Capítulo 28: Nomen alienum

INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – DÍA

Juan está de espaldas, sentado en el piso, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Un policía se acerca. Fernanda va detrás.

Policía: Tienes visita.

Juan: (sin voltear) No quiero ver a nadie.

Fernanda: A mí sí tienes que recibirme.

Juan se extraña por la voz, alza la mirada y se sorprende al ver a la mujer, al tiempo que le llegan un par de recuerdos a su memoria sobre ella.


FLASHBACK

Fernanda respira agitada y suelta el ramo de flores que traía consigo. Observa a Juan como si viera un fantasma y se le baja la presión hasta el punto en que se desvanece. María José la sostiene.

María José: ¡Fernanda! ¿Qué tienes?

Juan corre para ayudarlas.

FIN DEL FLASHBACK


FLASHBACK

María José: Sí. Fernanda es… (Pausa) Fernanda es tu mamá.

Juan siente un amargo en la garganta y un vacío se le forma en el pecho al escucharla.

María José: Ella me contó toda la verdad sobre ti y justo por ese motivo se desmayó cuando te vio. Te reconoció de inmediato porque tienes un hermano gemelo idéntico a ti. 

FIN DEL FLASHBACK


Fernanda le da unos billetes al policía, el cual se retira y ella se acerca a la celda. Juan se porta con indiferencia al saber que esa mujer es su madre, la misma que lo regaló.

Juan: Es mejor que se vaya. Yo ya dije que no me interesa ver a nadie y mucho menos me interesa verla a usted.

Fernanda: (extrañada) ¿Por qué me hablas así? ¿Desde cuándo me tratas de “usted”?

Juan se pone un poco nervioso y no responde. Fernanda se acerca a la celda.

Fernanda: Christian, hijo…

Juan: Quiero estar solo. Es mejor que te vayas. 

Juan la tutea de forma que le sale algo forzado, aunque ella no lo percibe. 

Fernanda: ¿Cómo me pides eso en esta situación? Eres noticia allá afuera. Todo el mundo está hablando de ti. ¿Qué fue lo que pasó? ¿De verdad…? (Hace una pausa) ¿De verdad mataste a ese otro muchacho?

Juan levanta la mirada de golpe. Hay rabia contenida.

Juan:  ¿“Ese otro muchacho”? ¿Así de poco valía para ti tu hijo como para hablar así de él como si fuera un desconocido?

Fernanda: El punto ahora no es ese. Quiero que me digas que fue lo que pasó. ¿Cómo conociste a Juan? ¿Cómo diste con él si ni siquiera sabías si seguía vivo?

Juan demora unos segundos en contestar.

Juan: Él mismo me buscó.

Fernanda: (extrañada) ¿Cómo que te buscó? ¿Cuándo?

Juan: Hace ya varios días me citó para que nos viéramos. Me contó que se había enterado de la verdad, que su supuesto padrino no era más que el jardinero de la casa que lo salvó para que Emiliano no lo matara…

Juan mira destrozado a la mujer.

Juan: Y lo que más le dolió fue enterarse de que tú lo abandonaste, que preferiste quedarte con uno de nosotros dos, escogiendo al azar como si fuéramos una lotería. 

Fernanda: A mí también me dolió en el alma abandonarlo y creo que ya te lo había dicho. Fue una decisión sumamente difícil para mí.

Juan: Pues no pareciera (Se levanta, acercándose). Juan siempre fue un estorbo, una piedra en el zapato para todos ustedes, para su podrida herencia.

Fernanda: Una herencia que es solo tuya. Juan de cierta forma ponía en peligro lo que a ti te pertenece. Todo pasa por algo. Date cuenta. Él no lo merecía tanto como tú.

Juan: (furioso) ¡Pues a mí me vale madres!

Fernanda frunce un poco el ceño al notar un tono de voz y forma de hablar diferentes.

Juan: Para mí la lana no vale un chingo si para tenerla hay que pasar por encima de otros.

Fernanda: Entonces ¿de verdad no lo mataste para quitarlo de tu camino?

Juan: Claro que no. Yo no soy como ustedes. Emiliano sí que lo quiso matar hace poco cuando descubrió dónde estaba y por fin lo logró. Una víctima más de toda la maldad de ese maldito, hijo de su madre que sigue afuera tan campante mientras a mí me tienen aquí acusado de algo que no hice. 

Fernanda: ¿Por qué estás tan seguro de que él está detrás?

Juan: ¿Que a poco no es obvio? Le conviene. Ha de estar encabronado después de saber que yo le estaba jugando doble

Fernanda: No entiendo. ¿A qué te refieres?

Juan: Juan y yo estábamos planeando algo en contra de él. De seguro se enteró y me quiso inculpar para deshacerse de mí.

Fernanda: ¿Por qué me dijiste nada? 

Juan: ¿Qué importa si te contaba o no? Juan nunca te importó de todas formas. ¿Qué hubieras hecho tú? 

Fernanda se desarma ante esas contundentes preguntas.

Fernanda: Quizá por él no pude hacer nada, pero por ti sí. Te prometo que te voy a sacar de aquí, aunque tenga que mover cielo y tierra. Te lo aseguro. Voy a hablar con Emiliano. 

Juan: ¿De veras crees que va a hacer algo? Es por su culpa que estoy en esta bronca. Ya te lo dije.

Fernanda: Dudo que haya sido él. No le conviene un escándalo así. Lo conozco. Emiliano prefiere hacer todo bajo cuerda. Yo sé muy bien que va a hacer lo posible para sacarte de esta ratonera antes de que se forme un escándalo peor. 

Juan: Lo dudo.

Fernanda: Confía en mí. Todavía no hay nada definido. Además, estuve preguntando y al parecer el hijo de Octavio es el que está a cargo de tu caso. 

Juan: (confundido) ¿Octavio?

Fernanda: Sí, Octavio. Él ha sido buen amigo de la familia. Yo podría hablar con él para que persuada a su hijo y nos eche una mano.

Juan se queda pensativo y tiene una secuencia de recuerdos.


FLASHBACK

Octavio se coloca también una capucha y toma su arma. Con prontitud, apunta hacia Benjamín. Este se sorprende al ver que hay más hombres. Juan también se da cuenta.

Juan: ¡Benjamín! ¡Cuidado!

