Capítulo 24: Ad oram abyssi
CIUDAD DE MÉXICO
INT. BAR – NOCHE
Gael sigue bebiendo, sentado frente a la barra y solo. María José parece que ya se ha ido. Es cuando de repente tiene un recuerdo de esa tarde.
FLASHBACK
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE OCTAVIO – DÍA
Gael acaba de enfrentar a su padre, haciéndole ver que ya está enterado de sus nexos criminales y corruptos con Emiliano. Octavio se ha enmudecido. Gael lo ve con decepción.
Gael: ¿Qué tienes para decir?
Octavio: Gael…
Gael: ¡Habla, papá! Dime de una vez qué te traes. ¿Qué tantos negocios sucios tienes con Emiliano Fonseca y desde hace cuánto tiempo?
Octavio: Es mejor que no te metas en esto.
Gael: ¿O sea que es cierto? Eres un corrupto, un pinche corrupto más de los que abundan en el gobierno y en la policía.
Octavio: No me hables así. Tú no sabes nada.
Gael: Pues eso es justo lo que quiero. Quiero saber y entender porque se me hace imposible que la buena imagen de hombre intachable que tenía de ti se borre así como si nada.
Octavio: Gael, mira…
Gael se aleja, dándole la espalda con frustración.
Octavio: En esta vida no todo funciona como un relojito. Hay cosas que tienes que hacer para sobrevivir. ¿De dónde carajo crees que tuve el dinero para enviarte a estudiar al extranjero? ¿De dónde crees que tuve para pagar el tratamiento de tu mamá para que se sanara de ese maldito cáncer que nos la arrebató? ¿De dónde, maldita sea?
Gael: (girándose molesto) ¿Y qué? ¿Quieres que te felicite por haberte metido quién sabe en que porquerías para obtener lana?
Octavio calla durante algunos segundos. Gael lo mira con suma decepción.
Gael: Tú siempre has sido mi referente, papá. Por ti me hice detective. Te he admirado toda la vida y ahora me entero de esto.
Octavio: No te pido que me entiendas. Hice lo mejor que pude para sacar adelante a mi familia como el hombre que soy. Emiliano me salvó en una ocasión cuando casi me matan unos mafiosos italianos, buscando la lana para pagar el tratamiento de tu mamá. Me salvó el pellejo.
Gael: (furioso) Claro y te convertiste en su perro, ¿no? Quedaste en deuda de por vida con él. Es que mírate nada más. Casi te mueres en ese puto accidente por su culpa y de seguro ayer que llegué, los interrumpí cuando lo estabas chantajeando, sino no habría salido tan encabronado de acá.
Octavio: Yo sé lo que hago.
Gael: No creo. Más bien parece que quieres que te mate.
Octavio: No lo hará. Lo tengo bajo control.
Gael: ¿Y quién te lo garantiza? El tipo ese iba detrás de su propio sobrino, su sangre. ¿Qué no puede hacer con los demás?
Octavio: ¿Cómo te enteraste?
Gael: Michael tenías cámaras dentro de su departamento.
Octavio: (sorprendido) ¿Cámaras?
Gael: Sí. Era amante de Paula Fonseca, según lo que averigüé, nada más y nada menos que la hermana de Emiliano.
Octavio: ¿Paula amante de Michael? Carajo, eso sí que no me lo esperaba.
Gael: El cabrón estaba endeudado. Quería lana y la chantajeó. Hablaban de un plan, de algo que ella pretendía hacerle a Emiliano, no sé. Decía que no lo iba a echar a perder todo.
Octavio: (pensativo) Pues qué interesante, eh. Emiliano ni ha de estar enterado. ¿Qué más decían en la grabación?
Gael: Michael sacó a relucir un archivo que vio en tu oficina donde estabas buscando a ese tal Juan de La Cruz. Le preguntó a ella sobre el tipo porque al parecer lo habían visto por casualidad no sé dónde y ella le contó toda la historia del tipo ese, que tú de seguro ya has de conocer mejor que yo.
Octavio: Michael me chantajeó esa mañana. Me pidió dinero a cambio de revelarme el paradero del cura.
Michael: Me lo imaginé como también me supongo que luego tú… (Pausa perturbado) Luego tú te lo cargaste junto con Emiliano…
Octavio: Emiliano fue el que le disparó.
Gael: Da igual quién haya sido. Tú fuiste su cómplice y después se quisieron cargar a su sobrino.
Octavio: Créeme que no hubiera querido que te enteraras así de todo esto. Yo pensaba manejarlo por baja cuerda.
Gael: Muy tarde y el chingo de decepción que tengo es mucha, papá. Es que no sé ni qué hacer con todo lo que sé. Te podrías ir a la cárcel.
Octavio: ¿Hay más grabaciones?
Gael: Era solo esa. Michael seguramente guardó todo por si algo le salía mal. Te mencionó en el video y eso te hace sospechoso de su muerte si esa grabación para en manos de otra persona.
Gael: Tienes que deshacerte de esa grabación que me compromete, por lo menos guardarla. Nos podrían ser de ayuda más adelante.
Gael: ¿Para qué?
Octavio: Para defenderme. Emiliano ahorita debe querer chingarme después de que le pedí una fortuna. Yo le dije que tenía pruebas, aunque la verdad es que no tengo nada que lo incrimine al muy cabrón.
Gael: (negando con la cabeza) No me pidas eso, papá.
Octavio: ¿Vas a negarte a ayudarme?
Gael: Me estás pidiendo que oculte pruebas del caso que estoy investigando. Tú sabes lo que es eso. Es un crimen.
Octavio: Gael, tú eres mi hijo. Tienes que ayudarme ahora más que nunca. Michael era un imbécil, no tenía familia. No me caía mal, pero está muerto. Con que cierres el caso diciendo que lo mataron los tipos a los que debía es suficiente y nadie se va a enterar.
Gael traga saliva, indeciso, con un nudo en la garganta.
Gael: Muy tarde.
Octavio: ¿De qué hablas? ¿Cómo que muy tarde?
Gael: Ya lo borré todo.
Octavio: No me jodas. Dime que no fuiste tan imbécil.
Gael: María José, la ahijada de Paula, era la ex de Michael. Yo inclusive la llamé porque el pendrive donde él guardó todo tenía su nombre y una contraseña que pensé que ella me podía dar. ¿Qué excusa le iba a dar luego después de todo lo que encontré ahí?
