Capítulo 33: Ludus seductionis
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLO – DÍA
Chela camina a paso junto a Joaquín, un joven sacerdote que usa sotana. El bullicio de los niños jugando en el fondo se oye, como de costumbre.
Chela: (impactada) Ay, no puede ser. ¿Me dice usted que entonces el padre Chuy lleva ya dos meses hospitalizado?
Joaquín: Sí, señora y desgraciadamente tampoco ha querido recibir visitas de nadie, aunque le hemos enviado muchas carticas, al igual que los niños. Lo malo es que no responde y nos tiene desconcertados. Quedó muy afectado con todo lo de la muerte de Juan de La Cruz que estaba a nada de ordenarse.
Chela baja la mirada, conmovida y ambos dejan de caminar al mismo tiempo.
Chela: Me imagino. Pobrecito. Veré si me doy una pasadita por el hospital al menos para saludarlo si es que me recibe.
Joaquín: (sonriéndole) Esperemos que sí y dígale que nos hace mucha falta por acá.
Chela: Claro. Cuenten con ello. ¿Cuál es su nombre, por cierto?
Joaquín: (sonriéndole) Joaquín. Yo soy el padre Joaquín.
Chela: Qué curioso su acento, padre. ¿De dónde es usted?
Joaquín: De Colombia. Me ordené hace poco sacerdote porque realicé toda mi formación religiosa aquí en México, aunque ya en esto vuelvo a mi país. Es más, me iba a ordenar con Juan, pero…
Joaquín baja la mirada con tristeza.
Chela: No tiene ni qué decirlo. Es una pena que toda esa tragedia ocurriera.
Joaquín: Sí. Fue una pérdida muy grande para el orfanato. Juan era un bacán y lo admiraba mucho, aunque no éramos tan cercanos. Todavía ni nos hemos recuperado del luto.
Chela: Me imagino (Esboza una sonrisa). Bueno, me retiro entonces, padre Joaquín. Tenga usted buen día.
Joaquín: Déjeme la acompaño a la puerta.
Chela le sonríe y justo cuando ambos se dan la vuelta, María José sale de un salón de clases, sosteniendo unos libros y ambas topan, sorprendiéndose mutuamente al verse.
María José: ¿Chela?
Chela: (balbuceando) Ma… María José…
María José se acerca rápidamente.
María José: Qué sorpresa verla por aquí. ¿Qué hace en el orfanato?
Chela se pone un poco nerviosa.
Chela: Eh, pues vine a preguntar por el padre Chuy. Hace mucho no sabía de él y me enteré de que estuvo delicado de salud.
María José frunce ligeramente el ceño.
María José: ¿Usted conoce al padre?
Chela: (asintiendo) Sí, mija. Lo conocí gracias a Juan.
María José parece sorprendida.
CORTE A:
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/SALA DE PROFESORES – MINUTOS DESPUÉS
La sala se encuentra vacía. María José le entrega una taza de café a Chela, quien ya se encontraba sentada.
María José: Tenga.
Chela: Muchas gracias, hija.
María José se sienta frente a ella. Chela bebe un sorbo.
María José: De veras que sí es una sorpresa muy grande que usted conozca al padre Chuy y más enterarme de que también conocía a Juan.
Chela: De hecho, cuando lo secuestraron, yo fui quien escondió a Juan de La Cruz en mi casa, en un pueblito que se llama Villa Encantada.
María José: (impactada) Creo que no le estoy entendiendo. ¿Cómo que lo escondió?
Chela: Sí, eso mismo. Tú has de saber que a Juan lo secuestraron en una ocasión.
María José: Sí, claro. Yo estaba ahí cuando se lo llevaron esos hombres y esa fue la última vez que lo vi con vida (Recuerda con cierta nostalgia). Pero hasta donde supe, Juan logró escapar después. Entonces ¿él estaba con usted?
Chela: Sí. Juan luego llamó al padre Chuy para que le llevara las cenizas de su amigo al que mataron durante el secuestro. Quería despedirlo y fue ahí donde conocí al padrecito.
María José: Claro, ahora recuerdo que el padre sí me dijo que ya sabía dónde estaba Juan y que incluso fue a verlo, solo que no quiso decirme el sitio.
Chela: Era por seguridad. Y si Juan logró salvarse aquella vez, fue gracias a Christian.
María José frunce el ceño con molestia.
María José: Perdón, Chela, pero si a Juan lo secuestraron, fue precisamente porque Christian llegó esa mañana a delatarlo con Emiliano. Yo lo escuché. Christian lo vendió, lo entregó.
Chela niega de inmediato.
Chela: No, hija. Eso era parte del plan.
María José: (desconcertada) ¿Plan?
Chela: Christian lo preparó todo. Él debía distraer a Emiliano mientras yo llamaba a la policía. La idea era ganar tiempo para que Juan pudiera escapar. Yo estaba esperando afuera de la bodega, dentro de un taxi, lista para ayudarlo.
María José se queda pensativa y tiene un recuerdo de cuando fue a visitar a Juan a la cárcel, creyendo por supuesto que era Christian.
FLASHBACK
María José: De ti me puedo esperar cualquier cosa. Vendiste a tu propio hermano y para colmo lo mataste. ¿Qué clase de persona eres? ¿Cómo pudiste hacer una cosa tan baja?
Juan: Era una trampa que me ideé. Emiliano de todas formas lo iba a encontrar. Yo lo que hice fue involucrarme para tener más chances de ayudar desde adentro. Chela lo puede confirmar. Juan estaba escondiéndose con ella.
María José: No te creo.
Juan: Puedes preguntarle. Yo jamás habría hecho nada para dañarlo. Es verdad que apenas nos estábamos conociendo, pero era mi hermano, carajo…
FIN DEL FLASHBACK
María José: (dejando de recordar) Entonces sí me dijo la verdad aquella vez…
Chela: Mi niño no actuó de mala fe, María José. Te lo aseguro. Yo lo conozco desde que era un chamaco y créeme cuando te digo que ha sufrido muchísimo. Él sería incapaz de dañar a alguien.
María José baja la mirada.
María José: Quisiera creerle, de verdad quisiera, pero yo tenía una cita con Christian la noche que mataron a Juan y lo encontraron en ese hotel prácticamente con las manos en la masa.
Chela suspira.
Chela: A veces las cosas no son lo que parecen, hija y siéndote honesta, si tú estabas en el hotel, hasta tú serías sospechosa del asesinato.
María José: (indignada) Una cosa así es absurda, Chela. Yo no soy una asesina.
Chela: Yo sé y te creo, pero a mí también se me hace sospechoso porque tú estabas en el hotel y tu madrina es una mujer mala que bien pudo enviarte.
María José: ¡Jamás! Yo quería a Juan. Estaba enamorada de él y jamás hubiera hecho una cosa tan vil contra él, menos enviada por mi madrina.
Chela baja la mirada, sintiéndose mal por juzgar a la joven. María José suspira.
