Capítulo 13: Vocem veritatis

INT. MOTEL/HABITACIÓN – DÍA

Es temprano. Grettel termina de ponerse una blusa frente al espejo y acomoda su cabello. Emiliano yace en la cama, desnudo, cubierto por las sábanas y comienza a despertar mientras se estira con torpeza, haciendo ver la gran resaca que siente.

Emiliano: (con voz áspera) ¿A dónde vas?

Grettel no lo mira y tan solo ajusta la hebilla de su cinturón, toma su bolso y responde con frialdad.

Grettel: A donde sea. Total, ni casa tengo y tú, pues ya me usaste como querías. Mi misión de darte tantito de consuelo, amor y sexo ya terminó. Eso hacen las amantes, ¿no?

Grettel dice aquello con sarcasmo. Emiliano se recuesta en la cama con dificultad, tocándose la cabeza, notablemente apenado.

Emiliano: Grettel, no te llamé ni pasé la noche contigo para que te sintieras así, mujer. 

Grettel: (incrédula) Entonces ¿para qué me llamaste? Porque evidentemente no fue para sentarnos a charlar de la vida.

Emiliano: Te llamé porque me sentí solo y recordé que tú fuiste la única que me escuchó la vez pasada, y ya sé que me porté como un patán contigo. Lo reconozco. Perdóname.

Grettel: No sé qué decir. Me cuesta mucho creerte después de todo lo que me dijiste.

Emiliano: Perdóname, de veras. Vuelve a tu trabajo. Te prometo que te voy a ayudar con un lugar donde quedarte. Tengo un departamento que te puedo prestar.

Grettel: (con suspicacia) ¿De verdad? 

Emiliano: Pudiste mandarme al carajo anoche cuando te marqué y sin embargo viniste. Para mí, eso significó mucho. Nada más entiende que no te puedo dar lo que quieres, chula. Yo estoy casado y ya estoy muy viejo para andarme con esas mamadas del divorcio.

Grettel guarda silencio, pensativa.

Emiliano: Vuelve a tu trabajo. De verdad me interesa tenerte cerca.

Grettel lo mira, sin emoción aparente, su sonrisa es leve y un muy leve destello de malicia se dibuja en su sonrisa.

Grettel: Voy a pensarlo y te llamo. Ya me tengo que ir y tú también. Si mal no recuerdo, para hoy tienes una reunión.

Grettel sale de la habitación. Emiliano se queda a solas y suelta una bocanada de aire, al tiempo que se tumba en la cama, adolorido por la resaca.

Emiliano: ¡Argh! ¡Qué cruda!


EXT. CASA DE LOS FONSECA/PATIO – DÍA

Christian se encuentra ejercitándose, sin camisa, tan solo usando shorts, en el amplio y campestre patio de la lujosa casa de la familia. Hace flexiones con rapidez y suda aparatosamente, frunciendo el ceño, como si descargara rabia contenida. Fernanda aparece desde el interior de la casa con un vaso de jugo fresco. Se acerca despacio y observa con deseo el torso de su hijo.

Fernanda: (extendiendo el brazo) Toma. Te traje algo para que te refresques y ya basta de tanto esfuerzo, hijo. Necesitas reposo y tan solo ayer te dieron de alta.

Christian termina su serie y se incorpora, respira agitado, y sin siquiera mirar a su madre, toma el vaso y bebe de un solo trago.

Christian: Déjame. Esto es lo único que tengo para hacer encerrado en esta casa.

Christian sigue bebiendo el jugo. Fernanda saca de su bolsillo una toallita para secarle el sudor, pero él se la arrebata bruscamente y la tira al piso. Ella lo observa con ternura torcida, como si disfrutara de la rebeldía. En lo alto de la ventana de su habitación, Paula se asoma discretamente y observa con detenimiento la escena.

Christian: No tienes que hacer esto. El hecho de que me hayas convencido de volver, no quiere decir que las cosas entre tú y yo vayan a cambiar.

Fernanda: Quizá no ahora, pero espero que puedan cambiar a largo plazo. Te estoy ayudando, Christian. Recuérdalo y ahora que Emiliano está débil, es tu oportunidad. 

Christian: ¿Mi oportunidad para qué?

Fernanda: ¿No es obvio? Ve a la empresa, exige tu lugar, tu oficina. Supe que habrá una junta con los accionistas y me pareció que ese puede ser el momento ideal para que hagas acto de presencia.

