Capítulo 12: Hora revelationis
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – NOCHE
Paula ha revelado súbitamente en la reunión familiar toda la verdad que Chela, durante tantos años, quiso ocultar. Todos los presentes se ven sumamente sorprendidos e impactados, excepto María José quien ya sabía de antemano que el ama de llaves fue por algún tiempo amante de Ricardo Fonseca, el patriarca de la familia y que, resultado de ello, Minerva, la matriarca, se suicidó de forma trágica. Emiliano respira agitado y sus ojos se ponen rojos. Christian, muy desconcertado, se acerca a Chela.
Christian: (con un nudo en la garganta) ¿Qué está diciendo esta mujer, nana? ¿Por qué te está calumniando con toda esa mierda?
Paula: (muy cínica) Perdóname, Christian, pero no son calumnias. Tu querida nana no es más que una trepadora..
Christian: (muy molesto) ¡Cállese! ¡No le permito que hable así de ella!
Paula: Graciela, querida, ¿por qué no le terminas de decir la verdad a tu “niño” para que me crea? Ten un poco de dignidad y admítelo de una buena vez, mujer.
Chela tiembla y no es capaz de hablar. Tan solo sus labios tiemblan e intenta contener el llanto.
Christian: Respóndeme, nana. ¿Es verdad?
Emiliano: ¡Habla ya de una buena vez! Más vale que esas acusaciones no sean más que una patraña de la estúpida de mi hermana.
Paula: (ofendida) ¿De verdad vas a ponerte de parte de la mujerzuela que mató a mamá?
Emiliano: ¡Como un carajo! ¡Es que no puede ser!
Paula: ¡Lo es!
Paula, furiosa, lanza la copa de la cual bebía contra la pared. Fernanda y María José se aturden por el ruido.
Paula: Graciela siempre fue tu enemiga, Emiliano. Todos estos años la tuviste durmiendo bajo el mismo techo sin imaginarte que ella provocó el suicidio de mamá; sin saber que arruinó tu vida y la mía. ¿Por qué crees que papá me mandó a ese internado?
Emiliano comienza a sollozar y un amargo nudo se le forma en la garganta. Christian tampoco es indiferente a esa sensación. Chela significa mucho para ellos y la decepción los invade.
Paula: Papá se quiso deshacer de mí para continuar teniendo chance de revolcarse con ella luego de la muerte de mamá porque yo los descubrí, aunque eso es lo único ruín que ha hecho esa mujer…
Paula sonríe con malicia y dirige su mirada hacia su cuñada, quien parece sospechar lo que dirá a continuación.
Paula: Mira a Fernanda. La abandonó desde niña para tener chance de hacer sus vagabunderías. Tú ya lo sabías, así que ¿por qué te sorprende enterarte de que es una víbora?
Chela derrama lágrimas discretas, completamente destruida y sintiéndose desnuda por la verdad. Octavio alza las cejas, sorprendido por todas las revelaciones de las que está siendo testigo.
Christian: (impactado) ¿Cómo que te abandonó? (Pregunta a Fernanda) ¿De qué están hablando?
Fernanda se siente incapaz de responder y baja avergonzada la cabeza.
Paula: Tal como lo oyes, Christian. Graciela no es solo tu nana, sino tu abuela materna.
Christian niega con la cabeza.
Paula: Abandonó a tu mamá con tu bisabuela en el pueblo de donde venía antes de llegar a la ciudad y cuando ya tu mamá estaba grande y murió tu bisabuela, se la trajo para esta casa. Ahí conoció a Emiliano. Cualquiera en esta casa te lo puede confirmar, tu mamá, tu papá o ella misma…
Christian dirige su mirada a Chela, quien llora amargamente. María José observa con lástima la escena.
Christian: ¡Habla de una buena vez, nana!
Chela: Mi niño…
Christian: (gritando) ¡¡Habla, maldita sea!!
Chela es incapaz de responder y solo llora. Christian entiende que al parecer las acusaciones son ciertas.
Christian: (con la voz quebrada) Entonces ¿sí es verdad?
Chela baja la cabeza. Christian la observa muy decepcionado. Emiliano no se queda atrás y aprieta los puños.
Christian: ¿Cómo pudiste? Eras la única persona en la que podía confiar, ¿y ahora resulta que hasta eres mi abuela? ¿Cómo me pudiste mentir de esa manera?
Chela: Perdóname, mi niño. Yo no quise mentirte, yo…
Pero antes de que ella continúe, Emiliano se acerca con violencia y con los ojos rojos llenos de ira, le lanza una brutal bofetada al ama de llaves. Todos se impactan.
Emiliano: ¿Cómo fuiste capaz de traicionarme, maldita? ¿Cómo te burlaste de mí en mis narices fingiendo portarte como una segunda madre, ah?
Emiliano, completamente fuera de sí, la abofetea de nuevo y con más fuerza. Christian interviene con prontitud y se pone en medio de ambos, empujando a Emiliano.
Christian: ¡No te atrevas a tocarla de nuevo!
María José no duda en acercarse a Chela para abrazarla.
Emiliano: ¡Tú quítate! ¡Quítate porque voy a matar a esa desgraciada!
Christian no tarda en agarrar un cuchillo de la mesa y con los ojos desorbitados, apunta el cuchillo directo hacia Emiliano.
Christian: ¡Pues me vas a tener que matar a mí primero! ¿Escuchaste? No voy a permitir que le pongas una mano encima.
Fernanda: (aterrada) ¡Christian, baja eso de inmediato!
Emiliano: ¿Es lo único que tienes? ¿Tan poco hombre eres que ni a los puños te puedes defender?
Christian tiembla, lleno de rabia.
Emiliano: (burlesco) Ya decía yo que eras medio joto, mijito. ¿Y sabes de quién es la culpa? De tu mamita y de esa zorra traidora que por si no te diste cuenta también te traicionó. Todo este tiempo te mintió. ¿Y en serio la vas a defender?
