Capítulo 36: Ante tempestatem
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – NOCHE
Todo se encuentra a oscuras, apenas iluminado por los velones colocados en ciertos puntos alrededor de la capilla. Damián es el único que se encuentra allí, arrodillado frente al altar y mira la hora en su reloj de muñeca.
Damián: (exasperado) Chale. Me estoy muriendo de sueño y por lo que me contaron, el vejete con sotana siempre hace ronda a esta hora. ¿Cuánto más se piensa tardar?
De repente, escucha unos pasos. Damián de inmediato se acomoda y finge estar rezando. Jorge, en efecto, hace guardia para verificar que todo esté cerrado y al pasar por la puerta abierta de la capilla, ve al joven allí adentro.
Jorge: ¿Qué se supone que está haciendo usted a esta hora aquí?
Damián finge exaltarse y voltea a verlo.
Damián: Ah, padre (Se incorpora rápidamente). Disculpe usted. Estaba haciendo un ratito de oración.
Jorge se adentra a la capilla.
Jorge: (con seriedad) Una de las reglas de oro de este orfanato es que maestros, monjas, seminaristas y sacerdotes estén en sus celdas a más tardar ocho y media. ¿Ha visto la hora?
Damián: Sí, padre. Yo sé que ya pasan de las nueve, pero es que de veras necesita rezar o si no iba a volverme loco.
Jorge: (extrañado) ¿Volverse loco?
Damián baja la cabeza y juguetea nervioso con sus dedos. Jorge nota el comportamiento ansioso del joven.
Jorge: ¿Qué le ocurre?
Damián: Es que… (Hace una pausa) Es que me da pena decirlo. Para mí es difícil luchar con esto que siento, padre.
Damián comienza a ponerse sollozo.
Damián: El cuerpo… El cuerpo es como si fuera mi peor enemigo. Los malos pensamientos me están atacando más que nunca y siento que me voy a enloquecer.
Jorge: Para serle sincero, no comprendo a qué se refiere.
Damián: ¿Cree usted que pueda escucharme un momento?
Jorge no responde de inmediato y solo ve al muchacho con algo de desconfianza.
INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE
Emiliano acaba de recibir una grabación anexa como mensaje anónimo. Es un audio donde Juan le reprocha a Fernanda las violaciones, abusos y golpes que sufrió Christian de niño. El hombre se ve impactado.
Emiliano: ¿Qué mierda es esto?
De pronto, es interrumpido por una voz de ultratumba.
Ricardo: ¿Lo entiendes ahora?
Emiliano se sobresalta. Ricardo aparece con su aura espectral en el fondo del estudio.
Ricardo: Tu mujer todo este tiempo solo estuvo viéndote la cara.
Ricardo comienza a reírse. Emiliano siente que la ira se apodera poco a poco de sí.
Ricardo: No le bastó con engañarte y acostarse con Gabriel para embarazarse de Christian y Juan, sino que convirtió a uno de los muchachos en una copia de Gabriel y tú ni cuenta te diste.
Emiliano: (furioso) ¡Cierra la boca, maldito viejo! ¡Es mentira!
Ricardo: Tú mismo lo acabas de escuchar. Christian fue el reemplazo que tu esposa encontró para conservar el recuerdo de tu peor enemigo. ¿Y cómo no si parecen dos gotas de agua?
Ricardo sigue riéndose. Emiliano lo observa con una ira tal que incluso las venas de su frente y cuello se hacen ligeramente más notables.
Ricardo: ¡Ay, Emiliano! Tú siempre te has creído indestructible, hijo y que nadie puede pasar por encima de ti, pero es todo lo contrario y ahí tienes la prueba. Tu mujer es una enferma que abusó de su propio hijo en tus narices. Eres un completo idiota.
Emiliano: ¡Cállate ya, miserable! ¡Cállate!
Emiliano agarra el vaso del cual tomaba y lo arroja contra el espectro. Ricardo desaparece y el primero, completamente fuera de sí, sale del estudio.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COCINA – NOCHE
Dos empleadas están terminando de poner la mesa. Fernanda se encuentra allí, supervisando.
Fernanda: Quiero que cuiden bien esa vajilla para el cumpleaños de mi esposo en una semana. Está casi nueva y costó una fortuna. ¿Entendido?
Empleada 1: Sí, señora.
Emiliano aparece en ese instante enrojecido de la ira. Las empleadas se intimidan al verlo.
Fernanda: Ya casi está lista la cena. Justo iba a mandarte a llamar.
Emiliano no dice nada y sin darse a la espera, le lanza una brutal bofetada a la mujer. Las empleadas se sorprenden y se asustan. El hombre luego la toma del cabello.
Fernanda: (adolorida) ¡Argh!
Emiliano: ¡Eres una maldita enferma, una puta!
Fernanda: ¿Qué demonios te pasa? ¡Déjame!
Emiliano: ¿Creíste que nunca me iba a enterar?
Fernanda: (desconcertada) ¿De qué estás hablando?
Emiliano no le responde, la suelta y le propina otras dos brutales bofetadas en cada lado de la cara.
Emiliano: ¡Eres una perra desgraciada!
Fernanda incluso sangra en los labios ante el impacto de los golpes. Emiliano la tira del cabello y barrer el comedor con ella como si fuera un monigote. Los costosos platos estallan en pedazos. Las empleadas están aterradas.
Empleada 2: ¡Patrón, por favor!
Emiliano: ¡Ustedes no se metan!
Emiliano parece endemoniado y se lleva a su esposa, agarrándola del cabello.
Fernanda: ¡Emiliano, me estás lastimando! ¡Suéltame!
Los dos desaparecen. De fondo se siguen escuchando los gritos adoloridos de la mujer.
Empleada 1: (preocupada) ¿Qué hacemos?
Empleada 2: Ya escuchaste. Es mejor no pasarnos de metiches.
Empleada 1: Voy a avisarle al joven.
Empleada 2: Claro que no. Esto no es un asunto nuestro.
Empleada 1: El patrón puede matar a la señora. Míralo cómo está.
La primera empleada se apresura a sacar su celular del bolsillo del delantal. Ella es justo la misma que había ayudado a Juan a sacar la laptop del cuarto de Paula.
INT. AUTO DE JUAN – NOCHE
Juan, entretanto, va conduciendo y ve que la llamada entra a su celular, por lo que se pone los auriculares inalámbricos y contesta.
Juan: ¿Bueno?
INTERCUT JUAN/EMPLEADA
Empleada 1: Joven, soy yo.
Juan: ¿Qué pasa?
Empleada: Es su papá que se puso como loco y está golpeando a su mamá. Yo creo que si no lo detienen la puede hasta matar.
Juan: (sorprendido) Ya voy para allá. No vayas a llamar a la policía.
Juan cuelga y se gira en el auto para tomar una ruta alterna que le permita llegar más rápido.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE EMILIANO – NOCHE
Emiliano abre la puerta de un empujón y arroja a Fernanda al interior. La mujer cae al suelo. Fernanda se lleva una mano al cabello, adolorida y aterrada.