Christian: ¿Qué voy a hacer yo allá? Ni siquiera tengo una carrera en administración, finanzas o economía. 

Fernanda: Pues aprendes. Muchas de las personas más exitosas de la historia no terminaron la universidad. No necesitas una carrera. Además, el exigir tu lugar en esta familia no solo se trata de la empresa. También debes volverte un hombre en todo el sentido de la palabra y una mujer no te haría mal.

Fernanda dice aquello mirando de arriba a abajo el torso del joven. Christian termina de beberse el juego y le entrega el vaso a la mujer. Ella lo recibe. 

Christian: ¿Ahora también te vas a meter en mi vida personal? Es más, no entiendo para qué me dices eso si siempre te metes cuando intento algo con alguna mujer.

Fernanda: María José es la excepción.

Christian: ¿Otra vez esa tipa? ¿Por qué tanto interés en metérmela por los ojos?

Fernanda: No me vas a negar que es bella. Noté que te quedaste viéndola muy impresionado en la cena de anoche.

Christian: (fastidiado) Ni me recuerdes esa pinche cena.

Fernanda: Como sea, es una buena muchacha y…

Fernanda mira a su alrededor, cuidando que nadie esté viéndolos. Paula se esconde detrás de la cortina. Es así cómo la primera se acerca y susurra al oído de su hijo de una forma sensual. 

Fernanda: Estaría dispuesta a compartir a mi bebé con ella para que te conviertas en padre.

Christian se aparta, soltando una risa nerviosa.

Christian: ¿Un hijo? ¿Quieres que yo me convierta en padre? Ni lo sueñes.

Fernanda: Un hijo es la manera de asegurar nuestro patrimonio. Con un hijo, terminarías de hundir a Emiliano. Es el arma más poderosa que podríamos tener. Piénsalo.

Fernanda le acaricia el rostro con su falsa y depravada ternura para luego irse. Christian  se pone las manos en la cintura, pensativo ante tan descabellada propuesta. Paula, por su parte, también se retira de la ventana, como sospechando algo.


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – DÍA

Chuy continúa sin saber qué decir en vista de que Juan ya sabe parcialmente la verdad de la muerte de Evaristo. El joven lo mira muy serio.

Chuy: ¿Cómo…? ¿Cómo encontraste esto?

Juan: ¿Qué importa dónde la haya encontrado? Yo creo que lo mínimo que puede hacer ahora es que me dé una explicación y una muy buena para que le pueda perdonar lo que hizo, padre. 

Chuy cierra los ojos con fuerza.

Juan: Usted siempre supo quién había matado a mi padrino. Lo del accidente no fue casualidad. Lo dice clarito esa carta. 

Chuy: Juan, yo… (Balbuceando)

Juan: ¿No le hubiera sido más fácil decirme la verdad desde un principio? ¿Por qué ocultarla? ¿Qué ganaba con eso?

Chuy: Todo es más complicado de lo que crees. No sé qué tanto hayas entendido con esta carta, pero déjame decirte que si te oculté ciertas cosas fue por tu bien.

Juan: Yo no era tarado, padre. Tenía quince años, pero ya estaba grandecito para entender esas "cosas" que según usted me ocultó por mi bien. Yo tenía derecho a saber quién había matado a mi padrino Evaristo y por qué razones, pero usted se limitó a callarse y no hizo nada a pesar de que sabía muy bien quién fue el desgraciado.

Chuy: Pues si de verdad leíste la carta, deberías ver que tú también corrías riesgo y lo que menos quería Evaristo era que te pasara algo malo. ¿Por qué más crees que él te dejó esa noche del accidente en mi orfanato?

Juan: (sollozo) ¡No importa! ¡Se trataba de mi padrino! Él casi fue como mi papá y no fue justo que su muerte quedara impune como si hubiera sido un don nadie.

Chuy: De nada hubiera servido que yo denunciara. Hubiera sido en vano. De cualquier manera Emiliano Fonseca se habría exonerado de los cargos y solo Dios sabe qué habría podido pasarnos en manos de ese hombre.

Juan: ¡No trate de justificarse!

Chuy: (desesperado) ¡No es justificación! Tú ahora no puedes entender razones porque estás enojado, pensando lo peor de mí, pero para mí no ha sido fácil callar lo de Evaristo durante tanto tiempo.

Juan: Entonces ¿por qué no me lo contó? Entiendo que se acobardara y no hablara con la policía, pero ¿y qué hay de mí? ¿Qué le costaba hablar conmigo?