Christian: ¿Y qué me dices de ti y de Fernanda? Ustedes también siempre supieron que la nana era mi abuela y nunca me dijeron nada. ¡Todos en esta maldita casa me vieron la cara de imbécil! ¡Todos! (Grita lleno de furia)
Fernanda: (muy nerviosa) ¡Christian, ya basta!
Chela: (llorando) Mi niño, por favor, no hagas de esto un problema más grande. Yo me lo merezco. Déjalo así.
Emiliano: ¿Escuchaste? Hasta ella sabe que tiene rabo de paja y se merece que la mate.
María José: (muy seria) Aquí nadie va a matar a nadie.
Emiliano: Tú no te metas en esto, muchachita. Esta es mi casa y es un asunto de familia.
María José: (con firmeza) Podrá estar en su casa y todo lo que quiera, pero lo que está haciendo es un crimen, señor. Delante de mí, no voy a permitir que maltrate a una mujer y menos a una mayor.
Paula: (incomodada) María José, esto no es asunto tuyo.
María José: No voy a hacerme la de la vista gorda, madrina y si tengo que llamar a la policía para que pongan en su sitio a este criminal, lo voy a hacer.
María José habla muy indignada. Emiliano se sorprende por aquella forma despectiva en que ella lo llamó y la mira muy molesto.
Paula: ¡Ya cierra la boca y no digas nada más! Vámonos para arriba.
María José: No me voy a ir. No voy a dejar a esta pobre mujer sola a manos de este desalmado mientras todos los demás hacen como si no pasara nada, inclusive tú, Fernanda. Es tu mamá. ¿Cómo permites que la traten así?
Fernanda no responde, pues no sabe qué decir. Emiliano ahora mira con desprecio a la joven a la que antes miró con cierto deseo.
Emiliano: No esperaba que fueras tan metiche, mijita. Lo que tienes de chula lo tienes de igualada, ¿sí sabías? Me parece que te faltó un buen padre que te domara.
María José: No soy un animal para que me domen, señor, aunque a mí me parece que al que necesitan domar es a otro que sí se porta como una bestia.
Emiliano desencaja el rostro y tensa la mandíbula ante la notable ira que siente.
Paula: María José, ya basta. Estás empeorando la situación.
María José: Tú empezaste con todo este circo, madrina. ¿Y ahora me pides que me calle?
Octavio: (interviniendo) ¡A ver, a ver! Vamos a tranquilizarnos. Todos estamos con los ánimos muy caldeados y así no vamos a llegar a nada.
Octavio se acerca a Emiliano, al que le pone la mano en el hombro.
Octavio: Emiliano, lo mejor es que te calmes. No cometas algo de lo que te puedas arrepentir.
Emiliano mira con furia tanto a María José como a Christian, quien no ha dejado de apuntarle con el cuchillo.
Octavio: (susurrándole) Si quieres salimos, tomamos algo, pero hazme caso. No te conviene ponerte así.
Emiliano: (fastidiado) ¡Ya! ¡No me toques!
De un manotazo, Emiliano aparta la mano de Octavio. Respira profundo y parece verse acorralado, por lo que mira con odio a todos los presentes y se dirige a la salida. Christian baja el cuchillo. Chela, en tanto, se suelta de María José y corre hacia Emiliano para detenerlo rápidamente.
Chela: ¡Emiliano!
Chela se echa de rodillas al piso y agarra al hombre de una pierna, llorando desconsoladamente.
Chela: ¡Emiliano, perdóname!
Emiliano no se inmuta y permanece de espaldas.
Chela: Yo nunca quise hacerte daño, ni a ti ni a tus hermanos. Yo siempre los vi como mis hijos, los amé, los cuidé después de que tu mamá se fue….
Chela se lamenta, casi ahogándose en su propio llanto. Emiliano, por su parte, derrama una lágrima discreta que no deja que los demás vean para no verse tan vulnerable. Paula escucha, indignada, sin creer en las palabras de la mujer.
Chela: Cometí un error cuando me enamoré de tu papá, pero te juro que jamás quise hacerle daño a tu mamá. Ella era como una hermana para mí. Yo nunca quise que las cosas acabaran así para ella. Te lo juro, perdóname…
Emiliano se suelta de mala gana y sigue dándole la espalda.
Emiliano: Tú pudiste revolcarte con quien se te diera la pinche gana y mi papá también, pero lo que me duele y aborrezco es la traición.
Emiliano voltea a verla con desprecio.
Emiliano: O si no preguntándole a tu hija. Todos aquí saben perfectamente lo que me hizo cuando me traicionó con Gabriel.
Fernanda: Emiliano, por favor, eso ahora no viene el caso.
Emiliano: ¡Tú te callas! No te las des de santa o de mustia, mi amor, pero tienes razón, ¿sabes? Hoy la noche se la llevó tu mamacita linda que te heredó lo perra. Es de familia, qué curioso.
Emiliano sonríe con amargura. Chela es incapaz de dejar de llorar, tirada en el piso. El hombre se pone de cuclillas y mira con amargura al ama de llaves.
Emiliano: En cuanto a ti, pude perdonarte que anduvieras de calenturienta con mi viejo, pero haber traicionado la confianza de mi mamá y haberte portado como una madre conmigo cuando por tu culpa se mató la mía, eso sí que no te lo perdono y ahora quiero que recojas tus trapos para que te largues bien lejos antes de que sea yo mismo el que te mande a la chingada.
Emiliano se incorpora y sale de allí. Todos en su mayoría observan con pena la escena, excepto Paula, quien es la siguiente en acercarse a la salida y se queda viendo con desprecio a Chela.
Paula: ¡Ay, Graciela! Hasta pena me das, pero todo en esta vida se paga, querida y ya escuchaste. Yo que tú, me iría esta misma noche.
Paula sale del comedor, triunfante y con una sonrisa. María José observa indignada y se acerca a la mujer mayor para levantarla del piso.
María José: Permítame ayudarle.
