Capítulo 29: Corruptio

INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/PASILLO – DÍA

Chela camina lentamente, pensativa, con las manos cruzadas y puestas a la altura del vientre, de manera recatada. Fernanda la ve salir y no tarda en acercarse a ella con discreción.

Fernanda: ¿Qué hablaste con mi hijo?

Chela tarda en responder y solo la mira con seriedad, con los ojos hinchados después de haber llorado. 

Chela: Lo que haya hablado con él no es de tu incumbencia. 

Fernanda: (incrédula) ¿Perdón?

Chela: Más o menos eso mismito me dijiste cuando llegué hace rato a pedirte que me dejaras verlo. Me dijiste que no había nada aquí que fuera de mi incumbencia. ¿O ya se te olvidó?

Fernanda: Veo que has sacado las uñas poco a poco. Claro, como ya no trabajas en la casa, te crees con derecho de hablarme así.

Chela: Tengo todo el derecho del mundo porque, aunque te retuerzas y te arrastres por el piso, nunca voy a dejar de ser tu madre, Fernanda.

Fernanda siente enfurecer al oírla y mira hacia los lados con incomodidad.

Chela: Y Christian siempre va a ser mi nieto, te guste o no. 

Fernanda: Eres una igualada. Pudiste parirme, pero eso nunca te va a dar el derecho de ser mi madre. 

Chela: ¿Y a poco tú sí crees que has sabido ser una verdadera madre todos estos años? Yo te abandoné, sí, pero te recuerdo que tú también abandonaste a uno de tus hijos. 

Fernanda respira agitada, conteniendo su ira.

Chela: Lo abandonaste a su suerte y prácticamente su muerte es tu culpa. Te quedaste con uno de los niños como si fueran cachorritos de dónde escoger. Debería darte vergüenza juzgarme.

Fernanda: Di lo que quieras. No pienso perder la compostura si eso es lo que buscas.

Chela: Lo único que busco es que seas una madre por primera vez en tu vida y hagas lo posible por sacar al único hijo que te queda de este lugar.

Fernanda: No necesito que me digas qué hacer. Yo sé perfectamente cómo debo proceder.

Chela: (incrédula) ¿Ah, sí? ¿Y cómo? A ver, dime. ¿Qué puedes hacer tú si ni poder tienes?

Fernanda: Emiliano no va a dejar que Christian se pudra en la cárcel. El escándalo no le conviene.

Chela: Deja de ser tan mensa y tan estúpida. El que mi niño esté aquí es culpa precisamente de ese canalla. Él mató a Juan y quiere inculpar a Christian. ¿Que no lo ves? 

Fernanda: (muy incómoda) Cállate. No hables de más.

Chela: Es la verdad. Quiso matar dos pájaros de un solo tiro y lo va a lograr si lo dejas hacer lo que se le dé la gana como hace veintisiete años cuando te quitó a uno de los niños mientras tú tan campante se lo permitiste. 

Chela se acerca para susurrarle algo a la mujer con un tono firme.

Chela: Y una cosa te voy a advertir, Fernanda. Si Christian no sale de esa celda a más tardar mañana, yo me voy a encargar de destapar la podredumbre de esta familia. ¿Entendiste?

Chela se retira con decisión y sin decir nada más. Fernanda intenta guardar la calma, aunque le es difícil, pues inclusive tiembla al intentar acomodarse el cabello. 


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – NOCHE

Martha llega de forma apresurada. Grettel aguarda allí, de pie, recostada en la pared con los ojos perdidos y sollozando.

Martha: Grettel, hija.

Grettel se endereza al verla y se limpia los ojos discretamente. Martha se le acerca.

Martha: Ay, bendito Dios. Tomé un taxi para acá en cuanto me llamaste. ¿Cómo sigue el padrecito?

Grettel: Todavía no me han dado noticias, pero tuvieron que ingresarlo al quirófano de urgencia. Espero que aguante.

Martha: ¿Tan mal está?

Grettel: (con la voz quebrada) Lo vi muy pálido y según alcancé a escuchar, esta vez le dio un infarto y había que intervenir lo más rápido posible. 

Martha se santigua al escucharla.

Martha: (mirando hacia arriba) Dios mío, ayúdanos. Permite que la cirugía sea un éxito, por favor. Permite que tu siervo salga de esta. Te lo suplico. 

Grettel: Tú también has estado enferma y tienes que tranquilizarte. Fue lo primero que te pedí cuando te llamé y lo que menos necesito es que también te descompongas o algo.

Martha: ¿Cómo quieres que esté tranquila con todo lo que está pasando? Mira lo que andan diciendo en la tele. De seguro eso fue lo que descompensó al pobre padre Chuy. De hecho iba de salida para la delegación cuando me llamaste y me diste esta otra mala noticia.

Grettel: ¿Qué ibas a hacer allá?

Martha: ¿Cómo a qué? Qué pregunta. Pues a ver a Juan, a hacerle compañía. No me digas que tú no sabes la situación.

Grettel: Claro que sé, pero ni se te ocurra ir por allá.

Martha: ¿Por qué? Juan nos necesita. Debe estar solo, muy asustado, encerrado en ese sitio como un delincuente. El padre Chuy no puede ir y ahorita Juan solo nos tiene a nosotras.

Grettel: A ver, mamá. Juan no es al que arrestaron. 

Martha: ¿A qué te refieres?

Grettel: ¿Que no entendiste las noticias? 

Martha: Claro que las entendí, pero me niego a creer una cosa así. Estoy segura de que se confundieron. Juan y el otro muchacho, ese tal Christian, son gemelos y por tanto son idénticos. La policía se confundió.

Grettel: ¿Qué te hace creer que se confundieron?

Martha: Tengo una corazonada aquí en el pecho. Juan de La Cruz ha sido como un hijo para mí y yo sé que sigue vivo.

Grettel: (con dureza) Pues te equivocas.

Martha: El corazón no se equivoca. Eres tú la que está equivocada.

Grettel aprieta la mandíbula. Los ojos se le llenan de lágrimas, pero hace un esfuerzo brutal por mantenerse firme y sujeta a su madre de ambos brazos con fuerza.

Grettel: ¡Escúchame, mamá!

Martha sigue negándose, aunque poco a poco algo se va rompiendo en ella. 

Grettel: Juan está muerto (Habla acentuando cada palabra). ¡Está muerto! ¿Entendiste? ¡Está muerto y no va a volver!

Martha: No es verdad.

Grettel: Lo es y tienes que aceptarlo.

Martha se suelta de su hija, mirándola con reproche y comienza a sollozar.

Martha: ¡Pues no te creo! Yo conozco a ese muchacho. Él también es mi hijo, no de sangre, pero sí del corazón y algo me dice que sigue vivo. Lo siento aquí.

