta y al percatarse de que él se quedó atrás, voltea a verlo.
María José: ¿Qué pasa?
Juan: Nada. Es que me quedé pensando que… (Hace una pausa) Me pareces una mujer increíble.
María José se sorprende al escucharlo.
Juan: (apenado) Pues, quiero decir que… admiro tu buena intención. No muchas personas se quedarían al lado de alguien con broncas teniendo las suyas por resolver.
María José: Tal vez no te das cuenta, pero tú también eres un hombre increíble. Aunque cargues con tu pasado, sigues de pie y no te dejas vencer fácil. Para mí eso es de admirar.
Juan se sorprende también al escucharla y una sonrisa se dibuja en su rostro, entre una mezcla de pena y emoción. De repente, un alboroto llama su atención en la entrada del orfanato. Ven una ambulancia estacionada con las luces encendidas, varios de los niños afuera al igual que seminaristas.
Juan: (preocupado) ¿Por qué está todo el mundo afuera?
María José: Parece que hubo algo.
Juan acelera el paso, desconcertado y se acerca a la multitud que se ha congregado en la entrada.
Juan: ¿Qué está pasando?
Grettel: ¡¡Juan!!
Juan voltea a ver y se sorprende al ver a Grettel, quien corre a abrazarlo. María José observa a una distancia prudente y se extraña un poco.
Grettel: ¡Ay, qué bueno que llegas!
Juan: (extrañado) Grettel, ¿qué haces aquí? ¿Qué es este alboroto?
Grettel: (preocupada) Yo llegué hace poco, pero no te imaginas. El padre Chuy se desmayó.
Juan: (impactado) ¿Cómo?
Grettel: Lo encontraron desmayado en la capilla y no respondía.
Juan desencaja el rostro y pronto ve a los paramédicos saliendo del orfanato, abriéndose paso entre la gente y arrastrando a alguien sobre la camilla. Juan esquiva a los niños, maestros y seminaristas, acercándose con el corazón desbocado. Ve sobre la camilla al sacerdote, inconsciente, pálido y con un tubo de oxígeno.
Juan: ¡Padre! ¡Padre Chuy!
Juan siente que un vacío lo invade y toma la mano del hombre al tiempo que se iguala a la velocidad de los paramédicos que se dirigen a la ambulancia. Jorge observa con dureza la escena entre la multitud.
Juan: Padrecito, dígame algo. Soy yo, soy Juan.
Paramédico: Por favor apártese, joven. Déjenos trabajar.
Juan: (muy preocupado) No me vaya a dejar, padre. ¡Usted tampoco, por favor!
Los paramédicos suben la camilla a la ambulancia con rapidez. Todos los presentes observan con preocupación y tristeza, ya que todos todos sienten un gran cariño hacia el sacerdote. Juan observa destrozado, preso de un vacío que lo invade
Juan: Padre…
Pronto, esa imagen de la ambulancia, lo hace tener varios flashes de recuerdos
FLASHBACK
Evaristo logra ver a lo lejos el auto acercándose a velocidad y abre impactado los ojos.
Evaristo: ¡¡Juan, no!!
En una maniobra rápida, al señor solo se le ocurre correr y empujar fuertemente a su ahijado para salvarlo del inminente atropello. Es justo cuando él recibe de forma brutal el impacto del auto conducido por Emiliano. El parabrisas se agrieta y el cuerpo de Evaristo rueda por encima del auto, cayendo en la carretera muy malherido.
Juan: (aterrado) ¡¡Padrino!!
FIN DEL FLASHBACK
Juan siente que todo el ruido a su alrededor se forma en un eco lejano en sus oídos, como un pitido constante, y solo ve la ambulancia alejándose mientras más recuerdos llegan.
FLASHBACK
Evaristo, con dificultad, alcanza a quitarse de su muñeca un denario (un rosario de diez cuentas), el cual le da al muchachito.
Evaristo: Toma esto y nunca te olvides del buen camino, mijito. Dios te bendiga.