María José: Mire, Chela… Paula en estos momentos es una desconocida para mí. Ella siempre fingió ser la víctima y desde que era una niña, me convenció de que Emiliano Fonseca había querido inculparla del asesinato de Gabriel. Yo me propuse ayudarla y cuando llegué a este país, mi objetivo era casarme con Christian para que ella recuperara su herencia, su lugar, pero…
María José hace una pausa con un nudo en la garganta. Chela la mira con pena.
María José: Me engañó… Descubrí que me engañó no solo ocultándome la verdadera muerte de mis padres, sino que estuvo detrás del accidente de Gabriel y eso no es todo. Hasta hace unos meses, para colmo, también descubrí que era amante de mi exnovio. ¿Usted cree que yo habría matado al hombre que quería por ella, justo ella que tanto daño me ha hecho?
Chela: (muy apenada) Perdóname. Mi intención no fue culparte.
María José: (dolida) Lo hizo.
Chela: De verdad, perdóname, pero si te dije esto fue para que vieras lo que se siente ser acusada de algo que no hiciste. Imagínate cómo se sintió mi niño acusado de matar a su propio hermano. Ponte en su lugar.
María José permanece en silencio, confundida.
Chela: Christian no es malo, María José y a él le dolió en el alma lo que ocurrió, y te juro que en estos momento es el más interesado en hacer justicia.
De pronto, otra maestra entra apresurada.
Maestra: ¡María José!
María José se vuelve.
María José: ¿Sí?
Maestra: La hermana Rosario pidió que todos los maestros nos reunamos en el auditorio.
María José: (extrañada) ¿Una reunión? ¿A esta hora? No nos habían dicho nada.
Maestra: Sí. Parece que tiene que ver con el futuro del orfanato.
María José: Está bien. Voy enseguida.
Maestra: No te tardes. Casi todos están allá.
La maestra se retira. María José vuelve a mirar a la anciana.
María José: Voy a tener que dejarla sola.
Chela: (poniéndose de pie) No te preocupes. De todas maneras, yo ya me iba cuando nos encontramos.
María José se pone de pie también.
María José: Está bien. Gracias por venir. Fue un gusto verla de nuevo a pesar de lo tensa de la conversación. Cuídese mucho, Chela.
Chela: Tú igual y por favor piensa en lo que hablamos. Christian no es un mal muchacho y de seguro te vas a llevar una sorpresa cuando lo conozcas bien.
Chela le dedica una pequeña sonrisa y se retira de la sala de profesores. María José se queda pensativa.
EXT. CASA DE LOS FONSECA/PATIO – DÍA
Juan hace ejercicio bajo el sol, sin camisa, usando un short negro deportivo y tenis. El hombre suda aparatosamente. Hace flexiones y jadea, cansado, hasta que cae exhausto, por lo que se sienta en el césped e intenta recuperar el aliento para luego ponerse de pie. Paula observa discretamente desde la ventana de su habitación.
Paula: (susurrando) Debo reconocer que el idiota tiene buen cuerpo y se ve muy hombre, muy varonil, incluso más que antes…
Paula clava sus ojos en el torso desnudo del joven. Juan recoge una botella de agua del piso. Bebe a largos tragos. Luego, se derrama un poco sobre la cabeza y el pecho para refrescarse.
Paula: (susurrando) Lástima que sea mi sobrino porque está bueno el condenado…
De pronto, Juan voltea de improviso. Paula se sobresalta y se aparta rápidamente de la ventana, escondiéndose. Juan alcanza a ver la sombra y sonríe con picardía.
Paula: ¡Maldición! Espero que no me viera.
Paula respira agitada. Juan, de repente, escucha que su celular suena y se apresura a sacarlo del bolsillo del short.
Juan: (contestando) ¿Sí, bueno? (Pausa) Está bien. Dame un momento. Voy para allá.
Cuelga y se queda pensativo, dándose golpecitos con el celular en la palma de la mano.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – MINUTOS DESPUÉS
Paula se encuentra sentada frente al tocador, terminando de maquillarse, pero se ve interrumpida cuando tocan la puerta.
Paula: (fastidiada) ¿Quién?
Juan: (off screen) Soy yo, tía. ¿Puedo pasar?
Paula se exalta al escuchar la voz del muchacho, aunque finge naturalidad y se aplica rubor en los pómulos.
Paula: Pasa.
Juan entra a la habitación y sigue sin camisa, aunque carga una toalla blanca. Paula lo mira disimuladamente en el reflejo del espejo.
Juan: Perdón que vuelva a molestarte, tía.
Paula: (seria) ¿Y ahora qué pasó?
Juan se rasca la nuca fingiendo incomodidad.
Juan: Es que… Todavía no arreglan mi baño. Estuvo ocupado ayer con unas cosas y no le llamé al plomero, así que ya sabes… Vine a pedirte permiso otra vez.
Paula suspira y se voltea a verlo con exasperación.
Paula: Mira, Christian, sinceramente no me siento muy cómoda con que te aparezcas a cada rato en mi habitación así, tan ligero de ropa.
Juan arquea una ceja.
Juan: ¿Y eso por qué? ¿Qué tiene de malo?
Paula se pone ligeramente nerviosa.
Paula: No me parece apropiado y punto.
Juan sonríe con picardía.
Juan: ¿No será que te pongo nerviosa?
Paula: No digas tonterías.
Paula se voltea y continúa maquillándose. Juan ríe suavemente.
Juan: Está bien, está bien. Te prometo que esta será la última vez y es más. Te prometo también que voy a compensarte. Te voy a regalar algo.
Paula: No te molestes. No necesito regalos.
Juan: No importa. Aun así te lo voy a regalar. ¿Qué dices entonces?
Paula intenta mantener la seriedad. Termina de maquillarse y se pone de pie.
Paula: Está bien, pero te advierto que esta sí es la última vez. Por mí te puedes bañar la próxima vez en la fuente del parque o con la manguera del jardín. ¿Está claro?
Juan: (sonriéndole) Trato hecho.
Paula toma su laptop.
Paula: Voy a trabajar a la sala. No tardes.
Juan: Gracias, tía.
Paula sale de la habitación y apenas la puerta se cierra, la sonrisa de Juan desaparece por completo y su expresión se endurece.
Juan: (para sí) Vas a caer, Paula. Voy a descubrir qué es lo que escondes y si fuiste tú la que mató a mi hermano.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/AUDITORIO – DÍA
El auditorio se encuentra lleno. Maestros, seminaristas y algunos empleados conversan entre sí. El ambiente es relajado, aunque hay cierta curiosidad. María José entra y toma asiento junto a otra maestra. Jorge entra impecablemente vestido de sotana, portando una carpeta bajo el brazo y avanza hacia el estrado con aparente solemnidad. Poco a poco el ruido cesa y él toma el micrófono.
Jorge: Buenas tardes.
Todos: (al unísono) Buenas tardes.
Jorge: Gracias por su atención. Muy probablemente la mayor parte de ustedes ya me conozca. Para quienes no, soy el padre Jorge Mendoza, subdirector de este orfanato que lleva abiertas sus puertas desde hace treinta años.
Jorge pasea los ojos, mirando a los presentes.
