Capítulo 35: Initium ruinae

INT. DEPARTAMENTO DE GRETTEL – NOCHE

Martha está buscando algo en la alacena y los cajones de la cocina.

Martha: Ay, esta muchacha. ¿Cómo es posible que no tenga ni paracetamol por acá? 

Martha continúa buscando y revuelve unos papeles que hay allí sobre la barra, los cuales deja caer por accidente. La mujer se apresura a recogerlos e intenta organizarlos, aunque pronto ve unas ecografías que la desconciertan.

Martha: ¿Y esto?

Martha se queda extrañada.


INT. DEPARTAMENTO DE GRETTEL/HABITACIÓN – MINUTOS DESPUÉS

Martha le ha llevado el vaso con agua a Grettel. Esta reposa sobre la cama con algo de mal semblante y recibe el vaso.

Grettel: (indiferente) Gracias. 

Martha se queda en silencio, con ademán de querer hablar. Grettel lo nota.

Grettel: ¿Qué te pasa? 

Martha duda en responder.

Grettel: Bueno, ya dime. Es obvio que tienes algo atorado y si ya te tomaste la molestia de venir a incomodarme con tus discursos, habla. ¿Qué más da?

Martha respira hondo y se queda seria.

Martha: Vi unas ecos en la cocina y tenían tu nombre.

Grettel rehúye la mirada y termina de beberse el agua.

Martha: Estás embarazada, ¿verdad?

Grettel resopla con fastidio y deja el vaso en la mesita de noche. 

Grettel: De veras que eres metiche.

Martha: Grettel, lo que menos importa es cómo me enteré. Hasta donde sé tú no tienes novio. 

Grettel: ¿Y?

Martha: ¿Cómo que “y”? Debería estar alegre, contenta, felicitarte, pero tengo algo en el corazón que me dice que ese niño puede ser de…

Martha se detiene espantada. Grettel se apresura a completar.

Grettel: ¿De Emiliano?

Martha: (muy preocupada) No me digas que ese criminal es el padre. 

Grettel: Mira, mamá. Tú ya tuviste tu momento de ser madre y ahora es el mío. Da igual quién sea el padre. Yo sí que voy a luchar para que mi hijo no pase penurias y miseria como yo.

Martha: (dolida) Yo hice lo que pude para darte lo mejor.

Grettel: ¿Lo mejor dices? En ocasiones no teníamos para las tres comidas y siempre te atrasabas con la renta. Me hubieras hecho un favor abortándome como te mencioné hace rato, pero no. Quisiste convertirte en madre abnegada. Yo no pienso ser así.

Martha: Espero que algún día, de corazón, no te pesen esas palabras. 

Grettel: Créeme que no. Jamás me van a pesar, ¿y sabes por qué? Porque yo sí tengo la suficiente iniciativa para salir de la pobreza y este niño será mi boleto a esa vida que siempre me soñé.

Martha: Estás mal, Grettel y si sigues así, no vas a acabar bien. Reacciona y piensa en ese niño que estás esperando. Deja tu ambición de lado y lucha por tus cosas con honestidad.

Grettel: Precisamente porque pienso en él es que haré lo que esté a mi alcance para darle una buena vida y de paso dármela a mí. 

Martha: ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Portándome como una desvergonzada, como una cualquiera con ese asesino? ¿Crees que vas a amarrarlo con un hijo? 

Grettel: Yo no te he confirmado que él sea el padre, ¿y sabes qué? Te quedarás con la duda porque tampoco pienso contártelo.

Martha: Grettel, todavía hay tiempo de que recapacites, hija. Te lo imploro. 

Grettel: (exasperada) Sí, bueno. Déjame sola. De veras estoy muy cansada y como te habrás dado cuenta, el embarazo tampoco me tiene muy bien que digamos. 

Martha intenta tragarse su dolor y se dirige a la puerta, aunque antes de salir, se gira.

Martha: Puedes insultarme y humillarme todo lo que quieras, pero ten presente que conmigo siempre vas a contar y más ahora que estás embarazada.

Grettel no le responde y solo se recuesta de lado, dándole la espalda para ignorarla. Martha la mira con profundo dolor y sin más qué agregar, se retira. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE PAULA – NOCHE

Fernanda ha irrumpido en la habitación luego de escuchar a Juan y Paula hablando sobre la noche de intimidad que vivieron. La mujer tiembla, completamente fuera de sí.

Fernanda: (a Paula) Eres una maldita víbora, una prostituta, una ramera asquerosa. ¿Cómo pudiste si quiera atreverte a acostarte con mi hijo? ¿Cómo te atreviste, infeliz?

Paula: (nerviosa) Fer, creo que estás confundiendo las cosas, querida.

Fernanda: No trates de tomarme del pelo. Los escuché muy bien. De por sí ya me había parecido raro que ni tú ni él llegaran anoche y esta mañana llegaste muy campante como si nada a restregarme en la cara que te revolcaste con mi hijo. ¡Eres una perra!

Fernanda intenta irse contra su cuñada. Juan se interpone y la toma de los brazos.

Juan: Basta, no tienes que hacer esto.

Fernanda: (soltándose) ¡Tú ni me toques! Me da asco el solo pensar que pusiste tus manos sobre esa mujer. ¿En qué demonios estabas pensando? ¿Cómo fuiste a caer tan bajo? 

Juan: (con seriedad) ¿Qué tiene? Yo ya no soy un chavito para que estés cuestionando con quién me acuesto o no. 

Fernanda: ¡Claro que puedo cuestionarte! ¡Es tu tía, maldita sea! ¡Cometiste incesto con esa vagabunda!

Juan: ¿Y qué? Tú se supone que eres mi madre y me hiciste algo peor. 

Fernanda: ¡Cállate! ¡No te atrevas!

Paula se extraña ante lo oye.

Juan: (con incredulidad) ¿Te duele la verdad? ¿De veras te consideras mi madre después de la vida que me diste? ¿Con qué moral criticas a mi tía?

Fernanda: (desafiante) ¡No me ofendas, Christian!

Juan: Tú no estuviste lejos de portarte como una desvergonzada. ¿O es que se te olvida, “mamita”, que yo soy el resultado de una escapada tuya con mi papá?

Fernanda lo mira enfurecida y le lanza una sonora cachetada. Paula se ve nerviosa sin saber cómo intervenir.

Fernanda: Eres un maldito ingrato, un pecador que está deshonrando a su propia madre. 

Juan se vuelve el rostro lleno de rencor.

Fernanda: (llorando) He intentado salvarte de la perdición para evitar que cometas los mismos errores que yo cometí y mira cómo me tratas. ¿Es así como me pagas lo que he hecho por ti?

Juan: (con frialdad) No pienso discutir contigo. Vámonos y salgamos de aquí. 

Juan intenta tomarla del brazo, pero ella se suelta de nuevo. 

Fernanda: ¡Pues no! ¡No me voy a calmar! No me voy a calmar después de enterarme de que esa perra sucia se atrevió a poner los ojos en ti y lo peor es que ahora te pones en mi contra por culpa de ella.

Juan: Paula no tiene nada que ver. Yo fui el que la buscó y el que la sedujo. 

Fernanda: ¡Mentira! ¡Ella te engatusó, yo lo sé!

Paula: Te juro que no, cuñada. Christian te está diciendo la verdad. Yo estaba en un momento de debilidad y no va a volver a pasar.

