Capítulo 37: Inter monstra
INT. DEPARTAMENTO DE CHELA – DÍA
Chela se encuentra gimoteando, sentada en un sofá, y derrama varias lágrimas sin contenerse. Juan está sentado frente a ella en otro sofá y la mira con pena.
Juan: Lo lamento mucho. Hubiera querido no contarte, pero no se me hizo justo contigo. Tenías derecho a saberlo porque yo más que nadie sé lo que se siente que te oculten cosas.
Chela: Claro que no, mijo. Hiciste bien en contarme y te agradezco.
Juan se inclina ligeramente hacia adelante y la toma de las manos con cariño.
Chela: Han pasado casi treinta años, pero enterarme así de golpe me pone mal. Me cuesta aceptar que Fernanda, que mi hija sea una…
Chela se detiene abruptamente y rompe a llorar desconsolada.
Chela: Dios mío, me siento como la peor madre del mundo y es que verdad lo soy. Fernanda se convirtió en una asesina por mi culpa y lo peor es que no mató a cualquier persona. Mató a mi madre, a su propia abuela.
Chela llora sumamente dolida. Juan se levanta y se sienta a su lado para consolarla, abrazándola de lado.
Juan: Chela, esto no es culpa tuya, por lo menos no toda. Entiendo que te duela, pero no seas tan dura contigo..
Chela: Yo la abandoné, mijo.
Chela se aparta con suavidad.
Chela: La dejé a merced de mi mamá que estaba bien loca, cegada de un estúpido fanatismo religioso. Fernanda creció sin sentirse querida, amada. Lo único que conoció fueron los golpes y los azotes de mi mamá, igual que yo.
Juan guarda silencio por prudencia, como asintiendo ante las afirmaciones de la mujer.
Chela: Nada más que por la tragedia que viví con lo de mi violación, logré escaparme de ella porque de haber seguido viviendo en esa casa, en un arranque de ira, yo también me hubiera defendido y hasta hubiera podido hacer lo mismo que hizo Fernanda, y eso es lo que más me duele…
Juan la escucha con atención y continúa mirándola con pena.
Chela: Debí salvarla a tiempo. Debí ser menos cobarde. Debí llevármela conmigo sin importarme las amenazas de mi mamá, y no te imaginas cómo quisiera retroceder el tiempo y cambiar tantísimas cosas. Mira a Paula… Ella también es como es por mi culpa.
Juan: Chela, mira…
Juan se queda pensando unos segundos antes de hablar y resopla.
Juan: Úrsula, de una u otra manera, alimentó una bomba que en cualquier momento iba a explotar, fueras tú, fuera Fernanda y ese final, aunque sea duro, ella lo buscó.
Chela baja la mirada con tristeza.
Juan: En cuanto a Fernanda, no te voy a negar que sí. Debiste traerla contigo y mandar a la vieja esa a la chingada desde el primer momento cuando te obligó a venirte a la ciudad.
Chela esboza una sonrisa ante eso en medio de las lágrimas.
Juan: Y sí, ya sé que era mi bisabuela, pero es que estaba bien chiflada la condenada, ¿no?
Chela: Mucho. Veo que todavía queda algo en ti del muchacho de antes.
Juan: Lo corrientito no se quita. Es mi esencia muy en el fondo (Los dos ríen levemente). Pero a lo que voy es que yo siempre he pensado que todos somos responsables de las decisiones que tomamos. Fernanda pudo, no sé, entregarse, alegar que todo fue en defensa propia, que fue un accidente así como tú cuando sufriste esa violación, pero no. Eligió su camino, le fue infiel a Emiliano que nunca ha sido ningún santo, le desgració la vida a Christian y a mí me abandonó.
Chela solo guarda silencio y se limpia las lágrimas. Juan la observa con cariño.
Juan: Ya no te mortifiques más, pensando que eres responsable de las decisiones de Fernanda, de Emiliano, de Paula. Todos actuaron sabiendo muy bien lo que hacían y yo sí creo que en esta vida todo se paga, aunque Dios se demora, como en mi caso que debo ser el que les haga pagar…
Juan endurece de nuevo la mirada. Chela se da cuenta.
Chela: Juan, mijo. Hay noches en las que me acuesto pensando que quizás sí estuvo mal de mi parte convencerte de hacerte pasar por Christian. No quiero que tú también acabes mal. Eso sí me terminaría de matar de culpa.
Juan: Tú no me convenciste, Chela. Me hiciste entrar en razón esa vez que fuiste a verme a la cárcel porque tenía ganas de rendirme, pero yo ya había tomado mi decisión desde antes de que tú hablaras conmigo y quiero que eso te quede muy claro. Tú no tuviste que ver.
Chela: No sé. Me da miedo igual que corras más peligro. ¿Qué tienes en mente con esos papeles de adopción?
Juan: Puse a Paula de mi parte y no me preguntes cómo porque no te pienso decir, no por ahora. El caso es que usé los papeles para decirle la verdad.
Chela: (desconcertada) ¿Y para qué? ¿Qué pretendes?
Juan: La convencí de que ambos tenemos que aliarnos para acabar con Emiliano y a su vez, Paula va a convencer a Octavio para que chantajee a Emiliano con esos papeles. Ahí entro yo. Voy a decirle a Emiliano que yo sé quién lo está chantajeando.
Chela: No entiendo a dónde quieres llegar. Emiliano es peligrosísimo. Podría matar a Octavio.
Juan: Lo sé y eso es casi lo que quiero que pase.
Chela: (asustada) Juan…
Juan: Tranquila. Yo me voy a asegurar de que nadie se muera. Nada más necesito que Octavio sea un anzuelo. Como Emiliano va a intentar matarlo, necesito grabarlos a ambos confesando las porquerías que han hecho, desde el asesinato de mi papá, pasando por el de mi padrino Evaristo, hasta mi secuestro, aunque de ese último ya tengo algo. Paula había venido grabando conversaciones en la casa desde que llegó y entre esas, hay una donde Octavio, Emiliano y hasta Christian planearon secuestrarme afuera del orfanato.
Chela: (poco convencida) Bueno, pues con esas grabaciones tal vez ya tengas suficiente. ¿Para qué hacer lo demás? Mira que algo puede salir mal y…
Juan: Nada va a salir mal. Lo tengo bajo control. Llevo meses planeándolo, además las grabaciones solo tienen lo del secuestro que me hicieron y necesito que haya grabaciones donde esos dos admitan los demás crímenes que cometieron para que nunca tengan chance de salir de la cárcel, aunque hay algo más…
Chela: (extrañada) ¿Qué?
Juan: También hay conversaciones de Paula y Fernanda. Tal parece ambas acordaron ir matando lentamente a Emiliano con un veneno o algo así.
Chela: (impactada) ¿Un veneno?
Juan asiente con preocupación.
Chela: Ay, no puede ser. Eso nunca me lo hubiera imaginado.
Juan: Quería decirte porque una vez que acabe con todo, ellas también van a acabar en prisión por intento de asesinato.
Chela: Creo que es lo más justo. Es la única manera en que van a detenerse. Tan solo quiero pedirte que te cuides, Juan. Cuídate muchísimo.
Juan: Todo va a salir bien, abuela.
Juan le esboza una sonrisa. Chela se conmueve al escucharlo llamarle así.
Chela: Ay, mijo…
Juan: Muy pronto esta pesadilla se nos va a acabar a ti y a mí.
Chela lo abraza fuertemente. Juan le corresponde.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/PASILLO – DÍA
Jorge va caminando con ímpetu y decoro, como es habitual en él y se detiene en el pasillo, observando a lo lejos, en la cancha, a Damián platicando con otro seminarista amenamente. Damián se encuentra sin camisa y suda, pues al parecer acaban de terminar un partido. Jorge frunce el ceño y se retira con evidente molestia.
