Capítulo 9: Confessio mortifera

INT. BAR – DÍA

El lugar se encuentra acordonado. El equipo forense toma fotografías de la escena del crimen mientras hay otros funcionarios, vestidos con un uniforme blanco que los cubre por completo, llevándose el cuerpo sin vida de Rubí, que ya fue colocado en una especie de bolsa negra con cremallera. Hay otros funcionarios del equipo que revisan cada rincón de la habitación buscando indicios. Octavio y Michael recorren la escena mientras anotan en sus libretas. Tal parece que ambos son colegas. Un empleado del bar los acompaña.


Empleado: Aquí no tenemos cámaras, oficiales. Este es un lugar modesto y apenas sacamos para la renta.

Michael: No, pues si ya nos dimos cuenta. Es una completa ratonera esto aquí (Mira a su alrededor, con asco).

Octavio: ¿Y no sabe si la occisa tenía enemigos? Digo, este tipo de casos casi siempre resultan ser crímenes pasionales. A lo mejor un cliente la haya matado por celos.

Empleado: La Rubí no llevaba mucho tiempo aquí, aunque sí tenía algunos clientes. Nada más ayer le conté unos tres o cuatro, pero como el bar lo frecuenta mucha gente, pudieron ser más. ¿Quién sabe?

Michael: Eso complica las cosas. Pudo ser cualquier de estos tipos y sin grabaciones no tenemos cómo identificarlos. 

Octavio: Tal vez, pero no nos deja sin opciones. Podemos mirar las cámaras de seguridad del barrio. Si cruzamos horarios y ubicaciones, podemos crear un rango de sospechosos. Además, falta la autopsia. 

Michael: Sí y lo más seguro es que la tipa tenga ADN en el cuerpo, semen, saliva. ¿Qué sé yo? Con una lista de sospechosos y unas cuantas pruebas, podemos dar con el wey que la mató. 

Octavio: (al empleado) Voy a necesitar que me presente a las otras mujeres que trabajan acá. De pronto ellas vieron algo que nos sirva para la investigación.

Empleado: Claro, acompáñeme por aquí.

Octavio y el empleado se retiran de allí. Michael se queda y mira para todos lados.

Michael: (fastidiado) Espero que este caso sí valga la pena y me den el pinche aumento que necesito si lo logro resolver. 

Michael se pasea por la habitación mientras el equipo forense continúa tomando fotografías.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Juan está recostado en una de las sillas, de brazos cruzados y visiblemente cansado. Chuy y Jorge llegan en ese momento.

Chuy: (acercándose) ¡Juan!

Juan se pone de pie y se pone un poco serio al ver a Jorge.

Chuy: ¿Cómo sigue Benjamín? ¿Qué te han dicho?

Juan: Todavía no me dan noticias, padre y ya va para todo el día así.

Chuy: Quizá nos haga falta acercarnos a alguna enfermera o médico para preguntar. No podemos quedarnos aquí esperando que alguien nos diga algo. 

Juan: Yo ya lo intenté, pero siempre me piden que espere y ya me está ganando la ansiedad. Tengo miedo de que esté grave.

Chuy: Tranquilo. 

El sacerdote le pone la mano en el hombro como modo de infundirle confianza.

Chuy: De seguro pronto nos dan alguna novedad. Benjamín va a estar bien. Ten fe.

Juan vuelve a clavar una mirada seria en Jorge.

Juan: ¿Y este? ¿Para qué tenía que venir? 

Jorge: (serio) Aunque piensen mal de mí, no puedo dejar de preocuparme por el bienestar de los seminaristas y… hasta de los niños.

Juan: (con sarcasmo) Sí, ¿cómo no? De ser eso cierto, no sería usted un maltratador que se aprovecha de los más indefensos. Más bien admita que vino a lanzar veneno como siempre.

Chuy: Juan, por favor. Estamos en un hospital y nadie vino para discutir. 

Juan: Entonces que se vaya. Su presencia sobra.

Chuy: El padre Jorge de verdad se veía preocupado y no le vi nada malo a que me acompañara. No seas así. 

Juan, de mala gana, solo se voltea.

Chuy: ¿Y María José? ¿No estaba contigo?

Juan: Sí, pero ahorita está con una conocida de ella en la otra sala. Imagínese que se desmayó en cuanto me vio.

Chuy: (extrañado) ¿Cómo que se desmayó cuando te vio? 

Juan: Así como lo oye. Se puso más pálida que el papel y hasta me pareció escuchar que me llamó “Gabriel” o algo así. 

Chuy se impacta al escucharlo. Jorge escucha con discreción y nota la reacción del primero.

Juan: (pensativo) La verdad es que estuvo bien raro, ¿sabe? Hasta se me hizo medio familiar, como si ya la hubiera conocido de antes, pero por más que hago memoria, no me acuerdo.

Chuy: ¿Qué mujer era esa? ¿Cómo se llamaba?

Juan: Creo que Fernanda. Cuando se desmayó, María José la llamaba así. ¿Por qué?

Chuy se queda pensativo y siente que un vacío lo invade. Juan se extraña.

Juan: ¿Qué tiene, padrecito? 

Chuy: Nada. Estoy bien.

Juan: Es que también lo veo como medio pálido. No me diga que también se va a desmayar. Mire que ya estuvo bueno de sustos. Primero lo de Benjamín, luego de esa señora y ahora usted…

Chuy: (cortante) Ya te dije que estoy bien.

