Capítulo 11: Peccata revelata
INT. CASA DE LOS FONSECA / DÍA
Christian y Fernanda vienen llegando. Una empleada joven del servicio doméstico toma el bolso que él carga.
Fernanda: Lleva eso a la habitación de mi hijo y llévale al rato un jugo fresco a su habitación.
Empleada: Claro que sí, señora. Enseguida y bienvenido de nuevo, joven.
Christian no responde y solo mira a su alrededor con una actitud notablemente amargada.
Fernanda: Te puedes retirar.
Empleada: Con permiso.
La empleada se va. Fernanda le sonríe de oreja a oreja al joven. Chela se encuentra escondida detrás de una pared, escuchando con discreción.
Fernanda: No sabes la alegría tan grande que me da tenerte de vuelta en casa, mi amor. Me da mucho gusto que hayas pensado mejor las cosas.
Christian: Nada más me convenciste por lo que hablamos.
Fernanda: Y me parece muy bien que haya logrado convencerte porque todo lo que te dije en el hospital es verdad.
Fernanda se acerca, mirando con un sutil deseo reprimido a su hijo.
Fernanda: Esta casa, el corporativo, las propiedades a nombre de la familia, todo eso y más es tuyo, Christian. Es hora de que te impongas y dejes de ser un niñito. Tú ya eres todo un hombre.
Fernanda le pone las manos en el pecho, aplanándole la camiseta. Christian se aparta, fastidiado.
Fernanda: Tienes más de veintisiete años y es justo que sientes cabeza para reclamar lo que te pertenece.
Christian: ¿Cómo crees que lo voy a lograr? Emiliano me va a hacer la guerra.
Fernanda: Que te la haga. Tú no le vas a bajar la cabeza, pero por hoy, descansa. Mañana ya veremos, aunque necesito que te pongas guapo. Esta noche tenemos una cena especial y además me gustaría que conocieras a nuestras huéspedes.
Christian: (extrañado) ¿Qué huéspedes?
Fernanda: Tu tía Paula vino de España. Creo que te hablé de ella en algunas ocasiones.
Christian: Sí recuerdo, pero siempre que indagaba más, me cambiabas la conversación.
Fernanda: Porque hubo algunas rencillas familiares hace muchísimos años, pero volvió y con su ahijada. María José se llama. Es una muchacha bellísima. Debes conocerla.
Christian: Bueno, ¿y eso a mí qué? No estoy de humor para cenas familiares y menos para conocer esas tipas.
Fernanda: Reclamar tu lugar en esta familia implica ser más social, hijo. Vas a tener que lidiar con socios, empresarios, personal… Esta casa ha sido tu burbuja, pero ya tienes que salir de aquí. Además, me interesa que conozcas a María José.
Christian: ¿Por qué? ¿Qué tiene?
Fernanda: Nada especial, es un decir, pero me parece que te podría convenir relacionarte con una muchacha decente, de clase, elegante, guapísima por cierto y dejar de lado esas perdidas que solo buscan tu dinero.
Christian parece poco convencido.
Fernanda: En fin, te dejo para que te relajes un poco. Tengo trabajo preparando los detalles para la cena. Nos vemos al rato.
Fernanda lo besa en la mejilla y se va, aunque él, con cierto repudio se limpia con el hombro. Chela sale de su escondite desde atrás.
Chela: Mi niño…
Christian se voltea y mira al ama de llaves con indiferencia. Ella se acerca con cautela, con esa mezcla de ternura siempre la invade al mirar a su nieto, cosa que él aún no sabe.
Christian: ¿Qué quieres?
Chela: Nada más quería saludarte. Estuviste una semana en el hospital. Te eché mucho de menos, mijo.
Christian: Deja de tomarte esas confianzas conmigo. Mejor, a partir de ahora, trátame como lo que soy, el hijo de tus patrones.
Chela: Yo sé que estás muy molesto por haberte ocultado ciertas cosas, pero escúchame, por favor. A mí esa dichosa cena no me da buena espina. Tu mamá y tu tía se traen algo entre manos.
Christian: ¿De qué estás hablando?
Chela: No me preguntes porque no lo sé pero si de algo estoy segura es que tu tía no regresó con buenas intenciones. Paula salió mal de esta casa después de que provocó el accidente Gabriel, encompinchada con Emiliano.
Christian se sorprende al oírla.
Chela: Nada más que él la traicionó y amenazó con denunciarla, así que no vio de otra que huir.
Christian: Con razón Fernanda nunca me habló tanto de ella…
Chela: Como sea, toma esto.
Chela saca un sobre grueso de dinero del bolsillo de su uniforme y se lo entrega al muchacho. Él se extraña.
Chela: Son mis ahorros de toda la vida.
Christian: ¿Para qué me lo das?
Chela: Para que te vayas lejos de esta casa y hagas tu vida en otra parte. No será mucho, pero sí lo suficiente para que vivas bien unos meses, abras un negocio, no sé.
Christian no le recibe el sobre y se lo devuelve.
Christian: No necesito tu dinero. No pienso irme.
Chela: (desconcertada) Pero si eso siempre fue lo que quisiste.
Christian: Ya no. Esta vez quiero recuperar lo que es mío y no voy a permitir que Emiliano me siga haciendo menos ni que me robe lo que por derecho me pertenece.
Chela: Fernanda te convenció de que es lo mejor, pero créeme que no. Vas a terminar repitiendo la historia de Emiliano con don Ricardo, que en paz descanse. Emiliano se obsesionó tanto con esa maldita herencia que terminó haciendo cosas horribles. No hagas tú lo mismo.
Christian: (sonriendo) Quizás ese va a ser el castigo que él se merece. Va a terminar en la ruina por la persona que menos se esperó.
Chela: Christian, te lo suplico. Vete de aquí y hazme caso, mijo.
Christian: (con firmeza) No voy a huir. Voy a enfrentar a Emiliano a costa de lo que sea y le voy a hacer justicia a mi verdadero padre. Mejor toma tú ese dinero y vete para que no tengas que ver en lo que me pienso convertir.