Se lleva una mano al pecho.

Grettel: Las corazonadas no reviven muertos. Déjate de cursilerías y acepta la realidad.

Martha: ¿Cómo puedes hablar con tanta frialdad? Tú eres su amiga, estuviste enamorada de él de niña. 

Grettel: Y todavía lo estoy (Martha se sorprende). Voy a amarlo quién sabe cuánto tiempo, pero no por eso soy tan ingenua como tú.

Martha siente el golpe de aquellas palabras.

Grettel: Yo sí estoy siendo realista y tengo clarito que el amor de mi vida se murió. 

Martha niega con la cabeza y un amargo nudo se le forma en la garganta.

Grettel: Juan no va a volver nunca más y mañana lo van a enterrar. Puedes ir a comprobarlo tú misma al funeral.

Martha suelta lágrimas discretas, aunque saca fuerzas, aferrándose a lo que siente.

Martha: ¡Me niego! ¡Me sigo negando a creer esa mentira! Porque eso es lo que es, una mentira, un malentendido.

Grettel: Ya basta, por favor. 

Martha: ¡Basta es lo que te digo yo a ti! Yo reconocería a Juan de inmediato y hasta que yo no hable con ese supuesto muchacho que está arrestado, hasta que no lo vea, voy a seguir creyendo que es él que sigue con vida y esa esperanza no me la puedes quitar.

Grettel: Cree lo que quieras entonces.

Grettel se aleja de su madre y le da la espalda mientras se abraza a sí misma, con seriedad. Martha, entre lágrimas, solo niega con la cabeza ante la frialdad de la joven y toma asiento. María José se encuentra a solo unos metros de allí, en aquella misma sala de espera. Grettel alcanza a verla y se queda observándola. 

Grettel: (susurrando) Me parece familiar esa tipa. ¿Dónde la he visto?


FLASHBACK

EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE

Juan se hiperventila y casi se derrumba María José lo sostiene. Grettel, a lo lejos, observa lo que ocurre y se preocupa, pero no se acerca al ver a María José, cosa que la desconcierta.

María José: ¡Mírame, Juan! 

María José lo toma del rostro, hablándole con firmeza.

María José: ¡Respira conmigo! ¡Ahora!

Juan intenta obedecer, pero el aire le falta y sus ojos se llenan de lágrimas. 

FIN DEL FLASHBACK


Grettel deja de recordar.

Grettel: Claro, es la tal amiga de Juan, la que llegó con él esa noche que el padre Chuy se desmayó la primera vez. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Será que sabe algo?

María José, por su parte, solo se recuesta en la pared, notablemente inquieta y angustiada. Una doctora va pasando justo con una enfermera, por lo que ella se apresura a detenerlas.

María José: Disculpen, qué pena que las aborde así, pero llevo ya casi tres horas esperando y todavía no me dicen nada de mi madrina.

Doctora: ¿Cómo se llama la paciente?

María José: Paula Fonseca. La ingresaron por una herida en el abdomen provocada por unas tijeras.

Doctora: Veamos… (Revisa en la planilla y demora unos segundos) Ah, sí. Justo iba a dirigirme a buscar a los familiares de la paciente. 

María José: Yo soy su ahijada. ¿Cómo sigue?

Doctora: Afortunadamente no se comprometió ningún órgano y fue una herida netamente superficial.

María José se lleva una mano al pecho y resopla.

Doctora: Logramos suturar la herida y ya se encuentra fuera de peligro, así que le vamos a dar de alta esta misma noche. 

María José: Ay, qué alivio. Estaba muy nerviosa, pensando lo peor. ¿Puedo pasar a verla?

Doctora: Sí, por supuesto. 

María José: Gracias, doctora. 

María José se dirige a la sala de emergencias donde reposan los pacientes. Grettel, de lejos, se queda viendo con suspicacia. 


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – NOCHE

Juan, entretanto, continúa encerrado, perdido en sus pensamientos, recordando la conversación reveladora que tuvo con su abuela.


FLASHBACK

Juan: Me van a cachar. Me van a descubrir en cualquier momento.

Chela: Claro que no. Nadie se va a enterar porque tú ya no eres el mismo muchacho a punto de ordenarse sacerdote. Ese se murió y escúchame porque no pienso repetírtelo.

Juan la escucha con atención. Chela asume una actitud más valiente que intenta infundir en él.

Chela: Desde este momento, tú ya no eres Juan de La Cruz. A partir de hoy, grábatelo muy bien, te llamas Christian. ¡Christian Fonseca! Ese va a ser tu nombre. ¿Sí me oyes? ¡Christian sigue vivo! 

FIN DEL FLASHBACK


Juan deja de recordar y mantiene una expresión amarga en el rostro.

Juan: Chela tiene toda la razón. No me puedo rendir ahora. Confesar la verdad y decir quién soy solo me va a hundir más. Me van a condenar por asesinato porque nadie le va a creer a un pobre diablo como yo y eso sería darle la derrota a Emiliano. Christian me prestó su nombre y es mi única posibilidad de salir de aquí. 

De repente, se acercan dos policías que traen esposado a un joven notablemente golpeado. Juan se extraña. Uno de los policías le quita las esposas al joven mientras que el otro abre la celda de al frente y lo obligan a entrar. Luego, ambos policías cierran la celda y se retiran. Juan ve al joven en silencio.

Damián: Pinches puercos, se pasan de lanza. Creen que te pueden tratar como se les da la gana a los muy hijos de la chingada solo porque son policías.

Damián se deja caer en la litera, quejándose del dolor.

Damián: ¿Qué tanto miras? ¿Se te perdió uno igual o qué?

Juan no le responde y solo continúa mirando hacia el vacío. 


INT. HOSPITAL/SALA DE EMERGENCIAS – NOCHE

María José ingresa a la sala en la cual, a su vez, hay varias habitaciones separadas por cortinas. Paula reposa recostada en una de las camas, con el cabello mal cortado y conectada a suero intravenoso. Ve a su ahijada y le rehúye la mirada con indiferencia.

Paula: Pensé que te ibas. Estabas tan decidida.

María José: Madrina, por favor. Me hiciste pasar el susto de mi vida. Tampoco tengo el corazón tan negro como para dejarte así, muy a pesar de que no te lo mereces.

Paula: ¿Me vas a seguir reprochando cosas? Porque sinceramente ya me estoy hartando de que me hagas sentir como una basura y como una maldita. 

María José: Lo eres.

Paula: (sorprendida) ¡María José!

María José: Es la verdad. Me has metido muchísimo y la gota que colmó el vaso fue descubrir que te revolcabas con mi ex. Hasta ahí llegó mi paciencia.

Paula: Está bien. De ser así, prefiero que te vayas y me dejes morir tranquila los meses que me faltan. Ya no me perturbes más.