Chela: (en un hilo de voz) Llévame a mi cuarto, por favor.
María José asiente y la lleva de la mano, caminando ambas despacio. Christian solo guarda silencio con el rostro lleno de lágrimas. Fernanda intenta acercarse a él.
Fernanda: Hijo...
Christian: ¡No te atrevas a dirigirme la palabra! ¡No te quiero escuchar!
Christian no le da oportunidad de escucharla y se va.
Fernanda: Christian, por favor…
Octavio: Déjalo, Fernanda. El pobre muchacho ha de estar con la cabeza hecha un lío.
Octavio se sirve un poco de vino y bebe. Fernanda se queda preocupada.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – NOCHE
Benjamín se encuentra solo en su habitación, mirando al vacío, mientras tiene un recuerdo.
FLASHBACK
HORAS ANTES
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA
Benjamín le ha confesado a Chuy el asesinato que cometió. Evidentemente, el sacerdote se ve perturbado y lo escucha con discreción.
Benjamín: (llorando) No sé qué pasó por mi cabeza, padre. Estaba enceguecido de rabia, de odio, de impotencia. El mismo sacerdote que le dije me estaba chantajeando con hacerle daño a Juan.
Chuy: ¿Qué tipo de daño?
Benjamín: Dijo que tenía un video o una foto, ya ni sé, de cuando besé a Juan. Fue capaz hasta de decirme que iba a hacer parecer todo como obra mía para que Juan se decepcionara de mí si no me acostaba con él.
Chuy cierra los ojos con fuerza.
Benjamín: Y yo no podía permitir eso, padre. Juan es muy importante para mí y es la persona que más quiero. Fui donde esa prostituta para quitarme de la cabeza las veces que acosté con ese tipejo que no merece ni ser cura.
Benjamín comienza a sollozar con más fuerza, encogiéndose en la cama como si quisiera desaparecer.
Benjamín: Y yo tampoco… Yo tampoco me merezco serlo después de todas las cosas malas que hice. Cuando la prostituta esa se burló de mí, cuando me dijo que yo era un marica, exploté. La tomé del cuello y… (Llora desconsolado) y la apreté hasta que dejó de moverse. ¡Padre, la maté! ¡La maté con mis propias manos!
Chuy lo mira, impactado, sin poder ocultar el dolor que le provoca escuchar aquello.
Chuy: (con voz quebrada) Hijo, una de las peores cosas que puede hacer un ser humano es arrebatarle la vida a otro. Dios nos da ese don, y nosotros no tenemos derecho a quitarlo.
Benjamín: (con desesperación) ¡Entonces dígalo! ¡Dígame que estoy perdido, que no tengo salvación! Yo no merezco seguir viviendo, padre. Por eso me quería morir.
Chuy: Yo entiendo lo que sufriste, entiendo tu ira, tu miedo, pero nada, Benjamín, nada justifica lo que hiciste y escapar no era ni será la solución.
Benjamín lo mira con lágrimas en los ojos, temblando.
Benjamín: (casi susurrando) ¿Me va a denunciar?
Chuy lo observa en silencio, atormentado, y finalmente niega con la cabeza.
Chuy: No puedo hacerlo. El secreto de confesión me lo impide, pero escucha bien lo que te digo, si de verdad estás arrepentido, tienes que entregarte. Solo enfrentando la justicia podrás empezar a encontrar redención y a asumir las consecuencias de lo que hiciste.
Benjamín rompe en llanto, hundiendo el rostro entre sus manos. Chuy lo mira, afectado, con los ojos vidriosos, como si llevara también ese peso sobre sí mismo.
Benjamín: No quisiera vivir más, padre. No quiero…
Chuy: (con firmeza, aunque con voz quebrada) Precisamente porque cometiste este pecado, tienes que vivir. Para cargar con él, para expiarlo y para que la misericordia de Dios pueda alcanzarte. Conmigo siempre vas a poder contar. Yo te aprecio mucho y voy a acompañarte en este proceso.
Benjamín: Juan nunca me lo va a perdonar, es lo que más me da miedo…
Chuy: No tienes que decirle la verdad si no quieres. Dile que te irás lejos, sin entrar en detalles ni diciéndole mentiras.
Benjamín lo mira, devastado, y asiente lentamente, aunque en su interior parece no creer que haya perdón posible.
FIN DEL FLASHBACK
Juan llega justo en ese momento y sonríe al verlo.
Juan: ¿Qué onda, Benja? ¿Cómo seguiste?
Benjamín: Recuperándome, supongo.
Juan: Tuve que rogarle no sé cuántas veces a la enfermera para que me diera chance de entrar a verte. Debí venir más temprano, pero me quedé dormido.
Benjamín: (esbozando una sonrisa) No te preocupes. Debiste dejar la visita para mañana para que descansaras más.
Juan: Nah, está bien. También tenía que venir a ver al padre Chuy. No te conté porque ya no me dio chance, pero le dio un microinfarto y está internado en este mismo hospital.
Benjamín: De hecho, ya sabía. Él mismo vino a verme esta tarde.
Juan: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Y salió de su habitación así nada más después de que casi se muere?
Benjamín: Yo le dije lo mismo, pero él aseguró que se sentía bien.
Juan: (con un suspiro, medio divertido) ¡Ay, el padrecito! Menos mal me dijiste para jalarle las orejas luego, luego por irresponsable. Voy a ponerlo como camote.
Benjamín se ríe sin decir nada. Un silencio se forma durante algunos segundos. Juan lo rompe y pone una bolsa de papel en la mesa.
Juan: Ah y por cierto. Te traje los panes dulces de canela que tanto te gustan. Nada más escóndelos bien para que no te descubran.
Benjamín: No te hubieras molestado.
Juan: (en tono jocoso) ¿Qué importa? Igual ya me molesté.
Benjamín: (riendo) Te pasas de menso.
Juan: Y también te traje esto.