Fernanda: Por supuesto que no va a volver a pasar porque me voy a encargar de matarte, desgraciada.

Fernanda intenta irse de nuevo en contra de Paula. Juan retiene a la furiosa mujer.

Fernanda: (revolviéndose) ¡Suéltame, Christian! ¡Suéltame!

Juan: ¡Ya estuvo bueno! ¡Tranquilízate!

Paula: Fernanda, ya sé que cometí un error, pero justo antes de que entraras, estaba intentando arreglarlo.

Fernanda: ¡Zorra, cínica! ¡Quieres seguir seduciendo a mi hijo! ¡Claro! Como la mustia de tu ahijada no pudo, lo hiciste tú, ¿no? ¡Maldita! (Grita llena de ira)

Juan: (muy molesto) ¡Ya basta! ¡Cálmate!

Fernanda: ¡Que me sueltes te digo!

Fernanda se atreve a pegarle en la entrepierna a Juan, quien adolorido la suelta. Logra zafarse y sin dudarlo, se abalanza hacia su cuñada y la toma del cabello. Paula grita adolorida.

Fernanda: ¡Eres una prostituta! ¡Una puta! ¡Una maldita vagabunda!

Fernanda la jala por el cabello y la zarandea a su antojo. Juan intenta separarlas, pero le es imposible. Parece como si la primera quisiera arrancarle el cabello a la segunda. 

Juan: ¡Basta, Fernanda! ¡Déjala!

Paula: (muy adolorida) ¡Argh! 

Fernanda: (a Paula) ¡Te voy a matar, desgraciada! ¡Te voy a hacer ver el infierno, infeliz! 

Fernanda la lanza con fuerza contra un buró lleno de frascos y perfumes que caen al piso y se estallan en el acto. 

Paula: ¡Estás loca!

Fernanda le propina una cachetada a Paula y luego le clava las uñas, fuera de sí, mientras la zarandea violentamente. Juan intenta arrancarla de encima, sujetándola por la cintura y tirando de ella hacia atrás, pero Fernanda se aferra con fuerza al cabello de Paula y no la suelta.

Paula: (gritando) ¡¡Ayuda, ayuda!! ¡¡Christian, ayúdame!!

Fernanda: ¡No vas a destruir a mi familia! ¡No lo vas a lograr!

Juan: ¡Suéltala, Fernanda! ¡Ya basta! ¡Suéltala!


INT. CASA DE LOS FONSECA/PRIMER PISO – NOCHE

Dos empleadas escuchan nerviosas al lado de las escaleras. Emiliano hace acto de presencia después de salir del estudio, perturbado por los gritos.

Emiliano: (molesto) ¿Qué carajo están pasando? ¿Qué escándalo es ese?

Empleada 1: Me parece que su esposa está peleando con su hermana, señor.

Emiliano: (sorprendido) ¿Qué cosa?

Emiliano alza los ojos hacia la planta de arriba y justo en ese instante ve cómo Fernanda saca a rastras a Paula, jalándola del cabello. Juan va tras ellas.

Emiliano: (desconcertado) Pero ¿qué chingados se supone que están haciendo ustedes dos?

Fernanda: ¡Tu hermana es una perra sucia que merece estar en la calle y la voy a poner en su lugar!

Paula se aferra al barandal de las escaleras.

Paula: ¡Emiliano, ayúdame, por favor! ¡Tu esposa está completamente loca!

Fernanda la obliga a bajar, asegurándola del cabello con fuerza descomunal. Paula pierde el equilibrio y se cae. 

Juan: (alertado) ¡¡Cuidado!!

Fernanda incluso así la arrastra por las escalas. Juan corre detrás. Emiliano se ve sumamente consternado al ver la escena.

Fernanda: (histérica) Te voy a poner de patitas en la calle, justo a donde pertenecen las mujerzuelas como tú. ¿Escuchaste?

Paula: (muy adolorida) ¡¡Ayúdenme!! ¡¡Ayúdenme, por favor!!

Casi ya al final de las escalas, Juan se pone en medio intentando conciliar, agarrando a su madre por los hombros. 

Juan: ¡Detente de una buena vez! ¡Estás haciendo el ridículo!

Fernanda: ¡No te metas a defenderla!

Juan: ¡Lo único que quiero es que no cometas una estupidez y te calmes! ¡Ya estuvo! ¡Déjala!

Emiliano: ¡Ya suéltala, Fernanda! El bueno para nada tiene razón.

Fernanda: No me desautorices, Emiliano. Yo soy la única señora de la casa y quiero que esta se largue. 

Emiliano: Y yo el mero, mero del cantón, así que exijo que le pares a tu numerito de inmediato (Fernanda no hace caso) ¡Que la sueltes, carajo!

El silencio se hace presente por varios segundos ante la imponente orden del hombre; un silencio repentino ligeramente quebrantado por los gimoteos de Paula que se escuchan de fondo. Fernanda la libera poco a poco y la mira con ira.

Emiliano: (a las empleadas) ¿Ustedes qué? ¡Vayan y busquen qué hacer!

Las empleadas se retiran tímidamente. Paula se lleva una mano al cabello y respira agitada, completamente humillada, escondida detrás de Juan.

Emiliano: (muy molesto) En este momentito me van a explicar qué mierda significa todo esto. Les dije que quería paz hace rato en la cena, ¿y vienen a montar este numerito? 

Nadie dice nada.

Emiliano: ¿Qué chingados te pasa a ti, Fernanda? ¿Es que ahora sí se te zafó un tornillo o qué te traes? 

Fernanda derrama lágrimas de furia y señala con el dedo a su cuñada, temblando. 

Fernanda: Quiero que esta mujer se vaya de mi casa en este mismo instante.

Emiliano: ¿Y como por qué o qué? 

El silencio impera de nuevo durante algunos segundos.

Emiliano: ¿Es que ahora se les comieron la lengua los ratones? Estoy esperando una explicación, chingada madre. 

Juan: Tío, yo…

Fernanda: (lo interrumpe) Pasa, Emiliano, que esta mujerzuela tuvo la desfachatez de irse a la cama con mi hijo.

Emiliano: ¿Qué?

Fernanda: Tal como lo oyes. Tu hermana es una completa pervertida, una sucia, una degenerada que se llevó a la cama a Christian sin importarle que es su tía. 

Emiliano mira a Paula y luego a Juan. Poco a poco, una sonrisa burlona se dibuja en su rostro y se ríe con incredulidad. Paula se pone de pie despacio. 

Emiliano: ¡Órale! Cualquier cosa me hubiera esperado menos eso. ¡N’ombre! Pues con razón el escándalo. 

Paula: Emiliano, te juro que fue un error. Estaba muy borracha y…

Fernanda: ¡Cínica!

Emiliano: Bueno, ya, ya. Creo que ya tuve suficiente de gritería de viejas por hoy. Las dos se me callan.

Emiliano mira a Juan, quien mantiene la cabeza baja y se ve incómodo, pues no espera que las cosas tomaran ese rumbo. 

Emiliano: Y tú, mijito…

Emiliano se acerca y le pone una mano en el hombro sin dejar de sonreírle con burla.

Emiliano: De veras que no creí que estuvieras tan urgido. ¿Cogerte a tu tía? Es que ni los pubertos caen tan bajo, cabrón, aunque por lo menos con eso confirmé que no eres tan jotito como yo pensaba.

Emiliano le da un par de palmadas en la espalda.