María José: Mira, no tengo ánimos de discutir y estoy segura de que tú tampoco, pero esto que pasó solo me hace ver que la relación de las dos es bastante tóxica y necesitamos separarnos. 

Paula: (sonriendo con ironía) Hablas como si fuéramos una pareja de lesbianas.

María José: Las relaciones tóxicas no se limitan solamente al plano romántico. 

Paula: ¿Y qué vas a hacer entonces? ¿Te vas a ir por fin? ¿Me vas a abandonar?

María José tarda en contestar.

María José: Es lo más sano.

Paula desencaja el rostro y la mira con una fingida tristeza.

María José: Pero antes de que me digas cualquier cosa, quiero que sepas que no voy a abandonarte. Voy a vivir por mi cuenta, sola. Pienso buscar trabajo y te voy a contratar una enfermera para que esté al pendiente de ti.

Paula: No quiero tu caridad ni tu lástima. 

María José: Es lo máximo que humanamente puedo hacer por ti porque todavía me está costando procesar el hecho de que no solo me ocultaras información sobre la muerte de mis padres y que mataras a tu propio hermano, sino también que fueras amante de mi ex y esa, madrina, esa fue la gota que colmó el vaso.

Paula: Perdóname. Yo sé que te he hecho mucho daño, pero dame una última oportunidad. 

María José: (sollozando) Estoy cansada de darte oportunidades y ya no puedo más. Lo siento. 

Paula se apresura a agarrarla con desesperación de una mano.

Paula: Te lo suplico, María José. Yo no voy a durar mucho tiempo y ya voy a dejar de ser una carga para ti. Quédate. Sigamos con los planes. Cásate con Christian. Yo me voy a encargar de que Fernanda se retracte y te pida perdón. 

María José: (soltándose) Esta vez no, madrina. Podré sonar egoísta y dura, pero aunque te cortes el pelo como esta tarde o te arrodilles, no voy a ceder.

María José siente que se le forma un nudo en la garganta, resopla e intenta no llorar. Paula se ve derrotada. 

María José: Lo siento mucho. 

Es así como la joven da media vuelta para retirarse. Paula frunce el ceño a solas.

Paula: (susurrando) Estúpida, no pienso perder los mejores años de mi vida en los que me dediqué a criarte para que me salgas con esto ahora y me eches a perder mis planes. Todo es culpa de ese maldito de Michael. Me jugó sucio el muy degenerado. Con que videos, ah…

Paula se queda en silencio unos segundos y un recuerdo cruza por su mente.


FLASHBACK

INT. DEPARTAMENTO DE MICHAEL – NOCHE

Michael: (resignado) Está bien, pero necesito que me des algo más que también me podría ayudar.

Paula: (sonriendo incrédula) De veras que eres descarado.

Michael: No te estoy hablando de dinero. Me refiero al cura.

Paula: ¿Qué cura?

Michael: El del orfanato que vimos ese día cuando fuimos juntos para buscar a María José.

Paula: (extrañada) ¿Por qué me preguntas por él?

Michael: Hay algo muy raro. Mi jefe al parecer está buscándolo porque tenía una foto de él en un expediente en su oficina, aunque se veía diferente. El caso es que, ese día en el orfanato, me di cuenta de cómo lo miraste, como si lo conocieras. María José también lo conoce y se puso nerviosa. ¿Quién es ese tipo? 

Paula se queda en silencio y enarca una ceja, con seriedad, sin saber qué responder.

Michael: ¿Qué tiene que ver con ustedes como para que mi jefe lo esté buscando?

Paula: Es mi sobrino. Juan se llama (Michael se sorprende). Es gemelo de Christian, así que muy probablemente el que viste la foto no haya sido el cura, sino él, nada más que usaron su foto como referencia para encontrar al cura por el parecido.

Michael: (confundido) ¿Por qué lo buscan?

Paula: Emiliano de seguro le está pagando a Octavio para que lo encuentre y poder matarlo. No le conviene tener un heredero vivo andando por ahí. Mi cuñada lo abandonó cuando nació.

Michael sonríe como quien encuentra un tesoro.

Michael: No lo puede creer. ¿Quién diría que yo me lo iba a encontrar así, tan de la nada? Una información de esas vale millones.

Paula: En efecto, puede ser la solución a tus problemas ahora que lo pensamos bien. Emiliano no va a dudar en pagarte lo que sea para que le digas dónde está el otro bastardo. 

Michael: ¿Crees que me dé más de lo que necesito?

Paula: Muchísimo más, aunque yo que tú, le pediría solo lo que debes. Más adelante le puedes cobrar el favor pidiéndole más.

Michael: No suena mal.

Paula: E Incluso hasta a mí me conviene que ese cura salga de circulación. Christian debe ser el único heredero de la familia y María José tiene que casarse con él. Un heredero más solo va a entorpecer todo. 

FIN DEL FLASHBACK


Paula deja de recordar y entrecierra los ojos, analizando ese momento.

Paula: De ser cierto que había videos en el departamento de ese infeliz, esa conversación debió quedar grabada. ¿Por qué María José no me mencionó nada al respecto? Pudo haberme reclamado. Le entregué información a Michael sobre el tal Juan y prácticamente, gracias a mí, Emiliano supo de él. 

La mujer se queda pensativa.

Paula: Además, María José mencionó que las grabaciones estaban en manos de la policía. Con esa grabación, la policía ya debería haber capturado a Emiliano por haber secuestrado e intentado matar al muchacho ese. ¿Por qué todavía no lo han hecho? Hasta a mí podrían haberme interrogado.

Paula tiene otro recuerdo de la vez en que dio la orden para que medicaran a María José en contra de su voluntad.


FLASHBACK

Paula: Escúchame. Puede que esto no te haga sentir más tranquila, pero de seguro el muchacho ese escapó.

María José: (sorprendida) ¿Por qué lo dices?

Paula: Christian y Emiliano tuvieron un accidente muy fuerte en la autopista hacia Cuernavaca hace dos días. Iban en una camioneta. Octavio también iba con ellos junto con otro hombre y la camioneta quedó hecha pedazos, se incendió. Juan no estaba allí. 

María José parpadea varias veces, intentando procesar aquella noticia.

Paula: El conductor supe que murió. Emiliano y Christian lograron salir antes de que la camioneta explotara. Octavio sí creo que está grave.

FIN DEL FLASHBACK


Paula: (dejando de recordar) Octavio es policía. Pudo haber ayudado a Emiliano a que se grabación se mantuviera oculta, solo que el imbécil estaba en el hospital después del accidente. Dudo que haya hecho algo en esa condición y tampoco hubiera demorado en delatarme con Emiliano para decirle que me quería vengar de él y que yo estaba aliada con Michael (Hace una pausa). Hay alguien más dentro de la policía ocultando parte de esas grabaciones, pero ¿por qué? 