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE DE CHUY – DÍA
Jorge se encuentra revisando unos papeles, sentado en el escritorio. Luego saca un sello de uno de los cajones y por casualidad ve el celular de Chuy, cosa que lo deja pensativo.
Jorge: Hay algo muy raro con esa llamada. Era la voz de Juan de La Cruz. Estoy seguro, pero ¿cómo?
De repente, es interrumpido cuando tocan la puerta y cierra el cajón.
Jorge: Sí, adelante.
Damián entra, ya vestido con sotana.
Damián: ¿Me mandó a llamar, padre?
Jorge: Cierre la puerta y acérquese.
Damián obedece. Jorge finalmente lo encara con una mirada fulminante.
Damián: ¿Qué te pasa? ¿Por qué tan serio?
Jorge no se da a la espera y le lanza una brutal bofetada con el dorso de la mano. Damián se vuelve el rostro, sorprendido.
Damián: ¡Óyeme! ¿Qué pedo? ¿Por qué me pegas?
Jorge lo toma con brusquedad del mentón.
Jorge: Conmigo cuida tu vocabulario vulgar. Te recuerdo que soy tu superior y me debes respeto, así que tampoco me tutees.
Damián se suelta de mala gana.
Damián: Por lo menos dígame qué lo tiene tan molesto. ¿Qué hice ahora?
Jorge: Te vi esta mañana en paños menores, conversando muy entretenido con ese otro muchacho.
Damián: ¿Qué tiene? Estábamos platicando como cuates.
Jorge: (con incredulidad) Claro, platicando. Te vi sonriéndole, muy cerca el uno del otro, como un completo descarado. Más bien dime de una vez si te estás revolcando con ese.
Damián: Claro que no.
Jorge: (furioso) ¡No me mientas!
Damián: ¡Te digo que no!
Jorge: ¡No me tutees te dije!
Damián: Está bien, está bien. Tranquilo, pero insisto en que se está haciendo ideas que no son, padrecito.
Jorge: Me conozco a los de tu clase. Están como leones en celo mirando a quién devorar. ¿Crees que no lo sé?
Damián: Pues usted no canta mal las rancheras, eh. ¿No será más bien que ya se merendó a otros seminaristas antes que a mí y se muere de celos cuando los ve platicando con otros hombres?
Jorge le lanza otra bofetada incluso más fuerte que la primera y acto seguido, lo agarra de la sotana.
Jorge: Te recuerdo que el único pecador de los dos eres tú. Yo soy un sacerdote intachable y de alta moral al que tú has corrompido con tu llegada.
Damián: (con burla) Pues no se le ve muy arrepentido, padre. Bien que le encanta que lo detone en las noches usando esa tanguita roja y esos tacones.
Jorge lo empuja con fuerza.
Jorge: ¡No te atrevas a burlarte de mí o lo lamentarás!
Damián: ¿Va a negar que lo disfruta?
Damián se acerca a él con una actitud seductora.
Damián: Usted me dijo que la única forma de vencer la tentación era enfrentándola, pero a ninguno de los dos nos ha servido porque, cada noche que yo lo visito o usted me visita, terminamos portándonos muy mal.
Jorge: Después de cada caída, se perfecciona la fortaleza espiritual. Vamos a llegar a un punto en que podremos detenernos y vencer la tentación, así que te sugiero que te comportes o me veré en la penosa obligación de correrte de esta institución sin ninguna remuneración.
Damián: Huy. ¿Me está amenazando?
Jorge: Tómalo como una advertencia.
Damián: Usted no me puede hacer eso, padre. Mire que necesito la lana pa’ devolverme a mi ciudad.
Jorge: Entonces no juegues con fuego.
Damián: Puede estar tranquilo. Para serle muy sincero, a mí el único que me interesa es usted y solo con usted disfruto, aunque…
Damián baja apenado la mirada.
Damián: Hay un pensamiento que no me he podido sacar de la cabeza desde hace días.
Jorge lo observa con cautela.
Damián: Me da vueltas y vueltas, y por más que intento ignorarlo, ahí sigue.
Jorge: ¿Qué pensamiento?
Damián: No se vaya a espantar.
Jorge guarda silencio.
Damián: Pero a veces me imagino viéndolo con otro hombre, usted sabe, en plena acción.
Jorge: Cállate.
Damián: Espérese. No es por morbo, bueno, tantito sí, pero también porque me da curiosidad.
Jorge: Estás cruzando una línea muy peligrosa.
Damián: ¿No dice usted que la tentación hay que enfrentarla? Pues yo me pregunto si de verdad podríamos vencerla viendo cómo otro intenta provocar al que uno desea.
Jorge permanece inmóvil.
Damián: Hay un lugar en el centro un bar medio escondido. Ahí va gente de todo tipo. Nadie pregunta nombres, nadie juzga a nadie. He oído que algunos nomás van a mirar.
Jorge desvía ligeramente la mirada.
Jorge: No sé de qué lugares hablas.
Damián: Yo tampoco he ido, pero dicen que ahí hasta hacen juegos de parejas, intercambios y esas cosas.
Jorge vuelve a mirarlo, ahora con una mezcla de indignación y desconcierto.
Jorge: Eso ya es depravación.
Damián se encoge de hombros.
Damián: Tal vez sea otra forma de poner a prueba eso que usted tanto predica, demostrar que puede tener la tentación enfrente y seguir siendo dueño de sí mismo.
Jorge no responde.
Damián: Piénselo. Me gustaría que fuéramos juntos para que siga acompañándome a ser más fuerte frente a esas tentaciones tan canijas.
Damián le guiña el ojo y sale de la oficina. Jorge se queda pensativo, indignado, aunque con un deje de interés en aquella propuesta.
EXT. CLUB/CAMPO DE GOLF – DÍA
Emiliano se encuentra solo en el campo de golf. Con absoluta concentración, acomoda la pelota sobre el tee, ajusta la postura, empuña el palo y fija la mirada en el hoyo a la distancia. Está a punto de ejecutar el golpe. De pronto, recuerda el pañuelo manchado de sangre la vez que sufrió de una tos convulsiva. Emiliano parpadea, intentando apartar aquellos pensamientos.
Emiliano: Puras mamadas. Ha de ser un desgarre o algo de la garganta, y por eso escupí sangre. Estoy haciéndome ideas.
Emiliano levanta el palo y golpea. La pelota sale desviada y termina muy lejos del recorrido que había calculado. Emiliano tira el palo con frustración.
Emiliano: ¡Chingada madre!
En eso una voz irrumpe detrás de él.
Juan: No estuvo tan mal. Nada más tienes que mejorar la técnica.
Emiliano gira con evidente fastidio. Juan se acerca con un palo de golf al hombro y una ligera sonrisa.
Emiliano: ¿Y tú qué haces aquí?
Juan: Vine a despejarme un rato. No sabía que también te gustaba este deporte.
Y sin esperar permiso, coloca una pelota junto a la marca, se acomoda con tranquilidad, respira, balancea el palo y golpea. La pelota sale disparada con precisión y, tras recorrer el campo, entra limpiamente en el hoyo. Juan apenas sonríe al ver el resultado.
Juan: Entró justo donde quería.
Emiliano aprieta la mandíbula.
Emiliano: ¿Desde cuándo eres tan bueno para esto si a ti ni te llamaba la atención? Digo, no es que me importe, pero a ti te gustaba más la natación y el tenis.
Juan: Desde hace unos meses. He estado entrenando bastante, tío. El deporte me ayuda a relajarme y a concentrarme mejor.
Emiliano: Pues algo productivo debes hacer porque siempre has sido un bueno para nada, aunque con lo que descubrí hace días, quizá hasta te juzgué mal porque ni la culpa tuviste.
Juan: ¡Órale! Don Emiliano Fonseca reconociendo que se equivocó.
Emiliano: Esto no cambia las cosas entre nosotros. Tú a mí me sigues dando cólicos bien cabrones cada vez que te veo. Nada más digo que la zorra de tu mamá fue la culpable de que fueras así de inútil.
