Capítulo 18: Facie ad faciem

 INT. DEPARTAMENTO DE MICHAEL – DÍA

Michael llega a su departamento y camina por el pasillo mientras habla por celular con alguien desconocido.

Michael: Sí, fue justo cómo acordamos. Nada más espero que todo salga cómo planeaste. No estoy dispuesto a poner mi cabeza en riesgo más de lo que ya la tengo.

Michael busca las llaves mientras continúa hablando.

Michael: Te llamo luego.  

Justo cuando el hombre cuelga y abre la puerta encuentra a Emiliano sentado en su sofá, cruzando las piernas, terminando también de fumar un puro. El humo llena su rostro.

Emiliano: Bienvenido a casa, mijito. Te estabas tardando.

Michael: (desconcertado) ¿Quién chingados es usted? ¿Cómo entró aquí?

Michael escucha que, repentinamente, la puerta se cierra detrás suyo y voltea a ver asustado. Octavio está ahí, impasible. El hombre se ve acorralado, sin posibilidad de escapar y solo se le ocurre intentar tomar su arma, pero antes de que pueda tocarla, Emiliano le apunta con otra pistola y le quita el seguro. Es de notar que tiene silenciador.

Emiliano: No tan rápido, hijo. No vayas a cometer una burrada que está muy temprano para ensuciarme las manos. A mí me gusta más el preámbulo.

Michael se queda inmóvil.

Emiliano: (a Octavio) Quítale la pistola.

Octavio, algo indeciso, obedece y la toma.

Michael: Jefe, ¿qué se supone que es esto, carajo? Usted y yo teníamos un trato.

Octavio no responde. Emiliano se levanta y se acerca a Michael

Emiliano: ¿Trato? Fíjate que a mí Octavio me dijo que lo amenazaste muy osadamente, así que no creo que le hayas propuesto ningún trato.

Michael mira asustado a Emiliano. Este exhala el humo del puro frente a su rostro.

Emiliano: ¿Y qué crees? Te metiste con la persona equivocada. Él nada más estaba haciéndome un encarguito, uno que él no pudo resolver en doce malditos años y fíjate nomás. Tú hiciste más de lo que él hizo en un par de días.

Michael: Yo no sabía, señor. Pensé que…

Emiliano: (interrumpiendo) ¡Eso mismo! ¡Pensaste! Y uno puede pensar muchas cosas cuando tiene la cabeza caliente. Te dejaste llevar de la ambición y no fuiste ni tantito inteligente. Lástima que aprendiste la lección tarde.

Michael: Le juro que no quiero problemas. Nada más necesito una lana para salirme de una bronca. Me van a matar, señor. Estoy endeudado.

Emiliano: ¿Cuánto debes?

Michael: Quince mil dólares y puedo serle de utilidad. Yo sé dónde está el cura que están buscando y en mí siempre va a tener un aliado, para lo que sea. Se lo juro.

Emiliano solo sonríe con burla y se aleja, dándole la espalda.

Emiliano: (suspirando) Ay, muchacho. Yo siempre he pensado que la suerte está de mi lado, ¿sabes?

Emiliano voltea a verlo de nuevo.

Emiliano: Del paradero del curita ya estoy al tanto y no necesité gastar ni un solo centavo. Tú, por el contrario, me querías sonsacar de lana y ya le pagué suficiente al incompetente de tu jefe estos años como para venir a desperdiciar más en un parásito como tú.

Michael: (aterrado) No me vaya a matar, por favor.

Emiliano: Tú la cagaste. Ni modo.

Michael: ¡Se lo suplico!

Emiliano: (ignorándolo) Una pena que resultaras tan burro, pero te voy a hacer un favor dándote una muerte rápida porque tus prestamistas dudo que sean tan bonachones como yo. Esos sí te van a torturar.

Michael: (desesperado) ¡Por favor! Le convengo más vivo que muerto…

Emiliano, sin pestañear, dispara con suma precisión en la frente de Michael. Este se desploma. Octavio se impresiona, aunque intente no perder la compostura. Emiliano tan solo saca el puro de su boca y expulsa el humo, como si le diera igual lo que acaba de hacer.

Emiliano: ¿Viste cómo acaban todos los que se atreven a meterse conmigo?

Octavio: (apenado) Era un muchacho joven, Emiliano. Creo que apenas pasaba de los treinta.