Octavio: Inventarle algo, obviamente.
Gael: Lo hice para protegerte de cualquier cosa que te incriminara.
Octavio se recuesta en la almohada, evidentemente frustrado.
Gael: (sollozo) Papá, no quiero que te pase nada. Deja a Emiliano Fonseca en paz y si es preciso, pídele perdón.
Octavio: ¿Perdón? ¿Estás loco?
Gael: Es lo mejor para que se calme. Luego me encargo de mandarte al extranjero, a dónde sea, pero ya salte de esa bronca, por favor. Hazlo por ti, por mí…
Octavio no responde, aunque le conmueven las suplicantes palabras de su hijo.
FIN DEL FLASHBACK
Gael deja de recordar mientras juega con el vaso entre sus manos y tiene un recuerdo más.
FLASHBACK
INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – NOCHE
Gael se encuentra sentado frente a su laptop. Puede verse que da clic derecho sobre la carpeta del pendrive y procede a formatearla.
Gael: (nervioso) No puedo permitir que se manche el apellido de mi papá, no puedo…
Todos los archivos se borran. Frustrado y culpable, el hombre cierra con fuerza la laptop, entrecruza los dedos y apoya los codos sobre el escritorio, pensativo, intentando asimilar lo que descubrió.
FIN DEL FLASHBACK
Gael: (susurrando) Fue mejor así, papá… Fue mejor así aunque nos llevemos a ciertos inocentes por encima.
Bebe el último sorbo que le quedaba en el vaso y lo asienta sobre la barra con cierta amargura.
VILLA ENCANTADA
INT. HOTEL/HABITACIÓN – DÍA
Ha amanecido. Juan recién comienza a despertar, desnudo, cubriéndose con una sábana. Intenta recostarse y siente de inmediato el dolor de cabeza producto de la resaca. Grettel está a su lado, bocabajo, desnuda y con la espada descubierta. Juan se queda viéndola con cierta culpabilidad y suelta una bocanada de aire para luego pasarse las manos por el rostro. Grettel también comienza a despertar, abre los ojos, se voltea y sonríe al verlo.
Grettel: Buenos días.
Juan intenta esbozar una sonrisa.
Grettel: ¿Qué tal dormiste?
Juan: Bien, creo, aunque tengo un chingo de dolor de cabeza. Creo que se nos fue la mano anoche con la bebida.
Grettel: Ay, mira que está bien temprano para que empieces con tus sermones. Recuerda que ya no vas a ser sacerdote.
Grettel se recuesta en el pecho de él. Juan se nota incómodo, más luego de aquel comentario.
Gretel: ¿Todo bien?
Juan asiente con la cabeza sonriendo levemente. Grettel dibuja círculos sobre la piel del primero.
Grettel: Te noto pensativo, ido. ¿Te arrepientes de lo que pasó?
Juan tarda en contestar ante esa pregunta, mirando al vacío de la habitación.
Juan: Tanto como arrepentirme no, pero… Tampoco me siento bien, me siento raro…
Grettel: (sonriéndole) Te entiendo. Fue tu primera vez.
Juan: Es que no siento que haya sido correcto, discúlpame.
Grettel se sienta sobre la cama, cubriéndose el busto y lo toma del rostro para que la mire.
Grettel: Juan, somos adultos. Esto que hicimos se llama sexo y es más normal de lo que crees.
Juan: Pues tal vez te suene anticuado y hasta ridículo, pero siempre se me enseñó que el sexo es algo sagrado, un regalo; algo que se reserva para el matrimonio.
Grettel: Y yo respeto tus creencias, solo que tampoco podemos satanizarlo todo. ¿Vas a decirme que no lo disfrutaste? (Juan no responde, pensativo) Porque yo sí y me encantó…
Grettel le da un pico en los labios.
Grettel: Estabas muy tímido, sí. Me dio mucha ternura ver lo nervioso que estabas, como si me fueras a pedir permiso hasta para respirar…
Juan baja la mirada, algo apenado. Grettel sonríe pícara y acerca sus labios a los de él.
Grettel: (susurrando) Y luego… Luego ya no parecía que fuera tu primera vez, eh. Te dejaste llevar y no te imaginas lo mucho que me gustó sentirte entrando en mí, tocándome, besándome…
Grettel le muerde la comisura del labio.
Juan: (apartándose, avergonzado) Grettel…
Grettel: No pasa nada. No te dé pena y tampoco te sientas culpable.
Juan: No es culpa. Entiende. Es confusión.
Grettel: Yo más bien diría que es miedo. Miedo de aceptar que también tienes cuerpo y necesidades como cualquier otro hombre.
Juan respira hondo, preocupado.
Juan: No quiero que esto cambie lo que somos.
Grettel: No lo va a cambiar a menos que tú quieras que cambie.
Juan se desconcierta por eso y un silencio se forma entre ambos por varios segundos. De repente, ambos son interrumpidos por una llamada al celular de la joven. Grettel estira el brazo para tomarlo y contesta.
Grettel: ¿Bueno? (Pausa) Sí, yo soy su hija. ¿Por qué? (Pausa, extrañada) ¿Cómo dice?
El tono de ella denota que algo no anda bien. Juan se percata.
Grettel: (preocupada) ¿Cuándo le llevaron? (Pausa) Está bien, gracias. Ya mismo salgo para allá.
Grettel cuelga el celular y no tarda en pararse de la cama para buscar su ropa.
Juan: (extrañado) ¿Qué pasó?
Grettel comienza a vestirse apresuradamente.
Grettel: Es mi mamá. Parece que la llevaron al hospital por un desmayo, no sé.
Juan: ¿Y cómo está?
Grettel: (acomodándose el cabello) No me dijeron mucho, Juan. Me llamaron para avisarme. Tengo que ir a ver qué onda.
Juan se sienta en la cama con premura.
Juan: Déjame que te acompañe entonces.
Grettel: Claro que no. ¿Cómo crees? Tú te tienes que quedar aquí, escondiéndote. Por nada del mundo puedes venirte conmigo.
Juan: Martha es como mi mamá, tú lo sabes. No me voy a quedar tranquilo aquí sabiendo que está mal.
Grettel: Yo sé, pero ante todo te tienes que cuidar. Mejor espera a que te llame, ¿sí? Yo tengo el número de la casa de tu abuela y te aviso para darte noticias.