Fernanda: (indignada) ¡Emiliano!

Emiliano: ¿Qué, mujer? ¿Hubieras preferido que saliera rarito y le tronara a la reversa? Yo que tú me sentiría aliviado. Claro, pues no lo felicito por lo que hizo, pero peor es nada, ¿no crees? El que estuviera con Paula es casi lo mismo a que estuviera con alguna cariñosa por ahí. 

Emiliano se ríe a carcajadas a pesar de que el comentario no cae bien en ninguno de los demás. Ríe sin parar por varios segundos e incluso le lloran levemente los ojos.

Emiliano: Ay, cabrón… 

Emiliano se limpia con el índice las lágrimas.

Emiliano: Me hicieron la noche, de veras. 

Fernanda: Esto no tiene nada de gracioso y te exijo como tu esposa que eches a esa prostituta a la calle de ipso facto.

Paula: ¡Tú no eres quién para correrme! ¡También tengo derechos en esta casa!

Emiliano: Bueno, manita. Pues ahí lamento mucho tener que corregirte porque derechos, derechos, así como que uno diga derechos, no. 

Paula: (llorando) Emiliano, soy tu hermana.

Emiliano: Sí, pero si dejé que te quedaras estos meses fue por pura caridad contigo, según dizque porque no tenías lana y estabas enferma de cáncer, aunque ya decía yo que era por hacerte la víctima y mira. Vengo a enterarme de que fue andarte cogiendo al Christian. 

Juan: (muy serio) Fue una sola vez y no iba a volver a pasar. 

Paula: Es verdad. Justo hablábamos de eso cuando tu mujer apareció de la nada en mi habitación a insultarme. Tú no puedes permitir que me vaya, Emiliano, por favor. No tengo a dónde ir.

Fernanda: (a Paula) Debiste pensar en eso antes de revolcarte con mi hijo y tú, Emiliano, si no la corres, vas a cometer un grave error porque desde que llegó a esta casa, no ha hecho más que chantajearme.

Emiliano: (extrañado) ¿Cómo que chantajearte? Explícate.

Paula: ¡Emiliano, no le hagas caso!

Fernanda: Resulta que tu querida hermana no regresó desinteresadamente. Trajo con ella a su ahijada con la intención de que se casara con Christian y todo para tener una forma de arrebatarte el patrimonio de la familia. 

Emiliano frunce el ceño con rabia al escuchar esa revelación.

Paula: ¡Es mentira, Emiliano!

Fernanda continúa hablando.

Fernanda: Ella quería recuperar a como diera lugar su parte de la herencia y me chantajeó con revelar mi pasado con Gabriel si no la ayudaba en su plan.

Juan: ¡Párale ya, Fernanda! No pongas las cosas más difíciles.

Fernanda: Y tú deja de defenderla. Date cuenta que esa mujer te sedujo para cumplir con lo que su ahijada no pudo. 

Juan: El que la sedujo fui yo. Entiéndelo y lo único que quiero es evitar más broncas.

Emiliano permanece tranquilo, aunque fulmina con la mirada a su hermana.

Paula: (llorando) Emiliano, te juro que esa es una calumnia de tu esposa. Yo jamás podría hacer una cosa así contra ti. Sí es cierto que María José quería casarse con Christian, pero era porque le gustaba de verdad, no por interés.

Emiliano resopla y se queda en silencio. 

Paula: Tienes que creerme, hermano. 

Emiliano se acerca a ella.

Juan: ¿Qué vas a hacer?

Emiliano: Tú hazte a un lado, ¿sí? Esta no es tu vieja para que la protejas. 

Juan: No la estoy protegiendo. Quiero que todos llevemos la fiesta en paz en esta casa y no voy a permitir que le hagas daño.

Emiliano: No pienso hacerle nada (Juan lo ve con desconfianza). De veras. Te doy mi palabra. 

Fernanda: Apártate, Christian. Aléjate de esa. 

Juan no parece convencido de la apacible actitud del hombre, aunque al final cede y se aparta a solo unos centímetros. Paula se ve aterrada ante la imponente presencia de su hermano. 

Paula: Emi… Emiliano… Te estoy diciendo la verdad. Te lo juro.

Emiliano pone sus manos en los hombros de la mujer, quien está completamente desaliñada, con el cabello hecho un desastre, el maquillaje corrido y varios arañazos.

Emiliano: Mira, manita. Yo te advertí un día, cuando recién habías llegado, que no intentaras irte en mi contra porque te podía pesar y eso era porque no me fiaba de ti, y ahora mira…

Paula derrama un par de lágrimas discretas. 

Emiliano: Veo que estaba en lo cierto. 

Paula: (en un hilo de voz) Emiliano…

Emiliano:  ¡Sh! ¡Sh! Cállate, ¿quieres? Cállate si no quieres que pierda los estribos.

Emiliano la toma con delicadeza del mentón. Juan se ve tenso y atento ante cualquier cosa.

Emiliano: La mera verdad es que no quiero broncas con mi mujer. Ya suficientes pedos tengo, así que si ella quiere que te vayas, ahorita mismo vas por tus cosas y te largas.

Paula: Emiliano, no me hagas esto. Te lo suplico. 

Emiliano: Mejor aprovecha la oportunidad que te estoy dando y mira que yo no soy de dar oportunidades. Bien podría matarte por haberte atrevido a traicionarme, pero ¿sabes por qué no lo hago?

Emiliano comienza a presionarla fuerte del mentón.

Juan: Basta. Suéltala.

Emiliano: (ignorándolo) Porque muy a pesar de todo te compadezco por la infancia y la adolescencia de mierda que viviste luego de la muerte de mamá. 

Emiliano le suelta el mentón y se aleja. Paula sigue llorando en silencio.

Emiliano: Espero no tener que volver a verte porque a la próxima no voy a tener ninguna contemplación contigo y ahí sí se me va a olvidar que eres mi hermana. ¿Te quedó claro?

Emiliano le da la espalda y comienza a subir las escalas, aunque a mitad se gira.

Emiliano: Ah, y más les vale no armar más líos o griterías. Quiero dormir y descansar que ya suficiente tuve.

El hombre termina por retirarse a su habitación. Fernanda se acerca a su cuñada y la mira con sumo desprecio.

Fernanda: Ya escuchaste. Lárgate de inmediato. No te quiero ver mañana al amanecer aquí.

Paula: (con odio) Vas a pagarme muy caro esta humillación, Fernanda. Tú no sabes de lo que soy capaz.

Fernanda: Sí, claro. ¿A quién quieres engañar? Tú solo eres una pobre imbécil. ¿Creíste que ibas a quedarte con mi hijo? Te equivocaste. 

Paula: Todavía no cantes victoria. Yo siempre tengo un as bajo la manga.

Fernanda: Como digas. Si ya terminaste, te puedes ir. 

Paula mira a Juan, esperando que intervenga. Juan permanece en silencio y baja la mirada por un instante.

Paula: Todo esto fue culpa tuya. 

Juan: Lo siento mucho. 

Paula: Maldita la hora en que me acosté contigo. 

Fernanda: (a Paula) ¿Qué esperas?

Paula lo observa, dolida y furiosa, por lo que, sin más opción, decide subir de nuevo a su habitación para hacer su maleta y pronto desaparece por el pasillo de arriba. Juan voltea a verla con reproche.

Juan: Te pasaste. No era necesario hacer un escándalo de esa magnitud. Pudiste provocar una tragedia. Emiliano habría podido hacerle algo. 