Chuy: Para empezar no fue cobardía. Lo hice para protegerte y no creí conveniente tampoco decírtelo porque hubiera sido un golpe muy fuerte enterarte de que Evaristo fue asesinado por… (Hace una pausa) Por tu tío…

Juan: (desconcertado) ¿Mi tío?

Chuy: De ahí parte todo. Tú eres el hijo ilegítimo de Gabriel Fonseca, el hermano de Emiliano, el mismo hombre que atropelló esa noche a tu padrino.

Juan se siente impactado al escuchar al sacerdote.

Chuy: Tú eres un Fonseca, pero Emiliano se encargó de desaparecerte para deshacerse de su hermano y quedarse con todo el emporio de esa familia.

Juan: (muy consternado) No puede ser… Eso, eso no puede ser, padre (Niega con la cabeza).

Chuy: (llorando) Lo es. Por desgracia lo es, muchacho. Todo tu origen tiene un pasado muy turbio, más de lo que crees.

Juan: Entonces…

Juan se detiene en seco y se pasa las manos por el rostro, impactado por esa confesión.

Juan: Eso era a lo que se refería mi padrino en la carta. Él hablaba de un dinero que recibió por mí…

Chuy: Dinero que le pidió a Emiliano para que se fuera muy lejos contigo y no se volvieran a ver, pero Evaristo no pudo cumplir con eso. Cuando te enfermaste de anemia, él no pensó en nada más que salvarte y decidió acudir a Emiliano.

Juan: Por esa razón se previno y me dejó con usted esa noche. Ahora lo entiendo todo (Llorando). Dios…

Juan respira agitado sin poder contener las lágrimas y se apoya en una mesa sin poder asumir la verdad.

Chuy: Evaristo te quiso mucho. Como te dije lo que menos quería era que tú corrieras algún peligro.

Juan: (furioso) ¡Pero se prestó a los planes del tal Emiliano cuando me recibió a cambio de esa lana!

Chuy: Emiliano iba a matarte. Evaristo le rogó que te entregara a cambio de un dinero y le prometió que se iría lejos. Lo hizo por salvarte, se encariñó contigo y terminó queriéndote. Se sacrificó por ti, Juan, aun sabiendo desde un principio que algo malo le podía pasar esa noche.  

Juan: Es que eso es justo lo que más me duele, padre. (Llora muy indignado). Me da igual si me abandonaron en esa familia o si me querían muerto, pero me duele mi padrino… Me duele que me mintiera y que después lo mataran de esa forma por mi culpa…

Chuy: Te entiendo, hijo, pero…

Juan: ¡No! Usted no me puede entender porque también se prestó a eso. Casi, casi fue cómplice de toda esta farsa.

Chuy: ¿Qué dices, por Dios? Yo solo quise protegerte como a Evaristo le habría gustado. No te dije nada por tu bien. ¡Compréndelo!

Juan: ¿Era mi bien enterarme justo ahora de que toda mi vida ha sido una mentira? ¿No pensó un solo momento en que hubiera sido más correcto haberme dicho la verdad?

Chuy: Quería evitar esto. Quería evitarte lo que estás sintiendo ahora, Juan. ¡Por eso no hablé! ¡Por eso no dije nada! 

Juan: Si de verdad hubiera querido evitarlo, usted tendría que haber pensando en lo que me dijo una vez. ¿Recuerda? Eso de que no hay nada oculto y todo se sabe, y fíjese nomás. Me vino a tocar a mí.

El padre Chuy se fatiga y no sabe qué más decirle a Juan para hacerlo entrar en razón.

Juan: Así que no hay justificación. Todo fue una mentira. Evaristo ni siquiera era mi padrino.

Chuy: Deberías estar agradecido con él. Te dio una vida decente con lo que poco que pudo darte. ¿Qué importaba tu origen si en esa familia te rechazaron?

Juan: Y lo estoy. Estoy muy agradecido, solo que me siento traicionado, dolido, burlado con él, con usted, con esas personas que ni sé quiénes son.

Juan se toma un respiro y mira destrozado al padre Chuy, quien se ve evidentemente culpable.

Juan: Lo mejor es que… Es que me tome un tiempo. Esto es muy fuerte para asumirlo así de golpe.

Chuy: (preocupado) ¿Qué piensas hacer?

Juan: No sé, solo necesito un tiempo, padre. Déjeme.

Chuy: ¡Espera! ¡No vayas a cometer una imprudencia, Juan!  ¡Por el amor de Dios, por favor, escúchame!

