Capítulo 38: Servatis a maleficum

INT. CASA DE LOS FONSECA/HABITACIÓN DE JORGE – NOCHE

Juan sigue encima de Jorge, ahorcándolo con una ira descomunal, ambos sobre la cama. Jorge se ríe a pesar de faltarle el aire.

Juan: (lleno de rabia) ¡Usted es una porquería! ¡Un ser despreciable que no se merece vivir! 

Jorge: (en un hilo de voz) ¿Cree que tiene la facultad de decidir quién vive y quién no?

Juan aprieta con más fuerza. 

Jorge intenta respirar, pero aun así conserva aquella sonrisa enfermiza.

Jorge: (con dificultad) Vamos… Hágalo.

Juan lo mira fijamente rojo de la ira.

Jorge: Máteme y conviértase en lo que tanto desprecia, en un asesino. 

Juan aumenta la presión durante unos segundos más, aunque ha comenzado a temblar.

Jorge: (casi sin aire) ¿Qué hará con mi cuerpo cuando deje de respirar? ¿Cómo piensa ocultar mi muerte, ah?

Juan comienza a respirar agitadamente y varias voces de personas que ama pasan por su cabeza.

Evaristo: (voz en off) Nunca te olvides del buen camino, mijito. Dios te bendiga. 

Chuy: (voz en off) No quiero que te pierdas, muchacho. No te vayas a convertir en alguien que no eres.

Juan siente que pierde fuerza. 

Jorge: Máteme. ¿Qué espera?

Juan todavía no suelta al hombre y sigue apretando, aunque levemente.

María José: (voz en off) Tú no te das cuenta, Juan, pero tienes un don. Eres muy especial. No pierdes ese don, por favor.

Chela: (voz en off) Tú sigues siendo el mismo muchacho noble y bueno de siempre. Que hayas tomado el nombre de tu hermano y quieras justicia no cambia quién eres en verdad.

Juan derrama un par de lágrimas al escuchar todas esas voces en su cabeza y tiene un repentino recuerdo de hace un tiempo.


FLASHBACK

INT. IGLESIA – DÍA

Juan se encuentra arrodillado frente al altar, vestido con el alba y la estola de diácono. Frente a él, el obispo lo observa solemnemente mientras los asistentes permanecen en silencio.

Obispo: ¿Prometes configurar tu vida con Cristo y servir a su Iglesia con fidelidad?

Juan levanta la mirada.

Juan: Sí, prometo.

Obispo: ¿Prometes guardar y acrecentar el espíritu de oración y cumplir fielmente las obligaciones propias del ministerio?

Juan: Sí, prometo.

El obispo coloca sus manos sobre la cabeza de Juan y pronuncia una oración. Juan cierra los ojos, profundamente conmovido y con las manos juntas en súplica.

Obispo: Juan de La Cruz Quintana, que Dios, que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término.

Juan abre los ojos, conmovido. Una lágrima recorre lentamente su rostro al tiempo que mira el altar de la iglesia que parece iluminarse frente a él con un paz que no se explica. 

FIN DEL FLASHBACK


Juan deja de recordar y no puede más. La expresión de furia comienza a transformarse en horror al comprender lo que está a punto de hacer. Jorge se ha puesto un poco rojo.

Juan: No…

Juan comienza a aligerar las manos y suelta al hombre despacio. 

Juan: No puedo, no lo voy a hacer…

Luego se aleja de la cama. Jorge cae de espaldas y comienza a toser violentamente mientras intenta recuperar el aire. Juan permanece de pie, temblando y con los puños apretados, además de los ojos llenos de lágrimas, espantado de sí mismo. 

Juan: (entre lágrimas) Yo no soy un asesino.

Jorge continúa recuperándose mientras se toca el cuello.

Juan: No voy a convertirme en usted.

Jorge finalmente consigue respirar con mayor normalidad y esboza una sonrisa.

Jorge: Sabía que me soltarías.

Jorge continúa sonriente y sigue tosiendo. Respira hondo, intentando recuperar el aire y mantiene una de sus manos puesta en el cuello. Juan lo mira con desprecio.

Jorge: Tú no eres capaz de matar a nadie.

Juan: Cállese.

Jorge: Y eso es precisamente lo que me hace saber que todavía tengo el control.

Juan: Usted no tiene ningún control sobre mí.

Jorge: Me parece que sí, Juan. Recuerde que está en una posición de desventaja. 

Jorge tose una vez más y respira profundo, aunque continúa sonriendo con maldad.

Jorge: ¿Qué es lo que pretende haciéndose pasar por Christian Fonseca? 

Juan lo mira fijamente en silencio.

Jorge: Es Emiliano, ¿verdad? Quiere vengarse de él.

Juan: Le dije que se calle porque a la próxima no respondo de mí. No juegue con mi paciencia.

Jorge: No tiene por qué avergonzarse. Después de todo lo que ese hombre le hizo, es normal. Cualquiera buscaría venganza. 

Jorge se frota el cuello, adolorido y respira con algo de dificultad, pues aún le cuesta recuperar el aliento

Jorge: Mire, Juan… 

Jorge se pone de pie y se le acerca. Juan da un paso hacia atrás.

Jorge: La verdad es que sí me da curiosidad saber cómo logró hacerse pasar por su hermano gemelo. El que tenía que morir era usted y así lo acordé con Emiliano Fonseca a cambio de que destruyera el orfanato.

Juan frunce el ceño extrañado ante lo que escucha.

Jorge: Yo le decía a don Emiliano dónde estaba usted escondiéndose y a cambio, él haría lo posible por emitir una orden de desalojo para derrumbar el orfanato y así construir un centro comercial a cambio de una buena cantidad de dinero por mi valiosa cooperación.

Juan tensa la mandíbula, pero intenta contenerse ante tanto cinismo.

Jorge: De hecho, como sabía que la salud del padre Jesús estaba débil, yo mismo le confesé que me alié con don Emiliano. Quise provocarlo a propósito para que se pusiera mal de salud y se muriera de una vez. Lástima que es más fuerte que un roble y fallé en mi objetivo.

