Capítulo 16: Coram eodem vultu

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – DÍA

Juan acaba de contarle a su amigo la verdad que lo envuelve, ambos sentados sobre la cama. Benjamín lo escucha y lo mira con empatía, aunque ya sabía de antemano todo.

Juan: (mirando a la pared) Y eso tenía para platicarte… Mi vida, todo lo que creía de mí mismo, cambió por completo de un día para otro. 

Benjamín: No es para menos. La neta yo me hubiera sentido igual que tú y hubiera reaccionado de la misma manera.

Juan suelta una bocanada de aire.

Juan: ¿Qué te puedo decir? Ya no sé qué sentido tiene nada, Benja. Lo que antes me daba paz, ahora me duele. Amo lo que hago, sí, pero siento que algo se me secó por dentro enterarme así de mis orígenes, de mi vida…

Benjamín: Lo dices como si ya hubieras decidido no ordenarte.

Juan: De hecho, fue lo que le dije esta mañana al padre Chuy antes de ir al hospital a recogerte. Me insistió en que no tomara decisiones con el corazón herido, pero es que no sé…

Benjamín: Juan, si hay algo que admiro de ti es tu firmeza y el amor que sientes por tu vocación. Creo que ese ángel que tienes, la alegría que transmites, tu sonrisa cuando estás sirviendo con amor a los demás, todo eso fue lo que… (Pausa) Fue lo que me enamoró de ti…

Juan baja la cabeza, algo incómodo. 

Benjamín: Y perdóname si me paso de imprudente siendo este el momento menos adecuado para que te mencione mis sentimientos. Mi punto al decirte esto es que no abandones lo que eres.

Juan: ¿Y cómo puedo ser sacerdote y hablar de perdón si tengo tanto resentimiento adentro? No puedo seguir como si nada sabiendo que el asesino de mi padrino anda por ahí libre y tan campante.

Benjamín: ¿Qué piensas hacer entonces? Me dijiste que denunciarlo no serviría de nada.

Juan: Voy a tomarme un tiempo para pensar bien las cosas y para hacerle justicia a la muerte de mi padrino y hasta la de mi papá que no pude conocer por la forma tan baja en que ese tipejo actuó.

Benjamin: ¿Y después?

Juan: (pensativo) Después no sé, aunque me encantaría irme contigo, ¿sabes?  Para no pensar y a ver si así me vuelvo a encontrar.

Benjamín: No sé si sea buena idea que me acompañes.

Juan: (extrañado) ¿Por qué no?

Benjamín: ¿Qué más daría yo para que vinieras conmigo y que estuviéramos juntos? Me haría muy feliz, pero tú conoces mi condición y…

Juan: Sí, te entiendo. Tú también necesitas tu tiempo para encontrarte y yo voy a ser una piedra en tu zapato nada más.

Benjamín: Jamás. No digas eso.

Benjamín le pone la mano en el hombro y ambos se miran con un amor distinto. Juan con amor fraternal. Benjamín, por su parte, con el amor pasional que siente por él.

Benjamín: Tú siempre vas a ser lo más importante de mi vida y nada más espero que el tiempo me ayude a superar lo que siento, y sé bien que alejándome quizá lo logre. De cualquier manera, no me voy a olvidar de ti y ya sabes que siempre te voy a apoyar con todo.

Juan: Gracias, hermano.

Juan esboza una sonrisa sin muchos ánimos y ambos se unen en un abrazo. Benjamín, a sus espaldas, cierra con fuerza los ojos y aprovecha esa cercanía para sentir a la persona que tanto ama cerca, para consolarlo y a la vez consolarse a sí mismo.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Emiliano ha hecho pasar a Martha. Ella camina despacio, aunque con seriedad.

Emiliano: Tome asiento.

Martha: Gracias, pero prefiero quedarme de pie, señor. No vine para quitarle mucho tiempo y pienso ser rápida.

Emiliano enarca las cejas en señal de poco interés y se sienta en su sillón.

Emiliano: Bueno, soy todo oídos. Usted dirá. 

Martha: Yo ya estoy al tanto del amorío que usted tiene con mi hija

Emiliano dibuja una sonrisa de cinismo en su rostro.

Emiliano: ¿Y? No pensé que Grettel necesitara permiso para enamorarse. No veo el porqué de su escándalo.

Martha: Grettel no está enamorada. Quizá usted no se haya dado cuenta de que lo que lo único que ella quiere es escalar, así que le pido muy encarecidamente que la deje en paz y no la seduzca.

Emiliano suelta una carcajada, toma un puro del escritorio y no tarda en encenderlo. Martha lo mira con molestia.

Emiliano: A ver, mi señora. A mí me parece que su hijita ya está bastante grandecita para que la controle y venga usted a hacerle escándalos en su lugar de trabajo, ¿no cree? 

Martha: Quiero evitar que cometa un error.

Emiliano: Me late que la que cometió un error fue usted, fíjese (Expulsa el humo). La pobrecita debe estar bien avergonzada y los rumores no van a tardar, así que sí quería salvarla, más bien la perjudicó.

Martha: Quise hacerlo por las buenas, pero ella no me escuchó y no me quedó de otra. No pienso dejar que mi hija se involucre con personas como usted, deshonestas, con un aura… tan podrida. 

