Capítulo 17: Imminet periculum

 INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

Emiliano recién llega a su casa, se quita el saco y desabrocha un poco los primeros botones de su camisa. Frunce el ceño y parece adolorido.

Emiliano: (con voz ronca) Un maldito dolor de cabeza era la pinche cereza del pastel que faltaba. Argh… 

Emiliano se apoya en el escritorio y se pone los dedos en la sien.

Emiliano: Un trago, eso es lo que necesito.

El hombre no tarda en agarrar su botella de whiskey y se sirve un trago. Luego, se echa en el sofá, toma un sorbo e intenta relajarse con los ojos cerrados.

Emiliano: No necesito  medicina, solo un respiro, eso es todo.

De pronto, un viento frío recorre el despacho y pareciera que las luces parpadean por un segundo. Emiliano abre los ojos y una sensación extraña lo invade.

Ricardo: (off screen) ¿La estás pasando bien, hijo?

Emiliano se exalta y se levanta de golpe.

Emiliano: ¿Quién anda ahí?

Voltea para todos lados, pero no ve a nadie. 

Ricardo: ¿Te sientes cómodo en el trono que le robaste a tu hermano después de que me mataste y lo mataste a él?

Emiliano alcanza a distinguir en el ventanal la silueta espectral de don Ricardo Fonseca, su padre, con el mismo porte altivo y la mirada severa de antaño. El hombre observa atónito.

Emiliano: Imposible… 

Ricardo: No me he ido, Emiliano. Sigo presente aquí. 

Emiliano: (exaltado) ¡Mentira! Tú estás muerto, maldito viejo. ¡Muerto!

Ricardo: (sarcástico) Muerto, sí. Pero a ti no te dejarán en paz los muertos que tienes encima mientras vivas. Robaste más que una herencia. Robaste una vida que no era tuya.

Emiliano: ¡Cállate! Estoy alucinando, eso. Tú no eres real. Los muertos no vuelven.

Ricardo: (riéndose) Por más que lo intentes, nunca vas a ser como él. Gabriel siempre te va a tener bajo su sombra. Nunca vas a lograr suplantarlo.

Emiliano: ¡Cállate! ¡Cállate, desgraciado!

Ricardo sale de la ventana cubierto en sangre. Emiliano lo observa atónito y aterrado.

Ricardo: ¡No eres nada!

Emiliano: ¡Que te calles!

Emiliano lanza el vaso de licor que sostenía contra el ventanal y se rompe en pedazo. El espectro desaparece, aunque las risas de espectro de su difunto padre adoptivo continúan y llenan el lugar. Fernanda entra de repente.

Fernanda: ¿Emiliano?

Emiliano se gira con violencia y las risas terminan. Ha empalidecido e incluso suda.

Fernanda: (sorprendida) ¿Por qué rompiste el ventanal? ¿Qué pasa? 

Emiliano voltea hacia la ventana. La figura ha desaparecido. El silencio pesa. Se pasa la mano por el rostro y respira hondo, intentando recuperar la compostura.

Emiliano: (irritado) Nada. No pasa nada. Déjame solo.

Fernanda: ¿Estás seguro? Por el semblante que tienes, parece que no te sientes bien. ¿Quieres que te dé un analgésico?

Emiliano: No necesito nada de ti. Vete. 

Fernanda: No seas terco. Con tantas responsabilidades en la empresa no es para menos que te enfermes. Quizá deberías descansar y dejar que Christian se ocupe de algunos asuntos del corporativo.

Emiliano: Ya quisieras tú. No me estoy muriendo y tampoco te voy a dar ese gusto, chiquita. El “bueno para nada” ese no va a ocupar mi lugar, ni siquiera después de muerto. No te hagas ilusiones.

Fernanda: No lo digo por mal. Es que has llevado el peso de la empresa por décadas. Casi nunca tomas vacaciones y a tu edad…

Emiliano: Aquí la única vieja inútil que solo sirve para rezar eres tú. Además, ya deja esa papel de hacerte la preocupada por mí. Yo soy un roble, que te quede claro. A mí nada me derrumba.

Fernanda: Déjame al menos traerte algo de tomar, un vaso de agua y ya no bebas diario que por lo visto te pones insoportable. Ya vuelvo.

Fernanda se da la vuelta para salir, aunque dibuja una sonrisa llena de maldad en su rostro y que su marido no percibe. Emiliano, a solas, vuelve a mirar el ventanal por el que solo entra el frío viento. 