Fernanda: Pues se lo merecía. Mujeres como esa no merecen ningún tipo de piedad.

Juan: ¿Y a poco tú sí?

Fernanda se desarma ante esa pregunta. Juan la mira con los ojos llenos de dolor y rabia.

Juan: El hecho de que te hagas la santa ahorita, no borra lo que me hiciste de niño.

Fernanda: (incómoda) Cállate, no menciones eso.

Juan: La verdad siempre incomoda. Ves demonios y pecado en todas partes, pero no te has dado cuenta de que la peor pecadora fuiste tú. Tú que se supone que eres mi madre y fuiste capaz de violarme cuando era niño y de flagelarme hasta al cansancio. 

Fernanda: Estás completamente desorientado. Yo solo quería sacrificarme. Quería sacar todo pecado de tu cuerpo, hijo. Quería purificarte…

Fernanda intenta tocarlo. Juan se aleja con repudio.

Juan: Ni se te ocurra, eh. No se te ocurra ponerme una mano encima nunca más en tu pinche vida. 

Fernanda: (dolida) Christian…

Juan solloza y se le quiebra un poco la voz.

Juan: ¿Sabes una cosa? Yo siempre me sentí muy bendecido con las personas que tuve alrededor, personas que sí supieron amarme, cuidarme, aun en lo poco…

El joven habla como Juan, no como Christian. Fernanda se desconcierta.

Juan: Pero lo que nunca voy a entender es por qué tuve que tener una madre como tú. Es como un castigo que estoy pagando sin saber por qué. 

Fernanda: Estás cometiendo un error juzgándome de esa forma tan injusta.

Juan: Mi único error es haberme destruido a mí mismo y dejarme envenenar por este maldito odio que me está carcomiendo. Ese sí que es mi error porque te odio. Te odio como no tienes idea, Fernanda.

Fernanda: (llorando) Christian, mi amor…

Juan: Te odio y que Dios te perdone porque yo no sé si vaya a ser capaz de hacerlo algún día.

Juan intenta retirarse. Fernanda lo detiene del brazo, aunque él se suelta con brusquedad y sube las escalas. Fernanda se queda destrozada.


EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – DÍA

Un camión de carga se encuentra estacionado frente al orfanato. Varias cajas y bolsas son descargadas por un grupo de trabajadores. Una monja supervisa la entrega mientras otros empleados del orfanato ayudan a transportar las donaciones al interior.

Monja: Dejen esas bolsas en el patio, por favor.

María José sale y se detiene, desconcertada al ver la cantidad de mercancía.

María José: ¿Qué está pasando aquí, hermana? 

La monja se vuelve hacia ella, sonriente.

Monja: Ay, maestra. Fíjese que nos llegaron unas donaciones.

María José observa cómo bajan del camión cajas llenas de ropa, juguetes, zapatos y útiles escolares.

María José: ¿Donaciones? ¿Todo eso?

Monja: Y todavía falta otro camión.

María José: (sorprendida) ¿Otro camión?

La monja asiente mientras un trabajador pasa junto a ellas cargando una caja.

Monja: Enviaron de todo. Ropa para los niños, zapatos, juguetes, material escolar. Hasta mandaron computadoras nuevas para el salón de estudio. Lo mejor es que todo es nuevo. 

María José: ¿Quién hizo una donación tan grande?

Monja: El señor Christian Fonseca.

María José: (impactada) ¿Christian Fonseca?

Monja: Sí, ese mismo. En medio de toda la tristeza por la posible demolición del orfanato, nos llegó esta bendición. Con lo del escándalo y como resultó ser hermano de Juan de La Cruz, seguro quiso ayudarnos.

María José: ¿Está segura de que él es quien envía?

Monja: Sí. Yo misma vi aquí en la orden de entrega. Mire usted.

La monja le muestra una planilla con una hoja adjunta. En efecto, allí aparece como remitente Christian Fonseca Rivas. María José no puede evitar quedarse pensativa.


INT. CASA DE LOS FONSECA/SALA – DÍA

Grettel espera de pie, sosteniendo una carpeta. Fernanda acude a verla, con una mirada llena de rabia.

Fernanda: ¿Para qué volviste?

Grettel se gira con una sonrisa cínica.

Grettel: Buenos días, Fernanda. ¿Cómo amaneciste?

Fernanda: Déjate de tonterías, mujercita. ¿Qué quieres ahora?

Grettel: Fíjate que, aparte de ser mi amante y el padre de mi hijo, Emiliano también es mi jefe. ¿Te enteras? Y ya que está de vacaciones, vine a traerle unos documentos que le faltó firmarme ayer.

Fernanda: Definitivamente eres una completa descarada, una mustia. 

Grettel: Es muy temprano para que empecemos con insultos, señora. Yo ante todo también soy una profesional, tanto en lo laboral como en lo personal.

Fernanda: (con sarcasmo) ¡Claro! Y por eso me enviaste un anónimo el otro día para que te cachara en plena acción con mi marido. Eres una cínica.

Grettel: Yo solo quise echarle una mano para que tenga un motivo y le pida el divorcio a Emiliano. Mi oferta sigue en pie y estoy dispuesta a colaborarle con el video que tengo. Créame o no, le quiero ayudar.

Fernanda: ¡Emiliano es mi marido y no pienso renunciar a él!

Grettel se cruza de brazos y la observa con una sonrisa fría.

Grettel: Entonces supongo que ya estás preparada para las consecuencias.

Fernanda: ¿Consecuencias?

Grettel: Claro, porque si no aceptas lo que te estoy proponiendo, Emiliano será quien se divorcie primero de ti y vas a quedarte sin marido, sin casa y sin nada de lo que has disfrutado estos años. En cambio, si tú te divorcias, ganarás por una demanda de infidelidad. 

Fernanda: Eres una maldita…

Grettel: Deberías actualizarte con tus insultos porque apenas nos hemos visto dos veces y ya aburres. Más bien, agradéceme y piénsalo.

Fernanda: No tengo nada qué pensar.

Grettel: Bueno, si tú lo dices. Nada más te voy a decir una cosa…

Grettel se acerca a la mujer y le sostiene una mirada desafiante. Fernanda tampoco se deja intimidar.

Grettel: Yo soy una mujer muy paciente, Fernanda. Pero hasta la paciencia tiene un límite y voy a darte una semana para que tomes una decisión. Ni un día más.

Grettel saca un papel de su bolso y se lo entrega a Fernanda. Esta duda en recibirlo.

Grettel: Llámame si quieres que negociemos o si no, voy a tomarlo como que no te interesa y deberás atenerte a las consecuencias. 

Fernanda no recibe el papel. Grettel la obliga y se lo pone en la mano para luego retirarse. La joven se retira de la sala y Fernanda se queda a solas, llena de rabia. Grettel, por su parte, cruza por el vestíbulo cerca a las escalas. Juan viene bajando vistiendo con elegancia y ambos se quedan viendo con sorpresa. Hacía meses no se veían. Juan no puede ocultar completamente su impresión. Grettel, en cambio, parece conmovida. 

Grettel: Hola.

Juan tarda un instante en responder.

Juan: Hola.

Grettel sonríe de una manera extraña, casi misteriosa.

Grettel: Qué gusto verte. ¿Cómo has estado?

Juan: Eh, bien… Bien, supongo.