Paula frunce el ceño profundamente, pues algo no termina de cuadrarle.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – NOCHE

Damián lleva varios minutos caminando de un lado a otro dentro de la celda contigua, fastidiado por el encierro. De vez en cuando patea los barrotes o se asoma hacia el pasillo con ansiedad.

Damián: Ya me tienen hasta la madre aquí metido. ¡Pinches policías inútiles! ¿Hasta cuándo piensan dejarme encerrado si yo ni hice nada?

Juan permanece sentado en el piso, recargado contra la pared, ausente, con la mirada clavada en algún punto invisible.

Damián: (gritando) ¿Qué? ¿No me escuchan? ¡Ya sáquenme de aquí, cabrones!

Juan suspira cansadamente, sin mirarlo.

Juan: Quejándote no vas a arreglar nada.

Damián lo voltea a ver, molesto.

Damián: ¿Y tú qué sabes? Ni te topo. Ni sabes por qué estoy aquí.

Juan: (desanimado) De seguro por mucho menos de lo que me acusan a mí y no me ando quejando tanto como tú.

Damián lo observa con curiosidad y se humedece los labios, como si fuera una costumbre.

Damián: ¿Ah, sí? ¿Y de qué te acusan, pues?

Juan tarda unos segundos en responder. Baja la mirada.

Juan: De matar a mi hermano.

Damián abre los ojos con sorpresa y luego suelta una risa incrédula.

Damián: No mames. ¿Neta? ¿A tu propio hermano?

Juan: Yo no lo maté. Me están incriminando y desde anoche no he dejado de pensar cómo le voy a hacer para demostrar que yo no fui.

Damián chista con la lengua.

Damián: Está pesado eso y yo que pensé que lo mío estaba jodido.

Juan lo mira apenas.

Juan: ¿De qué te acusan a ti?

Damián: Me arrestaron por una bronca con un vejete que no me quiso pagar y pues el muy pendejo se quiso pasar de lanza y le di su madriza. Los vecinos fueron los que llamaron a la poli. El vejete pensó que porque uno se gana la vida así puede hacer lo que quiera y pues no.

Juan frunce ligeramente el ceño, confundido. Damián se ríe al notar su expresión.

Damián: Sí, ya sabes, carnal. Yo soy gigoló. Escort, pa’ que suene más bonito. Un putito, como dicen por ahí.

Juan: Ah…

Damián sonríe divertido y se queda viendo al joven con cierto interés.

Damián: ¿Qué? ¿Te incomoda?

Juan: Para nada.

Damián: ¿También le vas a los hombres?

Juan: (extrañado) ¿Por qué me preguntas eso?

Damián: Porque no tocas mal las rancheras ahorita que te veo bien. Para uno como tú cobro barato, es más, hasta gratis. Me gustan así altotes y mamados.

Damián le guiña un ojo. Juan solo le esboza una apagada sonrisa.

Juan: ¿Te gusta esa vida?

Damián: ¿Gustarme?

Juan: Tú me hiciste una pregunta y ahora yo te hago una a ti.

Damián suspira y se deja caer sobre la banca de cemento.

Damián: A duras penas terminé la prepa, compa. ¿Qué querías? ¿Que me pusiera a buscar trabajo de oficina? Uno usa lo que tiene.

Damián se toca la entrepierna como si la exhibiera.

Damián: Y pues esto es lo que hay.

Juan se queda pensativo ante esa respuesta.

Damián: ¿De verdad no te interesa? Puedo pedir que me pasen a tu celda y pues tú y yo aquí solos…

Juan: Gracias, pero no.

Damián suelta una risita.

Damián: ¿Seguro?

Juan: No le voy a los hombres. 

Damián: Está bien. Nada más quería confirmar. No todos los días me encierran en el bote con un güey así de buenote como tú.

Juan apenas esboza una sonrisa muy leve, cansada, que desaparece enseguida. De repente, el ruido de unas llaves interrumpe el momento. Un policía se acerca lentamente hasta detenerse frente a la celda de Juan. Juan se pone tenso de inmediato, pensando quizá que por fin lo van a sacar. El policía no dice nada y solo deja una bandeja metálica con comida sobre el suelo.

Policía: Te mandaron esto. Es tu cena.

Juan mira la bandeja sin entender.

Juan: No tengo hambre.

Policía: Pues ahí te la dejo igual.

Y sin añadir nada más, se marcha pasillo abajo. Damián observa la comida con evidente interés.

Damián: ¿No te la vas a comer, neta?

Juan vuelve a sentarse lentamente contra la pared.

Juan: No.

Damián: ¿Seguro?

Juan cierra los ojos un instante.

Juan: No tengo ánimos de probar bocado.

Damián se relame los labios.

Damián: Entonces pásamela, ¿no? Porque yo sí me estoy muriendo de hambre.

Juan ni siquiera discute. Con desgano, empuja la bandeja por el suelo hasta acercarla a la otra celda.

Damián: Eso, mi rey. Dios te lo pague.

Damián toma la bandeja y empieza a comer, mientras Juan permanece inmóvil, perdido en sus pensamientos, escuchando únicamente el eco metálico de los cubiertos.


INT. BAR – NOCHE

María José, entretanto, se encuentra bebiendo sentada en la barra y al parecer lleva haciéndolo desde hace rato, pues en sus ojos evidencia que ya se encuentra ebria y recuerda con amargura la vez en que se besó con Juan. 


FLASHBACK

María José frunce los labios, con los ojos brillosos.

María José: Yo no te convengo… (Dice en doble sentido) 

Juan: ¿Por qué dices eso?

María José: Porque no quiero ser una piedra en tu zapato. No quiero que te apresures a pensar cosas o a tomar decisiones tan a la ligera. Te has preparado mucho para esto como para tirarlo a la borda por mí. 

Juan: Pues a lo mejor sí esté confundido y sea muy pronto para tomar decisiones, pero de lo que sí estoy muy seguro es que te estás volviendo alguien muy especial para mí y no te niego que me da miedo, mucho… solo que tampoco puedo ignorar lo que siento. 

FIN DEL FLASHBACK


María José deja de recordar y una lágrima discreta se le desliza por el rostro para luego limpiársela con el dorso de la mano.

María José: Te voy a echar muchísimo de menos, Juan. Estaba empezando a quererte tanto.

Gael llega en ese instante y se sorprende al verla.

Gael: María José…

María José voltea a ver sin mucho interés.

María José: Buenas noches, detective. 

Gael se sienta a su lado. 

Gael: Me sorprende verla en este sitio. Creo que la última vez que nos vimos aquí, si mal no recuerdo, usted me contó que no bebía y mire donde me la vengo a encontrar.