INT. HOTEL/HABITACIÓN – NOCHE

Chela se encuentra sola en la penumbra de una humilde habitación de hotel, sentada en la cama y observando con nostalgia un viejo álbum de fotos. Ve una en particular de dos mujeres jóvenes, ella misma y su amiga, vestidas con ropas representativas de los años sesenta.

Chela: (sonriendo levemente) Tú siempre fuiste más bonita que yo, Minerva, aunque decías que no. Eras bien modesta…

Chela acaricia con las yemas de los dedos aquella vieja fotografía.

Chela: No sabes cómo me pesa esa última plática que tuvimos.


FLASHBACK

INT. CASA DE LOS FONSECA/COCINA – DÍA

Minerva cachetea fuertemente a Chela, con los ojos llenos de decepción y furia. Chela, más joven, viste su uniforme de ama de llaves y baja la cabeza.

Minerva: Eres una traidora, Graciela. Yo te di trabajo, te abrí las puertas de mi casa y me pagas así, acostándote con mi marido en mi propia casa. ¿Cómo pudiste?

Chela: (muy avergonzada) Perdóname, Minerva. Yo sé bien que no tengo justificación . Perdóname.

Minerva: No seas cínica. Con pedirme perdón no vas a reparar el daño que le hiciste a mi familia. Ricardo dejó de amarme por tu culpa. Quiere el divorcio. Estás dejando a mis hijos sin padre.

Chela: Ricardo nunca te ha amado. Tu matrimonio es un infierno. Date cuenta.

Minerva: ¡Cállate!

Minerva, fuera de sí, le lanza una cachetada incluso más fuerte que la primera. Chela rompe a llorar.

Minerva: No eres más que una víbora ponzoñosa que tenía criando en mi casa y me duele cómo no tienes idea viniendo de ti que te creía mi amiga. Llegamos juntas a esta ciudad, sin nada y cuando me casé, lo único en que pensé fue en ti, en darte trabajo, techo y me clavaste el puñal por la espalda.

Paula, de niña, escucha toda la discusión, escondida detrás de la pared.

Chela: Cálmate, por favor. Los niños nos pueden escuchar.

Minerva: ¡Que se enteren! Da igual. Paula ya lo sabe todo y ella misma fue la que te descubrió. Debería darte vergüenza que mi hijita te viera revolcándote con su papá.

Chela: Te juro que estoy muy arrepentida. Ricardo y yo no llevamos tanto tiempo. Fue un error de los dos. No va a suceder nunca más.

Minerva: Un error que no pienso tolerar. Lárgate de mi casa y ni creas que me vas a reemplazar. No le voy a dar el divorcio a Ricardo para que se vaya contigo. ¡Primero muerta! ¿Oíste? ¡Muerta!

Parece que esa última palabra hiciera eco. Paula sale corriendo antes de ser vista. Minerva, por su parte, le lanza una profunda mirada de desprecio a Chela y se retira. Chela se lleva la mano a la boca, apoyándose en el mesón de la cocina mientras llora.

FIN DEL FLASHBACK


Chela deja de recordar al tiempo que gimotea y una lágrima escurre de uno de sus ojos.

Chela: Creo que llegó la hora de que ajustemos cuentas, amiga. Lo justo es que yo me muera de la misma manera tan horrible en la que tú te mataste por mi culpa. 

Chela sonríe con amargura y dirige su mirada a su soga colgada en el techo. Con movimientos lentos, se levanta de la cama, deja el álbum allí y se dirige a la silla. Aunque intenta no llorar, tiembla y se ve muerta de miedo. Con dificultad, se sube a la silla y traga saliva para luego colocar la soga alrededor de su cuello.

Chela: Espero haber resarcido tantito el daño que te hice criando a tus hijos y dándoles lo mejor que pude. Perdóname.

Chela tensa el rostro y cierra los ojos fuertemente, sin embargo, antes de empujar la silla con los pies, la mujer duda y tiembla. 

Chela: No puedo… (Rompe a llorar desconsolada) No puedo. No lo puedo hacer…

Chela se baja despacio de la silla y se desvanece en el piso. 

Chela: ¡No puedo!

Chela deja salir todo el dolor y el arrepentimiento que siente adentro. De fondo, se enfoca el álbum con aquella foto que ella contemplaba.