Grettel: Me alegra. Después de que estuviste en boca de todo el mundo por lo que pasó, me imagino que no debió ser fácil volver a la normalidad.

Juan: (incómodo y nervioso) Sí, tienes razón. 

Grettel lo observa detenidamente. Juan lo nota y mira hacia otro lado, intentando disimular lo mejor que puede sin imaginarse que ella sabe su identidad.

Grettel: ¿Crees que podamos hablar?

Juan: (extrañado) ¿Hablar?

Grettel: Sí, pero no aquí obviamente. 

Juan: La verdad es que ahorita voy de salida.

Grettel: Entonces en otro momento. Podrías ir a mi departamento si no te incomoda.

Grettel saca su teléfono celular y se lo extiende.

Grettel: Escríbeme tu número.

Juan: ¿Mi número?

Grettel: Sí. Para agregarte a mis contactos. Después te mando la ubicación.

Juan duda un instante antes de tomar el celular.

Grettel: ¿Qué pasa? Mi celular no muerde.

Juan esboza una sonrisa forzada y comienza a introducir el número. Grettel observa las manos de él y sonríe.

Grettel: Vaya.

Juan: ¿Qué?

Grettel: Has aprendido bastante porque antes no sabías ni cómo manejar un celular.

Juan se pone más nervioso ante ese comentario.

Juan: ¿A qué te refieres?

Grettel lo observa fijamente.

Grettel: A nada. Solo decía.

Juan le devuelve el teléfono. Grettel lo toma y sonríe.

Grettel: Te escribo después, ¿va? Tengo que llevarle estos documentos a tu tío.

Juan: Está bien.

Grettel: Nos vemos… (Hace una pausa) Christian… (Dice con un deje de misterio)

Juan: Nos vemos.

Grettel se marcha y desaparece por el pasillo. Juan resopla.

Juan: (susurrando) ¿Por qué me dijo eso? ¿Será que sospecha algo? No creo que me hubiera visto tan evidente.

Juan niega con la cabeza e intenta hacer caso omiso para luego salir de la casa.


INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA

Chuy se encuentra recostado en la cama, sosteniendo abierta una carpeta que contiene un documento. María José y un abogado están presentes al lado de la cama. 

Abogado: Ese es el documento principal. Al firmarlo, usted le otorga a la señorita María José Montiel poder legal para representarlo en todo lo relacionado con el orfanato. Podrá actuar en su nombre ante las autoridades, presentar recursos, responder a notificaciones y defender legalmente los intereses de la institución.

María José: Y eso incluye impedir que comiencen la demolición. ¿Verdad, licenciado?

Abogado: Así es y siempre que existan fundamentos legales para hacerlo. La idea es que usted pueda actuar con mayor rapidez que el padre Jesús Ramírez en caso de que se presente alguna emergencia. ¿Tienen alguna otra pregunta?

Chuy: No, licenciado. Voy a firmar entonces.

El abogado le entrega un bolígrafo y le indica dónde colocar la firma.

Abogado: Aquí, por favor.

Chuy firma el documento. María José le sonríe con serenidad. Luego de la firma, el sacerdote le entrega la carpeta al abogado.

Abogado: Muy bien. Me pondré en contacto con ustedes en cuanto haya alguna novedad y más tarde le envío el documento escaneado, señorita Montiel, para que usted tenga una copia.

María José: Claro que sí. Quedo al pendiente.

Chuy: Muchas gracias por su ayuda, licenciado.

Abogado: Para eso estamos. Tengan buen día.

El abogado sale de la habitación. Chuy observa a María José durante unos instantes con sincero agradecimiento.

Chuy: Te agradezco en el alma esto que estás haciendo por el orfanato, hija. En estos momentos eres una bendición para ese lugar y para todos los niños.

María José: Es lo mínimo que puedo hacer, padre y además, lo hago también por la memoria de Juan.

Chuy esboza una sonrisa al escucharla.

María José: Él amaba el orfanato y a los niños. Yo sé que habría hecho lo mismo.

Chuy baja la mirada. Durante unos segundos, permanece en silencio. María José lo nota.

María José: Todavía debe ser muy difícil para usted superar su muerte, ¿no?

Chuy: Preferiría no hablar sobre eso, María José. Discúlpame.

María José: Está bien. Lo entiendo. Cambiando de tema, hay algo que me tiene desconcertada.

Chuy: (extrañado) ¿Qué cosa?

María José: La donación de Christian Fonseca.

Chuy frunce ligeramente el ceño.

Chuy: (desconcertado) ¿Qué donación?

María José: Hoy en la mañana llegó un camión lleno de ropa, juguetes, útiles escolares y más cosas. Hasta computadoras. 

Chuy se muestra sorprendido.

Chuy: ¿Christian?

María José: Sí y no entiendo por qué lo hizo. Además, hay otra cosa. Chela vino a visitarnos hace unos días al orfanato y me contó algo que me dejó todavía más confundida. Dijo que todo lo del secuestro de Juan fue un montaje de Christian.

Chuy se tensa ligeramente.

María José: Y no sé, padre. Estoy empezando a dudar de que realmente Christian haya matado a Juan aquella noche en el hotel. Es más… Martha incluso me dijo que sospechaba que a lo mejor todo este tiempo confundieron a Juan con Christian y…

Chuy se apresura a interrumpirla.

Chuy: María José, no indagues más, por favor. Te lo digo por tu propio bien.

María José: Pero, padre…

Chuy: Déjalo así. A estas alturas, da igual quién haya estado detrás del asesinato y te imploro que no especules cosas. El Juan de La Cruz que conocimos está muerto.

María José: Por la forma en que me lo dice, me da a entender que en realidad Juan vive y ya no es el mismo, como si hubiera otro Juan.

Chuy: (con firmeza) ¡María José, por favor, ya no más!

María José baja la mirada ante el regaño. Chuy suelta una bocanada de aire con paciencia.

Chuy: Mira, hija. Te pediré lo mismo que le pedí a Martha. No vuelvas a mencionar más este asunto o voy a preferir que no regreses. Total, ya eres mi apoderada y puedes tomar las decisiones que creas pertinentes para el orfanato. No tienes que venir a verme.

María José: Tranquilo, padre. Le prometo que voy a ser más prudente y discúlpeme, por favor. Todavía me cuesta aceptar que Juan se haya ido así. 

Chuy: Duele y te entiendo mejor de lo que crees, pero hay que dejar ir y soltar en ocasiones, ya sea por el bien de la otra persona o por nuestro propio bien. Yo ya lo viví y me desgarró el alma, créeme, pero es necesario. 

María José asiente con la cabeza y esboza una muy leve sonrisa. Chuy la mira con compasión.


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – DÍA

Emiliano, vestido con una bata, firma varios documentos sentado detrás de su escritorio. Grettel permanece de pie frente a él, revisando los papeles.

Grettel: ¿Hasta cuándo piensas tomarte vacaciones?

Emiliano continúa firmando sin levantar la vista.

Emiliano: Una semana o quizá dos, no sé. Hasta que me sienta mejor.

Grettel: ¿Todavía sigues sintiéndote mal?

Emiliano deja la pluma sobre el escritorio y se lleva una mano a la sien.

Emiliano: Últimamente me duele la cabeza más que nunca y también he tenido unos retortijones de la chingada. Hasta para orinar me arde.

Grettel: Deberías ir al médico.

Emiliano: No empieces.