Jorge: Como saben, el padre Jesús lleva ya dos meses recuperándose y, debido a su estado de salud, ha sido imposible que retome sus funciones al frente del orfanato. Es por ello que, como subdirector de esta institución, me corresponde informarles una decisión muy difícil, pero necesaria.
Los presentes se miran entre sí, expectantes y con curiosidad. María José escucha con atención.
Jorge: Después de analizar cuidadosamente la situación económica del orfanato, se ha determinado que la institución cerrará sus puertas de manera definitiva.
Un murmullo de desconcierto invade el lugar.
Jorge: Sé que esta noticia puede resultar dolorosa, pero en este terreno se va a construir un centro comercial y el proyecto ya fue aprobado por la alcaldía. Es algo inevitable frente a lo cual no podemos pelear.
El bullicio y descontento entre la gente aumenta. María José, indignada, se pone de pie y toma la voz.
María José: ¿Y qué va a pasar con los niños? Este orfanato es su hogar, su lugar seguro. ¿Cómo se puede tomar una decisión tan arbitraria en pro de la política y que pone en desventaja a los menos favorecidos?
Jorge: Ya estoy coordinando con otras instituciones para reubicarlos. Ninguno quedará desamparado.
María José: Pero este es su hogar. Muchos de ellos no conocen otra cosa (Varios presentes asienten). Además, ¿qué hay de nosotros los maestros y el personal? ¿A nosotros también nos van a reubicar?
Jorge: El caso de ustedes es diferente y lamento profundamente decirles que, debido al cierre, varios puestos serán eliminados.
La noticia cae como una bomba y algunos no se quedan sin protestar.
Joaquín: ¡Esto es una injusticia, padre! ¿Cómo pueden dejar sin empleo a los docentes?
Seminarista: El padre Chuy jamás permitiría una cosa así.
Maestra: Es cierto. Necesitamos hablar con él.
Jorge endurece discretamente el rostro.
Jorge: ¡Escúchenme, escúchenme! El padre Jesús no se encuentra en condiciones de atender asuntos administrativos. La decisión ya está tomada y no hay lugar a reclamos.
María José lo observa fijamente, pues algo en la actitud del hombre le genera desconfianza.
María José: ¿Y quién tomó esa decisión exactamente?
Jorge: Yo, por supuesto. Como subdirector del orfanato, me corresponde a mí velar por el bien común y aunque reconozco la gravedad de la situación, he tomado la decisión con mucho dolor. Créanme que lo siento.
María José no parece convencida. La cámara se queda en su rostro preocupado mientras a su alrededor continúan los reclamos y el caos.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – MINUTOS DESPUÉS
María José sigue a Jorge hasta la oficina, quien se muestra indiferente.
Jorge: No voy a seguir discutiendo con usted este asunto, señorita.
María José: Es que esto es una barbaridad, padre. Usted no puede tomar decisiones así tan deliberadamente sin pensar en el bienestar de toda la comunidad que compone al orfanato.
Jorge toma asiento en la silla frente al escritorio. María José permanece de pie.
María José. Y lo que es más. Este terreno no se puede vender sin la firma del padre Jesús Ramírez, que es el propietario.
Jorge: (con burla) ¡Por favor! Usted no es más que una simple maestra que no tiene ningún conocimiento de leyes. Es mejor que no se meta en lo que no le concierne.
María José: (muy seria) Pues se equivoca. Trabajé hace muchos años en un bufete de abogados y puedo asegurarle que conozco más de leyes que usted.
Jorge: ¿Me está tratando de ignorante acaso?
María José: Tómelo como quiera, pero esto es una injusticia y no me puedo quedar callada viendo cómo pasan por encima de los derechos de la comunidad.
Jorge se pone de pie lentamente. Una sombra oscura parece cruzarle el rostro.
Jorge: Mire, señorita Montiel. Le aconsejo que deje de meter las narices donde nadie la llamó si no quiere perder su puesto, que por cierto no se lo merece porque usted ni maestra titulada es.
María José lo mira, desafiante.
María José: ¿Es una amenaza?
Jorge se aproxima unos pasos.
Jorge: Tómelo como un consejo porque usted nunca me ha caído bien y no he olvidado aquella vez que la encontré en la habitación de Juan de La Cruz en una situación bastante inapropiada.
María José: (indignada) ¡No le permito que insinúe cosas sobre mí!
Jorge: Yo no estoy insinuando nada. Digo lo que vi.
María José: Pues puede pensar lo que quiera. Mi conciencia está tranquila.
Jorge: Me alegra saberlo, pero de nada sirve tener una conciencia tranquila. Las apariencias suelen engañar y no me gustaría que la reputación de una maestra ejemplar se viera manchada.
María José se ve molesta y antes de que pueda responder, ambos son interrumpidos por una monja que llama a la puerta entreabierta.
Monja: Disculpe, padre Jorge.
Jorge: ¿Qué ocurre, hermana?
Monja: Hay un seminarista afuera preguntando por el padre Chuy. Dice que viene de otra ciudad y que necesita hablar con él urgentemente.
Jorge se extraña.
Jorge: ¿De otra ciudad?
Monja: Sí, padre.
Jorge permanece pensativo unos segundos.
Jorge: Hágalo pasar.
Monja: Claro que sí. Enseguida.
La religiosa desaparece. Jorge vuelve la vista hacia María José.
Jorge: La conversación terminó. Puede retirarse.
María José lo mira con evidente molestia.
María José: Esto no se va a quedar así.
Jorge: Ya veremos.
María José sale de la oficina. Jorge suspira y se deja caer en la silla.
Jorge: (para sí) ¿Será ese mismo seminarista el que ha estado llamando al padre Jesús? (Niega con la cabeza) No, eso no tendría sentido. Esa voz era la de Juan de La Cruz. Estoy seguro y yo no creo en espectros del más allá…
De repente, la puerta se abre. Jorge levanta la vista. Damián entra vestido impecablemente de sotana negra, bien peinado, sonriente, sin ningún rastro de su look exótico y extravagante.
Damián: Buenas tardes. ¿El padre Jorge?
Jorge se queda sin palabras por unos segundos, impresionado por el atractivo del recién llegado.
Jorge: Sí, sí, soy yo.
Damián le extiende la mano. Incluso habla con más formalidad.
Damián: Muchísimo gusto. Mi nombre es Damián Hernández. Vengo desde Valladolid y necesito hablar urgentemente con el padre Jesús Ramírez.
Jorge estrecha la mano del joven sin dejar de observarlo con evidente interés.
INT. DEPARTAMENTO DE CHELA – DÍA
Juan se encuentra sentado en un sofá. Chela también está sentada frente a él en un sofá distinto.
Juan: No manches, Chela. Yo no sabía nada. ¿Qué me iba a imaginar que el padre Chuy llevaba dos meses enfermo?
Chela: Pues eso mismito me contó un padrecito, bastante gentil, por cierto. Joaquín se llama.
Juan: Joaquín, claro… Era uno de mis compañeros en el seminario y trabaja como maestro en el orfanato. De no haberme pasado nada de esto, hubiera podido ordenarme con él.