Evaristo continúa sonriendo, pero sus ojos poco a poco se apagan. La cámara se aleja y en el fondo se oye en eco la sirena de una ambulancia acercándose. La policía tampoco tarda en llegar y Juan se ve obligado a apartarse de Evaristo para que los paramédicos lo suban sobre una camilla.
FIN DEL FLASHBACK
Juan deja de recordar y comienza a respirar agitado. Parece como si el acontecimiento que está viviendo ahora lo devolviera al trágico momento en que su padrino murió. María José nota que no se encuentra bien y se aproxima, poniéndole la mano en el hombro.
María José: Juan…
Juan parece ido y cada vez respira más agitado, se lleva las manos al rostro, como si quisiera arrancarse los recuerdos.
Juan: (ahogado) Esto no me puede volver a pasar otra vez, no…
FLASHBACK
Juan: ¿Benjamín, estás ahí? ¿Podemos platicar?
Juan avanza unos pasos más y ve que la puerta del baño se encuentra también abierta, por lo que se dirige allí y su rostro desencaja al encontrarse con su amigo desmayado en la ducha, con una de las muñecas cortadas y sangre acumulada en el piso.
Juan: (aterrado) ¡Benjamín!
FIN DEL FLASHBACK
Juan se hiperventila al tener todos esos recuerdos mezclados en la cabeza y casi se derrumba María José lo sostiene. Grettel, a lo lejos, observa lo que ocurre y se preocupa, pero no se acerca al ver a María José, cosa que la desconcierta.
María José: ¡Mírame, Juan!
María José lo toma del rostro, hablándole con firmeza.
María José: ¡Respira conmigo! ¡Ahora!
Juan intenta obedecer, pero el aire le falta y sus ojos se llenan de lágrimas. María José inhala profundamente y exhala lento, guiándolo.
María José: Así, mírame. Respira conmigo. Tú puedes.
Juan, entre jadeos, intenta imitarla. Poco a poco, su respiración se estabiliza y el aire vuelve a sus pulmones.
María José: Eso es. Tranquilo.
Juan: (en un hilo de voz) No quiero que se me muera. No quiero perderlo como mi padrino.
María José: No lo harás. Todo estará bien, ¿me oyes? No lo vas a perder.
Él asiente con dificultad. María José lo abraza y él le corresponde, aún intentando reponerse del ataque de pánico que estaba a punto de sufrir. Grettel observa la escena desde unos pasos atrás, con cierto recelo, al tiempo que se cruza de brazos.
INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE
Emiliano recién llega a su casa, tira el maletín en el sofá y se desabrocha un poco la corbata. Paula justo entra detrás de él.
Paula: Llegas temprano.
Emiliano voltea a verla con indiferencia.
Emiliano: ¿Y tú qué? ¿Me andas vigilando?
Paula: Para nada. Estaba esperando a que llegaras
Emiliano agarra una de sus botellas de licor para servirse un trago. Paula se apresura y le quita la botella con suavidad.
Paula: Déjame que sea yo quien te atienda hoy.
Emiliano: (mirándola con suspicacia) ¿Qué te traes?
Paula: Nada en especial.
Paula se voltea, toma un vaso y sirve el licor, sonriendo con malicia. Con destreza, saca de las mangas de su blusa un pequeño frasco y con el gotero, vierte un par de gotas en el licor. Luego, guarda el frasco en su manga de nuevo, encara a su hermano y le entrega el vaso.
Paula: Tan solo quiero pasar un poco más de tiempo con mi hermano al que hace tantos años no veía. ¿Que acaso poco no puedo?
Emiliano duda en recibirle el vaso, pero al final accede.
Emiliano: No te hagas, Paula. He vivido lo suficiente para saber que ni en la propia sombra se puede confiar y a mí tu llegada no me termina de dar buena espina.
Emiliano bebe un sorbo. Paula enarca una ceja.
Paula: ¿Tanto miedo tienes a que haga algo contra ti?
Emiliano: (burlesco) ¿Miedo? No me hagas reír, mi chula. Todavía no hay nadie que me cause miedo y tú menos. Eres muy insignificante para mí (Bebe otro sorbo).