Todo pasa en cuestión de segundos. Octavio, sin pensarlo, le dispara múltiples veces a Benjamín. Varias de las balas caen directamente en su pecho, una en el corazón.

Juan: ¡¡Benjamín!!

FIN DEL FLASHBACK


FLASHBACK

INT. BODEGA/HABITACIÓN CONTIGUA – NOCHE

Juan está oculto entre estructuras metálicas y costales, atado, amordazado, respirando con rabia. Es sujetado por sus captores. Cristian está junto a ellos. Logran escuchar de lejos la conversación con los policías.

Emiliano: (off screen) Me temo que se equivocaron, oficiales. No sé quién les dijo semejante babosada, pero esta bodega es mía. La compré hace años y pues, se quedó abandonada. Ya saben cómo es la vida. Trabajo, negocios…


CORTE A:

INT. BODEGA/ENTRADA – NOCHE

Policía 1: (a Octavio) ¿Y usted es…?

Octavio: Comandante Octavio Luján.

Octavio les extiende la mano, con evidente nerviosismo. 

FIN DEL FLASHBACK


FLASHBACK

Juan suelta un suspiro, exhausto, con un nudo en la garganta. Es súbitamente interrumpido por la puerta que se abre. Gael entra con una carpeta en la mano.

Gael: Christian Fonseca Rivas, ¿no?

Juan levanta la mirada, sin responder.

Gael: Yo soy el detective Gael Luján, del departamento de crímenes violentos.

FIN DEL FLASHBACK


Juan se queda pensativo como atando cabos. Fernanda se da cuenta.

Fernanda: ¿Qué te ocurre? ¿En qué piensas?

Juan: En nada. Simplemente no me quiero quedar más tiempo en este sitio.

Fernanda: No te desesperes. Te voy a conseguir el mejor abogado y por nada del mundo voy a permitir que pises una cárcel, ¿me oyes? Mañana mismo sales. 

Fernanda mete las manos entre los barrotes para intentar tocarlo. Juan se aleja instintivamente y, en silencio, le da la espalda. Fernanda se queda viéndolo unos segundos, sobreanalizando, y alcanza a percibir algo diferente en él que la inquieta.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – DÍA

Gael recién llega a su oficina y mientras se quita un saco, el policía que lo acompañó al hotel entra justo después con un sobre en las manos.

Policía: Por fin los tenemos, detective. Estos son los resultados con las comparaciones de las huellas del occiso y del sospechoso, además de la prueba de sangre. Los acaban de enviar del laboratorio.

Gael recibe el sobre con evidente interés y se queda viéndolo.

Gael: Muy bien. ¿Y qué te dijeron en el hotel? ¿Cómo se llama la mujer que llegó a la recepción?

Policía: No se registró.

Gael: (desconcertado) ¿Cómo que no se registró? 

Policía: Hablé con el recepcionista que estaba de turno y al parecer la mujer solo se acercó, saludó y le aseguró que Christian Fonseca la estaba esperando. Como la visita fue confirmada por el fallecido, el recepcionista no le vio nada sospechoso y la dejó subir a la suite.

Gael se queda pensativo, evidentemente frustrado. 

Gael: Va a estar complicado saber la identidad de esa tipa. Por lo que vi en la grabación, ella es la asesina, lo que no descarta que el detenido también esté detrás. Él perfectamente podría ser el autor intelectual del crimen. ¿Qué hay de las huellas que encontraron en la habitación? ¿Qué han dicho los forenses?

Policía: Dejé una copia ahí en el sobre para que usted la lea. Como es confidencial, desconozco cuál fue el material biológico que encontraron.

Gael: Está bien. Yo me encargo de enviarle todo al juez antes de la audiencia. Buen trabajo. Ya te puedes retirar.

Policía: Claro que sí. Con permiso. ¡Ah, y por cierto! La madre del detenido lo ha estado esperando. Dice que necesita hablar urgentemente con usted.

Gael: Hazla pasar. 

Policía: Enseguida.

El policía sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. Gael aprovecha el momento a solas, rasga el sobre y saca los resultados para leerlos. Tarda unos segundos y pasa una hoja. Luego dibuja una leve sonrisa en el rostro.

Gael: Yo sabía que había algo raro, algo no me cuadraba. La intuición no me falla, carajo (Pone los documentos en el escritorio). Juan de La Cruz Quintana no es el muerto. El muy pendejo pensó que podía sostener la mentira.

De repente, el hombre es interrumpido por los toquidos en la puerta.

Gael: Sí, adelante.

Gael mete los documentos dentro del sobre. Fernanda entra y cierra la puerta. 

Fernanda: (sonriendo) Buenas tardes. 

Gael: Buenas tardes. 

Fernanda: Tú debes ser Gael, ¿no? El hijo de Octavio. 

Gael: Sí, soy yo y usted debe ser la señora Fernanda Rivas de Fonseca. Me informaron que me estaba esperando.

Fernanda: En efecto. Mucho gusto.

Fernanda le extiende la mano y ambos se saludan con cordialidad.

Gael: (con seriedad) Tome asiento.

Fernanda se sienta al frente del escritorio. Gael se quita su chaleco y lo coloca en el perchero.

Gael: (sentándose en su silla) Bueno, usted dirá. La escucho.

Fernanda: Creo que no hay mucho qué decir. Todo esto no es más que un malentendido. Mi hijo no es ningún asesino y quería ver contigo la posibilidad, tú sabes, de liberarlo en el menor tiempo posible, ya que estás al cargo del caso y tu papá ha sido un gran amigo nuestro.

Gael dibuja una sonrisa de picardía.

Gael: Me va a disculpar, señora, pero la relación que su familia y mi papá tienen está completamente fuera del caso. 

Fernanda: (sorprendido) ¿Perdón?

Gael: Tal como escuchó. Yo solo soy un detective que está investigando, reuniendo pruebas, datos y no puedo ni voy a liberar a su hijo solo porque usted me lo pide. 

Fernanda: Creo que no me estás entendiendo…

Gael: (la interrumpe) La que no me está entendiendo es usted. Un juez es el único que puede determinar la medida cautelar para el sospechoso en una audiencia, sea que lo libere o lo ponga en detención oficiosa a espera de un juicio para dictar la condena por asesinato. 