Juan lo ignora y se va caminando apresurado. Chuy se queda muy preocupado y se persigna. Es así como el joven sale del hospital, mirando hacia la nada y sin dejar de derramar lágrimas. Camina por la acera y recuerda las últimas palabras de su padrino hace doce años.


FLASHBACK

Evaristo: No te cierres a la realidad, mijo. Yo sé que sin mí vas a hacer un hombre de bien, sal adelante y no te olvides de los buenos consejos que siempre te di, eh (Sonríe levemente con los labios ensangrentados). Te quiero mucho.

Evaristo acaricia con cierta nostalgia el rostro del joven y sonríe forzado.

Juan: Padrino, no. No me deje por favor. ¡Aguante!

Evaristo: Tienes que ser fuerte y no vayas a echar en saco roto lo que te estoy diciendo. Lo que menos quiero es que lleves una mala vida... (Se agita).

FIN DEL FLASHBACK


Juan se apoya en una pared y se pasa las manos por la cabeza. Retumba en él la voz del padre Chuy diciéndole que es un Fonseca y que su propio tío se encargó de confinarlo lejos de su familia. Más tarde, llega al orfanato. Entra a la solitaria capilla con los ojos bañados en lágrimas y se derrumba frente al altar.

Juan: (llorando) ¿Por qué? ¿Por qué jugaron con mi vida y me engañaron así? Toda mi vida resultó ser una mentira. Ojalá fuera tan siquiera una pesadilla… Una pesadilla, Virgencita.

Juan mira hacia un cuadro de la Virgen de Guadalupe en el altar. Los ojos de la imagen, aunque permanecen estáticos, parece como si estuvieran puestos sobre Juan, mirándolo, con cierta compasión.


INT. CASA DE LOS FONSECA/TERRAZA – DÍA

Fernanda, entretanto, se encuentra almorzando debajo de una sombrilla amplia. María José aparece en ese instante, con su celular en la mano.

María José: (con seriedad) Hola, Fernanda.

Fernanda: (sonriéndole) Qué gusto verte, María José. ¿Quieres almorzar conmigo? 

María José: Gracias, pero ahorita no tengo mucho apetito y ya me comí una fruta hace un rato.

Fernanda: Con razón tienes esa figura tan esbelta, muchacha. Te ves como una princesa y no te creas. Noté que Christian quedó encantado contigo anoche.

María José: (extrañada) ¿Por qué me lo dices?

Fernanda: Por nada en especial. Era solo un comentario. Christian es un muchacho muy simpático y seductor, y de seguro tú no le fuiste indiferente. Deberían conocerse mejor.

María José: ¿Me dices eso después de que vine a esta casa con el objetivo de casarme con él por interés?

Fernanda: Pero ya esos planes cambiaron. Tú me lo dijiste el otro día en el hospital y no sería mala idea que algo así llegara a pasar de forma espontánea. ¿Te imaginas? Christian y tú juntos.

María José: Discúlpame, Fernanda, pero no me interesa ahorita pensar en salir con alguien. Más bien, cambiando de tema, estaba buscando a mi madrina y no la encuentro. ¿La has visto? 

Fernanda: Fíjate que no. Desde anoche no la veo. ¿Es urgente?

María José: Tan solo quería hablar con ella antes de irme. 

Fernanda: (extrañada) ¿Irte? ¿A dónde?

María José: De este país. No pienso quedarme un día más. 

Fernanda: ¡Ay, no me digas! ¿Qué te motivó a tomar esa decisión? 

María José: Ya te lo conté en el hospital. Mi madrina me ha ocultado cosas muy fuertes y no pienso seguir ayudándola con sus planes de venganza. Lo de Chela fue la gota que colmó el vaso.

Fernanda: Comprendo y te admiro, ¿sabes? Cualquier otra mujer querría emparentar con la familia y sin embargo tú prefieres ser honesta con lo que sientes. Tan solo me da pena que te vayas. Creo que eres mi único puente para acercarme a Juan y sin ti, me va a ser más difícil.

María José: Yo ya había tomado la decisión de alejarme de él e incluso si me quedara, no podría ayudarte a ser ese “puente” que dices. Emiliano podría descubrirlo si sigo relacionándome con él y podría hacerle más daño del que ya le hizo cuando mató a su padrino.

Fernanda guarda silencio y baja la cabeza, poniendo los cubiertos sobre la mesa. María José nota su reacción.

María José: ¿Tú lo sabías? 