Juan: (con la voz quebrada) ¿Por qué? ¿Por qué tanto daño? ¿Por qué hacernos esto al padre Chuy, a Benjamín, a mí? ¿Qué le hicimos? Benjamín intentó suicidarse por su culpa y hasta mató a una mujer.

Jorge: ¿Mató a una mujer? (Enarca una ceja) Vaya, eso no era parte de mi conocimiento.

Juan: Pues lo hizo y lo hizo lleno de rabia, de rencor, por toda la porquería que usted le estaba haciendo a cambio de no truncar mi carrera como sacerdote.

Juan rompe a llorar muy dolido.

Juan: Él no se lo merecía. ¿Por qué? ¿Por qué lo arrastró a eso?

Jorge mantiene una expresión tranquila y solemne. 

Juan: (llorando) Incluso el día que me secuestraron, se consiguió una pistola para matarlo a usted y usó esa misma pistola para defenderme. De no haber sido por eso, a lo mejor estaría vivo, pero no. Me lo quitaron y usted tuvo mucha culpa en ello.

Jorge: ¿Yo? Me parece que usted es el único culpable, Juan. Benjamín hizo todo lo que hizo para protegerlo. ¿Que acaso no se da cuenta? Usted es como una maldición que le trae tragedia a las personas que lo quieren. Vea nada más al pobre padre Jesús. 

Juan: Por eso me morí para todos. Yo ya no soy el mismo y no voy a permitir que nadie me detenga.

Jorge: ¿Y qué pensaba hacer conmigo? Matarme no creo porque tuvo hace minutos la oportunidad y la desperdició. 

Juan no responde y mira lleno de rabia al hombre.

Jorge: En fin, da igual lo que tenga en mente. Sea lo que sea, no le va a resultar porque me temo que me le adelanté. 

Jorge se le acerca a una distancia tal que lo come con la mirada. 

Jorge: Si quiere comprar mi silencio, tendrá que pagarme y no con dinero precisamente.

Jorge se atreve a meterle la mano por debajo del jean. Juan se estremece del asco. 

Jorge: Quiero que me pague con esto.

Jorge cierra los ojos, palpando la entrepierna del muchacho con desmedido descaro.

Jorge: Y se me ocurre que podríamos empezar con una felación.

Juan no lo soporta y se aleja abruptamente.

Juan: (resignado) Está bien.

Jorge dibuja de inmediato una sonrisa de victoria en el rostro.

Juan: Pero no aquí. Dame un día.

La sonrisa de Jorge se desvanece ligeramente.

Jorge: ¿Para qué?

Juan: Para preparar todo. Podemos vemos mañana en un hotel discreto. Lejos del orfanato y de esta casa.

Jorge: No creo que pueda resistir hasta mañana y menos ahora que tengo en bandeja de plata la oportunidad de hacer realidad una fantasía que he guardado por mucho tiempo.

Juan: Es la única condición que tengo.

Jorge: (con incredulidad) ¿Condición?

Juan: Tómelo o déjelo. Usted es el más interesado en que pase algo y yo no me estoy negando. Nada más estoy concretando los detalles del encuentro.

Jorge permanece pensativo durante unos segundos.

Juan: ¿Qué dice?

Jorge: (poco convencido) Hum, está bien. Podemos vernos mañana entonces, pero más le vale no fallarme porque si no aparece, todo el mundo sabrá que Christian Fonseca murió hace mucho y que usted no es más que Juan de La Cruz.

Juan: Puede estar tranquilo. Yo soy un hombre de palabra y cumplo con lo que prometo.

Jorge: (sonriendo con perversión) Qué bueno oírlo. Me gusta que sean varoniles, masculinos…

Jorge se le acerca y le acaricia los dedos con el dedo pulgar.

Jorge: Es mi debilidad.

Jorge hace ademán de besarlo. Juan se aparta rápidamente.

Juan: Mañana. Espérese hasta mañana.

Jorge: Estaré ansioso hasta entonces. Espéreme afuera del orfanato en su coche si es que tiene.

Juan: (cortante) Sí tengo.

Jorge: Espléndido. Entonces puede pasar como a eso de las nueve cuando los huérfanos estén durmiendo y yo ya haya terminado mis tareas. 

Juan: Muy bien.

Jorge le dedica una sonrisa burlona al ver cómo lo tiene en sus manos y se retira. Juan, a solas, suelta una bocanada de aire y cierra los ojos aliviado, aunque pronto hace arcadas con ganas de vomitar y corre hacia el baño. Juan se inclina sobre el lavabo y vomita. Permanece unos segundos apoyado contra él, respirando con dificultad. Luego toma varias hojas de papel y se limpia la boca, abre la llave y se arroja agua al rostro. Juan levanta lentamente la mirada y observa su reflejo en el espejo.

Juan: (para sí) Ya veremos quién cae primero, Jorge. Te voy a hundir, cabrón. Me vas a pagar todo el daño que has hecho con la peor humillación que te puedas imaginar. Nada más tengo que aguantar un poco más… Un poco más y voy a terminar con todo.

Tiene los ojos enrojecidos, pero poco a poco recupera la compostura.


INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/OFICINA DE GAEL – DÍA

Es un nuevo día. Gael va llegando a su oficina y saluda a los policías que trabajan en sus cubículos.

Gael: Buenos días.

Policías: (al unísono) Buenos días, detective. 

Uno de los policías lo aborda rápidamente antes de que entre a la oficina.

Policía: Disculpe, detective.

Gael: ¿Qué pasa? 

Policía: Es que hay alguien que quiere verlo y lo está esperando.

Gael: (extrañado) ¿Quién? ¿Tiene cita?

Policía: Es la señorita María José Montiel.

Gael se sorprende y abre la puerta de la oficina con prontitud. María José aguarda allí ya sentada y al escuchar que el hombre ha llegado, voltea a ver y se pone de pie de inmediato.

María José: (con seriedad) Hola, Gael.

Gael: María José. ¿Tú qué haces aquí? 