Paula: No tienes que ser tan hiriente y yo que tú, sí me andaría con cuidado. Fernanda me dijo que le contaste la verdad a Christian.
Emiliano: ¿Y eso qué? ¿Crees que pueda hacer contra mí?
Paula: No lo descartes. Si lo ves de este modo, prácticamente estás repitiendo con ese pobre muchacho tu historia con papá.
Emiliano guarda silencio y termina de beber el licor, con una expresión sumamente seria.
Paula: Te transformaste en una copia de él y le estás haciendo a Christian lo que un día papá te hizo a ti. ¿No te da un poco de pena?
Emiliano: Nunca podría sentir pena por el hijo de mi peor enemigo, el que me quitó mi lugar, el cariño de mi mujer, la posibilidad de ser feliz…
Paula: Gabriel está muerto desde hace muchos años. Christian no tiene la culpa de nada de eso y podría un día rebelarse, así como tú. Podría acabar con tu vida, así como tú acabaste con la vida de papá.
Emiliano: ¿De qué mierda estás hablando?
Paula: Conmigo no tienes que fingir, Emiliano. Yo sé muy bien que tú tuviste algo que ver con su muerte.
Emiliano la agarra con brusquedad del brazo.
Emiliano: ¡No te atrevas a hacer suposiciones! El viejo era débil, estaba enfermo del corazón. ¡Yo no tuve nada que ver! Y si solo viniste a importunarme, te puedes ir largando de mi casa.
Paula se suelta y solo sonríe.
Paula: No te preocupes. Si mataste o no papá, no voy a reprochártelo. Te recuerdo que a mí también me hizo menos y me envió lejos a un internado durante muchos años después de la muerte de mamá. Yo pensaba que era machismo, que no me tenía en cuenta por ser mujer, pero a ti también te trató como un pedazo de mierda, así que no creo que fuera por eso.
Paula se queda pensativa. Emiliano no responde, pues sabe que la razón del desprecio de su padre era por ser adoptado.
Paula: Estoy segura de que algo tenía en tu contra, algo que nunca me he podido explicar.
Emiliano: ¿Yo qué sé? Gabriel era su favorito y ya no me andes chingando removiendo el pasado. Mejor déjame solo. No me gusta que me molesten cuando llego de la oficina.
Paula: Como quieras.
Paula le finge una sonrisa llena de hipocresía, pero antes de retirarse, se da la vuelta justo en el umbral de la puerta.
Paula: ¡Ah, otra cosa! Como te dije, había llegado con mi ahijada. Fernanda y yo estuvimos platicando, y se nos ocurrió que sería buena idea organizar una cita para que ella y Christian se conozcan.
Emiliano: ¿Y a mí qué? Lo que hagan ustedes con sus asuntos de viejas me tiene sin cuidado.
Paula: Tan solo te comentaba para que no te tome por sorpresa si los muchachos se gustan y hasta se casan.
Paula se retira y cierra la puerta tras sí. Emiliano vuelve a servirse otro trago y se queda pensativo ante esa posibilidad.
INT. HOSPITAL/CAPILLA – NOCHE
Es madrugada. Juan se encuentra arrodillado con el rosario en las manos y mirando hacia el altar. La capilla es iluminada por las velas colocadas alrededor.
Juan: Señor, yo sé que a veces soy medio impulsivo, que no soy perfecto y que a lo mejor no vaya a ser el mejor de los sacerdotes. Por alguna razón que ni yo mismo entiendo, tú me pusiste esa vocación en el corazón y aquí me tienes, pero aunque trato de ser fuerte, muy en el fondo flaqueo…
Juan derrama un par de lágrimas y la luz tenue de las velas iluminan su rostro humedecido. María José justo va entrando a la capilla en silencio.
Juan: Flaqueo porque me da miedo quedarme solo y no poder ayudar a los que se van de mi lado. Quisiera controlarlo todo, pero se me sale de las manos. Tú bien sabes lo mucho que me dolió perder a mi padrino. Me quedé sin rumbo porque ni padres tengo…
María José escucha conmovida.
