Capítulo 31: Resurrectio

EXT. DELEGACIÓN – DÍA

Las puertas del edificio son abiertas por los policías. Emiliano sale junto con el abogado. Juan viene justo detrás, acompañado por Fernanda, la cual viene enganchada de brazo con él. 

Juez: (off screen) En virtud de que no existen elementos suficientes para acreditar la probable responsabilidad del imputado en los hechos que se investigan, esta autoridad ordena su inmediata liberación.

Una multitud de periodistas, hambrientos de preguntas, se abalanzan sobre ellos con sus celulares, micrófonos y cámaras, tomando decenas de fotografías.

Juez: (off screen) No obstante, la investigación continuará abierta para el esclarecimiento de los hechos, por lo que se le prohíbe al imputado salir del país mientras se determina quién es la persona responsable del homicidio.

Los flashes estallan por todas partes.

Periodista 1: ¡Señor Fonseca! ¿Qué opina de la decisión del juez?

Periodista 2: ¿Considera que la fiscalía actuó de forma negligente, acusando a su hijo de un crimen que no cometió?

Emiliano: Lo único que puedo decir por ahorita es que la verdad siempre sale a la luz.

Periodista 3: Entonces ¿asegura que su hijo es inocente y fue exonerado de todos los cargos?

Emiliano: Claro que lo fue. 

Emiliano coloca una mano sobre el hombro de Juan. Juan apenas contiene el impulso de apartarse y se siente abrumado al verse rodeado de tantas personas.

Emiliano: Somos una familia intachable. Mi esposa dedica su tiempo a obras de caridad en la iglesia y mi muchacho es un hombre de bien al que nunca debieron someter a semejante humillación.

Periodista 2: ¿Cuándo va a explicar al país el hecho de que la víctima del crimen se pareciera tanto a su hijo?

Periodista 4: (a Fernanda) ¿Qué hay de usted, señora? ¿Qué puede decirnos al respecto? 

Fernanda baja la mirada, nerviosa. Emiliano interviene. 

Emiliano: El día de mañana voy a dar una rueda de prensa en la que voy a contar todos los detalles. Por ahora, les suplico que nos dejen descansar de este escándalo.

Los periodistas siguen lanzando preguntas. Emiliano deja de responder y toda la familia avanza hacia un auto donde espera un chofer, el cual se apresura a abrir las puertas. Los periodistas los siguen, queriendo saber más. Fernanda entra primero. Luego Juan, seguido del abogado. Emiliano entra al asiento del copiloto y el chofer arranca. Juan voltea a ver la muchedumbre de periodistas agolpada, la cual sigue tomando fotos a lo lejos. Fernanda pone su mano sobre la del muchacho y le sonríe.

Fernanda: ¿Ves cómo sí logramos sacarte de ese sitio horrible, hijo? 

Juan le aparta la mano, con rigidez. 

Fernanda: Vas a estar bien. Vamos a volver a la normalidad.

Juan no le responde y solo mira por la ventana, aunque de reojo observa a su tío, quien solo frunce el ceño y mantiene los ojos fijos hacia adelante mientras tiene un recuerdo del día anterior.


FLASHBACK

INT. DELEGACIÓN/CELDA – DÍA

Juan acaba de contarle la verdad a Chela. Esta se ve un poco más tranquila, aunque aún gimotea con los ojos llorosos.

Juan: Está cañón sostener la mentira, Chela. Todo está en mi contra.

Chela escucha y se queda pensativa unos segundos, analizando.

Chela: Dices que una mujer fue la que asesinó a mi niño y lo obligó a llamarte para que fueras al hotel, ¿no?

Juan: Fue lo que él me dijo. Emiliano de seguro la mandó, váyase a saber quién.

Chela: Hay algo que no me cuadra.

Juan: ¿Qué?

Chela: Emiliano cuida mucho su imagen y este escándalo ahorita mismo debe estar arruinándolo. ¿Para qué iba a querer inculparte si sabía que te iban a arrestar y todo el mundo se iba a enterar de que había dos hermanos gemelos? 

Juan: Para él eso no es problema. Ya debe de estar pensando en alguna forma de salir bien librado. 

Chela: (poco convencida) No creo. A él no le conviene dañar su imagen si hubiera podido hacer las cosas bajo cuerda sin que los periodistas se enteraran. Respóndeme algo. ¿Christian no alcanzó a decirte el motivo por el que estaba en ese hotel?

Juan: Por desgracia, no. Lo único que se me hizo extraño es que María José estaba allí.

Chela: (sorprendida) ¿María José? ¿La ahijada de Paul? 

Juan: Sí. Me vio cuando me llevaban esposado.

Chela: ¿Ya la conocías?

Juan: Sí, pero fue por pura casualidad. Luego me enteré de que estaba relacionada con esa familia. Ella también justo se había enterado de quién era yo una vez que nos topamos con Fernanda en el hospital en una ocasión que Benjamín intentó suicidarse. 

Chela: (pensativa) Entonces Fernanda ya te había visto…

Juan: Y hasta se desmayó. Supongo que ahí fue cuando le contó a María José que yo también soy su hijo.

Chela se queda analizando toda la información.

Chela: ¿Podrá ser que…?

Juan: ¿Qué? ¿Qué se te ocurrió?

Chela: Es una locura, pero es la única explicación que se me vino a la cabeza.

Juan: ¿Cuál?

Chela: Que a lo mejor María José es la que esté detrás.

Juan niega de inmediato con incredulidad.

Juan: Imposible, Chela. María José sería incapaz. ¿Por qué iba a hacer una cosa así?

Chela: Por orden de Paula. Tú no sabes esta parte de la historia, pero ella huyó después de que provocó el accidente de tu papá. Emiliano la traicionó en el último momento y la amenazó con inculparla, parecido a lo que está haciendo contigo ahorita.

Juan: Entonces ya tiene la mala costumbre el cabrón ese.

Chela: Sí. Paula odia a Emiliano y hasta hace poco regresó de España. Quizá hasta ni Emiliano esté detrás de esto, sino ella.

Juan: ¿Tú crees?

Chela: Es una mera conjetura. Como te dije hace rato, el escándalo no le conviene a Emiliano. ¿Para qué complicarse tanto si hubiera podido matarte antes?

Juan: Pues no sé. De todas maneras, María José no tiene nada que ver. 

Chela: Tú apenas la conoces y si ella estaba en el hotel al momento del asesinato es porque se iba a reunir allí con Christian. Quizá tenían una cita o algo.

Juan: (confundido) ¿Una cita?

Chela: Es lo más probable. Desde que esa muchacha llegó, Paula se puso de acuerdo con Fernanda para hacer que tanto ella como Christian se casaran.

Juan: (sorprendido) ¿Me estás diciendo que… Christian y María José… tenían algo?

Chela: No sé si lo tuvieron, pero ese era el plan de ellas dos. Paula buscaba usar a esa muchacha para recuperar la parte de la herencia que Emiliano le robó y para eso la quería casar con Christian.

Juan no puede evitar sentir una leve decepción.

Chela: Aunque por lo que pude medio ver, María José no estaba muy de acuerdo y se fue de la casa. Una vez inclusive la vi salir llorando.

Juan: (pensando) De seguro fue esa misma vez que me la encontré afuera del orfanato, pero como sea, me niego a creer que María José tenga las manos metidas en esto. Es más, cuando me vio saliendo esposado, me confundió y me llamó Christian, y no solo eso. Esta mañana vino a reclamarme por haber matado al supuesto “Juan”. ¿Por qué reaccionaría así si ella estuviera detrás?