Christian deja al ama de llaves y sube las escaleras. Chela suelta una bocanada de aire, llena de preocupación.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA
Benjamín duerme en su cama, sin embargo, parece estar teniendo un mal sueño. Dentro de su pesadilla, pasan varios flashes de recuerdos confusos y desordenados, en eco y borrosos. Rubí, dentro del sueño, se ríe burlonamente mientras fuma, con el mismo cigarro encendido de aquella noche. Luego, las manos de Benjamín, sobre ella, apretando su cuello. Rubí tiene los ojos desorbitados, suplicando aire. Después, el cigarrillo cae al piso, consumiéndose lentamente. Benjamín se ve a él mismo, en un espejo al frente, desnudo. Jorge está a la izquierda y Rubí a la derecha.
Jorge: (susurrándole) No eres hombre, nunca lo fuiste. Ni a una prostituta fuiste capaz de cumplirle.
Benjamín respira agitado en medio de las burlas de ambos y mira sus manos, llenas de sangre, como si no las reconociera.
Rubí: ¿Por qué me mataste, mi rey? Yo fui y seré lo más cercano a una mujer que vas a tener en tu vida. No me lo merecía.
Benjamín: (desesperado) ¡Cállate!
Jorge: No eres hombre, Benjamín.
Benjamín se voltea, pero los espectros desaparecen y tan solo escucha sus risas.
Benjamín: ¡Cállense! (Cubriéndose los oído) ¡Cállense ya!
Benjamín grita desgarrado y el espejo se rompe en pedazos. Pronto, la pesadilla termina. Benjamín despierta, sudando aparatosamente y respirando agitado. Justo una enfermera se le acerca al verlo algo descompuesto.
Enfermera: ¿Está bien, señor?
Benjamín alza la mirada y se aterra al ver cómo el rostro de aquella enfermera se transforma al de la prostituta que asesinó, mirándolo de forma acusadora. Benjamín se sobresalta, casi se aparta con violencia. Parpadea varias veces y la visión desaparece. La enfermera lo observa, confundida.
Enfermera: No era mi intención incomodarlo. Iba a cambiarle el suero.
Benjamín: (tragando saliva) Estoy bien. Déjeme solo un momento, por favor.
La enfermera lo ve extrañada, pero se retira. Benjamín intenta reponerse de la pesadilla tan vívida que vivió.
Benjamín: (susurrando para sí mismo) Me voy a volver loco…
Benjamín entrelaza las manos, colocándolas detrás de su cuello, y se siente sumamente perturbado.
EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” / DÍA
Michael se encuentra dentro de su auto a las afueras del orfanato, recordando el momento en que vio a Juan junto a María José. Tiene las manos descansando sobre el volante y se ve pensativo.
Michael: ¿Dónde he visto a ese tipo?
FLASHBACK
Michael pasa las hojas y en una de ellas, ve un archivo con dos fotos en particular, una de Christian cuando era adolescente y otra de adulto.
Michael: (extrañado) ¿Quién es este güey?
De repente, se escucha la puerta.
Octavio: ¿Qué estás haciendo aquí?
Michael se sobresalta y derrama el café sobre los documentos. Octavio abre los ojos como platos al ver el desastre.
Michael: ¡Jefe!
Octavio: (furioso) ¡Pero qué carajos hiciste, inútil!
FIN DEL FLASHBACK
Michael: ¡Claro! ¡Era el mismo tipo de la foto! Ya decía yo que lo había visto de alguna parte, pero ¿qué hace el jefe buscando a un cura? Y María José justo lo conoce…
Michael se desconcierta y se queda extrañado.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
Entretanto, María José se encierra en su habitación junto con Paula, a la cual lleva tomada de un brazo.
Paula: (desconcertada) ¿Qué te pasa, María José? Estás muy nerviosa, muchacha…
María José: (soltándola) ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué llegaste justo con Michael?
Paula: Lo contacté. Me vi en la penosa obligación de llamarlo para preguntarle por ti.
María José: Entonces era mentira que quería hablar conmigo. Era una trampa tuya para saber dónde me estaba quedando y él se prestó para eso.
Paula: No te enojes. Estaba muy preocupada y él era la única opción que tenía, y por lo visto no me equivoqué. Michael y tú también tenían contacto.
María José: Eso es lo que menos importa ahora, madrina. Debiste dejarme en paz y no buscarme.
Paula: ¿Cómo me pides algo así si tú eres lo único que tengo en la vida? Mejor dime algo, ¿quién ese muchacho que vi allá afuera?
María José no responde y evade mirarla, sin saber qué decir.
Paula: Sí te diste cuenta, ¿no? Es idéntico a Christian. Son como dos gotas de agua y supongo que es por eso que estás actuando tan rara. No me engañes.
María José: Sí, se parecen, pero es pura casualidad. Uno siempre encuentra gente parecida en todas partes. No le pongas tanto misterio.
Paula: Es verdad que hay personas que se parecen, pero no tanto como ellos dos, además te conozco, mi amor. Estás muy extraña.
María José: Madrina, lo mejor es que te vayas y te olvides de lo que viste. Yo ya me iba justo cuando apareciste y por favor… (Le suplica juntando las manos) No le digas a nadie que ese muchacho se parece a Christian, por lo que más que quieras. Prométemelo.
Paula: Dime qué está pasando, María José. ¿Hay algo que tú sabes que yo no?
María José suelta una bocanada de aire y duda en contarle la verdad. Paula se acerca y con una actitud hipócrita, le acaricia el cabello y la mira con falsa ternura.
Paula: ¿O es que acaso ya no confías en mí?
María José: ¿Cómo quieres que confíe en ti después de enterarme de que me ocultaste la verdad sobre la muerte de mis padres?
Paula: Ya te expliqué mis motivos, además no es como que yo te hubiera ocultado lo que pasó. Tú guardaste esos recuerdos en lo profundo de ti para sobrevivir y hay muchas personas que reprimen recuerdos porque el dolor no los deja seguir. Es lo que hiciste tú de chiquita y yo solo te quería proteger.
María José: De igual forma, cuando tenía la edad, pudiste hablar conmigo. Hubiera sido más fácil para mí y no vivir engañada creyendo algo que no era cierto.
Paula: No quiero seguir discutiendo contigo sobre lo mismo. Tan solo quería buscarte para pedirte que me perdones y que vuelvas a la casa conmigo.