Juan: El padre Chuy y Benjamín son de las pocas personas que todavía me quedan y te pido por ellos. Permite que se pongan bien. Ayúdalos a salir de esta y en cuanto a mí, no me dejes solo. Ilumíname siempre y camina conmigo, por favor.
Juan el rosario con fuerza y baja la cabeza, ahogado en silencio. María José se acerca y le pone la mano en el hombro.
María José: Juan…
Juan se sobresalta, se incorpora con rapidez y se limpia las lágrimas con el dorso de las manos.
Juan: Disculpa, yo… No te oí entrar.
María José: No, discúlpame tú a mí por interrumpirte.
Juan: ¿Hay noticias del padre Chuy?
María José: (asintiendo) Sí, lograron estabilizarlo y justo te estaba buscando para avisarte.
Juan: ¿De veras? ¿Y cómo está? ¿Qué tiene?
María José: Está fuera de peligro. Tal parece que sufrió un microinfarto. No es tan grave, pero sí es de mucho cuidado.
Juan sonríe y suelta una bocanada de aire, lleno de alivio y mirando hacia arriba.
Juan: Gracias, Dios mio. ¡Gracias!
Juan besa con agradecimiento y reverencia el crucifijo del rosario. María José lo observa con una sonrisa.
Juan: Tengo que ir a verlo. ¿Sabes si puedo entrar?
María José: Sí, ya lo trasladaron a una habitación. Me dijeron que llamara a alguno de sus familiares para que lo acompañe, pero como apenas lo conozco, no tenía ni idea. Me imagino que tú has de saber a quién llamar.
Juan: De hecho, no tiene familiares. El padrecito era hijo único, pero yo me puedo quedar a hacerle guardia.
María José: Lo quieres mucho, ¿no?
Juan: Bastante. Él ha sido mi única familia en todos estos años desde que se murió mi padrino y cuando lo vi tan mal, se me vinieron un montón de recuerdos feos a la cabeza. Fue como… como si reviviera todo otra vez. El miedo me paralizó, sentí que me moría. Fue bien raro.
María José: Lo que por poco tuviste fue un ataque de pánico.
Juan: No sabía que se llamaba así. Es como si de repente sintieras que te vas a morir.
María José: Sí, no es nada bonito y casi siempre se desata por momentos de estrés, de miedo. Yo los sufrí mucho de niña cuando perdí a mis padres y durante años necesité medicación, psicólogos… Fue un infierno.
Juan: (apenado) Lo siento mucho. No me habías contado.
María José: Porque son recuerdos que he preferido enterrar como bien pudiste darte cuenta la otra noche que platicamos, pero en fin. Lo importante es que aprendas a controlar la respiración. Esa es la clave.
Juan: No hubiera podido sin ti que me ayudaste. Gracias.
María José: Tranquilo. Mientras pueda ayudarte, aquí me vas a tener.
Juan: Pero ya hiciste mucho por mí. Deberías regresar al orfanato para que descanses, comas algo, te duches. No quiero que pases otra noche en vela aquí conmigo.
María José: Hay un hotel cerca. Puedo ir a ducharme y comer algo rápido, pero no me pidas que me vaya. Tú también necesitas apoyo y no puedes pretender controlarlo todo.
Juan se queda sin palabras, la observa fijamente, sintiéndose mejor y seguro. María José, por su parte, le sonríe para infundirle confianza.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – DÍA
Ya ha amanecido. Fernanda entra a la habitación de su hijo y se sorprende al verlo de pie, justo terminando de colocarse una camisa.
Fernanda: (desconcertada) Christian, ¿qué se supone que estás haciendo?
Christian: (indiferente) ¿Qué no ves? Me largo de este pinche hospital que me tiene harto.
Fernanda: Todavía no te dan de alta, hijo. ¿Te volviste loco? Hace una semana que tuviste un accidente grave. Todavía necesitas recuperarte.
Christian: Ya estoy bien y me voy bajo mi propio riesgo. Más bien deberías regresarte a la casa y mandarme mis cosas con el chofer porque yo ni pienso ir.