Juan saca del bolsillo de su pantalón una cajita pequeña bien decorada y la abre frente a su amigo. Benjamín ve que se trata de una medalla plateada.
Juan: (emocionado) ¿Te gusta? Es una medalla de la Virgencita para que no te olvides de ella que como madre siempre está velando por nosotros.
Benjamín: (conmovido) Está muy bonita, Juan. Gracias de verdad.
Juan: Para que veas que tengo buen gusto, eh. Déjame te la pongo.
Juan sonríe y, con delicadeza, le ayuda a colocarle la medalla en el cuello. Benjamín la aprieta contra su pecho, como aferrándose a algo que no quiere soltar.
Benjamín: Hay algo que tengo que decirte y quizás no te vaya a gustar.
Juan: (extrañado) ¿Qué pasó? ¿Dije algo malo?
Benjamín: (negando) Claro que no. Más bien, es algo mío.
Benjamín respira hondo como preparándose para lo que dirá. Juan observa expectante.
Benjamín: Voy a dejar el sacerdocio.
Juan: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Por qué?
Benjamín: Es algo que llevo mucho tiempo pensando, incluso antes de que hiciera lo que hice, y me di cuenta de que no es para mí.
Juan: ¿Estás seguro?
Benjamín: Yo nunca tuve tanta vocación como tú, Juan. Tú sí que vas a ser un buen sacerdote, pero yo… Yo no puedo ni quiero y lo mejor es que me aparte.
Juan: (triste) No te niego que me saca de onda. Sí me hacía mucha ilusión que nos pudiéramos ordenar juntos así como de chamaquitos lo soñábamos. ¿O ya se te olvidó?
Benjamín: Sí, claro que me acuerdo, pero ya tomé mi decisión y quizá, cuando me den de alta, me vaya y tal vez no nos volvamos a ver.
Juan siente que el corazón se le encoge en ese instante y una evidente desilusión se dibuja en su rostro.
Benjamín: No te pongas así. Es lo mejor para mí y hasta para ti. Yo solo voy a ser una piedra en tu zapato y voy a poder dejarte tranquilo cuando me largue lejos.
Juan: No digas eso. Tú no eres ninguna carga para mí, Benjamín. No tienes que irte tan lejos, ni mucho menos. Con unas sesiones con el psicólogo vas a mejorar, te lo prometo.
Benjamín: Mi situación no la va a arreglar un psicólogo. Yo no te voy a dejar de amar con unas sesiones.
Juan no puede evitar sentirse mal al escucharlo y los ojos comienzan a brillarle. Benjamín también solloza.
Benjamín: Yo te amo, Juan. Te amo de una manera que tú no te imaginas y lo más sano es que me aleje antes de que termines odiándome o decepcionándote de mí.
Juan: ¿Qué dices? Yo nunca te podría odiar.
Benjamín: Nunca digas nunca.
Juan: (aferrándose a su mano) No me importa. Con todo y todo, yo te quiero. Te quiero un resto que hasta me duele y no me hago a la idea de que te alejes. ¿Qué voy a hacer sin mi mejor amigo, sin mi hermano, ah? Tú significas mucho para mí.
Benjamín rompe a llorar conmovido al escuchar tales palabras.
Juan: No te vayas. Deja el sacerdocio si quieres, vete del orfanato, pero no te vayas. Piénsalo bien, hombre. No te apresures.
Benjamín: Ya la decisión está tomada. Perdóname, pero no me puedo quedar.
Juan derrama un par de lágrimas, sintiéndose muy culpable.
Benjamín: Y esto no es tu culpa tampoco. Soy yo. Si de verdad me quieres, déjame ir. Déjame que cargue con mi dolor, con mi vida y tú haz lo tuyo, para lo que siempre te preparaste.
Juan no puede evitar sus ojos se inunden aún más de lágrimas y mira para otro lado, sin poder aún aceptar esa noticia. Benjamín intenta sonreírle en medio de las lágrimas y pone su mano en el hombro de él.
Benjamín: Mira, te prometo que no va a ser un hasta nunca, sino un hasta luego. Cuando sane, te voy a buscar y ahí vamos a poder seguir siendo amigos, pero ya deja de llorar, ¿sí? Mira que me gusta más cuando sonríes. Te ves más guapo.
Juan sonríe muy levemente con incredulidad y alza la cabeza de nuevo con el rostro humedecido.
Juan: Me va a doler reharto, pero tampoco te puedo retener. Te voy a echar muchísimo de menos.
Benjamín: Y yo a ti.
Juan lo abraza con fuerza. Benjamín no duda en corresponderle y se aferra con fuerza a su espalda. Ambos amigos lloran y se quedan en dicha posición algunos segundos.
Juan: no te puedes ir sin que hagamos algo antes.
Benjamín: (se separan) ¿A qué te refieres?
Juan: El viaje al mar que nos prometimos de niños, ¿sí te acuerdas? Vimos las fotos en una revista y dijimos que queríamos verlo juntos.
Benjamín: ¿Con qué dinero? Tú y yo no tenemos donde caernos muertos.
Juan: (sonriendo entre lágrimas) Pues ya ves. Diosito provee, aunque tenga que tomar prestado de las ofrendas de la iglesia.
Benjamín: (riendo) ¡No inventes!
Juan: Y si no alcanza, nos subimos al camión y capaz que el chofer nos lleva gratis si le decimos que somos enviados del papa. ¿Qué dices?
Benjamín: Me parece bien.
Los amigos se quedan mirándose con ternura, compartiendo esa complicidad que los une desde la infancia, como si el dolor y la incertidumbre se suavizaran por un instante con la promesa de ese viaje.
INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – NOCHE
Emiliano se encuentra bebiendo descontroladamente en su amplia oficina, recostado en el sillón desde donde observa el espectacular panorama nocturno de la ciudad. Mientras sostiene el vaso en sus manos, un recuerdo antiguo llega a su cabeza.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – DÍA
Emiliano, alrededor de diez años, aparece sentado en el sofá con los ojos húmedos, abrazando un cuaderno escolar contra su pecho. Minerva se acerca a él.