Emiliano borra su cínica sonrisa y su expresión burlesca se borra, pasando a ser más seria.

Emiliano: ¿Qué sabe usted de mí para que me hable de esa forma?

Martha sostiene la mirada con firmeza.

Martha: No necesito saber mucho. Se nota a lenguas que usted no es un buen hombre.

Emiliano: Y usted es una atrevida, déjeme le digo. Mire que venir a mi empresa a hablarme así…

Martha: Por mi hija soy capaz de todo y si no la deja en paz, le aseguro que hablaré con su esposa.

Emiliano: Mire, señora… Le voy a dar un consejo y de gratis. No se meta en lo que no le importa. Ya tengo otros problemas para venirme a aguantar las amenazas de una mamita sobreprotectora y no me gusta cuando se meten conmigo.  

Martha: Entonces hagamos las cosas por el lado amable y aléjese. Nada más eso le digo y tenga buena tarde. No le robo más su preciosísimo tiempo. 

Martha, con decisión, sale de la oficina. Emiliano se queda viéndola con molestia y desprecio. Grettel alcanza a la mujer en el pasillo, la toma con delicadeza del brazo y le habla en voz baja.

Grettel: ¿Se puede saber qué hablaste con don Emiliano?

Martha: (soltándose) Lo puse en su sitio. 

Grettel: ¿No le habrás dicho nada de lo Juan o sí?

Martha: Jamás haría nada para perjudicar a mi muchacho a diferencia de ti que dices ser su amiga y sigues aquí trabajando, poniéndolo en riesgo.

Grettel: Mamá, no te metas en lo que no te incumbe, por favor. Yo sé cómo hago mis cosas.

Martha: Esto ya no se trata solo de ti, Grettel. Juan está involucrado y te conozco. Tengo el presentimiento de que algo tramas porque si no, ya hubieras renunciado en cuanto te enteraste que ese hombre es el tío de Juan, el mismo que tanto daño le hizo.

Grettel: Si sigo aquí es para ayudarlo. Tú no lo entiendes.

Martha: No me interesa entenderte. Deja de hacerte la lista y recapacita porque si sigues con este juego, ahí sí me vas a conocer.

Dicho eso, la mujer se va con paso firme. Grettel la observa alejarse, conteniendo la rabia.

Grettel: (susurrando) Estás muy equivocada si crees que voy a obedecerte, mamá, menos ahora que por fin la vida me sonríe y Juan me va a llevar a obtener lo que quiero.

Grettel dibuja una sonrisa de malicia en su rostro.


EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE

Ha caído la noche. Christian ha llegado en su auto nuevo y se baja, sosteniendo el celular y mirando extrañado la pantalla, pues la dirección lo llevó hasta el orfanato.

Christian: Es aquí. 

Grettel: Viniste.

Christian se voltea sorprendido. Grettel le sonríe.

Grettel: Por un momento dudé que lo harías.

Christian: ¿Qué te traes? ¿Qué lugar es este? 

Grettel: Te oigo decepcionado. ¿Pensaste que te citaría a un motel para portarnos mal?

Christian no responde, como si asintiera con su silencio ante la pregunta. 

Grettel: (riendo) ¡Ay, sí eres! Hombre al fin y al cabo, pero tranquilo. Tampoco te cité aquí para que recemos. Acompáñame.

Grettel se dirige a la entrada del orfanato. Christian se queda inmóvil, mirándola con suspicacia.

Grettel: (volteando a verlo) ¿Qué esperas? Ven. No muerdo.

Christian duda, sin embargo termina siguiéndola.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – NOCHE

Juan, por su parte, se encuentra de rodillas en la capilla del orfanato, iluminado por la tenue luz que emanan las velas y tiene el rosario entre las manos, mirando con fijación al altar.

Juan: Dios mío, ayúdame. Ilumíname y déjame ver si estoy haciendo lo correcto. No guardes silencio y guíame, por favor. Te estoy necesitando más que nunca…

De pronto, el crujir de la puerta interrumpe el silencio y la oración. Christian entra, acompañado por Grettel. Juan parece nervioso y no voltea, como si supiera ya de antemano lo que se avecina.

Christian: (molesto) ¿Puedo saber por qué me citaste aquí? No me parece el mejor lugar para tus juegos.

Grettel: Pronto lo entenderás. Juan, llegamos…

Juan traga saliva y se pone de pie. Christian se extraña al verlo de espaldas. Justo cuando gira, los ojos de los gemelos se cruzan y ambos se quedan inmóviles, como si el tiempo se detuviera. Christian observa atónito. Juan, por su parte, mira a su hermano con varios sentimientos encontrados; con tristeza, emoción, miedo. Ambos se miran como si vieran su propio reflejo en un espejo.

Juan: Ho… Hola…

Christian: (atónito) ¿Qué…? ¿Qué significa esto? (Mira a Grettel) 

Grettel: ¿No estás viendo? Es tu hermano gemelo. 

Christian vuelve a clavar los ojos en Juan y lo mira de arriba a abajo. Este intenta sonreír, aunque apenas puede.

Juan: Así es. Me llamo Juan y… (Pausa) Me da mucho gusto conocerte, Christian.

Juan le extiende la mano. Christian se echa hacia atrás y no acepta el gesto. Juan lo entiende y baja la mano, algo apenado.