María José: No pienso volver allá. Me da escalofríos ese sitio de solo pensar en todo lo que Emiliano Fonseca ha hecho.
Paula: Hablas como si supieras algo más sobre él.
María José se queda pensativa unos segundos.
Paula: ¿Qué pasa, María José? ¿Qué te traes? Y no me digas que nada porque te conozco. ¿Tiene que ver con ese muchacho?
María José: Fernanda… (Dudosa en hablar) Fernanda tuvo gemelos…
Paula: (sorprendida) ¿Qué?
María José: Christian y Juan, el muchacho que viste allá afuera, son hermanos.
Paula: No entiendo. ¿Cómo es que…?
María José: Es una historia medio larga, pero para resumir lo esencial, Emiliano le quitó a Fernanda uno de los niños, quería matarlo y se lo dio al jardinero.
Paula: ¿El jardinero? (Haciendo memoria) Que yo recuerde, el único jardinero era don Evaristo. Trabajó muchos años para mi papá. No me digas que…
María José: Sí. Juan creció con ese señor que se hizo pasar por su padrino hasta que murió asesinado de la forma más vil por Emiliano Fonseca, precisamente. ¿Ves a lo que me refiero? Ese hombre es un asesino desalmado, un criminal.
Paula: No lo puedo creer. Nada de eso lo sabía.
María José: Tú me dijiste que huiste de esa casa cuando Fernanda todavía estaba embarazada. No tenías cómo saberlo.
Paula: Claro y de seguro lo ocultaron muy bien. Fernanda ni salía después de que descubrió que estaba embarazada. Emiliano se lo prohibió rotundamente.
María José: A mí me dijo lo mismo.
Paula: ¿Hablaste con ella?
María José: Me la encontré en el hospital ayer por casualidad. Iba a visitar a Christian que tuvo un accidente, no sé. El caso es que yo estaba acompañando a Juan y ella lo vio. Fue tanta la impresión que hasta se desmayó.
Paula: Lo que me estás diciendo es muy grave. Quiere decir que hay otro heredero vivo. ¿Él muchacho lo sabe?
María José: ¿Juan? Claro que no y no se puede enterar. Por eso, te suplico que no le menciones a nadie esto que te estoy contando, madrina, por favor. Emiliano Fonseca es un desgraciado y no dudaría en hacerle daño a Juan si sabe dónde está.
Paula: No te preocupes. No pienso hablarlo con nadie. Puedes confiar en mí como siempre lo has hecho.
María José: Entonces espero que esta vez no traiciones mi confianza. Puedes mentirme con lo que sea, engañarme, ocultarme información, pero esto no lo puede saber nadie más.
Paula: ¿Y Fernanda? ¿Qué piensa hacer?
CORTE A:
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – DÍA
Christian sale de la ducha, con una toalla apenas colgada en la cintura. Sus cabellos gotean, resbalando gotas de agua por su torso. Se quita la toalla quedando desnudo y se seca lentamente, sin prisa y sin imaginar que Fernanda lo observa por la rendija entreabierta.
María José: (voz en off) Me dijo que quiere acercarse a él para ser la madre que nunca tuvo, pero a mí se me hace muy peligroso.
Fernanda siente que sus ojos se iluminan con un deseo reprimido y prohibido. Traga saliva, agitada, recorriendo con la mirada cada detalle del cuerpo del joven. Es tanto así que sus manos tiemblan, pero una de ellas se desliza lentamente hacia su propio cuerpo, acariciando sus propios labios y busto con un placer culposo.
María José: (voz en off) Podrás pensar que estoy loca, pero hay algo en esa mujer que tampoco me gusta mucho.
Fernanda respira agitada, su corazón late a mil y disfruta del instante. Luego se aparta discretamente de la puerta, temerosa de ser descubierta y se encierra en su habitación, recostando su cuerpo en la puerta.
Fernanda: (susurrando) Mi hijo es todo un hombre, lindo, simpático, bien formado… Gabriel volvió en él definitivamente y Juan tampoco se queda atrás…
Fernanda sonríe con depravamiento.
Fernanda: Voy a hacer que nuestros hijos recuperen lo que es suyo, Gabriel. Voy a salvarlos del pecado y de la perdición. Cuenta con ello, mi amor.
CORTE A:
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
María José y Paula siguen conversando.
Paula: ¿Qué te puedo decir? Fernanda fue descaradamente amante de Gabriel y el abandonar a uno de sus hijos no habla nada bien de ella.
María José: Lo sé y por eso quisiera hacer algo por Juan. No quisiera que nadie de esa familia se le acerque.
Paula: Es mejor que no te metas en asuntos que no te conciernen.
María José: (incrédula) ¿Me lo dices tú que me metiste a esa casa para vengarte de tu familia?
Paula: Pienso renunciar a esa venganza (María José se sorprende). Estuve pensándolo mucho y si vengarme de Emiliano implica perderte, prefiero que sea la misma vida la que se encargue de hacerle pagar. No quiero que te alejes de mí.
María José: ¿De verdad vas a desistir de vengarte?
Paula: (asintiendo) Sí, mi amor. Dicen que la venganza trae más dolor y pude comprobarlo en carne propia porque estaba que me moría de la angustia sin saber de ti. Por eso…
Paula se acerca y la toma de las manos.
Paula: Quiero que regreses conmigo. Podemos quedarnos unos días más y volver a España.
María José: (indecisa) No sé, madrina. Si lo que me dices es cierto, podríamos irnos hoy mismo y tomar el primer vuelo que salga para España. No veo la necesidad de volver a esa casa.
Paula: Fernanda me insistió que me quedara por lo menos hoy. Christian fue dado de alta y va a organizar una cena especial para darle la bienvenida. Podemos irnos mañana, si gustas.
María José se queda pensativa. Parece poco convencida.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/JARDÍN – DÍA
Juan conversa con Grettel, ambos sentados en una banca del amplio jardín del orfanato.
Grettel: Qué bueno que el padre Chuy está mejor. Cuando llegué anoche, te estaba esperando y al rato fue que escuché a unos seminaristas haciendo alboroto.
