Capítulo 14: Spiritus fractus
INT. EDIFICIO/ASCENSOR – DÍA
Michael se baja del ascensor en el piso donde está ubicado su departamento. Mientras camina, tiene un recuerdo de esa misma tarde.
FLASHBACK
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA
Jorge platica con Michael luego de saber que este último anda haciendo unas supuestas averiguaciones de un huérfano que coincide con el perfil de Juan de La Cruz. El bullicio de los niños se oye de fondo mientras juegan.
Jorge: (con seriedad) No hay mucho que le pueda decir, detective Lazcano. Juan era un pobre huérfano que llegó a este orfanato cuando tenía quince años.
Michael: Veo que llegó cuando estaba grandecito. ¿Quién lo trajo?
Jorge: Terminó aquí después de que su padrino murió en un accidente. Él era lo único que el muchacho tenía en el mundo.
Michael: Entiendo. ¿Y qué hay de sus padres?
Jorge: No tenía padres porque murieron cuando era un recién nacido y quedó al cargo de su padrino, así que dudo que sea el huérfano que usted está buscando si es cierto eso de que una familia lo contrató.
Michael: Tiene razón. En el caso que estoy investigando fueron los padres que me mandaron a investigar y si usted me dice que los padres del individuo en cuestión murieron, no creo que sea la misma persona.
Jorge: (con suspicacia) ¿Y puedo saber por qué pensó que Juan de La Cruz podía ser el huérfano que busca entre tantos otros seminaristas?
Michael: (mintiendo) Ah, bueno es que, como verá, he estado en varios orfanatos y estoy tomando como referencia las facciones del rostro del papá para buscar al huerfanito. Usted sabe que los hijos tienden más a parecerse a los padres que a las madres.
Jorge: ¿Podría ver una foto de ese hombre? Quizá conozca a otro posible candidato que lo ayude con su investigación.
Michael: Fíjese usted que ahorita no tengo el expediente conmigo, padre. Creo que lo dejé en mi oficina, pero no se preocupe. Con la información que usted me dio ya tuve suficiente para descartar a este tal Juan de La Cruz. Gracias por su tiempo. Ya no le quito más. Con permiso.
Jorge: Propio.
Michael le sonríe forzosamente al sacerdote y se va con algo de prisa. Jorge se queda viéndolo con desconfianza.
FIN DEL FLASHBACK
Michael deja de recordar, pensativo por aquella conversación y cuando saca las llaves de su bolsillo para abrir la puerta, nota que esta ya estaba abierta.
Michael: (desconcertado) Esta mañana que salí la cerré.
Michael entra al departamento, empujando con cuidado la puerta, pero en cuanto lo hace, nota que todo está hecho un desastre con cajones abiertos, papeles rasgados en el piso y cosas rotas. De repente, escucha que cierran la puerta. El hombre voltea asustado y se encuentra a dos tipos fornidos detrás de él, pero antes de que pueda reaccionar, uno de ellos le tira un puñetazo en el rostro y lo toma de la camisa para estamparlo contra un buró, quebrando una lámpara en el acto.
Michael: ¿Quiénes chingados son ustedes?
Michael intenta defenderse, sacando su arma de dotación, aunque, sin esperarlo, un tercer matón aparece detrás de él, que al parecer estaba escondido, y lo inmoviliza con destreza, colocándole el brazo detrás de la espalda. Michael grita adolorido.
Matón 1: Tú ya sabes quiénes somos, así que no te hagas el pendejo, Lazcano. ¿Dónde está la lana?
Michael: No tengo ninguna lana.
El matón le pega un puño seco en el estómago y el aire se le va.
Matón 1: El jefe ya te dio mucha espera y ya te pasaste de vivo. Necesita que le pagues.
Michael intenta hablar, recuperándose del golpe en el estómago.
Michael: (ahogado) De verdad, se los juro. Todavía no he juntado el dinero.
El primer matón le hace una seña al segundo con la cara y le propina un derechazo a Michael. Este se vuelve el rostro y escupe sangre ante el impacto del golpe. El primer matón lo jala del cabello. Michael lo mira furioso.
Matón 1: Me parece que no estás entendiendo, cabrón. Llevas al jefe con la misma desde hace meses. ¿Y qué crees? Resulta que al jefecito ya se le acabó la paciencia.
Michael: (asustado) No me maten, por favor. Denme unos días, una semana. Voy a intentar conseguir la lana, pero no me maten.
Todos se burlan de él.
Matón 1: ¿Una semana? ¿Una semana, de veras?
El segundo matón le pega otro puñetazo en la cara. Michael luce exhausto ante los golpes propinados.
Matón 1: Mira, imbécil. Más bien agradece que al jefe le caes bien por los favores que le hiciste la vez pasada con lo de la droga que le incautaron, pero no creas que con eso le vas a pagar la deuda. El jefe quiere la lana que te prestó en el casino y te dio veinticuatro horas.
Michael: No tengo cómo conseguirme tanto en tan poco tiempo.
Matón 1: Pues ese es tu pedo.
Michael: Cuarenta y ocho horas por lo menos. Denme cuarenta y ocho. Les doy mi palabra que en ese tiempo consigo la lana. Lo juro.