María José: ¿Me está juzgando?

Gael: Para nada. No me malinterprete. Nada más hacía un comentario. 

María José: ¿Qué le puedo decir? Hoy me estoy sintiendo más sola que nunca y me duele mucho saber que una persona que quería ya no está. 

Gael: (extrañado) ¿Christian Fonseca?

María José: Christian no es el que está muerto, detective. Estoy hablando de Juan.  

Gael se percata de que ha cometido una imprudencia y agacha la cabeza.

Gael: Sí, sí, claro. Intuyo por sus palabras que estaba enamorada de él.

María José: ¿Cómo no estarlo?

María José dibuja una sonrisa nostálgica en su rostro al recordarlo.

María José: Juan sí que era diferente. Christian no es más que un niñito rico, creído, ambicioso en el que no puedo terminar de confiar. Quiso convencerme hoy de que era inocente y ya no sé ni qué pensar.

Gael solo guarda silencio durante unos segundos. 

Gael: ¿Nada más le dijo eso? 

María José: Me dijo también que Juan también estaba enamorado de mí y que ellos dos ya habían hablado antes o que se habían reunido, no sé. 

Gael: Hum, ya veo. 

María José: Lo único que yo quiero es que se haga justicia, detective. Juan era muy bueno para que su muerte quede impune así y tal como le dije esa vez que le fui a pedir a usted ayuda, Emiliano Fonseca es el que está detrás. 

Gael: ¿Te puedo tutear? Creo que ya hay tantito de confianza (María José asiente). Mira, yo entiendo que estés molesta, pero estos casos ante todo se manejan con pruebas. Emiliano está limpio. Christian, por otra parte, pues…

María José: Christian no es más que un señuelo. Emiliano de seguro le ordenó matar a Juan. Está más que claro. Usted es policía.

Gael: Y por eso mismo es que no puedo actuar basándome en meras suposiciones.

María José: Debe haber algo. Emiliano Fonseca también atropelló al padrino de Juan hace años y en complicidad con mi madrina, mataron a Gabriel Fonseca. 

Gael: María José, de verdad no hay nada. 

María José: (frustrada) ¡Es que no puede ser!

Gael: Yo ya revisé los expedientes y ambos casos, tanto el caso del padrino de Juan de La Cruz Quintana como el caso de Gabriel Fonseca, se determinaron como accidentes de coche y no hay ni una sola prueba que indique que esos accidentes fueron comandados por Emiliano.

María José no responde y con frustración, termina de beberse todo el licor del vaso para luego asentarlo con fuerza en la barra.

Gael: Yo entiendo tu sentido de querer justicia, pero sin pruebas está complicado reabrir casos tan antiguos. 

María José: Entonces no me va a ayudar.

Gael: Todavía estoy investigando a tu madrina como me pediste. Tengo un colega en España que me está ayudando con eso. 

María José: ¿Y qué hay de Emiliano? 

Gael resopla, resignado.

María José: Está bien. Veo que ni usted que es la ley puede hacer nada contra ese tipo que se cree indestructible. 

María José agarra su bolso, molesta y se levanta para irse, pero en el intento pierde el equilibrio. Gael la sostiene.

Gael: Hey, cuidado.

María José: (muy ebria) Gracias.

Gael: Déjame llevarte a tu casa. En ese estado es peligroso que andes sola.

María José: Yo me sé defender y además tampoco tengo casa a dónde ir.

Gael: ¿Y en dónde te vas a quedar?

María José: Voy a buscar un hotel.

Gael: Deja entonces que te lleve a uno.

María José: Le agradezco, pero ya le dije que no. Tenga buena noche.

María José, reacia, da unos cuantos pasos, aunque de nuevo pierde el equilibrio y se apoya en una mesa para no caer. Gael corre a sostenerla. María José se recuesta en el pecho de él, con los ojos cerrados y pesados. 

Gael: (susurrando) Definitivamente así no vas a llegar muy lejos. 

María José: Estoy bien. 

Gael: Déjate ayudar y no seas terca.

María José parece ceder. Gael la ayuda a salir del bar caminando y ambos abordan el auto de él. Gabriel la ayuda a sentarse en el asiento de copiloto. Luego, se sube él y le abrocha el cinturón. María José habla ebria y confundida con los ojos cerrados.

María José: Juan… Juan, te quiero.

Gael solo escucha, sintiendo algo de pena por la joven. 

María José: ¿Dónde estás, Juan? 

Gael: (susurrando) Si supiera…

El hombre resopla y arranca el vehículo para irse.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – NOCHE

Damián yace acostado en la banca de cemento, satisfecho luego de haber comido. Juan permanece sentado contra la pared, distraído.

Damián: No manches, hasta fría sabe rica esa madre. ¿Hacía cuánto no comía algo decente? Y yo que pensaba que en el bote solo daban comida mala. Te trajeron un bufé. 

Juan apenas lo escucha.

Damián: ¿Y tú qué? ¿Sigues pensando en tu hermano?

Juan: Sí.

Damián: Debe estar bien culero perder así a alguien. Yo me sentí igual cuando perdí a mi abuela que fue la que me crio. 

Juan: ¿Y no tienes a nadie más?

Damián: Mi papá, pero me dejó de hablar desde que se enteró que me gustaban los hombres y al cabo que ni me importa. Estuvo ausente siempre y ni lana le daba a mi abue para mis cosas. Ella fue la que sacó adelante cosiendo ajeno y vendiendo tamales. 

Juan: ¿Tu abuela nunca te reprochó que, tú sabes, que fueras gay?

Damián: ¿Mi abue? ¡N’ombre! Es más, cuando se lo confesé, ella me contó que ya lo sospechaba porque yo era medio rarito desde morrito. Mientras los otros niños jugaban fútbol, yo quería bailar con mis primas o jugar a las muñecas. Era bien malo para el fútbol, aunque sí me gustaba ver a los morros jugar en la prepa. Estaban como querían y había uno en especial que me gustaba harto, solo que no me pelaba. Hasta cartas anónimas le mandé.

Juan esboza una leve risa involuntaria.

Damián: ¿Ya ves? Sí te hice reír, cabrón. Pensé que ni risa tenías. 

Juan: ¿Cómo te llamas?

Damián: Damián. ¿Y tú?

Juan tarda un poco en responder, pensando.

Juan: Christian… 

Damián frunce el ceño y se lleva las manos al vientre como si tuviera un retorcijón, aunque no presta atención. 

Damián: Ah, pues mucho gusto, mi rey. Por si te pasas de bando, al menos ya sabes dónde encontrarme. Estoy casi siempre por la Zona Rosa. 

Juan: ¿Sabes? Tu historia me recuerda mucho a un amigo mío.  

Damián: ¿Él también le tronaba la reversa o qué?

