Capítulo 19: In manus hostium
EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE
Hay un panorama desolador a las afueras del establecimiento. Una cinta amarilla está rodeando el sitio y hay varios policías desplegados, así como una patrulla. También hay varios curiosos observando, pero los oficiales les impiden el paso. Podemos ver también el equipo forense que ha puesto ya el cuerpo sin vida de Benjamín en una especie de bolsa negra impermeable y suben el cierre. Jorge, entretanto, es interrogado por un policía. Tiene el rostro desencajado, aunque parco, insensible.
Policía 1: ¿Me decía que solo había dos personas en el orfanato al momento en que ocurrieron los hechos?
Jorge: Sí, oficial. Todos los seminaristas y maestros estábamos en una excursión. Llevamos a los niños al museo.
Policía 1: ¿Más o menos a qué horas estaban allí?
Jorge: Como a las cinco y justo me vine de regreso cuando recibí la llamada de ustedes reportando el tiroteo.
Policía 1: Comprendo. Una de las víctimas era Benjamín Ibáñez, ¿no es así? ¿Podría decirme un poco más de él?
Jorge: Era… (Hace una pausa, afectado) Era uno de nuestros seminaristas, uno de los que precisamente estaba en el orfanato.
Policía 1: ¿Qué hay de la otra persona?
Jorge: Juan de La Cruz Quintana. Es otro seminarista, pero desconozco su paradero.
El policía va anotando todo. Chuy y Martha llegan en ese instante, apurados, abriéndose paso entre la gente.
Chuy: Con permiso, por favor. Con permiso.
Ambos cruzan la cinta amarilla. Uno de los policías los detiene.
Policía 2: Disculpen, no pueden pasar.
Chuy: Yo soy el director del orfanato, el presbítero Jesús Ramírez. Dígame qué fue lo que pasó.
Jorge nota que él ha llegado y ambos cruzan miradas, por lo que, sin dudarlo, se acerca a él. Martha lo sigue.
Chuy: ¡Jorge! ¡Jorge! Dígame qué está pasando. Vine lo más pronto que pude en cuanto me llamó. ¿Qué fue lo que ocurrió?
Jorge baja la mirada, aunque lo hace con su típica parquedad y seriedad. Chuy se desespera.
Chuy: ¿Por qué no me responde? Ya dígame qué pasó, por el amor de Dios. ¿Por qué hay tantos policías?
Jorge: Hubo un tiroteo, padre Jesús.
Chuy: (impactado) ¿Un tiroteo?
Martha se santigua al escucharlo.
Martha: ¡Ay, Dios bendito!
Chuy: ¿Y dónde están los niños?
Jorge: Están bien. Yo di la orden de que los dejaran de forma temporal en el hospicio de las hermanas de la caridad para evitar que vieran semejante escena.
Chuy: No comprendo. ¿Cómo ocurrió una cosa de esas al frente del orfanato? Esta siempre ha sido una zona segura.
Jorge: Precisamente ya la policía se encuentra investigando. Inclusive encontraron a aquella muchacha, la tal María José Montiel, desmayada.
Chuy: (desconcertado) ¿María José? ¿Y qué estaba haciendo ella aquí?
Jorge: No tengo la menor idea. Justo la llevaron al hospital cuando llegué, aunque por lo que escuché, no estaba herida.
Chuy se queda pensativo y parece atar cabos.
Chuy: No puede ser… ¿Será que…?
Martha: ¿Qué pasa, padre? ¿Qué está pensando?
Chuy: (a Jorge) ¿Dónde está Juan?
Jorge: Me temo no saberlo.
Chuy: ¿Cómo que no lo sabe? Él no fue con ustedes a la excursión, así que de seguro estaba en el orfanato cuando ocurrió el tiroteo. ¿Dónde está metido? ¿Fue al hospital para acompañar a María José? ¿Es eso?
Jorge: Como le digo, no tengo idea, padre. No aparece entre los cuerpos.
Chuy: ¿De qué está hablando? ¿Cómo que cuerpos?
Jorge guarda silencio durante unos segundos.
Chuy: ¿Qué más pasó, Jorge? ¡Hable de una vez! (Desesperado)
Jorge: Benjamín fue asesinado.
Chuy desencaja el rostro al oírlo. Martha gime y se cubre la boca con las manos.