Matón 1: ¡Muy bien! Que sean cuarenta y ocho a partir de ahora, y más te vale cumplir con el plazo o vas a acabar en una bolsa negra a más tardar pasado mañana. ¡Ah! Y ni se te ocurra huír que ya te tenemos bien vigilado, eh.
El matón le pega un par de palmadas en la cara y se retira junto con los otros dos. De fondo se escucha el portazo. Michael se queda tirado en el piso, con el rostro ensangrentado y respirando agitado.
Michael: ¿Qué hago? No puedo dejar que me maten.
Michael se agarra del cabello, desesperado e impotente, a la vez que adolorido.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/JARDÍN – DÍA
Juan y María José se han dado un beso inesperado, algo que, al parecer, ambos deseaban y se habían contenido hacía tiempo. Juan se aleja, consciente de lo que acaba de hacer. María José, por su parte, se avergüenza y baja la cabeza.
Juan: (muy consternado) Perdón, no sé qué me pasó. No debí. Perdóname, de veras.
María José: (negando con la cabeza, apenada) No te preocupes. No tienes porqué disculparte por nada. La tonta fui yo. Es que ni sé qué se me pasó por la cabeza. Perdóname tú por lo imprudente.
Juan suelta una bocanada de aire, se inclina apoyando los codos en los muslos y mira hacia al jardín, dolido, como si hubiese cometido una falta gravísima. María José se pone de pie, nerviosa.
María José: Creo que lo mejor es que me vaya. Tú ya estás bien y ya en esto anochece. Cuídate mucho.
María José intenta irse con prisa, pero el joven la alcanza y la detiene, tomándola con delicadeza del brazo.
Juan: Espera, María José. No te vayas así.
María José: Es más conveniente que te deje solo, Juan. Creo que va a ser más incómodo para los dos si me quedo.
Juan: Yo estoy muy consciente de lo que acabó de pasar y ya sé que no estuvo bien, aunque tampoco me puedo mentir a mí mismo. Tú me gustas, María José. Me gustas y no como amiga, sino como mujer…
María José: Ya no sigas, por favor.
Juan: Es que no lo puedo evitar. Verte me alegra, me despierta por dentro algo que no me explico y me siento muy culpable confesándose esto, pero ¿qué hago? Eres una mujer hermosísima, tu sonrisa, tu forma de hablar… Todo de ti me gusta, me gusta mucho…
María José niega con la cabeza, muy incómoda.
Juan: Y esto que estoy sintiendo es muy bonito como para hacerme el tonto.
María José: Estás confundido.
Juan: ¿Qué hay de ti? ¿Por qué me besaste entonces?
María José se queda sin palabras ante esa pregunta y cambia el tema.
María José: Juan, yo respeto muchísimo tu vocación y aquí lo que importa es que no te desvíes del camino que elegiste y menos por mí. No me perdonaría que abandonaras el sacerdocio por mi culpa. Además…
María José frunce los labios, con los ojos brillosos.
María José: Yo no te convengo… (Dice en doble sentido)
Juan: ¿Por qué dices eso?
María José: Porque no quiero ser una piedra en tu zapato. No quiero que te apresures a pensar cosas o a tomar decisiones tan a la ligera. Te has preparado mucho para esto como para tirarlo a la borda por mí.
Juan: Pues a lo mejor sí esté confundido y sea muy pronto para tomar decisiones, pero de lo que sí estoy muy seguro es que te estás volviendo alguien muy especial para mí y no te niego que me da miedo, mucho… solo que tampoco puedo ignorar lo que siento.
María José: ¿Ves? Tú necesitas aclarar tus ideas y conmigo aquí no lo vas a hacer. Lo mejor es que me desaparezca de tu vida.
Juan la observa con una mezcla de dolor y ternura, sosteniéndole aún el brazo.
María José: Déjame ir, por favor.
Juan: No te vayas. No me quiero quedar solo otra vez.
María José siente que el corazón se le estruja al escucharlo.
Juan: Quédate conmigo tantito más, ¿sí? Te prometo que no voy a hablar más de lo que pasó.
Tanto él como ella se quedan viendo fijamente a los ojos, expresando duda, atrapados entre el sentimiento y la razón.
INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA
Emiliano y Christian se encuentran en la oficina del primero. Christian entra tras su tío, quien se ve notablemente estresado e incluso se desabrocha un poco la corbata al tiempo que habla a través del teléfono.
Emiliano: (fastidiado) Grettel, tráeme ya mismo un café bien cargado a la oficina, ¿quieres? Y en cuanto antes que ya no soporto el pinche dolor de cabeza.
Emiliano cuelga el teléfono. Christian permanece de pie, paseándose por la oficina con una sonrisa burlesca.
Christian: Yo creo que una oficina así como la tuya me vendría bien, amplia, con buena vista. No tienes mal gusto, tío.
Emiliano: Deja de llamarme así, idiota.
Christian: ¿Por qué si eso eres? Pensé que te chocaba que te llamara papá.
Emiliano: No me interesa tener ningún tipo de relación contigo, ni siquiera de tío, así que ya no te andes con mamadas. Más bien dime qué fue todo ese show que armaste en la junta con los socios y accionistas porque no pienso tolerarte. ¿Qué es lo que quieres?