Juan: ¿Seguro? 

Chuy: Sí, no insistas. Creo que es mejor que te vayas para el orfanato. Yo me puedo quedar aquí con el padre Jorge esperando noticias de Benjamín.

Juan: Pues ahí sí me va a tener que disculpar, pero yo no me pienso mover de aquí. No voy a dejar a Benjamín solo.

Chuy: (nervioso) Juan de La Cruz, no seas terco. Tú ya pasaste la noche en vela. Te ves cansado. Necesitas dormir aunque sea un poco. Deja que yo me haga cargo.

Jorge observa en silencio con cierta suspicacia y parece sospechar algo. 

Juan: Que no, padre. Benjamín me necesita y si se intentó suicidar, en parte es mi culpa por haberlo dejado solo cargando con su dolor y con lo que sentía. Esta vez no quiero repetir ese mismo error. Entienda.

Chuy: Juan, por favor…

De repente, son interrumpidos por un médico que se les acerca, leyendo una planilla

Médico: ¿Familiares o conocidos de Benjamín Ibáñez?

Juan: (exaltado) ¡Yo, doctor! Yo soy su amigo. Dígame cómo está.

Médico: Por fortuna, se encuentra estable y fuera de peligro. Lo trajeron a tiempo y eso nos permitió detener el sangrado. 

Chuy suelta un suspiro de alivio. Juan también siente que le vuelve el alma al cuerpo. Jorge, por su parte, permanece serio y se escabulle sin que los otros se den cuenta. 

Juan: ¡Gracias, Virgencita! ¡Gracias por echarme una manita!

Juan besa con devoción una medalla que le cuelga del cuello, lleno de alegría y estrecha la mano del médico.

Juan: (agradecido) Y también gracias a usted, doctor. No sé qué hubiera sido de mí si mi amigo se me hubiera muerto allá adentro. 

Medico: Hicimos lo que pudimos y lamentamos la tardanza. Hoy tuvimos varios casos críticos que nos demandaron atención inmediata.

Juan: Está bien. Gracias igual. ¿Podemos pasar a verlo?

Médico: Uno solo, por el momento. Apenas despertó de la anestesia y tenemos la sala llena con otros pacientes.

Juan: Entonces voy a entrar yo primero. 

Chuy: Juan, ya te dije que te fueras. Hazme caso.

Juan: No me demoro. Solo necesito ver a Benjamín y ya lueguito me voy. Espérese aquí.

Juan se va junto al médico. 

Chuy: ¡Juan! ¡Juan!

Juan, reacio, lo ignora. Chuy se resigna y se queda sumamente preocupado.

Chuy: (susurrando) Dios mío, no permitas que se la encuentre otra vez. Juan no puede saber la verdad todavía. Te lo imploro (Pensativo). Y si María José la conoce, deben ser familia. ¡Santo Dios! ¿Qué voy a hacer?

Chuy se santigua con una expresión llena de mortificación y se extraña al voltea a ver, pues no ve por ninguna parte a Jorge. 


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA

Entretanto, Fernanda se encuentra recostada en una cama de una habitación privada. Una enfermera termina de tomarle la presión y le quita el tensiómetro. María José está allí presente, de pie.

Enfermera: Ya tiene la presión estable, señora. 

Fernanda: Gracias.

Enfermera: Voy a estar de ronda acá de cerca por si necesitan algo más. Con permiso.

La enfermera se retira. El silencio se adueña del lugar por unos segundos. María José y Fernanda se observan.

María José: ¿De verdad te sientes mejor? Porque francamente te vi muy mal cuando te desmayaste.

Fernanda: Ese joven, el que estaba contigo, ¿cómo se llama? ¿De dónde lo conoces?

María José: Juan y es sacerdote, bueno casi. Lo conocí en el orfanato donde ahora estoy trabajando de forma temporal. 

Fernanda se queda pensativa. 

María José: Y… (Pausa) Me imagino que reaccionaste así cuando lo viste por el parecido que tiene con tu Christian, ¿no?

Fernanda baja la mirada con incomodidad.

María José: No soy tonta, Fernanda. Nunca he visto a Christian en persona, aunque vi su foto en la casa el día que llegué y cuando conocí a Juan, de inmediato me di cuenta de que se parecían mucho. Pensé que era casualidad, pero ahora con lo que pasó, estoy segura de que no es así. 

María José desbloquea su celular y lo pone frente a la mujer, mostrándole las redes sociales de Christian, donde abundan fotos de él.

María José: Incluso hace un momento mientras te atendían, me puse la tarea de investigar un poco más y mira lo que encontré. Christian y Juan son idénticos, demasiado diría yo para ser una simple casualidad. 

Fernanda cierra los ojos con fuerza, sintiéndose sumamente perturbada.

María José: ¿De dónde conoces a Juan? ¿Cuál es tu relación con él y por qué se parece tanto a tu hijo? 

Cerca de allí, por el pasillo, Jorge se acerca y justo se cruza con la enfermera que le tomaba la presión a Fernanda.

Jorge: Buenas tardes. Disculpe. Estoy buscando a una paciente. Fernanda se llama. ¿Podría decirme en dónde la puedo encontrar?

Enfermera: Ah, sí. Justo acabo de salir de su habitación. Tuvo una descompensación y se le bajó un poco la presión. Está justo allí, en la 225.

La enfermera le señala la habitación en cuestión a Jorge, quien sonríe con malicia.

Jorge: Gracias.