Chela: No te mortifiques pensando en eso ahora, mijo. El pasado es pasado y ahorita estás enfocado en el presente.
Juan suspira y asiente con la cabeza.
Juan: Volviendo al tema, lo que no comprendo es cómo el padre Chuy no ha querido ver a nadie en dos meses. Él no es así, aunque eso explica por qué no había contestado su celular.
Chela: Todos afirman que quedó muy afectado después de lo que pasó contigo y de tu supuesta muerte.
Juan: Él sabe que yo no estoy muerto y hay algo que no entiendo…
Chela: (extrañada) ¿Qué?
Juan permanece en silencio unos segundos.
Juan: El padrecito ayer me devolvió la llamada. ¿Por qué no habló y me colgó?
Chela: Puede ser que quería alejarse del mundo y al ver que lo has llamado con tanta insistencia desde ese número, tuvo curiosidad de contestar y cuando te escuchó, pues colgó porque no se siente listo para que hablen.
Juan: (pensativo) Sí, es probable, aunque yo creería más bien que está molesto conmigo por haber usurpado el nombre de mi hermano. Estuvo en desacuerdo y prácticamente lo obligué a mentir en la morgue para que reconociera el cuerpo, pero como sea, debo ir a verlo.
Chela: Tienes que ser prudente, mijo. En ese hospital puedes encontrarte con cualquiera del orfanato, algún seminarista, alguna monjita, hasta María José.
Juan: (extrañado) ¿María José?
Chela: Sí. Me la encontré casualmente y por lo visto, está trabajando como maestra allá en el orfanato. Tuve que explicarle lo del plan de Christian cuando te secuestraron porque piensa mal de él y hasta cree que fue quien te mató.
Juan: Yo ya se lo había explicado cuando fue a verme a la cárcel, aunque no me creyó y es mejor que siga pensando mal. No quiero que se me acerque y descubra la verdad. Es peligroso.
Chela: Ay, mijo. Por lo que platicamos, pude ver que te quiere mucho y tú a ella. Te va a odiar cuando esto acabe y sepa que la engañaste.
Juan: Es un riesgo que tengo que tomar. Esto en parte también lo hago por ella. Paula la ha engañado toda su vida y estuvo detrás de la muerte de su papá.
Chela: ¿A qué te refieres?
Juan: Paula mandó unos tipos a que secuestraran a María José cuando tenía diez años y en medio del rescate, el papá de ella murió. Uno de los secuestradores lo mató, pero lo peor fue a los días, cuando la mamá de María José supuestamente se suicidó ahorcada.
Chela: (impactada) ¡Dios mío! ¡Qué horror!
Juan: No hay que ser tan inteligente como para no darse cuenta de que Paula quitó de en medio a los padres de María José para tener la oportunidad de manipularla desde niña y traerla a este país para que la ayudara con sus planes.
Chela: Es peor de lo que pensé. Lo que me pone mal es pensar que Minerva se suicidó de esa misma forma y Paula fue quien la descubrió. Ella se traumó por causa de eso. Si Paula y Emiliano son como son es por mi culpa.
Juan: Esto no es tu culpa, Chela. Matar por un trauma no es ninguna justificación. Todos sufrimos. Mírame a mí que en estos últimos meses me destrozaron la vida y bien podría haberlos matado a todos, a Emiliano, a Jorge, a Octavio, pero no… Yo no me mancho las manos de sangre y quiero para ellos algo más que la muerte.
Chela lo observa en silencio con cierta preocupación. Juan resopla.
Juan: Por ahora, tengo que ver al padre Chuy. Después de mi padrino, él ha sido lo más parecido a un padre que he tenido. Le debo todo lo que soy (Hace una pausa y se corrige). O bueno, lo que era antes de que toda esta porquería me cambiara la vida.
Chela se inclina y le toma una mano.
Chela: No digas eso, mijo. Tú sigues siendo el mismo muchacho noble y bueno de siempre. Que hayas tomado el nombre de tu hermano y quieras justicia no cambia quién eres en verdad.
Juan aparta lentamente la mano.
Juan: No, Chela. Yo ya no soy el mismo y tampoco voy a volver a serlo. Yo ya no tengo marcha atrás.
Chela solo guarda silencio con cierta preocupación.
Juan: ¿Conseguiste lo que te pedí?
Chela: Sí. Dame un momento.
Chela se dirige a una cómoda y saca un sobre manila.
Chela: No querían darme la información porque según ellos es confidencial.
Juan recibe el sobre.
Chela: Pero en cuanto les di el dinero que me dejaste, cambiaron de opinión bien rapidito.
Juan sonríe con ironía mientras abre el sobre, saca un par de documentos viejos y amarillos, y comienza a revisarlos.
Juan: Así funciona el mundo, Chela (Lee atentamente mientras habla). Corrupción, poder y dinero. El que no tiene poder y lana no es nadie en este mundo.
Una sonrisa cargada de amargura se dibuja en su rostro.
Juan: Dímelo a mí que lo aprendí a golpes.
Juan vuelve a guardar cuidadosamente los documentos dentro del sobre.
Chela: ¿Qué piensas hacer con eso?
Juan: Desestabilizar y ponerle una trampa a Emiliano Fonseca. Este es el boleto que necesito para iniciar su caída.
Chela: Nada más cuídate mucho, Juan. Si Emiliano o alguien de esa casa te descubre, no me quiero imaginar lo que podrían hacerte.
Juan: No te preocupes. Yo sé bien lo que hago y cómo lo hago. Tú siéntate y disfruta de la caída de esa gente así como te sientas a ver tus novelas.
Juan aprieta el sobre entre sus manos mientras su mirada se endurece.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA
Jorge ha atendido a Damián. El primero permanece sentado detrás del escritorio y lee una especie de currículum. Damián se encuentra sentado frente a él.
Jorge: Veo que todavía ni siquiera se ha ordenado como diácono. ¿Qué lo trae por aquí?
Damián: Vine para hacer un voluntariado, padre.
Jorge: (extrañado) ¿Voluntariado?
Damián: Pues sí, así como lo oye. Verá, es que allá en mi pueblo no hay mucho qué hacer. Yo soy huérfano y desde hace tiempo quería dedicarme al trabajo social. Busqué en internet, encontré este orfanato y pues aquí me tiene.
Jorge: Veo que anexó a su currículum una carta de recomendación del seminario.
Damián: Sí, así es. Ellos me dieron el permiso de venir por unos meses. Ya inclusive había hablado con el padre Chuy y como a mí me gusta trabajar con niños, pues ya ve usted que no dudé en venir.
Jorge deja el currículum sobre el escritorio.
Jorge: Entiendo, aunque lamento informarle que el padre Jesús sufrió un infarto hace dos meses. Actualmente se encuentra recuperándose.
Damián: (sorprendido) Ah, caray, no tenía idea. Qué mala noticia. ¿Y cómo sigue?
Jorge: Por ahora se encuentra fuera de peligro. Mientras tanto, yo estoy al frente del orfanato.