Christian: Fíjate que no fue ningún show.
Christian se sienta con cinismo en la silla y cruza las piernas, con una actitud firme y serena. Emiliano lo mira con furia contenido.
Christian: Fue justo el momento propicio para que no solo me conozcan, sino para que tú sepas de una vez que no me voy a andar con “mamadas” como dices. Lo que te dije en la cena es muy cierto. Voy a reclamar el lugar que me robaste.
Emiliano: ¿Lugar? ¿Qué lugar? Todo lo que ves fue fruto de mi trabajo. Tú no hiciste absolutamente nada, así que no me vengas ahora con pinches reclamos. Nada de esto es tuyo (Dice apuntando con el índice sobre el escritorio). Y que te quede claro.
Christian: (se ríe con ironía) ¿Fruto de tu trabajo? ¡No me jodas! Todo esto lo tienes gracias a mí y a mi verdadero padre, al que tú te encargaste de quitar del camino.
Emiliano golpea con fuerza el escritorio.
Emiliano: ¡Cállate, infeliz! No vuelvas a repetir eso.
Christian: Te guste o no, es la verdad, fíjate. Yo te vengo a pedir una tajada. No quiero migajas. Quiero lo que me corresponde y si de plano no entiendes, nada me costaría ir a la policía y pedir que reabran ciertos casos, como la muerte de Gabriel y la del vejete ese que fue pedirte ayuda hace doce años para mi hermano.
Emiliano se siente desarmado, pero tensa la mandíbula, dejando ver la ira que siente en medio de un aura oscura que lo envuelve.
Emiliano: No me retes. No sabes con quién te estás metiendo, muchacho.
Christian: Sí que lo sé, ¿y adivina qué? ¡No me importa!
Emiliano: Debería importarte. No querrás acabar como ese par.
Christian suelta una carcajada y lo reta con la mirada.
Christian: Inténtalo. No saldrías bien librado. ¿O ya olvidaste que mi mamá no se quedaría tranquila? ¿A ella también la vas a matar?
Christian se inclina un poco aún sentado y le habla con serenidad.
Christian: Míralo de este modo. En vez de estarte peleando conmigo, podríamos compartir. Haz crecer el corporativo conmigo y todos salimos ganando. ¡Asunto arreglado!
De repente, tocan la puerta un par de veces. Christian se acomoda de nuevo en la silla. Grettel entra sosteniendo el café sobre una charola. Emiliano, por su parte, intenta calmarse.
Grettel: Con permiso, licenciado.
Grettel se dirige al escritorio.
Grettel: Aquí tiene el café bien cargado que me pidió.
Emiliano: Déjalo en el escritorio.
Justo cuando la joven está por poner la charola sobre el escritorio, cruza miradas con Christian y se queda paralizada, sus ojos se abren con asombro y la taza le tiembla en las manos al punto de que, por accidente, termina derramando el café sobre los documentos.
Emiliano: ¡Pero qué carajos haces, Grettel! ¿Dónde tienes la cabeza, mujer?
Grettel, aún en shock, tartamudea. Christian nota extrañado la reacción de ella.
Grettel: Discúlpeme, licenciado. Fue un accidente. Se me resbaló el café.
Emiliano: Mira nada más lo que hiciste. ¡Qué desastre!
Grettel: (apenada) Discúlpeme, por favor. Yo ya me encargo de limpiar todo.
Grettel toma los documentos y mira de reojo a Christian, aún sumamente impresionada.
Emiliano: ¡Yá dejalo asi! De igual manera no eran papeles importantes.
Christian: Bueno, yo me retiro (Se pone de pie). Espero que pienses bien lo que hablamos, papá. Estoy seguro de que no te vas a arrepentir.
Christian le guiña el ojo con burla a su tío y se retira de la oficina, cerrando la puerta tras sí. Grettel lo ve irse, aún muy consternada.
Emiliano: Tú también déjame solo ya que no fuiste capaz ni de traerme lo que te pedí.
Emiliano le da la espalda, frustrado.
Grettel: Un accidente así lo tiene cualquiera. No tienes que hablarme así.
Emiliano: (volteando a verla) ¿Y qué querías? ¿Que te hablara de “mi amor” y te agarrara a besos delante de mi hijo?
Grettel: (sorprendida) ¿Tu… tu hijo? ¿Tuyo y de tu esposa?
Emiliano: Claro. ¿De quién más crees que va a ser el “bueno para nada” ese?
Grettel: Es que nunca lo había visto, ni siquiera en fotos.
Emiliano: Si fuera motivo de orgullo, lo exhibiría, pero no. Es un idiota que solo sirve para darme dolores de cabeza el muy pendejo.
Grettel: ¿Por qué lo dices?
Emiliano: Cosas de familia que después te cuento.
Emiliano la observa fijamente, notando que sigue distraída. Ella intenta disimular.
Emiliano: ¿Qué tienes? Te noto ida.
Grettel: No es nada. Si no necesitas nada más, me retiro que ya casi es hora de salida. Con permiso.
Emiliano: Espérate ahí.