Juan: (pensativo) Quizás, pero ya las cosas son diferentes y quiero demostrarte que no soy el inútil que crees. Te puedo sorprender de formas que no te imaginas, tío.
Emiliano: (poco convencido) ¿Ah, sí? ¿Y cómo según tú?
Juan: Estoy cerca de descubrir quién te envió el sobre anónimo con los papeles de adopción.
Emiliano lo mira con suspicacia.
Juan: Tengo un contacto en la policía que me está ayudando a investigar quién pidió los papeles en el orfanato donde fuiste adoptado.
Emiliano: ¿Tú con contactos en la policía?
Juan: Fíjate que sí. Debo confesarte que si algo te aprendí es que con dinero se tiene poder y aprendí a usarlo.
Emiliano: Todavía no termino de confiar en ti, ¿sí sabes? Menos después de que intentaste engañarme dos veces con lo del falso secuestro del bastardo del Juan de La Cruz y luego con el cuerpo de la morgue.
Juan: Entonces ¿por qué dejaste que me ocupara de este asunto?
Emiliano no responde ante ello. Juan dibuja una sonrisa.
Juan: ¿No será porque en este momento soy el único en el que puedes confiar? Digo, Octavio ya no te sirve porque si sí, le hubieras encargado que investigara y sabes que no te conviene involucrar a más personas en tus pedos para mantener un bajo perfil.
Emiliano se acerca de forma amenazante y le habla en voz baja.
Emiliano: Mira, pendejo. Más te vale no pasarte de listo conmigo, eh, así que ni intentes jugarme sucio porque lo vas a lamentar. ¡Una tercera no te la perdono!
Juan: Puedes estar tranquilo. Si antes te engañé, fue porque no me parecía justo que te deshicieras de mi hermano, pero al final lo lograste. Lo mandaste a matar.
Emiliano: No te pongas sentimental que ni creciste con él.
Juan: Da igual. Quise protegerlo de ti y no pude, pero esta vez es diferente. Juan ya está muerto y si alguien quiere hundirte, también me afecta. Un segundo escándalo en tan poco tiempo dejaría más pérdidas. Eso sí, quiero algo a cambio.
Emiliano suelta una risa de incredulidad y se aleja.
Emiliano: ¡No seas mamón!
Juan: Es algo pequeño y creo que me lo merezco si te ayudo.
Emiliano agarra otra pelota y la coloca en el tee para luego vislumbrar a lo lejos su meta.
Emiliano: A ver. ¿Qué? ¿Una tarjeta de crédito, un depa, otro carro deportivo?
Juan: Quiero que me digas quién es la mujer con la que mandaste a matar a Juan.
Emiliano golpea la pelota con el palo y esta vez, la pelota entra con precisión en el hoyo.
Emiliano: (emocionado) ¡Eso, chingao! No estaba tan oxidado.
Juan: ¿Me lo dirás?
Emiliano calla por unos segundos y luego mira al joven con seriedad.
Emiliano: Puede ser que sí solo si me demuestras fidelidad. De lo contrario, no esperes mucho.
Emiliano se retira. Juan se queda viéndolo con odio.
INT. BAR – NOCHE
Hay música electrónica tocando en medio de las luces neón del lugar. Jorge y Damián entran en medio del bullicio y de la multitud, claramente vestidos de civiles. Hay grupos de amigos como también todo tipo de parejas tanto heterosexuales como homosexuales. Incluso hay travestis en la barra que se quedan viendo a los recién llegados. Jorge mira con un evidente desprecio aquel ambiente. Damián se acerca a la barra y le habla al encargado con un tono de voz alto para ser escuchado.
Damián: Hey, güey. Quiero una habitación como por dos o tres horas.
Encargado: ¿Con jacuzzi y espejos?
Damián: Ándale, una así está bien. ¿Tienes una disponible?
El encargado toma una llave con un pequeño llavero metálico y la deja sobre la barra.
Encargado: Son ochocientos pesos. Queda en la última puerta del pasillo.
Damián vuelve la vista hacia Jorge. El sacerdote permanece inmóvil unos segundos, incómodo por el lugar y por la situación. Finalmente, con gesto resignado, mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, saca la cartera, cuenta varios billetes y los deja sobre la barra. El encargado recoge el dinero sin decir una palabra. Damián toma la llave, la hace girar entre los dedos y, con un ligero movimiento de cabeza, le indica a Jorge que lo siga.
Damián: Vamos.
Damián se adelanta hacia el interior. Jorge lo sigue y ambos caminan por un largo pasillo iluminado de luz rojiza. Hay varios hombres allí, unos más rudos, otros más femeninos, mirando con curiosidad a la pareja. Damián llega a la correspondiente habitación, abre y ambos entran. El ruido de fondo se opaca cuando cierran la puerta.
Jorge: Este es un lugar decadente. Fue una pésima idea venir aquí.
Damián: Entonces ¿por qué vino conmigo?
Jorge: No me imaginé que fuera así.
Damián sonríe de forma juguetona y se acerca al hombre para tomarlo con suavidad del mentón.
Damián: Ya relájese, padrecito. Vinimos a pasarla bien y usted debe reconocer que en el fondo sintió tentación de venir a cumplir la fantasía.
Damián luego se acerca para susurrarle al oído.
Damián: Quiero verlo usando su hilo dental y esas pantimedias negras que se pone conmigo con la diferencia de que esta vez otro güey se lo va a coger.
Jorge lo mira con suspicacia. Damián se aleja.
Damián: Claro que si está arrepentido, puede irse y sabré que logró vencer las insinuaciones del demonio como tanto pregona usted. Tendrá mis respetos, aunque yo sí me quedo.
Jorge evade la mirada y mantiene su postura rígida como su expresión seria.
Jorge: Creo que si ya vinimos hasta aquí, es tarde para salir huyendo.
Damián: (sonriente) Qué bueno, así me gusta, que no se cohíba de nada. Va a ver qué noche nos vamos a aventar.
Damián comienza a besarlo por el cuello al tiempo que le mete la mano por la entrepierna. Jorge se exalta.
Damián: Vamos a pasarla de rechupete. Espéreme aquí mientras busco qué güey le entra. No me tardo.
Damián no borra su sonrisa juguetona y sale de la habitación, cerrando la puerta tras sí. Jorge se acerca a mirarse en uno de los espejos y observa su reflejo por varios segundos. Por un instante, pasan fugazmente sus recuerdos de niño, llorando al tiempo que es golpeado por su padre quien le llama “marica”. Jorge sacude la cabeza.
Jorge: Tú solo eres un fantasma en mis recuerdos, papá.
Jorge comienza a acariciar el rostro con las yemas de los dedos como si no se reconociera.
Jorge: Eres un fantasma que sigue impregnado en mi rostro y es como una maldición parecerme a ti, pero no…
Jorge endurece los ojos con un aura sumamente oscura.
Jorge: Podré tener tu rostro, tus ojos, incluso tu maldito apellido, pero nunca seré como tú. Yo siempre buscaré ser como mi madre (Dibuja una sonrisa llena de perturbación). Ella era pura, buena, femenina… Ella sí es mi ejemplo a seguir, no un miserable alcohólico, machista como tú.
Jorge comienza a desnudarse frente al espejo con lentitud mientras tararea una canción de cuna. Minutos después, Jorge está sentado frente al tocador y se encuentra ya ligero de ropa, sin camisa, tan solo usando unas pantimedias negras y ropa interior femenina. De repente tocan la puerta y a los segundos, Damián entra sin esperar respuesta junto con otro hombre.
Damián: (al hombre) Pásale con confianza.
El hombre entra con naturalidad. Es un joven alto, de presencia cuidada, rostro atractivo y barba. Jorge lo observa a través del espejo.
Damián: Es el mi pareja.
Hombre: (sonriendo con picardía) Veo que te gustan rucos y travestis.