Jorge: Uno de los cuerpos que encontraron era el suyo y el de uno de los criminales que seguro estaba envuelto en el tiroteo. Parece que ambos se mataron entre sí.
Chuy se hiela por completo y casi de forma involuntaria, dirige su mirada hacia la camioneta forense donde están subiendo el cuerpo de Benjamín.
Chuy: (susurrando) No, no… Dios mío, no…
Chuy, tambaleante, se dirige hacia la camioneta.
Martha: ¡Padre!
Martha sale tras él, preocupada.
Chuy: ¡Benjamín! ¡Benjamín, hijo!
Chuy se acerca a los forenses e intenta abrir la bolsa, pero es detenido por ellos.
Forense 1: Señor, no puede…
Chuy: (exaltado) ¡Déjenme verlo!
Forense 1: Disculpe, pero…
Chuy: ¡Como un carajo! ¡Tengo que verlo, por favor! ¡Necesito verlo!
Martha: No seas desnaturalizados. Es solo un momento.
Los forenses intercambian miradas y, con evidente incomodidad, abren el cierre. Chuy tiembla y contempla el rostro apacible, sin vida, del joven, como si durmiera un sueño profundo.
Chuy: (en un hilo de voz) Ben… Benjamín…
Chuy acerca su mano al rostro del muchacho y alcanza a acariciarlo al tiempo que sus ojos se llenan de lágrimas.
Chuy: Benjamín, hijito… (Quiebra la voz) ¿Qué te pasó, mijo? ¿Cómo fue que te pasó esto?
Martha no puede evitar sollozar. Chuy sigue acariciando la mejilla inerte del joven, quebrado, con una ternura paternal.
Chuy: Perdóname, por favor. Debí protegerte. Debí cuidarte. Perdóname.
Chuy suelta un llanto amargo; un llanto que lo desgarra y que hiela la piel.
Martha: Padrecito, esto no es su culpa…
Chuy: Yo no lo protegí lo suficiente, Martha. No lo cuidé. Debí estar ahí para él, para consolarlo. Nunca me di cuenta de todo lo que sufría en silencio. Me lo arrebataron. Me arrebataron a uno de mis muchachos…
Chuy se aferra al cuerpo sin vida, desconsolado.
Chuy: ¿Por qué permitiste esto, Dios mío? Él no era malo. ¿Por qué permitiste que lo apagaran así? Él solo necesitaba cariño, dirección… Necesitaba una oportunidad…
Chuy no puede más y se derrumba en el suelo. Martha intenta sostenerlo.
Chuy: Perdóname, Benjamín. Perdóname, hijo. Perdóname… (Repite muy dolido)
Martha también derrama un par de lágrimas y lo abraza con fuerza para consolarlo. De lejos, Jorge observa y una notable tristeza se dibuja en su rostro; una tristeza atípica en él, pero que no deja salir a flote.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – NOCHE
María José, por su parte, comienza a despertar, confundida, con la visión borrosa. Paula está a su lado, tomándola de una mano, con su falsa ternura y preocupación.
Paula: María José…
María José: (aturdida) ¿Madrina?
Paula: ¿Cómo te sientes?
De repente, la muchacha recuerda los acontecimientos que vivió antes de desmayarse y se recuesta sobresaltada. También está conectada a un catéter con suero fisiológico. Tarda unos segundos en ubicarse, pero recupera la consciencia.
María José: ¿Dónde está Juan?
Paula: No lo sé. A mí me llamaron para avisarme que te habían traído para acá y que te habían encontrado desmayada en el orfanato donde te quedaste la vez pasada. Escuché que hubo un tiroteo y dos muertos.
María José: (impactada) ¿Dos muertos? ¿Quiénes?
Paula: Al parecer un seminarista y un tipo sin identificar, no sé la verdad, pero casi me da algo cuando me contaron. Pensé que estabas herida. De hecho, la policía estaba esperando a que despertaras para hacerte unas preguntas.
María José se queda pensativa.
Paula: ¿Qué estabas haciendo allá, María José?
María José: Tengo que buscar a Juan. Estaba con él en el orfanato cuando perdí el conocimiento. Unos hombres se lo estaban llevando, madrina.
Paula: (fingiendo sorpresa) ¿Cómo que se lo estaban llevando?
María José: (exasperada) No tengo tiempo para explicaciones. Tengo que buscarlo.