Juan: (poco convencido) Está bien. Nada más no se te vaya a olvidar. Llámame cuando sepas algo, ¿va?
Grettel asiente, pero antes de salir, se detiene. Lo observa unos segundos, se acerca y lo besa, esta vez con menos juego.
Grettel: Te quiero.
Juan no responde de inmediato. Grettel sale de la habitación, cerrando la puerta tras sí. Juan, a solas, cierra los ojos y se sienta sobre la cama para luego pasarse las manos por el cuello y por el rostro, aún conflictuado.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – DÍA
Fernanda y Paula desayunan juntas. Paula da un pequeño sorbo a su jugo de naranja, con discreción y porte refinado. Fernanda, por su parte, habla por celular con entusiasmo.
Fernanda: Sí, para mañana en la noche. Mesa privada y la suite que mencioné. Quiero que todo esté perfecto. Velas, vino francés, nada improvisado (Pausa, satisfecha) Exacto. A nombre de Christian Fonseca Rivas (Pausa). Me parece perfecto. Gracias.
Fernanda cuelga el celular y lo pone sobre la mesa del comedor.
Fernanda: Está hecho.
Paula: Veo que planeaste con mucho esmero todos los detalles.
Fernanda: Es lo que siempre hace una buena madre, además de que esto nos conviene a ambas. Todo tiene que salir perfecto.
Paula bebe otro sorbo de su jugo.
Paula: ¿Qué hay de lo otro? ¿Crees que sí se vayan a la cama?
Fernanda: No lo creo, así será.
Paula: ¿Por qué estás tan segura? Conozco a mi ahijada y te puedo asegurar que ella no es del tipo de mujer que se acuestan con un hombre a la primera cita. Ya te lo había dicho. Una cosa es que acepte casarse con tu hijo, pero de ahí a que…
Fernanda: (la interrumpe) No te creas. El otro día la caché comiéndoselo con los ojos de forma muy descarada mientras él hacía ejercicio ligero de ropa. Hay química. Christian sabrá cómo seducirla. Cuenta con ello.
Paula: (poco convencida) Pues si tú lo dices. Con tal de que se casen, para mí está bien. Tú eres la que salió con la idea del embarazo.
Fernanda: Una idea con la que nos vamos a asegurar de que el patrimonio de esta familia sea tuyo, como desde el inicio quisiste y de mi hijo, como siempre debió ser.
Christian, en ese momento, pasa de lejos en dirección a la salida. Fernanda alcanza a verlo y lo llama.
Fernanda: Christian…
Christian se detiene apenas, fastidiado, sin voltear del todo.
Christian: ¿Qué?
Fernanda: ¿No vas a desayunar?
Christian: No tengo hambre. Más tarde me como algo.
Fernanda: Espérate ahí.
Fernanda se levanta para dirigirse hacia él. Paula se queda viéndolos con suspicacia.
Christian: (exasperado) Voy de salida. ¿Qué quieres?
Fernanda le sonríe y le acomoda la camiseta, aplanándola sobre su pecho.
Fernanda: Deberías quedarte a descansar aquí en casa. Has tenido dos accidentes en muy poco lapso de tiempo.
Christian: No ha sido nada grave.
Fernanda: De todas maneras, mejor conserva energías.
Christian: ¿Energías para qué?
Fernanda: Para mañana. Te acabo de reservar una cena especial en un hotel de lujo para que vayas con María José.
Christian: (incómodo) Ella ni me pela, además es bien creída y pesada. Yo no pienso andar de migajero con nadie. Me va a rechazar.
Fernanda: Es lo que tú crees. Un día la vi mirándote con mucha atención mientras te ejercitabas y reconozco esa mirada. Era una mirada de deseo. Tú le gustas.
Christian: Pues ella a mí no me termina de caer del todo bien. Podemos buscarnos otra mujer si al fin y al cabo lo que importa es que la preñe.
Fernanda: (seria) ¿Qué vocabulario es ese? Yo no te enseñé a hablar así.
Christian: (exasperado) Pues me vale madres. Desde hace mucho que dejé de tenerte respeto y no pienso dejar que sigas controlando mi vida o con quién me acuesto. Esto lo vamos a hacer a mi manera.
Fernanda voltea a ver a Paula, quien finge seguir desayunando, aunque está atenta a la conversación.
Fernanda: (susurrando) Escúchame muy bien porque no te lo pienso repetir. Tú no eres nadie sin mí, Christian.
Christian la mira con rabia. Fernanda cambia su expresión afable por una fría, dura, oscura y lo toma del mentón con fuerza.
Fernanda: Eres lo que eres gracias a mí. Me debes la vida y si se me da la gana… (Hace una pausa) Te la puedo quitar….
Christian se aparta con brusquedad.
Christian: ¿Me vas a matar si no hago lo que te plazca?
Fernanda: Yo nunca podría atentar contra ti, pero si debo aplacar ese demonio de la rebeldía que tienes ahí adentro, haré todo lo que sea para salvarte. Tú interprétalo como quieras.
Christian: Estás enferma… (Dice con mucho desprecio)
Fernanda: Más bien, obedéceme para que no me hagas castigarte. Mañana te vas a portar como un hombre con esa muchacha. Vas a hacerle un hijo y las vas a ir enamorando hasta que acepte casarse contigo.
Christian: ¿Y por qué justo ella?
Fernanda: Porque así lo dispuse yo y punto.
Christian: Paula te está chantajeando, ¿no? Ella quiere que yo me case con su ahijada y por eso es que tú estás empeñada en que me acueste justo con ella. Te conviene.
Fernanda: Tú haz lo que digo y nos va a ir bien. No me hagas tener que enseñarte a ser un hombre como cuando eras niño. Recuerda que ya no hay quien te defienda. Chela ya no está.
Fernanda se aleja y ahora habla con su tono de voz normal. Christian la mira con desprecio.
Fernanda: Más tarde te voy a enviar toda la información de la reservación para que te vayas preparando.
Fernanda le da un delicado beso en la mejilla y regresa al comedor. Christian, con disimulo, se limpia la mejilla y sale de allí a paso rápido.
Paula: Es rebelde, ¿no?
Fernanda: (sonriendo) Nada que una buena madre no logre controlar.
Paula no responde y trincha el omelet para luego llevárselo a la boca con el tenedor, aunque observa con suspicacia a su cuñada, como si sospechara algo.