Damián le da un codazo para que se calle y él se apresura a corregirse.
Hombre: Digo, pues a mí también. Ha sido una fantasía que he tenido siempre y por eso es que le entré a esto.
Jorge se pone de pie y lo mira de pies a cabeza, admirando el porte atractivo de aquel recién llegado, aunque con desconfianza.
Hombre: ¿Qué onda?
El hombre le extiende la mano. Jorge no se la recibe y el desconocido frunce el ceño.
Damián: ¿Todavía quieres echarte para atrás?
Jorge sigue escaneando al hombre y tarda en responder.
Jorge: Creo que no.
Damián: Entonces ándale y no pienses tanto.
El hombre da un paso al frente con una mirada lujuriosa. Jorge permanece inmóvil, respirando con dificultad, como si estuviera librando una batalla consigo mismo y comienza a arrodillarse frente al desconocido para luego desabrocharle el cinturón. Damián sonríe con satisfacción y con un deje de misterio, dirige discretamente la mirada a una repisa sobre la cual, oculta entre botellas decorativas y revistas antiguas, una diminuta cámara permanece encendida con un imperceptible punto rojo.
INT. CASA DE LOS FONSECA/PATIO TECHADO – DÍA
Ha amanecido. Juan se encuentra practicando boxeo, jadea con cansancio y golpea con los guantes el costal al tiempo que tiene varios recuerdos.
FLASHBACK
Evaristo logra ver a lo lejos el auto acercándose a velocidad y abre impactado los ojos.
Evaristo: ¡¡Juan, no!!
En una maniobra rápida, al señor solo se le ocurre correr y empujar fuertemente a su ahijado para salvarlo del inminente atropello. Es justo cuando él recibe de forma brutal el impacto del auto conducido por Emiliano. El parabrisas se agrieta y el cuerpo de Evaristo rueda por encima del auto, cayendo en la carretera muy malherido.
Juan: (aterrado) ¡¡Padrino!!
FIN DEL FLASHBACK
Juan sigue golpeando el costal con furia al evocar ese momento trágico que lo marcó en su adolescencia y sigue recordando otros más.
FLASHBACK
Juan: ¡Benjamín! ¡Cuidado!
Todo pasa en cuestión de segundos. Octavio, sin pensarlo, le dispara múltiples veces a Benjamín. Varias de las balas caen directamente en su pecho, una en el corazón.
Juan: ¡¡Benjamín!!
Todo se pone en cámara lenta y aquel último grito del joven suena en un eco profundo, lleno de desesperación. Benjamín cae desplomado al piso. Juan solo observa atónito e intenta correr hacia él, pero es sujetado por sus secuestradores.
Juan: (gritando desgarrado) ¡¡NOOOOOOOOOOO!!
Juan llora como si le arrancaran algo de lo más profundo y que le desgarra el alma; un alma que ahora se parte en dos.
Juan: ¡¡BENJAMÍN!! ¡¡BENJAMÍN!!
FIN DEL FLASHBACK
Juan tensa completamente su rostro y golpea con más rabia el saco. Gotas de sudor caen de su frente y parece que con cada golpe quisiera liberar el odio que siente.
FLASHBACK
Juan: Dime quién te hizo esto. Fue Emiliano, ¿no? Fue ese maldito.
Christian intenta hablar, pero ya no le quedan ánimos, su mano pierde fuerza y exhala. Ha muerto con los ojos abiertos.
Juan: Christian… Christian, no me dejes, bro. Quédate aquí conmigo.
Juan lo mueve, pero es inútil.
Juan: (gritando desgarrado) ¡¡Christian!! ¡¡Christian!!
FIN DEL FLASHBACK
Juan siente que la sangre le hierve al traer a su cabeza todas las personas que ha visto morir y es súbitamente interrumpido por su celular. Da un último golpe en el costal, se quita los guantes y saca el celular del bolsillo del short.
Juan: ¿Bueno?
INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE BENJAMÍN – DÍA
Damián se encuentra al otro lado de la línea mirando en una laptop el video que grabó anoche en el bar.
Damián: ¿Qué onda, güey?
INTERCUT JUAN/DAMIÁN
Juan: (con seriedad) ¿Qué pasa? ¿Tienes lo que te pedí?
Damián: Oye, pues al menos saluda. Mira que esta última semana ha estado cañón tener que soportar al vejete ese. Es bien puerco y degenerado, y te lo digo yo que he conocido tantos clientes.
Juan arquea una ceja con interés.
Juan: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Te acostaste con él?
Damián: Uf, ya por ahí pasó la cuenta, mi rey.
Damián dibuja una sonrisa llena de satisfacción sin dejar de ver el video.
Damián: Tengo material suficiente para hundirlo como querías.
Juan se queda en silencio al tiempo que intenta recuperar el aliento. El pecho le sube y baja.
Damián: (extrañado) Hey, ¿sigues ahí?
Juan: (pensativo) Sí, aquí estoy.
Damián: ¿No me vas a decir nada?
Juan: Es solo que me siento mal por tener que pagarte por esto. Perdóname. Creo que de todos los pecados que he cometido, este fue el peor.
Damián: ¿Es neta? ¿Pecados? Ya te pareces a la Georgy. Además esto es trabajo, güey.
Juan: Yo siempre he pensado que la prostitución rebaja la dignidad de una persona. Te usé y eso me hace sentir como la peor basura.
Damián: Ya relájate. Tú ni me tocaste.
Juan: Pues no, pero te voy a pagar por haberte acostado con alguien más y es lo mismo. No me diferencio de los que te pagan por acostarse contigo, así no te haya tocado.
Damián: Chale, pues qué más hubiera querido yo que hubieras sido tú el que me tocara con esas manotas que te cargas, pero no hay pedo. Esta es la vida que he tenido que llevar y así estoy bien.
Juan: Claro que no lo estás, cabrón. El que te hayas conformado con esa vida es bien distinto.
Damián parece dibujar por primera vez un gesto cargado de tristeza, atípico en él.
Juan: Mira, hagamos algo. Termina el trabajo y hazle llegar ese material al obispo lo más pronto posible. No te acuestes más con Jorge. Es más, si puedes, salte del orfanato hoy mismo.
Damián: ¿Y luego?
Juan: Luego te prometo que te voy a ayudar. Te voy a dar dinero para que estudies o abras un negocio, lo que sea que te saque de la prostitución.
Damián: Claro que no, güey. Tú solo dame lo que acordamos por cogerme al vejete y ya está. No necesito de tu caridad.
Juan: Deja tu orgullo y déjame ayudarte. Con eso no voy a borrar lo que te hice hacer por dinero, pero quiero darte la oportunidad que necesitas para salir de ese hoyo.
Damián: (poco convencido) Bueno, al menos dame chance de pensarlo. Voy a aprovechar para irme de una vez antes de que el ruco travestón regrese y te contacto luego, ¿va?
Juan cuelga la llamada y se queda pensativo.
Juan: Ya casi. Unos días más y los veré cayendo a todos como fichitas de dominó. El mundo se les va a venir encima a todos esos miserables cuando les haga probar la misma miseria en la que me hundieron.
INT. CASA DE LOS FONSECA/ESTUDIO – NOCHE
Emiliano sirve un generoso trago de whisky. Jorge se encuentra sentado. El primero se le acerca y levanta la botella en señal de cortesía.
Emiliano: ¿Quiere uno?
Jorge: Gracias, pero no bebo.
Emiliano: Usted se lo pierde.
Emiliano sonríe apenas, toma su copa y toma asiento detrás del escritorio.
Emiliano: Ahora sí. ¿A qué debo el honor de su visita, padre Jorge? La mera verdad me sorprendió cuando me llamó y me dijo que necesitaba hablar urgentemente conmigo. Pues ¿qué pasó?
Jorge: Me temo que sí es muy urgente, don Emiliano.