INT. DELEGACIÓN/OFICINA DE OCTAVIO – DÍA

Ha amanecido y es un nuevo día. Octavio se encuentra en su oficina, sentado, al frente de un policía uniformado que le entrega una pequeña memoria USB.


Policía: Aquí tiene, comandante. Son las grabaciones del perímetro del bar donde hallaron el cuerpo de la occisa, Rubí Montes. Las cámaras del callejón también están incluidas.

Octavio: Bueno, déjalo ahí. Voy a revisar junto con el imbécil de Michael. Te puedes retirar.

El policía asiente con la cabeza y sale. Michael justo entra en ese instante, con las contusiones y golpes que le propinaron días antes. Es de notar que el primer policía cierra la puerta.

Octavio: (levantando una ceja, sarcástico) ¿Y a ti qué te pasó? ¿Te caíste del cielo o te usaron de costal de boxeo? Llegas tarde y encima hecho mierda.

Michael está a punto de responder, pero el hombre se le adelanta y lo interrumpe.

Octavio: Bueno, tampoco me interesa.

Octavio saca una carpeta de un cajón y la lanza sobre el escritorio.

Octavio: Ahí tienes la autopsia de Rubí Montes. Incluye el informe del material biológico encontrado en el cuerpo y las huellas en el cuello. También tenemos las grabaciones, así que de ahí podemos sacar varios sospechosos. Analízalo y ponte a trabajar.

Michael lo mira con rabia contenida.

Octavio: ¿Y ahora qué? ¿Te dejaron atolondrado los golpes?

Michael: No pienso hacer nada y mucho menos pienso aguantarme tus órdenes como si fuera tu maldito perro faldero.

Octavio lo observa, incrédulo, antes de soltar una carcajada seca.

Octavio: ¿Perdón? 

Michael se inclina, abre su chaqueta y saca unas fotografías dobladas. Las deja caer sobre el escritorio con un golpe seco. Son imágenes tomadas a distancia, del orfanato, el patio, y entre sombras, Juan de la Cruz.

Michael: Juan de la Cruz Quintana (Sarcástico) ¿Te suena, jefecito?

Octavio se sorprende al escuchar y de inmediato toma entre sus manos las fotos, pasando una tras otras, impactado al ver el rostro del joven capturado de lejos. 

Octavio: ¿Se puede saber qué mierda estás haciendo con esto?

Michael: Descubrí que llevas semanas investigando a ese güey por tu cuenta. Vi la foto de él en el archivo que por poco eché a perder con el café. ¿Te acuerdas?

Octavio frunce el ceño y aprieta los puños.

Michael: Y ya me di el trabajo de buscar en el sistema y no hay ninguna investigación oficial, así que deduzco que hay algo más que estás haciendo bajo cuerda. Y mira, no es que me quiera meter, pero últimamente estoy bien jodido. Necesito dinero.

Octavio: (furioso) Eres un…

Michael: Antes de que empieces con los insultos, nos podemos ayudar, “jefecito”. Digamos que tengo una información valiosa. Como puedes ver en las fotos, yo sé dónde está el desaparecido que andas buscando y si todo esto es tan extraoficial como parece, seguro no querrás que alguien más lo sepa.

Octavio se levanta de golpe y lo agarra por la camisa.

Octavio: Escúchame bien, imbécil. No te metas donde nadie te ha llamado. Te puede pesar.

Michael lo empuja de vuelta, mirándolo a los ojos sin miedo.

Michael: Estoy más que jodido, así que no te tengo miedo. Quiero quince mil dólares y tienes un día. Si no, voy a escalar el caso y veremos qué tan limpio queda tu nombre cuando se enteren de lo que andas haciendo investigando a ese cura porque estoy muy seguro de que algo malo debe ser.

Octavio lo observa con el rostro desencajado. Michael le acomoda la chaqueta, como provocándolo.

Michael: Piénsalo, jefe. Es un trato justo. Tú ganas, yo gano. Y ese tipo, bueno, sigue desaparecido y hacemos de cuenta que yo no supe nada.

Michael le sonríe con sarcasmo y sale de la oficina, cerrando la puerta tras sí. Octavio respira agitado y alcanza una de las tantas fotos puestas sobre el escritorio. Observa atónito y con mucha atención.

Octavio: Definitivamente es el gemelo de Christian. ¿Cómo diablos lo encontró primero ese idiota de Michael?