Emiliano la alcanza, jalándole levemente hacia él.
Emiliano: Pensándolo bien, no sería mala idea que te quedaras un par de horas extras a ver si así se me baja tantito el estrés.
Emiliano comienza a acariciarle el trasero.
Grettel: (forzándole una sonrisa) Me encantaría, pero hoy no puedo, Emiliano. Quedé de ir a la casa de mi mamá para recoger unas cosas y me debe estar esperando.
Emiliano: (decepcionado) ¿De veras me vas a rechazar?
Grettel: Te juro que luego te compenso, ¿sí? Cuando me des el depa que me prometiste, vamos a tener más chance de pasar el tiempo juntos que tú quieras.
Grettel le da un pico y sale de la oficina, borrando de inmediato aquella sonrisa falsa y con el corazón acelerado. Emiliano la ve irse, extrañado. Una vez afuera de la oficina, la joven secretaria se sienta en su puesto, sumamente pensativa.
Grettel: (susurrando) Ese tipo es idéntico a Juan.
Grettel comienza a buscar información sobre los Fonseca en su computador. Encuentra tan solo fotos de Emiliano en algunas notas periodísticas, aunque luego de unos segundos, logra hallar una foto en la que salen él, Christian y Fernanda. Grettel agranda la foto y la acerca particularmente al rostro de Christian. La joven observa perpleja.
Grettel: Son iguales. Juan y este tipo son exactamente iguales.
Grettel se queda pensativa, intentando asumir la información que acaba de descubrir de forma tan inesperada.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – NOCHE
Ha caído la noche. Juan se ha quedado dormido en su cama. Duerme plácida y tranquilamente, ajeno a todo el dolor provocado por las revelaciones de su origen. María José está sentada a su lado, lo observa en silencio y con ternura mientras le acaricia el cabello.
María José: (sonriendo) Tengo que reconocer que estás guapísimo. Tienes una sonrisa que me derrite cada vez que te veo y yo también me siento muy bien a tu lado, ¿sabes?
María José esboza su sonrisa.
María José: Nada más que se me hace impensable que pueda ocurrir algo entre nosotros. Yo nunca podría, no me perdonaría que abandonaras lo que eres por mí…
De repente, el celular de la joven suena. Ella se sobresalta y sale rápidamente de la habitación para no despertar a Juan. Deja la puerta entreabierta y contesta en el pasillo.
María José: ¿Sí, bueno?
Juan, en la cama, comienza a moverse sin que ella se dé cuenta y abre los ojos, somnoliento y confundido.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – NOCHE
Chuy habla al otro lado de la línea con su celular.
Chuy: Hola, María José, soy yo. Espero no llamar en mal momento.
INTERCUT MARÍA JOSÉ/PADRE CHUY
María José: Claro que no, padre. Descuide.
Chuy: Dime, ¿encontraste a Juan?
María José: Sí, me vine directo al orfanato y aquí lo encontré.
Chuy: (aliviado) Gracias a Dios. No sabes lo angustiado que estaba. Tanto así que me iban a dar de alta hoy, pero se me subió la presión y no me van a dar salida sino hasta mañana.
María José: Ya se puede quedar más tranquilo. Recuerde que tiene que reponerse después del declive de salud que tuvo.
Chuy: Dudo que pueda. Juan salió muy mal de aquí cuando me confrontó y el solo saber que ya está enterado de todo me deja todavía muy preocupado. ¿Tú cómo lo viste?
María José: Estaba muy decaído, pero le preparé un té y creo que le hizo efecto porque se quedó dormido. Justo ahorita está descansando.
Chuy: Me da mucho gusto escuchar eso. ¿No te comentó alguna cosa?
María José: No, nada, sin embargo sí se siente desubicado y lo entiendo porque yo también me sentí así cuando supe cómo murieron mis padres. No debió ser fácil para él enterarse de toda la verdad.
Chuy: Creo que por ese motivo es que se han hecho buenos amigos y han simpatizado tan bien. He notado que él te aprecia mucho, aunque me preocupa que eso se transforme en algo más. No me lo tomes mal.
María José: Tranquilo, comprendo perfectamente. De hecho, justo en eso pensaba y lo más correcto es que aproveche que está durmiendo para irme de una vez por todas.
Juan se sienta en la cama y escucha de lejos la conversación, cosa que le pone un poco triste.
María José: Es más, pensaba ir al aeropuerto cuando usted me llamó esta tarde y ya no pude.
Chuy: Te agradezco muchísimo por lo que hiciste y por haber interrumpido tu viaje. Me agradas mucho, solo que ya sabes lo que implica tu cercanía.
María José: No se preocupe. Voy a irme del país esta misma noche, así que por mi parte ya no va a tener que preocuparse, padre. Yo más que nadie sé bien que sí me quedo, voy a poner a Juan en riesgo.
Juan se extraña al escuchar y se pone de pie, aproximándose a la puerta.
María José: Nada más le voy a pedir que intente protegerlo de Emiliano Fonseca y no solo de él, sino de toda esa familia. Todavía queda Fernanda. Ella ya lo conoció el otro día en el hospital y quiere acercarse a él.