Emiliano: Bueno, hable. ¿Qué lo tiene tan preocupado? (Bebe un sorbo)
Jorge: Vengo por el asunto del orfanato. La demolición se complicó.
Emiliano: ¿Cómo que se complicó?
Jorge: El padre Jesús se adelantó. Le otorgó un poder legal a una mujer para representarlo en cualquier asunto relacionado con el orfanato y ayer esa mujerzuela se atrevió a desafiarme.
Emiliano: ¿Y quién demonios es?
Jorge: María José Montiel.
Emiliano: (frunciendo el ceño) ¿María José? ¿La muchachita esa? ¿Qué chingados hace metida en el orfanato?
Jorge: Al parecer conoce al padre Jesús desde hace tiempo. Además… (Hace una pausa) La vi varias veces con Juan de la Cruz antes de que muriera. Sospecho que entre ellos hubo algo más que amistad.
Emiliano: (fastidiado) Con razón… (Bebe otro sorbo) Esa cabrona siempre supo más de lo que aparentaba.
Jorge: Supongo que por su reacción, la conoce bien.
Emiliano: Es la ahijada de mi hermana y lo peor es que ahora anda metiendo las narices donde no le importa.
Jorge: Usted me prometió su ayuda en este asunto y por eso recurro a usted. ¿Qué piensa hacer?
Emiliano sonríe con una tranquilidad inquietante.
Emiliano: Lo mismo que hice con todos los que se atravesaron en mi camino (Hace una pausa). Desaparecerla. Va a correr con la misma suerte del bastardo de Juan de la Cruz. Me voy a encargar de reunir al par de tortolitos en el más allá.
Jorge: (pensativo) Justo ahora que menciona usted a Juan de La Cruz, hay algo que me ha dado vueltas en la cabeza desde hace tiempo.
Emiliano bebe otro sorbo.
Emiliano: A ver.
Jorge: ¿Cómo identificaron el cadáver?
Emiliano: (extrañada) ¿Y esa pregunta?
Jorge: Curiosidad simplemente.
Emiliano: Pues como se identifican todos los pinches cadáveres. Huellas, estudios, esas mamadas que hace la fiscalía y el servicio forense.
Jorge: ¿Nunca tuvo dudas de que realmente fuera él? (Pregunta con deje de misterio)
Emiliano tarda unos segundos en responder y se queda pensativo.
Emiliano: Pues durante el juicio por un instante pensé una estupidez (Se ríe de sí mismo). Por un momento creí que Christian y ese mugroso de Juan habían cambiado de lugar, pero luego revisaron las huellas y quedó descartado. Nomás fueron unas pinches ideas mías bien locas.
Jorge asiente lentamente, aunque su expresión deja claro que no quedó convencido.
Jorge: Comprendo. En fin… (Se levanta) Le agradezco haberme recibido, don Emiliano. Espero que logre deshacerse de María José Montiel cuanto antes. Mujeres como esa solo entorpecen la vida espiritual de hombres de fe como yo. No puede considerarse asesinato ni pecado.
Emiliano: Concuerdo, pero espérese tantito, padre. Está anocheciendo. ¿Por qué no se queda a cenar?
Jorge: Quisiera ahorrarle la molestia.
Emiliano: ¿Qué molestia, hombre? Para nada. Yo se lo tenía prometido. Yo sé ser servicial con quienes lo son conmigo y usted se lo merece.
Jorge: (sonriendo) Honor que me hace.
Emiliano: De paso conoce a mi esposa. Es una rezandera de primera. Capaz hasta le gana en devoción.
Jorge: En ese caso, será un gusto aceptar su invitación.
Los dos hombres se sostienen la mirada unos instantes conectados por las mismas oscuras intenciones y maldad.
INT. DEPARTAMENTO DE GRETTEL – NOCHE
Tocan el timbre. Grettel, quien terminaba de servir unos platos en la mesa, se dirige a abrir con rapidez. En cuanto abre, se encuentra en primer plano con Juan y sonríe al verlo.
Juan: (con timidez) Ho… Hola…
Grettel: Pásale. Llegaste a tiempo para la cena.
Juan intenta esbozar una sonrisa y entra. Grettel cierra la puerta y sin que él se lo espere, la joven lo abraza por detrás. Juan se sorprende.
Grettel: Te extrañé muchísimo.
Juan: (consternado) ¿Qué haces?
Grettel: Conmigo no tienes que fingir. Yo ya lo sé todo.
Juan siente un leve vacío al oírla. Grettel deja de abrazarlo y se pone al frente de él.
Grettel: No sabes lo mucho que había querido desde hace meses hablar contigo, nada más que no hallé oportunidad.
Juan: No te estoy entendiendo.
Grettel: Ya, Juan. ¿Tú crees que tras tantos años conociéndote no voy a saber quién eres?
Juan: Estás confundida. Tu amiguito se murió. ¿Sí sabes? Y ya estoy cansado de que todas las personas que lo conocían me confundan con él. Yo soy Christian Fonseca.
Grettel solo se ríe un poco.
Juan: ¿Qué?
Grettel: Nada. Es que de verdad que sí pareces otro, pero a mí no me puedes engañar. El día que pasó lo del hotel, fui al orfanato y me encontré con el padre Chuy. Le dije que sabía la verdad. Quería negarme a pensar que de verdad estuvieras muerto y él no tardó en confirmarme todo.
Juan: Pues fue un error de él. También se confundió.
Grettel solo le sonríe con ternura y le acaricia el rostro.
Grettel: Estás tan guapo y hueles tan bien. No te imaginas cómo te eché de menos.
Grettel se atreve a besarlo. Juan la aparta con delicadeza y respeto.
Juan: Grettel, por favor…
Grettel: Juan, yo te amo muchísimo. Párale a tu actuación que conmigo no te va a funcionar. Yo jamás haría nada que te perjudique. Te salvaría de las formas que menos te imaginas, así que confía en mí.
Juan resopla, frustrado y se voltea. Da un par de pasos y vuelve a mirarla.
Juan: Tienes que ser muy prudente, ¿va? Nadie, absolutamente nadie, puede saberlo. Entre menos personas sepan, mejor.
Grettel: Lo sé. No te preocupes y tampoco me lo tienes que recordar.
Juan solo niega con la cabeza y le da la espalda. Grettel se la frota.
Grettel: No te pongas así.
Juan: Es que no quiero que nadie se arriesgue por mí.
Grettel: Tranquilo. Yo sé ser prudente como dices. Han pasado más de dos meses y aquí me tienes. Deja de angustiarte tanto, ¿sí? Mejor ven. Comamos que te hice algo deli.
Juan: La verdad no tengo apetito y menos después de esto.
Grettel: Relájate. Haz de cuenta que es solo una reunión de dos amigos que se quieren harto y no me vas a dejar la comida servida, ¿o sí?
Juan tarda en responder y termina por negar despacio.
Grettel: Ven. Es una pasta deliciosa que preparé especialmente para ti. Te va a encantar.
Grettel le sonríe y lo toma de la mano para llevarlo al comedor. Juan se deja llevar, aunque es notable la incomodidad en su rostro.
INT. DEPARTAMENTO DE PAULA – NOCHE
Tocan el timbre. Paula sale de su habitación, se encuentra en bata y se dirige a abrir.
Paula: (extrañada) Qué raro. ¿Por qué el vigilante no me habló por el interfón?
Justo antes de abrir, la mujer mira por el ojo de la puerta y se sorprende al ver a María José.
Paula: ¿Qué está haciendo esta imbécil aquí?
María José vuelve a tocar el timbre con insistencia. Paula duda unos segundos y finalmente abre. Las dos se miran muy serias, aunque la primera luce ligeramente sorprendida.
Paula: María José…
María José la mira de pies a cabeza y sin darse a la espera, entra al lujoso departamento, caminando con el porte sofisticado que la caracteriza. Paula cierra la puerta. María José recorre con los ojos el lugar.