Octavio se deja caer en la silla y se queda pensativo, aún con la foto en su mano.


EXT. BARRIO – DÍA

Benjamín ha ido vestido con un suéter y de capucha a un barrio marginal de la ciudad, entre casas juntas, algunas hechas con tablas de madera y calles llenas de grafitis. Mira hacia todos lados, inseguro, como si cada sombra lo vigilara. Un grupo de hombres fuma y conversa junto a un coche sin placas. Uno de ellos silba.

Hombre 1: Hey, ¿tú qué? ¿Te perdiste o qué onda, güey?

Benjamín voltea, temeroso, traga saliva, y apenas logra responder cuando los tres lo rodean.

Benjamín: Necesito un… (Pausa) Necesito un arma. 

Hombre 2: (acercándose con desconfianza) ¿Un arma? ¿Y pa’ qué la quieres? No me digas que vas a asaltar a alguien con esa carita de pendejo que traes.

El segundo hombre le quita la capucha. Benjamín se asusta y apenas puede mirarlos a los ojos.

Benjamín: Necesito una pistola para defenderme.

El ambiente cambia y uno de los hombres lo agarra de la ropa con rudeza.

Hombre 2: ¿Ah, sí? ¿Defenderte de qué o quién? No serás poli porque si lo eres, de aquí no sales vivo.

Benjamín: (asustado) No, no lo soy. Lo juro. Solo… solo quiero un arma. No quiero broncas, de verdad.

El tipo que lo sostiene le lanza una mirada desconfiada, luego le hace una seña con la cabeza a otro. El tercer hombre se acerca y comienza a requisar a Benjamín, palmeándole el cuerpo y revisando los bolsillos, de los cuales saca un fajo de billetes.

Hombre 3: No trae nada. Ni pistola, ni micrófono, pero sí trae feria y harta.

El primero le arrebata el fallo de billetes y se unta el dedo índice con saliva para contarlos. 

Hombre 1: Nada mal, eh, carnal.

Benjamín: Es lo único que tengo, por favor. Nada más véndanme una pistola cargada, como sea, no importa. De veras la necesito.

Todos se miran entre sí, aún poco convencidos. Benjamín tensa la respiración, aterrado. 


INT. CASA DE LAS GÓMEZ – DÍA

Chuy visita a Martha, quien venía de la cocina y le entrega un café al sacerdote, sentado en uno de los sofás de la sala.

Martha: Aquí tiene, padre.

Chuy: (recibiéndolo) Gracias, hija. 

Chuy bebe un sorbo y Martha se sienta frente a él.

Chuy: Me dejaste muy preocupado ayer después de lo que te conté. ¿Hablaste con Grettel?

Martha: (bajando la cabeza) Para serle muy sincera, no. Más bien fui a la empresa de Emiliano Fonseca. 

Chuy: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Para qué?

Martha: Para ponerlo en su lugar. No podía quedarme cruzada de brazos sabiendo que ese asesino tiene a mi hija trabajando ahí y que para colmo la está seduciendo. 

Chuy: (deja la taza sobre la mesa) ¡Martha, por Dios! ¿Tienes idea del riesgo que corriste? Ese hombre no tiene escrúpulos.

Martha: Yo sé, padre y con lo que usted me contó, me es más que suficiente para saber de lo que es capaz ese señor. Nada más que yo conozco a Gettel. Es terca como una mula y no me iba a querer escuchar. Fue mejor ir personalmente para meterle presión a ella y dejarle claro al tipo ese que conmigo no la va a tener fácil si quiere seguir seduciendo a mi hija.

Chuy: Más bien con eso vas a lograr que ella se quede con más ganas trabajando en esa empresa para retarte. Fuiste muy imprudente. 

Martha: Tal vez, pero tampoco me puedo esperar a que algo malo le pase a Grettel o a Juan. Yo a ese muchacho lo quiero como si fuera mío. Lo estimo mucho, usted sabe.

Chuy: Yo también. Para mí lo más difícil de ser sacerdote ha sido no ser padre y si bien tengo muchos hijos espirituales, Juan es más que eso. Lo quiero con todo el corazón.

Martha: Entonces ¿qué hacemos? Porque si yo fui imprudente, Juan es impulsivo. ¿Qué tal si decide enfrentar a Emiliano Fonseca? Usted y yo lo conocemos. Es muy impulsivo.