Fernanda: Mi hijo no mató a nadie. Es ridículo siquiera pensar en algo así y yo no sabré mucho de estas cosas, pero sin pruebas no lo pueden retener un minuto más.

Gael: Fue arrestado en flagrancia y se encuentra en detención preventiva mientras se recolectan pruebas que establezcan la culpabilidad del sospechoso, y eso es justo de lo que yo me encargo, de buscar pruebas para llegar a la verdad. 

Fernanda: Mira, a mí me importa un comino tu trabajo. Conmigo no tienes que fingir ser un detective intachable porque, para empezar, tu padre tampoco lo es. Todo lo contrario, es un corrupto que nos ha hecho muchos favores.

Gael: Mi papá y yo somos muy distintos. Los favores que él le haya hecho a su familia me tienen sin cuidado.

Fernanda: ¿Y sí sabes que con una llamada te pueden relevar de tu cargo? Mi marido tiene muchos contactos.

Gael: Haga lo que quiera. Le repito, yo solo hago mi trabajo y cualquiera que sea el detective asignado al caso, el sospechoso debe pasar por una audiencia y, al paso que vamos, todo apunta a que es culpable, no solo de asesinato, sino de suplantación de identidad.

Fernanda: (desconcertada) ¿De qué estás hablando?

Gael sonríe con picardía y demora en contestar.

Gael: Dígame algo, señora. ¿Cómo puede estar tan segura de que el tipo que arrestamos es Christian y no su otro hijo, Juan de La Cruz Quintana?

Fernanda: ¿Qué estás insinuando?

Gael: Yo nada, pero es evidente que el occiso era hermano del sospechoso y, por ende, su hijo, uno al que usted regaló para que su marido no lo matara recién nacido (Fernanda se impacta). Y sí, estoy al tanto de la verdad. Mi papá me contó toda la historia. 

Fernanda enmudece al verse enfrentada de esa manera.

Gael: Tranquila. Me tiene sin cuidado ahondar en un caso de hace casi treinta años. Me interesa llegar a la verdad de este caso en particular y es que hasta para nosotros como policías nos queda difícil determinar quién es quién, así que…

Gael se inclina un poco hacia adelante y le susurra.

Gael: ¿Quién le garantiza que el sospechoso no es el hijo que usted regaló y que el muerto es el otro con el que usted se quedó? 

Fernanda solo sonríe con incredulidad.

Fernanda: Una posibilidad de ese calibre es ridícula. 

Gael vuelve a recostarse en la silla.

Gael: Bien lo acaba de decir. Es una posibilidad que no está de más considerar. 

Fernanda: ¿A dónde quieres llegar?

Gael: Yo a la verdad, nada más que eso. 

Fernanda: Pues yo más bien veo que no vamos a llegar a ningún acuerdo y solo estoy perdiendo mi tiempo contigo.

Gael: Es que aunque quisiera, ya le dije que no está en mis manos. Trate de entender y aprenda que no siempre la justicia se compra con contactos o con dinero, menos en un caso de interés público como este.

Fernanda se pone de pie notablemente molesta, sale de la oficina y da un portazo. Gael apenas se aturde y vuelve a fijar los ojos en el sobre que recibió con seriedad. 


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICIAL PRESIDENCIAL – DÍA

Emiliano se encuentra mirando por el ventanal hacia abajo, desde donde contempla periodistas y camarógrafos. Bebe un poco de licor y observa con rabia. De repente, su celular puesto sobre el escritorio suena. De mala gana, termina de beber el licor que le queda y contesta.

Emiliano: Habla


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/PASILLO – DÍA

Fernanda está al otro lado de la línea.

Fernanda: Me imagino que ya estás más que enterado de todo lo que está pasando. ¿Dónde estás? 


INTERCUT EMILIANO/FERNANDA

Emiliano: (con mal tono) ¿Qué pregunta, mujer? Pues en la pinche oficina, encerrado, escondiéndome de los periodistas esos que están afuera como buitres esperando a que salga. ¿Dónde más crees que voy a estar?

Fernanda: Deberías estar conmigo en la delegación, acompañándome en medio de esta locura que estamos viviendo. Christian está siendo acusado de algo horrible. Lo están acusando de haber matado a… (Se detiene abruptamente) Tú ya sabes, pero de eso hablamos después. Por ahora te necesito aquí.

Emiliano: ¿Y qué se supone que puedo hacer allá?

Fernanda: Mucho más que yo. Intenté persuadir al detective del caso que precisamente es el hijo de Octavio, pero fue inútil. 

Emiliano: Ni te metas con ese güey. Prefiero dejar a Octavio fuera de todo este pedo y que no se involucre. 

Fernanda: (desconcertada) ¿Por qué? Octavio es tu amigo. Podría ayudarnos.

Emiliano: ¡Que no, mujer! ¡Que no! Entiende. Tengo mis razones y no pienso darte explicaciones.

Fernanda: Entonces haz algo, mueve tus contactos, lo que sea.

Emiliano resopla, frustrado evidentemente. 

Fernanda:  Christian no puede pasar un minuto más encerrado en esa celda como un criminal. Debes ayudarlo, Emiliano. Te recuerdo que nuestra reputación está por el piso con este asunto y ante todo el mundo, Christian sigue siendo tu hijo. 

En ese instante se escucha que tocan la puerta de la oficina. Emiliano cuelga el celular y lo tira sobre el escritorio. 

Emiliano: (gritando) ¿Qué pasó?

Grettel entra a la oficina y cierra la puerta tras sí.

Emiliano: ¿Qué quieres?

Grettel: Emiliano, no hemos parado de recibir llamadas de periodistas de canales y periódicos, queriendo agendar una entrevista contigo. 

Emiliano: Para eso les pago, ¿no? Para que hagan su trabajo y les digan a esos periodistas de pacotilla que vayan a rascar a otro lado.

Grettel: Es que no se trata solo de los periodistas. Los socios, accionistas y varios inversionistas también ya empezaron a llamar y algunos ya amenazaron con dar por terminados los contratos y la sociedad con el corporativo. Temen que el escándalo los afecte.

Emiliano: ¡Nada más eso faltaba, chingada madre!

Emiliano se enfurece y lanza, sin éxito, el vaso en dirección a la secretaria, quien pega un grito asustada y se queda inmóvil. 