Emiliano: Bien dicho, mi estimado. Era y si no lo hacía yo, lo iban a hacer los tales prestamistas que tenía. Ya oíste que estaba endeudado hasta el cuello.

Octavio: Nunca te había visto matando a nadie.

Emiliano: ¿Y qué? ¿A poco pensaste que todo este tiempo me gustaba jugar a las muñecas?

Octavio no responde y solo mira el cadáver, impresionado.

Emiliano: No, Octavio. Me preparé muchos años para este momento y tenía muy claro que iba a derribar al que tuviera que derribar, además fíjate que siempre me gustó ir de caza y practiqué tiro deportivo mucho tiempo, y mira nomás. No he perdido la práctica.

Emiliano se burla con una frialdad que le pondría los pelos de punta a cualquiera.

Emiliano: Además, ¿de qué te asustas si hasta policía fuiste y mataste quién sabe cuántos, incluso más que yo?

Octavio: Es diferente. Eran criminales y solo cuando era necesario.

Emiliano: ¡Ya! No te pongas de sentimentalista. Mejor dime si está todo listo.

Octavio: Sí, ya los hombres que contraté nos están esperando abajo.

Emiliano: Entonces que empiece el juego.

Emiliano se acerca a unas revistas colocadas sobre una mesa y les prende fuego con su puro.

Emiliano: Vámonos de aquí.

Emiliano y Octavio abandonan el departamento, que poco a poco comienza a incendiarse.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – DÍA

Benjamín le ha confesado vergonzosamente a Juan su relación clandestina e inmoral con Jorge. Juan siente que un nudo se le forma en la garganta. Benjamín solloza.

Benjamín: Es lo querías oír, ¿no? Pues bien, ya te lo dije. Te puedes quedar tranquilo y terminar de juzgarme porque eso es justo lo que siempre haces.

Juan: Benjamín…

Benjamín: (quebrando la voz) Es la verdad. Yo te amo, pero ¿sabes una cosa? Muy en el fondo a veces hasta me caes mal porque te crees mejor que yo y lo peor es que sí es verdad. Eres demasiado bueno y yo… (Pausa) Yo soy una basura… Te envidio… Te envidio porque quisiera ser como tú y no puedo, maldita sea. ¡No puedo!

Juan: De antemano dije que no te iba a juzgar. Nada más quería que te desahogaras y me tuvieras confianza a ver si te podía ayudar. No quería que te sintieras así.

Benjamín: ¿Y cómo me vas a ayudar? ¿Qué se supone que puedes hacer tú? Esto soy, Juan, y no lo puedo negar. Me gustan los hombres, siempre me gustaron. Jorge me hizo sentir deseado y me gustó sentir que alguien se fijó en mí, caí y lo disfruté. Lo disfruté cómo no tienes idea, pero después…

Juan solo escucha, conmovido.

Benjamín: Después me dio asco de mí mismo y ya no pude salir de ahí. Me di cuenta de lo que hacía y quise parar…. Quise para y no pude…

Benjamín llora.

Benjamín: Ese maldito me empezó a acosar, no una, sino varias veces como la vez que nos descubriste en el baño y ayer en el hospital. Todo este tiempo me ha chantajeado.

Juan: (sorprendido) ¿Con qué?

Benjamín: El día que te besé él nos vio. Me amenazó con divulgar rumores de nosotros dos y de retrasar tu ordenación.

Juan: ¿Y tú cediste a acostarte con él por eso?

Benjamín: Me aseguró que tenía videos.

Juan: No lo puedo creer…

Juan comienza a caminar de un lado a otro, llenándose de rabia.

Benjamín: Yo solo quería protegerte, Juan. No me hubiera perdonado si por mi culpa hubieras salido afectado.

Juan: (muy indignado) ¡No importa! No tenías por qué hacer algo así. No tenías por qué pasar por una cosa tan humillante, tan denigrante.

Benjamín: A mí me daba igual con tal de que no te difamara. Me preocupaba que tú creyeras que estaba detrás. Estaba desesperado. No tenía salida.

Juan se acerca y lo toma del rostro entre sus manos.

Juan: ¡Claro que la tenías! Debiste denunciar, debiste buscarme, no pasar por esto tú solo. ¿Por qué te callaste, carajo?