María José se quita el catéter de forma brusca y gime adolorida al punto de que sangra un poco.
Paula: (alarmada) ¿Qué haces, muchacha? ¿Te volviste loca? (Intenta detenerla)
María José: ¡No puedo quedarme aquí! ¡Tengo que ayudar a Juan!
Paula: Cálmate, no puedes salir en ese estado.
María José: Tú no lo entiendes. Si no hago algo, lo van a matar.
Paula: ¿Y a dónde se supone que lo vas a ir a buscar? Tú tampoco sabes dónde está.
María José: Emiliano lo secuestró, así que voy a empezar por exigirle que lo libere.
Paula: ¿Qué disparates estás diciendo?
María José: No son ningunos disparates. Christian delató a Juan. No sé cómo, pero lo conoció y esta mañana, fue a decirle a Emiliano dónde estaba. Yo misma vi cuando se lo llevaron, madrina. Lo estaban golpeando, lo iban a matar (Desesperada).
Paula: Quizá te confundiste. No creo que Christian le haga una cosa así a su propio hermano.
María José: Pues fue capaz, de seguro por ambición y egoísmo, por no querer compartir su lugar con nadie más. Yo misma oí todo.
Paula: Primero que nada, debes tranquilizarte. De seguro te desmayaste por otro ataque de pánico y así no puedes ir a ninguna parte. No estás pensando con claridad.
María José: ¡No me trates como si fuera una niña!
Paula: Es por tu bien, mi amor. Debes quedarte aquí hasta que te recuperes.
María José: ¡Estoy bien! ¡Juan es quien está en peligro y me necesita!
María José intenta levantarse de la cama. Paula la retiene de los brazos.
Paula: No te vas a ir.
María José: ¡Suéltame!
Paula: (reacia) ¡Te dije que no! No voy a permitir que salgas de este hospital en ese estado. ¿Entendiste? Necesitas calmarte. Estás mal de los nervios.
María José: (intentando soltarse) ¡Que me sueltes! ¡No me puedes retener en contra de mi voluntad!
Paula: ¡Ya cálmate!
María José: ¡Déjame, maldita sea!
Paula: ¡Ayuda, por favor! ¡Enfermera! (Gritando) ¡Enfermera, necesito ayuda! ¡Rápido!
María José: (chillando) ¡Déjame! ¡Déjame en paz!
María José grita, intentando soltarse y sale corriendo, pero justo se cruza en la puerta con un enfermero y una enfermera. Él la somete desde atrás.
María José: ¿Qué hacen? ¡Déjenme!
Paula: Denle un calmante.
María José: ¡Diles que me suelten, madrina! ¡No me puedes hacer esto!
Mientras la joven es retenida por el enfermero, la enfermera le inyecta un calmante. María José intenta zafarse, pero sus movimientos se vuelven torpes y pesados.
María José: (llorando) ¡Ya basta! ¡Tengo que ayudar a Juan! ¡Déjenme ir! ¡Déjenme ir, por favor! (Repite muy angustiada)
Paula observa la escena desde un paso atrás. María José comienza a ponerse más dócil y es colocada en la cama de nuevo. Paula deja escapar una sonrisa de satisfacción y se le acerca a su ahijada, quien comienza a desvanecerse por el efecto casi inmediato del calmante.
María José: (en un hilo de voz) Madri… Madrina…
María José poco a poco va cerrando los ojos. Paula comparte sonrisas de malicia con los enfermeros. Tal parece que algo se trae entre manos.
INT. BODEGA / NOCHE
Juan sigue atado con sogas a una cruz invertida, sudando, respirando de forma entrecortada, con evidentes contusiones en su rostro y la camisa a medio abotonar. Emiliano se encuentra frente a él, de cuclillas, fumando el puro que tanta satisfacción le da.
Emiliano: Supongo que me reconoces, ¿no?
Juan no dice nada. Guarda silencio mientras su pecho baja y sube aceleradamente. Emiliano expulsa humo y se lo tira en toda la cara.
Emiliano: (suspirando) Ay, muchacho. Todo esto nos lo hubiéramos podido evitar si tan solo esa noche el viejo imbécil ese no se hubiera metido en la carretera para salvarte. ¿Y todo para qué si al final te encontré, ah?
Juan frunce el ceño y tensa toda la cara.