VILLA ENCANTADA
INT. CASA DE CHELA – DÍA
Tocan la puerta. Chuy se dirige a abrir de inmediato y se encuentra en primer plano con Juan, quien viene algo serio.
Chuy: (aliviado) ¡Muchacho, por Dios! ¡Por fin apareces! Me tuviste toda la noche sin pegar un solo ojo.
Juan: (entrando) Discúlpeme, padre.
Chuy: Chela salió a buscarte por todo el pueblo. Yo quise ir con ella, pero preferí quedarme por si regresabas. ¿Dónde te metiste? ¿Grettel no estaba contigo?
Juan: Sí, pero se tuvo que ir de urgencia. Martha se desmayó.
Juan se sienta en el sofá.
Chuy: (preocupado) ¿Como que se desmayó? ¿Y cómo está?
Juan: Espero que bien. Grettel quedó de llamarme luego para contarme porque a ella tampoco le dieron muchos detalles.
Chuy: Dios quiera que no sea grave. Voy a ponerme a rezar por ella luego.
Juan se queda en silencio, mirando al vacío. Chuy se percata de la actitud del joven y se extraña.
Chuy: ¿Qué te ocurre, Juan? Y no me digas que nada porque ya sabes bien que te conozco. ¿Qué te traes?
Juan se recuesta en el sofá y suelta una bocanada de aire para luego pasarse las manos por el rostro.
Juan: Creo que cometí un error, padre.
Chuy: (extrañado) ¿A qué te refieres?
Juan no responde y respira hondo, como si agarrar valor le costara y le avergonzara.
Chuy: ¿Qué hiciste, muchacho? Me estás empezando a preocupar más de lo que ya estaba.
Juan: Padre, yo… (Hace una pausa) Yo me acosté con Grettel…
Chuy se sorprende en sobremanera.
Juan: Fue por eso que no llegamos. Estuvimos juntos toda la noche.
Chuy: Misericordia… Juan, pero ¿qué hiciste?
Juan: (exasperado) Sí, ya sé lo que me va a decir. La regué y créame que estoy muy consciente de lo que hice. Lo que menos necesito es una cantaleta suya, padrecito, de veras. Ya de por sí me siento fatal y tengo la cabeza hecha un lío.
Chuy se queda pensativo unos segundos e intenta mostrarse sereno para luego sentarse en el sofá de enfrente.
Chuy: Yo no pienso lapidarte ni tampoco estoy aquí para juzgarte, muchacho.
Juan: (sorprendido) ¿De verdad?
Chuy: Bien lo has dicho. Lo que menos necesitas es que te agarre a coscorrones, aunque te lo mereces, eh.
Juan esboza una leve sonrisa por aquella ocurrencia. Chuy se inclina un poco hacia el frente.
Chuy: Escúchame. Tú ya tuviste una formación en el seminario y sabes bien que el sexo es algo inherente de cada persona, no es un pecado, siempre y cuando sea usado para lo que fue hecho, para amar, para procrear, para conectar con la persona que uno quiere y desea…
Juan lo escucha con atención.
Chuy: Y ahora bien, nosotros, por nuestra parte, pues hacemos un voto de castidad por el compromiso que tenemos con el sacerdocio, pero debes entender que eso no nos exime de sentir lo que otras personas. Es una cuestión de autocontrol, de fe…
Juan: Me siento como un patán. Grettel es mi amiga.
Chuy: Exactamente y eso era a lo que iba. Lo grave ni siquiera fue el acto en sí. El problema fue con quién.
Juan: Estaba algo tomado, padre y solo me dejé llevar. Quería olvidarme por un momento de todo lo que me ha pasado.
Chuy: Cuando uno usa su propio cuerpo para olvidar, sea con el alcohol, con el sexo, con las drogas, pasan este tipo de cosas y no solo te haces daño a ti mismo. También se lo puedes hacer a los demás.
Juan: Es que eso es justo lo que más me tiene pensando. Yo no quise usarla y tampoco quiero lastimarla. Grettel… (Hace una pausa) Grettel me quiere y no como amigo. Me lo confesó ayer y me da miedo que ella pase por lo mismo que pasó Benjamín.
Chuy: Dudo que ocurra. Grettel es diferente. Benjamín, por su parte, ya venía roto por muchas cosas, no solo por lo que sentía por ti.
Juan: Jorge también tuvo mucho que ver. De hecho he estado pensando en eso estos días y usted de seguro ya estaba al tanto, ¿no? Usted sabía que el muy hijo de su madre lo chantajeaba conmigo para obligarlo a tener relaciones.
Chuy: (asintiendo, apenado) De hecho, sí. Benjamín me lo confesó. Jorge también me lo admitió y de la manera más descarada posible esa noche que me desmayé.
Juan: Yo lo sospechaba. Yo me suponía que algo andaba mal entre ellos. Benjamín me lo negó, hasta que me lo terminó contando todo. Incluso me dijo que el tipejo ese también lo estaba chantajeando a usted.
Chuy: Por desgracia se enteró de tus orígenes y me exigió ponerle el orfanato a su nombre, aunque menos mal no llegué hasta allá.
Juan aprieta los puños al oírlo.
Juan: Maldito… Jorge es otro maldito que no se puede quedar sin castigo, padre. Él también me las debe.
Chuy: (preocupado) Juan, no hables así.
Juan: Es lo que me nace ahorita del corazón. Jorge se encargó de romper a Benjamín. Lo llevó al desespero al punto de que mató a una mujer y se intentó quitar la vida.
Chuy: Veo que también te lo contó.
Juan: Sí e incluso esa pistola que se consiguió era para matar a ese hijo de su madre, para librarse de él, ¿se da cuenta? ¿Qué tan desesperado tuvo que estar que pensaba matar a su verdugo?
Chuy baja la cabeza, perturbado.
Chuy: Pobre… Y no te imaginas lo que me duele no haber hecho más por él.
Juan: Lo entiendo porque a mí también me duele como un condenado. Benjamín cometió errores, pero no se merecía esa vida. Jorge se la desgració y no se me va a escapar, padre. De él también me voy a encargar.
Chuy: Yo ya lo corrí del orfanato y pienso escalar el caso a la diócesis para que lo suspendan de manera definitiva del sacerdocio.