Chela: Pudo estar fingiendo.

Juan: Jamás. María José no es ninguna asesina, Chela Puedo meter las manos al fuego por ella y nunca haría una cosa así.

Chela se queda viéndolo unos segundo.

Chela: ¿Sientes algo por esa muchacha?

Juan se sorprende por la pregunta.

Chela: Reconozco esa reacción, mijo. La defiendes con un brillo especial en los ojos. ¿Estás enamorado de ella?

Juan baja la cabeza y no responde.

Chela: Está bien. No pienso indagar. A mí tampoco me pareció mala muchacha. Nada más que me parece sospechosa. Me late que Paula la ha estado manipulando y la pobrecita ni debe imaginarse la clase de madrina que tiene.

Juan: (pensativo) Ahora que la mencionas, esa tal Paula también me vio una vez que fue a buscar a María José al orfanato. Ella también seguramente sabe quién soy, pero ¿para qué matar a Christian e inculparme si lo que buscaba era que él se casara con María José?

Chela: Quizás porque ese no era su plan. Tal vez usó a María José de carnada y la convenció de ir a la cita en el hotel con Christian para tener oportunidad de asesinarlo la muy arpía y luego lo obligó a llamarte para que acudieras al hotel. 

Juan: ¿Para qué haría eso?

Chela: Para perjudicar a Emiliano con el escándalo, pero sin importar quien haya matado a mi niño, debes seguir sosteniendo la mentira para despistarlos. 

Juan: No va a funcionar, Chela. Quien quiera que sea la asesina, ella sabe que yo no soy Christian porque cuando entré a la habitación, lo llamé por su nombre y ahí me noquearon. La tipa sabía quién era quién y si fue mandada por Emiliano o si fue la misma Paula, ¿de qué me va a servir hacerme pasar por Christian si ellos ya saben la verdad? 

Chela: Tenemos que pensar las cosas con cabeza fría. Debe haber algo que podamos hacer. 

Juan: ¿Como qué?  

Chela respira profundo, intentando llegar a una solución.

Chela: Por ahora, sostén la mentira sin importar qué e invéntate algo cuando vayas a declarar. En este punto no estamos seguros de quién está detrás, pero lo sabremos si Emiliano te ayuda. Créeme que no se molestaría en sacarte de acá si sabe que eres Juan. Es más, hasta haría lo posible por matarte, pero si te ayuda, eso nos va a confirmar que él no mandó a matar a Christian y que…

Juan se apresura a completar la frase.

Juan: Y que hay alguien más metido en esto. 

Chela: Sí. Paula probablemente.

Juan: ¿Y qué va a pasar si no? ¿Qué tal si ese cabrón sí es quien está detrás?

Chela: Fernanda por lo menos debe seguir creyendo que eres Christian para que te defienda ante él. 

Juan: ¿Y si Emiliano le cuenta la verdad? Fernanda nunca me quiso. Le daría lo mismo que esté aquí encerrado o que esté libre si sabe quién soy. 

Chela: Si Emiliano realmente mató a Christian, Fernanda nunca se lo perdonaría, así que dudo que se lo confiese así tan campante. Se ganaría una enemiga que sabe todos sus crímenes y de todas maneras, si Emiliano se lo cuenta y Fernanda sabe quién eres, yo no te dejaría abandonado.

Chela mete sus manos a través de los barrotes y le acaricia el rostro.

Chela: Aunque tenga que hipotecar de nuevo la casa de mi mamá para sacarte, lo voy a hacer y no voy a dejarte solo, Juan. Yo voy a estar contigo.

Juan la mira con agradecimiento y frunce levemente los labios.

Juan: Gracias.

FIN DEL FLASHBACK


Juan deja de recordar mientras continúa mirando discretamente a su tío.

Juan: (pensamiento) Chela tenía razón. Hasta anoche pensé que este tipejo estaba detrás y hasta llegué a creer que fue el que me mandó a envenenar para callarme, pero no. Me ayudó a salir y me contrató un abogado. Si supiera la verdad, no habría hecho nada de esto.

Juan se queda pensando para luego mirar a través de la ventana con el rostro endurecido.

Juan: (pensamiento) Como sea, debo andarme con los ojos en la espalda. Todavía no lo puedo descartar.


INT. METRO – DÍA

Grettel viaja sentada entre decenas de pasajeros, unos de pie y otros igualmente sentados. Revisa sus redes sociales y ve en videos a Juan subir al automóvil junto a Emiliano como también a este declarando. 

Grettel: (pensando) Todo salió tal cual lo planeé. 


INT. PELUQUERÍA – DÍA

Una estilista termina de secar con un secador y un cepillo el cabello de Paula. La televisión transmite el reportaje. Paula observa la pantalla desde el espejo y frunce el ceño, evidentemente molesta. 

Paula: (pensando) Maldita sea. Christian debería estar muerto. ¿Cómo es que se salvó ese idiota? 

Los ojos de la mujer se llenan de rabia y aprieta uno de los puños. 


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

María José, entretanto, camina por un pasillo. Mientras avanza, observa la noticia en su celular, en la cual aparece la fotografía de Emiliano junto al abogado saliendo de la delegación mientras Juan y Fernanda permanecen detrás. La joven resopla con indignación.

María José: (susurrando) Era de esperarse que esa partida de hampones se iban a salir con la suya.

María José guarda su celular en su bolso y sigue caminando por el pasillo. Martha justo también se encuentra por aquel pasillo, sentada. Luce agotada y pálida. Logra a duras penas mantenerse despierta e intenta ponerse de pie, pero en el intento sus piernas fallan. María José corre a sostenerla.

María José: (alertada) ¡Cuidado, señora!

Martha parpadea varias veces y se pasa una de las manos por el rostro.

María José: Déjeme ayudarla. Tome asiento, por favor.

Martha se sienta despacio, ayudada por la joven.

Martha: (débil) Gracias, muchacha.

María José: (sentándose al lado) ¿Está bien? ¿Quiere que le llame una enfermera?

Martha: Tranquila. Estoy bien así.

María José: ¿Segura? La veo muy pálida.

Martha: Es que no he dormido ni comido nada. Estoy aquí desde anoche esperando noticias de una persona. 

María José: ¿Por qué no llama a otro familiar? Puedo prestarle mi celular si gusta.

Martha: Te agradezco, hija, pero el padrecito no tiene más familiares y tampoco me sé de memoria el teléfono del orfanato donde él trabaja.

María José: (extrañada) ¿El padrecito?

Martha: Sí. Es que la persona que estoy visitando es un sacerdote que ha sido amigo mío desde hace un buen de años, casi como si fuera mi compadre y él no tiene más familia. Por eso es que no me quiero ir hasta que esté estable. 

María José se queda pensando.

María José: Perdone que le pregunte. ¿Se refiere al padre Chuy?

Martha: (sorprendida) ¿Lo conoces?

María José: Se podría decir que sí. Quizá no tanto tiempo como usted, pero sí lo conozco. 

Martha: Ay, qué casualidad. ¿Y a poco qué eres de él? ¿Su sobrina?

María José: (sonriéndole) No, señora. En realidad, lo conocí por otra persona que me ayudó a que el padre me diera trabajo de maestra suplente allá en el orfanato y justo hoy me notificaron del quebranto de salud que tuvo. 

Martha: Ya veo. Con razón viniste. 

María José: Sí, así es. Quería saber cómo sigue, aunque supongo que todavía no hay noticias de su estado.