Christian: ¿Tú sabías de esto? (Pregunta a Grettel)

Grettel: Juan y yo hemos sido amigos desde que éramos niños. Cuando te vi ayer, de inmediato supe que no era mera casualidad que te parecieras tanto a él.

Juan: (interviniendo) Yo me enteré hace poco de dónde vengo y por lo que supe, me abandonaron en cuanto nací porque Emiliano Fonseca me quería muerto.

Christian oye aún atónito.

Juan: Fui ahí donde me adoptó un señor que se hizo pasar por mi padrino, que en paz descanse y paré aquí en este orfanato cuando él murió asesinado precisamente por ese tipo. 

Christian: Lo sé… (Pausa) Recuerdo que una noche fue a pedirle ayuda a Emiliano por ti porque estabas enfermo. Lo amenazó y después los dos salieron. No supe nada más después y siempre supuse que lo había matado para callarlo y que tú estabas muerto. Nunca se me pasó por la cabeza que…

Juan: ¿Que estuviera vivo? (Christian no responde) Pues sí. Gracias a Dios y a las pocas personas buenas que me puso en el camino pude salir adelante y me curé de la anemia que tenía. 

Christian: Tuviste una buena vida entonces.

Juan: Fui muy pobre, de niño muchas veces no tuve qué comer y quizá ahorita no tenga nada material, pero no me puedo quejar.

Christian: Y supongo que ahora buscas recuperar lo que te pertenece, ¿no?

Juan: ¿Cómo?

Christian: No creo que ustedes dos se hayan puesto de acuerdo para organizar un bonito encuentro de hermanos. Algo buscan, en especial tú… (Dice a Juan) Ahora que supiste de dónde vienes, quieres recuperar el lugar que Emiliano te robó. ¿No es así?

Juan: (dolido) Te equivocas. Grettel me propuso esto para que tuviéramos la oportunidad de conocernos. Para mí, la lana y el estatus social importan un pepino. Yo quería conocer a mi hermano.

Juan dice aquello con firmeza y un nudo en la garganta. Christian se conmueve al escucharlo.

Juan: Y desde que supe que existías, no me he dejado de preguntar cómo hubiera sido crecer juntos, compartir, charlar, jugar y no pudimos porque nos separaron…

Christian: (sollozando) Fue mejor así. Tú por lo menos tuviste personas que te quisieron. Yo, en cambio, pude tener los lujos que a ti te faltaron, pero nunca fui feliz. 

Juan escucha con atención, igualmente conmovido. Christian parece quebrar la voz. 

Christian: Emiliano se hizo pasar por mi papá y también lo descubrí hace poco cuando él mismo me dijo la verdad. Me odió siempre, me hizo menos, hasta mi mamá me desgració la pinche vida…

Juan: ¿Por qué lo dices?

Christian: ¿Qué importa ya? Nada más te lo estoy diciendo para que te alejes y sigas con tu vida. Los Fonseca pudren todo lo que tocan. 

Juan: Pues a mí no me interesa ser uno de ellos. Nada más quiero hacer justicia por mi padrino. Emiliano Fonseca me lo mató y me quitó la oportunidad de tener un padre, un hermano…

Christian: Pues a mí tampoco me interesa tener un hermano. 

Juan no puede evitar sentirse mal ante tal comentario. Grettel interviene.

Grettel: (a Christian) Mira, yo sé que a lo mejor esto es fuerte para asumirlo así de golpe, pero quieras o no, Juan es tu hermano y Emiliano Fonseca les ha hecho mucho daño a los dos. Tú también tienes motivos de sobra para odiarlo.

Christian: ¿Y qué pretenden? ¿Quieren que me una a ustedes y nos venguemos de él?

Juan: Yo no quiero venganza. Quiero justicia. 

Christian: ¿Y cómo lo piensas hacer? ¿Vas a meterlo a la cárcel sin pruebas? ¿Crees que yendo a la policía nos van a creer?

Juan: Tengo una carta. Mi padrino la escribió antes de morir y ahí culpaba al tipo ese de todo lo que le pasara.

Christian: (burlándose) Una carta la podría escribir cualquiera para incriminar a alguien. Emiliano puede comprar a la policía. ¿O a poco nunca te preguntaste por qué el asesinato de tu padrino quedó impune?

Juan se queda sin palabras y baja impotente la mirada, pues sabe que Christian tiene razón.

Christian: ¿Ves? No hay nada. Es inútil. Es mejor que no se metan con él. 

Grettel: Yo sí creo que hay mucho que podemos hacer si nos unimos y justo por eso los reuní. Christian, tú trabajas con él. Para nadie es un secreto que debe haber muchísima corrupción en el corporativo, quizá hasta lavado de dinero. Puedes conseguir pruebas o algo que incrimine a Emiliano para buscar que caiga.

Christian se queda pensativo ante tal proposición.

Grettel: Hundirlo te convendrá si es verdad lo que dices de que sufriste tanto. Ayuda a Juan y hazte un favor a ti mismo. Todos salimos ganando. 

Christian no responde. Juan lo mira con tristeza y con los ojos suplicantes.

Juan: (con la voz quebrada) No estás obligado, pero si te decides, hazlo al menos por el lazo que nos une y por lo que no pudimos vivir juntos, así no quieras saber de mí. Necesito sacarme esto de adentro para estar tranquilo.