Juan: Para mí eso no es suficiente. Emiliano y él merecen derramar lágrimas de sangre, arrastrarse por el piso. Es que hasta la muerte sería un premio para ese par de cabrones.
Chuy: Tú me dijiste que ibas solo a hacer justicia, pero escuchándote hablar así parece más que te quisieras vengar.
Juan: (indignado) ¿Y está mal? ¿Está mal querer que paguen a ver si así sano el dolor que tengo adentro?
Chuy: Dios es el único que puede hacer justicia, si no es en esta vida, en la otra. Nosotros en nuestra naturaleza humana solo causamos más dolor, más tragedia. Entiéndelo.
Juan: Pues yo no pienso esperar. Por ahora tengo que prepararme bien. No puedo seguir siendo el mismo seminarista bruto que solo sabe de sermones. Debo aprender un chorro de cosas porque ni una computadora sé manejar.
Chuy: Como sea, aunque no esté de acuerdo, cuentas conmigo. Nada más te pido muy encarecidamente que te cuides y no actúes con imprudencia, por favor.
Juan: Puede estar tranquilo, padre. Tengo que ir planeando bien lo que pienso hacer y puede estar seguro de que pienso actuar con mucha cautela.
Chuy lo mira con preocupación. Juan, por su parte, se ve sumamente seguro de sus palabras.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA
Martha está recostada en la cama, más pálida que de costumbre, pero consciente. Una enfermera termina de medirle la presión. Grettel justo llega y toca la puerta un par de veces antes de ingresar. Martha la mira con algo de seriedad.
Grettel: Con permiso, buenas tardes.
Enfermera: Buenas tardes.
Grettel: Yo soy la hija de la señora. ¿Cómo se encuentra?
Enfermera: Mucho mejor. Estaba terminando justo de checarle la presión y ya está estable (Quita el tensiómetro del brazo de Martha).
Grettel: ¿Qué le ocurrió?
Enfermera: Tuvo una suba de presión y eso le provocó un desmayo, pero respondió bien al tratamiento. El doctor dejó dicho que es importante que su mamá empiece con un control y medicación constante. No puede descuidarse.
Grettel: Entiendo. Bueno, pues muchas gracias. Voy a quedarme aquí tantito con ella.
Enfermera: Claro, con permiso.
La enfermera sale. Grettel se acerca a su madre y es evidente la tensión entre ambas.
Martha: ¿Para qué viniste? Creo que si tanto me odias, no hacía falta que te aparecieras por acá.
Grettel rueda los ojos, exasperada.
Grettel: Ay, ya por favor, no empieces. Muy a pesar de todo, eres mi mamá y siempre me va a importar lo que pase contigo. Mejor dime cómo te sientes.
Martha: Bien en lo que cabe, pero una no deja de pensar. Con Juan desaparecido y tú en esa actitud conmigo, ¿cómo quieres que no se me suba la presión?
Grettel: Juan está bien.
Martha: (esperanzada) ¿Ya lo encontraron?
Grettel: Sí, pero por ahora no puede volver. Está escondido. Tú sabes perfectamente que corre peligro.
Martha: (aliviada) Gracias a Dios, un problema menos. Yo ya me estaba esperando lo peor después del horror que se vivió en el orfanato.
Grettel: Pues ya te puedes quedar más tranquila.
Martha: Espero que sí se oculte muy bien y que, sobre todo, no le metas ideas en la cabeza.
Grettel: Escucharte hablar así de mí, me hace pensar que me consideras una mala influencia para él.
Martha: No hace falta que te hagas la santa conmigo, Grettel. Yo soy tu madre y te conozco perfectamente. Juan necesita que lo guíen, no que lo confundan.
Grettel: (molesta) ¿Sabes qué? Vengo enseguida. Voy a pagar la cuenta del hospital que de seguro me va a costar un ojo de la cara. No entiendo cómo es que paraste en un hospital privado tan caro.
Martha: Yo tampoco. Cuando me desperté, nadie supo decirme quién me trajo, solo que ingresé ayer en la noche.
Grettel: (extrañada) ¿No sería algún vecino?
Martha: Tal vez, no sé. En la emergencia, cualquiera te lleva al primer hospital que encuentra, pero si te falta, tengo algunos ahorritos en la casa. Te los puedo pasar para que repongas tu dinero.
Grettel: Claro que no. ¿Para qué crees que he trabajado? Tengo mi propio dinero.
Martha: No quiero ser una carga para ti.
Grettel: Ya basta, mamá. Deja de victimizarte. Lo importante es que estás bien y espero que empieces el dichoso tratamiento ese para evitar que te vuelvas a desmayar. Espérame aquí.
Martha se queda en silencio. Grettel le da la espalda para salir, pero la primera la llama.
Martha: Grettel…
Grettel se gira, exasperada.
Grettel: ¿Y ahora qué?
Martha: ¿Cuándo vamos a hablar sobre nosotras?
Grettel: ¿Hablar sobre qué?
Martha: Tú sabes, no te hagas. Me parece justo que hablemos, que me escuches.
Grettel: Mira, mamá. La verdad es que ahorita no tengo ganas y tampoco creo que nos haga falta. Yo ya sé todo lo que tenía que saber sobre mi papá y no quiero seguir removiendo eso.
Martha: Te equivocas. Yo todavía tengo que explicarte bien cómo ocurrieron las cosas. Yo también tengo derecho a que me escuches.
Grettel: Déjalo así. Creo que escuchar cómo te justificas va a empeorar nuestra relación, así que ya olvídate del asunto, así como yo lo pienso hacer, por la paz de las dos, ¿sí?
Grettel sale tajantemente de la habitación. Martha se queda con una expresión triste, derrotada. Pese a que ya se encuentra bien, el trato de su hija la acongoja.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA
María José está sentada en su cama, con ropa ligera y con la laptop abierta, la cual tiene conectado el pendrive en el puerto que corresponde. Pueden verse sus ojos recorriendo la pantalla y con el touchpad, abre la carpeta del pendrive.
María José: (decepcionada) Definitivamente no hay nada.
María José se recuesta en la cama, pensativa.
María José: Michael quería que viera algo ahí. Por algo le puso mi nombre y no creo que haya sido tan desgraciado como para mostrarme cómo se acostaba con otras mujeres. Es que no tiene sentido…
De repente, tocan la puerta. María José cierra la laptop.
María José: Adelante.