Fernanda asiente con la cabeza y se muestra apenada. 

Fernanda: Evaristo vino hace muchos años para pedirle ayuda a Emiliano. Al parecer Juan estaba enfermo y necesitaba un tratamiento. A Emiliano obviamente no le hizo gracia verlo, discutieron, salió tras él y…

María José: (indignada) Y lo atropelló. 

Fernanda: Así es. Christian inclusive los escuchó discutiendo. Él también lo recuerda, vagamente, pero lo tiene muy presente. 

María José: Con razón dijo anoche en la cena que Chela era la única persona en la que podía confiar. Su relación contigo y con Emiliano nunca fue buena por lo que pude percibir, y no es para menos. Debe ser difícil para él saber que su mamá regaló a su hermano y no hizo nada para protegerlo (Dice en tono de reproche).

Fernanda: Yo ya te conté mis motivos, María José. Era mejor dejar a Juan con Evaristo a que Emiliano lo matara siendo un bebito. Esa fue mi manera de protegerlo…

De repente, ambas son interrumpidas por una llamada entrante al celular de María José. Ella contesta.

María José: ¿Sí, bueno?


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – DÍA

Chuy es quien habla al otro lado de la línea desde su propio celular, con una expresión notablemente preocupada.

Chuy: María José, soy yo. Hablas con el padre Jesús. Conseguí tu número con la secretaria del orfanato.


INTERCUT MARÍA JOSÉ/PADRE CHUY

María José: ¿Cómo está, padre?

Chuy: Muy preocupado y a punto de darme otro infarto, muchacha.

María José: (extrañada) ¿Por qué? ¿Qué pasa?

Chuy: Es Juan. Se enteró de la verdad y temo mucho que cometa una locura con lo impulsivo que es a veces ese muchacho.

María José: (sorprendida) No puede ser. ¿Cómo se enteró?

Fernanda nota inquieta que algo ocurre.

Chuy: Encontró una vieja carta de Evaristo entre mis cosas, no sé cómo. El caso es que puede hacer algo. Iría a buscarlo, pero no puedo postrado en esta bendita cama. 

María José: Está bien. Intente calmarse, padre. Yo puedo ir a buscarlo. 

Chuy: Me harías un gran favor y disculpa llamarte así después de lo que te dije ayer aquí en el hospital.

María José: No se preocupe. Cuando sepa algo, lo llamo de inmediato.

Chuy: Gracias, hija. Dios te bendiga. Quedo al pendiente.

María José cuelga el teléfono. Fernanda se pone de pie.

Fernanda: ¿Qué pasa, María José? ¿Malas noticias?

María José: (tensa) Al parecer Juan ya sabe la verdad. Necesito buscarlo. 

Fernanda: Déjame ir entonces contigo. 

María José: No creo que sea buena idea, Fernanda. Juan ahorita debe estar mal y si sabe que tú eres su mamá, puede ser peor. Yo luego te cuento. Me tengo que ir.

María José se retira con prontitud. Fernanda se lleva la mano al pecho, preocupada. Paula justo aparece desde un rincón de la terraza, como si hubiera estado escuchando.

Paula: (sonriendo) ¡Qué conversación tan reveladora, cuñada!

Fernanda se sorprende al verla.

Fernanda: ¿Qué hacías ahí?

Paula: He sabido moverme bien para ver y escuchar cosas que otros no verían o escucharían con tanta facilidad, y supongo que María José y tú hablaban de tu otro gemelo.

Fernanda se exalta al escucharla.

Paula: Lo que me sorprende de todo es que María José te esté guardando el secreto y no me hubiera contado nada a mí que soy su madrina. ¡Ay, esta muchacha! 

Fernanda: (muy nerviosa) Paula, no puedes mencionarle nada sobre esto a nadie. 

Paula: Tranquila. Igual ya me había enterado por pura casualidad y pude conocer en persona al muchacho. Está bien chulo, eh. ¿Quién diría que tu bastardo abandonado se volvería cura?

Fernanda: No quiero que vuelvas a referirte a ninguno de mis hijos con ese calificativo.

Paula: Ay, no te pongas así.

Paula dice aquello, apoyando el codo derecho sobre la palma de la mano izquierda y, con un movimiento ligero de la muñeca, deja caer la mano hacia abajo. 

Paula: Nada más mencionaba lo curioso de toda esta situación porque justo tú, que eres tan católica y tan devota, tienes el privilegio de presumir que tu hijo es sacerdote. 