Benjamín llora desconsolado, lamentándose lo que ha hecho. Juan lo abraza fuertemente y Benjamín recuesta su cabeza en el hombro del primero.

Juan: (sollozando) No te imaginas lo mucho que me dueles, Benja. Ni me alcanzo a creer que de veras soportaras toda esa porquería por mí.

Benjamín: (apartándose) Tú no tienes la culpa de nada. Fue mi decisión.

Juan: El tipejo ese te manipuló. Jorge se ha estado aprovechando de ti y se lo has permitido. Debiste contarme y yo sí hubiera puesto en su lugar ese hijo de su…

Juan se detiene abruptamente y se aparta, furioso.

Juan: ¡Es que me va a oír! Si antes no le di su madriza, esta vez no se la va a acabar ese infeliz.

Juan intenta salir de la habitación. Benjamín lo detiene, tomándolo de un brazo.

Benjamín: No, Juan. No te metas con él.

Juan: ¡Déjame! ¡Déjame porque le voy a partir la cara! Y después me encargo de que lo destituyan aunque tenga que hablar con el obispo, arzobispo o hasta con el mismísimo papa. Jorge va a pagar lo que te ha hecho.

Benjamín: ¡Ya cálmate! Tú no sabes de lo que es capaz. Puede ser peor, Juan. Mucho peor.

Juan: ¡No le tengo miedo!

Benjamín: ¡Que te calmes!

Benjamín lo empuja, evitando que salga.

Benjamín: Él puede hacer que te maten. De por sí ya te detesta como para que le armes un escándalo.

Juan: (desconcertado) ¿A qué te refieres?

Benjamín: Él sabe sobre tus orígenes. No sé cómo se enteró, pero está al tanto. Sabe de tu familia, sabe del tal Emiliano Fonseca. ¡Lo sabe todo! Me amenazó con eso ayer. Tengo hasta la impresión de que está chantajeando al padre Chuy.

Juan: (furioso) ¿Y crees que ahora que me dices eso me voy a quedar cruzado de brazos? Con más razón merece que le parta la cara y revele las cochinadas que ha hecho.

Benjamín: De nada te va a servir. Entiende. Gente como él siempre se queda en la impunidad.

Juan: (gritando) ¡Pues no! ¡No lo acepto! ¡Estoy cansado! ¡Estoy cansado de que haya gente allá afuera que hace daño como si nada! Emiliano Fonseca, Jorge. ¡Todos no son más que unos miserables que se aprovechan del miedo! Emiliano es un asesino y Jorge es un abusador. ¡Merecen que paguen!

Benjamín: ¿Y si te dijera que yo también tengo que pagar?

Juan enmudece al escuchar ese cuestionamiento y se confunde.

Juan: ¿Qué quieres decir?

Benjamín: Yo no soy mejor que ellos, Juan. Yo también soy un miserable como ese par, hasta peor.

Juan: ¿Cómo que peor? No te estoy entendiendo.

Benjamín tiembla y las lágrimas no dejan de escurrir de sus ojos. Juan lo observa con atención, con el corazón latiendo fuerte.

Juan: ¿Qué pasa, Benjamín? ¿Qué más me estás ocultando?

Benjamín intenta balbucear unas palabras, pero los labios le tiemblan.

Benjamín: Yo… (Pausa) Yo también soy un asesino.

Juan se queda helado al oírlo.

Benjamín: Yo también maté a alguien.

Juan: ¿De qué estás hablando?

Benjamín: Maté a una mujer, a una prostituta, esa noche que me corté las venas.

Juan lo observa con los ojos desorbitados.

Benjamín: Yo no quería… (Llorando inconsolable) Me descontrolé, no pensé… Toda la cabeza se me nubló y la maté después de que no fui capaz de responderle como hombre.

Benjamín se ahoga en su propio llanto. Juan derrama una lágrima discreta al escucharlo.

Benjamín: Estaba lleno de resentimiento, de asco y no pensé… La maté con mis propias manos. Yo también soy un asesino. ¡La maté, la maté! (Repite con desesperación)

Juan niega con la cabeza. No logra procesar lo que acaba de oír.

Juan: Entonces… Lo del viaje, lo de dejar el sacerdocio…

Benjamín: Iba a entregarme. Iba a confesar lo que hice porque ahorita de seguro ya deben estar investigando, solo que no te podía decir la verdad.