Grettel: ¿Vas a quedarte así, bebiendo nada más y escondiéndote? Deberías dar la cara y sacar a tu hijo de la cárcel si no quieres que esto se ponga peor.

Emiliano: Tú no eres quién para darme consejos y ya salte que quiero estar solo. Por ahora, ocúpate de seguir dando largas y nada de agendar citas con periodistas. ¿Entendido? ¡No quiero hablar con nadie!

Grettel solo lo mira con resignación y se retira. Emiliano apoya las palmas de las manos sobre el escritorio y se queda inmóvil. De repente, escucha en forma de eco las carcajadas de su padre que retumban por toda la oficina.

Ricardo: ¿Estás contento, Emiliano?

Emiliano voltea a ver, pero no ve a nadie alrededor.

Ricardo: ¿Eso era lo que querías? ¿El poder? ¿La herencia? ¿Mi dinero? Mírate ahora, escondido como una rata mientras tu reputación se pudre frente a todo el país.

Emiliano aprieta la mandíbula y empieza a respirar con dificultad, intentando calmarse.

Ricardo: ¿Valió la pena matar a Gabriel? ¿Valió la pena dejarme morir? ¿Valió la pena perseguir por años a ese pobre muchacho?

La voz parece venir de todas partes al mismo tiempo. Emiliano se lleva las manos a la cabeza, desesperado. Ricardo aparece detrás de él hablando con voz de ultratumba. 

Ricardo: Siempre fuiste el más débil de mis hijos porque para empezar ni mi sangre tenías. 

Emiliano se gira de golpe, pero no hay nadie y sus ojos se llenan de desesperación. Ricardo aparece detrás de nuevo, como jugando con él. 

Ricardo: Gabriel tenía todo lo que tú nunca ibas a tener. Por eso lo mataste. Porque jamás soportaste vivir a su sombra.

Emiliano: ¡Ya cállate, maldito viejo! ¡Cállate!

Emiliano toma un pesado pisapapeles del escritorio y con un rugido lleno de furia, lanza el objeto contra el ventanal. El cristal se estrella violentamente y el estruendo retumba por todo el piso. Las secretarias, los asistentes y demás empleados se sobresaltan al escuchar el golpe. Inclusive algunos se levantan alarmados. Dentro de la oficina, Emiliano empieza a destrozar todo lo que encuentra. Barre documentos del escritorio, tira una lámpara, azota una silla contra la pared y lanza carpetas al suelo hasta que al final cae de rodillas, exhausto. 

Emiliano: No me van a derrotar, claro que no. ¡A mí nadie me puede derrotar! ¡Mucho menos tú que ya estás muerto! ¿Oíste? ¡Nadie va a poder conmigo!

Emiliano va hasta el minibar de su imponente oficina, saca otra botella de licor, destapa con manos inseguras y bebe directamente del envase como si tuviera una sed ardiente al punto de limpiarse los labios con el dorso de la mano. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE MARÍA JOSÉ – DÍA

María José se encuentra terminando de empacar sus cosas en una maleta puesta sobre la cama. Gimotea un poco mientras dobla un vestido. Paula toca un par de veces la puerta para anunciarse, pues ya se encontraba entreabierta.

Paula: ¿Puedo?

María José voltea a verla con indiferencia y sigue en lo suyo.

María José: ¿Qué quieres?

Paula: Vine para que hablemos de lo que pasó hace rato en la delegación.

Paula se adentra en la habitación y se percata de la maleta.

Paula: ¿Y esto? ¿Qué haces empacando tu ropa?

María José: Me voy de esta casa. No quiero pasar un día más viviendo bajo el mismo techo que toda esta partida de asesinos, incluyéndote.

Paula: (sorprendida) ¡María José!

La joven voltea a verla con rabia.

María José: ¿Qué? ¿Te duele que te lo recrimine?

Paula: Más bien me desconcierta esa actitud. Pensé que las cosas estaban mejor entre nosotras y me habías perdonado.

María José: Lo intenté. Te juro que hice lo humanamente posible para perdonarte por todo lo que me ocultaste, solo que siempre termino descubriendo algo más.

Paula: No comprendo. Esta mañana me dijiste en la delegación que teníamos una conversación pendiente. ¿Era eso a lo que te referías?

María José: Sí, pero ya no tiene caso que te lo diga. Lo pensé y aunque me duela en el alma abandonarte ahorita con lo de tu enfermedad, lo mejor es que me aleje de ti de una vez por todas o me voy a volver loca. 

María José cierra su maleta. Paula se acerca e intenta detenerla.

Paula: Espera, por favor…

María José: Esta vez no me vas a retener con nada. Quise irme la primera vez cuando descubrí que mataste a tu propio hermano y que me ocultaste la verdad de la muerte de mis padres, y sin embargo me convenciste de regresar solo porque me aseguraste que ibas a desistir de tu venganza. Luego quise irme de nuevo y me quedé por tu enfermedad, pero esta vez es definitiva. 

Paula: No me hagas esto. No me dejes sola ahora que te necesito más que nunca.

María José: ¿Para qué? ¿Para seguir usándome y manipulándome a tu antojo? ¿Para eso me necesitas? Además ya escuchaste. No pienso casarme con Christian.

Paula: (desconcertada) Tú sabes que te quiero, te adoro. Jamás te usaría. Para mí no hay nada más bello que pasar estos meses de vida que me quedan a tu lado.

María José: Tú no te mereces mi compañía ni mucho menos mi cariño. Lo siento mucho, pero me voy.

Paula: Por lo menos explícame qué te tiene tan molesta. 

María José: No vale la pena.

Paula se apresura a cerrar la puerta de la habitación y se interpone.

María José: ¿Qué haces?

Paula: Tú no vas a salir de esta casa hasta que hablemos y aclaremos las cosas.

María José: Ya basta. Quítate, por favor.

Paula: No lo voy a hacer hasta que me digas de una vez qué te pasa. 

María José: (sonriendo incredulidad) De veras que eres una descarada. 

Paula: ¿Por qué me tratas así?

María José: Porque es lo que eres, una descarada, una cínica que no ha hecho más que verme la cara de estúpida. ¿O qué pensaste? ¿Que nunca me iba a enterar de que te acostabas con mi ex?

Paula se impacta al escucharla.