El hombre no tarda en caminar hacia esa dirección. Como la puerta está abierta, se para detrás y alcanza a reconocer la silueta de María José.

Fernanda: (la interrumpe) ¿Le has dicho a alguien más que conoces a ese muchacho?

María José: Hasta ahora no. 

Fernanda: ¿Ni siquiera a tu madrina?

María José: (negando con la cabeza) Tampoco a ella.

Fernanda: Lo dudo. No creas que no sé lo que se traen ustedes dos. Paula me está chantajeando con divulgar mi pasado si no permito que te cases con mi hijo. Tú eres parte de su plan. Eres su cómplice.

María José: No te equivoques. Eso fue hasta hace unos días luego de que descubriera ciertas cosas que me ocultaba, como el enterarme de que estuvo involucrada en la muerte de Gabriel Fonseca, así que ya no pienso seguir con ese absurdo de matrimonio. 

Fernanda: (incrédula) ¿De verdad no lo sabías?

María José: Quizá no me creas, pero no. Incluso descubrí que me mintió con respecto a la muerte de mis padres y eso es algo que no le termino de perdonar. 

Fernanda: No sé si deba confiar en ti. Nada me asegura que solo me dices todo esto para sacarme información y dársela a tu madrina para que continúe chantajeándome.

María José: Es tu problema. No tengo que demostrarle nada a nadie, solo que sí me intriga lo que escondes con respecto a Juan. Yo ya sé que tu familia es un nido de secretos bastante turbios y me da la leve impresión de que uno de esos tiene que ver con él. 

Fernanda: ¿Y qué ganas sabiendo la verdad si ya no estás aliada con tu madrina? ¿Vas a ser tú la que me chantajee? 

María José: No me interesa el dinero, mucho menos el de tu familia que está manchado de sangre. Tan solo quiero entender qué pasa con Juan. Es un buen hombre, noble, sensible, dulce. Me ha ayudado mucho aún sin conocernos del todo bien. 

Fernanda aprieta la sábana con fuerza, evitando su mirada.

María José: Dime… ¿Juan? (Hace una pausa) ¿Juan es tu hijo?

Fernanda suelta un par de lágrimas al escuchar tal pregunta.

María José: Porque no encuentro otra explicación. El parecido que tiene con Christian es innegable y luego tu reacción tampoco fue normal. ¿Es tu hijo?

Fernanda respira hondo, intentando contener el llanto. Intenta tomar impulso para lo que dirá y asiente con la cabeza.

Fernanda: Sí.

María José, aunque imaginaba esa respuesta, no puede evitar sentirse impactada al confirmarla.

Fernanda: No es posible que dos personas se parezcan tanto, así que lo más probable es que ese muchacho sí sea mi hijo. 

María José guarda silencio, procesando esas palabras. Ninguna se percata de que son escuchadas detrás de la puerta entreabierta por Jorge, quien muestra sorpresa al enterarse de tal verdad.


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA

Juan entra en silencio a la sala en la que, a su vez, hay varias habitaciones separadas por cubículos. Benjamín reposa sobre la cama, con una de las muñecas vendadas y conectado a suero fisiológico. Tiene la mirada ida y destruida.

Juan: Benjamín…

Juan intenta esbozar una sonrisa de alivio y alegría al verlo. Benjamín solo voltea a verlo con indiferencia y vuelve a mirar hacia la pared.

Juan: Gracias a Dios que estás bien (Se sienta en la silla junto a la cama). Nos diste el susto de nuestras vidas. Pensé que… (Hace una pausa) Pensé que no te iba a volver a ver.

Benjamín: ¿Tú fuiste el que me encontró?

Juan: (asintiendo) Sí. Quería hablar contigo, pero se me hizo raro ver la puerta abierta, entré y ahí fue donde te vi, en el baño, ensangrentado. Pedí ayuda y pues, el resto es historia. 

Benjamín: Debiste dejarme morir entonces. Me habrías hecho un favor.

Juan: ¿Qué dices? ¿Te estás escuchando? Más bien agradécele a Dios que estás vivo y que no pasó a mayores lo que intentaste hacer. 

Benjamín: Siento que Dios me abandonó hace mucho. Hubiera sido mejor morirme.

Juan: No digas eso. Dios nunca nos abandona.

Benjamín voltea a ver a su amigo de nuevo con los ojos llenos de dolor.

Benjamín: Mírame, Juan. Estoy muerto en vida. Nada tiene sentido para mí ya. Estoy cansado de luchar, de fingir que todo marcha bien; cansado de esperar algo que nunca va a pasar.

Juan: Entonces ¿sí fue por mí? ¿Fue por mí que intentaste quitarte la vida?

Benjamín solloza y recuerda el asesinato que cometió en un impulso.

Benjamín: Fue por muchas otras cosas que no valen la pena que te cuente. Tú solo me hiciste darme cuenta que ya no me queda nada más para seguir, pero no fue solo por ti. Todo se me acabó.

Juan: Deja de decir esas cosas, hombre. Deja de ser tan duro contigo mismo.

Juan lo toma de una de las manos y la presiona.

Juan: Todavía me tienes a mí y no tienes idea de cómo me sentí cuando te encontré ahí, tirado, moribundo. Creí que te habías ido.

Benjamín deja que las lágrimas le fluyan. Juan también solloza.

Juan: Tal vez no te vaya a querer como tú esperas, pero eres mi amigo, mi hermano y te quiero como un condenado. Date cuenta. No me hubiera perdonado si te hubiera pasado algo. 