Chuy: (baja la mirada) Justo eso es lo que me quita el sueño. Desde que él supo la verdad, no tengo paz y me temo lo peor a toda hora.

Martha: ¿Y si Emiliano lo encuentra primero y le hace algo?

Chuy: Pues aunque tenga que perder la vida como Evaristo, no me voy a medir y me voy con toda en contra de él por defender a Juan. 

Martha: Ay, no diga eso, padre. Usted es un hombre de fe.

Chuy: Tenemos que ser realistas. Hay cosas que pasan en la vida que a veces no entendemos. Si Dios no me da otra salida, al menos que me dé el valor para proteger a Juan y enfrentar a Emiliano Fonseca a costa de lo que sea.

Martha se queda viendo con preocupación al sacerdote, quien denota gran angustia e impotencia.


INT. CASA DE LOS FONSECA – DÍA

Paralelamente, María José justo se dirige a la habitación de Paula, sin embargo, desde el piso de arriba, alcanza a escuchar que tocan el timbre y una de las empleadas se dirige a abrir. Octavio entra y ella se queda mirando con discreción. 

Empleada: Buenos días, don Octavio.

Octavio: Buenos días. Emiliano me debe estar esperando. ¿Puedes avisarle que ya llegué?

Empleada: Claro que sí. Espere aquí un momento y ya regreso. Póngase cómodo.

La empleada cierra la puerta y sube las escaleras. María José se esconde detrás de una pared y observa a la empleada quien con prontitud se dirige a la habitación de Emiliano. 

María José: (susurrando) Este era el amigo de la familia que había venido a la cena. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE EMILIANO – DÍA

Dentro, Emiliano se encuentra en el baño, en bata y afeitándose con una navaja frente al espejo, algo que hace con sumo cuidado y concentración. Pronto escucha que tocan la puerta.

Emiliano: ¿Quién es?

Empleada: (entrando) Muy buenos días, don Emiliano.

Emiliano continúa pasándose la navaja por el rostro.

Emiliano: ¿Qué quieres?

Empleada: El comandante Octavio Luján acaba de llegar. Me dijo que usted debía estarlo esperando.

Emiliano: Ah, sí. Dile que ya bajo y lo espero en el despacho. Asegúrate de que nadie nos interrumpa. 

Empleada: Claro que sí. Con permiso.

La empleada sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. Emiliano deja de afeitarse, se pasa agua por el rostro y se seca con una toalla, mirándose de forma profunda en el espejo.

Emiliano: (fastidiado) ¿Qué “asuntito” tan urgente tendrá que hablar conmigo el otro “bueno para nada” ese?

Emiliano continúa secándose con la toalla sin apartar su oscura mirada de su reflejo. Minutos después, sale de su habitación vestido con ropa ligera de casa. María José sigue escondida y lo observa con suspicacia, por lo que decide seguirlo sin que él se percate.


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – DÍA

Octavio, entretanto, aguarda en el despacho, de pie, al lado del ventanal que aún se encuentra quebrado, detalle que llama su atención. Emiliano no tarda en hacer acto de presencia, con cara de fastidio y frunciendo el ceño, como casi siempre es típico en él. Octavio se gira mientras que el otro cierra la puerta.

Emiliano: (con tono áspero) Más te vale que esto sea importante. No estoy de humor para visitas de cortesía y me está matando el dolor de cabeza.

Octavio: ¿Tú con jaqueca? ¿Por eso no fuiste a la empresa?

Emiliano: Vengo de pasar mucho pinche estrés. Lo de la cena la otra noche me dejó inestable y luego el malnacido de Christian anda queriendo meterse a la fuerza en la empresa. Ya hasta parezco vieja quejumbrosa con los nervios de punta (Fastidiado).

Emiliano se dirige a su escritorio y saca de un cofre pequeño uno de los puros que tanto disfruta fumar, luego lo enciende y comienza a succionarlo.

Octavio: Pues espero que con la noticia que te traigo se te quite a no ser que te ponga peor.

María José está escuchando detrás de la puerta del despacho, con curiosidad y mucha intriga.

Emiliano: ¿Qué noticia? Habla ya, sin rodeos. 

Emiliano expulsa el humo, mirando a su amigo con desconfianza. Octavio saca de su chaqueta las fotografías que Michael dejó en su oficina y las pone en su escritorio.