Paula: ¿Te volviste loca? ¿De dónde sacaste una cosa así?

María José: No tiene caso que lo niegues.

María José la mira con rabia, saca de su bolsillo el pulso que encontró y se lo enseña.

María José: ¿Ves esto? 

Paula reconoce de inmediato el objeto.

María José: Me lo encontré precisamente en el departamento de Michael, cerca a su cama, y es exactamente el mismo pulso que te regalé en tu cumpleaños hace tiempo.

Paula: (nerviosa) Estás malinterpretando las cosas. Eso no quiere decir nada.

María José: ¿Qué me dices de los videos?

Paula: (extrañada) ¿Qué videos?

María José: (suspirando) Mira, madrina. Michael murió asesinado hace unos días.

Paula finge sorpresa. 

María José: Y la policía descubrió que tenía cámaras escondidas en su departamento para grabar sus encuentros sexuales con muchas mujeres, entre ellas tú. ¿Sí sabías?

Paula desencaja el rostro al sentirse descubierta. 

María José: Lo curioso es que guardó todos los videos en un pendrive con mi nombre y la policía me llamó para entregármelo. Desconozco por qué. Quizá quería burlarse de mí así como has hecho tú todo este tiempo, pero el caso es que en esos videos estabas tú y no tienes cómo negarlo. 

Paula: (nerviosa) María José, eso tiene una explicación.

María José: No te preocupes. Creo que ya tuve suficiente, así que apártate antes de que termine de perder la paciencia contigo.

Paula: (desesperada) Dame una oportunidad de escucharme, por favor. Lo de ese tipo y yo fue un desliz. 

María José la observa con una mezcla de asco y decepción. Paula comienza a llorar.

María José: ¿Un desliz? ¿Así le llamas acostarte a escondidas con el hombre con el que yo tenía una relación? 

Paula: Yo estaba vulnerable, María José. Tú sabes mejor que nadie todo lo que he vivido estos últimos años. Michael apareció justo cuando me sentía más sola que nunca…

María José suelta una risa incrédula.

Paula: Michael y tú se la pasaban peleando, terminando y volviendo. Él me buscaba, me contaba sus problemas contigo, me hacía sentir escuchada. Poco a poco las cosas se dieron…

María José: (furiosa) ¡No me interesa!

Paula: (desconsolada) Perdóname.

María José: Con tus lágrimas no me vas a convencer de que lo que hiciste fue una traición, una cochinada. 

Paula: (arrodillándose) Te pido que me perdones, por favor. Yo no sabía lo que hacía.

María José: Sí que lo sabías. Yo dejé a Michael por ti, madrina. Lo dejé porque me convenciste de que iba a hacer un estorbo en nuestros planes y yo… yo acepté (Muy dolida) 

Paula sigue llorando inconsolable, de rodillas. María José también derrama un par de lágrimas ante la furia y la decepción que siente.

María José: Acepté porque creía que te estaba ayudando a vengarte; porque creía que eras la víctima y desde que llegamos a este país, descubrí que no. Que eres tanto o peor que Emiliano. ¡Eres una zorra!

Paula: No me juzgues así. Yo también tenía derecho a sentir algo bonito antes de irme de este mundo, a sentirme mujer, a sentirme deseada.

María José: ¿Con el novio de tu ahijada? 

Paula: Fue un error. ¿Hace cuánto nadie me veía como mujer? ¿Hace cuánto nadie me tocaba porque de verdad me deseara? Yo trabajé como prostituta de joven y solo quería que un hombre me hiciera mujer sin pagarme. Quería sentirme viva. Trata de entenderme.

María José: Te podría entender si hubiera sido con otro, pero no con mi ex, no con la persona con la que yo salía. 

Paula: Perdóname. Te lo suplico.

María José: Nada de perdón y pensar que todavía hace unos días sentía culpa por querer abandonarte, pero ya mi compasión por ti se esfumó. Es que ya hasta dudo que estés enferma y a saber de qué otras cosas has sido capaz.

Paula se pone de pie e intenta acercarse.

Paula: María José…

María José retrocede inmediatamente.

María José: No me toques.

Paula: No puedes dejarme sola. Tú eres lo único que me queda.

María José toma la maleta.

María José: Pues acostúmbrate, porque ya no pienso seguir atrapada en esta casa ni en tus mentiras.

María José intenta avanzar hacia la puerta. Paula vuelve a interponerse.

Paula: ¡No! ¡No te vayas!

María José: Quítate.

Paula comienza a hiperventilar.

Paula: No me abandones, por favor, no ahora.

María José: (muy contundente) ¡Adiós, Paula!

Paula observa desesperadamente alrededor. De pronto, toma unas tijeras sobre el tocador. María José se sobresalta.

María José: ¿Qué haces?

Paula rompe en llanto, completamente fuera de sí.

Paula: ¿Dudas de mi enfermedad? 

María José: Baja eso, madrina.

Paula: Estás siendo muy injusta conmigo y por lo visto nunca me vas a entender, y está bien, pero lo que no permito es que pongas en duda mi estado.

Sin pensarlo más, Paula comienza a cortarse mechones de cabello de manera torpe y desesperada. María José mira atónita.

María José: ¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loca?

Paula: El tratamiento igual me va a dejar calva y solo me voy a adelantar a ver si así sigues dudando de que estoy enferma.

María José: Basta. No es necesario. 

Paula: Claro que lo es. ¡Quiero que veas que esto no es ningún invento mío!

Paula continúa cortándose violentamente el pelo hasta que le queda a la altura de los hombros.

María José: Ya suelta esas tijeras.

María José deja la maleta y corre hacia ella.

María José: ¡Dame eso, por favor! ¡Ya basta!

Paula forcejea violentamente y le muestra los mechones que se ha cortado.

Paula: ¡Esto es lo que soy! ¡Una enferma terminal! ¿Ahora sí me crees? ¿Ahora sí?

María José intenta arrebatarle las tijeras.

María José: ¡Suéltalas!

En medio del forcejeo, Paula suelta un gemido. Las dos se quedan inmóviles. María José baja lentamente la mirada y descubre las tijeras enterradas en el abdomen de Paula. Sus ojos se abren con horror. Paula también observa la sangre comenzando a manchar su ropa.