Minerva: ¿Qué tienes, Emiliano? ¿Por qué esa carita?
Emiliano: (triste) Papá no me quiere.
Minerva: (sorprendida) ¿Por qué dices eso?
Emiliano: Porque siempre es más bueno con Gabriel. Hoy se lo llevó al parque con Paula.
Minerva se sienta al lado del pequeño y lo rodea con los brazos, acariciándole el cabello.
Minerva: No digas eso, hijo. Tu papá sí te quiere y mucho, pero tú eres el mayor y quiere lo mejor para ti. Quiere que estudies y te prepares para tus exámenes de matemáticas.
Emiliano: (haciendo puchero) Es que yo también quería ir.
Minerva: Mira, hagamos algo. Te prometo que si sacas buenas calificaciones en tu examen, yo misma te llevo al parque y te compro un algodón de azúcar gigante.
Emiliano: (emocionado) ¿De veras?
Minerva: Claro que sí, te lo prometo.
Minerva le extiende el dedo meñique en señal de promesa y le sonríe. Emiliano cruza también su dedo meñique con el de ella.
Minerva: Tú eres muy valioso, Emiliano. Nunca lo olvides.
Minerva le acaricia el rostro con ternura.
FIN DEL FLASHBACK
Emiliano deja de recordar y una lágrima discreta se le desliza por el rostro para dar paso a otro recuerdo, mucho más doloroso.
FLASHBACK
Emiliano, ya de unos doce años, ve bajar desde el primer piso al equipo forense que sostiene sobre una camilla el cuerpo inerte de su madre. El sudario blanco apenas deja ver la silueta del cuerpo de la mujer, quien ha sido encontrada colgada en su cuarto. Desde el piso de arriba, Paula llora desconsolada. Chela intenta tranquilizarla.
Paula: (gritando) ¡¡Mamá!! ¡¡Mamá!! ¡¡No te vayas, mamita!!
Chela se ve sumamente destruida, pero debe fingir. Gabriel también llora, pero es consolado por su padre. Emiliano solo observa sin nadie quien lo consuele, mientras las lágrimas escurren de sus ojos y aprieta los puños impotente.
FIN DEL FLASHBACK
Emiliano vuelve al presente y sus ojos están hinchados, enrojecidos y tiene la respiración agitada. Con furia contenida, aprieta el vaso que sostiene hasta que lo lanza contra la pared, haciéndolo estallar en pedazos.
Emiliano: (furioso) ¿Por qué? ¿Por qué, maldita sea?
Grettel justo entra a la oficina, impresionada por el ruido. Es de notar que es tarde y no hay más empleados en la empresa.
Grettel: ¿Licenciado?
Emiliano voltea a ver a la joven y se derrumba en el piso. Grettel, preocupada, corre hacia él.
Grettel: Licenciado, ¿qué le ocurre?
Emiliano rompe a llorar. Grettel se pone de cuclillas y toma su rostro entre las manos.
Grettel: ¿Qué tiene? ¿Por qué está así?
Emiliano: No esperaba que vinieras después del desplante que te hice.
Grettel: ¿Cómo cree que iba a resistirme a venir si cuando me llamó lo oí tan mal? No tengo el corazón tan negro.
Emiliano: (con la voz rota) Todos me han dejado, Grettel, me han traicionado, me han mentido. ¡Todos!
Grettel: Yo no. Usted sabe perfectamente lo que siento. Jamás lo podría abandonar, licenciado.
Emiliano: ¿Estás segura? ¿No me vas a dar la espalda como los demás?
Grettel: (con firmeza) Nunca y si pasé hasta por encima de mi mamá, debería ver cuán importante es usted para mí. Usted es muy valioso…
Emiliano se sorprende al oírle decirle exactamente las mismas palabras que su madre le dijo en algún momento y no puede más; se deja ir, hundiendo el rostro contra el hombro de la joven, llorando con desgarro. Grettel lo rodea con los brazos, apretándolo fuerte, aunque a sus espaldas hace un gesto de fastidio. Por primera vez, el poderoso Emiliano Fonseca parece un niño desprotegido que necesita ser sostenido.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – NOCHE
Paula, por otra parte, se encuentra sentada frente al tocador, retirándose los pendientes mientras tiene un recuerdo de la mañana.
FLASHBACK
INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – DÍA
Paula y Fernanda platican encerradas en el estudio. Hablan en voz en baja para no ser escuchadas.
Fernanda: ¿Cómo va el plan? ¿Ya comenzaste a envenenar a Emiliano?
Paula: Por supuesto. Empecé anoche.
Fernanda: Tienes que ser muy discreta. No puede sospechar nada porque tú lo conoces. Podría matarnos a las dos.
Paula: Tú tranquila. Sé bien lo que hago y cómo lo hago, así que no te preocupes. Más bien dime qué era lo otro que querías platicarme. Iba de salida.
Fernanda: Se trata de Graciela. La anciana esa puede ser un problema a la larga. Ella siempre está pendiente de todo lo que ocurre en esta casa y además, Christian sigue viéndola como una santa. Siempre lo ha puesto en contra mía y podría interferir en los planes que tenemos de casarlo con María José.
Paula: ¿Por qué habría de ponerlo en contra tuya? Eres su hija, no lo entiendo.
Fernanda: Graciela nunca me vio como su hija. Me abandonó desde niña con mi abuela. ¿Por qué más crees que la odio tanto?
Paula: De ti, se justifica, pero de ella… Una madre no odia a su hija porque sí. Debió tener algún motivo.
Fernanda: Yo… (Hace una pausa) Fui producto de una violación (Dice llena de vergüenza).
Paula enarca las cejas, sorprendida.
Fernanda: Mi abuela, que en paz descanse, me contó que hasta me quiso abortar, solo que mi abuela no se lo permitió y mejor me abandonó.