Damián sonríe cordialmente.
Damián: Pues, si le soy sincero, aunque no esperaba esta situación, usted me da la impresión de ser un hombre de carácter y con mucha presencia.
Por primera vez, Jorge parece ligeramente halagado. Una discreta sonrisa aparece en su rostro.
Damián: Yo no tendría inconveniente en continuar el proceso con usted.
Jorge: Se lo agradezco, sin embargo, debo advertirle que quizá su viaje haya sido en vano.
Damián: (desconcertado) ¿Por qué lo dice?
Jorge se recarga en el respaldo de la silla.
Jorge: El orfanato será vendido. En este terreno se construirá un centro comercial. Justamente esta mañana informé a los maestros que pronto terminarán sus contratos.
Damián parece sinceramente decepcionado.
Damián: Qué lástima. La verdad me hacía mucha ilusión trabajar aquí y siendo honesto, vine únicamente con lo que traigo puesto y un par de cambios de ropa. Fue el propio padre Chuy quien me ayudó a costear el pasaje.
Jorge: Lo lamento en serio, pero no hay nada que pueda hacer al respecto.
Damián sonríe con cierta timidez.
Damián: ¿No habría posibilidad de que me quedara unos días? Aunque sea mientras consigo dinero para regresar a mi ciudad. Puedo ofrecerle mis servicios.
Damián dice eso con un deje de doble sentido. Jorge arquea una ceja.
Jorge: ¿Y qué clase de servicios podría ofrecer?
Damián: Pues de todo un poco. Sé cocinar, barrer, trapear, hacer mandados, cuidar chamaquitos…
Damián inclina ligeramente hacia adelante.
Damián: Mire, padre, no quiero sonar presumido, pero soy bastante útil y no se alcanza a imaginar todo lo que soy capaz de hacer.
Jorge lo observa detenidamente.
Damián: Además, algo me dice que aquí siempre hay trabajo de sobra.
Jorge sigue estudiándolo en silencio. Damián decide insistir.
Damián: Le prometo que no voy a causarle problemas. Soy muy trabajador y aprendo rápido, y si después de unos días considera que no sirvo, me voy sin hacer drama. Le doy mi palabra.
Jorge no puede evitar esbozar una leve sonrisa.
Jorge: Hum, no suena mal.
Damián se ilumina.
Jorge: Pero solamente serán unos días.
Damián asiente enérgicamente.
Damián: ¡Muchísimas gracias, padre!
Jorge: Déjeme terminar. Voy a prestarle el dinero para que se regrese a Valladolid, pero deberá pagarlo trabajando.
Damián se pone de pie emocionado.
Damián: ¡Muchas gracias! De verdad no se va a arrepentir.
Damián extiende la mano. Jorge se levanta y se la estrecha.
Jorge: Eso espero.
Damián sonríe ampliamente.
Damián: Ya verá que sí.
Jorge lo observa unos segundos más de la cuenta mientras Damián le devuelve la sonrisa con total naturalidad.
INT. CASA DE LOS FONSECA – DÍA
Una empleada doméstica acaba de recibir un inmenso arreglo floral. Paula justo viene bajando las escaleras, sofisticada e impetuosa como de costumbre.
Paula: (con curiosidad) ¿Y eso?
Empleada: Qué bueno que la veo, señora.
La empleada coloca el arreglo floral en una mesita al lado de la puerta.
Empleada: Esto acaba de llegar para usted.
Paula: (sorprendida) ¿Para mí?
Empleada: Sí e incluso trae una dedicatoria.
Paula termina de bajar el último peldaño. La empleada aparta un sobre blanco de las flores y se lo entrega. Ella, sin dudarlo, lo rasga, saca dos tarjetas y lee la primera.
Juan: (voz en off) “Esto es para agradecerte con toda mi sinceridad el gesto que tuviste al prestarme tu baño. Parece sencillo, pero significó para mí un primer acercamiento a ti que eres mi tía y a la que no pude conocer por tantos años. Por favor, acepta el regalo y cena conmigo esta noche. Te espero”.
Paula pasa la siguiente tarjeta y ve que es una reservación a un restaurante. Frunce el ceño, se queda pensativa y rasga ambos sobres en pequeños pedazos. La empleada se desconcierta.
Paula: Tíralas o llévalas donde no las pueda ver.
Empleada: ¿Disculpe?
Paula: Que tires las flores y no le digas a nadie que esa cursilería era para mí. ¿Entendido?
La empleada asiente. Paula tira los pedazos de papel al piso y se retira.
INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA DE EMILIANO – NOCHE
Ha caído la noche y a través del ventanal se aprecia la ciudad iluminada. Emiliano termina de guardar unos documentos en su portafolio cuando llaman a la puerta.
Secretaria: ¿Licenciado?
Emiliano: Adelante.
La secretaria entra sosteniendo un sobre color manila.
Secretaria: Esto se lo dejaron hace unos minutos en recepción. No trae remitente.
Emiliano frunce ligeramente el ceño.
Emiliano: ¿Quién lo dejó?
Secretaria: No supieron decirme. Solo comentaron que un mensajero pasó, pidió que se lo entregáramos personalmente y se fue.
Emiliano toma el sobre.
Emiliano: ¿Y Grettel? ¿Por qué ella que es mi secretaria no vino a entregármelo?
Secretaria: Dijo que usted le dio un permiso para hacerse un examen prenatal. Nos tomó por sorpresa saber que está embarazada.
Emiliano resopla con fastidio.
Emiliano: (susurrando) Pinche Grettel, ya se toma atribuciones como si fuera la dueña del corporativo la vieja esa.
La secretaria guarda silencio.
Emiliano: Ya puede retirarse.
Secretaria: Sí, licenciado. Buenas noches.
La mujer sale. Emiliano permanece solo. Observa el sobre unos segundos. Finalmente lo abre y saca primero una hoja doblada. La despliega y lee, desencajando el rostro.
"¿Pensaste que ese secreto moriría contigo? Los asesinos siempre dejan huellas y la verdad sale a la luz. Disfruta el tiempo que te queda".
Emiliano: (impactado) ¿Qué mierda?
Con manos tensas, el hombre introduce nuevamente la mano en el sobre y extrae ahora un documento, pero en cuanto lee el encabezado, la sangre parece abandonarle el rostro y las pupilas se le dilatan.
Emiliano: ¿Quién chingados tiene esto? ¿Quién lo mandó?
Emiliano se ha desequilibrado por completo y aprieta el papel con fuerza hasta casi arrugarlo.
CORTE A:
INT. DEPARTAMENTO DE GAEL – NOCHE
Paralelamente, suena el timbre. Octavio se encuentra terminando de afeitarse frente al espejo del baño.
Octavio: ¡Voy!
El hombre tarda unos segundos mientras se echa agua para enjuagarse y se seca con una toalla. Luego, se dirige a abrir, pero al hacerlo ya no ve a nadie por el pasillo y solo ve que el ascensor del piso va en bajada. Frunce el ceño, extrañado y nota un sobre manila tirado en el piso.