Emiliano: Y sí, me demoré tantito, eh. Me costó, eso no te lo voy a negar, pero a fin de cuentas te encontré.
Emiliano sonríe y le pega un par de palmaditas en la cara.
Emiliano: Ahora sí por fin vamos a ajustar cuentas tú y yo. Vamos a tener ese encuentro tan anhelado entre parientes que tanto nos hacía falta.
Emiliano dibuja una sonrisa maliciosa y suelta una carcajada.
Juan: (jadeando) Maldito. ¡Usted no es más que un maldito desgraciado! ¡Una rata!
Emiliano sigue riendo y burlándose de la evidente impotencia del joven.
Juan: ¿Por qué no me mata de una buena vez? ¡Máteme! Déjese de rodeos y tenga por primera vez los huevos de hacer algo sin mandar a nadie. ¡Máteme!
Juan grita, furioso, lleno de rabia.
Emiliano: ¿Por qué tan apurado? Espérate tantito que la noche apenas empieza, Juanito ¿Que no sabes que todo en la vida requiere un preámbulo? Hasta para cuando te coges una vieja. No puedes llegar y metérselo así sin más. Hay que saber llegarle. Las caricias, los besos, aunque de eso debes saber bien poco tú. No eres más que un pinche curita ridículo. Hasta virgen debes ser.
Emiliano se burla a carcajadas y aspira el humo de su puro.
Emiliano: Qué pena que te vayas a morir sin saber lo que se siente ser hombre, seguramente así como tu amiguito ese que ya me contaron que también se pasó de metiche.
Juan se enfurece aun más al escucharlo y se retuerce atado a aquella cruz.
Juan: ¡Maldito! ¡Por su culpa lo mataron! ¡Mataron a mi amigo, a mi hermano! No le bastó con matar a mi padrino. También tenía que quitármelo a él. ¡Desgraciado!
Juan rompe a llorar, indignado y muy dolido.
Emiliano: Órale, qué drama. Ni que hubiera sido tu novio. ¿O es que a poco eres jotito y por eso te metiste de cura?
Juan: ¡Cállese! ¡No se atreva!
Emiliano: (burlesco) Nada más digo. Yo respeto los gustitos de cada quién y lo de tu amiguito fue de imprevisto por si te sirve de consuelo. Nadie lo tenía planeado, solo que metió las narices donde nadie lo había llamado y pues así fueron las cosas, mijo. ¿Qué le vamos a hacer?
Juan: Benjamín no se merecía eso. ¿Por qué no me mataron a mí de una vez? ¿Por qué la tenían que agarrar con él? ¿Por qué, maldita sea?
Juan llora desconsolado.
Emiliano: (fastidiado) Ya, ya. No te pases de drama queen. ¿Quieres? Pronto le vas a hacer compañía, así que no te apures.
Emiliano se incorpora y le da la espalda.
Emiliano: ¡Suéltenlo y pónganlo en silla!
Emiliano se aleja y le da la espalda. Octavio está de fondo, serio y tenso, justo al lado de dos de sus hombres.
Octavio: Ya escucharon. Obedezcan.
Es así cómo los subordinados proceden a desatar a Juan. Uno sostiene la cruz mientras el otro corta las sogas con una navaja. Juan, al liberarse, cae desplomado. Las piernas no le responden después de tantas horas colgado y se golpea contra el suelo.
Octavio: Levántenlo.
Ellos lo agarran. Juan intenta soltarse inútilmente, pero uno de los matones le propina una patada en las costillas con fuerza. Emiliano permanece de espaldas, sonriendo y fumando.
Emiliano: Pónganlo bien. No quiero que se me desmaye ahorita.
Los subordinados intentan sentar a Juan, pero el joven se resiste.
Juan: (voz quebrada) ¡Ya paren con esto y mátenme de una vez! ¡Mátenme!
Los hombres lo sientan a la fuerza y atan sus muñecas al respaldo de la silla. Juan aprieta los ojos, conteniendo el llanto que aún se agolpa en su garganta. Octavio observa en silencio, completamente tenso. Su mandíbula rígida revela que no está cómodo con lo que está pasando, pero no se atreve a intervenir.
Emiliano: (suspirando) Ay, muchacho… Debo reconocer que me sorprende que no me ruegues por tu vida. Otros en tu lugar me estarían suplicando que los perdone y en cambio tú me pides que te mate.