Juan: Menos mal lo encontraron a tiempo porque hubiera podido ponerse peor, pero ¿qué hay de ti? Todavía ni me dices a qué se debe la visita. ¿Pasó algo con Martha?
Grettel: Mi mamá está bien, solo discutimos y decidí irme de la casa.
Juan: (sorprendido) ¿Y por qué discutieron? Martha es un amor de persona.
Grettel: (fastidiada) Tú lo dices porque no vives con ella y podrá ser mi mamá, pero es una señora insoportable y demasiado sobreprotectora. Me tenía harta ese ambiente tan tóxico y preferí irme por mi paz mental.
Juan: Pues ¿sabes una cosa? (Esbozando una sonrisa, casi tierna) Podrá sonarte loco, pero a mí me hubiera encantado tener una mamá que me diera harta lata.
Grettel: (arquea una ceja, irónica) Pues cámbiamela, a ver si aguantas.
Juan: Ya en serio, no pongas a tu mamá de lado, Grettel. Es valiosa y no deberías hacerla sufrir. A veces uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Mírame a mí que perdí a mi padrino cuando menos esperaba.
Grettel: Veré si luego hablamos con más calma. Gracias por el consejo. Cambiando de tema, ¿quién es esa muchacha con la que llegaste anoche y te abrazó?
Juan: Se llama María José. Es una amiga que conocí hace poco.
Grettel: Con que amiga, ¿eh? Mira que no puedes tener más amigas porque me voy a poner celosa.
Grettel le da un leve empujón con el hombro y en forma jocosa.
Juan: Tú tranquila. Siempre vas a ser mi mejor amiga. Eso no cambia.
Grettel lo mira fijamente y sus ojos la delatan, todavía enamorada de él, aunque lo esconda en una sonrisa.
Juan: Bueno. Ponte cómoda en tu habitación. Ya sabes que te puedes quedar el tiempo que haga falta, pero hazme caso con lo que te dije.
Grettel: Te prometo que lo voy a pensar.
Juan: Yo voy a darme un baño y a descansar un poco antes de volver al hospital. ¿Quieres venir conmigo?
Grettel: Te acompañaría, pero debo ponerme a buscar chamba. No te conté que renuncié.
Juan: Pues acá la chamba no te sobrar, eh. Con que agarres un trapero y una escoba nos echarías una mano.
Grettel: ¡Menso! Mejor ve a dormir un poco que te ves cansado.
Juan: Sale. Nos vemos al rato.
Juan se pone de pie y se retira. Grettel lo sigue con la mirada nostálgica, pensativa.
Grettel: (suspirando) Ay, Juan. ¿Qué voy a hacer contigo? Cada vez que te veo me muero de las ganas de besarte y de decirte lo que siento.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – DÍA
Una enfermera termina de medirle la presión al sacerdote y le quita el tensiómetro del brazo.
Chuy: ¿Qué tal estoy?
Enfermera: Tiene la presión aún tantita alta, pero con el medicamento que le apliqué al suero debería estabilizarse de aquí a mañana, padre.
Chuy: Ay, qué bueno. De verdad necesito que me den de alta cuanto antes. Tengo mil cosas por hacer.
Enfermera: Voy a hablar con el médico encargado y dependiendo de cómo evolucione, podría salir en unos días.
Chuy: Está bien. Gracias. Dios la bendiga.
La enfermera sonríe y sale de la habitación. Chuy se acomoda en la cama y en ese momento la puerta se abre lentamente.
Chuy: (mirando hacia la entrada) ¿Quién es?
Jorge aparece en el marco de la puerta, con una sonrisa burlona y una manzana roja en la mano. Chuy se disgusta al verlo.
Chuy: ¿Qué está haciendo usted aquí?
Jorge: (irónico) Tranquilo, padre. No se vaya a infartar otra vez. Solo vengo en son de paz y hasta le traje una fruta para que reponga un poco de fuerzas.
Jorge coloca la manzana en una mesa de al lado.
Jorge: ¿Y qué mejor que una manzana para recordarle que nadie está exento del pecado original?
Chuy lo mira con suspicacia.
Jorge: (riendo) Tranquilo, no está envenenada si a eso le teme. Yo no mato.
Chuy: ¿A qué ha venido? No me diga que fue capaz de…
Jorge: No se asuste. Todavía no he hundido a Juan de la Cruz como la cucaracha que es. Es más, hasta recé para que usted se recuperara.
Chuy: (indignado) ¡Hipócrita! Usted no sabe ni lo que es rezar. Y si lo hace, es solo para burlarse de Dios. No olvide que todo se paga, Jorge y ya ni me molesto en llamarlo “padre” porque ni siquiera lo es. No es digno de ello.
Jorge: Usted siempre tan poético, padre Jesús. Yo, en cambio, soy más práctico y en esta vida uno sobrevive con lo que tiene a la mano, y lo que yo tuve fue una sotana para sobrevivir y darme un lugar en el mundo.
Chuy: Usted jugó con lo más sagrado. Convirtió el sacerdocio en un disfraz para sus pecados y la justicia divina lo va a alcanzar en cualquier momento.
Jorge: Todo depende del cristal con que se mire, pero no he venido a escuchar juicios llenos de la doble moral de un mentiroso. Usted no es mejor que yo.
Chuy: (muy molesto) ¡Hable de una vez!
Jorge: Solo vine a visitarlo para pedirle, mejor dicho, exigirle que ponga el orfanato a mi nombre.
Chuy: ¿Se ha vuelto loco? El orfanato no es mío, pertenece a la comunidad, a los niños…
Jorge: Pero resulta que su nombre figura en las escrituras como propietario. Ese lugar es un recinto privado, no de la iglesia y mucho menos del gobierno. Usted lo fundó con el dinero que heredó de su familia.
Chuy: No puede hacerme esto.
Jorge: Claro que puedo y eso no es todo. No sé cómo lo va a hacer, pero va a llamar al monseñor hoy mismo para que me levante la suspensión y yo pueda volver a mis funciones.
Chuy: (furioso) ¡Desgraciado! ¡No es más que un completo miserable!
Jorge: Es el precio que tendrá que pagar por mi silencio, padre y si no coopera, yo mismo me encargo de contarle a Emiliano Fonseca que Juan sigue vivito y coleando, y usted sabe muy bien cómo terminaría eso.