Grettel: Emiliano, hablo en serio. No es normal que lleves días así.

Emiliano levanta la mirada, fastidiado.

Emiliano: ¿Vas a seguir dándome lata?

Grettel suspira, resignada.

Grettel: Tranquilo. Ya me voy, pero por favor cuídate. Yo no quiero que te pase nada y menos ahora que… (Hace una pausa) Vamos a ser papás.

Emiliano: Sí, sí. Ya vete.

Grettel lo mira por unos segundos, todavía preocupada.

Grettel: Espero que te mejores. Llámame si necesitas alguna cosa.

Grettel recoge los documentos y sale del estudio. Emiliano espera a que la puerta se cierre. Durante unos segundos, permanece inmóvil y de pronto, comienza a toser. Primero, la tos es seca y breve. Emiliano intenta contenerla, pero el ataque se vuelve cada vez más fuerte. 

Emiliano: (entre tosidos) ¡Carajo!

La tos se vuelve compulsiva. Emiliano se cubre la boca con la manga de la bata. Finalmente, logra detenerse y respira con dificultad. Baja lentamente la mirada hacia la manga y ve que hay una mancha de sangre, color rojo carmesí. Emiliano se queda paralizado.

Emiliano: ¿Qué chingados…?

El hombre vuelve a mirar la sangre, perturbado.


INT. CAFETERÍA – DÍA

Paula llega usando gafas oscuras y toma asiento. Juan ya estaba allí, sentado y bebe tranquilamente su café, alejado de los demás clientes. 

Juan: Qué bueno que viniste.

Paula se retira las gafas. Es de notar que tiene un par de curillas pegadas en el rostro.

Paula: La verdad vine porque insististe en que me convenía, pero no creas que me hace gracia verte después del show y de la humillación que pasé a manos de la loca de tu mamá. 

Juan: Debo reconocer que sí estuvo gacho lo que te hizo y te pido perdón en nombre de ella.

Paula: No me vengas con estupideces, Christian. Todo eso pasó por tu culpa, así que espero que tengas algo bueno qué decir y busques una manera de que vuelva a la casa.

Juan: Pues ahí sí tengo que confesarte que está cañón que regreses. Entiende que ya no se trata de Fernanda, sino de Emiliano y yo no puedo pasar por encima de él. 

Paula: Me importa muy poco. A ninguno de ustedes les conviene tenerme de enemiga.

Juan: ¿Fue por eso que intentaste matarme en la cárcel?

Paula: (sorprendida) ¿De qué estás hablando? 

Juan bebe un sorbo y deja la taza en la mesa.

Juan: De la vez que quisiste envenenarme. Digo, yo no te hice nada en aquel entonces y nunca he entendido el motivo que tuviste. 

Paula: ¿De dónde sacas ese disparate, querido? Has de estar volviéndote loco como tu mamá.

Juan: Para nada, Paula.

Juan se inclina ligeramente hacia adelante y la observa con una mirada juguetona.

Juan: Yo creo que me has subestimado y soy más que esa imagen de “niñito rico” que tienes de mí (Endurece la expresión). Yo también sé jugar doble y no se te olvide que también tengo dinero para pagarle a la poli e investigar, así como tú que le pagaste a ese güey para que me diera una comida envenenada. 

Paula lo mira con suspicacia y arquea una ceja.

Paula: ¿Para qué me sedujiste entonces si sabías desde hace meses la verdad?

Juan: Quería acercarme y entender por qué quisiste matarme.

Paula: Escucha. Es cierto que no tengo nada contra ti y si quise hacerte daño en aquella ocasión fue para desquitarme de Fernanda que había echado a perder los planes que teníamos de casarte con María José.

Juan: ¿Y ahora que Fernanda te corrió de la casa también piensas intentar envenenarme de nuevo, mandarme a matar con un sicario, ponerme una bomba o qué onda?

Paula: Te lo dije hace rato. Puedo ser muy mala como enemiga.

Juan: ¿Debo tomarlo como una amenaza?

Paula: Tómalo como una advertencia, querido y si lograste saber que intenté matarte antes, no debería tomarte por sorpresa el momento en que actúe.

Juan: Mira, Paula. Creas o no, mi único interés también es hundir a Emiliano.

Juan mete una mano en el interior de su chaqueta y saca un sobre manila. Lo coloca sobre la mesa. Paula observa el sobre con desconfianza.

Paula: ¿Qué es eso?

Juan: Ábrelo.

Paula lo toma con cautela. Lo abre y extrae un par de documentos. Lee la primera página y su expresión cambia enseguida.

Paula: ¿Qué?

Juan bebe nuevamente de su café, observándola con tranquilidad. Paula continúa leyendo y pasa a la segunda página. Está completamente impactada y ojiplática.

Paula: Esto… Esto no puede ser.

Juan: Fíjate que sí puede ser.

Paula: (exaltada) ¿De dónde lo sacaste? 

Juan: Te conté hace rato que con dinero se pueden hacer muchas cosas.

Paula: ¡Mentira!

Paula arruga los documentos, formando una bola.

Paula: Esto no es más que un montaje, una patraña de tu parte. ¿Qué pretendes, ah? ¿Qué buscas con esta mentira?

Juan: Me temo que no es ninguna mentira. Chela me lo confirmó.

Paula niega con la cabeza.

Juan: Ella me contó que tú y Emiliano fueron adoptados por mis abuelos, Minerva y Ricardo.

Paula permanece inmóvil sin dar crédito a lo que oye.

Juan: Minerva había perdido a un hijo. Después de eso, quedó destrozada. Según Chela, ahí mis abuelos decidieron adoptarlos a ustedes dos.

Paula apenas respira, intentando procesar esa información.

Juan: Ricardo se opuso. No quería adoptar a nadie, pero Minerva insistió, ya que le dolía separarlos a ustedes dos que sí son hermanos de sangre.

Paula: No… Eso… Eso no es verdad. Mi mamá…

Juan: Tu verdadera madre te abandonó. 

Paula: ¡Cállate! ¡Esa es una vil mentira! ¡Yo soy una Fonseca!

Juan: Tienes el apellido, pero no la sangre y eso hace muchísimo la diferencia. Los documentos son completamente válidos y puedes averiguarlo tú misma yendo al orfanato de dónde te sacaron. Creas o no, fuiste adoptada. 

Paula sigue negando y se queda mirando al vacío, perdida y dolida.

Paula: ¿Por qué nunca me dijeron nada?

Juan: Quizá mi abuela no vio necesario contártelo. De todas formas, murió cuando tenías diez años y para un niño a veces puede ser difícil entender que es adoptado. Pudo habértelo dicho cuando crecieras, pero…

Paula completa la frase con tristeza.

Paula: Pero no tuvo tiempo. Se suicidó.

Juan no agrega nada a eso. Paula respira hondo al tiempo que continúa mirando al vacío.

Paula: ¿Emiliano lo sabe?

Juan: Es probable. Piensa un poco. Mi papá era el único hijo de sangre de mi abuelo, el verdadero heredero y después de que tú y Emiliano lo mataron, Emiliano se deshizo de ti también y se convirtió legalmente en el único Fonseca que quedaba. 

Paula empuña las manos, llena de ira y siente un amargo nudo en la garganta. 

Paula: No puedo creer que toda mi vida resultara ser una falacia, una mentira. Todo lo que soy siempre giró en torno al maldito apellido de los Fonseca y ahora me entero de esto…

Paula sonríe con incredulidad y sus ojos se ponen brillosos.