Juan sigue derramando lágrimas en silencio y no borra aquella dolida mirada de sus ojos, como si se le hubiera quebrado algo por dentro. Respira profundo y da un paso, al tiempo que empuña una mano y se cubre los labios.

Benjamín: Era por eso que quería alejarme de ti. No quería verte así. Hubiera preferido morirme antes que verte mirándome de esa forma. Para mí ese es el peor castigo.

Juan: (muy dolido) Benjamín, yo… (Pausa) No sé, no sé qué decir, yo…

Benjamín: No hace falta que digas nada. Bien te advertí que me ibas a terminar odiando tarde que temprano. Te dije muchas veces la clase de persona que soy y no me merecía que me salvaras. ¡Por eso debiste dejarme morir!

Juan: Te salvé porque te quiero, pero esto…

Juan se pasa los dedos por el rostro y respira profundo.

Juan: Es que no sé ni qué pensar. Me hubiera esperado otra cosa, cualquiera, menos escucharte confesar una cosa así.

Benjamín: Perdóname. Perdóname, por favor.

Juan: No es a mí al que le debes pedir perdón. A mí no me hiciste nada. Dios es el único que te puede perdonar y deberías pedirle también que te ayude a perdonarte a ti mismo porque estás lleno de odio. Te desprecias y nunca supiste darte el valor que tienes.

Benjamín: ¿Qué valor? Yo no valgo nada.

Juan: ¡Es que ese es justo tu problema! No ves más allá de tus narices y necesitas la aprobación de los demás para sentirte bien.

Benjamín llora al escucharlo, muy dolido. Juan intenta no romperse.

Juan: Quisiste llenar ese vacío acostándote con Jorge y él se aprovechó de esa debilidad para volverte en esto en que te convertiste. Date cuenta.

Benjamín: Basta, por favor. ¡Basta!

Benjamín le da la espalda y extiende los brazos, apoyándose en una mesa.

Benjamín: ¡Tú nunca vas a entender cómo me siento! ¡Tú nunca vas a estar en mi lugar!

Juan: No te preocupes. No pienso darte lata porque ya tienes suficiente con tus demonios. Tú no necesitabas que alguien te adulara, Benjamín. No necesitabas sexo para llenar tu falta de autoestima y me pesa que no te dieras cuenta a tiempo. Cometiste un error y uno de los peores que puede cometer alguien, y aunque me duela, ahí no te puedo ayudar.

Benjamín: Ya déjame solo, por favor.

Juan: Que Dios te ayude.

Juan decide salir de la habitación. Benjamín empuña las manos y grita lleno de impotencia al tiempo que golpea la mesa.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLO – DÍA

Más tarde, la lluvia que había comenzado a caer se intensifica. Parece como si el cielo quisiera desprenderse e incluso de fondo se escuchan los truenos. Juan, por su parte, camina por los pasillos desolados del orfanato y se detiene a ver la lluvia con una expresión amarga en el rostro. De fondo se escuchan las goteras caer por la canaleta de los tejados.

Juan: (con la voz quebrada) ¿Esto era lo que querías de mí, Señor? ¿Probarme hasta romperme? Porque siento que no puedo más y me voy a volver loco.

Juan siente un amargo nudo en la garganta. Un relámpago ilumina el corredor y revela el cansancio en su rostro. Cierra los ojos, respira hondo y se deja deslizar contra la pared hasta sentarse en el suelo, agotado.

Juan: ¿Por qué me pusiste en este camino si no iba a ser capaz de seguirlo? ¿Qué quieres de mí? Dime porque estoy perdido y ya no sé.

Juan presiona fuerte el rosario que le cuelga del cuello. De repente, escucha que azotan la puerta principal del orfanato con desesperación.

María José: ¡¡Juan!! ¡¡Juan, ábreme, por favor!!

Juan se exalta y se incorpora, extrañado.

María José: ¡¡Que alguien abra!! ¡¡Necesito hablar con Juan!! ¡¡Por favor, abran!!

Juan: (desconcertado) ¿María José?

Juan se apresura a abrir. María José aguarda afuera, en medio de la lluvia torrencial. Está empapada, descalza, sosteniendo los zapatos con una mano y tiene el maquillaje corrido. Juan abre y la mira sorprendido por el estado en que llegó.