Fernanda: ¿Qué te pasa, Emiliano? ¿Por qué me estás haciendo esto?
Emiliano cierra la puerta.
Emiliano: ¿Todavía tienes el descaro de preguntarme?
Fernanda: (desgarrada) ¡No entiendo!
Emiliano se acerca lentamente, respirando agitado.
Emiliano: Ya me enteré de todo, pinche loca.
Fernanda: ¿De qué estás hablando?
Emiliano: De lo que le hiciste a Christian.
Fernanda se queda paralizada.
Emiliano: Ya me enteré de lo que le hiciste durante años al bueno para nada ese. ¡Lo violaste!
Fernanda: Eso no es cierto.
Emiliano: (furioso) ¡No me veas la cara de pendejo!
Fernanda: ¡Emiliano, te juro que no es lo que piensas!
Emiliano la abofetea. Fernanda cae de lado.
Emiliano: ¡Eres una puta cínica!
Fernanda llora aterrada.
Emiliano: ¡Claro! Por eso eras tan pinche maniática con él. Por eso nunca querías que se alejara de ti a pesar de lo mucho que el pendejo pidió irse al extranjero a estudiar y yo nada más no lo mandé por ti que siempre intervenías. ¡Lo querías tener para ti!
Fernanda: ¡Estás equivocado!
Emiliano: ¡Reconócelo! ¡Lo tenías como reemplazo de Gabriel! Te provocaba morbo verlo tan igual al imbécil de mi hermano. Y todavía te hiciste la indignada ayer cuando supiste que el bueno para nada se había acostado con Paula siendo su tía. ¡Eres una pinche enferma!
Fernanda: Todo esto es un malentendido. Yo no sé quién y cómo te lo dijo, pero te aseguro que las cosas no son como las crees.
Emiliano: Da igual el cómo me enteré. El caso es que por fin entendí muchas cosas y te voy a hacer ver negro, Fernanda.
Fernanda: (asustada) ¡Emiliano, por favor! Deja que te aclare todo.
Emiliano: ¡Arrodíllate!
Fernanda lo mira aterrada. Emiliano señala el suelo.
Emiliano: ¡Te dije que te arrodilles y mirando a la ventana!
Fernanda: Escúchame solo por un momento. Te lo pido.
Emiliano se acerca a ella con los ojos enrojecidos por la ira.
Emiliano: ¡Arrodíllate de espaldas o te mato aquí mismo!
Fernanda se queda inmóvil.
Emiliano: ¡Ahora!
Fernanda comienza a llorar con desesperación.
Fernanda: Emiliano…
Emiliano: ¡Hazlo o te mato! Y no querrás dejar a tu preciado tesoro sin madre, aunque pensándolo bien hasta le haría un favor.
Fernanda: ¡No me hagas nada! ¡Te lo suplico!
Emiliano: Entonces te arrodillas de inmediato sin relinchar. ¡Ándale!
La mujer no ve más opción. Está muerta de miedo y poco a poco, adopta la posición para arrodillar frente a la ventana. Emiliano se dirige al armario y abre uno de sus cajones. Luego saca un cinturón. Fernanda lo ve de reojo y comienza a temblar.
Fernanda: ¿Qué vas a hacer?
Emiliano se acerca estirando de un extremo a otro el cinturón.
Emiliano: Escuché que lo flagelaste por años y con razón en algún momento me pareció verlo en la piscina, y alcancé a verle unas cicatrices medio raras en la espalda, solo que no le di importancia porque tampoco me interesaba, pero ya entendí que fuiste tú…
Fernanda: Por favor, Emiliano. Escúchame.
Emiliano le rasga la blusa con fuerza descomunal, dejándola apenas en sostén. Fernanda ya sospecha lo que le espera.
Emiliano: Esto no es nada comparado con lo que debería hacerte por verme la cara de idiota estos años, por ponerme a criar a tu hijo al que tenías de muñequito inflable para desfogarte como una degenerada.
Fernanda: (desconsolada) Emiliano, ya no más. Te lo suplico.
De repente, el hombre le lanza un brutal golpe con el cinturón en la espalda. Fernanda gime adolorida, pero contrario a detenerse, él continúa golpeándola una vez tras otra sin detenerse. Fernanda grita desgarrada y llena de dolor físico al sentir como aquel cinturón le abre la piel.
CORTE A:
INT. DEPARTAMENTO DE PAULA – NOCHE
Paula, por su parte, se encuentra en pijama, recostada sobre la cama con la laptop prendida. Está escuchando en vivo y en directo todo lo que ocurre en la habitación.
Paula: (burlándose) Ay, cuñada. Te advertí que me las ibas a pagar y mira nada más de qué forma.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY– NOCHE
Jorge y Damián entran. El primero cierra la puerta de la oficina, tenuemente iluminada por la lámpara puesta sobre el escritorio. Los dos han tomado asiento.
Jorge: Muy bien. Puede comenzar cuando guste.
Damián: La verdad es que me da pena con usted porque no quiero que vaya a pensar mal de mí.
Jorge: ¿Tan grave es?
Damián: Creo que sí. Desde hace años, traigo una espina atorada en el pecho que no me deja en paz.
Jorge: Debe sacarla o no tendrá la paz que tanto anhela.
Damián hace una pausa prolongada, inmerso en su actuación. Jorge guarda silencio, escuchando con atención.
Damián: Verá, padre. Yo… (Pausa) Yo soy homosexual, gay, joto, como quiera llamarle.
Jorge escucha sin cambiar el tono de su rostro y no muestra sorpresa.
Damián: Llevo toda la vida peleándome conmigo mismo. Desde chavito me di cuenta de que no era igual que los demás. Entré al seminario porque era el sueño de mi abuelita y yo pensé que si me volvía cura esto se me iba a quitar, pero no pasó. Todo lo contrario. Cada día siento que me engaño más.
Jorge: ¿Ha caído en fornicación con otros hombres desde que entró al seminario?
Damián: Hasta ahora no.
Jorge: Entonces ¿por qué habla con tanto agobio?
Damián: Pues porque esto no es normal.
Jorge: ¿Para quién?
Damián: (desconcertado) Para Dios, para la Iglesia…
Jorge resopla, se levanta de su asiento y comienza a pasearse por la oficina mientras habla.
Jorge: Creo que su concepto de la homosexualidad está muy desvirtuado, Damián. Su problema ni siquiera son sus inclinaciones, sino la culpa que carga. Es normal para el cuerpo sentir y…
Jorge se inclina a susurrarle al oído, parado justo detrás de él.
Jorge: En mi opinión, creo que no hay nada más maravilloso que entrar en ese éxtasis con la persona que uno tanto desea…
Jorge se incorpora de nuevo y se coloca detrás del escritorio al tiempo que sigue hablando.