Martha: En realidad, hace como una hora salió el doctor. Dijo que la operación fue un éxito, pero que todavía tienen que vigilarlo de cerca por si se presenta una complicación.

María José: Entonces el pronóstico es reservado.

Martha: Sí. Gracias a Dios y a la Virgencita, aunque yo prefiero esperar a que me digan que ya pasó el peligro o a que me dejen verlo aunque sea tantito, nada más para quedarme más tranquila.

María José: Pero usted ya esperó mucho y hace nada casi se cae al piso. ¿Por qué no se va a su casa a descansar y viene mañana?

Martha: Lo del mareo fue por el sueño y porque pasé la noche en vela. De veras no es nada. Yo me puedo esperar.

María José: ¿Cuál es su nombre, disculpe?

Martha: Martha. 

María José: Bueno, doña Martha. Con todo respeto, yo creo que se va a terminar enfermando usted también. El sueño es muy importante para recuperar energías.

Martha: Sí, pero ¿quién se va a quedar aquí al pendiente del padrecito?

María José: Mire, si gusta, yo me puedo quedar y si hay alguna novedad, le llamo. Me puede pasar su número. 

Martha: (dudosa) ¿De veras te quedarías?

María José: Claro. Yo de todos modos pensaba quedarme un rato. Váyase tranquila y descanse un poco. Usted se ve muy cansada. Mañana puede venir. 

Martha termina sonriendo con gratitud.

Martha: Qué buena muchacha eres. 

María José le aprieta suavemente la mano y le esboza una sonrisa.

María José: Estoy intentando ponerme al servicio de los demás como alguien que quise mucho me enseñó.

Martha: Qué bonito que pienses de ese modo y pues ya que insistes, creo que sí te voy a tomar la palabra. Dios a veces nos manda personas para alivianar las penas y mira tú. Llegaste como caída del cielo, así que no me puedo hacer la ciega. 

María José: Nada más intento ayudar, así que…

María José saca su celular de su bolso.

María José: Dígame su número y si pasa algo, yo le aviso de inmediato. ¿Le parece?

Martha: (asintiendo) Claro, claro. Llámame a este…

Martha comienza a dictarle el número de celular. María José lo escribe en el suyo, escuchando con atención.


INT. CASA DE LOS FONSECA – NOCHE

Ha caído ya el día. Juan, Emiliano y Fernanda entran a la lujosa casa luego de que una empleada les abriera la puerta. Juan observa el alrededor de la casa discretamente.


Emiliano: (a la empleada) Retírate.

Empleada: Sí, señor. Con permiso y bienvenido de nuevo, joven. Me alegra que todo le saliera  bien.

Emiliano: (fastidiado) Ya, ya. Vete para la cocina a terminar la cena que estoy que me como un caballo, pero me la llevas a mi estudio.

Empleada: Si, don Emiliano. 

La empleada se retira con timidez. Por unos segundos impera el silencio. Emiliano se desabrocha la corbata, fastidiado. Juan contempla las escaleras, los cuadros y los enormes ventanales de la mansión. Es como si sus ojos escanearan cada rincón con detenimiento y recuerda un fragmento de su conversación con Chela durante su encierro en la delegación.

Chela: (voz en off) Debes actuar con mucha naturalidad y que no se note que nunca habías entrado a la casa. Tu cuarto queda en la quinta puerta hacia el corredor que lleva a la terraza.

Emiliano: (a Juan) ¿Tú qué?

Juan reacciona. 

Emiliano: No has dicho nada desde que salimos de allá. ¿Te dejó pendejo el encierro o es que a poco te violaron y quedaste traumado?

Fernanda: (indignada) ¡Emiliano!

Emiliano: Tú cállate, ¿quieres? Esta es una conversación de hombres o bueno, eso creo. Yo a veces he tenido mis dudas de ti, mijito. 

Emiliano dice aquello con burla. Juan lo mira con rabia. 

Fernanda: Déjalo en paz. Christian acaba de pasar por una experiencia horrible. 

Emiliano: (a Juan) ¿Vas a dejar que tu mamita hable por ti? 

Juan sigue sin responder y sigue mirando al hombre con rabia, en silencio.

Emiliano: Te saco de la cárcel, te consigo abogado, te limpio el mugrero que hiciste muy a pesar de que estabas conspirando en mi contra con ese bastardo y ni siquiera eres capaz de dar las gracias. 

Juan enarca una ceja con incredulidad.

Juan: ¿Gracias? ¿De qué?

Emiliano frunce el ceño y borra su cínica sonrisa para luego lanzarle una sonora bofetada al joven. 

Fernanda: (exaltada) ¡Emiliano! ¿Te volviste loco? 

Juan se vuelve el rostro con una evidente pero pequeña herida en el labio. Fernanda se le acerca preocupada.

Fernanda: ¿Estás bien, hijo?

Juan se aparta con brusquedad y se limpia la sangre del labio con el pulgar.

Emiliano: Espero que con ese golpe se te refresque la memoria. ¿Gracias de qué? ¿De veras lo preguntas? 

Juan respira agitado, mirando con suma rabia y odio al hombre.

Emiliano: ¡Te salvé! Te salvé por segunda vez como desde el primer momento en que naciste a fastidiarme la vida y te crié como si fueras mi hijo. ¿Y todavía preguntas de qué me debes las gracias? 

Juan solo escucha, frunciendo el ceño. 

Emiliano: Deberías más bien besar el piso por donde camino y arrodillarte a pedirme perdón después de que quisiste traicionarme y mentirme en mis narices.

Emiliano se le acerca para hablarle en voz baja. Fernanda observa con tensión el momento.

Emiliano: De haber tenido los huevos de matar a ese bastardo esa noche, nada de este escándalo me habría pasado, pero no. Quisiste andar jugando al héroe. Llamaste a la policía para distraernos, para darle chance de escaparse como la rata que era y lo escondiste en la casa de la perra traidora de esa de la Chela. Claro y no contento me engañaste queriendo hacerlo pasar por muerto.

Juan: (pensamiento) Está hablando como si de verdad no supiera quién soy. 

Fernanda se sorprende al conocer toda esa información. 

Emiliano: ¿Qué pensaste? ¿Que no me iba a enterar? De mí nada se escapa, mijito. Te creíste más inteligente que yo y mírate nada más. Resultaste peor que Filemón, el burro de la India María. ¡N’ombre! ¡Es que te superaste!

Emiliano le pega un par de palmadas en los hombros con tono de burla. Juan sigue observando con fijación al hombre, lleno de odio.

Fernanda: ¿Es verdad, Christian? ¿Graciela estaba escondiendo a Juan?

Emiliano: No te hagas que de seguro tú ya estabas enterada.

Fernanda: Por supuesto que no. Lo único que sabía es que estabas buscando a Juan, pero no sabía nada de lo demás.

Emiliano: Pues ahí tienes a tu retoñito haciendo cosas a nuestras espaldas. Quiso pasarse de listo, nada más que falló.

Los ojos de Juan se llenan de odio. Un odio frío y controlado. Fernanda percibe algo extraño en él.

Emiliano: Y escúchame bien. Más te vale no volver a meterte en mis asuntos o jugarme doble porque la próxima vez no voy a salvarte. Te lo advierto.

Juan no responde. Emiliano sostiene la mirada unos segundos como si ambos se retaran con los ojos y termina por retirarse. De pronto, una voz rompe la tensión.

Paula: ¡Qué conmovedora escena familiar!