María José: Veo que en estos poco más de dos meses, el cáncer en vez de acabar contigo, te hizo milagros. Hasta más joven te ves. Mírate lo cambiada que estás.
Paula sonríe con ironía.
Paula: Gracias. Me halaga que lo notes, aunque no creo que hayas venido a verme solo por ver cómo estoy.
María José: En efecto. Vine porque descubrí que has estado sacando dinero de la cuenta del seguro de mis papás.
Paula pierde la sonrisa apenas un instante.
Paula: ¿Y?
María José: ¿"Y"? Ese dinero no es tuyo, Paula.
Paula: ¿Me estás acusando de ladrona?
María José: Te di las claves de la cuenta para que hicieras uso del dinero si lo necesitabas y siempre lo platicabas conmigo antes, pero ahora me entero que, sin mi permiso, sacas dinero para alquilar un depa lujoso que cuesta una fortuna. Dime tú si eso no es robar.
Paula: (sonriendo con incredulidad) ¡Esto es el colmo! Por si no te enteras, yo también tengo derecho a ese dinero después de que dediqué gran parte de mi vida a criarte. Lo merezco y lo usé para no dormir debajo de un puente. Emiliano y Fernanda me corrieron.
María José: ¿Y por qué no me buscaste?
Paula: Era obvio. Me sacaste de tu vida la última vez cuando terminé en el hospital por el incidente de las tijeras. Me imaginé que no te interesaba saber de mí.
María José: Y todavía no me interesa, así que no sé cómo le vas a hacer, pero quiero el dinero que pagaste por este departamento de vuelta. ¿Entendido? Yo también lo necesito.
Paula: Tú no puedes hacerme esto, María José. No tengo nada.
María José: Ponte a trabajar. Es lo que yo estoy haciendo.
Paula: (con sarcasmo) Claro porque de seguro las empresas están haciendo fila para contratarme. Mira, María José. No te compares conmigo, muchacha. No tenemos la misma edad y te recuerdo que tengo una condición de salud grave que me está matando poco a poco.
María José: No me das lástima, Paula. Ya nadie se cree ese papel de pobre víctima, mucho menos yo.
Paula: ¿Sigues dudando de mi enfermedad?
María José: No dudo. Yo sé perfectamente que nunca tuviste cáncer y no sé cuánto más dinero mío habrás pagado para montar ese teatro porque mírate. Ya no haces ni un esfuerzo por fingir que te estás muriendo.
Paula: (sonriendo con cinismo) Pues ¿sabes que sí? Total, ya no me hace falta retenerte conmigo porque fallé incluso con algo tan extremo como inventarme una enfermedad. Mis esfuerzos fueron en vano.
María José la mira con rabia.
Paula: ¿Qué te puedo decir? ¿Felicitarte, quizás, porque por fin abriste los ojos?
María José: Eres una maldita hipócrita.
Paula: Y tú una pinche ingrata. ¿Después de todo lo que hice por ti así me pagas?
Paula comienza a quebrarse, pero no de tristeza, sino de rabia contenida.
Paula: ¿Crees que fue fácil aguantar a una escuincla llorona, traumada y malcriada que no dejaba de preguntar por sus papás?
María José: (muy molesta) ¡No te atrevas!
Paula: ¡No! Ahora me escuchas tú a mí. Te dediqué los mejores años de mi vida. Dejé de hacer muchas cosas por estar detrás de ti para que no te murieras de tristeza por la muerte de tus queridos papitos que no hicieron más que malcriarte. ¡Yo te hice la mujer que eres!
María José: Te equivocas. Mis padres fueron quienes me educaron.
Paula: ¡Tus padres te consintieron! Yo fui la única que tuvo ovarios para corregirte y para convertirte en una mujer elegante, profesional, preparada. ¿Crees que hubieras llegado lejos en un orfanato de no haber sido por mí que te acogí? ¿Y ahora te atreves a reprocharme dinero?
Paula suelta una risa seca. María José tensa el rostro.
Paula: No, mi amor. El dinero que usé me lo merezco y tus padres me lo deben por haberte soportado estos años. Tanto tú como ellos deben pagarme con creces porque ellos sí que no servían para nada.
María José: (furiosa) ¡No te permito que hables mal de mis padres!
Paula: Tú a mí me permites lo que me dé la gana. ¿Querías escuchar la verdad? ¡Bueno, ahí la tienes! Tu mamá era una ama de casa que vivía como reina por todo lo que el otro imbécil de tu papá le daba, trabajando como esclavo en ese banco. El pobre era tan infeliz que solo podía encontrar consuelo en mí.
María José desorbita los ojos al escucharla.
Paula: Porque sí, muchacha. Tu papito chulo y yo fuimos amantes, y no te imaginas la cantidad de veces que hicimos el amor a escondidas de esa estúpida de tu mamá, claro hasta que ella nos descubrió.
María José: ¡Desgraciada! ¡No te creo nada!
Paula: Pues allá tú. ¿Olvidas las discusiones de tus padres? Iban a divorciarse y justo por esos días te secuestraron. A tu papá lo mataron y tu mamá, pues, se suicidó tal y como se suicidó mi mamá cuando descubrió el amorío entre mi papá y Graciela.
María José comienza a sollozar ante la ira desbordada que siente. Paula endurece la mirada y un aura oscura se apodera de ella.
Paula: Es más, si te pones a analizarlo, tu historia es idéntica a la mía. Tu papá se hizo amante de una mujer a la que le abrieron las puertas de la casa, o sea yo, tu mamá nos descubre, se suicida ahorcándose y el cadáver lo encuentras tú, tal y como me pasó a mí a los diez años. Incluso las edades coinciden. ¡Qué loco!
María José comienza a respirar agitada y los ojos se le llenan de lágrimas.
Paula: Inconscientemente me convertí en la villana de mi propia historia, la recreé, la repetí. Me convertí en una “Graciela” y ahora la víctima fuiste tú. ¡Cuánta pena me da!
María José: (furiosa) ¡Eres una maldita hija de puta!
María José no soporta más y le lanza una brutal bofetada a la mujer que le cruza la cara.
María José: Definitivamente me equivoqué contigo y destruiste mi vida. Menos mal me pude dar cuenta a tiempo, pero esto no se va a quedar así, Paula. ¡Todo en esta vida se paga!
Paula: (furiosa) Lárgate. Lárgate antes de que pierda la compostura contigo.
María José: Sí, claro que me voy, pero tienes una semana para pagarme el dinero que me robaste o te juro que te meto una demanda. No voy a tener contemplaciones contigo.
María José la mira fulminante y se va del departamento. Paula se toca el lado de la cara donde fue abofeteada, llena de rabia, aunque luego sonríe con satisfacción.
INT. DEPARTAMENTO DE GRETTEL – NOCHE
Los platos ya están casi vacíos. La cena terminó hace unos minutos. Grettel bebe un poco de vino mientras observa a Juan, quien permanece serio, jugueteando distraídamente con el tenedor.
Grettel: ¿Te incomodo?
Juan: ¿De qué hablas?
Grettel: No dijiste casi una palabra en toda la cena.
Juan deja el cubierto sobre el plato.
Juan: Es solo que me preocupas. Te conozco, Grettel y desde que supe la verdad de mis orígenes, siempre has estado empeñada en meterte en mis cosas y no quiero tengas broncas por mi culpa.
Grettel le sonríe con dulzura.
Grettel: Es muy lindo que te preocupes por mí, pero no tengas miedo. Yo voy a hacerte daño. Tu secreto conmigo está bien guardado.
Juan: Es que no es por mí. Es por ti.
Grettel: Juan…
Grettel le alcanza la mano y la toma.
Grettel: Yo te amo demasiado y agradezco que pienses en mí de esa forma, pero todo va a estar bien y tampoco me pidas que no me meta porque es imposible. Yo estoy dispuesta a todo por ti. ¿Te acuerdas de aquella noche?