María José: ¿Podemos hablar?

Gael no le responde de inmediato y ambos se quedan viendo fijamente varios segundos. Un par de minutos después, ambos se ven sentados frente a frente. Gael está un poco tenso.

María José: De antemano, quiero que sepas que no vine a reprocharte que tu papá sea un policía corrupto que trabajó para un criminal como Emiliano Fonseca. Yo sé que lo vas a proteger porque, al final, es tu padre.

Gael: No me juzgues así, María José. Yo no sabía nada de lo que hacía mi papá. Me enteré hace poco y desde entonces no he podido sentirme bien conmigo mismo.

María José guarda silencio, mirándolo con incredulidad.

Gael: Mira, yo siempre estuve orgulloso de ser policía. Me gustaba mi trabajo, sentía que estaba ayudando a la gente y ahora, después de saber lo que hizo mi papá, me cuesta verme de la misma manera. Hasta he pensado en renunciar.

María José: ¿Ah, sí? ¿Y por qué entonces no lo entregas? Te recuerdo que es culpable de secuestro y probablemente de asesinato.

Gael baja la cabeza con evidente incomodidad al escuchar esos cuestionamientos. 

María José: Está bien, no me tienes que responder. De igual forma, no he venido para que hablemos de eso. Hoy me trae otra cosa y quiero que me digas la verdad si es que de alguna manera quieres reivindicarte conmigo o recuperar un poco mi confianza.

Gael: ¿De qué se trata?

María José: ¿De veras pensabas ayudarme a investigar a mi madrina cuando te lo pedí o solo me lo dijiste para salir del paso?

Gael: Jamás. Quizá no me creas, pero mis intenciones de ayudarte iban en serio y antes de que surgiera todo el malentendido entre nosotros, yo ya estaba investigándola.

María José parece cambiar su actitud a una de evidente interés.

María José: ¿Lograste encontrar algo?

Gael baja la mirada por unos segundos y tiene un recuerdo.


FLASHBACK

Juan: Tú no te vas del país, güey. ¡Octavio y tú se quedan! Claro que si te quieres ir con él, pues eres libre de hacerlo, nada más que ahí sí se me va a soltar la lengua y voy a dejar la reputación de ustedes dos por el piso, y no solo eso, eh. ¡Nos vamos a refundir en la cárcel! 

Gael resopla, frustrado y asiente de mala gana.

Gael: (resignado) Está bien. 

Juan: En cuanto a María José, ella no se puede enterar de esta información. 

Juan lanza la carpeta al escritorio.

Juan: Podría denunciar a Paula y no me conviene tenerla tras las rejas, por lo menos no todavía. ¿Te quedó claro?

FIN DEL FLASHBACK


Gael deja de recordar aquella advertencia y continúa guardando silencio.

María José: Habla, Gael. ¿Encontraste algo importante sí o no? 

Gael: (dudoso) No sé si sea correcto decírtelo.

María José: Merezco saberlo. Ya viví demasiados años engañada por esa mujerzuela. Me mintió, me manipuló y me destruyó la vida, así que lo que sea que hayas encontrado, quiero saberlo. Es lo único que te estoy pidiendo. 

Gael guarda silencio unos segundos y finalmente se levanta. Camina hasta un archivero, busca entre varios expedientes y saca una carpeta. Regresa al escritorio y se la entrega.

María José: (extrañada) ¿Qué es esto?

Gael: Léelo.

María José abre el expediente.

Gael: Tengo un colega en España. Es una fuente muy confiable y me ayudó a conseguir información que de otra manera habría sido muy difícil encontrar.

María José comienza a leer y su expresión cambia poco a poco al encontrarse con varios reportes, nombres y documentos relacionados con Paula.

Gael: Estuve cruzando fechas, testimonios y algunos antecedentes que aparecieron durante la investigación.

María José continúa leyendo, cada vez más alterada.

Gael: Y hay algo que me preocupa especialmente.

María José levanta la mirada.

Gael: Existe una alta posibilidad de que Paula Fonseca haya estado involucrada en tu secuestro cuando eras niña y… (Hace una pausa con preocupación) También en la muerte de tus padres.

María José queda completamente inmóvil y se exalta.

Gael: Como puedes leer ahí, cuando Paula llegó a Madrid, trabajó en un bar y se prostituyó con el pseudónimo de Minerva Salas. Minerva era precisamente el nombre de su mamá y ese mismo pseudónimo apareció en boca de uno de los secuestradores que sobrevivió en el operativo de rescate. 

María José niega sin poder asumir de golpe esa información. Pasa varias documentos y pronto sus ojos se ponen sollozos al tiempo que tensa completamente el rostro.

Gael: Ella, de hecho, envenenó al secuestrador mientras este estaba en prisión, solo que la policía nunca dio con su paradero al ver que era un nombre falso y para aquel entonces no existía un sistema de videovigilancia tan avanzado como el actual.

María José aprieta los papeles entre sus manos.

María José: (furiosa) Entonces fue ella. Paula mató a mis padres. ¡Fue esa maldita desgraciada!

Gael: La conexión es innegable como para decir que es una casualidad, pero no puedo asegurártelo al cien por ciento.

María José: (exaltada) ¡Tú acabas de decirme que hay una alta posibilidad!

Gael: Sí, pero esto todavía no es suficiente para llevarla a prisión, María José. Entiéndelo.

María José: (indignada) ¿Ah, no? ¿Y entonces qué sería suficiente según tú? Estos reportes son muy dicientes. ¿Qué más pruebas se necesitan?

Gael: Pruebas más sólidas. Testimonios, evidencia física, algo que pueda sostenerse ante un juez. Si reabrimos la investigación, existe la posibilidad de que sea detenida, sin embargo, con lo que tenemos ahora lo más probable es que termine libre.

María José: Esto es increíble…

María José arroja furiosa el expediente sobre el escritorio.

María José: Emiliano Fonseca mató a varias personas, destruyó vidas y sigue caminando como si nada. ¡Mató a Juan! 