Fernanda se gira de inmediato. Paula acaba de aparecer en la entrada de la sala con un nuevo corte de cabello, corto, a la altura de los hombros. 

Fernanda: ¿Qué haces aquí?

Paula: (sonriendo) ¿Como que qué, cuñada? Felicitando a mi querido sobrino por haber regresado a casa. 

Juan la observa con atención y suspicacia.

Paula: ¡Bienvenido, Christian!

Paula intenta darle un abrazo. Fernanda se interpone. 

Fernanda: Te dije que te largaras.

Paula: Fíjate que no me pienso ir y sobre todo después de ver las noticias. Todos salieron bastante bien librados y conociendo a mi hermano, de seguro va a inventarse alguna cosa para explicar el porqué les resultó un hijo bastardo, pero…

Paula se pasea detrás de su cuñada. Juan solo escucha en silencio.

Paula: ¿Qué pasaría si le cuento a la prensa la verdadera historia? Me volvería millonaria. Imagínate el titular. "La ejemplar señora Fonseca abandonó a uno de sus hijos recién nacidos para que su marido no lo matara". Brillante, ¿no?

Fernanda: ¡Cierra la boca, desgraciada!

Fernanda no tarda en darle una cachetada. Paula se vuelve el rostro y solo sonríe con satisfacción.

Paula: Ay, querida. Esto solo me demuestra que te causo un miedo terrible. Debes aprender a controlar tus emociones como mujer, eh. Hay que ser recatadas.

Fernanda: ¡No me provoques, Paula! Te recuerdo que tú también tienes mucho que perder.

Paula: Yo no estoy diciendo lo contrario, pero si el barco se hunde, nos hundimos todos. Emiliano termina en prisión. Tú pierdes la poca reputación que te queda, en la cárcel también por complicidad y… (Mira a Juan) Tu hijo queda arruinado para siempre, seguro endeudado hasta el tuétano cuando el corporativo pierda socios e inversionistas.

Juan permanece callado. Fernanda contiene la rabia. Paula comienza a alejarse.

Paula: Mejor no me provoques tú, Fer.

Paula se da la vuelta para retirarse, aunque de pronto se detiene.

Paula: Ah, cierto. Olvidaba algo.

Paula se voltea de nuevo y le propina una cachetada todavía más fuerte a Fernanda. Juan abre ligeramente los ojos. Incluso Fernanda queda aturdida. Paula sonríe satisfecha.

Paula: (con cinismo) Buenas noches. Descansen.

La mujer termina por irse. Fernanda se queda inmóvil, temblando de rabia.

Fernanda: Maldita. ¡Maldita golfa! 

Juan calla. Fernanda agarra un jarrón y lo lanza al piso, presa de los nervios. Juan se aturde un poco.

Fernanda: En buena hora vino a meterse a mi casa esa intrusa, pecadora. ¡En buena hora!

Juan sigue guardando silencio y eleva la vista hacia las escaleras que llevan a la segunda planta.


INT. HOTEL/HABITACIÓN DE JORGE – NOCHE

La habitación permanece casi a oscuras, iluminada apenas por la luz amarillenta de una lámpara antigua junto a la cama. Sobre un pequeño tocador hay cosméticos regados, una peluca rubia, labiales, brochas y un rosario enredado entre ellos como algo fuera de lugar. Jorge está sentado frente al espejo, en ropa interior, únicamente con una camiseta blanca de tirantes. Tiene el labio partido y uno de los pómulos amoratados por los golpes que recibió.

Jorge: El padre Jesús es un completo salvaje. Esto va a tardar unos días en sanar.

Con movimientos lentos, se aplica maquillaje sobre la herida mientras se observa fijamente en el reflejo.

Jorge: (murmurando) Espero que esta vez sí se muera o que por lo menos se le dañe la reputación de hombre intachable y santo que tiene.

Jorge sonríe apenas.

Jorge: Aunque si se muere, sería lo mejor para todos. Sobre todo para mí. Como subdirector, el orfanato pasaría automáticamente a mis manos. Después de todo, le estaría haciendo un favor para que descanse en paz y purgue sus pecados.

Se queda viendo su reflejo unos segundos más, casi hipnotizado y sus labios dibujan una sonrisa torcida.

Jorge: Estoy perfecta.

Jorge se pone lentamente de pie y abre el closet donde cuelga su ropa, pero escoge el vestido rojo en particular que le perteneció a su madre y se para frente al espejo para ver 

Jorge: Es hermoso tanto como lo eras tú, mamá. 

Jorge roza su rostro sobre el vestido con cariño y una delicadeza casi reverencial.

Jorge: Todavía tiene tu perfume. Es como si se hubiera congelado en el tiempo.

Jorge aspira el aroma durante varios segundos y se aproxima a un viejo tocadiscos donde coloca un vals. Mientras el vals suena de fondo, baila solo en ropa interior, tarareando la música. Toda la escena se pone pesada e incómoda. Luego, se coloca el vestido, además de una peluca rubia, unos tacones de punta y un collar de perlas alrededor del cuello. El vals sigue sonando de fondo y él sigue bailando. Da pasos lentos por la habitación, abrazando el aire como si tuviera una pareja invisible entre los brazos. El vals gira alrededor de él mientras sus zapatos rozan suavemente la alfombra. 

Jorge: Estarías tan orgullosa de mí si estuvieras viva. Yo hubiera sido una hija perfecta. Seríamos las mejores amigas. 

Jorge sigue dando vueltas. Una sonrisa melancólica y casi infantil se dibuja en su rostro. Por momentos parece feliz, pero por otros, completamente roto.

Jorge: (susurrando) Uno, dos, tres… Uno, dos, tres…

Da otra vuelta lenta, sosteniendo imaginariamente una mano ajena.

Jorge: Yo solo quería ser feliz. He querido sentirme amado, deseado. Tan solo eso. 

El vestido gira con elegancia. De pronto, al pasar frente al espejo, su mirada se cruza con su propio reflejo maquillado y golpeado. La sonrisa y la fantasía desaparecen. 

Jorge: Benjamín se fue, así como te fuiste tú y ni siquiera he podido llorarlo. Era el único que me hacía sentir plena. ¿Dónde voy a conseguirme otro que me ame, que me desee? ¿Quién me va a hacer sentir bien de ahora en adelante? ¿Quién?

Parece como si no se reconociera y comienza a temblar hasta romper en un llanto amargo, algo nunca antes visto en él. Llora quebrado, como un niño, con el vals sonando de fondo. 


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE CUIDADOS INTENSIVOS – MAÑANA

Los primeros rayos del sol se cuelan tímidamente por la ventana. Chuy permanece conectado a diversos monitores y su rostro luce demacrado. María José se encuentra sentada junto a la cama, usando un gorro, bata y cubrebocas desechables. La joven se ha quedado dormida. El monitor cardíaco emite un pitido constante. De pronto, los dedos del sacerdote se mueven levemente y sus párpados tiemblan. Poco a poco abre los ojos y, desorientado, observa el techo. Chuy gira el rostro y logra reconocer a la joven.

Chuy: (en un hilo de voz) Ma… María… María José…

Ella no lo escucha y continúa durmiendo incómodamente. El sacerdote reúne fuerzas y habla un poco más fuerte.

Chuy: María José...

María José abre los ojos de golpe, confundida y al ver que el sacerdote ha despertado, se levanta.

María José: (aliviada) ¡Padre!

La joven se acerca a la cama con prontitud.