Christian mira con pesar a Juan. De nuevo ambos se miran fijamente, Juan con tristeza. Christian, por su parte, refleja duda y el silencio se apodera de la escena. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – NOCHE

Benjamín se encuentra tomando un baño, aunque en un momento dado deja que el agua caiga sobre su cuerpo y se queda pensativo. Frota su rostro y decide cerrar el frigo. Cuando se gira, se echa asustado hacia atrás al encontrarse con Jorge.

Benjamín: ¿Qué está haciendo aquí? 

Benjamín agarra la toalla rápidamente y se cubre. Jorge sonríe y entra lentamente, con su habitual serenidad perturbadora.

Jorge: Dejamos una conversación pendiente en el hospital. Juan de La Cruz siempre tan inoportuno.

Benjamín baja la cabeza y de fondo se escucha el goteo de la ducha. Jorge le alza el mentón con delicadeza sin borrar su insoportable sonrisa cínica. 

Jorge: ¿Sabes una cosa? Si hay algo más que me gusta de ti, más allá de tu cuerpo, es tu silencio porque dice mucho. Recuerdo que la primera vez que tuvimos nuestro primer encuentro íntimo, tu mirada comiéndome con los ojos y pidiendo sexo a gritos, me hizo entender que deseabas lo mismo que yo. 

Jorge va bajando su mano por el pecho de él.

Jorge: Me bastó solo con dejar la puerta de mi cuarto abierta y esperarte con la lencería puesta para que luego entraras tú, tarde, en medio de la oscuridad a hacer lo tuyo.

Jorge le deja caer la toalla y mira con lascivia la parte íntima del joven, la cual agarra entre sus manos. Benjamín se exalta.

Benjamín: (resignado) ¿Hasta cuándo va a seguir con esto?

Jorge: Hasta que yo quiera. Te has portado muy mal, Benjamín. No te di la libertad de suicidarte y tienes que pagarme por tu rebeldía. 

Jorge, con destreza y brusquedad, lo pone de espaldas contra la pared y se sube la sotana negra que viste para luego inmovilizar al muchacho, colocando su brazo alrededor del cuello de él. Benjamín siente un profundo asco.

Jorge: (susurrándole al oído) Espero que de ahora en adelante te portes mejor. 

Jorge lame la espalda de él a lo largo y ancho. Benjamín pareciera querer explotar.

Jorge: Te prometo que no te va a doler. Luego puedes seguir conmigo.

Benjamín: (temblando) Espérese.

Jorge: ¿Qué ocurre? (Besa su oreja)

Benjamín se suelta y lo encara para verlo a los ojos. 

Benjamín: Quisiera pedirle algo a cambio antes.

Jorge: (burlándose) ¿Te estás oyendo? Tú no estás en condiciones de pedirme nada, menos si te estoy haciendo el favor de proteger a Juan de La Cruz. 

Benjamín: Pues si de verdad yo le importo, debería complacerme también, ¿no cree? 

Jorge sonríe con sutileza. Benjamín, con dificultad, le acaricia los labios. Jorge se sorprende por el detalle, aunque cierra los ojos para disfrutar. 

Benjamín: Deme algo al menos. Me lo merezco y más si lo hago sentir tan pleno como dice.

Jorge: Es raro que te portes tan dócil conmigo.

Benjamín: Nada más quiero algo de dinero.

Jorge: ¿Dinero?

Benjamín: Usted sabe que los seminaristas no tenemos nada, menos los que somos huérfanos y no tenemos familia. Quiero dinero para comprarme unas cosas.

Jorge lo mira con suspicacia, como si no le creyera.

Benjamín: No creo que para usted sea tan difícil. Tómelo como si me diera un regalo. 

Jorge: Voy a pensarlo. Dependerá de ti según lo bien que la pasemos esta noche y qué tan pleno me hagas sentir. 

Jorge vuelve a ponerlo de espaldas contra la pared y junta su cuerpo con el del joven. Benjamín solo mantiene una expresión dura en su rostro, resignado, aunque pareciera tener algo en mente.


EXT. CARRETERA – NOCHE

Christian se encuentra conduciendo visiblemente ebrio. Una botella de whisky abierta descansa en el asiento del copiloto y sus ojos están vidriosos, llenos de furia y confusión. Tiene recuerdos y el primero que le llega es el de la cena.


FLASHBACK

Paula: Mira a Fernanda. La abandonó desde niña para tener chance de hacer sus vagabunderías.  Tú ya lo sabías, así que ¿por qué te sorprende enterarte de que es una víbora?

Chela derrama lágrimas discretas, completamente destruida y sintiéndose desnuda por la verdad. Octavio alza las cejas, sorprendido por todas las revelaciones de las que está siendo testigo. 

Christian: (impactado) ¿Cómo que te abandonó? (Pregunta a Fernanda) ¿De qué están hablando?

Fernanda se siente incapaz de responder y baja avergonzada la cabeza. 

Paula: Tal como lo oyes, Christian. Graciela no es solo tu nana, sino tu abuela materna.

FIN DEL FLASHBACK


Christian deja de recordar. Toma la botella, bebe un sorbo e incluso derrama un poco sobre la camisa. Luego recuerda la vez en que Emiliano le contó la verdad.