Paula: ¡Vaya! Eso sí que no lo veía venir. ¿Y qué hay de Christian? ¿Él sabe que Graciela es su abuela?
Fernanda: No. Siempre le prohibí que se lo dijera.
Paula: Pues yo creo que ya es tiempo de que lo sepa.
Fernanda: ¿Estás loca?
Paula: Si queremos deshacernos de esa mujer, es la única manera. Christian dudosamente le va a perdonar el haberle ocultado que es su abuela, además tengo un as extra bajo la manga para terminar de destruirla.
Fernanda: ¿A qué te refieres?
Paula: Es una sorpresa. Se me ocurre que podríamos organizar una cena especial con toda la familia para cuando a Christian le den de alta e invitarla. Justo ahí le podemos quitar la máscara de mustia que tiene delante de Christian y hasta de Emiliano.
Fernanda: (confundida) ¿Por qué Emiliano?
Paula: Tú espérate y confía en mí. Graciela se va a arrepentir muy pronto de haber nacido.
Paula sonríe con aquella maldad y sofisticación que la caracteriza. Fernanda la observa intrigada.
FIN DEL FLASHBACK
Paula deja de recordar. Justo en ese instante, María José entra sin tocar y cierra la puerta tras sí, notablemente molesta.
María José: ¿Para esto querías quedarte y me convenciste de regresar? ¿Para terminar de hundir a esa pobre mujer y humillarla como lo hiciste?
Paula: (muy seria) Pensé que ibas a estar de mi lado.
María José: Nunca podría estar de acuerdo contigo en esta absurda venganza.
Paula: Te recuerdo que antes estabas dispuesta a todo, incluso a casarte sin amor.
María José: Porque no tenía ni idea de las cosas que me ocultabas. Yo siempre pensé que Emiliano te había inculpado injustamente del accidente de Gabriel, pero nunca me imaginé que sí fueras tan culpable como él y menos sabía toda tu historia con lo del suicidio de tu mamá.
Paula voltea a verla.
Paula: Pues si te compartí mi historia fue precisamente para que te pusieras en mi lugar y me entendieras, pero veo que es inútil. Tú nunca me vas a entender y mucho menos vas a comprender todo el dolor que pasé por culpa de Graciela.
María José: Esa señora está arrepentida. Pude verlo en sus ojos y ha sufrido muchísimo.
Paula: ¡Por favor! No le vas a creer ese teatrito barato que montó para dar pena. Graciela es una víbora.
María José: Como sea, pudiste provocar una tragedia. Emiliano hubiera podido matarla o Christian hubiera podido matar a Emiliano por defenderla. ¿Es que no lo ves?
Paula: Pero no pasó nada. Más bien agradece que Emiliano no nos corrió después de que lo insultaste en su cara.
María José: Me importa un bledo si nos corría o no. Tampoco es que tengamos necesidad de quedarnos en esta casa cuando afuera hay miles de hoteles.
María José se acerca a la mujer y se pone de cuclillas para tomarla de las manos con cierto desespero.
María José: Te lo pido, madrina. Vámonos mañana mismo a primera hora y ya olvídate de todo esto.
Paula: No me puedes pedir que me olvide de todo lo que viví y menos me puedo quedar cruzada de brazos, María José.
María José: Tú también mataste a alguien, a tu propio hermano que es peor, y aún así, estoy intentando hacer lo humanamente posible para perdonarte a pesar de lo mucho que me horroriza lo que hiciste. ¿Qué te cuesta a ti olvidarte del pasado?
Paula: Quisiera, pero no puedo…
María José se incorpora, mirándola muy decepcionada.
María José: Entonces ¿vas a seguir? ¿Vas a seguir después de que me dijiste que ibas a renunciar a tu venganza por mí?
Paula: (sollozando) Te juro que por un momento eso quise cuando te fui a buscar a ese orfanato, solo que me cuesta, mi amor. Es demasiado el odio que tengo como para dejarlo así.
María José: ¡Muy bien! Conmigo ya sabes que no puedes contar. Quise darte una chance, madrina, pero ya no más. Mañana mismo me largo de este país y tú… (Hace una pausa) Tú haz lo que quieras, ya no me importa.
María José se retira de la habitación de forma muy contundente. Paula dibuja una sonrisa con dejo de malicia.
Paula: ¡Ay, María José! No sacrifiqué los mejores años de mi vida en criarte para que me des la espalda ahora, claro que no. Tú vas a terminar haciendo lo que yo diga.
Paula dice aquello para sí misma con gran convicción y con un nuevo plan en mente.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHELA – NOCHE
Chela se encuentra haciendo su maleta mientras gimotea. Christian entra en ese instante.
Chela: (exaltada) Mi niño…
Christian: (dolido) No me vuelvas a llamar así.
Chela: Yo sé que estás muy ofendido, mijo, pero escúchame…
Christian: (la interrumpe) ¿Ofendido? Creo que esa no es palabra para definir cómo me siento después de enterarme de que me mentiste, no solo tapando las porquerías que hizo Emiliano, sino también para encubrir a Fernanda que ahora resulta que es tu hija. Tu hija…
Christian sonríe con amargura e incredulidad. Chela se siente dolida al verse recriminada.
Christian: Y ahora entiendo muchas cosas, ¿sabes? Nunca me protegiste lo suficiente no porque fueras la empleada, sino porque te sentías culpable con ellos dos.
Chela guarda silencio, sin defensa.
Christian: Te sentías culpable con Fernanda por haberla abandonado y también te sentías culpable con Emiliano por haber provocado que mi otra abuela se suicidara. ¿Y cómo no si lo dejaste huérfano? Ni siquiera lo denunciaste cuando supiste que mató a Gabriel. Encubriste cada una de las cosas que hizo porque te sentías mal por él.
Chela: Casi lo denuncio, solo que tu mamá estaba embarazada cuando todo eso pasó y me lo prohibió rotundamente.
Christian: Claro. Y no quisiste irte contra ella.