María José: Gracias a Dios que se despertó. ¿Cómo se siente? ¿Quiere que llame a un médico?

Chuy intenta incorporarse. María José le ayuda suavemente.

María José: Despacio. Recién salió de una cirugía muy complicada y el doctor dijo que no debe esforzarse.

Pero el hombre parece inquieto y sus ojos recorren la habitación con desesperación.

Chuy: (débil) Juan…

María José: (confundida) ¿Juan?

Chuy: Juan...

El sacerdote intenta sujetarle la muñeca.

Chuy: (desesperado) ¿Dónde está Juan?

María José: Tranquilo, padre. Tranquilo.

Chuy: Protege a Juan. Te lo suplico.

María José queda desconcertada.

María José: Padre, no le entiendo. Juan está…

María José se detiene abruptamente para no causarle un disgusto al informarle de la supuesta muerte del muchacho.

Chuy: (exaltado) Tú no entiendes, hija. Juan corre peligro. 

María José: Padre, no se ponga así. Usted está delicado todavía.

Chuy: Debes ayudarlo, por favor. Yo no voy a poder.

El sacerdote respira con dificultad y las palabras se le enredan.

Chuy: Juan…

Pronto, su mirada pierde fuerza y la cabeza se le va hacia un lado.

Chuy: (susurrando) Protégelo.

Chuy termina por perder el conocimiento de nuevo. 

María José palidece.

María José: ¿Padre? (Lo mueve con cuidado) Padre Chuy...

Pero no recibe ninguna respuesta y ella se asusta, por lo que corre hacia la puerta.

María José: (gritando) ¡Enfermera! ¡Por favor! (Continúa gritando) ¡Necesito un doctor! ¡Rápido, por favor! ¡Enfermera!

Pronto, una enfermera a lo lejos y un médico que venían por el pasillo, se alertan y acuden corriendo a la habitación.

Médico: ¿Qué ocurrió?

María José: Despertó, empezó a hablar y luego volvió a desmayarse.

El médico revisa rápidamente al sacerdote.

Enfermera: Señorita, necesito que salga de la habitación. Nosotros nos encargamos.

María José mira angustiada al sacerdote. Finalmente asiente.

María José: Sí, sí, claro. Avísenme cualquier cosa, por favor.

María José sale de la habitación y mientras camina por el pasillo, se quita el gorro y se baja el cubrebocas, pensativa.

María José: (susurrando) ¿Por qué dijo que protegiera a Juan? ¿Será que no se acuerda de lo que pasó por la anestesia?

La inquietud se apodera de ella.


EXT. CORPORATIVO FONSECA – DÍA

Entretanto, varias cámaras y micrófonos apuntan hacia Emiliano, quien sale del auto conducido por su chofer personal. Lleva puestos unos lentes oscuros y una expresión solemne. Los periodistas se agolpan alrededor. 

Periodista 1: ¡Don Emiliano! ¿Es cierto que su hijo ya fue exonerado de los cargos o todavía debe comparecer ante la justicia?

Periodista 2: ¿Tiene algo que decir sobre las acusaciones que han circulado estos días? El país quiere saber. 

El personal de seguridad del edificio se abre paso entre los periodistas. Emiliano camina en medio, sube las escaleras y les da la cara a todos.

Emiliano: Quiero que sepan que mi hijo, Christian Fonseca, fue exonerado de los cargos porque siempre fue inocente, aunque la policía todavía está investigando para aclarar quién fue la persona que atentó contra la víctima.

Periodista 3: Han dicho que la víctima era el hermano gemelo de su hijo, lo que quiere decir que usted tenía otro hijo. ¿Qué tan cierto es?

Emiliano tarda en responder, se retira los lentes y finge una mirada destrozada ante los periodistas.

Emiliano: Creo que llegó el momento de contarles una verdad muy dolorosa que mi familia ha cargado durante muchísimos años y dada la imagen pública que tengo como un empresario, me parece que tengo una responsabilidad social con todos ustedes.

Los periodistas guardan silencio, aunque se siguen escuchando los flashes de las cámaras.

Emiliano: Cuando mis hijos nacieron, una persona en quien confiábamos plenamente nos traicionó. Nuestro jardinero, Evaristo López, se robó a uno de los niños.

La revelación genera revuelo y murmullos.

Emiliano: Durante años nos chantajeó. Nos exigía dinero y amenazaba con desaparecer al muchacho si acudíamos a las autoridades.

Periodista 4: ¿Está confirmado que el joven conocido como Juan de La Cruz Quintana es en realidad su hijo?

Emiliano baja la cabeza fingiendo tristeza.

Emiliano: Sí, así es.

Periodista 1: ¿Y por qué nunca lo denunciaron?

Emiliano: Porque éramos unos padres aterrados. Hicimos lo que cualquier padre haría para proteger la vida de su hijo. Durante años soportamos amenazas, extorsiones y dolor. Mi esposa y yo hemos sufrido mucho por esta tragedia.

Periodista 2: ¿Piensa emprender acciones legales contra el responsable?

Emiliano: Supe por una fuente privada que don Evaristo murió hace doce años. Mi hijito quedó al cargo de un orfanato y como tenía otro nombre, no tuvimos oportunidad de rastrearlo. Es una pena porque inclusive se estaba formando para ser un hombre de Dios, un sacerdote.

Emiliano niega con la cabeza y un nudo se la hace en la garganta, mostrando con hipocresía una faceta de hombre intachable y sensible. 

Emiliano: Hubiese sido una bendición para nuestra familia. A mi esposa le hubiera alegrado porque ella es una católica devota como tantos millones de personas en este país. Por desgracia, este tipo nos quitó la oportunidad de tenerlo con nosotros y nos duele en el alma saber que ha muerto asesinado de una forma tan brutal.

Periodista 3: ¿Cómo es que sus dos hijos estaban en el hotel Grand Luxor si ustedes perdieron contacto con uno de ellos?

Emiliano: Desconozco cómo Juan supo la verdad, pero él mismo intentó ponerse en contacto con nosotros y la primera persona con la que se contactó fue Christian. Esa noche iban a verse en el hotel y pasó lo que ya el país entero conoce.

Emiliano acomoda sus lentes y se los coloca de nuevo.

Emiliano: Ahora si me disculpan, espero que compartirles esta parte íntima de vida aclare sus preguntas. Por respeto a mi familia, no pienso hablar más. Con permiso.

Emiliano se adentra al corporativo. Los periodistas lo siguen queriendo indagar más, pero los guardas de seguridad impiden el paso.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Grettel permanece frente al enorme ventanal. Los obreros terminan de reemplazar algunos cristales dañados después de que Emiliano lo rompiera el día anterior. La joven revisa las redes sociales en su celular. De repente, la puerta se abre. Emiliano entra.

Emiliano: (a los obreros) Váyanse y regresen al rato.

Los dos hombres se miran extrañados.

Emiliano: ¡Que se vayan, caray!

Los obreros dejan las herramientas a un lado y salen de la oficina. Grettel se vuelve lentamente.

Grettel: (sonriendo apenas) Bonita actuación. De veras que son eficientes los periodistas. Tan solo hace unos minutos estabas hablando abajo y ya se publicaron tus declaraciones. ¿Viste cómo si funcionó mi idea?

Emiliano no responde. Frunce el ceño y se acerca despacio a ella para luego tomarla con brusquedad del mentón.

Grettel: ¿Qué te pasa? Me haces daño.

Emiliano: ¿Qué era lo que pretendías?

Grettel: Me lastimas.