Chuy: ¿Cómo que acercarse?
María José: Quiere ser la madre que nunca pudo ser para él, según me dijo, aunque a decir verdad yo no me fío de esa mujer. Hay algo muy retorcido en ella que no me gusta.
Juan se desconcierta cada vez más.
María José: De por sí ya es horrible pensar que fue capaz de abandonar a uno de sus hijos.
Juan: (interrumpiendo) ¿De qué estás hablando, María José?
María José da exaltada la vuelta.
Juan: ¿Tú ya lo sabías desde antes?
María José se queda helada, sin saber qué responder. Juan la mira con los ojos desorbitados, esperando una respuesta.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Christian, entretanto, entra a su habitación y comienza a desabotonarse la camisa. Fernanda justo entra de forma sigilosa.
Fernanda: Llegaste temprano.
Christian, con la camisa a medio abotonar, se da exaltado la vuelta.
Christian: (molesto) ¿Por qué no avisas antes de entrar?
Fernanda: Qué pregunta, hijo. Esta es mi casa. Puedo entrar a dónde quiera y no creo que tenga que pedir permiso o avisar.
Christian: Me da igual. Mientras viva aquí contigo, debes respetar mi privacidad.
Fernanda: Cálmate, no te lo tomes tan a la ligera.
Fernanda se acerca a él, mirándolo con su típica ternura retorcida y lo rodea por detrás.
Fernanda: Un hijo no debería tener secretos con su madre.
Fernanda intenta terminar de quitarle la camisa. Christian se aparta con brusquedad y la encara.
Christian: Basta. Dime qué quieres.
Fernanda: Te estaba esperando para preguntarte cómo te fue en el corporativo. Me imagino que te impusiste como planeamos.
Christian: Lo intenté y no va a estar tan fácil. Emiliano no va a ceder, se puso furioso y se atrevió a amenazarme de muerte el muy cabrón.
Fernanda: Él no sería capaz de hacerte daño.
Christian: ¿Cómo estás tan segura?
Fernanda: Porque en cuanto naciste, me prometió que nunca te tocaría un pelo y hasta el día de hoy lo ha cumplido. Pudo matarnos a ambos cuando tuvo oportunidad y sin embargo aquí estamos.
Christian: ¿Y ahora qué? Él no me va a permitir que esté en la empresa. ¿Cómo pretendes que lo neutralicemos?
Fernanda: Déjalo a mí. Tú haz tu parte y no permitas que te intimide. Nada más que hacer acto de presencia en la empresa no es suficiente. Falta algo más.
Christian: ¿A qué te refieres?
Fernanda: Te lo dije esta mañana. Debes ir más allá y comenzar a cortejar a María José.
Christian: Olvídalo. No voy a tener un hijo con esa tipa.
Fernanda: Es la única manera de asegurarnos lo que nos pertenece, lo que a ti te pertenece, mi amor.
Christian: No puedo. No me puedo acostar con ella. Ni siquiera nos hemos conocido bien.
Fernanda: Entonces empieza por conocerla. Invítala a salir, sedúcela…
Fernanda se acerca de nuevo a él, caminando lentamente y lo toma del mentón con delicadeza.
Fernanda: Ella no te va a rechazar. Por el contrario, va a sentirse la mujer más halagada del mundo cuando un muchacho de tan buen porte y tan guapo como tú la corteje.
Christian: (apartándose) ¿Para qué? Un niño no va a resolver nada. Va a complicar más las cosas.
Fernanda: Es lo que tú crees. Emiliano siempre soñó con ser papá y no pudo. Me atrevería a decir que su mayor frustración fue no tener un hijo propio mientras criaba al hijo de su hermano.
Christian: ¿Qué tiene que ver eso?
Fernanda: Muy fácil. Imagina que él se convierte en padre a su edad con una joven que podría ser su hija y decide nombrar al niño su heredero, sin imaginarse que en realidad ese hijo es tuyo.
Christian: (sorprendido) ¿Me estás diciendo que…?
Fernanda: Tal cual. María José va a ser la carnada perfecta que vamos a usar para hacerle creer a Emiliano que tendrá un hijo propio, de su sangre, como siempre quiso.
Christian: (atónito) Estás loca…
Fernanda: Tan solo estoy planeando todo para beneficiarte. El hecho de que seas hijo biológico de Gabriel no nos sirve de nada. Legalmente, Emiliano es el dueño absoluto del patrimonio de la familia por ser el único heredero vivo y ante la ley es tu padre. Con eso, puede dejarte por fuera si quiere y no dudes que lo hará.
Christian observa a su madre, impresionado por la convicción con la que habla.
Fernanda: En cambio, si piensa que tiene un hijo biológico, le heredará todo sin imaginarse que el hijo es tuyo. Vas a recuperar lo que a ti te pertenece por derecho, Christian. ¿No lo ves?
Christian: ¿Y crees que María José se va a ir a la cama con él así sin más?
Fernanda: De los detalles me encargo yo. Tú encárgate de hacer tu trabajo.
Con una lentitud provocadora, Fernanda desliza la mano hacia la entrepierna de Christian. Él la toma de la muñeca para detenerla.
Christian: ¡No te atrevas!