Chela: Más que irme contra ella, pensé en todo lo que implicaba denunciar a Emiliano. Con él en la cárcel, tu mamá se hubiera quedado sola, con un niño en brazos, sin padre, y la entendí. ¿Qué más podía hacer? Es mi hija. Estaba entre la espalda y la pared, mijo. Entiéndeme.
Christian: ¡Como sea! Debiste decirme que eras mi abuela por lo menos y haber hecho más por mí, justo tú que sabes bien todo lo que sufrí en esta casa, pero está visto que nunca te importé.
Chela: (llorando) No digas eso. Claro que me importabas, me importas muchísimo porque te amo. Tú siempre vas a ser mi niño.
Christian: ¿Y por qué entonces no me dijiste la verdad? ¿Qué te costaba?
Chela: Porque tu mamá también me lo prohibió. Ella siempre sintió vergüenza de mí por otras cosas de mi pasado, pero qué más hubiera querido yo que supieras la verdad.
Christian: Pues qué pena que no me hubieras platicado más de tu pasado antes a ver si así te entendía un poco porque ya no me interesa escucharte.
Chela: (muy dolida) Christian, mijo, no seas tan injusto…
Christian: Tú fuiste la injusta. Yo era un niño que necesita que protegieran y la única que medio me dio algo de afecto fuiste tú, pero ahora veo que hiciste parte de toda la mierda de esta pinche familia y hasta me alegra que te vayas porque no te quiero volver a ver nunca más.
Chela siente que aquellas duras palabras calan en su pecho como cuchillos. Christian sale de la habitación y la deja sumida en llanto. Fernanda, quien justo escuchaba la conversación escondida tras una columna, se acerca a la puerta de la habitación. Desde el umbral, mira con desprecio a su madre.
Fernanda: Nunca pensé que llegara este día.
Chela voltea a verla, sin fuerzas y sin ánimos de más discusiones.
Chela: Supongo que estás contenta.
Fernanda: ¿Tú qué crees? Siempre fuiste mi enemiga. Envenenaste a mi hijo en mi contra. A él lo consentiste mientras que a mí me abandonaste como si hubiera tenido la culpa de nacer.
Chela: Yo nunca te abandoné, Fernanda. He querido explicártelo muchísimas veces y tú nunca has querido escucharme.
Fernanda: (incrédula) ¿Ah, no? ¿Y por qué me dejaste con mi abuela y nunca fuiste a verme? ¿Por qué nunca me buscaste?
Fernanda cuestiona llena de odio mientras se adentra en la habitación.
Fernanda: Tuve que crecer día tras día con mi abuela que solo me recordaba que era hija de una vagabunda, de una pecadora que le hizo ojitos a un hacendado que la violó y al que luego ella mató. ¡Me abandonaste! Y solo para seguir de zorra en la ciudad con don Ricardo Fonseca.
Chela: Estás muy equivocada.
Fernanda: ¿Vas a ser tan cínica de negarlo? Porque allá en el comedor salió a relucir tu pasado y ahora entiendo mucho mejor por qué nunca me buscaste. En ocasiones dudé de mi abuela, pero ya entendí que siempre tuvo razón con respecto a ti. ¡Eres una zorra! ¡Una vagabunda!
Chela: ¡Ya no más! ¡Ya cállate, por favor!
Fernanda: ¿Te duele oírlo? ¿No querías que te escuchara? ¿Qué tienes entonces para decir en tu defensa si es que la hay?
Chela: Mi mamá era una fanática religiosa que nunca creyó en mí cuando le conté de la violación que sufrí. Ella decía que era mi culpa y te metió todas esas mentiras en la cabeza.
Fernanda: ¿Cómo te atreves? Aquí la única mentirosa eres tú.
Chela: Aunque no me creas, es la verdad. Yo quise buscarte muchas veces, pero mi mamá siempre me lo impidió. Ella fue la que te puso en contra mía.
De repente, la mujer le cruza una bofetada a su madre. Chela apenas reacciona, solo cierra los ojos con dolor y sintiéndose sumamente humillada al verse golpeada por su propia hija.
Fernanda: No eres más que una mentirosa y ya mejor vete de una vez antes de que sea yo la que te saque a patadas de esta casa. Y ni si te ocurra volver a aparecer ahora que por fin no tienes motivos para estar aquí. Christian también te odia y bien merecido te lo tienes.
Fernanda sale de la habitación rápidamente. Chela se queda sola, acariciando su mejilla enrojecida, se deja caer sobre la cama y llora amargamente como si aquel enfrentamiento con su hija hubiera sido la última gota que le faltaba por rebosar después de una noche llena de humillaciones.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA
Es temprano y un nuevo día se asoma. Juan se encuentra justo afuera de la oficina del padre Chuy. Jorge lo acompaña y abre la puerta. Un cierto aire tenso se siente y ambos entran.
Juan: (con indiferencia) Gracias.
Jorge: No hay de qué. Es muy considerado de su parte que venga a buscar las cosas del padre Jesús. Después del declive de salud que tuvo, me parece que todos debemos colaborarnos entre sí para que él esté tranquilo.
Juan: Tengo que reconocer que por primera vez estoy de acuerdo en algo con usted. El padrecito ha hecho tanto por este orfanato que a lo mejor el cuerpo ya lo resintió.
Jorge: Justo en eso pensaba. Después de lo que pasó, es muy probable que ya no vaya a poder hacerse cargo del orfanato.
Juan: ¿Por qué no? El padre Chuy es un hombre fuerte. Todavía tiene mucho por hacer. Yo estoy seguro de que en cuanto se recupere, va a volver con más disposición que nunca, nada más que tenemos que echarle una mano.
Jorge: No se trata solo de querer hacer las cosas por disposición, Juan. Se trata de tener la capacidad para hacerlas y ya es justo que el padre Jesús descanse para que le relegue su cargo a otra persona, una que sea más joven y habilidosa.