Paula entra con una sonrisa suave y lleva un vaso alto con jugo verde.
Paula: Hola, mi princesa. ¿Por qué no bajaste a desayunar? Mandé a la sirvienta para que te avisara y no apareciste.
María José: Preferí quedarme encerrada aquí. Me incomoda sentarme en el mismo comedor que esta familia.
Paula: Bueno, la próxima vez pide para que te lo traigan. Debes comer y me parece que desde que llegamos aquí has estado descuidando tu alimentación.
María José: Estoy bien, madrina. Tampoco es que pase hambre.
Paula: De todas maneras, como no desayunaste, te traje un juguito dietético de esos que tanto te gustan y sin azúcar.
María José: (con seriedad) No tenías que molestarte, pero bueno. Déjalo ahí y más tarde me lo tomo.
Paula coloca el vaso en un buró con cierto misterio, como si el juego contuviera algo más.
Paula: (volteándose) Entre otras cosas, quería contarte algo más.
María José: ¿Qué ocurre?
Paula: Fernanda ya hizo una reservación en un hotel de lujo para que cenes y pases tiempo a solas con Christian. Es mañana en la noche.
María José: Veo que está muy entusiasmada con que nos conozcámos mejor.
Paula: Lo hace porque le conviene. Recuerda que el primer día que llegamos a esta casa, le puse las cartas sobre la mesa y le dejé bien en claro las intenciones que teníamos si no quería que revelara su sucio pasado.
María José: Claro y con tal de que no se manche su buen honor es que no ha parado de meterme al imbécil ese por los ojos.
Paula: ¿No te cae bien?
María José: Pues al principio pensaba que era solo un creído, pero me di cuenta de que es mucho peor y es capaz de cometer la peor de las traiciones con tal de ganarse un lugar en esta familia.
Paula: ¿Por qué lo dices?
María José: Por nada, no me hagas caso. Como sea, igual pienso casarme con él para que estés tranquila y empieces tu tratamiento como acordamos.
Paula: Hablando de eso, pienso iniciar la semana que viene.
María José: ¿De verdad? (Pregunta con cierto interés)
Paula: Sí. Inclusive logré ponerme en contacto con una de las mejores clínicas oncológicas del país y ya me dieron cita para el martes, aunque es algo costoso y me temo que no nos queda mucho del seguro de tus padres.
María José: No te preocupes. Precisamente pensé en eso cuando acepté casarme. Mientras tanto, usa lo que nos quede para pagar el tratamiento. Luego vemos cuando tenga derecho al dinero de esta familia.
Paula: Yo sigo insistiendo en que el tratamiento será inútil, pero lo haré por ti.
María José: Y yo espero de corazón que funcione. Tú ya sabes que cuentas conmigo a pesar de cómo me has mentido y si hace falta, te puedo acompañar a las quimios. Quiero que vivas, madrina.
Paula finge conmoverse.
Paula: Gracias, hija.
Es así cómo la mujer se sienta en la cama, al lado de su ahijada, y la abraza. María José tarda en reaccionar, aunque finalmente corresponde el abrazo.
Paula: Todo va a salir bien. Ya lo verás.
María José parece asentir con su silencio, pero no se ve convencida.
INT. HOSPITAL/RECEPCIÓN – DÍA
Grettel se encuentra hablando con una de las recepcionistas.
Grettel: (sorprendida) ¿Cómo que la cuenta ya está paga?
Recepcionista: Sí, señorita. Como le indiqué, hubo alguien más que la pagó desde anoche.
Grettel: Discúlpeme, pero ¿me podría decir quién fue?
Emiliano: (off screen) Yo, mi amor…
Grettel abre los ojos como platos al reconocer esa voz y se queda rígida. Parece que incluso el aire se le escapa en ese instante.
Emiliano: Tu mamita chula se lo merecía después de todo.
Grettel se gira lentamente. Emiliano está ahí, apoyado en su bastón, elegante, impecable, sonriendo.
Grettel: Emi… Emiliano…
Emiliano: Híjole, pues ni que hubieras visto un fantasma. Te pusiste más blanca que el papel.
Emiliano se acerca. Grettel enmudece.
Emiliano: ¿Qué te parece si platicamos tantito allí arriba? Me parece que tenemos mucho de qué hablar y más te vale escucharme.
Emiliano se le acerca a una distancia mínima, en una actitud intimidante.
Emiliano: No querrás que a doña Martuchis le dé otro desmayo bien gacho. Deberías agradecerme que por mí no se te murió ayer que fui a buscarte a tu casa y la encontré así.
Emiliano se aleja sonriendo con cinismo.
Emiliano: Te espero.
El hombre se aleja, caminando por el pasillo. Grettel intenta guardar compostura y traga saliva.
INT. HOSPITAL/TERRAZA – DÍA
Minutos después, se ve a ambos a solas en la amplia terraza del hospital. La ciudad se extiende de fondo y el viento sopla fuerte. Emiliano mira el horizonte, dándole la espalda.
Emiliano: Ay, Grettel. Yo que pensaba que eras más responsable y sabías diferenciar lo personal de lo laboral, pero ya me informaron que no te has presentado a la empresa desde hace unos días. Pues ¿qué pasó?
Grettel: Emiliano, te puedo explicar…
Emiliano: (girándose) ¿Qué me vas a explicar? ¿Que te aprovechaste de que estuve ausente para faltar al trabajo? Pues qué poca de tu parte, déjame te digo. Ni una llamada me hiciste para preguntar cómo estaba. Fallaste como amante, eh. Mal, muy mal…
Grettel: No quería ser imprudente y molestarte. De todas formas, se nos informó al resto de empleados que habías tenido una accidente.
Emiliano comienza a caminar detrás de ella, como si la acechara.
Emiliano: Es cierto. Un accidente en el que casi me muero, pero ya me estoy recuperando. Hasta la cojera se me está quitando (Tira el bastón). ¿Ves? Estoy como un roble y pensar que todo fue por perseguir a una rata de alcantarilla, o más bien de iglesia, que se me escapó.
Emiliano se acerca desde atrás para susurrar cerca al oído de la joven.
Emiliano: De veras qué suerte tienen algunos, ¿no crees? Debe estar escondiéndose muy bien la ratita esa.
Grettel: Emiliano…
Pero el hombre no la deja seguir hablando y la agarra con fuerza del cabello para arrastrarla. Grettel grita adolorida.