Gael baja la mirada con incomodidad. 

María José: ¡Y ahora resulta que mi propia madrina también puede haber estado detrás de todo lo que me pasó y tampoco podemos hacer nada!

Gael: Entiendo que estés enojada, furiosa, indignada porque yo también lo estaría, pero trata de ser racional.

María José: ¡No puedo! ¡No me pidas eso! 

María José siente que los ojos se le llenan de lágrimas, no de tristeza, sino de rabia.

María José: Estoy cansada de que estas personas… ¿Qué digo personas? ¡Estoy cansada de que estos monstruos se salgan con la suya! ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo van a andar libres sin pagar por el daño que han hecho?

Gael: Dale tiempo a las cosas. Tarde que temprano van a caer.

María José: ¿Tiempo? ¡Gael, estos crímenes llevan años impunes! Emiliano, Paula y tu papá no se merecen la libertad. ¡Merecen pudrirse en prisión! Y si tú, que eres la supuesta autoridad, no eres capaz de hacer nada, yo sí me harté.

María José se levanta de golpe. Gael también se pone de pie.

Gael: Tranquilízate, por favor. No vayas a involucrarte en algo que te ponga en peligro. Déjamelo a mí.

María José: Me cuesta confiar en una persona como tú que encubre a un asesino por ser su papá. Lo siento, pero no puedo. 

María José no se da a la espera y sale abruptamente de la oficina.

Gael: ¡María José!

Gael sale tras ella.

Gael: ¡María José, espera!

La joven continúa caminando sin detenerse. De pronto, un policía auxiliar se acerca apresuradamente a Gael.

Policía: ¡Detective Luján!

Gael se detiene de mala gana.

Gael: ¿Qué pasa?

Policía: Nos acaba de llegar un caso de asesinato violento por el centro. Necesitamos ir de inmediato.

Gael mira hacia el lugar por donde se ha marchado María José.

Gael: (frustrado) Mierda…

El policía espera. Gael finalmente se resigna y lo sigue.

Gael: Voy por mis cosas. Espérame en la patrulla.

El policía asiente. Gael regresa a su oficina con evidente preocupación.


INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/OFICINA DEL PADRE CHUY – DÍA

Jorge entra a la oficina con su habitual porte solemne. Una monja madura se encuentra ordenando algunos documentos.

Jorge: Hermana, ¿qué se supone que está haciendo?

Monja: Estoy terminando de organizarle la correspondencia, padre y los expedientes de los niños. Vi que seguían muy desordenados.

Jorge: Puede dejarlo así. Yo me hago cargo. Detesto que entren a esta oficina sin mi consentimiento, así que de ahora en adelante, pídame permiso antes.

Monja: (apenada) Ah, claro. Está bien y disculpe usted. No volverá a pasar. 

La monja deja los documentos sobre el escritorio y se dirige a la salida.

Monja: Con permiso. 

Jorge: Espere, antes de que se vaya, ¿ha visto a Damián? Hoy no lo vi en el comedor durante el desayuno y tampoco lo he visto por ahí. 

Monja: ¿Él no le avisó?

Jorge: (extrañado) ¿Avisarme qué?

Monja: Damián se fue ayer en la tarde, padre Jorge. 

Jorge frunce ligeramente el ceño.

Jorge: ¿Cómo que se fue?

Monja: Sí, eso mismito. Me entregó las llaves de su celda y me agradeció por todo porque ya iba a devolverse a su pueblo. Incluso me dejó un paquete para usted que dejé ahí en el escritorio.

Jorge voltea a ver una llamativa caja bien decorada y puesta sobre el escritorio.

Monja: Dijo que era un regalo para agradecerle por la estancia en el orfanato.

Jorge: (extrañado) Está bien. Puede retirarse.

Monja: Y algo más que ya se me olvidaba. También llamó muy temprano el monseñor. Me pidió que le dijera que se presente con urgencia en el despacho del obispado hoy mismo.

Jorge se extraña aún más.

Jorge: Entiendo. Gracias.

La monja asiente y sale. Jorge espera a quedarse solo antes de cerrar la puerta. Luego se acerca al escritorio con suspicacia.

Jorge: No lo comprendo. ¿Cómo osó a irse sin mi autorización y sin decirme nada ese ingrato? ¿Con quién cree que trata? (Comienza a destapar la caja) ¿Qué podrá haber dejado aquí?

La abre y su rostro cambia de inmediato al ver el contenido. Dentro hay varias fotografías. El hombre comienza a revisarlas y desencaja el rostro al reconocer cada una de ellas, puesto que son imágenes explícitas de los momentos íntimos que tuvo con Damián, además de fotografías tomadas aquella noche en el bar. Jorge respira cada vez más rápido.

Jorge: (impactado) Esto… Esto no puede ser. ¿Cómo se atrevió ese maldito?

Jorge pasa una foto tras otra y apenas puede recuperarse de la impresión al ver que su intimidad ha quedado capturada en esas imágenes. Desorbita los ojos y ve que en el fondo de la caja, hay una tarjeta con una inscripción, la cual se apresura a leer. 

Damián: (voz en off) “Espero que estas fotitos le hayan servido para recordar que, detrás de tanto discurso de moral y pecado, usted es igual de pecador que cualquiera”.

Jorge tensa completamente la mandíbula.

Damián: (voz en off) “Quién iba a decir que el padre de la moral terminaría usando pantimedias y yéndose a un bar de esos que tanto condena. Le aconsejo que se coma las fotitos o las queme si no quiere que anden por ahí”.

Jorge arruga la carta con violencia.

Damián: (voz en off) “Nos vemos, padrecito. Y gracias por la diversión”.

Jorge rompe en picadillos las fotografías y la carta. Tiembla de rabia y por unos segundos pierde completamente la compostura.

Jorge: ¡Maldito! ¡Maldito pecador! ¡Es un hijo de puta, un maldito!