Juan: (con suspicacia) ¿Una como usted, por ejemplo?
Jorge: Podría ser. Es cuestión de ver lo más conveniente para el orfanato.
Juan: Nada más no se le olvide que está suspendido y lo están investigando por los maltratos a los que sometió a los niños. Usted es el menos indicado para el cargo de director, padre Jorge.
Jorge: Yo no estaría tan seguro. El monseñor me llamó el día de ayer para autorizarme a seguir con mis funciones, así que no le sorprenda si próximamente se da la noticia de que el nuevo director sea yo y cuando eso pase…
Jorge se acerca al joven una distancia poco prudente, mirándolo de arriba a abajo con cierta lascivia, como si quisiera devorarlo con los ojos.
Jorge: (susurrando) Voy a poner en orden muchas cosas.
Juan lo mira con mucha seriedad, no dejándose intimidar. Jorge solo le sonríe y se aleja.
Jorge: Espero que no se tarde. Debo volver a cerrar la oficina con llave.
Jorge sale de la oficina. Juan se queda a solas, mirándolo con suspicacia, pues no termina de fiarse de él.
Juan: ¡Qué tonto! Me olvidé preguntarle al padrecito dónde es que guarda su sotana (Se rasca la cabeza).
El joven empieza a buscar en una especie de armario, pero no encuentra la sotana. Luego mira en un armario especial, en el que hay varios libros y cajas, como también camisas blancas como pantalones un poco más casuales.
Juan: Voy a llevarla una de estas.
Juan toma una de las camisas y la dobla para meterla en un bolso. Después se agacha y busca entre las cajas alguna sotana, pero sólo ve objetos religiosos y cosas antiguas, inclusive una versión antigua de una biblia que a él le llama la atención.
Juan: Qué bárbaro. Esta es una reliquia.
Juan toma la biblia y la abre, soplando el polvo, aunque no puede evitar toser un poco.
Juan: Incluso está en latín. Con razón la tenía guardada.
De repente, al pasar las hojas, se cae de entre ellas un papel doblado y el cual parece ser una carta. Juan lo recoge con curiosidad y se sorprende al leer en un doblez del papel una inscripción: "De Evaristo para mi amigo Chuy", por lo que se incorpora rápidamente y decide desdoblarlo para leer qué dice.
Juan: (muy sorprendido) Esta… Esta es una carta de mi padrino.
Juan comienza a leer la carta como quien encuentra un tesoro escondido. Evaristo narra justamente lo que el joven va leyendo.
Evaristo: (voz en off) Padre, usted bien sabe que ahora mi situación no es la mejor; nunca lo ha sido, ni siquiera cuando recibí a cambio de Juan todo ese dinero que se me fue como agua entre los manos por beber y jugar. No sabe el arrepentimiento tan grande que siento al día de hoy con solo acordarme de ese y otros errores, pero lo hecho, hecho está y ya no se puede remediar…
La escena cambia. Juan camina a paso lento por una acera, cabizbajo y muy consternado, con la carta aún en las manos. Tiene el rostro desencajado y los ojos desorbitados.
Evaristo: (voz en off) No sé si ahora esté pagando algún castigo. Juan de La Cruz está muy enfermo de anemia y por más que trabaje de sol a sol, no me alcanza para pagarle el tratamiento que necesita, ni siquiera para que coma bien y ya no sé qué más hacer…
Juan llega hasta un parque público y se sienta en una banca, con la mirada ida.
Evaristo: (voz en off) Por lo mismo no me queda más opción que acudir a Emiliano Fonseca. Él es el único que puede ayudar a Juan, pero no sé cómo lo vaya a tomar y tampoco sé que vaya a pasar, y por eso le escribo, padre, para que proteja a mi niño, para que no lo deje solo si algo me pasa porque no le puedo negar que me temo lo peor. Bien me acuerdo la amenaza de Emiliano Fonseca cuando me dijo que no me quería volver a ver una vez me lo entregara porque ninguno de los dos íbamos a correr con tanta suerte.
Juan ingresa a la habitación del hospital en donde se encuentra el padre Chuy.
Evaristo: (voz en off) Así que voy a confiar en usted que siempre ha sido mi amigo y a quien tengo mucho que agradecerle. Hágame este último favor y cuide mucho a Juan. Voy a llevárselo esta tarde. Yo estoy seguro que en mejores manos no lo voy a dejar. Dios lo bendiga.
Chuy está viendo televisión y se sorprende al ver a Juan parado en el umbral de la puerta sin decir nada.
Chuy: Pensé que ya no ibas a venir, muchacho. Están por darme orden de salida y tú nada que aparecías.
Juan guarda silencio, aún muy consternado por lo que leyó. Chuy se da cuenta.
Chuy: (burlesco) ¿Qué te pasa? Estás pálido. Parece que hubieras sido tú al que le dio un casi infarto. ¿Qué tienes?
Juan se adentra en la habitación y cierra la puerta tras sí. En la mano derecha tiene la carta empuñada.
Juan: (cortante) ¿Por qué no me lo dijo?
Chuy: (extrañado) ¿A qué te refieres?
Juan: ¿A qué me refiero? Fueron doce años en los que crecí con usted; doce años en los que siempre me dio los mejores consejos y valores. ¡Doce años, padre! ¿No cree que merecía saber como mínimo la verdad?
Chuy desencaja el rostro y se siente descubierto, imaginando lo peor.
Chuy: (nervioso) Explícate mejor, Juan. No te estoy entendiendo.
Juan: ¿Por qué me sigue viendo la cara de menso? ¿No le fue suficiente haberme ocultado cómo fue que mi padrino se murió en realidad? ¿Por qué me mintió, padre? ¿Qué significa todo lo que dice esa carta?
Juan, indignado y molesto, lanza la carta arrugada a la cama. Chuy se queda sin habla al verse encarado. Parece que el momento de la verdad que tanto se temía llegó.
CONTINUARÁ…














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