Jorge: Pero está en nosotros saber qué hacer con esos deseos para que no nos gobiernen más de lo necesario.
Damián: Es que a veces pienso que nunca voy a poder. Hay hombres que me hacen muy difícil luchar contra eso. Tienen un algo que… (Hace una pausa) un algo que me pone mal, pues…
Jorge: ¿Y qué tienen esos hombres?
Damián sonríe y levanta la mirada para verlo con fijación.
Damián: Hombres maduros que tienen presencia, autoridad, experiencia… Hombres que hablan con los que uno siente ganas de ir más allá… Hombres como usted, padre.
Jorge no responde de inmediato, aunque dibuja una sonrisa en su rostro.
Jorge: ¿Está intentando decirme algo, acaso?
Damián: De veras no quiero que me malinterprete, pero la mente y el cuerpo me traicionan en momentos como este, más a solas y la merita verdad es que no puedo negarle lo atractivo que usted me parece.
Jorge: Veo que me ha analizado y descrito de una manera muy precisa. ¿Es lo que buscaba?
Damián se pone de pie y ambos quedan frente a frente a corta distancia, llenos de tensión.
Damián: Yo no vine buscando nada, pero creo que lo encontré.
Damián escanea con sus ojos los labios del hombre e intenta besarlo. Jorge se aparta.
Jorge: Conmigo no se equivoque.
Damián arquea una ceja.
Damián: Pensé que…
Jorge: (lo interrumpe) Pensó mal. Yo soy un sacerdote intachable y usted no es más que un pobre muchacho incapaz de controlar sus impulsos. No somos iguales.
Damián: ¿Y a poco usted no siente deseos e impulsos?
Jorge: ¿Quiere hacerme caer en la tentación?
Damián sonríe con picardía.
Damián: Es difícil escapar de la tentación en momentos así, padrecito. ¿No le parece?
Damián se atreve a tocar la entrepierna del hombre. Jorge se exalta, lo suelta del mentón y se aleja.
Jorge: Está cometiendo un grave error.
Damián: (incrédulo) ¿A poco sí?
De repente, el hombre le lanza una bofetada con el dorso de la mano. Damián se vuelve el rostro sorprendido y acto seguido, Jorge lo toma del mentón con firmeza y se queda viéndolo con fijación.
Jorge: ¿Por qué está haciendo esto? ¿Qué intenciones tiene en verdad?
Damián se pone un poco nervioso ante la pregunta.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE EMILIANO – NOCHE
Juan sube las escaleras con prisa y entra a la habitación sin tocar. Emiliano se encuentra allí, sentado en un sillón, mientras bebe con suma tranquilidad un poco de licor. Fernanda, por su parte, se ve malherida, con la espalda sangrando al rojo vivo, arrodillada y apoyada en la cama mientras gimotea y reza con susurros.
Fernanda: Dios mío, ten misericordia de nosotros… Dios mío, ten misericordia de nosotros… Dios mío, ten misericordia…
Juan: ¿Qué pasó aquí?
Emiliano: ¿Que a poco no es evidente?
Juan se apresura a levantar a su madre del piso, impactado al verla tan maltratada y la ayuda a sentarse en la cama.
Juan: (preocupado) ¿Estás bien?
Fernanda tiembla. Está en sostén, destruida, con el cabello desordenado, moretones en el rostro y los labios, además de las heridas de las flagelaciones. Luce como si un torbellino le hubiera pasado por encima.
Fernanda: (en un hilo de voz) Christian, hijo… Ay, mi amor, llegaste…
Fernanda le acaricia el rostro con suavidad y derrama una lágrima. Juan siente que se llena de rabia y exaltado, toma a su tío con fuerza de la bata, obligándolo a levantarse.
Juan: ¿Qué le hiciste, animal?
Emiliano se suelta con brusquedad y lo empuja con molestia.
Emiliano: ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Que acaso crees que soy tu monigote?
Juan: (furioso) ¡Casi la matas, infeliz! ¡Mírala!
Emiliano: Lo que le hice fue poco comparado a todos los años en que se burló de mí y además, ¿tú qué? ¿Para qué la defiendes después de que te violó?
Juan se impacta ante lo que oye.
Emiliano: (sonriendo) Quita esa cara que ya me enteré. ¿No fuiste tú el que me envió la grabación?
Juan: No sé de qué estás hablando. Yo no te he mandado nada.
Emiliano: Pues alguien, váyase a saber quién, estaba al tanto de la porquería que tu mamita chula te hacía y me envió un audio de anoche cuando le reclamabas.
Juan se desconcierta ante eso.
Juan: Da igual. No tenías que golpearla así.
Emiliano: Lo único que hice fue darle a esta enferma una cucharada de su propia medicina.
Juan aprieta los puños.
Juan: ¿Llamas medicina a dejarla así?
Emiliano: ¿Y tú qué? ¿Eres pendejo? ¿De veras la vas a defender?
Juan: Podrá ser lo que sea, pero es mi mamá y jamás me alegraría con una cosa así.
Emiliano: Pues le fue bastante bien, ¿sabes? Si hubiera hecho lo que realmente tenía pensado, ya estaría muerta.
Fernanda rompe en llanto. Emiliano clava clava la mirada en Juan.
Emiliano: En cuanto a ti, no entiendo por qué chingados nunca me dijiste lo que esa loca te hacía. ¡Debiste abrir la boca!
Juan: Tú nunca me hubieras creído.
Emiliano: No me vengas con pendejadas.
Juan: Es la verdad. Era un niño. Tú me odias desde que tengo memoria. Para ti siempre fui un estorbo y si hubiera hablado, habrías dicho que estaba inventando todo para separar a la familia.
Emiliano permanece en silencio. Juan continúa con amargura.
Juan: Y aunque me hubieras creído, ¿en qué habrían cambiado las cosas? ¿Me habrías protegido?
Emiliano: ¡Hubiera actuado a tiempo!
Juan: Mentira. Hubieras hecho exactamente lo mismo que acabas de hacer, no por protegerme, sino por rabia, por odio al saber que tu esposa era una degenerada, no por mí.
Fernanda llora muy dolida de fondo ante esas palabras.
Juan: Tú nunca protegiste a nadie, Emiliano. Te importas tú mismo y nadie más.
Emiliano: ¡Pendejo! ¡De veras que lo eres! Con razón te pasó esto. Es que hasta te lo merecías por ser tan idiota.
Fernanda: Basta ya, por favor. ¡Basta!
Juan voltea a verla y luego se vuelve a su tío.
Juan: Di lo que quieras. No pienso perder más mi tiempo contigo.
Juan se vuelve hacia Fernanda y se agacha junto a ella.
Juan: Vamos. Tenemos que llevarte al hospital.
Con extremo cuidado, la toma del brazo para ayudarla a incorporarse. Fernanda se queja del dolor.
Fernanda: No quiero.
Juan: No puedes quedarte así. Deben examinarte o mandarte algo para las heridas.