Emiliano la suelta de mala gana.

Emiliano: ¿Quieres seguir viéndome la cara? ¿Tan poca cosa te parezco como para omitir información y jugar conmigo como un chamaco?

Grettel: ¿De qué estás hablando? 

Emiliano: Me parece que no has entendido que conmigo no puedes jugar, chula. ¡Yo me entero de todo! ¡Hasta del color de los calzones que traes puestos!

Grettel: Pues ya déjate de rodeos y dime qué te traes porque no estoy entendiendo nada. 

Emiliano: (muy molesto) ¡Estoy hablando de Christian! El bueno para nada entró a la habitación donde estaba tu querido Juanito de La Cruz y tú saliste después. Christian y él iban a reunirse allá, y declaró que cuando entró, alguien lo golpeó. Fuiste tú, ¿no? 

Grettel baja la mirada, sintiéndose descubierta.

Grettel: Emiliano, te lo puedo explicar…

Emiliano: Sí, claro que me lo vas a explicar porque si me hubieras dicho eso esa misma noche, habría buscado la forma de que este pinche escándalo no me afectara.

Grettel: Estaba muy asustada. Yo no sabía que ellos dos iban a reunirse en el hotel. Juan sí me dijo cuando lo llamé que tenía un compromiso. ¿Te acuerdas? Yo tenía el celular en el altavoz y tú mismo lo escuchaste. No tenía ni idea de que ese compromiso era con Christian.

Emiliano: ¿Y por qué te demoraste en salir de la habitación? Las cámaras lo mostraban. Tú llegaste, apuñalaste al bastardo y Christian llegó dos horas después. ¿Por qué esperaste tanto?

Grettel: Porque estaba aterrada. Tenía mucho miedo de salir y que alguien me descubriera. Cuando Christian entró, solo se me ocurrió golpearlo. ¿Cómo más querías que reaccionara? Maté a un hombre inocente, uno al que conocía desde que era casi una niña. ¡Uno al que amaba!

Emiliano la abofetea con el dorso de la mano. Grettel se vuelve el rostro.

Emiliano: ¡No voy a permitir que me restriegues en la cara que estabas enamorada de ese prospecto de cura barato! ¡Dilo de nuevo y…!

Grettel: (retadora) ¿Y qué? ¿Vas a matarme? ¡Pues hazlo! Pero no voy a negar la verdad. Juan era el amor de mi vida y lo maté por tu maldita culpa. Me convertiste en una asesina, Emiliano y eso, óyeme bien, eso nunca te lo voy a perdonar.

Emiliano: (riéndose) ¡Achis! ¿Y a poco crees que me importa tu perdón? 

Grettel: Deberías porque te di algo que querías y ahora tú me vas a dar algo también. 

Emiliano: ¿Se te zafó un tornillo o qué? Tú no estás en condiciones de pedirme nada.

Emiliano la agarra de la cintura y la junta a su cuerpo.

Emiliano: Más bien agradece que no mandé a tu mamita chula pal otro lado y ocúpate de darme lo único para lo que eres buena. 

Emiliano le recorre las piernas y comienza a meterle la mano hacia la entrepierna. Grettel lo empuja y se aparta.

Grettel: ¡Pues no! Yo no voy a permitir que me trates como una prostituta. Valgo más, mucho más, Emiliano. 

Emiliano: No te pongas de rebelde que no te conviene.

Grettel: ¡Estoy embarazada!

Emiliano: (impactado) ¿Qué?

Grettel saca del bolsillo de su uniforme una prueba de embarazo y se la pone al hombre en la mano. 

Grettel: Esta mañana me la hice. Tenía un retraso y como puedes ver, salió positiva.

En efecto, la prueba muestra dos rayas. Emiliano apenas logra procesar tan inesperada noticia. Empuña la prueba en su mano al tiempo que varias emociones lo invaden. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – DÍA

Fernanda entra con cautela en la habitación. La cama está vacía y escucha el sonido de la ducha proveniente del baño. La mujer se acerca lentamente a la puerta entreabierta del baño y el corazón le late rápidamente. Dentro, la silueta desnuda de Juan apenas se distingue detrás del cristal empañado por el agua caliente.

Fernanda: (pensamiento) La única forma de comprobar que sí es mi hijo es que tenga las cicatrices en la espalda. 

Fernanda da un paso más, pero por accidente se resbala y para evitar caerse, se agarra de un estante donde hay varios productos, los cuales tumba al piso, provocando un ruido. Juan de inmediato se voltea y cierra la llave del agua, sorprendido al ver a la mujer.

Juan: ¿Qué está usted haciendo aquí?

Juan entreabre el cristal y alcanza su toalla para cubrirse.

Fernanda intenta aparentar normalidad.

Fernanda: Perdóname, hijo. Quería nada más avisarte que bajes a desayunar.

Juan: Yo tenía cerrada la puerta de la habitación con seguro. ¿Cómo entró?

Fernanda: Tengo una copia de las llaves de cada habitación de la casa, pero es por seguridad. Tú sabes.

Juan: (muy incómodo) La próxima vez toque o espéreme. Es de muy mal gusto entrar así a los cuartos de la gente.

Fernanda: Perdóname. No quise violar tu privacidad. Es que me preocupas.

Juan: Bueno, ya sálgase, por favor. Me voy a vestir.

Fernanda enarca una ceja, confundida.

Fernanda: ¿Por qué me sigues hablando de usted?

Juan se percata del error que inconscientemente ha cometido. Fernanda lo mira de arriba a abajo.

Fernanda: De hecho, me parece muy extraño que hables un poco diferente, con otro tono o como con otro color de voz. Inclusive hasta tu cabello luce distinto. ¿Cuándo te lo cortaste?

Juan se pone nervioso, aunque intenta no demostrarlo.

Juan: Hace unos días me lo cortaron en una barbería.

Fernanda: (poco convencida) ¿De verdad? 

Juan: ¿Para qué me estás interrogando tanto?

Fernanda: Es que hay muchas cosas que no me cuadran. Dijiste en la audiencia que le diste a Juan tus documentos y tus tarjetas, y lo llamaste para que se vieran allí, pero él llegó primero y tú llegaste dos horas después. Inclusive dejaste plantada a María José que te estaba esperando. ¿Por qué llegaste tan tarde si la reservación era a las siete?

Juan: (balbuceando) Pues… pues… pues porque tuve problemas en el camino. Fue eso. Había muchos coches, tráfico y… (Hace una pausa, intentando pensar rápido) Bueno, pues también me retrasé por lo que te dije. Pasé a una barbería a cortarme el pelo antes de llegar al hotel.

Fernanda no parece muy convencida, aunque termina por sonreír.

Fernanda: Está bien. Es solo que todo esto me ha tenido con los pelos de punta, mi amor, pero no me hagas caso y no me trates con tanta formalidad. Parece como si fuera una desconocida para ti. Recuerda que soy tu madre y te amo. 

Juan asiente y se queda en silencio. Fernanda sigue escaneando el cuerpo semidesnudo y húmedo del muchacho con un deseo reprimido. Juan se ve sumamente incómodo, pues se da cuenta.

Juan: ¿Algo más?

Fernanda: No.

La mujer parece querer acercarse. Juan da un paso hacia atrás inmediatamente. Fernanda percibe el rechazo, pero sigue dibujando aquella sonrisa retorcida.

Fernanda: Me alegra tenerte de vuelta, Christian y, para ser sincera, hasta me tranquiliza saber que no terminaste acostándote con María José. Esa noche me flagelé tanto.