FLASHBACK

Emiliano: Todos estos años solo te tuve de mi lado para administrar lo que tu verdadero papito te heredó y nada más no me deshice de ti por amor a tu mamá muy a pesar de lo que hizo.

Emiliano habla con cierta amargura y mira el horizonte. Christian derrama un par de lágrimas discretas. 

Emiliano: Me rogó perdón y me pidió que te dejara con vida. Y sí que fui bien pendejo, aunque no me arrepiento, ¿sabes? Muy en el fondo hasta me gustó tenerte como hijo porque pude hacerte ver lo poco que vales y fue la forma de vengarme de Gabriel después de muerto.

FIN DEL FLASHBACK


Christian dibuja una expresión llena de amargura en el rostro y trae a su memoria más recuerdos.


FLASHBACK

Fernanda: Debes pensar mejor las cosas. Yo sé que estás dolido, ofendido, pero no puedes tirar la toalla así. ¿Vas a darle gusto a Emiliano? ¿Vas a dejar que se salga con la suya?

Christian: (incrédulo) ¿Tú diciendo eso?

Fernanda: Es la verdad. Emiliano solo te ha usado todos estos años para darse la vida que siempre quiso como dueño del corporativo y de la casa. Te quitó a tu padre, a mí me quitó a tu hermano. 

FIN DEL FLASHBACK


Christian: (dejando de recordar) Mi hermano…


FLASHBACK

Juan: Pues a mí no me interesa ser uno de ellos. Nada más quiero hacer justicia por mi padrino. Emiliano Fonseca me lo mató y me quitó la oportunidad de tener un padre, un hermano…

FIN DEL FLASHBACK


Christian derrama un par de lágrimas, pero sale de sus recuerdos cuando ve que se acerca a un retén de la policía.

Christian: Maldita sea, era lo único que me faltaba…

Christian no ve de otra que reducir la velocidad del auto, baja la ventanilla y un policía de tránsito lo ilumina con la linterna.

Policía: Buenas noches, señor.

Christian: (en mal tono) ¿Qué pasa?

El policía se percata de la botella de licor en el otro asiento. Christian ni siquiera lo mira.

Policía: ¿Podría bajarse del vehículo, por favor? Estamos en un operativo de control de alcoholemia.

Christian: ¿No tienen nada mejor que hacer?

Policía: Por favor, baje. Es solo un control de rutina.

El joven suspira con fastidio y baja del coche tambaleándose. 

Policía: Sople aquí.

El oficial mide su grado de alcohol con el alcoholímetro. Christian obedece de mala gana ya presintiendo que se meterá en problemas. El aparato emite un pitido y el oficial revisa el resultado.

Policía: Supera el límite permitido. Tendrá que acompañarnos.

Christian: ¿Y si no se me pega la gana?

Policía: Resistirme va a ser su segunda infracción. Coopere, por favor.

Christian: Ah, sí claro y de seguro me van a poner una tercera por respirar, ¿no? ¡Chinguen a su madre! ¡No me jodan!

Christian intenta subirse al auto, pero de inmediato es inmovilizado por el policía y otro más que se viene para ayudar.

Christian: (furioso) ¡No me toquen! ¿No saben quién soy yo?

Pero a pesar de resistirse, es esposado y arrestado para luego ser llevado a una patrulla. Él sigue protestando inútilmente.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – NOCHE

María José ayuda a Paula a recostarse en la cama y la cubre con una manta con sumo cuidado. 

Paula: Gracias por acompañarme. El hecho de tenerte aquí conmigo me es más que suficiente. 

María José: (con seriedad) No me agradezcas. Créeme que estoy haciendo un gran esfuerzo para no salir corriendo.

Paula: Tú siempre tan franca y tan directa con lo que piensas. ¿Vas a quedarte al final?

María José: Todavía no sé. Me parecería inhumano de mi parte abandonarte en el peor momento de tu enfermedad. Necesitas empezar un tratamiento cuanto antes.

Paula: ¿Qué tratamiento ni qué nada? Fui clara contigo y no pienso martirizarme con quimios. Sería inútil en esta etapa de la enfermedad.

María José baja la mirada con tristeza y se sienta a su lado para tomarla de las manos.

María José: No quiero que te mueras, madrina. Todavía me cuesta perdonarte por lo que hiciste con tu hermano, pero eso no ha cambiado lo mucho que te quiero. No te dejes morir así.

Paula le acaricia el rostro con su falsa ternura y le sonríe.

Paula: Yo ya viví lo suficiente. Tú, en cambio, estás joven. Tienes todo un mundo por delante y cuando ya no esté, por fin te vas a librar de mí. 

María José: No digas eso. Yo jamás te vería como una carga. Lo que necesito es que tú estés bien.

Paula: Pues si verdad quieres que esté bien antes de irme, ya sabes cómo ayudarme. Mi única tranquilidad será ver a Emiliano tras las rejas. Es lo único que me va a dejar tranquila. 

María José se pone de pie en señal de desaprobación y le da la espalda. 

Paula: Hazlo por mí si de verdad quieres verme bien. 

María José se queda pensativa unos segundos y vuelve a encararla. 

María José: Y si me caso con Christian a cambio de que inicies tratamiento, ¿qué me dirías?