Juan: Te entiendo.

Paula: ¿Qué puedes entender tú?

Juan: Más de lo que crees. Recuerda que Emiliano me usó para poder disfrutar de la herencia que mi papá me dejó, haciéndose pasar por mi tutor legal y por mi padre.

Paula no responde nada e intenta no quebrarse. Juan pone su mano sobre la de ella.

Juan: He ahí el porqué tampoco vi impedimento a que hiciéramos el amor. Tú y yo no somos tía y sobrino respectivamente.

Paula aparta su mano rápidamente.

Paula: ¿Crees que eso cambia en algo las cosas entre nosotros?

Juan: Quizás no ahora, pero me gustas, Paula a pesar de que me quisiste muerto.

Paula: (incrédula) ¡Por favor!

Juan: Es la verdad y me parece que podríamos hacer un buen equipo. Tú y yo sabemos que Emiliano tiene que caer.

Paula: ¿Y qué propones?

Juan esboza una sonrisa.

Juan: Hace poco aprendí a jugar ajedrez, ¿sabes? Me parecía un juego para personas inteligentes y descubrí que no se trata solo de inteligencia, sino de ser estratega.

Paula: ¿Y?

Juan: Hay que dejar de jugar como tú y Fernanda estaban jugando. Casarme con María José no iba a ser la mejor opción. Hay que ser más estratégicos y saber mover las piezas en el tablero. 

Paula: ¿A dónde quieres llegar?

Juan bebe un sorbo más de café y prosigue.

Juan: Tengo una pieza que nos podría ayudar a derrocar a Emiliano. 

Juan extiende lentamente la mano y toma la de la mujer.

Juan: Si nos unimos, podemos hacer todo lo que nos propongamos. No solo como aliados…

Una sonrisa tenue aparece en el rostro del joven.

Juan: También como algo más.

Paula lo observa fijamente.

Juan: Tú y yo sabemos que ya no hay nada que nos impida estar juntos.

Paula parece quebrarse por la actitud seductora del joven y considera la propuesta.


EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CANCHA – TARDE

Varios seminaristas juegan un partido de fútbol en la cancha del orfanato. Entre ellos se encuentra Damián, quien corre detrás del balón y se muestra particularmente animado. Jorge aparece a lo lejos, caminando por uno de los corredores que rodean la cancha. Lleva algunos documentos bajo el brazo y avanza con su habitual porte solemne. Damián lo ve de lejos y por un instante, deja de prestar atención al partido. Un seminarista le pasa el balón. Damián lo recibe, corre unos metros y, al intentar quitárselo a otro compañero, termina cayendo al suelo. Un seminarista se acerca a darle la mano.

Seminarista: Hey, ¿estás bien?

Damián: Sí, todo bien.

Damián se incorpora con ayuda de su compañero y se sacude el polvo. Luego se quita la camisa y se seca el sudor de la cara levemente. 

Damián: Sigan ustedes ahí y ya me les uno. Voy a ir a tomar algo y a refrescarme.

Seminarista: Va, no te demores que te necesitamos en el equipo.

Damián asiente. Jorge continúa su camino y el primero se apresura a alcanzarlo por el pasillo.

Damián: ¡Hey! ¡Padre Jorge

Jorge se detiene y se voltea con su habitual seriedad. Damián se acerca sudado y agitado por el juego.

Jorge: ¿Qué ocurre?

Damián: Véngase a jugar un rato.

Jorge: ¿Yo?

Damián: Sí, usted. No me diga que nunca jugó fútbol.

Jorge: La verdad no. Era un deporte que odiaba y que aún odio.

Damián: Pues todavía está a tiempo de aprender y así comparte.

Jorge: Tengo cosas más importantes que hacer.

Damián: Chale, pues qué lástima.

Jorge se queda admirando su torso de forma prolongada. Damián lo nota y sonríe con picardía.

Damián: ¿Qué? ¿Pasa algo?

Jorge: Hágame el favor de ponerse algo encima. Guarde el decoro dentro de las instalaciones del orfanato.

Damián mira hacia abajo, como si apenas entonces recordara que se encuentra sin camisa.

Damián: Ah, sí es cierto. Discúlpeme. Es que hace un chingo de calor.

Jorge: Y también modere su vocabulario corriente mientras se quede aquí. Recuerde que es un seminarista y debe saber comportarse, especialmente delante de los huérfanos. 

Damián: Entendido. Voy a tratar.

Damián se coloca de nuevo la camiseta y sigue sonriéndole al hombre.

Damián: Voy a volver al juego que me están esperando. Nos vemos.

Damián le guiña un ojo y se retira. Jorge se queda viéndolo y respira profundo.

Jorge: Definitivamente es muy parecido al imbécil de Juan de La Cruz. Es como verlo de nuevo, igual de vulgar y de… atractivo… 

Jorge dice aquello con un deje de deseo reprimido y sigue su camino. 


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – NOCHE

Juan se encuentra sentado al otro extremo del escritorio. Gael está en su respectivo puesto y pone un pendrive sobre la superficie.

Juan: (con seriedad) Me imagino que sí lograste encontrar algo.

Gael: En efecto. Tenías razón en sospechar que había mucho material en esa computadora.

Juan agarra el pendrive y tiene un recuerdo de la noche anterior.


FLASHBACK

INT. RESTAURANTE/BAÑO – NOCHE

Juan se encuentra frente al espejo, lavándose las manos. Luego se seca y saca su celular. Marca un número y después de unos segundos, alguien contesta.



INT. CASA DE LOS FONSECA/CUARTO DE SERVICIO – NOCHE

Una empleada de la casa es quien está al otro lado de la línea y habla en voz baja. 

Empleada: ¿Bueno?


INTERCUT JUAN/EMPLEADA

Juan: Soy yo. ¿Ya tienes la computadora?

Empleada: Sí, joven. La saqué de la habitación de doña Paula, tal como me indicó.

Juan mira hacia la puerta del baño para asegurarse de que nadie lo escuche.

Juan: ¿Estás segura de que nadie te vio sacarla?

Empleada: Segurísima. La metí en una bolsa y la dejé en el cuartito de servicio. Nadie se ha dado cuenta.

Juan: Perfecto. Escúchame bien. Mañana vas a llevarla a la delegación antes de que salga el sol. Pregunta por el detective Gael Luján y entrégasela directamente a él. A nadie más.

Empleada: ¿Y qué hago después?

Juan: Espera a que te la devuelva y la pones de vuelta en la habitación. Gael debe devolverte la computadora en una o dos horas máximo. 

Empleada: ¿Y si la señora regresa antes de mí?

Juan: Yo me encargo de todo. Mañana mismo te doy la siguiente parte del dinero.

Empleada: Está bien, joven. Muchas gracias.

Juan: Y, por favor, ten mucho cuidado. Si alguien te pregunta, tú no sabes nada y nunca has visto esa computadora.

Empleada: Entendido.

Juan cuelga. Se mira al espejo con seriedad.

FIN DEL FLASHBACK


Juan deja de recordar, jugando con el pendrive entre sus dedos.

Juan: ¿Qué encontraste?

Gael: Miles de grabaciones. La laptop estaba prácticamente llena de archivos de audio.

Juan: (extrañado) ¿Grabaciones?