Fernanda: Entonces demuéstrame que mis esfuerzos no fueron en vano y que no necesitas de mí para hacerte un hombre. Demuéstrame que tienes la virilidad suficiente para lograr que María José se entregue a ti.
Fernanda se suelta, saca del bolsillo de su falda un pequeño frasco y se lo extiende. Christian duda en recibirlo.
Fernanda: Tómalo. Te puede ayudar con tu problema de impotencia cuando decidas comportarte como un hombre de verdad.
Christian no le recibe el frasco y la mira con desprecio. Fernanda, sin borrar aquella cínica sonrisa de su rostro, se dirige a la puerta y pone el frasco en el buró.
Fernanda: Descansa, hijo.
Fernanda, sale y lo deja a solas. Christian respira agitado, pensativo y perturbado ante la retorcida proposición que su madre acaba de hacerle.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE
Juan ha descubierto a María José justo cuando esta platicaba por celular con el padre Chuy. Ella se ha quedado sin habla. Juan la mira con desconcierto.
Juan: Estás hablando con el padre Chuy, ¿no?
El sacerdote, desde el hospital, aprieta los ojos con fuerza, impotente, escuchando la voz del muchacho por su celular.
María José: Padre, lo llamo después.
María José cuelga lentamente. Juan da un paso hacia ella, lleno de dudas.
Juan: ¿Qué está pasando, María José? Estabas hablando como si hubieras sabido de antemano todo lo de mi origen. Incluso mencionaste al tal Emiliano Fonseca y mencionaste también a la mujer del hospital que se desmayó cuando me vio. Entonces ella sí me conocía y tú ya sabías quién era yo, ¿no?
María José traga saliva con dificultad, sin saber qué responder.
Juan: (desesperado) ¡Dime algo! Merezco que me cuenten la verdad. No me engañes así tú tampoco, por favor.
María José respira hondo y asiente con la cabeza, evadiéndole la mirada.
María José: Sí, Juan. Yo… (Hace una pausa) Yo no he sido completamente sincera contigo. Mi madrina es… precisamente la hermana de Emiliano Fonseca.
Juan siente que esas palabras le caen como un baldado de agua fría, le da la espalda, incrédulo y se pone las manos en el cuello, mirando hacia el techo.
María José: Te juro que no sabía nada. Me enteré hace unos días de quién eras cuando nos encontramos en el hospital con esa mujer precisamente.
Juan la encara de nuevo.
Juan: ¿Quién era?
María José calla, incapaz de responderle.
Juan: Habla. ¿Quién era? ¿Por qué reaccionó así cuando me vio? Te escuché diciendo hace rato que quería ser la madre conmigo que nunca pudo ser. No me digas que…
María José asiente despacio.
María José: Sí. Fernanda es… (Pausa) Fernanda es tu mamá.
Juan siente un amargo en la garganta y un vacío se le forma en el pecho al escucharla.
María José: Ella me contó toda la verdad sobre ti y justo por ese motivo se desmayó cuando te vio. Te reconoció de inmediato porque tienes un hermano gemelo idéntico a ti.
Juan: ¿Un hermano?
María José: Sí. Christian se llama…
Juan: (muy consternado) Entonces a mí me abandonó y se quedó con mi hermano.
María José: Hay muchas cosas que todavía no sabes.
Juan: (indignado) Me abandonó y punto. ¿Qué más necesito saber según tú?
María José: Emiliano Fonseca te iba a matar. No justifico en absoluto lo que ella te hizo, pero fue mejor que te dejara con tu padrino.
Juan: (dolido) ¿Qué padrino? ¿El que me recibió a cambio de lana para gastársela en bebida y en juego?
María José se queda en silencio, sin saber qué decir.
Juan: Evaristo no me quiso salvar, María José. Me vio como un negocio, como un paquete del que tenía que deshacerse por dinero.
María José: Estoy segura de que te quiso mucho.
Juan: Y yo a él. Me crio e hizo todo lo posible para darme lo que podía y le voy a estar agradecido siempre porque en el último momento murió para salvarme, pero eso no quita el hecho de que fue parte de toda esta farsa.
Juan comienza a sollozar con una amarga expresión en el rostro. María José lo mira con pena.
Juan: Es que ni sé para qué vivo si desde el principio fui un error.
María José: No digas eso…
Juan: Es la verdad. Mírame. Me han querido muerto desde que nací. Mi mamá escogió al azar a uno de sus hijos como si hubiera sido una lotería, mientras que mi papá y mi supuesto padrino los mató mi dizque tío. ¿Cómo crees que me estoy sintiendo?
María José: Me puedo imaginar porque pasé por algo similar.
Juan: De ser así, no me habrías engañado y me habrías contado la verdad ese mismo día en el hospital.
María José: Quise hacerlo, te lo juro, pero no era el momento. Con todo lo que pasó con Benjamín, con el padre Chuy, decírtelo así hubiera sido demasiado cruel y tampoco quería ponerte en peligro.
Juan niega con la cabeza, incrédulo, una lágrima corriendo por su mejilla.
María José: Perdóname, por favor. Yo no quería hacerte daño.