Fernanda: (negando desesperadamente) Te estoy diciendo que no.
Juan: Mira cómo estás.
Fernanda: Estoy bien. Se me va a pasar.
Juan: No te lo estoy pidiendo.
Fernanda lo mira aterrada y se suelta de él.
Fernanda: ¡Que no! ¡No pienso moverme de aquí!
Juan: (regañándola) ¡Fernanda!
Fernanda: Entiende. Si voy al hospital, van a hacer preguntas y van a llamar a la policía. Tú sabes cómo son esas cosas y más ahora con todo eso de los feminicidios.
Juan la mira con un nudo en la garganta, pues le duele de corazón verla así.
Fernanda: Te lo suplico, hijo. No me obligues a ir. Yo puedo curarme sola...
Juan guarda silencio y los ojos se le llenan de lágrimas, aunque intenta contenerse. Levanta la vista hacia Emiliano, que continúa bebiendo como si nada hubiera ocurrido.
Juan: (con rabia) Te juro que si ella empeora, te las vas a ver conmigo.
Emiliano: Hazle cómo quieras. Déjate de amenazas mamonas y llévatela que quiero dormir.
Emiliano da otro trago a su licor. Juan sostiene su mirada unos segundos. Luego deja de prestarle atención, rodea con un brazo a Fernanda para sostenerla y comienza a ayudarla a salir lentamente de la habitación mientras ella apenas puede caminar del dolor.
Juan: Ven, vamos. Despacio.
Emiliano se queda solo, inmóvil en el sillón, observándolos marcharse con una expresión llena de ira.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – NOCHE
Jorge acaba de inquirirle a Damián qué intenciones tiene en verdad. Damián no puede evitar sentirse descubierto por un instante, aunque intenta fingir, con la mano puesta en el lado de la cara donde fue abofeteado.
Damián: (riendo con nerviosismo) ¿Qué pregunta es esa, padre? ¿Qué intenciones podría tener?
Jorge: Dígamelo usted. Para mí su llegada tan repentina a este orfanato se me ha hecho muy sospechosa y ahora intenta tenerme a solas para decirme estas cosas. ¿Qué pretende?
Damián: Yo no tengo ninguna intención y solo quise abrirme con usted. Quise decirle lo que siento. ¿Estuvo mal?
Jorge: Más que mal, por alguna razón, tengo un instinto que me ha acompañado la vida entera y me ha servido para advertirme. Es por eso que no me fío de usted.
Damián: Pues puede bajar tantito la guardia conmigo porque no tengo malas intenciones. Nada más que, antes de ser seminarista y de formarse para sacerdote, también soy hombre, uno de carne y hueso.
Damián le sonríe de forma juguetona y se le acerca. Jorge lo mira con suspicacia.
Damián: Y además, padre, si usted no viera en mí un peligro, no me habría golpeado como hace ratito. En el fondo debe reconocer que, a pesar de la sotana que trae puesta, usted también siente. ¿O a poco me equivoco?
Jorge sonríe apenas y poco a poco va cayendo en el juego de seducción.
Jorge: La verdad, no. Para nada se equivoca, pero yo le llevo muchos más años de experiencia, así que mientras usted es un pobre pecador que se envuelve fácil en la lujuria, yo…
Jorge lo toma del mentón con suavidad, haciendo que lo mire.
Jorge: Yo he sabido fijar límites cuando la tentación llega.
Jorge lo suelta y comienza a caminar detrás de él mientras habla.
Jorge: Damián, el sacerdocio no destruye la naturaleza del hombre. La perfecciona o al menos eso intenta. Las tentaciones siempre estarán.
Damián: Entonces sí entiende lo que siento.
Jorge: Por supuesto.
Jorge junta su cuerpo junto con el del joven desde atrás y le susurra al oído. Damián no puede evitar incomodarse al sentir la voz del hombre en su oreja.
Jorge: Todos los hombres, incluido yo, conocemos el deseo y el ansia de placer. De negarlo, sería un mentiroso y hay quienes creen que…
Jorge lo olfatea, llenando la escena de una pesada incomodidad.
Jorge: (continúa hablando) Basta con huir, aunque yo no lo creo. La verdadera fortaleza consiste en mirar de frente aquello que nos tienta y demostrar que somos capaces de dominarlo. De otro modo, viviríamos escapando toda la vida.
Damián permanece inmóvil y dibuja una leve sonrisa.
Damián: Entonces ¿usted cree que uno puede estar cerca de aquello que desea sin perder el control? ¿Es merito lo que me está tratando de decir?
Jorge se aleja y vuelve a ponerse de pie frente a él,
Jorge: Si la vocación es auténtica, sí.
Damián: Y si entonces caigo en la tentación, ¿quiere decir que mi vocación no es auténtica?
Jorge: No precisamente. Tal vez usted necesite alguien que lo acompañe en ese proceso para que lo fortalezca frente a las tentaciones.
Damián: ¿Alguien como usted?
Jorge: Me dijo hace rato que yo era una tentación, ¿no? Entonces debe afrontar esa tentación y heme aquí. Debe enfrentarme si de verdad considera que soy su debilidad.
Jorge le alza el mentón con la mano y con el dedo pulgar le acaricia los labios de manera enfermiza.
Jorge: Puede buscarme en mi habitación cuando la tentación sea más fuerte e insoportable, más o menos a esta hora. Yo estaré allí para ayudarlo cada vez que lo necesite. Me voy a prestar a cualquier cosa que usted desee hacer.
Damián: Me da miedo lo que pueda pasar y caer en algo malo.
Jorge: Debemos ayudarnos mutuamente, Damián. Como le mencioné hace rato, yo tampoco estoy exento a las tentaciones y también soy un hombre sintiente. Yo le estoy abriendo la puerta y usted me está abriendo la suya. Podemos caer, es cierto, pero en la debilidad poco a poco nos iremos haciendo más fuertes hasta tener la capacidad de decir “no”.
Jorge se aproxima a la puerta y le pone seguro. Damián entiende lo que está a punto de pasar.
Jorge: En estos instante, los dos somos la tentación del uno y del otro. Yo también necesito de usted para fortalecerme.
Jorge se le acerca al muchacho con ademán de besarlo.
Jorge: Y debemos aprovechar esta canción para aprender del error y evitar que pase de nuevo.
Damián: Me parece bien.
De repente, los dos se unen en un beso apasionado y hambriento que convierte la escena pesada, grotesca y más incómoda de lo que ya era. Jorge obliga al joven a voltearse y lo recuesta sobre el escritorio. Mete las manos por dentro y le baja la ropa interior. Luego él se sube la sotana para consumar un acto que él mismo ha manipulado para disfrazar su propia inmoralidad. Damián no puede evitar sentir algo de repudio, pero continúa metido en su papel.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – NOCHE
Fernanda yace boca abajo sobre la cama y su espalda está cubierta de profundas marcas violáceas y heridas abiertas. Logra con dificultad contener los gemidos de dolor. De repente, la puerta se abre. Juan entra cargando un balde con agua caliente, un botiquín, vendas y varios paños limpios en una bolsa. Fernanda gira apenas el rostro para verlo.