Paula: (en un hilo de voz) María… José…

María José: (aterrada) ¡Madrina! 

Paula se lleva lentamente una mano al abdomen y observa la sangre escurriendo entre sus dedos. María José rompe en llanto, completamente paralizada.

María José: ¡Dios mío! ¿Qué hice?

Paula pierde fuerza en las piernas y cae de rodillas. María José reacciona de golpe y corre para sostenerla antes de que se desplome por completo. La joven presiona desesperadamente la herida mientras tiembla.

María José: ¡No te duermas! ¡Mírame! ¡Mírame, por favor!

Paula apenas logra mantener los ojos abiertos. 

María José: ¡Ayuda, por favor! ¡Ayúdenme! ¡Mi madrina está herida!

María José, llorando fuera de sí, toma el celular con manos temblorosas y marca rápidamente.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/PASILLO – DÍA

Chela ha llegado notablemente angustiada a la delegación por la que recorre el bullicio de gente de aquí para allá y se acerca a la recepción en la que hay una mujer policía atendiendo.

Chela: Buenas tardes.

Policía: Sí, buenas.

Chela: Verá, me urge ver a Christian Fonseca. ¿Cómo le puedo hacer para hablar con él?

Policía: ¿Es usted pariente?

Chela: Casi. Yo soy su… (Hace una pausa y se retracta) Trabajé muchos años para la familia. Fui el ama de llaves y fui la nana del muchacho. 

Fernanda aparece caminando desde el fondo del pasillo y se molesta al verla.

Fernanda: ¿Tú qué estás haciendo aquí?

Chela se gira al escucharla. 

Chela: Fernanda, necesito ver a mi niño.

Fernanda se acerca con discreción y la toma del brazo.

Fernanda: Lárgate. Tú no tienes absolutamente nada en este lugar que sea de tu incumbencia. 

Chela: Te lo suplico, hija

Fernanda: (muy molesta) Cierra la boca. No te atrevas a llamarme así (Dice casi rechinando los dientes). 

Chela: Ten tantito de compasión conmigo. Nada más quiero verlo, saber cómo está. Hazlo por piedad, por favor.

Fernanda: (susurrando) ¿Piedad? Tú no tuviste nada de piedad conmigo cuando me abandonaste con mi abuela, aunque te lo agradezco porque no sé qué hubiera sido de mí si me hubieras criado, justo tú que solo viniste a la ciudad a enredarte con un hombre casado. 

Chela se suelta de mala gana.

Chela: Fue un error gravísimo del que me voy a arrepentir hasta que me muera, pero tú no te quedas atrás. 

Chela mira a la mujer con reproche y por primera vez asume una actitud firme.

Chela: Tú estabas comprometida con Emiliano y sin importarte nada, te enredaste con Gabriel y desataste toda esa maldita tragedia que nos persigue hasta hoy en día. ¿Y me juzgas a mí?

Fernanda se sorprende al verse enfrentada.

Chela: Mira nada más lo que pasó. Uno de tus hijos está muerto y están acusando al otro de haberlo matado, y de seguro Emiliano está detrás. 

Fernanda: Desgraciada, no voy a permitir que…

Fernanda intenta guardar compostura al ver que hay personas alrededor que se percatan de la tensa conversación. Chela permanece firme.

Chela: ¡Quiero ver a Christian! Y si no me dejas, voy a hablar con la policía para contarles todos los crímenes que tu marido ha cometido en estos años, así me mate. Lo bueno es que hoy en día con tantos medios y celulares ya es más difícil tapar la verdad. 

Fernanda la mira de arriba a abajo con sumo desprecio. Chela, por su parte, no se deja intimidar. 


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA

Chuy justo viene llegando. Grettel se levanta de una banca ubicada al frente de la oficina, pues al parecer lo esperaba.

Grettel: Buenas tardes, padre.

Chuy: Grettel, hija.

Grettel: Me imagino que ya escuchó las noticias.

Chuy baja la cabeza, incómodo al escucharla. Grettel se le acerca y lo toma de las manos.

Grettel: Tranquilo. Yo ya sé todo. 

Chuy: (nervioso) ¿A qué te refieres?

Grettel: Conmigo no tiene que fingir. 

Grettel cuida que nadie los esté oyendo, por lo que echa un vistazo alrededor y se le acerca más para susurrar.

Grettel: Juan no está muerto como todos andan diciendo y usted es la primera persona a la que él llamaría para contarle que está vivo. ¿O me equivoco?

Chuy siente que el corazón le da un vuelco al escucharla y se pone nervioso.

Chuy: ¿Cómo te enteraste?

Grettel baja la mirada y se siente incapaz de responder.

Chuy: ¿Juan se comunicó contigo? ¿También te llamó?

Grettel tarda en responder.

Grettel: La verdad es que ni sé cómo decirle esto, padrecito. 

Chuy: (extrañado) ¿A qué te refieres?

Grettel frunce los labios al tiempo que se le forma un nudo en la garganta.

Grettel: Me siento fatal. Hoy me enteré que mi papá jamás me quiso y le pidió a mi mamá que me abortara.

Chuy se sorprende y a la joven se le quiebra la voz.

Grettel: Pero eso no es lo único. 

Chuy la observa expectante. Grettel traga saliva y en pocos segundos, los ojos se le llenan de lágrimas.

Grettel: Hice algo malo, algo muy malo y siento que voy a estallar si no lo hablo con usted que es la única persona que me podría escuchar y aconsejar. Tengo miedo de que las cosas salgan mal, pero fue lo único que se me ocurrió.

Chuy: Mejor ven. Pasemos y me cuentas con calma porque no te estoy entendiendo.

De repente, ambos son interrumpidos.

Jorge: Qué gusto verlo, padre.

Chuy voltea a ver. Jorge aparece por el pasillo arrastrando una pequeña maleta.

Chuy: (muy serio) ¿Qué está haciendo usted aquí? Creo haberle dicho que no volviera.

Jorge: Vine por unas cosas que me faltaban por recoger. Tengo derecho. No creo que me haya exiliado como al peor de los criminales.

Chuy: Muy bien. Pues si ya recogió lo que necesitaba, bien puede irse. Aquí no es bienvenido. Vámonos, Grettel. Pasemos a mi oficina.

Chuy se voltea para ignorarlo.