Chuy respira agitado y se siente un poco mal.
Jorge: ¿Qué dice? ¿Puedo contar con su valiosa cooperación o prefiere que le destruya la vida al bastardo ese?
Chuy: Puede quitarme todo lo material, Jorge, pero no podrá con mi fe. Dios va a hacerle pagar todo lo que está haciendo.
Jorge: (sonriendo) Tomaré eso como un sí.
Jorge vuelve a tomar la manzana.
Jorge: Y espero que de esto aprenda que la fe no da de comer. El poder sí.
Jorge le da un mordisco a la manzana. Chuy lo mira lleno de decepción, impotencia y rabia.
Jorge: Esperaré ansioso la llamada del monseñor para volver a ser el respetable sacerdote que siempre he sido. Luego, podemos hacer la transferencia del orfanato a mi nombre. Con eso sí puedo esperar unos días. Hasta pronto, padre.
Jorge deja la manzana mordida sobre la mesa y se retira tranquilamente. Chuy recuesta la cabeza en la almohada, pensativo.
INT. CASA DE LOS FONSECA – NOCHE
Emiliano recién llega a su casa y al cruzar la puerta, se extraña al ver el despliegue de empleadas caminando de un lado a otro. Fernanda justo viene bajando las escaleras.
Fernanda: Por fin llegas.
Emiliano: (extrañado) ¿Qué traes ahora? ¿Qué es todo esto?
Fernanda: Christian fue dado de alta hoy, así que quise preparar una cena especial para la familia. Incluso invité a Octavio.
Emiliano: ¿Cena? ¿Todo esto por una pinche cena para ese bueno para nada?
Christian justo aparece detrás de Fernanda, vestido de manera casual, con una camisa tipo polo, reloj de muñeca y unos pantalones beige.
Christian: Tal como lo oyes.
Emiliano no hace buena cara al verlo. Christian baja las escaleras y le sostiene la mirada de forma retadora.
Christian: El accidente fue una experiencia muy padre, algo violenta, sí, pero me sirvió para recordar mi lugar en esta familia, tío.
Emiliano se sorprende al escuchar al joven llamarlo así. Christian se le acerca a una distancia prudente.
Christian: Tranquilo, ante los ojos de todo el mundo tú y yo vamos a seguir siendo padre e hijo, así que no te preocupes. Nada más que ahora quiero cambiar de vida, ¿y por qué no? Hasta mi relación contigo.
Emiliano: (irónico) No me hagas reír, mijito. Tú nunca vas a estar a mi altura y ya quiero ver cuánto te dura toda esta mamada de creerte una vieja ridícula y empoderada. Más bien sé hombre y cumple con lo que prometiste.
Christian: Sí, es verdad que te prometí que me iba a desaparecer si me contabas la verdad, pero ¿qué crees? Cambié de opinión.
Emiliano lo mira furioso. Fernanda observa la conversación que se ha tornado tensa.
Christian: El jugar sucio lo aprendí de ti, así que voy a reclamar el lugar que tú siempre me negaste, te guste o no.
Christian le da una palmadita en la cara al hombre y se retira al comedor. Emiliano le lanza una mirada fulminante a su esposa, quien se hace la desentendida.
Fernanda: Ya lo escuchaste. Ven pronto que ya van a servir la comida.
Fernanda también se va al comedor. Emiliano se queda sumamente molesto.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – NOCHE
El padre Chuy se encuentra visitando a Benjamín. Es de notar que el primero ha llevado consigo la base de ruedas con el suero.
Benjamín: (esbozando una sonrisa) Me alegra saber que su microinfarto no pasó a mayores, padre. De no ser porque me vino a ver, no me hubiera enterado. Es más, debería estar en cama.
Chuy: Dios quiso darme otra oportunidad y tenía que venir a verte aprovechando que nos trajeron al mismo hospital. Ayer no pude, pero me alegra mucho que te encuentro mejor porque presiento que tenemos mucho de qué hablar.
Benjamín baja la mirada. Chuy lo observa en silencio y nota ese brillo apagado en sus ojos.
Chuy: ¿Qué te ocurre, muchacho? ¿Por qué tomaste una decisión tan drástica como la de querer acabar con tu propia vida?
Benjamín: Yo soy una mala persona, padre. Todo lo he hecho mal.
Chuy: Todos nos equivocamos. Nadie es perfecto.
Benjamín: Pero yo me he equivocado más que cualquiera y creí que lo mejor era morirme.
Chuy: ¿Tan solo te sentiste?
Benjamín: Más que solo, me sentí sin escapatoria, sin esperanza. Inclusive ahorita mismo no le veo ningún sentido al estar vivo.
Chuy: (con tono sereno) ¿Te gustaría confesarte?
Benjamín guarda silencio unos segundos, se ve indeciso.
Benjamín: Me gustaría hablar con alguien, pero me da miedo que usted se escandalice y de lo que pueda pasar después.
Chuy: Benjamín, tú eres un diácono y ya tienes una formación sólida. Bien sabes que el sacramento de la confesión es sagrado y nada de lo que tú me digas saldrá de aquí. Incluso esta habitación está sola, no hay más pacientes.
Benjamín guarda silencio de nuevo, baja la cabeza y asiente.
Chuy: Tranquilo. Lo haremos a tu ritmo.
Es así cómo ambos se persignan al mismo tiempo para comenzar la confesión.
Chuy: Por la señal de la santa cruz (en la frente) de nuestros enemigos (en la boca) líbranos Señor, Dios nuestro (en el pecho). Muy bien, te escucho.
Benjamín: Padre, yo… (Hace una pausa) Falté a mis votos.
Benjamín mantiene la cabeza baja y se frota sus manos, como jugando con ellas.
Benjamín: Me dejé arrastrar por mis deseos, por el sexo…
Chuy lo escucha con atención y serenidad, sin juzgarlo de ninguna manera.
Benjamín: Fue débil y lo reconozco. No quiero echarle la culpa a nadie de lo que hice, pero falté a mis votos con otro sacerdote que se me insinuó muchas veces y llegué a un punto que cedí…
Chuy respira hondo, pues sabe a quién se refiere el joven.