Juan: Sí, pero era distinto a ti. Muy reservado y él sentía que no encajaba en ningún lado y sufrió mucho por eso.

Damián: (aún adolorido) ¿Qué le pasó a tu amigo?

Juan: Lo perdí también hace poco. Era casi como mi hermano.

Damián: Ya pareces bulto de sal, cabrón y no lo digo en mala onda, eh. Nada más tienes historias tristes de personas que se te murieron.

Juan: (con tristeza) Quizá hasta sí haya sido mi culpa indirectamente que se murieran. 

De repente, el retorcijón se hace más fuerte. Damián gime adolorido y se sienta en la banca.

Damián: Argh…

Juan: (extrañado) ¿Qué tienes?

Damián hace un gesto incómodo.

Damián: No sé. Me dio como un retortijón bien culero.

Intenta reírse, pero el dolor aumenta rápidamente y se levanta de la banca.

Damián: Argh, no mames…

Juan: ¿Estás bien?

Damián empieza a respirar con dificultad.

Damián: Espérate… Espérate…

El joven suelta un quejido ahogado y cae de rodillas. Juan se levanta preocupado de golpe.

Juan: ¡Oye!

Damián empieza a sudar frío.

Damián: Me quema. Me está quemando el estómago.

Juan se acerca desesperado a los barrotes.

Juan: (gritando) ¡Policía! ¡Policía! ¡Es una emergencia!

Damián vomita violentamente sobre el piso varias veces.

Juan: ¡Ayúdenlo! ¡Se está poniendo mal!

Damián comienza a convulsionarse ligeramente mientras intenta respirar. Juan golpea los barrotes con fuerza.

Juan: ¡¡Ayuda!! ¡¡Ayuda, por favor!! ¡¡Necesito ayuda rápido!!

Juan pega ese último grito en eco.


EXT. ESTACIÓN DE POLICÍA – NOCHE

Uno de los policías fuma tranquilamente afuera de la delegación mientras habla por celular. Es el mismo que le había llevado la bandeja de comida a Juan.

Policía: Sí, ya acabé turno (Pausa) Nah, hombre. Ya ni pedo. Confíe, señito. De seguro ese güey amanece como las ratas.

El hombre suelta una risa seca y expulsa el humo.


CORTE A:

INT. HOSPITAL/SALA DE EMERGENCIAS – NOCHE

Paula permanece recostada en la cama del hospital con expresión serena. Tiene el celular pegado al oído.

Paula: Muy bien. Buen trabajo. En unos minutos te hago la transferencia del resto del dinero como te prometí para que te pierdas.

Paula cuelga el celular y sonríe con malicia.

Paula: Ay, Fernanda, cuñada. Me traicionaste y eso sí que no lo pienso tolerar. Vas a sufrir por partida doble la pérdida de tus dos hijos, tanto del bastardo que ya se murió y el otro por el que tanto te has desvivido. Va a morir envenenado justo por el mismo veneno que tú me diste.

La mujer desdibuja su sonrisa y sus ojos se endurecen.

Paula: Total, ya no me sirve de nada mantener vivo a Christian si María José no va a seguir con el plan de casarse con él. Voy a tener que acelerar todo. Emiliano será el siguiente y cuando lo mate, yo voy a ser la única Fonseca viva. 

Paula aprieta el celular entre sus manos y suelta una risita como si todo aquello le generara una profunda satisfacción.


INT. DEPARTAMENTO DE GAEL/HABITACIÓN – DÍA

María José abre lentamente los ojos, desorientada. La luz del sol entra entre las cortinas modernas de la habitación. Ella tarda unos segundos en reaccionar y se incorpora despacio sobre la cama para luego llevarse una mano a la cabeza.

María José: Argh, ya se me había olvidado lo que se sentía una resaca. Tomé demasiado.

María José se sienta sobre la cama, se pasa las manos por el rostro y luego por la cabellera. Mira alrededor confundida y con el maquillaje algo corrido.

María José: ¿Dónde estoy?

Con un poco de dificultad se pone de pie y nota que es una habitación bien cuidada. Entonces nota una fotografía sobre la mesita de noche y la toma. En ella aparece Gael sonriendo junto a Octavio. María José reconoce de inmediato al comandante y se impacta.


INT. DEPARTAMENTO DE GAEL/COCINA – MAÑANA

Gael está terminando de servir café y huevos revueltos en una pequeña barra moderna. María José aparece seria, sosteniendo la fotografía con discreción. 

Gael: (sonriendo) Buenos días. Te preparé desayuno. La verdad pensé que ibas a despertar más tarde después de cómo estabas anoche.

María José no responde. Gael sigue hablando mientras sirve café.

Gael: Me tomé el atrevimiento de traerte aquí porque no quería dejarte sola en la calle ni mandarte a un hotel desconocido en ese estado. De veras estaba muy borracha.

Le acerca una taza.

Gael: Siéntate.

María José permanece inmóvil. Gael finalmente nota la tensión en su rostro.

Gael: ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?

María José levanta la fotografía.

María José: ¿Tú eres hijo de Octavio Luján?

Gael se sorprende por la pregunta. María José lo mira con seriedad.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Martha aguarda sentada en una de las sillas con un rosario entre las manos mientras reza. Grettel se le acerca.

Grettel: Me tengo que ir ya. Debo ir a la casa a cambiarme y más tarde voy al entierro de Juan.

Martha abre los ojos y la mira con seriedad.

Martha: Juan no está muerto. 

Grettel: (exasperada) Deja de decir eso, mamá, por favor. ¿Hasta cuándo vas a salir de tu burbuja?

Martha: No voy a dejar de decirlo hasta que compruebe con mis propios ojos que de verdad ese muchacho al que arrestaron es ese tal Christian Fonseca. Por el momento, para mí ese muchacho sí es Juan. 

Grettel: Son gemelos. ¿Qué pretendes comprobar? 

Martha: Podrán ser idénticos, pero yo reconocería a mi muchacho con solo verlo a los ojos. 

Grettel: Te vas a chocar con la realidad muy tarde y me asusta que no la aguantes.

Martha: Déjame. Yo ya sabré lidiar con mi dolor si me equivoco. 

Grettel: Por lo menos deberías ir a descansar a la casa. Yo puedo llamar al orfanato para que venga una de las monjas o de los seminaristas.

Martha: Prefiero estar aquí al pendiente y no en mi casa donde solo voy a estar encerrada con mi preocupación. Tú si quieres vete a esa farsa de funeral. 

Grettel: Muy bien. Como desees. Ya no voy a insistir más. Si pasa algo, me llamas.

Grettel se va. Martha aprieta su rosario con fuerza.

Martha: Yo sé que está vivo, Virgencita. Mi corazón no me miente. Juan está vivo.