Jorge se ve tan enojado que incluso ha adoptado un color rojizo leve y fuera de sí, comienza a comerse los pedacitos que ha roto. Come con desespero, como si quisiera borrar cualquier evidencia, aunque inútilmente. Luego traga los pedazos al punto de que se ahoga y comienza a toser. El hombre siente que se queda sin aire y se dirige al dispensador de agua de donde se sirve un vaso, del cual bebe rápidamente al punto de derramarse un poco sobre la sotana. Respira profundamente y se ve ansioso, sin darse cuenta de que un joven seminarista ha entreabierto la puerta de la oficina, observando todo. Es el mismo seminarista con el que el corrupto sacerdote había celado a Damián días antes.

Jorge: ¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo hacerme esta porquería?

Jorge se queda pensativo y parece ocurrírsele una idea, por lo que regresa al escritorio y comienza a desordenar papeles con desespero. Encuentra un directorio y busca un número en específico para luego agarrar el teléfono y llamar. El seminarista sigue observando con suma discreción, aunque nervioso.


INT. MOTEL/HABITACIÓN – DÍA

Damián, entretanto, se encuentra recostado sobre la cama, jugando distraídamente con las llaves de la habitación mientras habla por celular. Tiene una sonrisa de satisfacción.

Damián: Pues eso te cuento, mi rey. El trabajito ya quedó. Es más, me había hecho cuate de un seminarista de allá del orfanato y le pedí el favor de que me mantuviera informado de cualquier movimiento de la Georgy. ¿Y qué crees? Me acaba de llamar para decirme que el vejete hasta se comió las fotos, tal y como me pediste que le escribiera en la carta.

Damián se echa a reír a carcajadas.


INT. CORPORATIVO FONSECA/ASCENSOR – DÍA

Juan está al otro lado de la línea, escuchando con satisfacción las noticias y sonríe con amargura.

Juan: Buen trabajo. Hubiera pagado por verle la cara ese infeliz cuando se comía las fotos y ahora se le viene lo peor. El muy pendejo ni se imagina que ya el monseñor debió recibir el mismo paquete.


INTERCUT JUAN/DAMIÁN

Damián: Sí, güey. Lo malo es que este cuate también escuchó cuando la Georgy llamó al número real del seminario de Valladolid y ya se dio cuenta de que yo no soy ningún seminarista. 

Juan: Eso es lo de menos. De hecho, hasta me agrada que se dé cuenta de que cayó en una trampa, justo él que cree tener todo bajo control. Debe sentirse patético en estos momentos.

Las puertas del ascensor se abren en el piso principal. Juan sale.

Damián: Ni que lo digas. El vejete me caía gordo. Tuve que aguantarle un par de bofetadas que me pegó.

Juan: Voy a remunerarte por todo. ¿Qué has pensado de la propuesta que te hice?

Damián se queda un momento en silencio.

Damián: Todavía no lo he pensado, güey. Dame hasta mañana por lo menos y te doy mi respuesta cuando nos veamos.

Juan: Me parece bien. Nada más recuerda que eres un tipo muy valioso que merece mucho más que esa vida que has llevado.

Damián se pone un poco nostálgico la oírlo.

Juan: No obstante, la decisión es tuya. Mándame tu ubicación y allá nos encontramos. Por ahora te dejo. 

Damián: Va. Más tarde te escribo.

Juan cuelga el celular y lo mete en su bolsillo. Camina con paso firme y al pasar, cruza miradas con Grettel. Ella se queda observándolo fijamente y extrañada por la presencia de él allí. 

Grettel: (susurrando) ¿Qué está haciendo aquí si nunca viene?

Juan la ignora y continúa su camino sin detenerse hacia la oficina presidencial.


INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – DÍA

Emiliano y Roberto platican, ambos sentados y separados por el escritorio en medio. Emiliano está recostado en la silla, entrelazando los dedos con un aura oscura.

Roberto: (asustado) Emiliano, lo lamento, pero no tengo contactos con ese tipo de gente. Yo no soy un sicario.

Emiliano: Fácil, cabrón. Consíguela que para eso te pago bastante bien y además, no te hagas el pendejo, que ya me has ayudado un chingo de veces con cosas parecidas.

Roberto: ¿Parecidas? Te he ayudado a tapar desvíos de dinero, a desaparecer los registros del fraude de las constructoras y hasta arreglé las pruebas para que no incriminaran al corporativo en el caso de los contratos de la línea de metro donde se inflaron los costos. Esto que me estás pidiendo es diferente.

Emiliano: Es exactamente lo mismo, Roberto. Quiero que quites del medio a la cabrona de la María José y no solo por meter las narices en el asunto del orfanato, sino porque sabe demasiado y no me conviene. 

Roberto: (frustrado) Te repito que…

Emiliano: ¡Me importa una mierda lo que tengas para repetir! ¡Ten huevos! ¡Ten pantalones, hombre! 

Roberto: ¿Qué tal si algo sale mal?

Emiliano: Es tu problema. Tú me respondes, pero quiero muerta a esa vieja y que no pase de esta noche. 

De repente, la puerta se abre. Juan entra sin ni siquiera llamar.

Emiliano: ¿Qué carajos haces entrando así en mi territorio, pendejo? 

Juan: Perdón por interrumpir. No sabía que estabas ocupado.

Roberto: (levantándose) Está bien. De todos modos ya me iba.

Emiliano: Espero que no se te olvide lo que hablamos. 

Roberto: (poco convencido) Cuenta con ello.

Roberto toma su portafolio y se dirige a la puerta.

Roberto: Hasta luego, joven.

Juan no le responde. El abogado cierra la puerta.

Emiliano: (molesto) ¿Tú qué quieres?

Juan: Deberías bajarle a tu mal humor, tío. Me parece que te está cobrando factura porque mírate. Te ves bien demacrado. Los días de descanso en la casa no te sirvieron.

Emiliano: No es asunto tuyo. Habla.

Juan: Bueno, vamos al grano. Yo tampoco quiero andarme con preámbulos.

Juan saca un sobre del interior de su chaqueta y lo lanza sobre el escritorio. Emiliano lo mira con extrañeza.

Emiliano: ¿Qué es eso?