Benjamín: Porque así como lo oye, yo… (Hace una pausa y traga saliva) Me siento atraído por otros hombres, siempre me sentí así y me enamoré de quién no debía. Me enamoré de Juan.
Benjamín alza la cabeza, avergonzado, como esperando una respuesta. Chuy le esboza una sonrisa, llena de comprensión.
Chuy: Amar no es pecado, hijo.
Benjamín: Pero ese amor me quema por dentro, padre. Juan lo es todo para mí y verlo me llena, me hace sentir cosas que no quisiera…
Chuy: Te entiendo y sentir atracción o deseos tampoco es pecado. Somos humanos y es completamente normal. ¿De dónde viene la homosexualidad? Eso no lo sé. Quisiera tener todas las respuestas, pero no tienes por qué sentirte culpable por algo que tú no elegiste sentir.
Chuy le pone la mano en el hombro de forma fraternal y le sigue sonriendo con calidez. Benjamín solloza.
Chuy: Mira, es verdad que nosotros somos diferentes en cierta forma por el camino que elegimos tomar. Ser sacerdotes nos implica dejar muchas cosas del mundo y está en nosotros saber cómo controlar esos deseos, pero nada está perdido, muchacho. Con el tiempo esa pena que sientes va a pasar. Vas a ver.
Benjamín: (muy afligido) Esto no se trata solo de que me gusten los hombres o no, padre. Tampoco se trata de Juan o del hecho de que haya roto mis votos. Yo jamás voy a poder ser sacerdote.
Chuy: ¿Por qué lo dices? ¿Tienes una crisis de vocación acaso?
Benjamín: Desde hace mucho la tengo, pero tampoco me refiero a eso.
Chuy: (confundido) Entonces ¿qué quieres decir?
Benjamín: Padre, yo… (Hace una pausa y se le saltan las lágrimas) Yo maté a alguien.
Chuy siente un vuelco en el pecho al escucharlo y un escalofrío le recorre el cuerpo.
Benjamín: Maté una persona.
Benjamín finalmente deja escapar un llanto contenido ante la sorpresa del sacerdote, quien al parecer se ha quedado sin palabras.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – NOCHE
María José se encuentra en bata, mirando pensativa a través de la ventana. Paula toca un par de veces y entra bien arreglada.
Paula: ¿María José?
María José: (indiferente) Hola, madrina.
Paula: ¿Qué haces en bata, niña? ¿Que acaso no vas a bajar a cenar con el resto de la familia?
María José se da la vuelta, sin mostrar ningún interés.
María José: ¿Crees que me voy a sentar a comer con esas personas, fingiendo que son la familia perfecta?
Paula cierra la puerta y se adentra a la habitación.
Paula: Recuerda que la vida a veces es de apariencias. ¿Qué crees que van a decir si ceno con ellos mientras tú estás encerrada?
María José: (con firmeza) No me importa lo que piensen. No voy a bajar.
Paula: Nada te cuesta, mi amor. Es solo por esta noche, al menos para que te presentes por cortesía.
María José: ¿Cortesía? ¿Me hablas de cortesía sentada en la misma mesa con un asesino?
Paula: ¡Baja la voz!
María José: Mira, madrina. Créeme que estoy haciendo un gran esfuerzo para perdonarte por haberme mentido y no es fácil todavía asumir que tú también te manchaste las manos de sangre. Podrías hasta ir presa.
Paula se incomoda al oírla.
Paula: ¿Serías capaz de denunciarme?
María José: Hacerlo implica meterse con Emiliano, que tiene mucho poder. De nada serviría si tú pagas lo que hiciste mientras él queda libre como si nada. A lo que voy es que si acepté que volviéramos aquí, fue porque me prometiste que nos iríamos pronto, pero no me pidas que me presente con ese tipo que tanto mal ha hecho. ¡Por favor!
Paula: Te entiendo y aunque lo dudes, para mí tampoco es fácil, pero si no bajas, va a ser más sospechoso. Hazme este último favor, María José. No es nada del otro mundo.
María José no parece convencida y se cruza de brazos.
Paula: Déjame que te ayude.
Paula va hasta el closet y revisa los vestidos hasta que agarra uno de color rojo en particular.
Paula: Mira, ponte este. Te va a sentar de maravilla. Christian va a quedar encantado contigo.
María José: ¿Para qué quieres que me vea? Se supone que ya no me voy a casar con él.
Paula: Sí, pero no te haría mal conocerlo. El pobre no tiene la culpa de lo que han hecho sus padres, además es buen mozo, aunque tú ya te diste cuenta. Verlo a él es como ver al sacerdote aquel del orfanato.
María José: (alarmada) ¡No menciones eso aquí!
Paula: (apenada) Discúlpame, se me salió.
María José: Pues no se te puede volver a salir, menos delante de otra persona. Recuerda que me lo prometiste.
Paula: Lo sé, cariño. Perdóname.
María José: Hagamos algo. Yo bajo a cenar, me pongo el vestido y finjo una sonrisa tal como quieres, pero en cambio tú te vas a olvidar de que alguna vez viste a Juan. Haz como si no existiera.
Paula: Me parece muy bien. Te juro que así va a ser.
María José le arrebata el vestido, de mala gana y va al baño de la habitación. Paula, a solas, borra su hipócrita sonrisa y dibuja una de malicia.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – NOCHE
Juan ha ido a visitar al padre Chuy, quien reposa sobre la cama con un mejor semblante, aunque algo débil todavía y un poco mortificado.
Juan: Qué gustazo me da verlo mejor, padrecito. Casi me voy con usted cuando vi cómo lo sacaban del orfanato en camilla.
Chuy: (riendo levemente) No exageres. Tú estás en la plena flor de la juventud. Tienes mucho por delante.
Juan: Usted también. Que esté por cumplir ochenta años no quiere decir que ya mero, mero se tenga que ir pal’ otro lado.
Chuy: (riendo) Ochenta golpes son los que te voy a dar por atrevido. Apenas sesenta y tantos, eh. Todavía tengo mucha cuerda.
Juan: Ni que lo diga. Yo pensé que ya le iba a pedir el acta de nacimiento a Moisés.