Juan: (con la voz rota) El daño ya está hecho, María José. Tengo rabia, ira, decepción, dolor… No sé ni cómo lidiar con todo esto que tengo aquí en el pecho.
María José: Quizá te suene imposible ahorita, pero tienes que tratar de sobreponerte, olvidarte de lo que descubriste y seguir con tu vida, con esa vocación tan bonita que tienes. Lo que importa es lo que eres ahora, Juan. ¿Qué importa de dónde vengas?
Juan: ¿Y hacer como si nada hubiera pasado? ¿Quieres que ignore que un tipo desalmado que dizque es mi tío mató a mi padrino?
María José: (dolida) Juan…
Juan: Creo que ahora sí es mejor que te vayas. No quiero terminar diciéndote algo de lo que me arrepienta después o agarrarla contra ti.
María José: No te quiero dejar solo, no así.
Juan: Pero yo sí quiero estar solo y no quiero nada que tenga que ver con esa familia, incluida tú, así que no te preocupes. Igual tú ya te ibas del país y no nos vamos a volver a ver. Hasta nunca.
Juan se retira caminando a paso rápido. María José, solloza, intenta no llorar, aunque le es inevitable no derramar un par de lágrimas discretas, dolida por toda la situación.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DEL PADRE CHUY – NOCHE
Chuy, entretanto, presiona su celular, angustiado, mientras reposa recostado sobre la cama.
Chuy: Dios mío, ¿qué voy a hacer? Juan me va a terminar matando de la preocupación. Tengo que mandarlo al extranjero como sea. Emiliano Fonseca no va a tardar en descubrirlo…
De repente, tocan la puerta un par de veces.
Chuy: ¿Sí?
Grettel entra con una sonrisa tímida.
Grettel: ¿Cómo está, padrecito?
Chuy: (sorprendido) Grettel, muchacha. ¿Qué haces por acá a estas horas? ¿Cómo te dejaron entrar?
Grettel: Dije que no me iba a demorar, así que me dieron chance. ¿Usted cómo se ha sentido?
Chuy: Bien, supongo. Te agradezco por la visita, aunque no te niego que me extraña que vinieras tan tarde.
Grettel: Tenía pendiente venir desde el día que le dio el infarto aquel, aunque quise hacerlo de una vez para que habláramos de algo y no me podía esperar hasta mañana porque si no siento que me voy a explotar.
Chuy: (extrañado) ¿Qué ocurre? ¿Es grave?
Grettel: Bueno, no sé. Depende de lo que usted me responda . Quería preguntarle sobre los padres de Juan.
Chuy: (nervioso) ¿Por qué me preguntas así de la nada por eso?
Grettel: Ay, padre, es que… Usted de seguro va a creer que yo estoy loca, pero me pasó algo muy raro en mi trabajo. Hoy conocí al hijo de mi patrón.
Chuy: ¿Y bien?
Grettel: Es idéntico a Juan.
Chuy se impresiona al oírla.
Grettel: Hubiera creído que era él, pero no. Era otro hombre, bien vestido, por cierto y con otro corte de pelo, pero el mismo rostro, la misma estatura, casi la misma voz…
Chuy: ¿Estás segura?
Grettel: Segurísima. De no ser porque es el hijo de mi jefe diría que son gemelos, solo que se me hizo muy descabellado pensar en una posibilidad así porque, que yo recuerde, los padres de Juan murieron cuando él estaba pequeño, ¿no? De ahí creció con su padrino y llegó al orfanato cuando tenía quince años.
Chuy: ¿Quién es tu jefe? ¿Cómo se llama?
Grettel: ¿Por qué lo pregunta?
Chuy: Nada más respóndeme para confirmar que no sea lo que estoy pensando.
Grettel: Emiliano Fonseca.
Chuy: (perturbado) Dios misericordioso, era la único que faltaba…
Grettel: (extrañada) ¿Lo conoce?
Chuy: Dime que no le hablaste sobre Juan a ese hombre, Grettel, por favor. Si no, voy a tener que llamar a la policía de inmediato.
Grettel: Por poco se lo menciono, solo que preferí callarme hasta no averiguar bien qué ocurre. ¿Qué pasa, padre? ¿Qué tiene que ver la policía?
Chuy no responde y se queda pensativo.
Grettel: ¿A poco…? (Hace una pausa intentando atar cabos) ¿A poco Juan es hijo de mi jefe?
Chuy la mira con preocupación. Grettel, desconcertada, espera una respuesta que aclare sus dudas.
INT. CASA DE LAS GÓMEZ – NOCHE
Martha, entretanto, está terminando de coser una prenda de ropa en su máquina mientras el sonido del pedal resuena por toda la sala. De repente, tocan la puerta.
Martha: ¿Quién será?
Martha se levanta, se limpia las manos en el delantal y se dirige a abrir. En primer plano, se encuentra con Juan, cabizbajo y con los ojos enrojecidos.
Martha: (sorprendida) Juan, mijo. ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así?
Juan: ¿Estás ocupada?
Martha: Claro que no. Pásale.
Juan entra sin muchos ánimos. Martha cierra la puerta.
Martha: ¿Qué tienes?