Juan: María José…

María José: (aliviada) ¡Qué bueno que te encontré!

Juan: ¿Qué te pasa?

María José: Tienes que irte de inmediato o te van a matar.

Juan: ¿De qué estás hablando?

María José: ¡No hay tiempo para explicaciones, Juan! Emiliano Fonseca ya sabe dónde estás y viene por ti. ¡Tienes que irte lejos!

Juan se sorprende al escucharla.

María José: Ya vete, por favor. Es muy peligroso y no debe tardar.

Juan retrocede un paso hacia atrás y frunce el ceño. Ella se desconcierta.

Juan: Pues que venga por mí.

María José: ¿No me estás escuchando? ¡Te van a matar!

Juan: Y yo no pienso esconderme. No le tengo miedo.

María José: Juan, te lo suplico.

Juan: ¡No me voy a esconder como una rata! No soy como él que se ha ocultado detrás de su máscara de empresario y de hombre intachable.

María José: No seas terco. Hazme caso. Tu padrino dio la vida por ti, te salvó y por eso estás aquí. No dejes que su muerte haya sido en vano.

Juan: Pues por lo mismo no pienso huir así como él que huyó en cuanto le pasó el coche encima a mi padrino. No voy a seguirle el juego de gato y ratón a ese miserable. ¡Que me dé la cara!

María José: (rogando) Te lo imploro, por favor. Yo no… (Pausa) Yo no quiero que te pase nada (Rompe a llorar)

María José le acaricia el rostro con sus manos húmedas. Juan se sorprende.

María José: No seas una víctima más de ese asesino. Tú no, por favor. Te lo suplico.

Juan: María José…

María José: Te quiero mucho para perderte.

Juan se queda sin palabras al verla llorando con tanta angustia, sin embargo, antes de que puedan reaccionar, un ruido de motor se escucha cerca quemando las llantas y una camioneta negra estaciona de forma brusca frente al orfanato. Ambos voltean. Es de notar que no hay nadie por la carretera debido a la lluvia torrencial.

María José: (aterrada) ¡Son ellos! ¡Vete, Juan! ¡Vete ya!

Juan abre los ojos desorbitados y se paraliza, pero no hay tiempo para nada. Dos hombres encapuchados bajan del vehículo, armados con pistolas, se acercan corriendo y les apuntan a la pareja. Juan tan solo piensa en interponerse para proteger a María José.

Encapuchado 1: Vente ya mismo con nosotros y sin escándalos, pendejo.

Juan: ¿Dónde está Emiliano?

Encapuchado 1: ¡No hagas preguntas y súbete a la camioneta! ¡Ándale!

Juan: No me voy a mover. Díganle a Emiliano que venga y no mande perros a hacer su trabajo sucio. ¡Díganle que aquí lo estoy esperando!

María José: (muy nerviosa) Juan, no…

Encapuchado 2: No te lo vamos a repetir otra vez. Te subes por las buenas o te vas a arrepentir.

Juan: ¡No les tengo miedo!

Uno de los encapuchados le propina un brutal golpe en el rostro al joven que lo derrumba. María José grita aterrada y ambos encapuchados se abalanzan sobre él para sujetarlo por la fuerza.

María José: Déjenlo, por favor.

María José intenta interponerse, pero el segundo encapuchado le pone la pistola en la cabeza.

Encapuchado 2: Un paso más y te vuelo la cabeza, mamacita.

Juan sangra en el labio e intenta soltarse.

Juan: ¡No la toquen, desgraciados!

Uno de sus verdugos le da un rodillazo en el abdomen que lo deja sin aire y luego un codazo en la espalda.

María José: (desesperada) ¡Basta, se los suplico! Es un hombre inocente. No le hagan daño. Puedo darles lo que traigo…

María José intenta sacar dinero de su bolso, pero el segundo encapuchado se lo arrebata y lo lanza lejos.

Encapuchado 2: ¿De veras creíste que nos ibas a comprar con limosna?

María José: Por favor, no le hagan esto. No lo lastimen.

Encapuchado 1: Cállate y más te vale no gritar si no quieres que le volemos los sesos al curita.

Encapuchado 2: ¡Ya vámonos!

María José se queda inmóvil, llena de impotencia y solo ve cómo se llevan a Juan, quien ha quedado sin defensa. Ella comienza a temblar y se agita al tiempo que recuerdos fugaces pasan por su cabeza; recuerdos de ella, de niña, siendo llevada forzosamente por unos hombres hacia una camioneta.