Juan: ¡Nunca! Nunca en la vida le rogaría nada a un tipejo tan despreciable como usted.
Emiliano se voltea y se acerca caminando despacio. Luego, se inclina frente a él y lo mira con un gesto casi paternal que causa escalofríos por lo perverso que es. Luego apaga su puro ardiente en el pecho del joven. Juan gime adolorido. Emiliano tira el puro al piso.
Juan: ¿Qué espera? Dispáreme, máteme a golpes. Haga lo que planea. Deshágase de mí como siempre quiso y ya pare con esto.
Emiliano agarra violentamente el rostro de Juan, obligándolo a verlo a los ojos.
Emiliano: (con voz áspera) El que decide, el que manda aquí soy yo. Tú no eres nadie, ¿entiendes? Nadie. Esto lo hago a mí manera y cómo a mí se me pegue la pinche gana. ¿Sí captas?
Juan: Usted… (Pausa) Usted no sabe lo que es querer a alguien. No sabe lo que es perder. No sabe absolutamente. Detrás de esa fachada de hombre de negocios y de empresario, no es más que un montón de basura, pero nadie es eterno en el mundo, Emiliano. ¡Te vas a morir solo como la rata que eres! ¡Solo!
Emiliano tensa el rostro al oírlo y le pega una fortísima bofetada con el dorso de la mano.
Emiliano: ¡Cállate, hijo de puta! ¡Cállate!
Esta vez le propina un puño. Juan gime, adolorido, y escupe la sangre que emana de su labio.
Emiliano: (furioso) ¿Que no sé nada dices? El que no sabes nada eres tú. He vivido lo suficiente para conocer el mundo y la gente. Precisamente por lo mucho que perdí cuando tenía tu edad es que llegué aquí donde me ves. Tú eso no lo entenderías.
Juan respira agitado, mirándolo con rabia,
Emiliano: Viviste como un pobre diablo y así mismito te vas a morir. Yo gané, Juanito. Yo siempre gano.
Juan: ¿Y a qué costo? Nunca obtuvo nada por mérito propio. Tuvo que matar porque de otra forma no iba a lograr nada.
Emiliano: No necesito tus pinches sermones baratos. El fin siempre justifica los medios y esa siempre fue la filosofía por la que me regí. Tú más bien ocúpate de rezar, ¿sí? Reza mucho porque de esta noche no pasas. Vas a hacerle compañía a tu padrino y a tu amigo.
Juan, con la boca sangrante, lo escupe en la mejilla. Emiliano sonríe y se limpia con la manga de su camisa, pero le propina otro puñetazo en la mandíbula. Juan escupe más sangre y tose. Emiliano rota la muñeca y se la mira mientras habla.
Emiliano: Mira, mijo. Yo no tengo nada contra ti. El pedo es que, pues, cometiste el error de nacer y eso nunca te benefició. Además, no iba a permitir que te vengaras de mí por la muerte del vejete de tu padrino junto a esa perra traidora de Grettel.
Juan abre los ojos como platos al escucharlo.
Juan: ¡No se atreva a hacerle daño a Grettel! ¡Déjela tranquila! Ella no tiene nada que ver.
Emiliano: Eso debiste pensarlo antes de querer irte contra mí.
Juan: Se lo ruego. No la toque. Si todavía le queda tantito de bondad en el fondo, déjela en paz y no le haga nada. Ya me quitó a mi padrino y a mi mejor amigo, por favor (Llorando).
Emiliano: (riéndose) Me sorprendes, en serio. Prefieres rogar por otra persona que por ti. Lo que tú no sabes es que Grettel ha disfrutado muchísimo en la cama conmigo (Juan se sorprende). Es bien fogosa, bien coqueta y no me quiero quedar sin un buen polvo, así que no te preocupes. Pienso hacerla pagar su traición de otra forma muy distinta.
Juan rompe a llorar, impotente.
Emiliano: ¿Qué pensaron los dos? ¿Que iban a conmover a Christian cuando te conociera y lo iban a convencer de unírseles? ¿De veras lo creyeron?
Juan se desconcierta al oírlo en medio de sus lágrimas.
Emiliano: Ya puedes salir.
Christian aparece repentinamente de la penumbra. Está serio, tenso, con la mirada dura. Juan lo ve y su rostro se desploma de dolor. Emiliano se acerca a Christian y le pone la mano en el hombro.