Benjamín: (llorando) No vale la pena, Juan. Tú eres muy bueno para mí y yo… Yo no valgo nada. ¡Soy una vergüenza, un error, una carga! (Desconsolado) El que se tiene que dar cuenta eres tú.

Juan: Benjamín…

Benjamín zafa su mano de la de él con brusquedad.

Benjamín: Lo mejor que puedes hacer es que te vayas y te olvides de mí. Lárgate, Juan. Vete.

Juan: No. No te voy a dejar, aunque me grites y me corras, no te voy abandonar (Dice dolido, aunque con firmeza).

Benjamín: No me estás entendiendo. No sabes lo que se siente cargar con algo tan sucio, tan oscuro. No te imaginas lo que se siente odiarse a sí mismo. No te quiero cerca de mí.

Juan toma ambas manos de su amigo.

Juan: Mírame.

Benjamín lo evita. Juan le toma el rostro con ambas manos, obligándolo a que lo vea.

Juan: Mírame, Benjamín.

Benjamín cede, lleno de dolor y de vergüenza. Juan lo observa con ternura.

Juan: Yo no sé qué hiciste y si quieres no me lo cuentes ahorita, pero solo quiero que me tienes a mí y para mí lo más importante eres tú. Me importa que estés vivo y yo voy a estar contigo, aunque no me quieras cerca; aunque me odies y me des de a coscorrones. No te voy a dejar solo.

Benjamín: ¿Para qué? ¿Para qué insistir si todo lo que toco se pudre? He fallado mucho. Le fallé a Dios, al padre Chuy, a ti…

Juan no dice nada. Tan solo se levanta de la silla, se sienta en la cama y lo abraza sin avisar. Lo envuelve en un abrazo firme, humano, cálido. Benjamín se quiebra por completo y se aferra a ese abrazo. Llora como un niño herido. Juan, por su parte, derrama una lágrima que se le desliza por la mejilla.

Juan: Estoy aquí. ¿Escuchaste? Estoy aquí, Benja.

Juan le limpia las lágrimas con los dedos a su amigo. Lo hace con delicadeza. Benjamín se agarra con fuerza a la tela de su camisa, desahogándose.

Benjamín: Perdóname. Perdóname por todo, Juan.

Juan: Shhh, tranquilo. No hay nada que perdonar. Solo no te vayas y quédate conmigo, ¿sí? Estoy aquí.

Juan sigue abrazándolo e incluso le da un beso en la cabeza de forma muy fraternal. Benjamín continúa en su llanto y la escena se aleja.


INT. CAFETERÍA – DÍA

Emiliano entra con discreción y cuida no ser visto por alguien conocido. Grettel aguarda sentada a una de las mesas, con su maleta a un lado. Emiliano se le acerca y se sienta frente a ella, frunciendo el ceño.

Emiliano: (muy serio) ¿Me puedes decir qué significa esto? Ni siquiera te presentaste en la oficina para trabajar.

Grettel: ¿Cómo quería que fuera a trabajar, licenciado? 

Grettel se inclina hacia adelante, se recoge de hombros y pone sus manos sobre las de Emiliano, pero él se las aparta.

Grettel: Recuerde que estuvimos toda la noche en vela haciendo otro tipo de trabajo y no podía ir en esas condiciones.

Emiliano: No estoy para chistes, Grettel. Tú sabes perfectamente que soy hombre ocupado y solo te di chance de que nos encontráramos aquí porque me dijiste que era urgente. 

Grettel: Lo es. 

Grettel vuelve a su posición y se recuesta en el espaldar de la silla.

Grettel: Discutí con mi mamá por lo que pasó entre nosotros y me corrió.

Emiliano: ¿Le dijiste a tu mamá?

Grettel: No iba a ocultarle la verdad.

Emiliano: A ver, Grettel. ¿Quién crees que soy, ah? ¿Uno de esos noviecitos de barrio que tuviste cuando eras chamaca? ¿O acaso te creíste que soy tu marido para andarme presumiendo con tu mamacita y con medio mundo? (Pregunta molesto)

Grettel: Ni lo uno ni lo otro, pero entre mi mamá y yo no ha habido secretos, y me pareció justo contarle la razón por la que pasé la noche fuera. Era obvio que no lo iba a tomar bien, sabiendo que usted es casado y…

Emiliano: (interrumpiéndola) ¡Exacto! Estoy casado.

Emiliano le muestra su anillo de matrimonio en el dedo anular.

Emiliano: Y aunque a mí me valga tres hectáreas de mierda este pinche anillo, no dejo de estar casado. ¿Sí te enteras?

Grettel: (desconcertada) No entiendo por qué me estás hablando así. Yo estoy enamorada de ti, Emiliano y no me fui a la cama contigo solo para quitarte las ganas. Te di consuelo, te di mi hombro… Fue un momento especial y pensé que…

Emiliano: Pues pensaste mal, mi chula. Tuvimos sexo, uno rico por cierto, pero hasta ahí. No esperes que voy a dejar la vida que tengo por casarme contigo. 

Grettel: (indignada) No lo puedo creer… No puedo creer que me estés haciendo una patanería de estas y yo que pensaba que podías ser diferente cuando te vi anoche, tan vulnerable, tan sensible, pero veo que no. ¡No eres más que una fachada!

Emiliano: No te confundas. No pretendo hacerme el “santito”. Para eso ya tengo suficiente con mi mujer.