Martha cierra los ojos de nuevo y sigue rezando con harto fervor.


INT. DEPARTAMENTO DE GAEL – DÍA

María José acaba de descubrir que Gael es hijo precisamente de Octavio, algo que le ha preguntado al hombre para que lo confirme. Gael se ve confundido por el tono de la pregunta.

María José: Respóndeme. ¿Este tipo que sale en la foto es tu papá o no?

Gael: Sí, es mi papá. 

María José suelta una risa incrédula y cargada de decepción, y deja el portarretrato en la barra.

María José: Claro. ¿Cómo pude ser tan estúpida y no me di cuenta antes? “Gael Luján”. Tienen exactamente el mismo apellido y para colmo ambos son policías.

Gael: La verdad no estoy entendiendo, María José. ¿Qué pasa? 

María José: ¡Pasa que tu papá es un asesino! 

Gael se queda helado ante esa acusación.

María José: Octavio Luján es el lavaperros de Emiliano. 

Gael: (molesto) Cuidado con lo que dices. Mi papá es un…

María José: ¡Es un asesino y lo sostengo! El día que secuestraron a Juan, Octavio fue hasta la casa para darle información a Emiliano. Yo lo escuché.

Gael se queda callado unos segundos y baja la mirada. María José interpreta ese silencio como confirmación.

María José: Ahí está. Lo sabías.

Gael: Mi papá ha cometido errores, pero eso no significa que…

María José: ¡No lo defiendas!

Gael: Estás mezclando cosas. 

María José: No. Lo que pasa es que estaba ciega, creyendo que realmente querías ayudarme. Te conté cosas de los Fonseca y resulta que tú estabas más enterado que yo. Fui una imbécil. 

Gael: (acercándose) Sí quiero ayudarte.

María José: (retrocediendo) No te me acerques.

Gael la observa con impotencia.

Gael: María José, escúchame.

María José: ¡No me interesa! Y si quieres, puedes ir donde Emiliano a decirle que estoy conspirando contra él. Hazlo para que también me mate así como mataron a Juan.

María José se dirige a la puerta.

Gael: No puedes juzgarme por lo que haga mi padre.

María José abre la puerta y se gira dolida.

María José: Pues tú tampoco puedes pedirme que confíe en el hijo de un corrupto.

Gael aprieta la mandíbula, sin defensa ante eso. María José cierra dando un fuerte portazo y se va de allí. De repente, el hombre recibe una llamada a su celular y contesta de mala gana.

Gael: ¿Bueno? (Pausa) ¿Quiere hablar conmigo? (Pausa) ¿Y no dijo para qué? (Pausa) Está bien, ya salgo para allá.

Gael cuelga y lanza el celular al sofá, aún tenso por la conversación de hace un momento.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

El celular sobre el escritorio suena con insistencia. Emiliano se ha quedado dormido allí, con la cabeza recostada, la camisa a medio abrochar y la corbata sin arreglar. Toma el celular con los ojos a medio abrir e ignora la llamada.


CORTE A:

INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/PASILLO – DÍA

Fernanda es quien llama al otro lado de la línea y se ve preocupada. En vista de que no recibe respuesta, decide mandarle una nota de voz.

Fernanda: (molesta) Emiliano, no sé dónde te metiste, pero te necesito ya aquí en la delegación. La audiencia es al medio día y tú ni siquiera te has dignado a aparecer. Christian es tu hijo ante todo el mundo y no puedes dejar que se hunda así. ¡Te necesito aquí! 

Fernanda, frustrada, mete el celular en su bolso.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Grettel entra a la oficina con discreción y cierra la puerta tras sí. Emiliano sigue durmiendo y ella se acerca a moverlo.

Grettel: Emiliano… ¡Emiliano, despierta!

Emiliano: (aperezado) ¿Qué?

Grettel: Estás apestando a alcohol. ¿De veras te quedaste toda la noche encerrado en esta oficina, bebiendo?

Emiliano: ¡Ya, no me molestes! ¡Piérdete!

Emiliano sigue con la cabeza recostada en el escritorio. Grettel no ve más opción y toma una botella de licor casi terminada para luego derramarla sobre el hombre. Emiliano se sobresalta violentamente y se pone de pie empapado.

Emiliano: (furioso) ¿Qué chingados te pasa?

Grettel: La misma pregunta te la hago yo a ti. Mírate cómo estás. Das lástima

Emiliano: ¡Cállate, perra!

Grettel le suelta una fuerte bofetada. El sonido retumba en toda la oficina. Emiliano queda inmóvil un segundo, impactado. Luego, lleno de furia, intenta devolverle el golpe. Grettel, con firmeza, le detiene la mano en seco y ambos forcejean apenas unos segundos.

Emiliano: ¿Te quieres morir?

Grettel lo sostiene de la muñeca.

Grettel: Yo ya estoy muerta en vida después de todo lo que me obligaste a hacer y ya no me importa nada.

Emiliano se queda callado. Grettel lo suelta lentamente.

Grettel: Mírate nada más. Llevas horas escondiéndote de la prensa como un cobarde mientras el corporativo se cae a pedazos.

Emiliano respira agitado, aún furioso.

Grettel: Los inversionistas están entrando en pánico, las acciones se van a ir en picada y tú aquí encerrado, emborrachándote como un imbécil.

Emiliano sigue respirando pesadamente y se pasa la mano por el rostro con dureza para luego darle la espalda a la joven. Esta se le acerca e intenta frotarle la espalda, aunque él se aparta.

Grettel: Reacciona, Emiliano. ¿Dónde está el hombre que se cree de acero? Tú no eres así.

Emiliano: (derrotado) Por primera vez no sé qué hacer. Este maldito escándalo me jodió. Todos ya saben de la existencia del bastardo de Juan de La Cruz y yo que siempre lo quise tener bajo cuerda. 

Grettel: ¿Y Christian? ¿Vas a dejar que lo condenen?

Emiliano: Me importa un pepino lo que pase con ese idiota, pero esta mierda me involucra y me está afectando. No sé ni cómo salvarlo. 

Grettel guarda silencio unos segundos. Parece querer decirle algo y aunque duda, termina hablando.

Grettel: Yo tengo un plan.

Emiliano se voltea con incredulidad.

Emiliano: ¿Tú? 

Grettel: Tal vez no sea gran cosa, pero te puede ayudar a limpiar tu imagen pública. Podemos arreglar este desastre. 

Emiliano: Habla ya.

Grettel: Primero, lávate la cara. Luego, sal a declarar que sí es verdad. Que tenías otro hijo, solo que el jardinero que trabajaba para ti hace años se lo robó y que lo buscaste por años.

Emiliano: ¿Para qué voy a salir a declarar esa mamada tan rebuscada?