Fernanda: Pensé que ya no ibas a volver.
Juan no responde. Deja el balde en el piso y el resto de cosas las pone en la cama. Luego humedece un paño y comienza a limpiar con delicadeza una de las heridas. Fernanda se arquea de dolor y aprieta las sábanas.
Fernanda: (muy adolorida) ¡Argh!
Juan: Trata de aguantar.
Juan intenta ser delicado. Fernanda se retuerce y llora, soportando el dolor.
Juan: Debiste dejar que te llevara al hospital. Hubiera sido mejor.
Fernanda: Te dije que no. Iban a hacerme preguntas. ¿Y qué les iba a decir? ¿Que mi marido me golpeó?
Juan: Veo que tú misma te has flagelado porque acá tienes otras cicatrices de hace tiempo.
Fernanda: Muchas son de mi abuela. Ella también me purificó mediante la santa flagelación cuando era niña.
Juan: Fernanda, entiende que esto no tiene nada de santo, carajo. ¡Es masoquismo!
Fernanda: Tú nunca lo vas a entender.
Juan resopla y ve que es inútil hacerle entrar en razón. Pasa los paños, aplica una crema especial y antiséptico. Fernanda sigue gimiendo llena de dolor físico.
Fernanda: Me arde mucho. ¡Basta!
Juan: Tienes que aguantar o se te puede infectar. Yo también sé lo que se siente y por tu culpa.
Fernanda llora en silencio. Juan sopla ligeramente sobre las heridas antes de cubrirla con una gasa. Fernanda lo observa de reojo.
Fernanda: ¿Por qué me ayudas? Es la primera vez que haces algo así por mí y dijiste que me odiabas.
Juan: Y no mentí (Hace una pausa). Te odio…
Fernanda cierra los ojos con fuerza y deja escapar una lágrima que rueda por su mejilla.
Juan: Te odio por todo lo que me hiciste, por todos los años que me robaste y por convertirme en alguien que aprendió a tenerle miedo a su propia madre.
La voz se le quiebra apenas, aunque no deja de trabajar.
Juan: Hay días en que quisiera no haberte conocido nunca y me pregunto cómo puede existir una persona como tú que fue capaz de hacerle algo así a su propio hijo.
Juan también deja escapar una lágrima discreta.
Juan: Me das asco, pero una cosa es odiarte y otra muy distinta desearte el mal.
Fernanda rompe a llorar con más fuerza.
Fernanda: Yo solo he querido lo mejor para ti, Christian. He querido salvarte para que no cometas mis errores. Mi abuela me advirtió mucho que debía cuidarme del pecado y yo de joven no lo comprendía. Cuando murió, lo primero que hice fue venirme a esta ciudad a enredarme con tu padre, sabiendo que ya estaba casada con Emiliano y ahí mi vida se volvió un infierno cuando supe que estaba embarazada…
Juan la escucha con atención. Las palabras de la mujer parecen atravesarlo solo por lástima.
Fernanda: Mi mayor miedo es que tú cometas mis errores. Quiero salvarte, hijo. Eres lo único que me queda en esta vida.
Juan: Pues ese va a ser tu castigo. Vas a quedarte completamente sola.
Fernanda: No me digas eso.
Juan toma otro paño y continúa limpiando las últimas heridas.
Juan: Es una realidad que debes aceptar. El hijo por el que tanto te esmeraste ya no está…
Juan le dice aquello con doble intención.
Juan: Lo perdiste.
Fernanda: (confundida) ¿De qué estás hablando?
Juan no le responde la pregunta y termina de vendarla.
Juan: Intenta descansar. Voy a quedarme aquí contigo.
Fernanda: (ilusionada) ¿De veras?
Juan: Nada más hasta que te quedes dormida, pero eso sí. No quiero que hables ni me digas nada más. Me parece que ya los dos tuvimos suficiente.
Fernanda se conmueve.
Fernanda: Gracias… Gracias, mi amor. Con tu compañía es más que suficiente. ¡Gracias!
Juan sirve agua de la jarra puesta sobre la mesita de noche y luego saca de la bolsa un blister, del cual a su vez saca un medicamento.
Juan: Toma esto. Es un desinflamante.
Fernanda se voltea levemente con dificultad. Recibe el vaso de agua y la pastilla para después tomárselas.
Juan: Intenta descansar.
Fernanda asiente, se recuesta de nuevo boca abajo, llora en silencio y cierra los ojos. Juan se queda allí, sentado en el borde de la cama. Respira hondo e intenta no quebrarse. Poco a poco, la mujer se va quedando dormida y unas imágenes aterradoras invaden su cabeza.
FLASHBACK
INT. CASA DE CHELA – NOCHE
Hay una joven adolescente, llorando desconsolada frente a un crucifijo. Úrsula le da unos fuertes correazos.
Úrsula: ¿Qué estás esperando?
Fernanda: ¡Basta, abuelita, por favor!
Úrsula: ¡No te lo voy a repetir más, Fernanda! ¡Reza! ¡Reza si no quieres quemarte en el infierno y convertirte en una pecadora como tu madre!
Fernanda: (muy adolorida) ¡Te lo pido, detente!
Úrsula: ¡Que reces! ¡Reza para alcanzar el perdón! Yo no voy a permitir que vuelvas a faltar a la misa por irte con esas desvergonzadas de tus amigas. ¡Cometiste un acto horrendo! ¡Reza y arrepiéntete, vamos!
Fernanda: (desesperada) ¡Basta ya!
Fernanda, enfurecida, se pone de pie y le detiene el brazo a su abuela.
Fernanda: ¡No voy a permitir que sigas golpeándome!
Úrsula: (sorprendida) ¿Cómo te atreves a alzarme la mano?
Fernanda: ¡Estoy cansada! ¡Estoy cansada de que me recrimines ser la hija de una pecadora! Me odias porque fui producto de una violación, según porque mi mamá se portó como una ofrecida, pero yo no tengo la culpa de haber nacido.
Úrsula: ¡De tal madre, tal hija! Quieres rebelarte contra mí ahora igual que la perdida de tu mamá.
Fernanda: Lo único que quiero es que me dejes vivir.
Úrsula le pega una sonora cachetada.
Úrsula: ¡Voy a hacer que te tragues tus palabras!
Úrsula la agarra del cabello y la obliga a arrodillarse. Fernanda forcejea con la anciana.
Fernanda: ¡Basta, suéltame!
Úrsula: ¡Arrepiéntete! ¡Pídeme perdón!
Fernanda: ¡Déjame, abuela! ¡Te lo suplico!
Úrsula: ¡Pecadora, sucia! ¡Haré que salga ese espíritu de la rebeldía!
Fernanda: ¡Ya no más! ¡Déjame en paz!