Paula: (negando con la cabeza) María José…

María José: Voy a estar dispuesta a hacer todo lo que me pidas, casarme, hacer de cuenta que tengo el matrimonio perfecto, pero solo si inicias un tratamiento. 

Paula: Te dije que es inútil. No vale la pena. 

María José: Hay que agotar todas las posibilidades y es la única condición que tengo, madrina. Solo así, voy a aceptar ayudarte. Tómalo o déjalo.

Paula: Hagamos algo. Déjame pensarlo por lo menos.

María José: En tu estado, el tiempo es oro. No podemos perderlo. 

Paula: Dame un par de días, ¿sí? Te prometo que, cuando tome una decisión, te aviso. Necesito pensarlo con cuidado.

De repente, tocan la puerta un par de veces. 

Paula: ¿Sí?

Fernanda: (entrando) ¿Interrumpo?

María José: No, yo ya me retiraba.

Fernanda: María José, contigo también quisiera hablar, pero luego. ¿Crees que podrías darme un momento para que platiquemos más tarde? Es sobre Juan (María José se incomoda). Y no te preocupes. Paula ya me dijo que tú también le contaste sobre él. Podemos hablar las tres en confianza.

María José: (en tono de reproche) Madrina, esto no es tema de conversación. Te dije que te olvidaras de Juan.

Paula: Yo sé, mi amor, solo que no le vi nada de malo. Fernanda ya lo sabía y pues yo sin querer lo descubrí. Da igual si entre las tres guardamos el secreto.

María José: En fin. Ahorita estoy algo cansada, Fernanda. Si no te molesta, podríamos hablar mejor mañana, aunque no hay mucho qué platicar. Juan no quiere saber absolutamente de esta familia si eso te deja más tranquila.

María José: Gracias. Buenas noches. 

Paula: Buenas noches, mi amor. 

María José sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. 

Fernanda: Veo que te ha salido bien todo el teatro que armaste. Hasta yo me creí que eres una enferma de cáncer terminal porque a mí no me puedes mentir. Yo sé bien que no es verdad.

Paula solo sonríe con malicia ante el cuestionamiento de su cuñada.


INT. CASA DE LOS FONSECA/PASILLO – NOCHE

María José, entretanto, se dirige a su habitación y es abordada por una empleada que tiene el teléfono en la mano.

Empleada: Disculpe que la moleste, señorita, pero acaban de llamar de la delegación.

María José: (extrañada) ¿De la delegación? ¿Qué pasó?

Empleada: Me dijeron que detuvieron al joven Christian. Tal parece que estaba conduciendo borracho, se resistió al arresto y ahorita necesitan que vaya un familiar. Estoy buscando a doña Fernanda. ¿La ha visto? 

María José: Fernanda está hablando con mi madrina. ¿Emiliano ya llegó?

Empleada: Todavía no. 

María José resopla y se queda pensativa.

María José: Mejor que ni lo sepa. ¿Dijeron a cuál estación se lo llevaron?

Empleada: Sí, por aquí anoté la dirección.

La empleada le entrega un papelito con la dirección escrita. María José lo ve por un segundo.

María José: Gracias. Iré yo y mejor no le comentes nada a nadie que ya el ambiente ha estado bastante tenso en esta casa.

Empleada: Está bien.

María José se retira y baja las escaleras. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLO – NOCHE

Juan, entretanto, camina despacio, dirigiéndose a su habitación, notablemente pensativo. Resopla con fuerza, dejando que el aire entre y salga a ver si así baja el peso que siente. 

De repente, a una distancia prudente y en medio de la oscuridad, el joven alcanza a ver que Jorge sale de la habitación de Benjamín que está justo frente a la suya. Juan se esconde detrás de una pared para no ser visto y Jorge sigue su camino sin percatarse. 

Juan: (extrañado) ¿Qué estaba haciendo este tipo a esta hora en el cuarto de Benjamín?

Juan dirige su mirada a la puerta del cuarto de su amigo e intenta procesar lo que vio, pero se queda extrañado. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – NOCHE

Fernanda acaba de decir con gran seguridad que ya está al tanto de que la supuesta enfermedad de su cuñada es un montaje. Paula la observa sonriente recostada en la cama

Paula: ¿Qué te hace pensar que es falso?

Fernanda: No me vengas con cuentos. Hierba mala nunca muere. ¿De verdad vas a fingir que tienes cáncer? (Se burla) ¡Por favor! Más bien dime qué te traes entre manos.

Paula no responde y se pone de pie para luego abrir la puerta, asegurándose que no esté siendo escuchada.

Fernanda: (confundida) ¿Qué haces?

Paula: Me aseguro de que nadie nos esté oyendo, en especial María José (Cierra la puerta de nuevo). Ella ya me escuchó una vez hablando con Emiliano y ahí descubrió que había participado en el accidente de Gabriel, y no quiero fallas en esta ocasión por tu bocota.

Fernanda: Entonces ¿estoy en lo cierto? ¿Fingiste el desmayo y todo lo del hospital para manipularla?

Paula: Definitivamente eres una zorra vieja, Fer. No lo tomes a mal, eh. Lo digo con admiración.

Fernanda: No estoy de humor para tus ironías, Paula. Quiero que me pongas al tanto de tus planes para saber cómo actuar. Te recuerdo que estamos trabajando juntas.