Grettel se pone de pie, muy molesta, y agarra su maleta.

Gettel: Pues qué poca, pero de algo estoy segura y es que un día, Emiliano, un día te vas a sentir de nuevo como esa mierda de persona que te sentías anoche. 

Emiliano: No me hagas melodrama. ¿Quieres? 

Gettel: Tranquilo. Ya me voy, pero antes déjame decirte que en algún momento vas a estar solo de nuevo, sin nadie, y te vas a arrepentir de humillar a la única persona que pudo haberte dado un poco de luz en esa vida tan miserable que llevas. Te vas a acordar de mí.

Emiliano se queda callado, apretando la mandíbula. No aparta la mirada, pero tampoco la suaviza.

Grettel: Y en cuanto a mí, no se preocupe, licenciado Fonseca (Sarcástica). Voy a renunciar para que contrate otra secretaria más que pase por su cama ya que yo ya no le sirvo. Espérese mi carta de renuncia hoy mismo por correo.

Grettel, con firmeza y determinación, sale de la cafetería, dejando el café a la mitad. Emiliano se queda solo y la ve irse por la ventana mientras se pierde entre la gente. Por un segundo, su expresión se ablanda, pero vuelve a endurecerse de inmediato.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Chuy se encuentra rezando el rosario en voz baja, sentado en una de las sillas de aquella sala de espera donde hay más personas. Jorge hace aparición en ese instante y se acerca a él.

Jorge: Padre…

Chuy se sorprende y detiene su oración, poniéndose de pie en el acto.

Chuy: ¿Dónde se había metido, padre Jorge? Desapareció así de la nada. Pensé que se había devuelto para el orfanato por lo que Juan le dijo.

Jorge: Juan de La Cruz jamás podría intimidarme con sus palabras, menos cuando veo que las cosas se ponen de mi parte para ponerlo en su sitio.

Chuy: (confundido) ¿A qué se refiere?

Jorge: Podrá entenderme mejor cuando hablemos. 

Chuy: ¿Hablar de qué? No lo entiendo.

Jorge: Este no es el mejor lugar, pero le garantizo que se trata de algo que le interesa. Es mejor que nos vayamos.

Chuy: No puedo irme ahora. Tengo que ver a Benjamín primero.

Jorge: Benjamín puede esperar. En cambio, lo que usted tiene para decirme, no.

Chuy: Cada vez lo entiendo menos. ¿Qué se trae, padre?

Jorge: Hablemos más cómodamente en el orfanato. Juan debe estar por salir y no querrá usted que yo le pregunte delante de él sobre su origen, mucho menos cuando su verdadera madre está a unos pasos.

Chuy empalidece al escucharlo. Jorge se acerca a una distancia tal que habla en voz baja y sonríe con una descarada malicia.

Chuy: ¿Usted…?

Jorge: Así es. Lo sé todo, padre Jesús. 

Chuy desorbita los ojos al oírlo.

Jorge: Yo ya me imaginaba que algo andaba mal cuando usted reaccionó así hace un momento, como si quisiera proteger a Juan de La Cruz de algo. No en vano lo conozco hace treinta años y no me fue tan difícil averiguar lo que pasaba.

Chuy ha enmudecido y el nerviosismo es evidente. Jorge lo mira de una forma intimidante tal que el primero se siente incapaz de sostenerle la mirada.

Jorge: Y no querrá que lo que ha ocultado por tanto tiempo salga a la luz. Usted siempre ha sabido quién es la familia de Juan de La Cruz y estoy seguro de que si lo ocultó es porque hay algo muy oscuro detrás. ¿Me equivoco?

Chuy no responde y respira agitado. Jorge se retira, pero al dar dos pasos, se detiene y voltea a verlo con ironía. 

Jorge: Lo espero en la capilla del orfanato para que se confiese. Me parece que tiene mucho de qué arrepentirse. 

Jorge se va. Chuy expira fuertemente y se lleva la mano al pecho. 

Chuy: (muy asustado) Dios mío… Dios mío, ¿por qué me pones en esta situación justo ahora?

Chuy presiona su rosario con fuerza entre las manos y se recuesta en la pared. 

Chuy: Dame sabiduría. Ayúdeme para saber qué hacer. ¿Cómo se vino a enterar justo él?

Chuy se ve sumamente mortificado.


INT. DEPARTAMENTO DE MICHAEL/HABITACIÓN – DÍA

Michael termina de fumarse un cigarrillo, acostado desnudo sobre la cama y apenas cubriéndose con una sábana. Paula se encuentra presente, de pie, terminando de ponerse los aretes frente al espejo.

Michael: Sí sabes lo caliente que me pones cuando me escribes pidiéndome que te coja, ¿no?

Michael sonríe con picardía y apaga el cigarrillo en la mesita de noche.

Paula: Una tiene sus necesidades y a mí me hace falta tantito de colágeno de vez en cuando, pero no te hagas.

Paula voltea a verlo.

Paula: Esta vez el que me escribió pidiéndome que nos viéramos fuiste tú y dudo mucho que haya sido solamente para acostarte conmigo. ¿Qué quieres?

Michael guarda silencio un par de segundos y suspira, poniéndose serio.

Michael: Necesito algo de dinero, Paula.

Paula: (sarcástica) Ya decía yo.

Paula vuelve a darle la espalda mientras se acomoda el cabello.

Michael: Le debo mucha lana a los prestamistas por lo del casino y lo que gano como detective apenas me alcanza para vivir bien. 