Grettel: Para que la gente se conmueva y siga creyendo en tu imagen de hombre intachable. Es mejor eso a decir que querías matar a Juan cuando nació y que obligaste a tu esposa a regalárselo al jardinero, ¿no?

Emiliano se queda viéndola con seriedad.

Grettel: En cuanto a Christian, pues lo ideal es que le contrates un abogado. Recuerda que todos creen que es tu hijo y te conviene sacarlo de la cárcel. 

Emiliano guarda silencio, aunque parece considerar dicha idea.

Grettel: Hazme caso, Emiliano. Da la cara. Me lo vas a agradecer. Confía en mí o te vas a hundir con este escándalo.

Emiliano se queda inmóvil, pensando. Grettel lo mira con una cierta malicia de la cual él ni siquiera se percata.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CUARTO DE INTERROGATORIO – DÍA

Juan espera sentado en una silla, con seriedad. Gael entra y cierra la puerta tras sí para luego pararse en frente del primero.

Gael: Señor Fonseca. Me dijeron que quería hablar conmigo con extrema urgencia antes de su audiencia con el juez. 

Juan: Sí, así es. 

Gael: Bueno, no veo para qué. Usted ya tuvo una entrevista preliminar conmigo para confirmar su identidad y yo ya recolecté las pruebas del caso para enviárselas al juez. 

Juan: ¿Hay alguien detrás de ese vidrio?

Gael: (confundido) ¿Cómo?

Juan: Que si hay alguien escuchándonos detrás de ese vidrio. He visto en películas que siempre hay alguien ahí escuchando todo y quiero confirmar.

Gael resopla, fastidiado. 

Gael: No, no hay nadie. ¿Puede ir al grano?  No tengo mucho tiempo.

Juan: Yo nada más le preguntaba porque no le conviene que hable de más, detective. Bajo su propio riesgo, lo que le voy a decir lo puede perjudicar. 

Gael: No entiendo de qué está hablando.

Juan tarda en responder y solo le sonríe con amargura.

Juan: Me voy a dejar de formalismos y te voy a hablar de tú a tú para que nos entendamos bien.

Gael lo mira con suspicacia. Juan cruza los dedos sobre la mesa con ambas manos esposadas.

Juan: Ayer cuando me tomaron las huellas, estuve pensando mucho cómo le iba a hacer para justificar mi identidad.

Gael: ¿Y qué hay con eso? ¿A dónde quiere llegar?

Juan: A que tú sabes perfectamente quién soy.

Gael: Christian Fonseca. Usted me lo confirmó en el interrogatorio previo.

Juan: No te hagas pendejo conmigo. Ayer me tomaron las huellas y de seguro ya hicieron las pruebas esas, así que tú ya sabes que no soy él. 

Gael: ¿Está consciente de la gravedad de lo que me está confesando?

Juan: Sí, muy consciente. Tan consciente como de que tu papá es un pinche policía corrupto que me quiso matar.

Gael: (muy serio) ¡Cuide sus palabras!

Juan: ¿Tú crees que no lo sé? Ayer recordé que el día que me secuestraron, llegaron dos policías a la bodega donde me tenían encerrado. Uno de los güeyes que me secuestró, atendió a los policías para despistarlos y se presentó como el dizque honorable comandante Octavio Luján.

Gael mira con seriedad al joven.

Juan: Y traía la misma ropa que llevaba el pinche sicario encapuchado que mató a mi amigo Benjamín afuera del orfanato. Eso quiere decir que eran la misma persona.

Gael traga saliva discretamente, impotente al verse acorralado.

Juan: Además, Fernanda ya me confirmó la relación que ustedes dos tienen. El cabrón ese trabaja para Emiliano y es tu papá. No tengo dudas.

Gael se inclina un poco para hablarle en voz baja. 

Gael: Nadie te va a creer y menos cuando sepan que falsificaste la identidad de tu hermano. No tienes cómo probar nada.

Juan: Fíjate que sí. Desde el orfanato denunciaron mi desaparición y le entregaron a la policía las grabaciones de las cámaras de seguridad donde se ve clarito el momento en que llegaron para secuestrarme. 

Gael: Eso no demuestra nada. 

Juan: Pues no, pero de seguro sí está el registro de la visita de la policía a la bodega, ya que a ellos los llamaron anónimamente para reportar mi secuestro y fueron a la bodega a inspeccionar. Tu papito fue el que los atendió. Los policías podrían atestiguar que la ropa y las características de tu papá coinciden con las del sicario que mató a Benjamín. 

Gael guarda silencio y mira hacia los lados, acorralado, conteniendo su ira. Juan lo observa con burla. 

Juan: ¿Ves? Yo me hundo si se revela quién soy, pero no me hundo solo, güey. Octavio se viene conmigo y pues qué mal por él que se supone que es un comandante intachable. 

Gael: (resignado) ¿Qué quieres?

Juan desdibuja su sonrisa. Lo mira lleno de rabia para luego levantarse de golpe y agarrar al detective de la camisa. 

Juan: ¡Quiero justicia, cabrón! ¡Eso es lo quiero! Así que más te vale que esos resultados de las huellas no lleguen a manos del juez porque si no, ahí mismito delante de todo el mundo, voy a soltar la sopa. 

Gael: Yo sé que estás encabronado. Mi papá fue un imbécil, pero está a punto de jubilarse. Déjalo fuera de esto. Te lo pido.

Juan: (lleno de odio) ¡Tu papá mató a mi amigo a sangre fría!

Gael: Y te pido perdón en su nombre. 

Juan lo suelta con brusquedad.

Juan: A mí no me interesa tu perdón. Me interesa que todos los que me destrozaron la vida paguen. Además, no me vengas con hipocresías. Yo sé que tú también me quieres muerto y no te conviene que salga vivo de aquí para proteger a tu papi. Por eso intentaste matarme anoche.

Gael: No sé de qué estás hablando. Yo no soy un asesino. 

Juan: (incrédulo) ¿Ah, no? Entonces explícame por qué anoche intentaron envenenarme.

Gael frunce el ceño, desconcertado.

Juan: Esa comida era para mí y terminó tragándosela otro pobre güey por mi culpa. Otra víctima más pagando los platos rotos por existir cerca de mí.

Gael: Yo no tuve nada que ver con eso. Te lo juro.

Juan: Pues alguien sí y casualmente tú apareces siempre en medio, así que no intentes hacerme nada porque hay gente que me conoce y puede hablar por mí. ¡Estás advertido!

Gael mira completamente derrotado a Juan, quien ha adoptado una oscura aura a su alrededor al tiempo que una potente frialdad se apodera de sus ojos, en los cuales ya no queda ningún rastro de inocencia.

CONTINUARÁ…


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capítulo 32: Ludus incipit

Capítulo 22: Crimen sine nomine

Capítulo 20: Via crucis