Emiliano: ¿Qué es esa basura? (Mira las fotos sin mucho interés).

Octavio: Velo por ti mismo. Es lo que por tanto tiempo habías estado buscando.

Emiliano parece entender y su expresión malhumorada cambia.

Emiliano: No me digas que… (Octavio no responde) No me digas que tiene que ver con el maldito chamaco ese.

Octavio asiente con la cabeza y demora unos segundos para confirmar.

Octavio: Sí, solo que ya no es un chamaco. 

Emiliano parece no creerlo, deja el puro a un lado y agarra las fotos, pasando una tras otras. Ve en ellas a Juan, de lejos, entrando al orfanato. Desorbita los ojos, sin dar crédito y presiona fuerte las fotografías.

Octavio: Definitivamente es Juan de La Cruz Quintana.

María José, detrás de la puerta, se exalta y se lleva una mano al pecho, conteniendo la respiración. Emiliano, por su parte, dibuja una retorcida sonrisa en su rostro.

Emiliano: No lo puedo creer (Mira fijamente las fotos) Maldita sea, es él. De verdad es él. ¡Es el bastardo ese!

Emiliano se exalta y respira eufórico, al punto de que las venas en su cuello se le hinchan un poco y suelta una carcajada llena de satisfacción.

Emiliano: ¡Lo encontré! ¡Lo encontré, carajo! ¡Lo encontré!

Emiliano se levanta de golpe y se carcajea. Octavio solo permanece serio.

Emiliano: ¡Yo sabía! ¡Yo sabía que el malnacido seguía vivo! (Apunta hacia las fotos) ¡Te lo dije! ¡Muchas veces te lo dije! Lo presentía y no me equivoqué ¡Está vivo el hijo de puta! ¡Yo sabía! 

Octavio no responde y solo deja al hombre saborear su aparente triunfo. Emiliano vuelve a agarrar las fotos y sonríe.

Emiliano: Es que míralo nada más. Es igualito al “bueno para nada” de Christian, claro que este se ve más pobretón y se ve que no le alcanza ni pa’ los frijoles al muy desgraciado. 

Octavio: Por lo que alcancé a ver en las fotos, parece que es cura.

Emiliano: (burlándose) Órale. ¿Quién diría? El bastardo del santo de mi hermanito predicando la palabra. Digno hijo de la rezandera de mi mujer tenía que ser. Qué bonita familia, ¿no?

María José, en el pasillo, respira agitada e incluso tiembla, presa de los nervios.

María José: (susurrando, aterrada) No puede ser…

De repente, la joven escucha unos pasos que se aproximan, por lo que, en silencio, busca rápidamente donde esconderse y lo hace en una habitación contigua al despacho, detrás de un muro. Logra ver a Christian, quien se dirige directamente al despacho y también se queda escuchando.

Octavio: Todavía no he terminado, Emiliano.

Emiliano: Pues obvio que no, cabrón. 

Emiliano toma de nuevo el puro y sigue fumando.

Emiliano: Te hace falta decirme dónde está ese infeliz. ¿En qué ratonera se escondió todos estos años? (Expulsa el humo) Habla. ¿Dónde está?

Octavio: He ahí el problema. No lo sé.

Emiliano: (frunciendo el ceño) ¿Cómo que no sabes? No me vengas ahora con mamadas. ¿Cómo conseguiste entonces las fotos?

Octavio: Un subordinado mío vio el archivo con la foto de Christian por accidente. Lo tenía en una carpeta privada y ahora quiere dinero para soltar el paradero exacto de Juan.

Emiliano: ¿Y me lo dices así tan tranquilo?

Octavio: Fue un descuido. Nadie entra a mi oficina y al imbécil le dio por husmear entre mis cosas antes de que yo llegara. 

Emiliano: ¡No podías ser más incompetente! (Lanza el puro al piso, molesto) 

Octavio: Da igual si lo sabía él u otra persona. Recuerda que me pediste que contratara más hombres para la búsqueda.

Emiliano: Sí, pero hombres que trabajaran para nosotros, no para chantajearnos. Es que de veras te faltan neuronas.

Octavio: Como sea, me amenazó con escalar el caso y ya sabes que no me conviene involucrarme en nada turbio, Emiliano. Tenemos que hacer algo. 

Emiliano: (pensativo) ¿Cuánto está pidiendo ese cabrón?

Octavio: Quince mil dólares.