María José: Otra vez… No me puede estar pasando esto otra vez.

María José siente que su respiración cada vez se hace más pesada y empieza a ahogarse. Juan alcanza a ver que no está bien.

Juan: ¡María José! ¡María José! ¡Tranquila!

Pero ella solo escucha su voz en eco y aquellos borrosos recuerdos la paralizan. Ve una balacera en su cabeza, a su padre morir en medio del acto y ella, observa, impotente, amordazada y encerrada. María José se marea y se apoya en la pared a punto de desmayarse. Juan se angustia.

Juan: ¡Suéltenme! ¡Tengo que ayudarla! (Revolviéndose) ¡Suéltenme, maldita sea!

María José apenas se percata de lo que ocurre y todo se distorsiona, por lo que termina por perder el equilibrio y cae al piso.

Juan: ¡¡María José!!

De repente, un disparo ensordecedor retumba y cae en el hombro de uno de los encapuchados, el cual se desploma y grita adolorido. Benjamín es quien ha disparado, desde la entrada, sosteniendo con ambas manos el arma que había comprado.

Juan: (impactado) ¡Benjamín!

El otro encapuchado se sorprende al ver que su compañero ha sido malherido y se ve acorralado por un momento, por lo que le apunta a Juan en la cabeza.

Benjamín: (gritando) ¡Suéltalo, hijo de puta! ¡No te atrevas a lastimarlo!

Juan: ¡Benjamín, no!

Encapuchado 1: ¡No te acerques, cabrón! ¡Un paso y lo mato!

Benjamín: ¡Atrévete y te vuelo la cabeza!

Juan: (a Benjamín) ¡Benjamín, no te metas!

Benjamín: (temblando, con lágrimas) ¡No voy a dejar que te hagan daño, Juan!

Juan: Ayuda a María José. Ella te necesita más que yo.

Benjamín: No te voy a abandonar. Crecimos juntos, siempre fuimos como hermanos. Tú nunca me soltaste la mano y ahora no lo voy a hacer contigo. Podré ser un desgraciado, pero no te voy a dejar.

Juan: ¡Te lo suplico, no intervengas! ¡Esto no es un asunto tuyo!

Benjamín: Todo lo tuyo me importa. No me pidas eso. No te voy a dejar solo.

Juan: ¡Ya, por favor, no te metas!

Benjamín: Ya maté y no me importa nada, Juan. Incluso compré esta pistola para matar a Jorge.

Juan: No lo hagas. No te destruyas más.

Benjamín: No hay forma de que me destruya más (Al encapuchado). Así que lo sueltas o te mato, maldito. ¡Déjalo!

Octavio se encuentra en el asiento de conductor de la camioneta, mastica chicle y observa lo que ocurre.

Octavio: (frustrado) ¡Se jodió todo!

Hay otro hombre sentado a su lado en el asiento de copiloto y también está encapuchado.

Encapuchado 3: ¿Qué hacemos, jefe?

Octavio: Hay que actuar o van a llamar a la policía y no puedo llegar sin el pez gordo o al que van a joder es a mí. Bajémonos.

Octavio se coloca también una capucha y toma su arma. Con prontitud, apunta hacia Benjamín. Este se sorprende al ver que hay más hombres. Juan también se da cuenta.

Juan: ¡Benjamín! ¡Cuidado!

Todo pasa en cuestión de segundos. Octavio, sin pensarlo, le dispara múltiples veces a Benjamín. Varias de las balas caen directamente en su pecho, una en el corazón.

Juan: ¡¡Benjamín!!

Todo se pone en cámara lenta y aquel último grito del joven suena en un eco profundo, lleno de desesperación. Benjamín cae desplomado al piso. Juan solo observa atónito e intenta correr hacia él, pero es sujetado por sus secuestradores.

Juan: (gritando desgarrado) ¡¡NOOOOOOOOOOO!!

Juan llora como si le arrancaran algo de lo más profundo y que le desgarra el alma; un alma que ahora se parte en dos.

Juan:  ¡¡BENJAMÍN!! ¡¡BENJAMÍN!!