Emiliano: ¿Neta creíste que ibas a tener un “hermanito”? Pues míralo. Aquí está. Y te vendió, así como Judas a Jesucristo.
Juan se quiebra por dentro y se llena de decepción. Ambos hermanos se miran fijamente a los ojos, encontrándose de nuevo de la peor manera.
EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” / NOCHE
Grettel llega en un taxi, se baja apurada y nota el panorama, con varios policías por doquier y el área cercada con una cinta amarilla. De fondo se escuchan murmullos y radios encendidos.
Grettel: (acercándose) ¡Mamá! ¡Padre Chuy! Vine corriendo lo más rápido que pude cuando me llamaron. ¿Qué pasó? (Desconcertada)
Martha está llorando, con los ojos rojos, incapaz siquiera de articular una frase. Chuy se limpia las lágrimas, completamente afectado.
Chuy: Hubo un tiroteo esta tarde. Mataron a uno de nuestros seminaristas, a Benjamín.
Grettel: (impactada) No puede ser. ¿Cómo pasó?
Chuy: No lo sabemos bien. Uno de los atacantes también resultó muerto. La policía ya está investigando y creen que ambos se dispararon entre sí.
Grettel: Qué horror. Benjamín también estudió conmigo en la prepa. Juan, él y yo éramos muy buenos amigos, solo que hacía mucho no hablaba con él. Me parece de no creer.
Chuy: No sé ni cómo le pudo pasar una cosa así. Me duele en el alma saberlo muerto.
Grettel: Juan ahorita también debe estar devastado. ¿Dónde está?
Chuy: He ahí el problema. Juan está desaparecido.
Grettel: (sorprendida) ¿Cómo que desaparecido?
Chuy: Benjamín y él eran los únicos que había en el orfanato al momento del tiroteo. Tengo el leve presentimiento de que lo secuestraron.
Grettel: ¿Por qué lo dice?
Chuy: Porque no aparece por ninguna parte y no tengo forma de contactarlo porque tampoco tiene celular. Últimamente estaba muy raro. Decía que tenía algo en mente para encarar a Emiliano Fonseca y me temo que ese tipo lo haya descubierto.
Grettel: Es que no puede ser. Emiliano Fonseca no sabe nada todavía a no ser que…
Grettel se queda pensativa y con los ojos desorbitados.
Martha: ¿A no ser que qué?
Grettel: Nada. Se me ocurrió algo, pero no creo que haya sido eso. Él no se atrevería.
Martha: ¿De quién estás hablando, Grettel? ¿Qué sabes tú?
Grettel: Nada, no me hagan caso
Martha: Habla. Te conozco. ¿Qué nos estás ocultando?
Grettel: Ya te dije que nada, mamá. No seas insistente.
Chuy: Grettel, si de verdad sabes algo, te suplico que no te calles nada. Ya perdí a uno de mis muchachos y no voy a soportar perder a Juan, así que por favor, no nos ocultes nada.
Grettel guarda silencio, indecisa.
Grettel: Es que… (Se detiene)
Martha: (exasperada) ¿Qué pasa, Grettel? ¡Habla ya!
Grettel: Padre, ¿usted se acuerda de que le conté que había conocido al gemelo de Juan?
Chuy: Sí. ¿Qué hay con eso?
Grettel: Yo… (Pausa) Yo los reuní.
Chuy y Martha se desconciertan al oírla.
Grettel: Yo hice que Juan conociera a su hermano, a su gemelo.
Chuy: (impactado) ¿Por qué hiciste eso?
Grettel: Juan estaba muy mal, padre. Él quería hacer justicia por la muerte de su padrino y a mí se me ocurrió ayudarlo.
Chuy: (exaltado) ¿Ayudarlo cómo? ¿Poniéndolo en bandeja de plata?
Grettel: Christian nos podía ayudar. Él también ha sido víctima de Emiliano Fonseca. Inclusive aceptó echarnos una mano.
Chuy: Tú no conoces a ese joven. Él puede ser tan malo o peor que Emiliano porque lo crio como su hijo. ¿No te das cuenta de lo que provocaste, muchacha? Juan ahorita puede estar corriendo peligro. Pudo haberlo delatado.
Grettel: No creo que lo haya traicionado. Solamente estoy haciendo suposiciones, padre. Nos estamos adelantando.