Paula: Bueno, sí. ¿Con qué más pensabas que iba a manipular a María José? La enferma terminal, la víctima… (Suelta una risa seca) Todo para retener a esa muchachita sentimentalista que iba a echarlo todo a perder.

Fernanda: No puedes mentir con algo tan serio como una enfermedad. Es muy complicado de fingir.

Paula: Yo sé lo que hago. Luego digo que me sometí a un tratamiento milagroso y me salvé o algo se me ocurrirá. ¿Qué sé yo? Déjamelo a mí. Tú haz tu parte y convence a Christian de cortejar a María José. 

Fernanda: Christian es terco, aunque poco a poco va a ir cediendo. Estoy segura.

Paula: Igual que ella. Me dijo que se casará si tomo tratamiento y me hice la digna diciendo que lo iba a pensar, así que ya tenemos un avance.

Fernanda: Yo ya te dije que me encargo de juntarlos. Desde el inicio te dije que quiero ser yo la que organice el momento para cuando procreen. 

Paula: (burlándose) ¿Procreen? ¿De qué siglo es esa palabra? Llama a las cosas por su nombre, querida. Van a tener sexo.

Fernanda: (seria) Como sea, yo me encargo. 

Paula: Muy bien. Te lo dejo a ti. Nada más te pido que no pierdas el tiempo y ahora con tu permiso, ya que por fin estoy libre después del teatro que armé, voy a salir (Toma su bolso).

Fernanda: (extrañada) ¿Para dónde vas? 

Paula: Digamos que voy a buscarme tantito de colágeno. Yo también necesito “procrear” de vez en cuando. No soy tan mojigata ni me las doy de santa como tú.

Paula se burla de ella. Fernanda la mira con seriedad.

Fernanda: ¿Qué va a pensar María José si ve que no estás?

Paula: Fue a dormir. Tú la escuchaste y dudo que venga a verme por hoy. Tú mejor ponte a rezar que para eso sí eres buena. Nos vemos. 

Paula sale de la habitación. Fernanda la ve irse con cierta rabia contenida y una sombría expresión se dibuja en su rostro.

Fernanda: No creas que te estoy ayudando con tus planes, cuñada. Tú eres la que me está ayudando a mí y cuando menos pienses, voy a librar esta casa del pecado que tú y tu ahijada trajeron. 

Fernanda mantiene aquella expresión sombría sin modular gestos; una expresión que podría infringir miedo en cualquiera.


INT. DELEGACIÓN – MÁS TARDE

Christian se encuentra sentado en el piso dentro de una celda junto a otros hombres. Un policía se acerca y abre, dirigiéndose a él en específico.

Policía: Puede irse. Ya pagaron su fianza.

Christian: (extrañado) ¿Quién?

María José justo se presenta, cruzando los brazos y mirándolo seria.

María José: Yo.

Christian se sorprende al verla. Minutos después, ambos salen de la delegación. Christian camina detrás de María José y hay un cierto silencio incómodo.

Christian: ¿Por qué me ayudaste si no somos familia?

María José: (volteando a verlo) Porque sí. Creo que de todas las personas de tu familia, eres el que menos me cae mal. 

Christian: ¿No te parece muy cínico decirme eso?

María José: Es la verdad. Después de todo, no tienes la culpa de creerte un niñito rico que puede pasar por encima de la ley.

Christian: Escucha, eso fue un malentendido.

María José: No me tienes que dar explicaciones. Nada más quise echarte una mano porque si Emiliano se enteraba, te hubiera dejado aquí y Fernanda te hubiera hecho un show después de que hace unas semanas tuviste un accidente en coche precisamente. Es que te pasas. ¿Cómo se te ocurre conducir borracho? 

Christian: No tienes por qué regañarme. Es mi vida y solo yo sé cómo me siento.

María José lo observa unos segundos, con una mezcla de molestia y compasión.

María José: Pues tienes razón, ¿sabes? Nada más recuerda que sufrir no te da derecho a ser un egoísta ni un grosero. Definitivamente eres muy distinto a… (Se detiene abruptamente)

Christian: ¿A quién?

María José: No importa. Olvídalo. Yo me voy. Tú mira cómo te devuelves.

María José da media vuelta y comienza a caminar hacia la calle. Christian aprieta los puños, su respiración se agita hasta que rompe en llanto, dejando caer su máscara de soberbia. María José se detiene al escucharlo, se gira lentamente y lo mira, sorprendida.

María José: (apenada) Perdóname, no quise…

Christian intenta contenerse y se limpia con rabia las lágrimas.

Christian: Déjalo así. El que tiene que pedir disculpas soy yo. Ya sé que soy un pendejo que no ha hecho nada en la vida. Emiliano tiene razón cuando me trata de “buena para nada”. 

María José lo escucha, sintiendo pena por él.

María José: No le hagas caso. Quizá solo te faltó alguien que te hiciera ver lo bueno que hay en ti.

Christian: Chela era la única que me lo hacía ver. Ella era la única que me escuchaba, que me apoyaba, pero ya se fue y ahora sí me quedé solo.

María José: ¿Por qué simplemente no la perdonas y la buscas? Yo no conozco bien la historia, pero si te ocultó que era tu abuela, tuvo sus razones. Créeme, nadie está libre de equivocarse y ella parecía arrepentida.

Christian: Dudo que quiera verme después de cómo la traté.