Emiliano: Con que quince mil, eh. Vaya que tiene huevos el metiche ese. ¿No pidió nada más?

Octavio: Es lo único que me dijo. ¿Qué hacemos?

Christian no tarda en entrar a la oficina sin tocar. 

Christian: No te molestes, tío.

Emiliano y Octavio se sorprenden al verlo.

Emiliano: ¿Qué mierda haces?

Christian: Tranquilo. Vengo en son de paz y no me parece que le des lana al chantajista ese del que estaban hablando. Yo te puedo dar la información que necesitas.

Emiliano: ¿De qué estás hablando?

Christian: Yo sé dónde está mi hermano.

Emiliano: (incrédulo) ¿Tú?

Christian: Ayer lo conocí y te puedo decir su paradero sin nada a cambio, bueno, nada más bajo la condición de que bajes la guardia conmigo y para que veas que estoy de tu lado. 

Emiliano lo mira con suspicacia. Christian sostiene una mirada firme y decisiva que a la vez refleja un leve destello de maldad. María José siente que el pecho le sube y baja.

María José: Tengo que hacer algo. No puedo permitir que lo maten.

María José, sin dudarlo, sale a toda prisa de allí. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – DÍA

Benjamín recién viene llegando a paso apresurado y mira para todas partes, cuidando no ser visto, por lo que busca sus llaves entre sus bolsillos y abre la puerta para luego entrar. Cuando la cierra, saca una pistola del bolsillo de su suéter y la mira con fijación así como con temor. Un recuerdo llega a su cabeza de la noche anterior que tomó lugar allí mismo en su habitación.


FLASHBACK

Benjamín yace desnudo en la cama, con la mirada dura e ida, recostado de lado en la cama, en posición fetal y apenas cubierto con una sábana. Jorge termina de acomodarse la sotana y le da la espalda.

Jorge: Debo reconocer que fuiste más fogoso de lo normal. Me trajo buenos recuerdos de los primeros encuentros que tuvimos. Me hiciste hasta llegar dos veces. 

Jorge sonríe con satisfacción y voltea a verlo. 

Jorge: Voy a darte el dinero. Desconozco para que lo deseas, pero me da lo mismo. Te lo mereces. Pásate mañana temprano por mi oficina y te doy un cheque.

Benjamín: (con indiferencia) Gracias.

Jorge quisiera decirle algo más, pero decide irse de la habitación en silencio. Benjamín ni siquiera se mueve de su posición inicial.

FIN DEL FLASHBACK


Benjamín deja de recordar y endurece su mirada.

Benjamín: Da igual si lo mato. Total, ya me maché las manos de sangre por culpa de él. Matar basuras como esas ni siquiera debería considerarse asesinato. Merece un castigo, sí…

Benjamín aspira fuerte y se limpia la nariz con el dorso de la mano, notablemente ansioso. De repente, se exalta cuando escucha que tocan la puerta y rápidamente esconde la pistola debajo del colchón de la cama.

Benjamín: ¿Quién es?

Juan: (desde afuera) Soy yo. ¿Estás ocupado? 

Benjamín intenta respirar hondo para fingir y abre la puerta, fingiendo una sonrisa. 

Benjamín: ¿Qué onda, Juan? Pensé que te habías ido al museo con los niños. Escuché que iba a ser hoy, ¿no?

Juan: Sí, pero preferí no ir. Tú ya sabes que no ando de ánimos y también te estaba esperando. 

Benjamín: ¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

Juan: Quería hablar contigo. ¿Puedo entrar?

Benjamín: (dudoso) Sí, claro. Pásale.

Juan entra a la habitación. Benjamín aún se ve ansioso y cierra la puerta. Juan observa alrededor.

Benjamín: ¿Y bien? ¿Qué querías hablar?

Juan: Benja, yo creo que no hace que te diga lo mucho que te aprecio, ¿no? Hemos sido como hermanos estos años y también sabes que puedes confiar en mí.

Benjamín: ¿A qué viene eso ahora? ¿Es por lo de mi partida?

Juan: En parte, aunque más bien es porque desde que saliste del hospital te he notado raro, no sé, como si ocultaras algo.

Benjamín: Son ideas tuyas, Juan. Solo estoy pensando en lo que viene. Ya te dije que dejaré el sacerdocio y fue una decisión muy difícil.

Juan: (poco convencido) ¿De veras eso es todo?