De repente y sin darse a la espera, Martha le suelta una fortísima cachetada a su hija, mirándola con reproche. Grettel se vuelve el rostro, sorprendida.
Martha: ¡Te lo advertí, Grettel! Te pedí encarecidamente que te alejaras de ese tipo y seguiste de necia trabajando en esa empresa. ¡Mira lo que hiciste!
Grettel, con la mejilla ardiendo, la fulmina con la mirada.
Martha: Por tu culpa, Juan ahora debe estar secuestrado por esa maldita familia y mataron a Benjamín. ¿Cómo pudiste ser tan inconsciente? Todo esto es tu culpa.
Martha intenta cachetearla de nuevo. Grettel le detiene la mano con firmeza.
Grettel: No te atrevas a ponerme la mano encima de nuevo porque a la próxima me voy a olvidar de que soy tu hija y te va a pesar.
Grettel la suelta de mala gana. Martha la mira dolida.
Martha: ¿Y qué esperas? Golpéame. Total, golpear a tu propia madre es poco para esto que tú misma provocaste. ¡Ándale! ¡Golpéame a ver si eres capaz!
Grettel: No eres más que una vieja ridícula. Me juzgas como si fueras la más santa de las mujeres cuando lo único que hiciste fue quitarme la oportunidad de crecer con un padre.
Martha: ¿De qué estás hablando?
Grettel: No te hagas. ¿O qué pensaste? ¿Que nunca iba a descubrir todas las cartas que mi papá me enviaba y que tú me ocultabas por tu pinche orgullo?
Martha se sorprende.
Grettel: Ya hace mucho que sé la verdad, mamá. Mi papá me envió cartas por años y tú las tirabas. Por pura casualidad es que logré recuperar una sin que tú supieras y ahí descubrí que no eres más que una vieja egoísta que siempre me apartó de mi papá.
Martha: (solloza) No tienes ni idea de lo que dices. No sabes cómo pasaron las cosas.
Grettel: Deja de hacerte la víctima y de fingir. ¿O es que frente al padre Chuy te da pena reconocer la clase de persona que eres?
Martha intenta levantar la mano de nuevo, histérica, pero Chuy se interpone rápidamente.
Chuy: ¡Ya! ¡Las dos! ¡Cálmense, por favor! Esto no es momento para pelear. Cualquier malentendido es mejor que lo hablen con calma luego, pero no aquí. ¡Respeten!
Martha: (apenada) Perdóname, padre.
Martha intenta contener el llanto y se aleja, dándoles la espalda.
Chuy: Esto que estás haciendo está muy mal, Grettel.
Grettel: Perdóneme, pero yo no necesito de sus sermones, padre.
Chuy: No me refiero solo a esto. También estoy hablando de lo que hiciste al reunir a Juan con Christian. Estoy seguro de que esas personas están detrás de todo y tenemos que hablar con la policía de inmediato.
Grettel: Hablar con la policía no servirá de nada. Si de verdad secuestraron a Juan, Emiliano es capaz de cualquier cosa si se siente acorralado. Déjemelo a mí.
Chuy: ¿Todavía me pides que confíe en tí?
Grettel: Yo sé que usted está molesto conmigo y dolido por lo de Benjamín, pero le juro que no tenía mala intención. Juan siempre ha sido el amor de mi vida (Chuy se sorprende). Y créame, jamás haría nada para dañarlo. Déjeme intentar resolver esto yo sola, por favor.
Chuy: ¿Intentar qué? ¿Qué puedes hacer tú?
Grettel: Voy a intentar comunicarme con Christian. Quizá nos estamos adelantado o a lo mejor logre convencerlo de ayudarnos si de verdad tienen a Juan, pero por lo más que quiera, no hable con la policía. ¡Se lo suplico!
Chuy la mira con reproche y no responde. Grettel toma su silencio como un sí y se aleja, sacando temblorosa su celular de las manos y marcando un número.
INT. BODEGA – NOCHE
Christian ha aparecido repentinamente frente a Juan.
Juan: ¿Cómo…? ¿Cómo pudiste?
Christian no responde y baja la mirada, notablemente culpable.
Juan: ¿Cómo pudiste, cabrón? Se supone que eres mi hermano. Me dijiste que nos ibas a ayudar. ¿Por qué lo hiciste?
Juan le reprocha en medio de sollozos y gritos. Christian traga saliva y evita mirarlo.