Juan: Estuve investigando con mi contacto y creo que ya sé quién está detrás de los anónimos.

Emiliano: (con desconfianza) ¿Cómo garantizas que esto no es más que un teatrito de tu parte para engañarme?

Juan: (con indiferencia) Es tu pedo creerme o no. En estos momentos soy la única persona en la que puedes confiar y si no quieres aceptar mi ayuda, pues allá tú.  

Emiliano aún no termina de fiarse y mira con seriedad al muchacho. Juan tampoco le es indiferente y se mantiene firme.

Juan: ¿Qué esperas? ¿Vas a quedarte con la duda? 

Emiliano toma el sobre sin decir nada. Lo abre con cierta cautela y saca varias fotografías. Las observa una por una, cada vez con mayor desconcierto. Octavio aparece allí, fotografiado desde la distancia, entrando a un antiguo edificio y luego saliendo.

Emiliano: (desconcertado) ¿Y este pendejo qué hace aquí?

Juan se acerca ligeramente al escritorio.

Juan: Tal y como puedes ver, ese lugar de donde sale tu experro faldero es el orfanato donde tú y Paula estuvieron antes de que los adoptaran. Es el que registra en los papeles de adopción que te enviaron.

Emiliano levanta la mirada hacia él, sorprendido.

Emiliano: ¿Cómo chingados conseguiste esto?

Juan: Te dije que tengo un contacto. Es un viejo amigo que conocí en el club. Trabaja como policía y me ha estado ayudando.

Emiliano vuelve a mirar las fotos y pasa una tras otra.

Emiliano: Entonces era este infeliz. ¿Cómo se dio cuenta de la verdad? Él no tenía cómo saberlo.

Juan: Porque no está solo. Hay alguien más. 

Emiliano continúa revisando las fotografías. En efecto, ve que en otras, Paula entra y sale del departamento donde ahora reside Octavio. Emiliano se queda serio. 

Emiliano: Paula… (Dice con un deje de rabia)

Juan: Ajá. Por lo que pude averiguar, han estado reuniéndose y si juntas esto con los anónimos, todo apunta a que ellos dos están detrás de todo.

Emiliano frunce el ceño, mirando las fotos con rabia contenida.

Juan: Paula quiere destruirte, Emiliano. Tú lo escuchaste de boca de mi mamá esa noche que la corrió de la casa y ese ha sido su único objetivo desde que llegó. De seguro sabía de antemano que ustedes son adoptados y ahora quiere usar eso en tu contra.

Emiliano arruga las fotos, empuñándolas en su mano.

Juan: De hecho, esto no quise decirlo esa noche con el escándalo para seguir fingiendo, pero la razón por la que la acosté con ella fue para sacarle información.

Emiliano: ¿Información?

Juan: Paula quiso envenenarme cuando estaba en prisión y lo sé porque mi contacto en la policía arrestó al agente que me llevó la cena envenenada a la celda una noche antes del juicio. Me salvé nada más porque no tenía apetito y se la di a otro güey que estaba encerrado conmigo.

Emiliano: (con molestia) Es una perra traidora, una más. Todas las pinches viejas siempre sacan las uñas cuando menos uno se lo espera. Bien hice en sospechar de ella desde el principio y la muy cabrona se hizo la santita.

Juan: Evidentemente. Paula podría manipular esos papeles para hacer parecer que fuiste el único al que mis abuelos adoptaron. Octavio seguramente pidió los folios originales en el orfanato y así, no tendrías nada con qué contraatacar.

Emiliano se queda pensativo, moviendo la pierna con ansiedad.

Juan: El tiempo corre. Está más claro que el agua que esos dos te quieren clavar un puñal por la espalda y ambos tienen razones. Octavio casi se muere por tu culpa y a Paula, pues la traicionaste hace años.

Juan se aleja y toma asiento en un sofá al frente del escritorio. En la mesa central hay un justo un tablero de ajedrez.

Juan: Yo que tú actuaría cuanto antes y si permites, podría ayudarte.

Emiliano: (incrédulo) ¿Tú ayudarme? 

Juan mira de reojo el tablero de ajedrez que se encuentra sobre la mesa, se inclina ligeramente hacia adelante y juega con las piezas.

Juan: En el ajedrez hay que saber cuándo sacrificar una pieza para ganar la partida.

Juan coloca la reina sobre el tablero.

Juan: Paula es la reina. Es la que mueve las piezas y la que probablemente está pensando varios pasos adelante.

Luego toma uno de los peones.

Juan: Octavio, en cambio, es un simple peón. Puede ser peligroso si llega hasta el otro lado del tablero, pero mientras siga avanzando por órdenes de alguien más, no deja de ser una pieza sacrificable.

Emiliano observa la confianza del joven, una confianza desconocida para él. Juan mira al primero con mucha seriedad.

Juan: Octavio es el primero por el que debemos ir.

Emiliano entrecierra los ojos.

Emiliano: ¿Tú proponiéndome que mate a alguien? De veras que te estoy desconociendo últimamente, muchacho. 

Juan: Me has subestimado, Emiliano. Puedo ser de bastante utilidad, solo que no me has dado chance de demostrarte de lo que puedo ser capaz. 

Emiliano se recuesta en la silla entrecruzando los dedos sin convencer

Juan: Déjame demostrártelo esta vez. Yo puedo encargarme de los detalles. Hay que tenderle una trampa. Paula confía en mí y puedo usarla. Tomo su teléfono, me hago pasar por ella, cito a Octavio a cierto sitio y… ¡Zas! Tú te ocupas del resto.

Emiliano no responde, aunque parece asentir a los planes de su sobrino con una sonrisa de aprobación.


EXT. ANCIANATO – DÍA

Paula, entretanto, espera sentada en el asiento de copiloto de un vehículo y usa lentes de sol. Octavio sale del recinto y entra al auto, sentándose en el asiento principal.

Paula: ¿Y bien? ¿La encontraste?

Octavio: (negando) Por desgracia, no.