Grettel: ¡Emiliano, por favor!
Emiliano la suelta con fuerza, tirándola al piso.
Emiliano: De veras que eres bien perra. ¡N’ombre! Es que hasta lo perra se te queda corto. ¿Qué me iba a imaginar yo que solo me estabas abriendo las patas para engatusarme y esperar la oportunidad de clavarme el puñal por la espalda, ah?
Grettel: Emiliano, yo te puedo aclarar…
Emiliano: (furioso) ¡Cállate! ¡No pronuncies mi nombre!
Emiliano la agarra de nuevo del cabello, obligándola a ponerse de pie.
Emiliano: ¡Levántate!
Grettel: (adolorida) ¡Ya basta, te lo suplico!
Emiliano: ¡Que te levantes, maldita!
Emiliano la jala incluso más fuerte. Grettel gime de dolor, apenas logra incorporarse y la lleva hasta el barandal de la terraza en donde comienza a ahorcarla.
Emiliano: ¿Qué pensaste? ¿Que no me iba a dar cuenta de la clase de zorra barata que eres? ¿Que nunca me iba a enterar de que eras amiga del bastardo ese de Juan de La Cruz?
Grettel comienza a sentir la presión en su cuello e intenta soltarse.
Grettel: (balbuceando) Cálmate, por favor.
Emiliano presiona con más fuerza.
Emiliano: Te voy a matar, Grettel.
Grettel: (desesperada) ¡Te lo suplico, suéltame!
Emiliano: Debí creerle a tu mamá cuando fue a advertirme sobre ti y es que si tu propia madre fue a ponerme en sobreaviso es porque efectivamente eres una fichita, una maldita traidora, una prostituta…
Grettel: ¡Hablemos, por favor!
Grettel comienza a chapalear, aterrada, faltándole el aire. Emiliano la suelta de mala gana. Grettel cae de rodillas, tosiendo de forma compulsiva, intentando reponerse.
Emiliano: Mira, mi chula. Voy a ser directo a ver qué tanto puedo confiar en ti todavía si es que en algo aprecias tu vida y esa carita de mosca muerta.
Emiliano la agarra de nuevo de la cabellera y la obliga a mirarlo. Grettel tiene el maquillaje regado y lágrimas escurren de sus ojos.
Emiliano: ¿Dónde está Juan?
Grettel: No lo sé. Te lo juro.
Emiliano frunce el ceño y le zampa una cachetada con fuerza. Grettel gime adolorida.
Emiliano: ¿Ah, no sabes? ¿Me crees estúpido?
Grettel: (llorando) De verdad no sé.
Emiliano suspira, como resignado, y saca de su chaleco un sobre y se lo lanza al piso. Unas fotos se dispersan.
Emiliano: ¿Qué es eso entonces? ¿Un montaje o la dizque chingona inteligencia artificial esa de la que tanto hablan? Es que ya hoy en día no se sabe qué fotos son reales. Hasta una foto mía encuerado puede salir por ahí y yo ni enterado, así que explícame tú a ver si te creo.
Grettel está temblando y con lentitud recoge aquellas fotos. Pasa una tras otra y para su sorpresa, son de la noche anterior cuando estaba con Juan en el parque de Villa Encantada, incluso del momento en que se besaron.
Emiliano: Yo ya sé que se está escondiendo con esa otra perra traidora de mi chacha, su abuela, por cierto. Cuánta traición, órale. Es que ni ya en mi sombra puedo confiar.
Grettel alza los ojos de forma suplicante y continúa temblando.
Grettel: No le hagas nada, por favor.
Emiliano: Eso, así me gusta, que lo admitas. ¿Qué ganabas mintiéndome en mis narices? ¿Burlarte de mí?
Grettel: Jamás, te lo juro. Yo de verdad estoy enamorada de ti…
Emiliano: (incrédulo) ¿Ah, sí? ¿Me lo dices después de que el cura ese te cogió toda la noche? N’ombre, no te pases.
Grettel: Fue un deliz. Juan ha sido mi amigo desde hace muchos años, desde que éramos casi niños. Estábamos borrachos. Yo te quiero a ti.
Emiliano: Esta vez no me vas a convencer, preciosa, no después de que supiste muy bien cómo seducirme, más que cualquier otra vieja. Estabas llegando lejos, consolándome, haciéndote la que me escuchabas, la que me entendías, pero eso se acabó y ahorita sí me vas a conocer.
Emiliano se aleja. Grettel lo toma de una pierna con desespero.
Grettel: Emiliano, te lo suplico. Déjalo tranquilo. Juan nunca va a ser un problema para ti. Voy a hacer lo que quieras, pero no lo mates, por favor.
Emiliano la ignora y la patea. Luego, saca su celular y hace una llamada a espera de que le contesten.
Emiliano: ¿Alguna novedad? (Pausa) Muy bien, no le vayas a quitar los ojos de encima a ese bastardo. Por ningún motivo se te puede perder.
CORTE A:
EXT. CASA DE CHELA – DÍA
Jorge es quien está al otro lado de la línea, escondido detrás de un árbol, observando de lejos, vestido de mujer, con una peluca y unos lentes de sol, además de un sutil rojo carmesí estampado en sus labios.
Jorge: No se preocupe, don Emiliano. Puede estar tranquilo.
Jorge levanta la mirada hacia la casa, bajando levemente los lentes.
Jorge: Juan de La Cruz no dará un paso sin que yo lo sepa y no le informe a usted. Voy a ser como su sombra. Cuente con ello.
Jorge sonríe con malicia y una perversión que atemorizaría a cualquiera.
INT. EDIFICIO/ASCENSOR – DÍA
María José se baja del ascensor. Camina con lentitud y discreción hacia el departamento de exnovio. Ve que unas cintas amarillas cruzan la puerta del departamento que prohíben el paso. Mira a ambos lados, no hay nadie y decide levantar una de las cintas para entrar. Un aura pesada se siente en el lugar que ha quedado destrozado tras el incendio, paredes quemadas, objetos derretidos, cristales rotos. María José avanza y sus pasos crujen sobre los restos carbonizados.
María José: (abrazándose a sí misma) Esto es un desastre…
Es así como la joven sigue adentrándose en el departamento y llega hasta la habitación que no se vio tan afectada por el fuego.
María José: (susurrando) ¿Quién te hizo esto, Michael?