Juan permanece inmóvil.
Grettel: Para mí fue la noche más bonita de mi vida, y es lindo recordar que fui tu primera vez y que hicimos el amor y si me entregué a ti fue porque te amo.
Juan: Olvídala. Olvida esa noche. Olvida todo lo que pasó. El Juan que conociste ya no existe, Grettel.
Grettel: Lo sé y así debe seguir. Ese güey bonachón que eras antes nunca habría podido derrotar a Emiliano y ahora que tienes otra identidad, te puedo ayudar con tu venganza.
Juan: No necesito tu ayuda.
Grettel: Sí la necesitas. Juan, yo.. (Hace una pausa y baja la cabeza) Estoy embarazada.
Juan: (sorprendido) ¿Qué?
Grettel: Tranquilo, no es tuyo. Emiliano es el padre y cuando acabemos con él, ese niño será el heredero legítimo de toda la fortuna Fonseca y todo ese patrimonio terminará siendo tuyo.
Juan: (desconcertado) A ver, Grettel. ¿De qué estás hablando?
Grettel: Te explico. Yo ya di el primer paso. Fui a ver a Fernanda y le exigí que se divorcie de Emiliano. Hace unos días cuando nos vimos en la casa eso fue lo que hice.
Juan la mira incrédulo.
Grettel: En cuanto ese matrimonio se rompa, Emiliano tendrá que casarse conmigo y darle un apellido al bebé que será su heredero.
Juan se pone de pie de golpe.
Juan: ¿Perdiste la cabeza?
Grettel también se levanta y se acerca a él.
Grettel: ¡Escúchame! Esto nos conviene. Una vez que ese imbécil esté tras las rejas, te vas a poder casar conmigo. Puedes criar a este bebé como tu hijo. Podrás recuperar lo que es tuyo cuando estemos casados porque yo sería la tutora legal de la fortuna.
Juan la mira con los ojos desorbitados ante la locura del plan.
Grettel: Imagínate el golpe para Emiliano cuando descubra que el hombre al que más odia terminó criando a su propio hijo y administrando todo su patrimonio.
Juan: Grettel, a mí jamás me ha interesado un solo peso de esa familia. Lo que me estás proponiendo es demasiado bajo.
Grettel: No se trata del dinero, sino de recuperar lo que te pertenece y de destruir a Emiliano donde más le duele.
Juan: Estás loca…
Grettel: Quizás, pero no me vas a negar que es la mejor venganza contra ese tipejo. Emiliano utilizó a Christian toda la vida para quedarse con la herencia de Gabriel. Tú le vas a hacer lo mismo.
Juan: ¿Y qué pretendes con todo esto? ¿Que me convierta en un clon de Emiliano pagándole con la misma moneda? ¿Es lo que quieres?
Grettel: Yo solo quiero ayudarte.
Juan: (furioso) ¡Pues no me estás ayudando! Más bien lo estás complicando todo.
Grettel: (dolida) Juan…
Juan: Estás hablando de tu propio hijo, Grettel. ¿Cómo se te ocurre utilizar a un niño para algo tan ruin?
Grettel: (sollozando) Todo lo estoy haciendo por nosotros.
Juan: No quiero que hagas nada por mí. Yo jamás voy a utilizar a un chamaquito inocente para satisfacer mi odio. Eso nunca y tampoco me voy a casar contigo. Deberías desistir de una pinche idea tan loca y alejarte de ese tipo antes de que sea tarde.
Grettel: ¿Cómo puedes ser tan estúpido? Te estoy dando una oportunidad de oro.
Juan: (con dureza) No me interesa. Creo que ya traicioné mucho mis principios desde que adopté el nombre de mi hermano y no pienso hundirme más.
Juan se acerca al sofá y agarra su chaqueta.
Grettel: Juan, espera… (Lo detiene tomándolo del brazo)
Juan: Déjame. Mi único objetivo es que todos mis enemigos paguen por lo que me hicieron. Yo no puedo aceptar una vida construida sobre otra mentira. Perdóname, pero no lo acepto.
Juan la mira de forma fulminante y se va del departamento. Grettel se queda sola, frustrada.
Grettel: No arriesgué tanto ni me convertí en una asesina por nada. Te voy a hacer entender, Juan, aunque sea a las malas.
Grettel endurece el rostro.
INT. CASA DE LOS FONSECA/COMEDOR – NOCHE
Emiliano, Fernanda y Jorge, por su parte, han terminado de cenar. Las dos empleadas de la casa se encargan de recoger los platos.
Fernanda: ¿Qué le pareció la cena, padre Jorge?
Jorge: (limpiándose con una servilleta) Espléndidamente deliciosa, doña Fernanda.
Fernanda: Ay, por favor. Llámeme simplemente por mi nombre. No sea tan modesto.
Jorge: (riendo levemente) Está bien. Lo consideraré.
Fernanda: Espero que nos acompañe con su presencia el próximo sábado. Vamos a celebrar el cumpleaños número sesenta de mi marido y nos encantaría contar con usted.
Jorge: Por supuesto. Por acá me tendrán.
Emiliano: (indiferente) La verdad a mí ni me emociona, pero es ella la que está organizando todos los preparativos de la dichosa fiesta.
Jorge: Es una edad especial, don Emiliano. Festejar le trae alegría al corazón y ganas de vivir.
Emiliano: Pues sí usted lo dice…
Jorge: ¿Qué hay de su hijo? ¿Por qué no cenó con nosotros? (Pregunta con suspicacia)
Fernanda: Debe andar por ahí. Para serle sincera, tampoco sé por qué no llegó a cenar, pero usted sabe. Es todo un hombre ya, pisando los treinta y hacen lo que quieren.
Jorge: ¡Qué pena! Me hubiera gustado conocerlo.
Juan pasa justamente en ese instante por el vestíbulo, pues acaba de entrar y los presentes en el comedor alcanzan a verlo desde allí.
Fernanda: Ah, pues mírelo. Justo ahí acabó de llegar. ¡Christian!
Jorge voltea a ver. Juan también y justo en ese instante, las miradas de ambos se cruzan. Juan se sorprende al ver al hombre allí.
Fernanda: ¡Ven a saludar, por favor! ¡Tenemos visita!
Juan se pone un poco nervioso, aunque para fingir, actúa con naturalidad y entra al comedor.
Fernanda: Mira, este es el padre Jorge Mendoza. Es un amigo de tu papá que le hizo un favor hace tiempo.
Jorge se levanta de la silla con una sonrisa tranquila y una mirada sagaz. Juan permanece serio.
Jorge: Es un placer, hijo.
Jorge le extiende la mano. Juan se queda inmóvil por unos segundos, extrañando a los demás.
Emiliano: ¿Qué estás esperando? ¿Te volviste más pendejo o qué? Te están saludando.
Juan: (reaccionando) Pe… perdón.
Juan corresponde al apretón de manos.
Juan: Mucho gusto, padre. Christian Fonseca para servirle.
Jorge: El gusto es mío.
Fernanda: ¿Comiste, hijo? ¿Quieres que le pida a una de las muchachas que te sirvan?
Juan: Estoy bien. Ya comí por fuera y vengo muerto del cansancio. Estuve entrenando hasta tarde en el club y tengo algo de jaqueca.
Fernanda: (extrañada) ¿Tú con jaqueca?
Juan: Quizás me voy a enfermar. Necesito descansar, así que me retiro. Con permiso.
Juan sale del comedor y se dirige a su habitación.
Jorge: (sonriendo) Creo que es algo tímido su muchacho.
Emiliano: ¿Qué tímido ni qué nada? Es pendejo y lo tiene de nacimiento.
Fernanda: (con reproche) Emiliano…
Emiliano: Tú cállate que no tienes moral para reclamarme nada.
Fernanda: (incómoda) Disculpe, padre. Mi marido a veces se pone un poco cascarrabias.