Benjamín: Sí. ¿Qué más podría ser según tú?

Juan: Pues justo es lo que estoy esperando que me digas. Yo te conozco, algo te traes y perdóname que insista, pero a mí se me hace que tiene mucho que ver con Jorge.

Benjamín: (exasperado) ¿Jorge? ¿Neta? ¿Vas a seguir con lo mismo? 

Juan: Es que todo es muy raro. Ayer te dije que los había visto en el baño hace días y estoy seguro de que lo vi tocándote los labios, no sé. Luego ayer en el hospital te noté muy nervioso y…

Benjamín: (interrumpiendo) Ya, Juan, no empieces. Yo ya te expliqué que no hay nada. Deja de insistir con el mismo asunto. 

Juan: Entonces ¿cómo explicas todo eso? ¿Me vas a negar y a decir que son puras ideas mías? 

Benjamín: ¡Pues sí! Estás paranoico viendo cosas donde no las hay. Deberías dejarme en paz y no seguir indagando en lo mismo.

Juan: ¿Y qué hay de anoche?

Benjamín: (confundido) ¿Anoche?

Juan: Vi clarito a Jorge saliendo de esta habitación y ya pasaban las nueve. ¿Qué se supone que hacía aquí a esa hora?

Benjamín: ¿Me estabas espiando?

Juan: Claro que no, hombre. Fue por pura casualidad y no me vas a negar que es raro que otro sacerdote te haga visita tan tarde en la noche, menos si no son cercanos. 

Benjamín enmudece, sin saber cómo justificarse. 

Juan: Además, recuerdo que cuando estabas en el hospital, me dijiste que cargabas con algo muy sucio que hiciste. Te dije que no me contaras si no querías, pero ahora que estás mejor, me parece justo que te sinceres conmigo a ver si es lo que estoy pensando y me saques del error…

Benjamín baja la mirada y se pasa una mano por la nunca, sin saber qué decir.

Juan: ¿Tienes algo con Jorge? ¿Era eso a lo que te referías?

Benjamín le da la espalda, incapaz de mirarlo.

Juan: Dime algo. ¿O es que acaso no confías en mí? 

Benjamín: No es eso…

Juan: ¿Entonces? 

Benjamín: No puedo hablar. Entiende. No creo que pueda. 

Juan: Claro que puedes. Te estoy dando la confianza de abrirte conmigo, de escucharte. Deja ya salir lo que tienes ahí guardado en el pecho y habla si es que sí confíes en mí.

Benjamín: No puedo, Juan. No puedo… (Sigue frotando su nuca con ansiedad)

Juan: Yo no te voy a juzgar y no quiero por nada del mundo que vuelvas a intentar lo que hiciste. Habla conmigo. Quiero ver si te puedo ayudar.

Benjamín: ¿Ayudarme tú con todas las broncas que tienes encima?

Juan: No me cambies el tema. Ahorita no estamos hablando de mí, sino de ti.

Benjamín traga saliva y se pone sumamente tenso. 

Juan: Habla ya, Benjamín. ¿Qué pasa?

Benjamín solloza y se le hace un nudo en la garganta. Respira profundo, intentando tomar valentía. Juan lo mira con preocupación.

Benjamín: Está bien, lo admito. 

Juan se extraña por aquella cortante respuesta. Benjamín lo encara y quiebra la voz.

Benjamín: Jorge y yo… (Pausa) Jorge y yo sí somos amantes. 

Juan, aunque ya esperaba esa respuesta, no puede evitar llenarse de decepción y ambos amigos se miran fijamente. Juan, con desilusión, mientras que el otro lleno de vergüenza.


INT. TAXI / DÍA

María José, entretanto, se encuentra dentro de un taxi, sentada en los asientos de atrás y atascada en medio del tráfico. Ha comenzado a llover y se escucha el bullicio de las bocinas de los autos.

María José: (apurada) ¿Falta mucho?

Taxista: Unos veinte minutos, señorita, aunque con este tráfico y esta lluvia puede que nos llevemos más.

María José se queda pensativa y observa frustrada la larga cola de vehículos que hay al frente, por lo que, sin dudarlo, saca un billete de su pequeño bolso y se lo da al taxista.

María José: Tome. Voy a bajarme aquí. Quédese con el cambio.

María José baja del auto en medio de la lluvia y se echa a correr. 

CONTINUARÁ…

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