Fernanda: Debes pensar mejor las cosas. Yo sé que estás dolido, ofendido, pero no puedes tirar la toalla así. ¿Vas a darle gusto a Emiliano? ¿Vas a dejar que se salga con la suya?
Christian: (incrédulo) ¿Tú diciendo eso?
Fernanda: Es la verdad. Emiliano solo te ha usado todos estos años para darse la vida que siempre quiso como dueño del corporativo y de la casa. Te quitó a tu padre, a mí me quitó a tu hermano. Tú no eres la única víctima aquí, hijo. Yo también.
Christian: No seas cínica. ¿Se te olvida la mierda de vida que me diste?
Fernanda: No voy a discutir del mismo tema contigo, pero si te sirve de algo, estoy dispuesta a todo para arreglar este desastre.
Christian: (sonriendo con incredulidad) ¿Y qué vas a hacer? ¿Matar a Emiliano?
Fernanda: (muy seria) Lo único que quiero es tu felicidad y no voy a permitir que nadie te vuelva a hacer daño, mi amor.
Fernanda intenta acariciarle el rostro, pero él se aparta.
Fernanda: Vuelve a casa, por favor. Es tu hogar, es tu vida. No te rindas tan fácil. Tienes que reclamar tu lugar. ¡El lugar que solo a ti te pertenece!
Christian se queda pensativo ante tales palabras, que parecen hacer eco en su cabeza.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COCINA – DÍA
Chela se encuentra lavando algunos platos. Paula entra en ese instante, lanzándole una mirada de desdén al ama de llaves.
Paula: Fernanda me acaba de llamar.
Chela solo la escucha mientras sigue fregando los platos con la esponja. Paula agarra un vaso, abre el refrigerador y se sirve un poco de jugo mientras habla.
Paula: Tal parece que a Christian le dieron de alta y ella quiere organizar una cena especial para darle la bienvenida, así que más te vale sacar tus mejores dotes culinarios y no tu asquerosa cocina de pueblo.
Paula bebe un sorbo del jugo.
Chela: (indiferente) ¿Se le antoja que prepare algo en especial?
Paula derrama el jugo en el piso y deja caer el vaso que se parte en pedazos. Chela se aturde un poco.
Paula: Se me antoja que comprendas cuál es tu lugar en esta casa.
Paula se acerca de forma intimidante al ama de llaves.
Paula: ¿Qué esperas? Limpia.
Chela la mira con algo de molestia, toma un trapo, se agacha y comienza a secar el reguero en silencio. Paula, con una sonrisa cruel, coloca su pie sobre la mano de la mujer, presionándola contra el piso. Chela gira adolorida al cortarse con los vidrios.
Chela: ¿Qué se supone que haces? (Logra zafarse)
Paula: Ese es justo tu lugar, Graciela. Quizá nadie te lo hizo ver en estos años, pero ahora que yo volví, te voy a poner en dónde perteneces. Nunca reemplazaste a mi madre y nunca lo harás.
Chela respira hondo y, con un poco de valor, se incorpora y levanta la mirada hacia ella.
Chela: Nunca quise reemplazar a tu mamá. Ella era mi amiga.
Paula: ¡No te atrevas a mencionarla! Además, ¿qué amiga? ¿Una que le quitó el marido en sus narices hasta hacer que se colgara del techo? (Furiosa)
Chela: ¿Hasta cuándo me vas a atormentar con lo mismo? ¿Por qué no sales y le cuentas todo a Emiliano de una buena vez?
Paula: Sería una decepción muy grande para él enterarse de que su nana no es más que una zorra y se me hace más entretenido así, torturarte con tu secreto, muerta de miedo y de impotencia, así como mi mamá cuando mi papá le pidió el divorcio por ti. Quiero ver hasta dónde aguantas y si no terminas como ella.
Paula la mira como si contuviera fuego auténtico en los ojos. Chela solo mantiene la respiración contenida.