Jorge: Entiendo, no hay problema. Yo me retiro entonces. Gracias una vez más por la cena.
Fernanda se apresura a levantarse.
Fernanda: Déjeme acompañarlo a la puerta, padre.
Jorge: Tranquila. Yo conozco la salida, aunque antes de irme, ¿podría usar su baño?
Fernanda: Claro. Déjeme llevarlo para que no se vaya a perder.
Jorge: Gracias.
Fernanda y Jorge se retiran. Emiliano, a solas, comienza a toser y se ahoga un poco. Logra alcanzar una servilleta y se tapa, aunque al retirarla, ve de nuevo un poco de sangre y se apresura a arrugar la servilleta y tirarla en la mesa.
Emiliano: ¿Qué mierda me está pasando?
El hombre se queda pensativo y preocupado.
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Juan, entretanto, se encierra y se quita la chaqueta, la cual cuelga en un perchero.
Juan: (susurrando) ¿Qué está haciendo ese tipo acá? ¿Cómo carajos conoció a Emiliano?
De repente, su celular suena. Juan lo saca del bolsillo del jean y abre los ojos ligeramente al ver que quien lo llama es Chuy.
Juan: (extrañado) ¿Y esto?
CORTE A:
INT. CASA DE LOS FONSECA/PASILLO – NOCHE
Jorge no está lejos de allí. Camina con cautela mirando hacia todos lados al tiempo que sostiene un celular. De lejos, alcanza a escuchar el celular de Juan y se deja guiar por el sonido.
CORTE A:
INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE CHRISTIAN – NOCHE
Juan duda en contestar.
Juan: Imposible. El padre Chuy me dijo que no tenía acceso a su celular a no ser que ya le hayan dado de alta, pero después de cómo me corrió no creo que quiera saber de mí…
El celular sigue sonando con insistencia hasta que la llamada se cuelga por sí sola. Pronto, recibe la notificación de un mensaje de texto. Juan lo abre, sorprendido.
“Juan, contéstame. Necesitamos hablar”.
El muchacho se queda dubitativo unos segundos.
Juan: Parece que sí es él. ¿Y si me va advertir algo de Jorge?
De nuevo lo llaman. Juan desliza el dedo y contesta. Jorge justo ha llegado a la habitación y se queda escuchando detrás de la puerta.
Juan: ¿Bueno? ¿Padre?
No hay respuesta.
Juan: Padre, dígame algo. ¿De veras sí es usted? ¿Ya le dieron de alta?
Jorge, detrás de la puerta, sonríe con malicia y se atreve a entrar en silencio. Juan alcanza a escuchar las bisagras.
Jorge: Entonces no estaba equivocado.
Juan se queda petrificado al oír aquella voz.
Jorge: Estás vivo, Juan de La Cruz Quintana.
Juan ha empalidecido. Jorge se ríe levemente como quien encuentra un tesoro y cierra la puerta con cuidado. Juan se gira despacio e intenta guardar la calma.
Jorge: Yo lo sospeché desde el primer momento en que tomé esa llamada ese día. Escuché su voz y la reconocí de inmediato. Por días no pude dejar de pensar en ello y de contemplar las más mínima remota posibilidad de que siguiera con vida, y veo que no me equivoqué.
Juan: (con seriedad) La verdad no sé de qué habla, señor. Le pido que se retire de mi habitación. Es de mal gusto que entre sí. Esta no es tu casa.
Jorge: Conmigo no tiene que fingir, Juan. Desconozco de qué artimañas se valió para hacerse pasar por su hermano gemelo, pero sé que es usted.
Juan: Está equivocado. Váyase, por favor.
Jorge: (con burla) ¿Está nervioso?
Juan: No se lo voy a repetir. Lárguese o lo va a lamentar, y no solo eso. Voy a demandarlo por calumnia.
Jorge: Yo podría contrademandar y acusarlo de suplantación de identidad, lo cual es un delito severamente castigado por la ley, aunque en mi opinión, la cárcel sería lo menos importante para usted en estas circunstancias. Emiliano Fonseca lo mataría antes de que usted pise una celda.
Juan siente que se queda sin armas para defenderse, aunque mantiene una expresión tensa.
Jorge: ¿Es lo que quiere? ¿Que salga gritando a los cuatro vientos su secreto? Digamelo y así acabamos con esto de una buena vez. Hoy sería su última noche con vida y yo podría confesarlo para que se vaya en paz al paraíso.
Juan: Insisto en que se está equivocando y es su palabra contra la mía.
Jorge: Este celular es la prueba reina. Christian Fonseca no tenía contacto con el padre Jesús. Nada más lo conoció esa vez que estaban en Villa Encantada y lo sé porque yo estaba de lejos vigilando la casa de aquella mujer, la tal Chela.
Juan desorbita los ojos al oírlo.
Jorge: El caso es que, la vez que yo contesté el celular del padre por curiosidad, usted le habló con una familiaridad que Christian Fonseca no tendría con un simple desconocido. Dijo que tenía muchas cosas que contarle.
Juan tensa la mandíbula. Jorge, por su parte, no borra aquella sonrisa cínica del rostro.
Jorge: ¿Qué más prueba necesito para comprobar que es usted es el mismo seminarista corriente y bruto del orfanato, el que iba a ordenarse sacerdote? ¿O prefiere irse a los extremos? El padre Jesús podría confesar bajo presión.
Juan: ¡No se atreva!
Jorge: Veo que ya está asumiendo su verdadera identidad.
Juan se calla para evitar hablar de más. Jorge se acerca con una inquietante calma.
Jorge: (con burla) ¿Creyó que iba a ocultar esta mentira por siempre? ¿De verdad creyó que podría?
Juan lo mira lleno de ira y respirando agitado.
Jorge: De mi control no escapa nada. Usted ya debería conocerme.
Juan enfurece y lo agarra de la sotana.
Juan: Maldito, no se le ocurra abrir la boca o lo va a lamentar.
Jorge: Yo le aconsejaría que se calme y me suelte porque cuando salga de acá, podría hundirlo. Emiliano Fonseca lo matará sin pestañear cuando sepa quién es usted.
Juan no lo suelta y lo mira con fuego en los ojos, como si quisiera acabar con él.
Jorge: ¿Qué espera? Déjeme y negociemos.
Juan finalmente cede de mala gana y lo suelta, empujándolo.
Juan: ¿Qué es lo que quiere?
Jorge no responde de inmediato, se le acerca calmado, le acomoda una arruga de la camisa. El gesto parece inocente, pero Juan se estremece de disgusto.
Jorge: Quiero tenerlo, Juan. Quiero que me haga suyo.
Juan se asquea con solo escucharlo. Jorge le acaricia el rostro. Juan soporta el contacto como si fuera una quemadura.
Jorge: Usted siempre fue un gusto culposo para mí. Me caía mal, lo odiaba, pero a la vez lo deseaba. ¿Ha experimentado alguna vez esa sensación de amar y odiar a algo o a alguien al mismo tiempo? Bueno, eso me pasó con usted.
Jorge lo rodea, observándolo, como quien aprecia una obra de arte.
Jorge: De hecho no se alcanza a imaginar toda clase de cosas que se me pasaban por la cabeza. Benjamín, de hecho, no fue más que un reemplazo suyo en vista de que no podía tenerlo a usted.
Juan no aguanta más, se gira y le lanza un puñetazo tan fuerte que lo tumba a la cama. Luego, comienza a ahorcarlo lleno de ira.
Juan: (furioso) ¡No voy a permitir que vuelva siquiera a mencionar a mi amigo! ¡Usted lo destruyó, le hizo la vida un infierno! ¡Una basura como usted no se merece vivir!
Juan aprieta con fuerza. Jorge siente que le falta el aire, aunque en medio del dolor físico, sonríe con perversión.
Juan: ¡Lo voy a matar!
CONTINUARÁ…
















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