Juan frunce el ceño.

Fernanda: La culpa me removía por dentro al imaginarte con esa perdida de María José en la cama, pero menos mal no pasó. Ella solo iba a contaminarte.

Juan solo asiente con la cabeza, sin mirar directamente a la mujer.

Fernanda: Luego hablamos y baja a comer algo, eh. Debes alimentarte bien.

Fernanda sale del baño y luego de la habitación. Juan oye el sonido de la puerta cerrarse y permanece inmóvil varios segundos, respira profundamente y se apoya contra la pared.

Juan: (susurrando) Estuvo cerca…

El corazón le late con fuerza.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – DÍA

Paula, entretanto, acaba de escuchar esa conversación con unos audífonos, pues aún tiene un micrófono instalado y oculto en la habitación de Christian. La mujer se retira los audífonos, y cierra la laptop.

Paula: Con que deshacerte de mí. Bueno, eso veremos, Fer. Fallé en matar a tu querido tesoro, pero no voy a permitir que me apuñales por la espalda y ya se me está ocurriendo cómo…

Paula sonríe y cruza las piernas de forma sofisticada.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Grettel acaba de notificarle a Emiliano que se encuentra embarazada. Emiliano apenas logra asumir de golpe aquella noticia.

Grettel: Veo que te sorprendiste mucho. Claro, por fin vas a tener un hijo de tu propia sangre. Es un privilegio, un regalo que te voy a dar…

Grettel se le acerca de forma sensual y le acaricia el rostro, pero el hombre la retiene de la muñeca.

Emiliano: Yo no quiero tener hijos a esta edad para que me llamen abuelo. 

Grettel: Nunca es tarde, Emiliano. ¿Vas a negarme que nunca te hubiera gustado ser papá de un niño que sí llevara tu sangre? ¿Un heredero? ¿Un hijo que sí fuera lo suficientemente digno de ti?

Emiliano no responde ante esa pregunta, como confirmando con su silencio la respuesta.

Emiliano: ¡Da igual! ¿Qué cree que voy a decirle al mundo entero? ¿Que me cogí a mi secretaria y me va a dar un hijo a mis sesenta años? ¿Dónde va a quedar mi reputación?

Grettel: Yo no te estoy pidiendo que me muestres en público, por lo menos todavía no. Primero lo primero, así que debes empezar por divorciarte de tu esposa y al tiempo ya veremos. 

Emiliano niega con la cabeza, se aparta y le da la espalda. 

Emiliano: Tampoco tengo la certeza de que sea hijo mío. 

Grettel: Eres el único hombre con el que tuve relaciones en el último mes.

Emiliano: (girándose) ¿Ah, sí? ¿Qué hay del cura? Con ese también te revolcaste allá en Villa Encantada. ¡A mí no me creas tan estúpido! (Lanza la prueba de embarazo al piso)

Grettel: Eso fue hace menos de una semana y según mis cuentas, tú y yo tuvimos relaciones unos días después de mi último período. Estaba en mi etapa fértil. El niño es tuyo. 

Emiliano guarda silencio sin terminar de asumir la información y apoya las palmas de las manos en el escritorio.

Grettel: No estoy exigiéndote que te cases conmigo ya o que te divorcies de tu mujer en este mismo instante, pero creo que merezco una posición en tu vida después de que me deshice de tu problema y ahora más que voy a darte un hijo. Piénsalo.

Grettel decide retirarse de la oficina y cierra la puerta tras sí. Emiliano ve la prueba de embarazado en el piso en la cual resaltan las dos rayas. El hombre se queda pensativo.


INT. HOTEL/HABITACIÓN – DÍA

Tocan la puerta. Chela se apresura a abrir.

Chela: ¡Voy!

La mujer abre y en primer plano se encuentra con Juan, quien viene vestido usando ropa casual, una camiseta, jean, tennis y una gorra.

Chela: (emocionada) ¡Juan, mijo!

Juan le esboza una leve sonrisa de alivio.

Juan: Hola, Chela.

Chela: ¡Ay, ven para acá!

Chela lo abraza fuertemente. Juan también le corresponde y ambos duran así varios segundos. Minutos después, los dos están sentados. Juan en una silla. Chela se encuentra en la cama.

Chela: Menos mal sí lograste encontrar la dirección del hotel. Tienes buena memoria, eh.

Juan: Supongo que es mi fuerte. Hoy en día mucha gente ya no recuerda direcciones ni números de teléfono porque todo lo tienen guardado en los celulares.

Chela: Sí, es cierto. ¿Te aseguraste de que nadie te siguiera?

Juan: Sí, no te preocupes. Estuve muy pendiente.

Chela: Qué bueno. No sabes la tranquilidad que me da saber que ya estás fuera de esa cárcel.

Juan asiente.

Chela: Al menos ya confirmamos una cosa. Emiliano no pudo haber mandado matar a Christian porque si sí, la mujer que lo mató le hubiera contado que tú eres Juan y ahorita no estarías libre.

Juan: Cuando salí, también pensé lo mismo, pero la verdad es que, cuando llegamos a la casa, resultó que no. Emiliano sí estuvo detrás, nada más que su objetivo era yo, no Christian. 

Chela: (sorprendida) ¿Estás seguro?

Juan: Lo admitió anoche delante de mí y de Fernanda. Me reclamó por haberlo traicionado y actuaba como si de verdad creyera que soy Christian. Me dijo que todo ese problema era culpa mía por haber querido proteger a Juan y hasta te mencionó. 

Chela: ¿A mí?

Juan: Sí. Él supo que yo me estaba escondiendo en tu casa. El punto es que no tiene ni idea de quién soy yo. 

Chela: (desconcertada) Pero no entiendo. De ser así, ¿por qué la asesina no le dijo quién eres?

Juan: Yo me estoy haciendo la misma pregunta. Cuando llegué a la habitación llamé a Christian por su nombre. La mujer que estaba ahí me oyó. Ella sabía perfectamente quién era Christian y quién era yo y aun así no le dijo nada a Emiliano.

Chela permanece pensativa.

Chela: Quizá actuó por su cuenta o se confundió y por miedo a las represalias de Emiliano, no le ha dicho nada.

Juan: No creo que se confundiera. Esa mujer ya sabía desde antes que Christian iba al hotel y lo obligó a llamarme para tenderme la trampa. Quien quiera que sea, actuó sola y engañó a Emiliano.

Chela permanece unos segundos en silencio.

Chela: La única que sabía de antemano sobre la cita en el hotel era María José y si analizamos todo, el que esa asesina oculte la verdad te está beneficiando.

Juan: Puede ser, pero me sigo negando a creer que sea María José. Pensar eso es como afirmar que ella está siendo cómplice de Emiliano.

Chela: Quizá no es su cómplice, sino que la chantajeó de alguna manera. Emiliano pudo ordenarle que te matara, pero ella se negó y armó este montaje para hacerles creer a todos que Christian eras tú. 

Juan parece dudar por un instante y resopla, aunque niega con la cabeza.

Juan: Pues no sé, pero como sea, voy a averiguar quién fue. Ahorita lo que me preocupa es otra cosa.

Chela: (extrañada) ¿Qué pasó?

Juan: Esta mañana Fernanda casi me descubre. Entró a la habitación mientras me estaba bañando y la caché porque sin querer hizo ruido. 

Chela: (preocupada) No puede ser. Entonces ya sospecha algo. De seguro quería verte la espalda.