Paula: Así que ya lo sabes. Prepara la cena porque te puedo garantizar que será muy especial. Estás invitada y hasta me tomé la molestia de prepararte el vestido que te vas a poner. Lo dejé en tu habitación y no te atrevas a faltar. ¿Entendido?
Paula sale con paso firme, dejando a Chela con el trapo en mano y la respiración contenida, al tiempo que su mano sangra un poco por la cortada.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – DÍA
Juan se ha quedado profundamente dormido en un sofá. Chuy reposa sobre la cama conectado a un electrocardiograma. María José entra a la habitación en silencio para no incomodar, se acerca a Juan y se enternece al verlo dormido, por lo que toma una manta de la mesa y lo cubre con cuidado. La joven no puede evitar quedarse mirándolo con una sonrisa.
Chuy: Juan siempre duerme como una marmota.
María José se exalta y se da la vuelta al escuchar la voz débil del sacerdote, quien al parecer ya estaba consciente.
María José: Padre…
Chuy: El mundo se le puede estar cayendo encima y él ni enterado. Tiene el sueño pesado.
María José: (esbozando una sonrisa) Eso veo. ¿Usted cómo se siente?
Chuy: Mejor, se podría decir, aunque preocupado.
María José: Tranquilo. Usted se pondrá bien. Tuvo un microinfarto, pero con un buen tratamiento…
Chuy: (interrumpiendolo) No hablo de mí. Hablo de Juan.
María José se desconcierta.
Chuy: ¿Qué relación tienes tú con los Fonseca?
María José se sorprende ante tal pregunta. Chuy la mira con seriedad.
Chuy: Juan me lo dijo ayer. Me contó que una conocida tuya se desmayó en cuanto lo vio y lo llamó “Gabriel”. ¿Ellos te mandaron? ¿Están investigando el paradero del muchacho?
María José: Padre, yo…
María José voltea a ver a Juan, quien sigue durmiendo ajeno a la conversación.
Chuy: Juan no se va a despertar fácil. Lleva dos días sin dormir. Mejor dime quién eres, muchacha. ¿Cómo es que con tanta casualidad llegaste al orfanato y lo conociste?
María José: Puede que le cueste creerlo, pero sí fue pura casualidad. Los Fonseca no son familia mía. Mi madrina lo es, pero yo no tengo ninguna relación con ellos.
Chuy: ¿Tu madrina?
María José: Sí, Paula Fonseca.
Chuy: (recordando) Claro… Paula, la que provocó el accidente de Gabriel junto con Emiliano.
María José: ¿Usted…? ¿Usted ya sabía?
Chuy: Evaristo era buen amigo mío. Trabajó muchos años como jardinero para esa familia. Tú ya has de saber la historia. Fernanda te la contó con detalle el día de ayer.
María José: ¿Nos escuchó hablando?
Chuy: El cómo me haya enterado no importa. El punto aquí es que tu cercanía con Juan puede ser muy peligrosa para él.
María José: Le juro que no tengo ninguna mala intención, padre. Juan ha sido muy bueno conmigo y yo jamás haría nada para perjudicarlo. Hasta me atrevería a decir que… (Pausa) Me inspira algo muy lindo por dentro que no me explico, tal vez admiración, ternura, no sé, pero no lo dañaría de ninguna manera.
Chuy: Y te creo, pero debes entender que corre un riesgo gigante si se siguen relacionando. Evaristo me pidió encarecidamente que lo cuidara justo la noche en que Emiliano Fonseca lo mató sin pestañear.
María José: (impactada) ¿Cómo?
María José de nuevo voltea para asegurarse que Juan no esté despierto.
María José: (pensativa) Juan me había contado que a su padrino lo habían atropellado. Entonces ¿fue él? ¿Emiliano fue el que lo atropelló?
Chuy asiente mortificado con la cabeza. María José no da crédito ante ello.
Chuy: Juan de La Cruz estaba muy enfermo de anemia. Evaristo apenas tenía para comer y se arriesgó yendo a esa casa para pedirle caridad, pero en lugar de eso, encontró la muerte.