Christian: No iba a renunciar a la oportunidad de ser alguien en la vida.
Juan: ¡Por tu culpa mataron a mi mejor amigo, carajo! ¡Benjamín sí era como un hermano! ¡Él sí que lo era! (Llora devastado) Me lo quitaron por tu culpa y tú… ¿Tú tan campante me traicionaste así después de lo que viví, después de lo que te conté? ¿Cómo fuiste capaz? ¿Cómo?
Christian: Perdón (Dice en tono parco y seco).
Juan: ¡Desgraciado! No eres mejor que Emiliano. Todos ustedes son una basura. ¡Todos por igual no valen nada! ¡Infelices!
Juan se retuerce en la silla inútilmente y grita lleno de impotencia. Emiliano se acerca a Christian y le da un par de palmadas en el hombro.
Emiliano: Eso chingao. Fidelidad. Como debe ser (Saca una pistola y se la da). Nada más te falta la prueba final a ver qué tan dispuesto estás a serme fiel.
Christian: (desconcertado) ¿A qué te refieres?
Emiliano: A que tú vas a terminar el trabajo, muchacho. Quiero que me demuestres que sí tienes los huevos para ser mi hijo y obtener el lugar que quieres en la empresa.
Juan solo escucha, sin ánimos, resignado.
Emiliano: Tómalo y dale en la frente, así, sin dolor. Yo ya me divertí.
Christian siente un vacío en el pecho y no recibe la pistola.
Christian: Esto no estaba en los planes. Tú no me dijiste que debía hacerlo yo.
Emiliano: Estás en modo de prueba, mijo. El que cambia las reglas del juego soy yo por si no te quedó tan claro.
Christian: (negando con la cabeza) No puedo. No puedo hacerlo, no me pidas eso.
Christian rechaza la pistola.
Emiliano: ¿Qué? ¿Te vas a poner sentimentalista, en serio? Te recuerdo que tú mismo entregaste al cabrón este. Me lo pusiste en bandeja de plata, ¿y ahora te vas a acobardar?
Christian duda y mira la pistola con evidente hesitación, tomándola entre sus manos.
Juan: Hazlo. Si tienes el corazón tan podrido como todos los Fonseca, no te va a costar.
Christian, exaltado, se da la vuelta. Juan lo mira con rabia y dolor.
Juan: Total, nunca vas a ser nadie. Emiliano tampoco lo es y solo te vas a convertir en una copia suya.
Christian: ¡Cállate! Tú no me conoces, no sabes nada de mí. Tú no tienes ni idea de todo lo que tuve que pasar.
Juan: No necesito saber. Tenías la oportunidad de buscar otra vida y preferiste venderte, y de paso arruinarme la vida.
Christian: Para hablarme así debiste estar en mi lugar y sufrir lo que yo sufrí, en especial con mi mamá (Emiliano se extraña al oírlo). Tú nunca me vas a entender y ahora que tengo una oportunidad de cambiar de vida no la voy a desaprovechar, y tú no vas a interferir.
Juan: (mirándolo con rabia y dolor) Entonces hazlo. ¡Mátame! Ese es tu destino, ¿no? Ser otro perro faldero de Emiliano, así que ya ándale y dispara.
Christian aprieta los dientes y tiene la respiración entrecortada, empuñando la pistola.
Emiliano: ¿Qué estás esperando? Hasta él mismito te está pidiendo que lo mates. No me hagas perder el tiempo.
Christian mira con fijación la pistola y luego se encuentra con los ojos derrotados de su hermano.
Juan: Ya mátame. Termina con esto de una vez, cabrón. ¡Mátame!
Emiliano: (irritado) ¡Órale! ¡Dispara ya!
Christian siente una gran presión y comienza a levantar la pistola en dirección a Juan.
Emiliano: ¡Mátalo de una maldita vez, sin pensar! ¡No seas maricón!
Christian siente una gran presión y comienza a levantar la pistola en dirección a Juan, temblando.
Emiliano: ¡Mátalo de una maldita vez, sin pensar! ¡No seas maricón!
Christian: Perdóname.
Christian traga saliva y comienza a apretar el gatillo. Juan solo lo mira con profunda desilusión y derrama varias lágrimas discretas, resignado al destino que lo espera.
CONTINUARÁ…












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