De pronto, la joven la empuja para quitársela de encima, Úrsula pierde el equilibrio, tropieza con un tapete, gira el cuerpo y cae de espaldas, golpeándose violentamente la nuca y el cuello contra el canto de la mesa de vidrio antes de desplomarse en el piso. Fernanda retrocede asustada.
Fernanda: ¿Abuela?
Fernanda ve que la anciana tiene los ojos abiertos y niega con la cabeza, por lo que se agacha despacio.
Fernanda: Abuela, dime algo.
Fernanda la mueve con suavidad al inicio, pero al cabo de unos segundos ve que no responde y permanece así, con ojos abiertos. Llena de terror, le pone la mano bajo la nariz y se percata de que no respira, por lo que se aleja exaltada.
Fernanda: Está muerta… La maté…
Fernanda rompe a llorar y grita desesperada.
Fernanda: ¡La maté! ¡La maté!
De forma tétrica, se enfoca la mirada de Úrsula, cuyos ojos permanecen fijos, perdidos en el vacío. Fernanda continúa llorando desgarrada de fondo.
FIN DEL FLASHBACK
Fernanda suda aparatosamente, recordando en sueños aquel momento. Juan permanece en la cama, con el rostro desencajado y luce impactado.
Fernanda: (hablando dormida) Yo la empujé y se resbaló, no fue mi culpa. Yo no lo hice. En realidad no la maté, no fui yo… Fue un accidente…
Juan empuja una mano y se cubre la boca con el puño, sumamente perturbado y decide salir de la habitación rápidamente sin hacer ruido.
Fernanda: Yo no lo hice, no…
Una vez afuera, en el pasillo, el joven suelta una bocanada de aire, como dejando salir lo abrumador de aquel descubrimiento que, sin querer, acaba de hacer.
MONTAJE – PASO DE LOS DÍAS
INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – TARDE
Emiliano tose, se lleva un pañuelo a la boca y al retirarlo descubre nuevas manchas de sangre. Frunce el ceño, guarda el pañuelo rápidamente y bebe otro trago de licor, fingiendo que no ocurre nada.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE FERNANDA – DÍA
Frente al espejo, Fernanda observa en silencio las marcas de los cinturonazos que aún cruzan su espalda. Con la yema de los dedos las toca con dolor antes de cubrirlas nuevamente.
INT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE" – DÍA
Damián y Jorge se cruzan por un pasillo. Los dos intercambian una mirada breve, cómplice y cargada de tensión antes de seguir caminando como si nada.
INT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE"/HABITACIÓN DEL JORGE – NOCHE
Damián llama suavemente a la puerta y luego entra. Jorge espera allí dentro, a oscuras, usando un vestido de tirantes y el típico collar de perlas que tanto le satisface. Damián cierra la puerta, indicando lo que está a punto de suceder.
INT. CLUB DE TIRO – DÍA
Juan practica con un instructor. Dispara una y otra vez contra los blancos. Usa unos audífonos especiales debido al ruido ensordecedor y en cada intento mejora su puntería. Satisfecho, se quita los audífonos y mira hacia el frente.
FIN DEL MONTAJE
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PATIO – DÍA
Han pasado varios días. María José camina por el pasillo con varios libros apretados contra el pecho. Miguelito está en el suelo, jugando distraídamente con un carrito de juguete. María José lo nota.
María José: ¿Qué haces aquí tan solo, mi amor? ¿Por qué no estás jugando con los demás?
Miguelito sigue arrastrando su carrito y no la mira.
Miguelito: No tengo ganas.
María José se pone de cuclillas junto a él.
María José: ¿Y eso? ¿Te pasó algo?
Miguelito: Es que… (Hace una pausa) Extraño mucho a Juan.
María José siente un nudo en la garganta al oírlo.
Miguelito: Antes jugaba conmigo al fútbol y me ayudaba con la tarea. También me contaba historias en las noches. Era muy bueno y me pone triste saber que se murió y no lo voy a ver nunca más.
María José sonríe con melancolía.
María José: Sí. Juan era muy especial, pero a las personas se les recuerda por las cosas buenas y es muy normal que te sientas triste porque no podemos ignorar lo que sentimos.
Miguelito: (mirándola) ¿Tú también lo extrañas?
María José: Muchísimo, pero la muerte es parte de la vida, Miguelito. Todo tiene un ciclo, hasta las plantas y mira, aunque Juan ya no esté aquí, yo sí estoy contigo. ¿Verdad que somos amigos?
Miguelito logra esbozar una leve sonrisa y asiente.
María José: Entonces ven y dame un apapacho.
Miguelito la abraza con fuerza. María José le corresponde el abrazo, enternecida, aunque mientras abraza al niño, las palabras de Martha resuenan en su mente.
Martha: (off screen) Juan de la Cruz no está muerto. Nadie puede saber que Juan está vivo.
María José frunce ligeramente el ceño, pensativa.
María José: (pensamiento) ¿Y si doña Martha tiene razón? (Su expresión cambia enseguida) No, imposible. Yo vi el cuerpo. Juan está muerto. El padre Chuy me lo confirmó.
De repente, el sonido de una notificación la saca de sus pensamientos, se separa del niño, se incorpora y saca su celular. Frunce ligeramente el ceño.
María José: ¿Y esto?
En la pantalla aparecen varios movimientos bancarios y comprobantes de pago correspondientes al alquiler de un departamento. María José los revisa con desconcierto.
María José: Qué raro. Yo no he gastado el dinero en ningún alquiler.
Miguelito: (con curiosidad) ¿Qué pasa, maestra?
María José: Eh, nada, mi amor. ¿Qué te parece si mejor vas y juegas con los demás? Tú eres muy bueno en el fútbol, ¿no?
Miguelito: Sí, soy muy buen delantero.
María José: (riéndose) Entonces ve y practicas con ellos. Te prometo que te voy a hacer muchas porras en tu próximo partido, y si lo ganas, te doy un premio.
Miguelito: (emocionado) ¡Sale!
Miguelito se va corriendo. María José sigue extrañada por el mensaje, pero antes de que alcance a entender de qué se trata, escucha pasos apresurados. Joaquín atraviesa el pasillo junto con tres seminaristas. Todos lucen alterados.
María José: (extrañada) Padre Joaquín, ¿qué pasa?
Joaquín apenas se detiene.
Joaquín: Acaban de llegar unas excavadoras, maestra.
María José: ¿Cómo que excavadoras?
Joaquín: Están instalándose afuera del orfanato. Parece que ya empezaron los preparativos para la demolición.
María José: (sorprendida) Voy a llevar esto a la sala y me reúno con ustedes afuera.
María José se dirige con rapidez a la sala de profesores, preocupada, aunque también decidida.
INT. DEPARTAMENTO DE GAEL – DÍA
Tocan el timbre. Octavio se dirige a abrir y se encuentra en primer plano con Paula, quien le sonríe y lo mira de arriba a abajo, deteniéndose particularmente en la quemadura cicatrizada de la cara.