María José se cubre la boca con una mano, sumamente sorprendida, ya que no conocía ese detalle.
Chuy: ¿Ves a lo que me refiero? Emiliano Fonseca es un hombre malo que no se mide para destruir a cualquiera al que vea como una amenaza. Si te sigues viendo con Juan, corre el riesgo de que lo descubra en cualquier momento. Tienes que alejarte de él, hija, por favor.
Juan se mueve en ese instante y se estira, al tiempo que bosteza. Ellos, al percatarse, detienen su conversación. María José intenta actuar normal.
Juan: ¿Y’ora? (Parpadeando para aclarar la vista) Me pareció escuchar que estaban platicando bien a gusto. No me digan que estaban rajando de mí.
Chuy: (riendo un poco nervioso) Para nada, mijo. María José me preguntaba cómo estaba y yo le decía que ya me siento mejor, ¿no?
María José: Sí, así es.
María José fuerza una sonrisa. Juan se levanta del sofá.
Juan: Podrá sentirse mejor, pero ya sabe que a partir de ahora tiene que cuidarse más. Tuvo un microinfarto, ¿se da cuenta?
Chuy: Pensaba que esas punzadas en el corazón que sentía a veces no eran importantes. Por eso no les presté mucha atención.
Juan: Pero ahora ya sabe que sí son importantes y tiene que empezar un tratamiento. No se puede jugar con la salud y usted ya está pasadito de años para que se las dé de roble.
Chuy: Ve a decirle viejo a tu abuelo, chamaco (Ríe levemente).
Juan: (riendo) Es la verdad, no se me enoje. Mire que todavía lo necesitamos aquí con nosotros y los niños del orfanato también (Lo toma de una mano). Tiene que cuidarse.
Chuy: En definitiva siempre sabes sacarle el lado amable a todo, pero ya no te preocupes tanto. En un par de días me dan de alta y voy a empezar el dichoso tratamiento ese. Voy a estar bien con la ayuda de Dios. ¿Por qué mejor no se van ya para que descansen?
Juan: No lo quiero dejar aquí solo, padrecito.
Chuy: Y yo no quiero que te desgastes más. Con esas ojeras vas a parecer un panda. Además, María José necesita regresar por sus cosas al orfanato, ya que al parecer encontró lugar a dónde ir.
Juan: (sorprendido) ¿Es cierto?
Juan mira con cierta tristeza a la joven, quien asiente con la cabeza y baja la mirada.
Juan: No me habías dicho nada.
María José: No te quería importunar con todo lo que te pasó.
Juan: ¿Y tú trabajo como maestra?
Chuy: (interviniendo) Como María José te estuvo acompañando ayer después de lo que pasó con Benjamín, yo ya había dejado a una maestra encargada.
Juan: Pues qué mal. Pensé que te ibas a quedar más tiempo con nosotros.
María José: Creo que ya abusé mucho de ustedes y es lo justo, pero siempre les voy a estar muy agradecida.
Chuy: ¿Por qué no la acompañas, Juan? Así de paso tú también descansas un poco.
Juan lo piensa un momento y luego asiente.
Juan: Está bien, padre. Pero prométame que se va a cuidar.
Chuy: Te lo prometo. Vete tranquilo.
Juan: Vengo más tarde, ¿va?
Juan y María José se dirigen a la puerta. Ella voltea a ver al sacerdote, quien la observa en silencio con expresión grave. María José siente un nudo en el pecho, pero disimula y sale junto a Juan.
INT. DELEGACIÓN/OFICINA – DÍA
Michael entra con una sonrisa lambiscona a la oficina, sosteniendo un café en un vaso desechable.
Michael: Buenos días, jefe. Por acá vengo bien temprano a traerle su cafecito caliente.
Michael mira alrededor, pero la oficina está vacía y solo ve una pila de documentos sobre el escritorio.
Michael: (fastidiado) Me esforcé en levantarme temprano y el tipejo ni ha llegado. Ni modo…
Michael se acerca al escritorio y coloca el café allí, aunque se queda viendo con interés las carpetas y documentos.