Paula: No sabía que apostabas. 

Michael: Dejé de hacerlo hace tiempo, pero quedé debiéndoles un chingo. Necesito un adelanto de lo que acordamos.

Paula gira sobre sus tacones, se acerca lo suficiente para que él huela su perfume, pero sin tocarlo. Michael intenta besarla, pero se aparta y se aleja.

Paula: No verás un peso más hasta que convenzas a María José de volver conmigo.

Michael: Estoy en eso. Quedamos de vernos hoy, pero me envió un mensaje pidiéndome que mejor nos viéramos mañana. 

Paula: ¿Sabes dónde se está quedando?

Michael: No lo sé bien. Me envió su ubicación y parece que en un orfanato.

Paula: (sorprendida) ¿Un orfanato?

Michael: Es lo que me salía en internet, solo que no sé cómo pretendes que la convenza si la puse en tu contra revelándole la verdad de la muerte de sus padres y tú se lo confirmaste todo.

Paula: Invéntate algo, aunque… (Pensativa) Justo ahora se me ocurre que puedo ir contigo al dichoso orfanato ese. 

Michael: Va a dejar de confiar en mí. Hasta podría sospechar algo.

Paula: No lo hará. Pienso decirle que yo te busqué porque estaba preocupada. Total, si desconfía de ti o no, da igual. Te recuerdo que tú no eres el que se va a casar con ella. 

Michael: ¿Y mi lana? 

Paula: Tu lana la verás una vez haya boda, pero por lo pronto no esperes más de mí si no es una buena revolcada, papito.

Paula le guiña un ojo, toma su bolso y sale del departamento. Michael solo se recuesta en la cama y se deja caer sobre la almohada, algo frustrado.

Michael: No puedo esperar tanto. Tengo que pagar lo que debo o me pueden matar, maldita sea.

Michael se pasa las manos por el cabello, sin saber qué hacer. 


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Juan camina algo pensativo y se sienta en una de las sillas. María José lo observa de lejos y tiene un recuerdo de hace varios minutos.


FLASHBACK

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA

Fernanda está sobre la cama. María José la escucha con atención.

Fernanda: Emiliano era un hombre muy peligroso, María José. Todavía lo es. Manipuló a Paula y la envenenó en contra de Gabriel para que fuera ella la que…

María José: Sí, la que provocara el accidente. Emiliano Fonseca la traicionó y fue por eso que ella huyó, como también sé que el ama de llaves de la casa es tu mamá. 

Fernanda se sorprende al oírla.

María José: Hay muchas cosas que sé, Fernanda. Tan solo necesito que termines de explicarme qué tienen que ver Juan y Christian en toda esa historia. ¿Emiliano te obligó a dar en adopción a uno de los niños? ¿Fue eso?

Fernanda: Él quería botarme a la calle cuando descubrió que yo estaba embarazada de Gabriel. Yo no sabía que esperaba gemelos y le propuse hacer pasar al bebé como hijo suyo para que pudiera manejar la herencia de la familia.

Fernanda baja la cabeza y llora.

Fernanda: Emiliano me prohibió rotundamente salir durante el embarazo y yo… (Llora desconsolada) Yo solo hallé consuelo en la oración. Rezaba hasta el cansancio de rodillas, día y noche, pidiendo que todo me saliera como planeaba, sin embargo…

Fernanda se cubre la boca con la mano para intentar contener su llanto.

Fernanda: Todo se complicó cuando nacieron dos bebés. Emiliano tomó a uno, dispuesto a matarlo y le rogué de rodillas que tuviera un poco de piedad, pero estaba hecho un demonio. No me quería escuchar…

María José no puede evitar sentirse perturbada al escuchar tal historia.

Fernanda: Fue ahí cuando el jardinero nos escuchó discutiendo. Evaristo se llamaba y él, con mucha valentía, intervino y nos pidió que le diéramos al niño. 

María José: Claro. Ese era el padrino del que Juan me habló.

Fernanda: Era un buen hombre, discreto, amable. Había trabajado muchos años para la familia y le rogó a Emiliano que no matara al bebé. Tan solo nos pidió un poco de dinero para irse lejos con el niño porque no tenía nada. Emiliano se negó y por poco lo golpeó por meterse, pero yo le pedí que lo considerara. Recuerdo que tomó un fajo de billetes de la caja fuerte y se lo tiró en el piso gritándole que se largara antes de que matara al “mocoso” con sus propias manos.

Fernanda cierra los ojos con fuerza y las lágrimas brotan de sus ojos. Puede verse cuánto dolor carga por los acontecimientos que ahora narra. 

Fernanda: Esa fue la última vez que vi a mi otro bebito. No tuve tiempo ni siquiera para ponerle nombre o para amamantarlo. Emiliano me arrancó una parte de mí que no me fue fácil superar.

María José: Me puedo imaginar…

Fernanda: Fue tanta mi pena que no fui capaz de amamantar a Christian o de hacerme cargo de él. Chela fue quien se hizo cargo hasta los cinco años. Me sentía la peor de las madres, me flagelé no sé cuántas veces por sentirme la peor de las pecadoras y ahora… (Hace una pausa) Vuelvo a verlo, así como si nada, hecho ya un hombre… 

María José: Todavía no es seguro que sea tu hijo, Fernanda. 

Fernanda: Tú misma lo dijiste. Es muy poco probable que sea una casualidad y quizá todo esto esté pasando para que repare el error tan grande que cometí. 