Ambos ríen suavemente, y luego queda un silencio breve, tranquilo.
Chuy: (más sereno) Ya en serio, hijo, me alegra que vinieras.
Juan: Lo importante es que está mejor, padre. Tiene que empezar un tratamiento cuanto antes para que no nos dé otro susto.
Chuy: (asintiendo) Lo haré. Mejor dime tú cómo vas.
Juan: Pues ya ve… María José se fue y no sé por qué, pero la voy a extrañar. Me acompañó mucho estos días. Es una mujer increíble. Por alguna razón, su presencia me daba como algo de alegría, ¿sabe? Verla siempre me sacaba una sonrisa.
Chuy lo mira con los ojos entrecerrados.
Juan: ¿Qué pasó? ¿Por qué se me queda viendo así?
Chuy: No te hagas. ¿Estabas sintiendo algo por esa muchacha?
Juan: (dándose la bendición) Claro que no, padre. ¿Cómo se le ocurre?
Chuy sigue mirándolo con los ojos entrecerrados.
Juan: Bueno, está bien. No le voy a negar que sí me hizo sentir cosas, pero tanto como enamoramiento no creo.
Chuy: Entonces fue mejor que se fuera. Enamorarse de alguien no está mal, Juan, pero tú…
Juan: Sí, yo sé bien que escogí otro camino y respeto mucho mis votos como para tirar todo lo que me he preparado por la borda.
Chuy: Hablando de tu preparación sacerdotal, hay algo que quería enseñarte.
Chuy se inclina hacia el cajón de la mesa y saca un sobre doblado. Lo coloca en las manos de Juan.
Juan: ¿Qué es esto?
Chuy: Ábrelo.
Juan lo abre y comienza a leer. Pronto sus ojos se abren con sorpresa.
Juan: ¿Una beca?
Chuy: Sí, hijo y no es cualquier beca. Es una beca para que estudies una maestría en teología en Roma.
Juan: (desconcertado) No entiendo. ¿Por qué una beca justo para mí? ¿Qué hice para ganármela?
Chuy: Hablé con el monseñor esta tarde. Le pedí que te diera la oportunidad de seguir formándote porque veo mucho potencial en ti, Juan, no solo como sacerdote, sino como teólogo y maestro.
Juan: Pues, no sé ni qué decir. ¿Qué voy hacer yo por allá tan lejos? Ni italiano hablo. Apenas me defiendo con el inglés y el latín, pues, me sirvió en el seminario, pero ¿irme así, solo, a un país donde no conozco a nadie?
Chuy Justo por eso. Allá vas a conocer personas nuevas, vas a aprender el idioma, la cultura, pero sobre todo vas a aprender de ti mismo.
Juan baja la vista, inseguro.
Juan: ¿Y mi ordenación?
Chuy: No te preocupes. Pensé en eso y la beca inicia justo el próximo trimestre. Te va a dar tiempo de ordenarte y prepararte para el viaje.
Juan: Se lo agradezco de corazón, padrecito, pero no sé si pueda. Aquí tengo todo lo que conozco. No me siento cómodo con que me regalen algo tan costoso.
Chuy: No desaproveches esta oportunidad, muchacho. Hay oportunidades en la vida que no se nos presentan dos veces. No se trata de abandonar lo que tienes aquí. Se trata de crecer y tú te lo mereces. Al menos piénsalo.
Juan asiente, aunque su expresión revela la duda.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – NOCHE
Todo está casi listo para la cena. Fernanda les da indicaciones a las empleadas del servicio sobre dónde colocar los platos. Christian ya se encuentra sentado a la mesa y solo revisa, aburrido, las redes sociales en su celular. Emiliano entra al comedor, notablemente fastidiado y justo se encuentra con Octavio, quien bebe una copa de vino blanco, alejado de la mesa.
Emiliano: (acercándosele) No pensé que aceptaras venir a semejante circo.
Octavio: Tu esposa me invitó. Me pareció grosero rechazarla, aunque no te niego que se me hizo un poco extraño que organizara una cena especial para tu hijo. No es que como se hubiera ido de viaje o algo por el estilo. Nada más estuvo en el hospital.
Emiliano: Hasta a mí se me hace extraño y ridículo tanto alboroto. Hay algo que no me huele bien.
Fernanda: (interrumpiendo) Emiliano, Octavio, vayan tomando asiento, por favor. Paula y María José no deben tardar en bajar.
Ambos hombres acceden a sentarse a la mesa. Emiliano justo se sienta frente a Christian y ambos se miran de forma retadora.
Emiliano: (susurrando) ¿Todavía no tienes noticias del chamaco?
Octavio: (susurrando) Estoy en eso.
Emiliano: Llevamos años “en eso” como tú dices y todavía no hay pistas de ese imbécil.
Christian se da cuenta de que ambos conversan en voz baja y los observa con suspicacia.
Octavio: La última vez que hablamos, acordamos contratar más hombres. No puedo meter a cualquiera en la investigación, Emiliano. Debe ser gente de confianza.
Emiliano: Como sea, necesito que encuentres a ese cabrón. De este año no puede pasar. Ya de por sí me tiene harto tener que convivir con el “bueno para nada” y no me quiero arriesgar a que el otro aparezca a reclamar derechos…
De repente, ambos son interrumpidos.
Paula: ¡Buenas noches!
Paula y María José entran al comedor. Esta última luce despampanante con un vestido rojo que resalta su figura, además de un sutil maquillaje estampado en el rostro que la hace ver angelical. Christian dirige su mirada a las recién llegadas y no puede evitar impresionarse por la joven. Emiliano enarca una ceja y tampoco es indiferente ante la belleza de ella.
Emiliano: (poniéndose de pie) Buenas noches.
María José se ve seria y ve con sumo recelo al hombre.
Emiliano: Hasta que por fin tengo el placer de conocer a tu ahijada, manita. Creo que no habíamos tenido el placer de presentarnos.
María José: Bue… Buenas noches, don Emiliano…
Emiliano: Es un gusto conocerte, María José.
Emiliano toma con delicadeza la mano de la joven y con atrevimiento besa el dorso. María José se sienta sumamente incómoda y le aparta la mano con rapidez.