Juan: (desconcertada) ¿Para qué?

Chela: Christian tenía muchas cicatrices de los azotes que ella le daba de niño y de adolescente, así que si entró a la habitación mientras te bañabas, lo más seguro es que quisiera ver si tenías las cicatrices. 

Juan: Con razón. Entonces sí creo que puede estar sospechando. Me hizo preguntas de por qué llegué al hotel tan tarde, de por qué la trataba de usted y más cosas. Por suerte la convencí.

Chela: Y así debe ser. Ella no puede saber quién eres, mijo. No permitas por nada del mundo que te vea sin camisa o va a saber que tú no eres Christian. Unas cicatrices no van a desaparecer por arte de magia. 

Juan parece reflexionar. 

Juan: Entonces tengo que convertirme en él. Ya no basta con fingir, Chela. Necesito vivir como Christian. Necesito que me cuentes todo sobre él. Lo que le gustaba, cómo hablaba, cómo caminaba. Todo y eso incluye las cicatrices.

Chela: No creo que sea necesario que te las hagas. 

Juan: Ya veré. Mientras ayúdame con lo que te estoy pidiendo, por favor. Es la única manera que tengo para que las cosas me salgan bien.


CORTE A:

INT. GIMNASIO – DÍA

Juan se ve corriendo en una caminadora a toda velocidad mientras suda aparatosamente. 

Chela: (voz en off) Christian era muy disciplinado con el ejercicio…

Luego, se ve al muchacho levantando mancuernas bastante grandes, haciendo press de banca para el pecho y pull-ups para la espalda.

Chela: (voz en off) Iba casi que todos los días al gimnasio. Era su pasión…

Juan hace abdominales sin dejar de sudar y termina por caer exhausto.

Chela: (voz en off) Y le encantaba nadar…


CORTE A:

EXT. ALBERCA – DÍA

Juan atraviesa una alberca de un extremo a otro. Nada una y otra vez. Un entrenador le mide el tiempo con un cronómetro. Juan emerge del agua, jadeando.

Juan: (muy cansado) ¿Qué tal?

Entrenador: Muy bien. Rompiste tu marca. Lo hiciste en un minuto. Continúa así.

Juan asiente y vuelve a sumergirse en el agua.

Chela: (voz en off) También solía ir al club a jugar tennis…


CORTE A:

EXT. CLUB/CANCHA – DÍA

Juan intenta devolver una pelota con la raqueta, pero falla en repetidas ocasiones. Termina por caer frustrado al piso y tira la raqueta a un lado. El mismo entrenador de antes se le acerca.

Entrenador: ¿Qué pasó, Chris? Perdiste la práctica. Vas a tener que esforzarte más.

El entrenador le pasa una botella de agua. Juan se la recibe, la destapa y bebe, evidentemente cansado.

Chela: (voz en off) Mi niño era muy refinado…


CORTE A:

INT. CENTRO COMERCIAL/JOYERÍA – NOCHE

Juan se encuentra de compras. Un vendedor le muestra varios estilos de relojes y escoge un par.

Chela: (voz en off) Le gustaba vestir bien…

Luego, el joven camina por una tienda de zapatos y observa varios elegantes. Una vendedora se le acerca.

Vendedora: ¿Puedo ayudarle, señor?

Juan: Muéstreme los más caros que vayan conmigo, por favor. 

Vendedora: Claro. Venga conmigo.

La vendedora le muestra distintos pares. Juan los observa con evidente poca emoción.

Chela: (voz en off) Le gustaban las marcas finas...

Juan termina señalando unos zapatos elegantes.

Juan: Me llevo esos.


CORTE A:

INT. PERFUMERÍA – DÍA

Una asesora coloca varias tiras aromáticas sobre el mostrador.

Chela: (voz en off) Y siempre olía a perfume. Christian era muy vanidoso para esas cosas.

Asesora: Este es uno de nuestros perfumes más exclusivos.

Juan huele una de las muestras y hace una mueca.

Asesora: ¿No le gusta?

Juan se apresura a corregirse.

Juan: Tantito fuerte, pero está bien. Lo compro.


CORTE A:

EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DÍA

Un automóvil avanza lentamente. Juan conduce con evidente concentración.

Chela: (voz en off) Y por supuesto sabía manejar desde jovencito.

Instructor: Más despacio.

Juan gira el volante.

Instructor: Bien. Ahora estaciónate.

Juan realiza la maniobra. El vehículo queda ligeramente torcido.

Instructor: No quedó perfecto, pero mejoraste bastante.

El instructor toma apuntes. Juan resopla. 


CORTE A:

INT. TIENDA DE TELEFONÍA – DÍA

Juan ahora visita una tienda de celulares y viste de forma elegante. Una empleada le entrega un teléfono nuevo.

Chela: (voz en off) Otra cosa es que casi ni se despegaba de su celular. Recuerdo que lo regañaba a veces por eso.

Empleada: Este modelo tiene reconocimiento facial, huella, sincronización automática y almacenamiento en la nube. Cuenta con una tera de espacio. 

Juan apenas entiende la mitad.

Empleada: ¿Quiere que le enseñe a configurarlo?

Juan: (asintiendo) Sí, por favor.

Chela: (voz en off) Debes fijarte en todo, mijo. No basta con parecerte. Tienes que pensar como él.

Es así como se enfocan varias secuencias de escenas repetidas que indican que los días y semanas van pasando. Juan corre al amanecer. Va al club y nada en la alberca. Practica tenis y boxeo. Sigue asistiendo a sus clases de conducción. Observa fotografías de Christian en su nuevo celular y estudia cada gesto, cada sonrisa, cada mirada. Va a tiendas de ropa y prueba distintas prendas frente al espejo. Incluso aprende a anudarse la corbata. Sus días van pasando agasajado entre lujos que nunca tuvo y a los que poco a poco ha tenido que acostumbrarse. En otra escena, sale de la casa. Fernanda lo observa con suspicacia desde arriba.

Fernanda: ¿Para dónde vas, hijo?

Juan: (con indiferencia) Al club.

Juan se va. Fernanda parece no estar convencida de algo.


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE

La habitación permanece completamente oscura, apenas iluminada por la tenue luz de la lámpara de la mesita de noche. Juan está solo, arrodillado y tiene el torso desnudo. Respira agitadamente. El sudor le escurre por el rostro, aprieta los dientes y cierra los ojos. Luego, levanta el brazo y se flagela con un látigo. El golpe resuena en la habitación. Juan cierra los ojos con fuerza. Da otro golpe, luego otro y otro.

Juan: Vamos… Tengo que poder.

El muchacho tiembla. Las lágrimas le escurren de los ojos, pero se niega a llorar y su espalda muestra marcas recientes. Finalmente, se flagela por última vez y cae de lado, exhausto. Mira un crucifijo colgado en la pared y sigue temblando, sintiendo la piel abierta de la espalda.

Juan: Voy a resucitar…

Juan traga saliva y se apoya de la cama para arrodillarse de nuevo con la mirada fija en el crucifijo. Mantiene endurecido el rostro y la escena se siente pesada. Le habla al crucifijo mientras las lágrimas le siguen cayendo.

Juan: (susurrando) Dios mío, perdóname por esto, pero mientras no les haga pagar, nunca voy a vivir tranquilo. 

Juan dibuja una leve sonrisa mientras sigue temblando, bañado en sudor y algo de sangre.

Juan: La guerra empezó Emiliano. Tú y todos los que me hicieron daño me la van a pagar.

CONTINUARÁ…

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