María José: ¿Qué quieres decir?

Fernanda toma las manos de la joven.

Fernanda: Veo que tú eres una buena muchacha, una persona completamente distinta de la asesina de tu madrina.

María José se suelta y se aleja con seriedad.

María José: Puede que mi madrina haya hecho cosas horribles, pero muy en el fondo, le sigo guardando un gran aprecio.

Fernanda: Puedes quererla como una madre, pero eso no va a borrar nada de lo que hizo y cómo te ha manipulado para vengarse de nosotros. No seas tonta.

María José no responde como dándole la razón.

Fernanda: Es ahí a donde voy, María José. No le cuentes a nadie sobre esto. Te lo suplico. Nadie se puede enterar de la existencia de Juan, mucho menos Emiliano. Él podría hasta matarlo.

María José: ¿Y tú qué piensas hacer?

FIN DEL FLASHBACK


María José deja de recordar y continúa observando a Juan, quien recuesta su cabeza en la pared.

Fernanda: (voz en off) Todavía no sé, pero si de algo estoy segura es que no voy a volver abandonarlo. Incluso si él nunca se entera de la verdad, voy a ser la madre que nunca pudo tener por mis malditos errores. 

María José se acerca y esboza una sonrisa.

María José: Hola.

Juan se levanta al verla y también le sonríe.

Juan: Te estaba esperando. ¿Cómo sigue la señora que se desmayó? Me imagino que la conoces, ¿no?

María José: Eh, sí… Es una vieja conocida. Tal parece que le dio un bajón de presión.

Juan: (extrañado) ¿Justo cuando me vio?

María José: No fue por verte. De por sí cuando me la encontré, ya estaba algo pálida, pero no fue grave y se encuentra mejor.

Juan: ¿Y por qué me llamó Gabriel? Parecía como si me conociera.

María José: Ah, bueno… Es que estaba un poco confundida, nada más. ¿Tú qué tal? ¿Todavía no te dan noticias de tu amigo? (Cambia abruptamente de tema).

Juan: Sí, ya por fin pude entrar a verlo.

María José: Qué bueno. ¿Y cómo te fue?

Juan: Supongo que bien, aunque me duele mucho verlo así, tan deprimido, sin esperanza. Me da mucha impotencia porque no sé cómo hacerle para ayudarlo.

María José: Quizá empezar terapia con un psicólogo le ayude.

Juan: No tenemos dinero para eso, María José. Muchos creen que los curas estamos forrados de lana, pero la verdad es que no vivimos tan bien como otros piensan. Claro, habrá los que reciben regalos de feligreses y hasta coche tienen, pero somos más los que hacemos voto de pobreza.

María José: Lo entiendo, pero no se trata solo de dinero. La salud mental lo es todo y Benjamín lo necesita. No me vas a negar que el orfanato debe tener varios benefactores. El padre Chuy debe tener contactos. De seguro podrían conseguir un psicólogo a buen precio.

Juan: Puede ser. Tengo que preguntarle al padre Chuy que por cierto no sé dónde se metió. Me estaba esperando y parece que se fue.

Juan mira alrededor buscando al sacerdote entre la gente. María José se queda pensativa, viéndolo, como si quisiera contarle lo que acaba de descubrir sobre él.

Fernanda: (voz en off) Y sobre todo, no le digas nada a Juan. Contarle la verdad sería ponerlo en riesgo. Te lo suplico.

Juan: ¿Pasa algo?

María José: (reaccionando) Ah, no. No pasa nada. Estoy un poco cansada. Es todo. 

Juan: No te creas. Yo también estoy muerto después de pasar la noche en vela aquí. Por lo menos ya me siento más tranquilo sabiendo que Benjamín está fuera de peligro. Gracias por acompañarme y no dejarme solo.

María José solo le devuelve una sonrisa tenue, pero su mirada se ensombrece levemente al recordar las palabras de Fernanda.

María José: No te preocupes. Hay cosas que uno no debe cargar solo y tú ya me ayudaste mucho. ¿Qué te parece si mejor nos vamos para que descansemos un poco? Mañana podemos volver.

Juan: Sí. Tienes razón, aunque… (Tocándose los bolsillos) No traigo nada aquí para que paguemos al menos un taxi (Apenado).

María José: (sonriéndole) Tranquilo. Podemos llamar un uber. Yo lo pago con mi tarjeta.

Juan: (sorprendido) ¿A poco se puede hacer eso sin que traigas la tarjeta?

María José: Sí, claro. El débito se hace automáticamente.

Juan: Mira nada más y yo todavía batallo hasta para usar una computadora. Definitivamente nací para los sermones, no para la tecnología.

María José: (riendo levemente) No es nada del otro mundo. Ven, vamos saliendo y te voy mostrando cómo.

Los dos caminan despacio hacia la salida y ella le muestra en su celular el funcionamiento de la aplicación.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – NOCHE

La capilla está casi a oscuras y es tan solo iluminada por las velas alrededor, encendidas para las estatuas de los santos, que proyectan sus sombras en la pared. Chuy entra lentamente, persignándose y el eco de sus pasos resuena. Ve que la luz del confesionario está encendida, entra respirando agitado y con el rostro perturbado. Jorge aguarda del otro lado del confesionario y tan solo se enfocan sus labios en la rejilla.

Chuy: Ya estoy aquí.

Jorge: Me alegra que haya venido, padre. Lo estaba esperando con ansias.