No hay mucho para ver allí más que la cama parcialmente quemada cuando, de repente, pisa algo que llama su atención. María José se extraña, pues es un pulso de oro que le resulta familiar, por lo que se inclina para recogerlo con cuidado y tiene un recuerdo de hace un par de años.
FLASHBACK
INT. DEPARTAMENTO DE LOS MONTIEL – DÍA
María José termina de cantar la canción de “feliz cumpleaños” a su madrina. Paula se ve sonriente, con un gorrito típico de celebración en la cabeza, además de algunos globos pegados en la pared y un pastel pequeño que reposa con una vela sobre la mesa.
María José: (cantando mientras aplaude) Feliz cumpleaños a ti. Feliz cumpleaños a ti. Feliz cumpleaños, madrina. Feliz cumpleaños a ti.
María José termina de cantar y aplaude para luego acercarse y darle un beso a Paula.
María José: Felicidades. Te quiero mucho.
Paula: Ay, María José. Está muy lindo todo, hija. Es la primera vez que me preparas algo así.
María José: Te lo mereces, además debía aprovechar que este año estabas de mejor ánimo porque los otros nada más salíamos a comer.
Paula: Tú sabes que vivo amargada, con mucho resentimiento. ¿Qué ánimos voy a tener de celebrar algo tan trivial como mi cumpleaños?
María José: Pero hoy no vas a pensar en el pasado. Estamos aquí, en el presente, y eso es lo que importa. Es más, mira…
María José alcanza una caja pequeña la cual abre frente a su madrina. Es un pulso de oro.
María José: Para que nunca olvides que siempre voy a estar contigo.
Paula: (sorprendida) Ay, está hermoso, María José. Debió costarte una fortuna.
María José: Estuve ahorrando de lo que me ganaba trabajando como asistente en el bufete y lo mandé a hacer para ti. ¿Te gusta?
Paula: Me encanta, mi amor. Está precioso. Muchísimas gracias.
María José, sonriente, toma el pulso y se lo coloca en la muñeca a la mujer. Luego, ambas se abrazan muy emocionadas.
FIN DEL FLASHBACK
María José: (confundida) Esto… Esto es de mi madrina.
María José nota que tiene la letra p como inicial grabada.
María José: Es el mismo, es inconfundible. ¿Cómo paró aquí?
INT. EDIFICIO/CABINA DEL GUARDA DE SEGURIDAD – DÍA
Minutos después, la joven habla con el guarda de seguridad del edificio. Hay varios monitores en la cabina que son de las cámaras de seguridad del lugar.
Guarda: Me encantaría ayudarte, señorita, pero la cámara de ese piso la dañaron a propósito y no grabó nada en la última semana. ¿Por qué la pregunta? No me diga que usted también es policía y anda investigando el asesinato del cuate que vivía en el 702.
María José: (negando con la cabeza) No, señor. De hecho, Michael era mi exnovio, pero yo no quiero ver las grabaciones de esa semana en que lo mataron. Me gustaría ver unas más antiguas, de hace unas dos o tres semanas.
Guarda: Es que para eso se necesita un permiso y…
María José saca unos billetes de su cartera.
María José: Por favor, es muy importante.
El guarda duda, aunque toma los billetes y los mete con discreción en su bolsillo.
Guarda: Déjeme ver qué encuentro.
Es así cómo el guarda comienza a buscar grabaciones antiguas y a retroceder fechas. El monitor muestra el piso en el que se ubica el departamento. Varias mujeres entran en diferentes fechas. María José observa con atención y parece reconocer una figura.
María José: Páuselo ahí.
María José se queda inmóvil.
Guarda: Ah, esta mujer de aquí era la que venía más seguido. De hecho, una noche antes que mataran a su exnovio, lo visitó y a veces salía horas después.
María José: (susurrando) No puede ser…
María José ve que, en efecto, se trata de su madrina y una profunda decepción la invade.
VILLA ENCANTADA
INT. CASA DE CHELA – DÍA
Juan, entretanto, termina de afeitarse frente al espejo con una cuchilla de afeitar. Chuy y Chela justo terminan de cocinar en la cocina que queda al lado del baño.
Chela: Este pozole nos va a quedar delicioso, padre.
Chuy: Para como huele, no me cabe la menor duda. Cómo se nota que es usted una excelente cocinera.
Chela: (riendo) Ay, no es para tanto. Como le mostré, la receta es fácil. Yo nada más le pongo mi toque especial.
Chuy: Espero hacerla luego en el orfanato. Estoy seguro de que a los niños les va a encantar.
De repente, tocan la puerta.
Chela: ¿Y ahora quién será? (Se limpia las manos en el delantal)
Chuy: Tranquila. Yo abro. Usted quédese echando un ojo aquí.
Chuy se dirige a abrir la puerta y su impresión es grande cuando se encuentra en primer plano con Christian, a quien apenas ve en persona por primera vez.
Christian: Buenas tardes.
Chuy apenas logra recuperarse de la impresión.
Chuy: Bu… Buenas tardes.
Christian entra a la humilde casa. Chela también se queda sorprendida al verlo.
Chela: ¡Mi niño!
Christian: (esbozando una sonrisa) Hola, nana.
Chela: Pásale, por favor. No te esperaba.
Christian: Tranquila, no me pienso quedar mucho tiempo.
Chela: Veo que no te fue difícil encontrar la dirección.
Christian: Vine en coche y me ayudé del GPS.
Chela: Él es Christian, padre.
Chuy le extiende la mano. Christian corresponde.
Chuy: Hola, muchacho. Es un gusto conocerte.
Chela: Christian, él es el padre Jesús. Es el director del orfanato donde creció Juan.
Christian: (cortante) Ya veo. Mucho gusto.
Chuy: Definitivamente eres idéntico a él, hasta en la voz.
Christian: Justo tengo que hablar con Juan y no tengo mucho tiempo. ¿Dónde está?
Chuy: (alzando la voz) Juan, te buscan.
Juan, en el baño, se echa agua en la cara para enjuagarse.
Juan: (extrañado) ¿Quién es, padre?
Chuy: Tú sal para que veas.
Juan se seca con una toalla rápidamente y sale del baño. Christian voltea a verlo y ambos hermanos se miran fijamente, con seriedad. Juan, quizás, lo mira con cierto recelo.
CONTINUARÁ…
















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