Jorge: Supongo que estará contento, ¿no?

Chuy se desconcierta al oírlo y vuelve a encararlo.

Chuy: ¿Contento?

Jorge: (acercándose) Claro. Yo ya me enteré por las noticias. Hoy no se ha hecho otra cosa más que hablar del asesinato del “gemelo perdido” de Christian Fonseca, el hijo de don Emiliano Fonseca.

Chuy frunce el ceño. 

Jorge: Quizá no me lo crea, pero no se imagina lo mucho que lo lamento. Juan era tan bueno. Es una pérdida muy grande, aunque creo firmemente en la justicia poética. Después de todo, Juan de La Cruz fue el culpable de que mataran a Benjamín. 

Chuy: (muy serio) No se atreva a burlarse de la situación.

Jorge: Yo no me estoy burlando. Estoy dándole mis condolencias si es que en algo le duele la muerte de ese muchacho.

Chuy aprieta la mandíbula, conteniéndose.

Chuy: ¿A qué vino realmente, Jorge? Diga lo que tenga que decir y lárguese de una vez.

Jorge se encoge de hombros con aparente inocencia.

Jorge: Solo vine a decir la verdad. Los verdaderos culpables de la muerte de Juan de La Cruz están aquí mismo. Usted y esta muchacha.

Grettel se pone nerviosa.

Chuy: Es mejor que mida sus palabras.

Jorge: ¿Por qué? ¿Acaso no es cierto? Creyeron que escondiendo a Juan de la Cruz allá en Villa Encantada, como si fuera un santo mártir, lo iban a salvar de su destino y mírelo nada más… Terminó muerto, traicionado, por su propio hermano o quizá por alguien más.

Chuy lo observa con los ojos desorbitados y parece entender.

Chuy: Entonces usted sabía… (Da un paso hacia adelante) Claro, usted estaba trabajando para ese criminal y me siguió para informarle del paradero de Juan. ¡Usted le puso una trampa!

Jorge: Yo eso no puedo decírselo, pero digamos que uno escucha y ve cosas ante las cuales es mejor ser prudente para saber usarlas en el momento propicio.

Chuy da un paso más, exaltado.

Chuy: ¿Cómo pudo? Cada vez que pienso que usted no puede hacer algo peor, termina superándose. ¿Cómo fue capaz?

Jorge: (cínico) Yo solo hice lo correcto. Juan tenía su destino marcado desde que nació y usted lo llevó directo a la boca del lobo desde el momento en que decidió esconderlo en este orfanato.

Chuy lo agarra violentamente por la sotana.

Chuy: (enfurecido) ¿Cómo tuvo la desfachatez de hacer algo tan miserable? ¡Usted no es más que un maldito!

Grettel: (preocupada) Padre…

Jorge apenas se inmuta, mirándolo con desprecio.

Jorge: ¿Qué? ¿Va a golpearme? Hágalo. Quiero que se quite su máscara de santo y asuma la clase de hombre que es, un mentiroso, soberbio, egocéntrico. Golpéeme.

Chuy: ¡Desgraciado! 

Grettel: Padre, cálmese, por favor.

Jorge: Usted debe reconocer que si ese muchacho está muerto es por su culpa. Usted sabía que él iba a traer desgracia a este lugar y yo… (Hace una pausa y sonríe con burla) Yo solo solo me adelanté a lo inevitable.

Chuy no lo soporta más, lo suelta y le lanza un puñetazo tan fuerte que el hombre va a dar contra la pared. Grettel grita.

Grettel: ¡Padre, no!

Chuy, sin embargo, está fuera de sí y le lanza otro puño en la cara.

Chuy: ¡Maldito! ¡Infeliz!

Chuy lo agarra de la sotana de nuevo y le propone otro golpe incluso más fuerte que los anteriores. Jorge se deja golpear y logran verse sus labios sangrando.

Chuy: (furioso) ¡Todo esto es su culpa!

Chuy grita enrojecido mientras le sigue propinando golpe tras golpe, consumido por la rabia. Jorge se burla a carcajadas, con los labios ensangrentados.

Jorge: ¡Eso, así lo quería ver! ¡Siga!

Grettel: (desesperada) Padre, deténgase, se lo pido. No vale la pena.

Jorge: (riéndose) ¡Siga, padre! ¡Siga!

Pronto, debido al escándalo, algunos seminaristas y monjas se asoman para ver, sorprendiéndose por la escena. Dos seminaristas corren para separarlos.

Chuy: (furioso) ¡Déjenme! 

Chuy se suelta de mala, llorando incluso del coraje. Varias personas del orfanato se han congregado y murmuran por la situación.

Chuy: Esto no se va a quedar así, Jorge. Cada una de las cosas que ha hecho no se van a quedar sin castigo. ¡Va a pagarlo todo muy caro!

Jorge: Yo no sé de qué me habla. Todos vieron aquí cómo usted me golpeaba como un completo troglodita y cómo ahora me amenaza.

Chuy: ¡Cínico, descarado!

Jorge sigue riéndose de forma siniestra. Chuy se pone la mano en el pecho. Ha empalidecido de repente. Grettel lo nota.

Grettel: Padre, ¿se siente bien?

Chuy se tambalea y un fuerte dolor agudo lo invade en el pecho.

Grettel: Padre… Ay, padre. ¿Qué tiene?

Chuy no logra decir nada más. Respira agitado y termina desmayándose en brazos de los seminaristas quienes lo sostienen.

Grettel: (aterrada) ¡Padre!

Los seminaristas lo colocan en un banco. Grettel se acerca para intentar reanimarlo. 

Grettel: Padre Chuy, dígame algo. Reaccione, por favor. 

Jorge solo sonríe con satisfacción ante lo que ha provocado y se va sin más, acomodándose la sotana.

Grettel: ¡Alguien que llame una ambulancia! ¡Es una emergencia!

Uno de los seminaristas sale corriendo para llamar al tiempo que los presentes observan con preocupación.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – DÍA

Chela entra con prontitud y se acerca a la celda. Juan aguarda allí, sentado en el piso.

Chela: ¡Christian, mi niño!

Juan alza la mirada, sorprendido al ver a la anciana mujer y se pone de pie rápidamente, sin saber qué decir.