Paula: Hola, Octavio.
Octavio: ¡Paula Fonseca! ¿A qué debo el honor?
Paula: ¿Puedo pasar?
Octavio se hace de lado, invitándola a que entre. Paula entra de forma recatada. Desde una esquina, hay alguien tomando fotografías. Octavio cierra. Paula, por su parte, recorre el departamento con la mirada, observando cada rincón con curiosidad.
Octavio: Nunca pensé que fueras a venir hasta acá.
Paula: Quería hacerlo desde hace mucho, nada más que estaba esperando el momento adecuado. Después del accidente pensé que lo mejor era dejar que te recuperaras primero, así que dime. ¿Cómo has estado?
Octavio resopla con una sonrisa resignada.
Octavio: Pues no me puedo quejar. El doctor dice que tuve suerte porque hubiera podido morir calcinado o quedar con quemaduras peores.
Paula: ¡Qué pena! Tan guapo que eras.
Octavio: (incrédulo) ¿Guapo? ¡Por favor!
Paula: Es verdad. Tú eras mi debilidad, Octavio. ¿O es que acaso olvidaste lo mucho que disfrutabas cogerme en el cobertizo de la casa cuando éramos jóvenes?
Octavio solo dibuja una sonrisa de picardía y suspicacia.
Paula: Yo sí lo disfrutaba mucho, ¿sabes? Me gustaba tu rudeza y si tengo que hacer una lista de todos los amantes que he tenido, tú serías uno de los primeros.
Octavio: ¿Y quién es el primero?
Paula: No seas tan curioso. Confórmate con saber que guardo buenos recuerdos de ti y de esos momentos tan… pasionales. Una lástima que luego me traicionaras y te aliaras con Emiliano para incriminarme del accidente de Gabriel.
Octavio: ¿Siempre lo supiste?
Paula: Claro. Yo los escuché hablando. Le decías que ibas a fabricar las pruebas para que estuvieran en mi contra y fue ahí que me huí.
Octavio: ¿Y a qué viniste? ¿A recriminarme el pasado?
Paula: Es inevitable no recordarlo. Tú siempre fuiste el perro faldero de Emiliano.
Octavio soporta el golpe y baja la cabeza con rabia.
Octavio: Lo fui, pero eso cambió. Ese maldito me utilizó durante años y por su culpa casi me voy para el otro lado.
Paula: ¿Por eso no me delataste?
Octavio: (frunciendo el ceño) ¿De qué hablas?
Paula sonríe apenas y se sienta en el sofá, cruzando las piernas.
Paula: Ya sé que tu hijo llevó el caso de Michael Lazcano.
Octavio cambia el gesto.
Paula: Y también sé que tu hijo y tú tenían en su poder los videos que ese maldito imbécil grababa en su depa cogiendo conmigo y con otras tipas. En una de esas grabaciones, Michael me contaba que había encontrado un expediente en tu oficina con una foto de Christian, cosa que le extrañó porque ya habíamos visto casualmente a Juan en un orfanato donde María José se estaba hospedando y Michael notó el parecido de los dos gemelos.
Octavio la mira con seriedad al tiempo que escucha a la mujer con atención.
Paula: Pero eso no es todo. Yo le aconsejé a Michael que chantajeara a Emiliano y fue ahí que me pregunté por qué si la policía tenía esos videos, no habían arrestado a Emiliano por haber secuestrado al tal Juan y como sospechoso del asesinato de Michael. Supuse que lo habías ayudado, pero era imposible ya que estabas en cama por el accidente y aunque lo hubieras ayudado, me habrías delatado con Emiliano. Fue entonces cuando hice mis averiguaciones…
FLASHBACK
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA
Paula permanece recostada en la cama de aquella vez en que por el forcejeo con María José, accidentalmente se clavó unas tijeras. Frente a ella está el policía corrupto que contrató.
Policía: El detective encargado del caso de Michael fue Gael Luján.
El policía le lanza una copia de un expediente en la cama. Paula lo abre y escucha con atención.
Policía: Es hijo de Octavio Luján, el comandante que hace poco tuvo un accidente y todavía se encuentra hospitalizado por las quemaduras.
Una sonrisa lenta aparece en el rostro de la mujer.
Paula: Perfecto. Era lo que necesitaba averiguar. Cuando Christian esté muerto, te transfiero el resto del dinero. Avísame.
FIN DEL FLASHBACK
Paula deja de recordar sin dejar de sonreír con sagacidad. Octavio la mira con seriedad.
Paula: ¿Lo ves? No me delataste porque tu hijo manipuló la evidencia y si esos videos hubieran salido a la luz, te hubieran culpado junto con Emiliano del asesinato de Michael y también del secuestro de Juan.
Octavio resopla.
Octavio: ¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo reconozca? Mi hijo no sabía absolutamente nada de mis nexos con Emiliano y descubrió los videos esos. Los borró por mi bien.
Paula se carcajea.
Paula: Hijo de tigre sale pintado dicen.
Octavio: Gael no es igual a mí. Es un muchacho de muchos principios y un profesional.
Paula: La verdad, querido, me importa un rábano discutir contigo sobre moral y ética. Después de todo, sería yo la menos indicada.
Octavio: Entonces ¿para eso viniste? ¿Para averiguar si iba a delatarte?
Paula: En parte, pero ahora sé que no y por eso vine a proponerte algo.
Octavio solo se ríe levemente y se tumba en el sofá.
Octavio: A ver. ¿De qué se trata?
Paula: Tenemos un enemigo en común, Octavio. Emiliano te hizo de lado y casi te mueres por su culpa después de tantos años que le serviste. ¿Crees que es justo?
Octavio: Lo sé y quise sacarle alguna compensación, pero no quise meterme con ese cabrón por mi hijo que tanto me lo pidió.
Paula: Tu hijo ha de ser un pobre imbécil que cree en la justicia social.
Octavio: (serio) No te permito que hables mal de él, Paula. ¡Cuidado!
Paula: Ay, yo solo decía. No te alteres.
La mujer abre lentamente su bolso, saca un sobre manila y lo coloca sobre la mesa. Octavio lo observa.
Paula: Hace unos días descubrí que soy adoptada.
El hombre abre los ojos con sorpresa, toma el sobre y saca las fotocopias de los papeles de adopción.
Octavio: Entonces ¿fuiste tú la que me envió esto la vez pasada?
Paula: (asintiendo) En efecto y como pudiste ver, tanto Emiliano como yo no somos unos Fonseca de sangre realmente. Fuimos adoptados.
Octavio: ¿Y qué ganas con esta información? Revelarla solo le provocaría un escándalo más al pendejo ese, pero serán como cosquillas para él.
Paula: Es verdad que revelar que somos adoptados frente a todo el mundo no es algo tan relevante más allá del escándalo, pero esos papeles son una herramienta, una bomba de tiempo que puede explotar y provocar un desastre mayor si sabemos usarla.