Gael: Por lo que pude revisar, Paula colocó micrófonos en varios puntos de la casa que transmiten en vivo. Hay micrófonos en la sala, el comedor, algunos pasillos e incluso hay archivos de conversaciones que tuvieron lugar en habitaciones. Todo se guarda en la nube, la cual logré hackear con ayuda de uno de mis técnicos. 

Juan sonríe con incredulidad.

Juan: Paula es mucho más astuta de lo que me pude imaginar. Cada vez sale con algo distinto.

Gael: (con burla) ¿Qué hay de ti? Lograste sacarla de la casa y por lo que escuché en unas grabaciones más recientes, te acostaste con ella para distraerla. Bien pensado, eh.

Juan: (con seriedad) Mi intimidad no debe ser problema tuyo, Luján. 

Gael: Nada más pensaba en lo irónico de toda la situación. Paula se acostó con el ex de María José y ahora se acostó contigo. Esa mujer siempre le quita los novios a la ahijada y qué poca, ¿no?

Juan: María José y yo nunca tuvimos una relación oficial, además el tema de discusión no es ese. 

Gael: Es inevitable no mencionarlo. Me la pasé todo el día de ayer y parte de hoy escuchando decenas y decenas de grabaciones. Con esto, tenemos suficiente material para poner tras las rejas a Emiliano y no solo a él, a Paula y Fernanda también. Las dos han conversado en varias ocasiones sobre un veneno que le han estado dando poco a poco al tipo.

Juan: (sorprendido) Carajo, eso sí que no lo veía venir. 

Gael: Podrían ser acusadas de intento de asesinato. Fernanda, por su parte, por lo que escuché también abusó sexualmente de Christian.

Juan baja la cabeza al oírlo.

Gael: Y no es lo único.

Juan: ¿Qué más oíste?

Gael suelta una bocanada de aire y baja con tristeza la cabeza.

Gael: Hay una grabación donde mi papá también sale implicado. Es del día en que dio con tu paradero y fue a contárselo a Emiliano. Christian llegó al rato y ahí acordaron secuestrarte a las afueras del orfanato. 

Juan: ¿Ah, sí? ¿Y de casualidad no la borraste para no implicar a tu papá?

Gael: (con seriedad) Puedes creerme si se te pega la gana, pero no borré nada esta vez.

Juan: ¿Esta vez? Debo asumir entonces que ya habías borrado algo antes.

Gael: Nada más borré los videos del ex de María José hablando con Paula. Michael le decía a ella que mi papá te estaba buscando y con eso bastaba para que la policía lo relacionara con Emiliano Fonseca por tu secuestro.

Juan: Pues qué mal, eh. Veo que cuando te pedí que alteraras las pruebas de las huellas dactilares, ya tenías un chingo de experiencia manipulando información.

Gael: Es mi papá. Quería salvarlo. ¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar?

Juan: Probablemente pedirle que se entregara. Mira, Luján. Benjamín, al que mató tu papá, era mi mejor amigo, mi hermano y lo quería, pero él también cometió un error. Mató a una prostituta 

Gael se sorprende ligeramente.

Juan: El día que me secuestraron él mismo me lo confesó y no me preguntes los detalles del por qué la mató. El caso es que cometió un crimen y le arrebató la vida a una persona. Iba a dejar el orfanato para entregarse y a lo que voy es que, a pesar de lo mucho que lo quería, yo nunca le hubiera aconsejado esconderse porque toda acción tiene su consecuencia.

Gael: (incrédulo) Lo dices tú que estás suplantando la identidad de otra persona.

Juan: Yo jamás me he eximido de las consecuencias de lo que estoy haciendo y si te sirve de algo, cuando todo esto acabe, me voy a entregar claramente no sin antes ver a todos esos otros criminales pudriéndose en la cárcel.

Gael: Los demás no me interesan. Me importa mi papá. No quiero verlo tras las rejas, cabrón.

Juan: Pues lamento informarte que inevitablemente va a pasar.

Gael: (molesto) Entonces ¿para qué carajos me estás chantajeando si el resultado va a ser el mismo, ah?  

Juan: Para ganar tiempo y recolectar evidencias, pero ya te dije. Todos vamos a pagar por lo que hicimos mal, incluido yo. Esto no se trata de que unos ganen y otros pierdan. Quiero justicia y me atrevería a decir que si te hiciste policía fue porque buscabas lo mismo. ¿Me equivoco?

Gael no responde ante ello y parece asentir con su silencio.

Juan: Yo no creo que seas tan corrupto como tu papá y entiendo que quieras protegerlo, pero no traiciones tus principios como lo hice yo. Es un consejo.

Gael: No necesito consejos tuyos. Total ni sacerdote eres.

Juan: (dolido) Lo sé y eso quizás me vaya a atormentar la vida entera. No hagas tú lo mismo. La justicia es justicia, cáigale a quien le caiga. Octavio podrá ser tu papá, pero eso no cambia el hecho de que merezca ser castigado. 

Juan toma el pendrive, se lo guarda en el bolsillo de su pantalón y sale de la oficina. Gael resopla, frustrado y con tristeza mientras mira al vacío. 


INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE

Emiliano se encuentra bebiendo un vaso de licor mientras contempla el exterior a través de la ventana. El hombre se encuentra en bata y recuerda fugazmente el momento en que tosió para luego escupir sangre.

Emiliano: (pensativo) ¿A poco sí estoy tan jodidamente enfermo y ya me está cargando la chingada?

Emiliano bebe un sorbo y de repente siente unos retorcijones en el vientre. No se imagina que entre más bebe licor, más consume el veneno que lo ha estado matando y enloqueciendo poco a poco.

Emiliano: (adolorido) ¡Me lleva!

Emiliano pone el vaso sobre el escritorio y se sienta en su silla, poniéndose los brazos cruzados en el vientre.

Emiliano: Argh, carajo…

Emiliano trata de controlar la respiración y poco a poco el dolor va reduciendo.

Emiliano: Estoy bien, estoy bien. Yo no puedo estar enfermo, maldita sea, no puedo…

Emiliano sigue inhalando y exhalando, aguantándose el dolor abdominal. De repente, es interrumpido por una notificación en su celular, el cual vibra sobre el escritorio. Lo alcanza y frunce extrañado el ceño al ver que es un mensaje de un número desconocido.

Emiliano: ¿Y esto?

El hombre abre el mensaje y ve que es una grabación de audio, la cual comienza a reproducir.


GRABACIÓN

Juan: Te pasaste. No era necesario hacer un escándalo de esa magnitud. Pudiste provocar una tragedia. Emiliano habría podido hacerle algo. 

Fernanda: Pues se lo merecía. Mujeres como esa no merecen ningún tipo de piedad.

Juan: ¿Y a poco tú sí? El hecho de que te hagas la santa ahorita, no borra lo que me hiciste de niño.

Fernanda: (incómoda) Cállate, no menciones eso.

Juan: La verdad siempre incomoda. Ves demonios y pecado en todas partes, pero no te has dado cuenta de que la peor pecadora fuiste tú. Tú que se supone que eres mi madre y fuiste capaz de violarme cuando era niño y de flagelarme hasta al cansancio. 

Fernanda: Estás completamente desorientado. Yo solo quería sacrificarme. Quería sacar todo pecado de tu cuerpo, hijo. Quería purificarte…

FIN DE LA GRABACIÓN


Emiliano se ha puesto ojiplático ante lo que acaba de escuchar y luce completamente desconcertado.

CONTINUARÁ…

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