Fernanda: Nada más quiero aclararte que yo no lo abandoné y si escuchaste la plática de hace un rato, pudiste darte cuenta de que solo quise protegerlo. 

Paula: Lo sé y me imagino que ahora quieres recuperarlo.

Fernanda: Para eso tengo que deshacerme de Emiliano. 

Paula: Lo haremos. Ya nos deshicimos de Chela que podía ser un estorbo. Solo falta él.

Fernanda: Sobre eso, debiste decirme lo que pensabas hacer o al menos pedirme permiso para revelarle a Christian que es mi madre. 

Paula: Es la bomba que tenía pendiente por lanzar y mira que funcionó. Christian se decepcionó de ella como queríamos. Deberías agradecerme.

Fernanda: ¿Qué hay de lo otro? Para mí también fue una sorpresa saber que esa mujer había tenido algo con don Ricardo. 

Paula: Esa era la otra bomba que tenía guardada para que Emiliano la sacara de esta casa. Prácticamente, maté dos pájaros de un solo tiro, querida. 

Fernanda: ¿Y ahora qué? María José me acaba de decir que se va a ir del país. ¿Cómo piensas hacer que se case con Christian?

Paula: Yo me las arreglo. Déjamelo a mí. Sé bien cómo manipularla.

Fernanda: No quiero que actúes sin consultarme, Paula. Debes tenerme al tanto de todo. Estamos juntas en esto.

Paula: No comas ansias. Tampoco es nada del otro mundo lo que tengo en mente. Tú solo espera y verás.

Paula sonríe, convencida de sus planes. Fernanda, por su parte, la mira con suspicacia.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA

Michael se encuentra hablando con una monja madura y ambos caminan despacio por los pasillos del orfanato donde pasan niños corriendo o jugando.

Monja: Realmente no hay mucho qué le pueda decir, detective. Juan de La Cruz siempre ha sido un muchacho muy respetuoso, simpático y muy querido por todos aquí. Fue una gran noticia cuando nos comunicó a los dieciocho que quería ser sacerdote.

Michael: Entiendo. Nada más me gustaría confirmar algunos datos sobre él, por ejemplo podría empezar diciéndome cómo fue que paró en este sitio.

De repente, ambos son interrumpidos por Jorge, quien justo venía caminando del lado contrario.

Jorge: Buenas tardes. ¿Quién es el señor, hermana?

Michael se apresura a presentarse.

Michael: Mi nombre es Michael Lazcano, detective de la policía (Muestra su placa). 

Jorge: ¿Detective dice?

Michael: Sí, señor. Mucho gusto. 

Michael le extiende la mano. Jorge lo mira de arriba a abajo con recelo y corresponde el gesto.

Michael: ¿Usted es…?

Jorge: Yo soy el padre Jorge Mendoza, subdirector del orfanato. ¿Qué lo trae por aquí?

Monja: Vino para investigar un caso. Me estaba preguntando por Juan de La Cruz.

Jorge: (sorprendido) Entiendo, en ese caso, puede retirarse, hermana. Yo me encargo de atender al detective.

La monja asiente con la cabeza y se retira discretamente por el pasillo. Jorge mira a Michael con suspicacia.

Jorge: ¿Se puede saber por qué pregunta sobre uno de nuestros seminaristas? ¿Juan se metió acaso en algún problema?

Michael: Es un caso privado, padre. No tiene que ver con mi trabajo oficial. Una familia me contrató para buscar a su hijo desaparecido hace muchos años. Recorrí varios orfanatos y me dijeron que las características de este tipo coincidían.

Jorge: ¿Una familia? ¿Qué familia?

Michael: Entenderá que esa información es confidencial y no se la puedo decir.

Jorge: Entonces yo tampoco tendría por qué revelar información. Aquí no entra nadie sin que yo lo sepa, y mucho menos para husmear en la vida de nuestros muchachos, detective.

Michael: (sonriendo con nerviosismo) No estoy husmeando, padre. Nada más hago mi trabajo y quisiera verificar la información. Si no es el mismo muchacho, pues no hay problema. No me va a negar que de seguro vienen muchos detectives buscando niños desaparecidos.

Un silencio tenso se extiende. Michael mantiene su postura firme, pero se nota un ligero nerviosismo en su mirada. Jorge, en cambio, observa al detective con desconfianza y suspicacia.