Octavio: (extrañado) ¿Y esto?
Octavio recoge el sobre, lo observa, cierra la puerta y lo abre mientras camina hacia la sala. De allí saca un documento, lo desdobla y sus ojos se abren poco a poco más de lo normal.
Octavio: Carajo, no puede ser…
Lee una vez más y luego una tercera. Baja lentamente el documento sin terminar de dar crédito hasta que empieza a reír entre dientes.
Octavio: Mira nomás...
Octavio sigue riéndose hasta que su risa se transforma en una escandalosa carcajada que da terror por lo desfigurado de su rostro.
Octavio: Emiliano y Paula son adoptados (Sigue riendo y se tumba en el sofá) ¡Caray! Toda la vida presumiendo un apellido que ni siquiera les pertenece. Gabriel era el único Fonseca legítimo.
Octavio levanta nuevamente el documento y lo lee una vez más.
Octavio: ¿Quién pudo tener interés en mandarme esta chingadera?
El hombre se levanta de golpe y toma el citófono para hablarle al guarda del edificio.
Octavio: Oye, me acaban de dejar un sobre acá debajo de mi puerta. ¿Quién era el güey al que dejaste pasar sin avisar? (Pausa) ¿Cómo que te amenazó?
INT. RECEPCIÓN DEL EDIFICIO – NOCHE
El guarda está al otro lado de la línea.
Guarda: Sí, señor. Me mostró una pistola y me amenazó con ella, y no tuve más opción que dejarlo pasar.
Juan se encuentra allí, frente al guarda, usando una chaqueta de cuero, jean, guantes negros y casco.
INTERCUT OCTAVIO/GUARDA
Octavio: Está bien. Déjalo así y no le hables a la policía. Tampoco es nada grave y ni una palabra a mi hijo, eh.
Octavio cuelga el citófono y luego sigue contemplando aquel documento, extrañado a la vez que satisfecho.
EXT. RECEPCIÓN DEL EDIFICIO – NOCHE
Juan, entretanto, le pasa un fajo de billetes al guarda.
Juan: Bien hecho.
El guarda toma el fajo con disimulo. Juan sale y mira para todos lados con cautela. Luego, sube a una motocicleta estacionada al frente del edificio.
Juan: Empezó el juego.
Juan se baja la visera del casco y no tarda en irse de allí a toda velocidad.
INT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE"/COMEDOR – NOCHE
Los niños terminan de cenar y algunos conversan en voz baja. Jorge permanece de pie al frente del comedor, observándolos con las manos cruzadas detrás de la espalda. Damián y dos seminaristas también observan a unos metros.
Jorge: Muy bien. Veo que ya terminaron y ahora quiero que me escuchen. Van a formar una fila y cada quien llevará su plato hasta la cocina para lavarlo. Quiero que aprendan disciplina. Aquí nadie va a crecer siendo un inútil.
Los pequeños obedecen y se levantan de sus puestos. Miguelito avanza con cuidado sosteniendo su plato, pero se siente intimidado por la imponente presencia de Jorge, por lo que, al pasar junto a otro niño, tropieza accidentalmente y deja caer el plato al suelo, rompiéndose en varios pedazos. Miguelito se queda inmóvil.
Miguelito: ¡Perdón!
Jorge camina rápidamente hasta él y lo sujeta con fuerza del brazo.
Jorge: ¿Sabes cuánto cuesta un plato para que los andes quebrando así como si nada?
Miguelito baja la cabeza.
Miguelito: Fue un accidente, padre.
Jorge: Los accidentes también cuestan dinero, mocoso. Tú siempre te excusas.
El niño comienza a contener las lágrimas.
Jorge: Mañana te quedas sin desayuno para que aprendas a cuidar las cosas. ¿Entendiste?
Los demás niños se miran entre sí, asustados. Jorge alza la voz.
Jorge: Y escúchenme bien todos. Si vuelven a romper un solo plato, ninguno de ustedes desayuna mañana.
El comedor queda en completo silencio. Uno de los seminaristas da un paso al frente.
Seminarista: Padre Jorge, si gusta, nosotros podemos encargarnos de lavar los platos.
Jorge gira lentamente hacia él.
Jorge: ¿Le pedí su opinión?
El seminarista baja la mirada, apenado.
Jorge: Ya bastante mal acostumbrados los dejó el padre Jesús con tanta alcahuetería (Voltea hacia todos). Aquí las cosas van a cambiar.
Damián interviene con una sonrisa amable.
Damián: Si me permite, padre, mejor déjeme hacerlo a mí.
Jorge arquea una ceja.
Jorge: ¿Usted tampoco escuchó?
Damián: Claro que sí, pero para eso vine. ¿Recuerda? Y además, si los chamacos siguen nerviosos, van a romper otros diez platos. Yo los lavo encantado. Total, ni me pesan y al fin y al cabo así me gano la estadía aquí.
Jorge permanece unos segundos pensándolo. Finalmente suspira y accede de mala gana.
Jorge: Está bien.
Damián: Gracias, padre.
Voltea hacia los niños.
Damián: Ándenle, chamacos. Dejen los platos ahí donde están. Yo me hago bolas con esto.
Miguelito lo mira con gratitud. Damián le guiña discretamente un ojo. Los niños comienzan a salir rumbo a los dormitorios. Jorge observa la escena con aparente indiferencia, sin embargo no puede evitar quedarse mirando a Damián mientras este recoge los platos con naturalidad.
Jorge: (pensamiento) No sé qué tiene este recién llegado, pero me recuerda mucho al imbécil de Juan de La Cruz y es igual de atractivo que él.
Jorge sigue viendo con discreción al joven y se retira de allí.
INT. RESTAURANTE – NOCHE
El lugar es elegante y sobrio. De fondo, suena música instrumental. Juan, impecablemente vestido con saco oscuro y camisa abierta en el cuello, consulta la hora en su reloj. De repente, levanta la vista. Paula aparece y luce un vestido discreto, pero refinado. Juan se pone de pie inmediatamente y se apresura a apartarle la silla para que se siente.
Juan: (sonriente) Buenas noches, tía.
Paula toma asiento con indiferencia.
Juan: Te ves preciosa.
Paula: Gracias.
Juan vuelve a ocupar su lugar y la observa sin quitarle los ojos de encima.
Juan: Me alegra que aceptaras venir.
Paula: No te confundas. Vine porque simplemente no me pareció educado rechazar la invitación a un restaurante tan fino y además, quiero hablar contigo.
Juan: Qué coincidencia porque yo también quería hablar contigo.
Llega el mesero y les pasa a ambos las cartas.
Mesero: Buenas noches. Bienvenidos.
Juan: Gracias.
Juan apenas hojea el menú unos segundos.
Mesero: ¿Desean ordenar ya o prefieren unos minutos para decidir?
Juan: Yo prefiero ordenar ya. Para mí, el magret de canard con reducción de frutos rojos y… De entrada, unos escargots à la bourguignonne.
El mesero asiente y anota todo en una tablet.
Mesero: ¿Y usted madame?