Jorge sonríe, con ironía y con sumo descaro se da la bendición. 

Jorge: Ahora dígame, ¿de qué pecados se arrepiente?

Chuy: (indignado) No estoy aquí para confesarme. Deje de jugar con algo tan sagrado como el sacramento de la confesión para sacarme información como si fuera un chisme del cual jactarse.

Jorge: Se equivoca. Yo solo quiero ayudarlo a que usted descargue todo lo que lleva dentro desde hace tantos años. Véalo como una forma de desahogarse.

Chuy: Solo vine para pedirle que no le diga absolutamente nada a Juan. Él no se puede enterar de lo que usted con tanta maña descubrió. 

Jorge: Yo ya sé que el muchacho ese es hijo ilegítimo de Gabriel Fonseca.

Chuy se sorprende.

Jorge: Como también sé que Emiliano Fonseca es su tío y que lo vendió como si fuera un animal al jardinero, al tal Evaristo, solo por proteger su herencia de más herederos. Después de todo, habían nacido gemelos y uno más era un peligro.

Chuy: ¡Padre, por favor!

Jorge: Yo ya lo sabía todo, así que solo quería escucharlo de su boca para que el peso de sus secretos fuera más liviano. Quería ayudarlo, ¿lo ve?

Chuy incluso suda ante la presión que siente.

Jorge: Yo escuché perfectamente cómo esa mujer se lo contaba todo a la otra muchacha, la misma con la Juan de La Cruz se ha revolcado tan descaradamente en las paredes de este orfanato. Tal parece ella tampoco sabía nada. 

Chuy: (muy asustado) Por lo que más quiera, debe guardar silencio. Si es cierto que lo escuchó todo, debería saber que Emiliano Fonseca es un hombre peligroso y si se entera de la existencia de Juan, podría matarlo.

Jorge: Tal y como seguramente mató al jardinero, ¿no?

Chuy no responde ante tal pregunta, se siente sofocado y se desabrocha un poco la sotana.

Jorge: Juan de La Cruz llegó aquí cuando tenía quince años. Estaba enfermo de anemia, si mal no recuerdo y usted me dijo que era el ahijado de un viejo amigo suyo que había muerto en un accidente. Emiliano Fonseca lo mató, ¿no es así?

Chuy: Confórmese con saber que ese hombre es malo y no le va a temblar la mano para acabar con Juan. 

Jorge: ¡Ay, padre! (Suelta una bocanada de aire) Debo reconocer que jamás pensé que ese seminarista bruto y ordinario tuviera una historia tan conmovedora y tan oscura. Lo he subestimado, por su culpa me suspendieron y ahora es mi momento de desquitarme.

Chuy: No haga nada, padre Jorge, por favor.

Jorge: No tengo por qué callarme algo tan serio, padre Jesús. Me estaría arrastrando al pecado de la mentira como usted lo ha hecho y el mundo merece saber la verdad. Es hora de que todos sepan quién es Juan de La Cruz Quintana.

Chuy: ¡Padre, se lo imploro! (Desesperado) Juan es un muchacho inocente, bueno. Hacerle algo así sería entregarlo a la mismísima muerte. 

Jorge: Dice la biblia que la paga del pecado es la muerte. Una lástima porque, aunque me cae mal, es un muchacho muy atractivo, todo un varoncito, tanto o más que Benjamín que me ha hecho suyo tantas veces. 

Chuy: (impactado) ¿Q… qué?

Jorge: (sonriendo) Tal como lo oye. Benjamín ha hecho un buen uso de mi cuerpo. Ambos necesitábamos liberar un poco de abstinencia. Lástima que le vino la culpa y terminó queriendo quitarse la vida tan cobardemente. Juan sería un perfecto reemplazo, ¿no lo cree?

Chuy se levanta sumamente indignado y molesto.

Chuy: ¿Cómo se atreve? ¿Cómo ha sido capaz de caer tan bajo? 

Jorge: ¿Todavía se atreve a juzgarme cuando usted es tanto o peor que yo?

Chuy: Usted es un desgraciado, un miserable…

Chuy siente que el aire se le escapa, su respiración se acelera, jadea y se agarra el pecho. Jorge se da la bendición y también se pone de pie.

Jorge: Puede insultarme todo lo que quiera, pero con eso no impedirá que haga una buena obra al confesarle al mundo la verdad. Que Dios nos perdone a todos, padre Jesús. 

Jorge sale del confesionario sin ningún tipo de remordimiento. Chuy también sale y lo persigue por el pasillo de la capilla.

Chuy: ¡No, por favor! ¡Deténgase! 

Jorge lo ignora y una descarada sonrisa llena de satisfacción se dibuja en su rostro.

Chuy: ¡Deténgase, por lo que más quiera!

Chuy tropieza, apoyándose en el banco más cercano. Sus piernas ceden y el sonido de su respiración es áspero, roto. 

Chuy: (en un hilo de voz) Padre… Ayú… Ayúdeme…

Chuy no puede más y se desvanece en un golpe seco. Jorge voltea a verlo con indiferencia como si aquello no le afectara en lo más mínimo. Mira al altar y se da de nuevo la bendición.

Jorge: Si no logra resistir, espero que descanse en paz y brille para usted la luz perpetua. 

Jorge, con la mayor frialdad posible, sale de la capilla. El padre Chuy, por su parte, yace en el piso, inconsciente y de un muy mal semblante. 

CONTINUARÁ…

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