INT. CORPORATIVO FONSECA/SALA DE JUNTAS – DÍA

Emiliano se encuentra en una junta importante con los accionistas del corporativo, hombres en su mayoría y solo algunas mujeres. El hombre es quien lleva las riendas de la reunión, de pie, exponiendo un plan financiero en la pantalla, con seguridad y liderazgo.

Emiliano: Como pueden ver, la proyección a cinco años garantiza un retorno de inversión del treinta por ciento. El complejo Fonseca Mall no solo será el centro comercial más moderno de la ciudad, sino el epicentro turístico y económico que atraerá a miles de visitantes. Un proyecto de esta magnitud requiere liderazgo firme y visión a largo plazo. Y mientras yo esté aquí, el Corporativo Fonseca seguirá siendo la primera fuerza del mercado en este país, señores…

Los accionistas, socios e inversionistas asienten, impresionados. Algunos sonríen satisfechos, otros murmuran entre sí con entusiasmo. De pronto, la puerta se abre de golpe. Todos voltean.

Christian: Buenas tardes.

Emiliano clava en él la mirada con desconcierto y descontento. Christian se adentra en la sala de juntas.

Emiliano: (molesto) ¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

Christian: (ignorándolo) Disculpen la interrupción. Me informaron que la reunión empezó hace rato, pero preferí intervenir de una vez, ya que me pareció el momento más oportuno para presentarme con ustedes.

Todos los presentes miran con curiosidad; otros con desconcierto.

Christian: Mi nombre es Christian Fonseca. No hemos tenido la oportunidad de conocernos, pero soy el hijo del gran magnate que tienen frente a ustedes, don Emiliano Fonseca. 

Christian mira a su tío con una sonrisa de oreja a oreja. Todos se sorprenden.

Christian: Como pueden ver, la vida de nuestra familia es muy reservada y por ese motivo no solemos aparecer públicamente juntos…

Emiliano: (interrumpiendo) Exactamente, mijito. Es una reunión privada y no una pasarela para presentarse. Disculpen ustedes a mi muchacho. Christian, tú salte, hijo. Espérame afuera.

Emiliano habla con un falso tono benevolente para no parecer déspota frente a los demás.

Christian: Es que yo no vine para hablar contigo, papito. Vine porque desde hoy, voy a asumir mi rol en esta empresa.

Emiliano enfurece al escucharlo, aunque trata de disimular mientras que el murmullo de los presentes incrementa.

Emiliano: ¿De qué se supone que estás hablando?

Christian: Tal como lo oíste y como todos ustedes lo oyeron, señoras y señores. Estoy dispuesto a aprender, a estudiar, a prepararme y me comprometo a dar lo mejor de mí para esta empresa que es el legado de mi honorable familia. Espero que podamos hacer un gran trabajo juntos.

Socio 1: (desconcertado) No nos dijiste que tu hijo iba a ser parte de la empresa, Emiliano. 

Socio 2: ¿Qué cargo va a tener?

Emiliano: (nervioso, sin saber qué decir) Bueno, es que…

Christian: Él tampoco lo sabía, aunque estuvo insistiéndome mucho en que le entrara al negocio familiar, así que aquí me tienen. Mi cargo todavía lo estamos discutiendo y a la larga les haremos saber. ¿Verdad, papá?

Emiliano asiente con la cabeza, sonriendo con hipocresía frente a los demás, aunque luego se mira de forma retadora con Christian, tío y sobrino, frente a frente, solo separados por la mesa, como si estuvieran a punto de iniciar una guerra campal.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA

María José ha llegado al orfanato y se nota preocupada. Ve a un grupo de niños jugando un partido de fútbol en la cancha, entre ellos Miguelito. María José lo alcanza a ver y lo llama.

María José: ¡Oye, Miguelito!

Miguelito voltea y sale del juego, corriendo hacia ella.

Miguelito: (emocionado) Maestra, qué bueno verla. ¿Nos va a volver a dar clases?

María José: (sonriéndole con ternura) Vine de visita. ¿Tú cómo estás?

Miguelito: Bien, aunque tengo reteharta tarea. Juan siempre me ayuda, pero hoy está tantito triste y parece que no se siente bien.

María José: ¿Dónde está? ¿Los has visto?

Miguelito: Sí, lo vi hace rato rezando en la capilla. Todavía debe estar allá.

María José: Está bien. Gracias. Iré a verlo. 

María José le sonríe al niño, quien regresa a la cancha. Minutos después, la joven llega a la capilla del orfanato, la cual está vacía. Juan se encuentra allí adentro, sentado, en una banca, con los ojos rojos y sosteniendo un rosario entre las manos que aprieta con fuerza, como si aferrarse a él le impidiera caer. María José entra con pasos suaves.