Paula: (leyendo la carta) Hum, yo tomaré un filet mignon con salsa de pimienta y unas papas gratinadas, sin sopa, por favor. No tengo tanto apetito.
Mesero: Excelente elección. ¿Desean alguna botella de vino?
Juan dirige una rápida mirada a Paula antes de responder.
Juan: ¿Quieres alguno en particular?
Paula: Te lo dejo a ti.
Juan: (al mesero) Bueno, en ese caso, un Burdeos tinto. El que nos recomiende el sommelier y gracias, eh.
Mesero: Con mucho gusto, señor.
El mesero retira las cartas. Paula observa a Juan con una sonrisa y evidente interés.
Paula: No me digas que sabes francés. Pronuncias muy bien.
Juan: (sonriendo) Je suis en train d'apprendre (Estoy aprendiendo).
Paula: (arquea una ceja) Debo admitir que me sorprendes. Te desenvuelves bastante bien en lugares como este y yo que pensé que solo eras un niñito rico al que le gustaba irse de reventón y despilfarrar el dinero.
Juan: Ya ves que no. Tengo muchas facetas, Paula.
Paula: ¿Ahora soy “Paula” y no me llamas tía?
Juan: Me parece mejor para que entremos en confianza. ¿Te incomoda que te llame por tu nombre?
Paula: Mira, Christian. Voy a ser directa contigo. Quiero que me digas qué te traes entre manos.
Juan: (fingiendo desconcierto) Perdóname, pero no sé a qué te refieres.
Paula: Yo no soy estúpida y te llevo casi treinta años de diferencia. La vida me ha enseñado mucho. Flores… invitaciones… cenas… Eso no lo hace un sobrino.
Juan: Solo intento cerrar la distancia que siempre ha existido entre nosotros. Fueron muchos años de no conocerte. ¿Qué tiene eso de malo?
Paula: Pues curiosa manera de hacerlo y si no supiera que eres mi sobrino… (Lo observa de arriba hacia abajo) Juraría que me estás coqueteando.
Juan se inclina apenas hacia delante.
Juan: ¿Y sería tan malo?
Paula parpadea, confundida por la pregunta.
Juan: Después de todo, en “Cien Años de Soledad” hubo personajes que terminaron enamorándose de una tía.
Paula suelta una risa incrédula.
Paula: ¿Eso fue una confesión?
Juan: Fue una referencia literaria.
Paula: Muy conveniente.
Juan sostiene la mirada.
Juan: Paula, lo único que puedo admitir por ahora es que eres una mujer muy guapa y pues, los ojos son para ver, ¿no crees?
Paula no esperaba escuchar aquello, aunque conserva la compostura.
Paula: Mejor que no juegues con fuego y cuida tus ojos. Recuerda que seguimos siendo familia y además… (Hace una pausa y lo mira fijamente) Tú eres un niño para mí.
Juan: Qué curioso que me pidas que cuide mis ojos porque este "niño" lleva un par de días sintiendo que alguien lo observa y no como una tía observaría a su sobrino.
Paula: Estás imaginando cosas.
Juan: ¿Segura?
Paula se recuesta con elegancia en el respaldo y cruza lentamente las piernas.
Paula: Completamente y te daré un consejo…
Paula se inclina ligeramente hacia adelante y baja un poco la voz.
Paula: Quítate esa máscara de galán que no te queda y mejor ocupémonos de comer. Tengo hambre.
Juan: Yo también y no te imaginas cuánta.
Juan dice aquello con una sonrisa pícara. El mesero llega en ese instante con un vino ya abierto y un par de copas. Juan agarra la botella y le sirve. Paula sigue observándolo con suspicacia.
INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – NOCHE
Grettel espera sentada en un sofá. Fernanda sale a su encuentro sin imaginarse quién es.
Fernanda: Buenas noches. Me dice la empleada que necesita hablar conmigo.
Grettel sonríe al escucharla, se pone de pie y la encara. Fernanda la reconoce de inmediato y su rostro se desencaja.
Fernanda: ¿Tú?
Grettel: Buenas noches, Fernanda.
Fernanda: (furiosa) ¿Qué haces pisando mi casa? Una ramera asquerosa como tú no debe pisar un recinto sagrado como mi hogar.
Grettel: Qué memoria tan corta tienes. ¿Te volviste senil? Porque si hablamos de acostarse con hombres, creo que las dos tenemos experiencia.
Fernanda: Cállate, maldita. Tú no me conoces.
Grettel: Para que veas que sí te conozco más de lo que crees. ¿O ya se te olvidó que te embarazaste de tu cuñado?
Fernanda pierde el control. Levanta la mano e intenta cachetearla. Grettel le detiene la muñeca con firmeza.
Grettel: Tú a mí no me pegas, estúpida. ¿Quién te has creído?
Fernanda se suelta de mala gana.
Fernanda: ¡Prostituta! Lava tu sucia boca antes de referirte a mí que soy una mujer cristiana. Tú no puedes compararte conmigo.
Grettel: Me importa un bledo si eres cristiana, católica, budista o hippie. Yo no vine a que nos insultemos, sino a negociar.
Fernanda la observa con desconcierto y respira agitada. Grettel saca de su bolso unas ecografías y las deja caer sobre una mesa. Fernanda ni siquiera las mira.
Grettel: Estoy embarazada, doñita.
Fernanda dirige lentamente la vista hacia las imágenes, impactada. Las toma y parece no dar crédito.
Fernanda: ¡Imposible!
Grettel: Fíjate que no es tan imposible. Es lo normal que sucede cuando un óvulo y un espermatozoide se juntan. ¿Tengo que darte clases de biología?
Fernanda: (furiosa) Eres una maldita puerca, una prostituta descarada….
Grettel: Más que tú no creo y óyeme muy bien. ¡Quiero que te divorcies de Emiliano!
Fernanda: (incrédula) ¿Perdón?
Grettel: Ya me oíste. No creo que tenga que repetírtelo.
Fernanda: Estás muy equivocada si crees que voy a renunciar a mi marido así como así.
Grettel: Tú no lo amas y pude darme cuenta anoche porque si lo amaras, habrías hecho un escándalo.
Fernanda: Da igual si lo amo o no. Un matrimonio no se sostiene con amor. Es una sociedad, un negocio y no pienso renunciar a lo que es mío por ti.
Grettel la observa unos segundos y estalla en una carcajada. Fernanda frunce el ceño.
Fernanda: ¿Qué te causa tanta gracia?
Grettel: Tú.
Fernanda permanece seria.
Grettel: Déjame abrirte los ojos. Tú ya perdiste hace muchos años y ni cuenta te has dado (Comienza a acercarse lentamente) Dime una cosa… ¿Hace cuánto que Emiliano no te mira como mujer?
La mandíbula de Fernanda se tensa.
Grettel: ¿Hace cuánto no entra a tu cuarto por gusto? ¿Hace cuánto dejó de tocarte?
Fernanda no responde a ningún cuestionamiento.
Grettel: Tú no eres su esposa. Eres el adorno que pone en las reuniones para aparentar que tiene una familia perfecta. Yo, en cambio…
Grettel se lleva una mano al vientre.