Octavio: No te estoy entendiendo. Explícate.
Paula: Mira, Octavio… Tú solo debes chantajear a Emiliano con revelar esa verdad. Después de todo, a él no le convienen los escándalos. Las acciones bajarían y eso lo desestabilizaría.
Octavio: ¿Y qué gano yo con eso?
Paula: Mucho. Necesitamos que le pongas una trampa, que lo cites a un lugar y le saques la suficiente información para que confiese sus crímenes de manera que sea grabado sin que se dé cuenta.
Octavio arquea una ceja al ver a dónde quiere llegar la mujer.
Paula: Tú más que nadie sabes todo lo que mi querido hermanito ha hecho. ¿Quién mejor que tú para tenderle esa trampa? Podrás tener más que una simple compensación cuando me convierta en la única heredera del patrimonio de la familia.
Octavio: ¿Y Christian? ¿Olvidas que al ser hijo por ley de Emiliano tiene acceso a todo?
Paula: Christian es el más interesado en deshacerse de él. Está de nuestro lado.
Octavio: (indeciso) No sé, Paula. No quiero meterme en broncas. Le prometí a Gael que…
Paula: Da igual lo que le hayas prometido. ¿Vas a permitir que mi hermano se salga con la suya? Tú sabes perfectamente que mereces más que una patada en el trasero y esta es tu oportunidad de reivindicarte.
Octavio se queda pensativo e inseguro frente a tal propuesta.
EXT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE" – DÍA
María José y Joaquín salen apresurados. Ella carga una carpeta. Frente al portón hay dos excavadoras, un camión de materiales y varios obreros esperando instrucciones. Roberto, impecablemente vestido, conversa con el encargado de la obra y, al verlos acercarse, sonríe con profesionalismo.
Roberto: Buenos días.
María José: (a la defensiva) ¿Qué se supone que están haciendo? ¿Y quién es usted?
Roberto: Mi nombre es Roberto Durán, abogado representante de Constructora Fonseca.
María José: (confundida) ¿Constructora Fonseca?
Roberto le muestra unos documentos. María José se los arrebata de mala gana y lee entre líneas.
Roberto: Venimos a iniciar los trabajos autorizados para la construcción del nuevo centro comercial. Entre los documentos, está el permiso expedido por la alcaldía.
María José hojea los papeles apenas unos segundos y su expresión se endurece.
María José: Esto es un atropello.
Roberto: Todo se encuentra en regla, señorita. Contamos incluso con el aval del subdirector del orfanato y ya podemos empezar con las obras en los alrededores del orfanato.
De pronto, una voz interrumpe.
Jorge: ¿Hay algún problema?
María José y Joaquín se voltean. Jorge aparece caminando con las manos cruzadas por detrás de la espalda.
Jorge: Como subdirector del orfanato, fui yo quien autorizó el ingreso de la constructora. ¿Por qué tanto alboroto?
María José lo mira incrédula.
María José: Ya decía yo. ¿Quién se cree usted para tomar decisiones de buenas a primeras?
Joaquín: Yo estoy de acuerdo, padre Jorge. Qué pena decírselo, pero usted no puede tomar decisiones sin el permiso del padre Chuy. Esto es una falta de respeto a la autoridad de él.
Jorge: El padre Jesús Ramírez está incapacitado para hacerse cargo de estos asuntos y alguien tenía que tomar decisiones.
María José abre su carpeta y extrae un documento.
María José: Curiosamente, el padre Jesús sí tomó una decisión a pesar de su incapacidad.
Jorge frunce el ceño, extrañado. María José le entrega a Roberto el documento. Este lo revisa y a medida que lee, su gesto cambia.
María José: Como abogado, usted mismo puede ver que ese es un poder legal debidamente firmado y protocolizado, así que desde este momento yo soy la apoderada y representante legal del padre Jesús Ramírez para todos los asuntos relacionados con el orfanato.
Jorge: (con incredulidad) Eso no puede ser.
Roberto continúa leyendo.
Roberto: Padre, me temo que…
Jorge: ¿Qué cosa?
Roberto: Este documento le otorga representación legal plena a la señorita aquí presente.
María José cruza los brazos y voltea a ver al sacerdote.
María José: ¿Lo oyó, “padre”? Si esas máquinas cruzan ese portón, presentaré una denuncia por desobediencia a una medida de representación legal, daños en propiedad ajena y cualquier otra responsabilidad civil o penal que corresponda, así que ustedes sabrán.
María José y Jorge se miran de forma retadora. Joaquín percibe la tensión.
INT. ORFANATO "NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE"/OFICINA DEL PADRE CHUY – MINUTOS DESPUÉS
Jorge entra detrás de María José y cierra la puerta con firmeza. El silencio dura unos segundos.
Jorge: ¿Quién le dio permiso para hacer semejante espectáculo?
María José: El padre Chuy. ¿O acaso no entendió lo que se dijo allá afuera?
Jorge: (muy molesto) No trate de jugar con mi inteligencia, señorita Montiel. Debió consultarme antes.
María José: ¿Consultarle qué? ¿Que si le permitía entregar el orfanato a Emiliano Fonseca?
Jorge endurece la mirada.
María José: Mire, yo no sé qué clase de relación tenga usted con ese criminal, pero no voy a permitir que destruyan este orfanato.
Jorge: Usted no sabe nada. Yo únicamente busco lo mejor para esta institución.
María José deja escapar una risa incrédula.
María José: No se moleste en seguir fingiendo conmigo. El padre Chuy ya me contó la clase de persona que es usted y también me habló de sus verdaderas intenciones.
Jorge da un paso hacia ella con un aura llena de oscuridad.
Jorge: Le aconsejo que mida muy bien sus palabras.
María José: ¿O si no qué?
Jorge mueve ligeramente la mano, intenta contener su ira y quisiera abofetearla, pero no se atreve.
María José: El padre Chuy sigue siendo la máxima autoridad de este lugar y mientras él no pueda ejercer sus funciones, la responsable soy yo, así que, le guste o no, tendrá que rendirme cuentas. ¿Entendido?
María José se acerca a la puerta y sale dando un portazo. Jorge permanece inmóvil unos segundos y de pronto, golpea violentamente el escritorio.
Jorge: ¡Maldita! ¡Es una maldita mujerzuela! ¡Una irreverente e irrespetuosa!
Jorge respira con dificultad ante la ira que siente y aprieta los puños.
Jorge: Todas las mujeres solo sirven para destruir lo que un hombre construye. Todas son iguales, unas perdidas.
De pronto, una sonrisa torcida se asoma en su rostro.
Jorge: Ninguna será jamás como mi madre. Ella sí que era una dama, pero esto no se va a quedar así. ¡Claro que no!
Jorge dice aquello con gran firmeza; una firmeza tal que provoca inquietud.
CONTINUARÁ…

















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