María José: ¿Juan?

Juan voltea a verla y se sorprende, por lo que se levanta de golpe.

Juan: María José…

María José: El padre Chuy me llamó y me pidió que viniera. ¿Cómo te sientes?

Juan siente que se quiebra cuando escucha esa pregunta, los labios le tiemblan y un amargo nudo se le hace en la garganta.

Juan: Mal… 

María José se conmueve al verlo así.

Juan: Me siento muy mal…

Juan deja caer varias lágrimas. María José, aunque algo indecisa, se acerca y lo rodea con un abrazo sereno. Juan no duda en corresponderle y recuesta su cabeza en el hombro de ella, desahogándose. María José le frota la espalda para consolarlo.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/JARDÍN – DÍA

Más tarde, ya atardece. Juan se encuentra sentado en una banca de piedra bajo un árbol. Un grupo de niños juega a lo lejos, pero el rincón donde él está se siente apartado e íntimo. María José se acerca con una taza de té humeante y se la extiende con delicadeza.

María José: Toma. Va a hacerte sentir más tranquilo.

Juan esboza una sonrisa, leve, sin muchos ánimos. María José se sienta a su lado.

Juan: No soy muy fan del té, pero viniendo de ti, me lo tomo.

María José: (apenada) Fue lo único que encontré en la cocina. Perdona.

Juan: Está bien. Nada más bromeaba. 

María José: (sonriendo) Tú siempre. Ni en los peores momentos pierdes lo bromista. 

Juan: Tengo que admitir que lo de bromista es como mi escudo, ¿sabes? 

Juan bebe un sorbo del té y rodea con sus dedos la taza, mirando el jardín.

Juan: Fue la manera que encontré para hacerle frente a los problemas o a la tristeza, aunque no siempre me funciona y aquí me tienes, roto y débil otra vez. Hasta pena que me da que vinieras y me encontraras así. 

María José: No tienes por qué sentir pena, Juan. Todos tenemos derecho a quebrarnos, a llorar. Tú no eres la excepción. 

Juan: Es que trato de hacerme el fuerte y no rendirme, pero me cuesta trabajo. Últimamente me han pasado cosas bien gachas y hoy, por ejemplo, me siento sin rumbo, que nada de mi vida era como yo lo creía.

María José: ¿Recuerdas lo que me dijiste una vez? Que el dolor, aunque nunca se va, puede convertirse en una oportunidad para transformarnos, para hacernos más fuertes.

Juan la mira y ella sonríe con ternura.

María José: Quizá no te des cuenta, pero esas palabras me marcaron y más porque vinieron de ti, de alguien que transmite alegría a pesar de que cargas con tu propio peso. Tú no te das cuenta, Juan, pero tienes un don.

Juan: ¿Un don?

María José: Claro y tú ya lo conoces. Me contaste que encontraste tu rumbo en servir a los demás, en darles esperanza, así como a mí.

Juan no aguanta más y las lágrimas le corren por el rostro. Baja la cabeza, sollozando en silencio.

María José: Eres muy especial. No pierdes ese don, por favor. Usa todos estos problemas para hacerte fuerte. Hay muchas personas que te necesitan. 

Juan: Y me gusta. Me gusta de verdad ayudar a los demás, pero ¿quién va a estar ahí para mí cuando yo la necesite?

María José: Yo.

María José le toma de una de las manos con delicadeza y ambos se miran a los ojos. Escuchamos música.

Antes que pase más

Tiempo contigo amor

Tengo que decir que eres el amor de mi vida

Antes que te ame más

Escucha por favor

Déjame decir que todo te di

Y no hay cómo explicar

Pero, menos notar

Simplemente, así lo sentí

Cuando te vi

María José: No sé por cuánto tiempo, no sé si para siempre, pero hoy estoy aquí y mientras esté, no te voy a dejar caer.

Juan se queda inmóvil, atrapado en esa mirada que lo desarma. Ella sonríe con dulzura y lo abraza. Esta vez él no llora, simplemente se deja rodear por los brazos de ella por unos segundos. Luego, se separan y sus rostros quedan a una distancia cercana de un par de centímetros. Juan siente que tiembla, pero no se aparta. María José también se queda viéndolo y aunque ambos dudan, terminan uniéndose en un beso lento, cargado de ternura.

CONTINUARÁ…

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