Paula: ¿Cómo no? Me dijiste que en el orfanato te habían dicho su nombre y según lo que averiguaste, terminó en este asilo.

Octavio: Sí, pero la vieja falleció hace unos meses. 

Paula: (sorprendida) ¿Falleció?

Octavio: Es lo que me informaron.

Paula se queda pensativa y tiene un recuerdo.


FLASHBACK

INT. RESTAURANTE – DÍA

Paula y Juan se encuentran sentados frente a frente. Juan habla con tranquilidad mientras ella lo escucha con atención. Es la continuación de la conversación que ambos tuvieron en el restaurante un día después del altercado entre Fernanda y Paula.

Paula: ¿Cuál es esa pieza que dices que nos puede servir para atacar a Emiliano?

Juan: Octavio.

Paula: (extrañada) ¿Octavio? ¿Por qué?

Juan: Él debe tener motivos suficientes para odiar a Emiliano. Después del accidente que tuvimos cuando secuestramos a Juan, Emiliano lo desechó.

Paula mira al muchacho con suspicacia.

Juan: Tenemos que hacer que Emiliano crea que él es quien quiere sacar a la luz que ustedes dos son adoptados.

Paula: ¿Y cómo se supone que vamos a conseguir eso?

Juan: Ponlo de nuestro lado. Visítalo. Pídele que vaya al orfanato y averigüe quién es tu madre biológica. 

Paula: No me interesa saber quién es. 

Juan: Es tu decisión. Tú solo dile que quieres averiguar quién es para saber tu origen o por qué te abandonó, no sé. Invéntate algo. Lo único que necesito es que Octavio vaya al orfanato para poder fotografiarlo. Es como una manera de incriminarlo. ¿Entiendes?

Paula: (intrigada) ¿Para qué?

Juan:  Para mostrarle luego esas fotos a Emiliano nada más para que crea que Octavio quiere chantajearlo con lo de la adopción. 

Paula: Definitivamente me impresionas. Tienes todo ya fríamente planeado, aunque sigo sin comprender a dónde nos va a llevar tu dichoso plan.

Juan: Fácil. Emiliano no va a dudar en deshacerse de Octavio. Tú ya lo conoces. Él siempre se deshace de lo que le estorba. Voy a proponerle que lo secuestre y lo lleve a un lugar que yo pienso sugerirle. De esa forma, tendré chance de grabarlos confesando lo que han hecho.

Paula: ¿Y después?

Juan: Después voy a hacer que arresten a Emiliano.

Juan dice aquello con frialdad. Paula esboza una sonrisa de aprobación ante la idea.

FIN DEL FLASHBACK


FLASHBACK

INT. EDIFICIO DE APARTAMENTOS – DÍA

Paula justo sale del ascensor mientras habla por celular y camina con elegancia a la salida. El guarda de seguridad se queda viéndola con suspicacia.

Paula: Vengo de hacerle una interesante visita a Octavio. 


CORTE A:

INT. AUTO DE JUAN – DÍA

Juan va conduciendo mientras habla por el auricular. 

Juan: ¿Y bien? ¿Cómo te fue?


INTERCUT JUAN/PAULA

Paula: Cayó redondito en la trampa. Logré ponerlo de nuestra parte y aceptó.

Juan: Me da gusto oírlo. ¿Le pediste que vaya al orfanato para que averigüe quién es tu madre biológica?

Paula: Sí, aunque no me dijo cuándo iría para que puedas fotografiarlo como quieres y tampoco le insistí en que me dijera para no se le hiciera extraño.

Juan: No te preocupes. Tengo a alguien cercano ahí en el edificio que va a notificarme de cualquier movimiento de Octavio. 

Paula arquea una ceja con sorpresa y voltea a ver al guarda, sospechando de él.

Juan: (sonriendo) Llámame si tienes alguna noticia.

Juan cuelga la llamada. Paula guarda su celular en su bolso. Mira una última vez al guarda y sale del edificio sin más.

FIN DEL FLASHBACK


Paula deja de recordar, mirando a través del parabrisas Octavio se queda viéndola, extrañado. 

Octavio: ¿Qué tanto piensas?

Paula: Tenía curiosidad por ver a la mujer que fue capaz de abandonarme en ese sitio cuando era una recién nacida. Quería que me dijera en la cara por qué me abandonó.

Octavio: Quita esa cara. Da igual si la difunta vieja era tu madre biológica. No iba a cambiar en nada las cosas.

Paula: Quizás tengas razón, aunque es inevitable no preguntarse por qué te rechazaron cuando naciste.

Octavio: Lo único que le pude sacar a las enfermeras es que la vieja les contaba que enviudó joven, así que lo más probable es que te hubiera abandonado por la situación económica. ¿Quién sabe? Dos hijos, viuda y sin lana para esa época estaba cañón…

Paula: (pensativa) En fin. Mejor ya vámonos. No tenemos nada más qué hacer aquí. 

Octavio: ¿Cuándo vamos a usar los papeles de adopción?

Paula: Todavía no. Christian y yo tenemos que hablarlo primero. Por ahora, llévame a mi departamento. Venir aquí me puso mal y me hace recordar que solo fui una recogida a la que adoptaron por caridad. 

Octavio: Como quieras.

Octavio mira de reojo a la mujer con cierto misterio, enciende el auto, jala el freno de mano y se marchan de allí. 


INT. ARQUIDIÓCESIS/DESPACHO DEL MONSEÑOR – DÍA

Jorge llega al despacho del monseñor caminando con evidente tensión. Mientras avanza por el pasillo, nota que varias personas se quedan mirándolo con discreción y algunos empleados cuchichean entre ellos. Jorge intenta ignorarlos y mantiene la cabeza en alto, aunque las miradas comienzan a incomodarlo.

Jorge: (susurrando) ¿Qué tanto miran? ¿Qué está pasando?

Finalmente llega hasta la recepción.

Jorge: Buenas tardes. Tengo una cita con el monseñor Bernardo López.

Secretaria: ¿Es usted el padre Jorge Mendoza?

Jorge: En efecto.