María José: (fingiendo una sonrisa) También es un gusto conocerlo. Mi madrina me ha hablado muchísimo de usted.
Emiliano: ¿Cosas buenas o malas?
Paula: ¿Tú qué crees?
Emiliano: Espero que buenas, ¿no?
María José: Claro, solo buenas.
Emiliano: Ah, pues qué honor. Tu madrina no me había dicho que tenía una ahijada tan preciosa. ¡N’ombre! Si hasta pareces miss, mijita.
María José: (incómoda) Me halaga.
Fernanda observa la escena con molestia e interviene.
Fernanda: María José, él es Christian, mi hijo. Christian, ella es María José.
Christian también se pone de pie y le extiende la mano. María José se queda viéndolo fijamente y ambos cruzan miradas. Ella duda un segundo en corresponder al apretón de manos, observando su porte elegante, tan distinto a la imagen humilde de Juan que no logra borrar de su mente.
Christian: Mucho gusto.
María José: (reaccionando) El gusto es mío.
Fernanda: Y ella es Paula, tu tía.
Christian ahora estrecha manos con Paula.
Paula: Qué gusto poder conocerte, Christian. Me alegra ver que estás mejor de tu accidente.
Christian: Gracias, tía (Dice en tono cortante).
Fernanda: Y no creo que conozcas a Octavio, María José. Es un viejo amigo de la familia.
Octavio se incorpora y también estrecha las manos con la joven.
María José: Un placer, señor.
Octavio: El placer es mío. Qué gusto verte a ti también, Paula. Cuánto tiempo. Te conservas muy bien.
Paula: (sonriendo) Tú tampoco te quedas atrás, Octavio. Estás igual. ¿Cuánto fue la última vez que nos vimos? ¿No fue en el funeral de mi papá? (Pregunta con cierto sarcasmo).
Fernanda carraspea un poco la garganta.
Fernanda: Bueno, ahora sí que estamos completos, ¿por qué no nos sentamos a cenar?
Paula: Todavía no estamos completos, cuñada. Falta alguien.
Las miradas se cruzan con desconcierto. Paula habla con un dejo de malicia y se dirige a la mesa para servirse vino en una copa.
Paula: Graciela, ¿por qué no sales? Te estamos esperando.
Emiliano: ¿Chela está invitada?
Paula: Por supuesto. Ella es como de la familia. Fue tu nana y por lo que oí, la de Christian también.
María José mira a su madrina, como si presintiera algo. Chela pasa al comedor, caminando con cierta timidez, aunque vestida con un discreto pero elegante vestido violeta. La escena parece normal para todos, excepto para Emiliano, que se queda desconcertado.
Chela: Buenas noches a todos.
Emiliano desorbita los ojos.
Paula: Bienvenida, Chela. Toma tú también asiento y disfruta de la cena, querida.
No obstante, Emiliano, con cierta violencia, se acerca al ama de llaves y la toma con brusquedad del brazo.
Emiliano: ¿De dónde sacaste ese vestido?
Chela se detiene en seco, sorprendida por la agresividad de la reacción. Paula, en cambio, sonríe con deleite, disfrutando la incomodidad que ella misma planeó.
Chela: (desconcertada) Yo… no entiendo…
Emiliano: (gritando) ¡Te pregunté de dónde lo sacaste! ¡Respóndeme!
Christian: ¿Qué pasa? ¿Por qué le hablas así?
El ambiente se pone tenso. Paula habla con una ironía cargada de veneno mientras sostiene su copa.
Paula: ¿Que no era ese el vestido que le compraste a mamá en su último cumpleaños, Emiliano? Recuerdo que ahorraste todos tus domingos para darle ese regalo.
Chela se sorprende y se da cuenta que ha caído en una trampa. Emiliano se ve muy molesto.
Paula: ¡Ay, qué tiempos! A mamá le gustó tanto. Casi ni se lo quitaba para todos los eventos especiales. Decía con mucho orgullo que su hijo mayor se lo había comprado.
Emiliano: (a Chela) Ve a quitártelo ya mismo. ¿Con qué derecho tomas algo que no es tuyo?
Emiliano la suelta de mala gana. Chela se frota el brazo, adolorida e intenta balbucear algunas palabras para justificarse.
Paula: ¿Por qué te sorprende, Emiliano?
María José: (susurrando) Madrina, ya basta.
Paula: (ignorándola) No es la primera vez que Graciela toma algo que no le pertenece. ¿Verdad, Graciela? ¿O a poco olvidaste cuando te metiste en la cama de mi papá?
Paula mira con seriedad a Chela, quien respira agitada, sin palabras y sin defensa. Fernanda se lleva la mano a la boca, incrédula. Parece que no conocía esa parte del pasado de su madre. Christian queda helado, mirando a Chela con los ojos abiertos de par en par.
Emiliano: (desconcertado) ¿De qué mierda estás hablando, Paula?
Paula: Eso mismo que acabas de escuchar. Aquí donde la ven, Graciela fue amante de mi papá durante muchos años. Varias veces fui testigo de cómo fornicaban como un par de descarados en el despacho, aquí en esta casa, donde también vivía mi mamá, inocente de todo, pero ¿saben qué es lo peor?
Chela se ve destruida ante tales acusaciones. Paula la mira con sumo desprecio.
Paula: Que por su culpa, mi mamá llegó a cometer algo tan vil como el suicidio cuando supo que su empleada de confianza era una zorra descarada que le calentaba la cama a mi papá cuando ella no estaba. ¿Sí te acuerdas, Graciela?
Un silencio pesado cae sobre la mesa. Fernanda palidece. Christian mira a Chela con desconcierto, incapaz de procesar lo que oye. María José mira con pena la escena, sin saber cómo intervenir. Octavio se sorprende al verse envuelto en aquel secreto familiar y Emiliano, por su parte, voltea a ver a Chela con auténtico fuego en los ojos. Chela tiembla, con el rostro desencajado, resignada a que todas las consecuencias de sus errores caigan sobre ella. Paula, mientras tanto, bebe un sorbo de vino, disfrutando la destrucción que acaba de provocar.
CONTINUARÁ…

















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