Grettel: Llevo dentro al único hijo de su sangre, algo que tú nunca pudiste darle, así que tú decides de qué lado quieres quedar cuando eso pase.
Fernanda: ¿Me estás amenazando?
Grettel: Para nada, Fernanda. Vine a darte una oportunidad.
Fernanda: ¿Una oportunidad?
Grettel: Sí. La oportunidad de irte con un poquito de dignidad antes de que Emiliano te cambie por mí delante de todo el mundo. ¿O a poco qué crees que va a pasar cuando te quite a tu marido y le dé un hijo? Claramente va a deshacerse de ti y del “bueno para nada” como él lo llama. Los dos van a quedarse en la calle. Yo que tú aprovecharía…
Grettel saca un pendrive de su bolso y lo coloca en la mesa de al lado.
Grettel: Grabé el encuentro que tuve con él anoche, y con eso perfectamente podrías levantar una demanda de divorcio y reclamar un porcentaje de pensión vitalicia por infidelidad. Ganarías el juicio y le arrebatarías una parte de su patrimonio, pero si es él quien te pide el divorcio para casarse conmigo, ahí la que perdería serías tú, mi reina.
Grettel agarra de nuevo el pendrive.
Grettel: Te daré unos días para que lo pienses y si tomas la mejor decisión, con gusto te entregaré esto.
Grettel mete el pendrive a su bolso y se va como si nada. Fernanda permanece inmóvil, completamente descompuesta. Deja escapar una respiración temblorosa y mira los pedazos de las ecografías tirados en el suelo.
EXT. RESTAURANTE/ESTACIONAMIENTO – NOCHE
Juan y Paula han terminado de cenar, y ahora ambos se dirigen a abordar el auto del primero. Él la ayuda a caminar, pues ella se tambalea evidentemente ebria.
Paula: (riendo) Creo que me pasé un poco de copas y tú no tomaste nada.
Juan: No podía. Voy a manejar y prefiero evitar un accidente o que me arreste la policía de tránsito.
Paula: Ay, qué amargado, aunque debo reconocer que la velada no estuvo nada mal. Eres una buena compañía.
Juan: ¿Te parece?
Paula: Sí. ¿Quién lo diría? Sabes bien cómo entretener a una mujer. María José no tiene ni idea de lo que se perdió.
Juan: ¿Es un cumplido?
Paula: Tómalo como quieras. Confórmate con saber que la pasé bien.
Juan: (sonriéndole) Pues me alegra que así haya sido.
Llegan junto al automóvil. Juan le abre la puerta del copiloto, pero la mujer pierde el equilibrio y él logra sostenerla de la cintura antes de que caiga.
Juan: (alertado) Ten cuidado.
Quedan muy cerca. Paula alza lentamente la mirada y observa los ojos del joven, luego sus labios. Respira con dificultad y se estremece al sentir las manos de él sobre su cintura. Durante unos segundos ninguno dice una palabra. La tensión entre ambos es evidente. Juan da el primer paso y acerca a los labios de ella, pero esta se aparta.
Paula: ¿Qué haces?
Juan: (susurrando) Llevo toda la noche queriendo besarte.
Juan intenta unir sus labios a los de ella de nuevo, pero la mujer le pone las manos en el pecho para marcar distancia.
Paula: Esto está mal.
Juan: ¿Por qué?
Paula: Podré ser muchas cosas, pero jamás caería tan bajo como para meterme con mi propio sobrino.
Juan: No estarías cayendo bajo. Estarías siendo mujer. Yo no crecí viéndote como mi tía, Paula. Y me atrevería a decir que tú tampoco me has visto nunca como tu sobrino.
Paula intenta sostenerle la mirada, pero su respiración es pesada. Juan la toma con delicadeza del mentón.
Juan: Los dos queremos que pase y tú no lo puedes negar.
Paula: Te equivocas. Yo no quiero que pase nada.
Juan: ¿Estás segura?
Juan desliza con suavidad un mechón de cabello detrás de su oreja. Paula se estremece.
Juan: Entonces ¿por qué desde hace días me miras distinto?
Juan acaricia apenas su mejilla con el dorso de los dedos. Paula contiene el aliento.
Juan: Cuando entro a tu habitación me comes con los ojos creyendo que no me doy cuenta y si aceptaste mi invitación era porque esperabas algo más que simplemente hablar.
Paula: Eres un insolente y un creído.
Juan: Puede ser, pero…
Juan se acerca a una distancia tal que le susurra al oído. Paula siente que se le pone la piel de gallina al escuchar su voz masculina y grave.
Juan: Todavía no me has dicho que deje de acercarme a ti.
Paula lo empuja levemente, respirando agitada. Lo mira con fijación por varios segundos, debatiéndose entre la duda y el deseo. Juan la espera y no la presiona, pero dibuja una sutil y seductora sonrisa. Es así como la mujer termina besándolo con pasión, usando sus labios y lengua. Juan corresponde, sujetándola apenas por la cintura. Paula termina rodeando lentamente su cuello con los brazos, dejándose llevar por completo.
CORTE A:
INT. HABITACIÓN DE HOTEL – NOCHE
La puerta se abre de un golpe. Juan y Paula entran tambaleándose, atrapados en un beso voraz que apenas les permite respirar. La habitación está a oscuras, apenas iluminada por la lámpara de la mesita de noche. Paula le quita la camisa, recorriendo con sus manos el torso de él y ambos se desploman sobre la cama. Juan comienza a desvestirla y la deja en ropa interior, aunque se detiene un segundo, invadido por una sombra de duda.
Paula: (jadeante, acariciando su rostro) ¿Qué ocurre? ¿Te arrepentiste?
Juan la mira fijamente, esforzándose por ignorar el peso en su pecho y esboza una sonrisa.
Juan: Para nada. Tan solo quería mirarte un momento.
Paula le acaricia la mejilla.
Paula: Entonces deja de pensar. Quiero que me hagas tu mujer.
Paula le da un pico, aunque el beso pronto recupera la intensidad de unos segundos antes. Juan termina correspondiendo. Ella le desabrocha el cinturón con desespero y pronto la ropa desaparece. Los dos se entregan a un acto sexual cargado de culpa por parte de él y de deseo por parte de ella.
CORTE A:
INT. HABITACIÓN DE HOTEL/BAÑO – NOCHE
El reloj en la pared marca cerca de la una de la mañana. Paula está en la cama, dormida, desnuda y cubierta por las sábanas. Juan, por su parte, se encuentra duchándose. El agua cae con fuerza y él permanece inmóvil bajo la regadera, con ambas manos apoyadas contra el azulejo.
Juan: (muy dolido) ¿En qué me estoy convirtiendo?
Juan siente un amargo nudo en la garganta y los ojos se le ponen rojos. Respira hondo para intentar no llorar y poco a poco comienza a frotarse el rostro, luego los brazos y el pecho, como si intentara desprenderse de una sensación que no logra soportar.
CONTINUARÁ…


















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