Chela: ¡Ay, mi niño! Tenía el corazón en la boca en cuanto vi las noticias en el pueblo y no dudé en tomar el primer camión que salió para acá con tal de venir a verte. 

Chela mete las manos entre los barrotes para acariciarle el rostro. Juan se deja, aunque permanece callado.

Chela: Mírate nada más, aquí encerrado, como un criminal. Yo sé perfectamente que eres inocente de todo lo que te están acusando. Tú serías incapaz. Te conozco.

Juan sigue en silencio, con la mirada baja.

Chela: ¿Qué fue lo que pasó, mijo? ¿Cómo es que terminaste involucrado? ¿Fuiste tú el que llamó a Juan? ¿Te obligaron? ¿Es eso? 

Juan: Yo tampoco entiendo bien qué pasó. Lo único que sé es que era una trampa. Emiliano debe estar detrás. Estoy seguro. 

Chela: Me lo imaginé. ¿Y Juanito? ¿De veras está muerto?

Juan siente un nudo en la garganta.

Juan: Chela…

La mujer lo observa con atención. Algo en él parece incomodarla. El silencio se vuelve extraño.

Chela: ¿Por qué me hablas así? Tú nunca me llamas por mi nombre.

Juan levanta la mirada destrozada lentamente. Chela lo observa con suma atención durante varios segundos y parece darse cuenta. Niega con la cabeza, como no queriendo dar crédito.

Chela: No puede ser…

Juan siente que los ojos se le humedecen y no le salen las palabras al tiempo que se le forma una presión en el pecho. 

Chela: Dios mío, no puede ser (Niega con la cabeza).

Juan quisiera confesarle la verdad e intenta hablar, pero apenas logra mover los labios.

Chela: Tú… (Hace una pausa) Tú no eres Christian, ¿verdad?

Juan no responde y solo la mira dolido. Chela siente que un vacío enorme se le forma en el pecho, como si una terrible sospecha comenzara a tomar forma.

Chela: Tú no eres mi niño.

Juan: (en un hilo de voz) Perdóname.

Juan derrama las lágrimas finalmente. Chela deja escapar un gemido al confirmar la verdad y siente que el aire le falta.

Juan: Christian está muerto, Chela.

Chela: (negando) Mentira, mi niño no…

Juan: Lo siento mucho. 

Chela se cubre la boca con ambas manos para que su llanto no sea escuchado. 

Chela: Christian, mi niño. ¡Ay, mi niño! 

Chela sigue llorando inconsolablemente. 

Chela: Dios mío santo, debe ser mentira. Ay, no me puede estar pasando esto. Señor, por favor, no. 

Chela oye e intenta controlar su llanto, aunque le es imposible.

Chela: ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Repite sin controlarse) Ay, mi niño, no puede ser. Esto tiene que ser una pesadilla. 

Juan también llora, dolido al verla así en medio de aquella solitaria celda. 

Juan: Yo no le hice nada. Te lo juro. Me golpearon cuando llegué y cuando me desperté, ya estaba moribundo.

Chela llora inconsolable al oírlo.

Juan: Me pidió que me hiciera pasar por él. Yo no quería, pero se murió pidiéndomelo. Me hizo prometerle que iba a seguir yo solo, que él iba a tomar mi lugar para que ellos no salieran con la suya. Lo mataron, Chela. 

Chela se ahoga en su propio doloroso llanto.

Juan: Yo sé que lo querías mucho y estoy seguro de que él también a ti. Te lo arrebaté. Perdóname.

Chela intenta tranquilizarse y respira hondo varias veces.

Juan: Lo siento tanto. Perdóname, por favor. 

Chela traga saliva, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no nublarse.

Chela: Tú no hiciste nada.

Juan: Sí, sí es mi culpa. Lo mataron por mi culpa, así como a mi padrino, a Benjamín… 

Chela se acerca a la celda, endureciendo la mirada con los ojos bañados en lágrimas.

Chela: ¡Escúchame! ¡Tú no hiciste nada! Esto no es obra tuya. 

Juan: Es que todos los que me quieren me los matan. Yo ya ni sé si sea mejor decir la verdad para acabar con esto y morirme de una vez como quiere ese desgraciado de Emiliano o hacer justicia arriesgándome a perder más personas. Ya no sé qué hacer, Chela. Me voy a volver loco. Ya no sé qué hacer. 

Chela: Sí sabes. Tú no eres como yo. Tú no eres un cobarde y bien me lo dijiste hace unos días cuando te conté mi historia.

Juan: Pero me cansé. Me quiero rendir. Dios está permitiendo que me pase todo esto y ya no voy a aguantar más. Estoy cansado. 

Chela: ¿Y vas a dejar que las muertes de todas esas personas que te protegieron sean en vano?  Mira nada más quién fue la víctima esta vez (Comienza a llorar de nuevo). Christian no se lo merecía. Sufrió mucho para acabar así y me quema por dentro saberlo muerto sin haber tenido la oportunidad de estar tranquilo, feliz…

Juan se aferra a los barrotes, gimoteando, con los ojos hinchados y una barba de varios días.

Chela: Yo antes pude haber tratado de convencerte de que te alejaras, de que te rindieras, pero esta es una guerra de no acabar y el único que la puede parar eres tú. No vayas a dejar que la muerte de tu hermano haya sido para nada. 

Juan: Me van a cachar. Me van a descubrir en cualquier momento.

Chela: Claro que no. Nadie se va a enterar porque tú ya no eres el mismo muchacho a punto de ordenarse sacerdote. Ese se murió y escúchame porque no pienso repetírtelo.

Juan la escucha con atención. Chela asume una actitud más valiente que intenta infundir en él.

Chela: Desde este momento, tú ya no eres Juan de La Cruz. A partir de hoy, grábatelo muy bien, te llamas Christian. ¡Christian Fonseca! Ese va a ser tu nombre. ¿Sí me oyes? ¡Christian sigue vivo! 

Juan parece dudar, aunque endurece el rostro.

Chela: Y cualquiera que sea el nombre, sigues siendo mi niño también. ¿Me entiendes? Nunca te voy a dejar solo mientras tenga vida.

Chela, de nuevo, mete las manos por los barrotes y lo acaricia con ternura aun en medio del dolor. Juan parece asentir a esa nueva identidad que apenas ahora comienza asumir. 

CONTINUARÁ…

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