Benjamín suelta el arma y aunque quisiera aferrarse a la vida en aquel instante, apenas se puede mover. Pronto su sangre comienza a salir de su boca, además de la sangre que emana de sus múltiples heridas.

Juan: ¡Mi amigo no! ¡Benjamín no, por favor! ¡Dios mío, no! (Llora desconsolado)

Juan lucha, forcejea, grita, suplica, se desgarra intentando soltarse. Los hombres lo sujetan con brutalidad. La lluvia lo empapa. Su rostro está cubierto de lágrimas y agua, imposibles de distinguir.

Juan: ¡Déjenme! ¡Déjenme! ¡Tengo que ir con él!

Octavio: (fastidiado) ¡Ya cállenlo!

Uno de los encapuchados lo golpea en la nuca con la pistola. Juan se desmaya de forma instantánea ante la brutalidad del golpe.

Octavio: Súbanlo a la camioneta.

Es así cómo los subordinados obedecen y lo cargan para subirlo al vehículo. Octavio observa con resignación lo que acaba de hacer. Tan solo alcanzan a verse sus ojos y mira a Benjamín.

Benjamín: Ju… Juan…

Octavio lo mira con algo de compasión, se aleja y termina de matar al encapuchado herido. Luego aborda la camioneta. Benjamín se arrastra por el piso y ve el vehículo alejarse. Extiende la mano como si con ello pudiera alcanzarlo en medio de su estado moribundo.

Benjamín: Juan…

Benjamín llora todavía consciente. Deja la mano extendida y por su cabeza pasan flashes de recuerdos con la imagen de la persona que tanto ama, como de los momentos que compartieron juntos; risas, bromas, momentos de consuelo y de una amistad pura.

Benjamín: (en un hilo de voz) Per… Perdóname, Dios mío (Fatigado) No abandones a Juan. Te lo suplico.

Benjamín expulsa más sangre por la boca y ve su final venir. El agua de la lluvia pareciera limpiar en aquel momento sus pecados. María José, por su parte, también yace desmayada en el piso, ajena a todo lo que ha ocurrido y la cámara se va alejando desde arriba mostrando los cuerpos de ambos en medio de la soledad de la calle.

Todo se pone en negro por un instante. Un goteo se escucha de fondo y la imagen poco a poco se va aclarando. Juan despierta y abre despacio los ojos, se ahoga, como si le faltara el aire, y ve todo borroso, al revés. Intenta moverse, pero se percata de que no puede. Es ahí cuando se da cuenta de que está amarrado a una cruz invertida, con los brazos extendidos y los pies atados con gruesas sogas.

Juan: (aterrado) ¿Qué es esto?

Juan siente que la sangre se le sube a la cabeza.

Juan: ¡¡Auxilio!! ¡¡Suéltenme!! ¡Suéltenme, por favor!!

Juan grita desesperado y con una respiración inconstante, cortada, luego de encontrarse en semejante posición digna de una pesadilla. De pronto una voz retumba en aquel lugar desconocido y solitario.

Emiliano: Veo que no te gustó la sorpresa que te preparé.

Juan se exalta y unos pasos se aproximan, los cuales hacen eco. Emiliano aparece desde la penumbra, fumando, y se acerca. Juan apenas consigue distinguirlo por estar de cabeza.

Emiliano: Y eso que me esmeré. Tenía que prepararte algo digno de todo un cura.

Juan intenta tragar saliva, el corazón se le acelera y suda aparatosamente.

Emiliano: ¿Sabes una cosa? Yo no soy un hombre religioso. Me aburren esas cosas, pero sí me acuerdo de algo que nos contaban en las catequesis de la primera comunión que me llamó siempre la atención. Decían que a San Pedro lo crucificaron al revés porque no se sentía digno de morir como Jesucristo.

Juan tiembla y siente adolorido todo el cuerpo. Emiliano se pone de cuclillas y sonríe con malicia.

Emiliano: Y a ti te queda perfecto. Dicen que es el símbolo del satanismo también.

Juan: (balbuceando) Us… Usted…

Emiliano da una última calada a su puro y suelta el humo despacio.

Emiliano: Qué gustazo verte después de tantísimo tiempo, sobrino. No te imaginas lo mucho que te busqué, mijito.

Juan intenta gritar, pero solo sale un gemido quebrado. Emiliano parece disfrutar del sufrimiento del muchacho.

CONTINUARÁ…

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