María José: Pues ¿sabes una cosa? El día que llegué a tu casa, cuando la conocí, habló con tanto cariño de ti que estoy segura de que sí te perdonaría. Pude notar que te quiere muchísimo.

Christian duda y mira al cielo con los ojos brillosos., indeciso. 

María José: Es más, si quieres y te decides a buscarla, yo te puedo acompañar. También quisiera saber cómo está después de la humillación que le hizo pasar mi madrina.

Christian la observa sorprendido, como si no supiera qué responder.

María José: Piénsalo.

María José se va caminando. Christian la ve irse, impresionado por ella. 


INT. DEPARTAMENTO DE MICHAEL / NOCHE

Michael se dirige a abrir la puerta, pues acaban de tocar el timbre. El hombre, notablemente golpeado, se dirige a abrir.

Michael: (temeroso) ¿Quién es?

Paula: (desde afuera) Soy yo.

Michael respira aliviado y le abre la puerta a su amante. Paula pasa y se sorprende al ver las evidentes contusiones en el rostro de él.

Michael: Hasta que por fin apareces. He estado llamándote y escribiéndote desde ayer.

Paula: Estuve ocupada. ¿Qué te pasó en la cara?

Michael: (cerrando la puerta) Tienes que ayudarme. Me van a matar si no pago una lana que debo.

Paula: (con indiferencia) ¿Y qué? ¿Pensaste que yo te la podía dar?

Michael: (desesperado) Eres mi mujer, carajo. No me puedes dejar solo en esto. 

Paula: Me parece que ya habíamos hablado del mismo asunto la vez pasada y te advertí que no verías un solo peso de mi parte hasta que María José se casara con mi sobrino.

Michael: ¡No me puedo esperar tanto tiempo, chingada madre! ¿No me estás escuchando? Me dieron cuarenta y ocho horas para pagarles a esos tipejos o me van a desmembrar, maldita sea. Ya pasó un día y tengo hasta mañana en la tarde.

Paula: Tú te lo buscaste por imbécil. Nadie te mandó a meterte con esos marginales y a apostar en casinos de mala muerte.

Michael: No te llamé para que me des lata. Necesito que me ayudes y me saques de este lío en el que estoy metido. Te lo suplico, Paula. 

Paula: ¿Cuánto necesitas?

Michael: Veinticinco mil dólares.

Paula: ¿Veinticinco mil? ¿Estás loco? Yo no tengo esa cantidad. 

Michael: ¡Pues búscalos! Haz lo que sea, pero consíguetelos. A ti no te conviene que yo esté muerto después de lo mucho que te he ayudado y de lo caliente que te pongo a pesar de lo vieja que estás.

Paula: (ofendida) ¿Cómo te atreves, infeliz?

Paula intenta cachetearlo, pero él le detiene la mano y la mira con rabia.

Michael: Y tampoco creo que a María José le haga mucha gracia saber quién es en realidad su madrina. Ya de por sí se decepcionó un chingo de ti. 

Paula se suelta con brusquedad de él.

Paula: No te atrevas a chantajearme. 

Michael: Es tu decisión. Si yo me hundo, tú te vienes conmigo, mi amor. 

Michael la agarra a la fuerza, juntándola con su cuerpo.

Michael: Mira que conmigo muerto, no vas a conseguirte tan fácil uno que te coja tan deli como yo y con lo harto que me disfrutas, sería una pena, ¿no te parece?

Michael intenta besarla, pero ella lo empuja y lo mira con desprecio.

Paula: Tengo diez mil. 

Michael: Es una miseria, no me alcanza.

Paula: Aunque no me creas, es lo único que me queda del seguro que mis compadres le dejaron a María José. No tengo más.

Michael: Pero tu hermano sí tiene lo suficiente. Podrías chantajearlo con lo que sabes.

Paula: ¿Chantajearlo para que mate y mandar a la mierda mis planes? Claro que no, querido. Todo lo planeé muy meticulosamente como para tirarlo a la borda justo ahora por tus problemitas.

Michael: ¿Y dónde crees que voy a sacar el resto?

Paula: Dales los diez que te estoy proponiendo y asunto arreglado. Más vale darles algo para calmarlos que no darles nada y si todo sale como lo estoy pensando, muy pronto te voy a dar el resto. 

Michael respira hondo, pensativo y dudando. 

Michael: (resignado) Está bien, pero necesito que me des algo más que también me podría ayudar.

Paula: (sonriendo incrédula) De veras que eres descarado.

Michael: No te estoy hablando de dinero. Me refiero al cura.

Paula: ¿Qué cura?

Michael: El del orfanato que vimos ese día cuando fuimos juntos para buscar a María José.

Paula: (extrañada) ¿Por qué me preguntas por él?

Michael: Hay algo muy raro. Mi jefe al parecer está buscándolo porque tenía una foto de él en un expediente en su oficina, aunque se veía diferente. El caso es que, ese día en el orfanato, me di cuenta de cómo lo miraste, como si lo conocieras. María José también lo conoce y se puso nerviosa. ¿Quién es ese tipo? 

Paula se queda en silencio y enarca una ceja, con seriedad, sin saber qué responder.

Michael: ¿Qué tiene que ver con ustedes como para que mi jefe lo esté buscando?

CONTINUARÁ…

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