Juan: No sabía a dónde más venir, Martha. Me siento muy mal (Quiebra la voz). No sé qué hacer.
Martha: Ay, hijo. Ven acá.
Martha, conmovida, lo abraza dulcemente y de manera maternal. Juan se aferra a ella y rompe en llanto contra su hombro.
Juan: El mundo se me vino encima y no sé qué hacer. Me siento más solo que nunca.
Martha: Claro que no, mijo. Tú no estás solo. Me tienes a mí que te quiero tanto.
Juan se aparta despacio del abrazo.
Juan: (desconsolado) Es que siempre me soñé con tener una mamá y justo hoy descubro que nunca le importé, que me abandonó y duele… Me duele mucho…
Martha le sonríe y lo toma del rostro, limpiándole las lágrimas con los pulgares.
Martha: Luego me explicas, pero no se te olvide que aquí tienes a una madre. Yo te quiero como un hijo y conmigo siempre vas a poder contar y llorar todo lo que quieras, eh. Mis apapachos nunca te van a faltar.
Martha vuelve a abrazarlo y le frota la espalda para consolarlo. Juan solo llora en silencio, dejándose consolar.
INT. CASA DE LOS FONSECA – NOCHE
María José llega desanimada y se dirige a su habitación. Paula, al parecer, estaba pendiente y sale de su cuarto para alcanzarla.
Paula: ¡María José!
María José la ignora y entra a su habitación. Paula la sigue.
Paula: María José, te estoy hablando.
Paula la toma de un brazo, pero ella se suelta.
María José: ¿Qué quieres, madrina?
Paula: Que platiquemos. Supongo que recapacitaste porque no te has ido.
María José: Me surgió algo esta tarde, pero justo para eso volví, para recoger mis cosas y largarme de esta maldita casa y de este país de una buena vez.
María José se dirige a su armario y saca su maleta para lanzarla a la cama. Luego, la abre y comienza a empacar todo con rapidez, sin ningún orden.
Paula: ¿De verdad que me vas a abandonar justo ahora que te necesito tanto?
María José: (empacando) Tú lo quisiste así. Te he pedido infinidad de veces que nos vayamos juntas, que dejes atrás tu pasado, pero no. Te puede más el odio y la ambición.
Paula: No me dejes sola, María José. No te pido que sigamos con el plan original de casarte con Christian, pero no me dejes ahorita, por favor. Tú eres lo único que tengo en la vida.
María José: (deja de empacar) Mentira, porque si no, yo sería más importante para ti que tu ridícula venganza y ya me cansé de insistir. ¡Me voy en el primer vuelo que salga esta noche!
María José termina de tirar sus prendas y pertenencias en la maleta para luego cerrarla. Paula se interpone en la puerta.
Paula: (con la voz quebrada) No me hagas esto, mi amor. No me abandones así.
María José: Déjame, por favor. Ya tomé una decisión y esta vez es muy serio.
Paula: Te lo estoy rogando.
María José: Ruega todo lo que quieras. No me vas a hacer cambiar de opinión.
María José sale a la fuerza. Paula sale tras ella y le agarra la maleta.
Paula: ¡No te vayas, María José! Te lo suplico.
María José: (molesta) ¡Basta! ¡Déjame de una vez!
Paula: No puedo permitir que te vayas enemistada conmigo. No me quiero quedar sola.
Fernanda aparece en ese instante en el pasillo, desconcertada por el escándalo.
Fernanda: ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué discuten?
María José: Ya me voy de tu casa, Fernanda. Gracias por todo.
María José jala la maleta con brusquedad y se dirige a las escaleras. Paula se queda en quietud, respira agitada y se lleva una mano al pecho, mientras llora.
Fernanda: (extrañada) ¿Qué te ocurre, Paula? ¿Estás bien?
Paula no responde. Ha empalidecido de repente y termina desplomándose.
Fernanda: (asustada) ¡Paula!
María José voltea a ver justo cuando iba a bajar las escaleras y se sorprende.
María José: ¡Madrina!
María José corre preocupada y se inclina, poniendo la cabeza de su madrina en su regazo. Fernanda también se ha inclinado e intenta darle aire a la mujer con la mano.
María José: (moviéndola) Madrina… Madrina, ¿qué tienes?
Fernanda: (angustiada) La veo muy pálida.
María José: Reacciona. Dime algo.
Fernanda: (gritando) ¡Ayuda, por favor! ¡Alguien que llame una ambulancia!
Christian justo abre la puerta de su cuarto al escuchar los gritos, viste ropa ligera y tiene el cabello mojado, pues al parecer tomó un baño.
Christian: (desconcertado) ¿Qué pasa?
Fernanda: (levantándose apresurada) Paula se desmayó, hijo. Tenemos que llevarla a emergencias.
Christian: No tengo coche.
Fernanda: Vámonos en el mío y ayúdanos a bajarla, por favor.
Christian, aunque a regañadientes, accede y se acerca para cargar a Paula.
Fernanda: Con cuidado.
Christian baja las escaleras rápidamente con la mujer en brazos. Fernanda y María José, por su parte, bajan tras él. María José se ve sumamente preocupada.
CONTINUARÁ…















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