Michael: Quizá ya encontró algo del caso de la prostituta.
El hombre, con algo de curiosidad y cuidando que no venga nadie, toma las carpetas, se ensaliva el dedo índice y comienza a husmear.
Michael: Bah, pura basura…
Michael sigue husmeando sin interés los documentos, pero en eso, una carpeta se le desliza por accidente de las manos y cae al piso, por lo que se apresura a recoger los papeles entre los cuales hay varias fotografías de niños, fotocopias de actas de nacimiento, defunción e informes en los que al parecer se busca a alguien.
Michael: ¿Y esto?
Michael pasa las hojas y en una de ellas, ve un archivo con dos fotos en particular, una de Christian cuando era adolescente y otra de adulto.
Michael: (extrañado) ¿Quién es este güey?
De repente, se escucha la puerta.
Octavio: ¿Qué estás haciendo aquí?
Michael se sobresalta y derrama el café sobre los documentos. Octavio abre los ojos como platos al ver el desastre.
Michael: ¡Jefe!
Octavio: (furioso) ¡Pero qué carajos hiciste, inútil!
Michael intenta secar los papeles con las manos, nervioso.
Michael: Perdón, perdón. Nada más quería ser buena onda y traerle café ahorita que vamos a trabajar juntos. Fue sin intención, se lo juro.
Octavio: (interrumpiéndolo) ¡Ya cállate!
Octavio le arrebata la carpeta, de mala gana.
Octavio: No sé quién te dijo que podías meterte a mi oficina sin mi consentimiento. Además, yo no pedí trabajar contigo. Acepté porque ya estoy a punto de jubilarme. Este es mi último caso y si vuelves a meter las narices en mis asuntos, te echo a patadas. ¿Está claro?
Michael: Sí, jefe.
Octavio: Vete.
Michael asiente con la cabeza, conteniendo la molestia por el trato tosco, por lo que se retira, pero justo cuando cruza el umbral de la puerta, alcanza a ver cómo Octavio arranca discretamente la foto de Christian y se la guarda en el bolsillo.
INT. / ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA
Más tarde, Juan y María José caminan por los pasillos del orfanato. Él la acompaña a la salida mientras ella arrastra su maleta.
Juan: De veras que me pone un poco triste que te vayas tan pronto.
María José: Hasta a mí, pero ya les causé muchas molestias y yo tengo que regresar. Fue muy bonito haberte conocido, Juan.
Juan: Parece como si fuera una despedida definitiva. ¿O es que ya no nos vamos a volver a ver?
De repente, ambos son interrumpidos por Miguelito.
Miguelito: ¡Maestra, maestra! ¡Espere!
Ellos voltean a verlo.
María José: Hola, Miguelito.
Miguelito: ¡Se acordó de mi nombre!
María José: Claro, tengo muy buena memoria y más con niños tan bien portados como tú.
Miguelito: Me contaron los otros que se va. ¿Sí es cierto?
María José: (sonriéndole) Sí, así es.
Miguelito: Chale, qué mal. Usted me caía retebien y apenas nos dio clase un día. ¿Por qué se va tan pronto?
Juan: María José tiene otros asuntos que atender, campeón.
Miguelito: ¿Es por la señora que la vino a ver?
María José: (extrañada) ¿Señora? ¿Qué señora?
De repente, la joven escucha una voz que la llama por el nombre a sus espaldas.
Paula: María José…
María José voltea a ver exaltada. Paula está justo allí, sonriéndole. Michael al parecer la acompaña.
María José: Madrina…
María José se pone rígida y sumamente nerviosa. Juan voltea lentamente, ya que también estaba de espaldas. Paula, al verlo, se queda helada y desencajada el rostro al punto de que su sonrisa desaparece de golpe.
Paula: (muy impactada) ¿Qué es esto?
Michael también ve algo familiar en el joven seminarista, quien se extraña ante la presencia de aquellas personas. María José, por su parte, no sabe cómo intervenir. Justo lo que tanto quería evitar está ocurriendo.
CONTINUARÁ…



















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