Secretaria: Entiendo, en ese caso siga, por favor. El monseñor lo está esperando.

Jorge: ¿Él ya sabe que llegué?

Secretaria: Me pidió que lo dejara pasar en cuanto llegara.

Jorge se extraña, asiente y se dirige hacia la puerta, pero antes de entrar, se ve nervioso.

Jorge: (susurrando) ¿De qué se trata todo esto?

Respira profundamente, se acomoda la sotana, alza la mano y toca la puerta.

Monseñor: (desde adentro) Sí, adelante.

Jorge entra. El monseñor se encuentra sentado detrás de su escritorio, muy serio. Es un hombre de avanzada edad que luce exactamente igual a Evaristo, el difunto padrino de Juan, al cual Jorge nunca conoció.

Jorge: Buenas tardes, monseñor.

Bernardo: Buenas tardes, padre. Lo estaba esperando. Tome asiento, por favor.

Jorge cierra la puerta, toma asiento y nota que hay una caja de regalo encima del escritorio, aunque abierta. Jorge empalidece al reconocer la caja y la decoración, pues es del mismo estilo de la que recibió en la mañana.

Jorge: Me ha sorprendido un poco esta citación tan inesperada. ¿Ocurre algo?

Bernardo: Me temo que sí y ni siquiera encuentro las palabras para abordar un asunto tan delicado.

Jorge: Me preocupa. ¿Tan grave es?

Bernardo: Véalo y respóndamelo usted mismo.

El monseñor saca de la caja decenas de fotografías y las hace deslizar sobre el escritorio. Jorge ni siquiera las agarra y tan solo las mira por encima, pues ya lo sospechaba.

Bernardo: ¿Reconoce su rostro en esas fotografías, padre?

Jorge ni siquiera es capaz de mirar a los ojos a su superior.

Bernardo: Dígame. ¿Reconoce que es usted?

Jorge: Monseñor, si me permite explicarle…

Bernardo: (lo interrumpe) Esto no necesita explicación. Es más, es una completa aberración. En estas fotografías aparece usted teniendo relaciones sexuales con otro hombre y hasta en un trío. ¿Va a decirme que se trata de un montaje profesional?

Jorge es incapaz de responder.

Bernardo: (muy molesto) ¡Diga algo!

Jorge: Lamento mucho que esto haya tenido que llegar hasta usted.

Bernardo: El problema no es que me llegara esta caja. El problema es que incluso ya hay videos circulando por ahí en internet y en redes sociales sin censura. 

Jorge se espanta al oírlo. 

Bernardo: Me han llamado periodistas y el caso ya se está haciendo viral. ¿Cómo pudo cometer algo tan bajo? 

Jorge: (muy apenado) Monseñor, yo no pensé que…

Bernardo: Exacto, no pensó y ahora con su conducta inmoral y escandalosa ha manchado el nombre de la Iglesia que ya bastante se ha visto afectada con otros sacerdotes iguales a usted.

Jorge: El demonio me ha hecho caer en cosas que no debía. Puedo asegurarle que luché con todas mis fuerzas, pero no lo logré. No es justo que me lapiden por una caída.

Bernardo: Usted no es un sacerdote recién ordenado para que se dé el lujo de excusarse de esa forma tan cínica. Lleva años ejerciendo el ministerio y sabe perfectamente cuáles son sus votos. 

Jorge permanece cabizbajo, lleno de vergüenza.

Bernardo: ¿Tiene idea del daño que está provocando? La reputación de la arquidiócesis está siendo cuestionada por culpa de un sacerdote que decidió utilizar un orfanato como si fuera su habitación privada. ¡Qué vergüenza!

Jorge: Puedo explicarlo, de verdad.

Bernardo: ¡No me interesa oír explicaciones rebuscadas!

Jorge: Le ruego que me escuche. Fui víctima de una estafa. El hombre que aparece en esas fotos con el rostro difuminado se infiltró en el orfanato y me mintió diciendo que era un seminarista que venía de misión con el firme propósito de tentarme. Debe creerme.

Bernardo: ¿Y qué si fue así? ¿Va a echarles a otros la culpa de su caída?

Jorge se queda sin argumentos ante tan contundentes cuestionamientos.

Bernardo: No intente lavar sus pecados de una forma tan egoísta, padre. El único responsable aquí fue usted porque nadie lo obligó a nada. Bien pude verlo en estas fotos y en los videos que ya se subieron a internet. 

Jorge comienza a temblar y el rostro se le desencaja. Mira con ojos suplicantes a su superior.

Jorge: Perdóneme, por favor. Puedo asegurar que arreglaré este escándalo. Me voy a encargar de buscar a ese muchacho para que confiese lo que hizo a los medios si es necesario.

Bernardo: Una cosa así no serviría de nada. El material es bastante claro y usted parecía disfrutar de esos actos sin ningún remordimiento. Incluso hasta usaba prendas de mujer.

Jorge derrama un par de lágrimas discretas, sintiéndose completamente humillado.

Bernardo: Mire, padre. Lamento tener que tomar esta decisión, pero a partir de este momento, como su superior, voy a suspenderlo de sus funciones eclesiásticas. No podrá celebrar misa ni administrar ningún sacramento hasta nueva orden.

Jorge: Monseñor, no me haga esto.

Bernardo: Es mi deber como pastor de la arquidiócesis velar por la rectitud de nuestra iglesia y no puedo ignorar estas pruebas, así que vamos a abrir una investigación de la cual probablemente será usted destituido como sacerdote. De una vez se lo adelanto.

Jorge: Ruego que no me quite lo más importante que tengo en mi vida. Yo amo ser sacerdote. Es lo único que me da sentido.

Bernardo: (furioso) ¡Cállese, padre! ¡No juegue con el sagrado sacramento del sacerdocio de esa forma tan vil y tan hipócrita! 

Jorge: Monseñor, se lo ruego…

Jorge se apresura a ponerse de rodillas frente al monseñor y lo toma desesperado de las manos.

Bernardo: ¿Qué hace?

Jorge: ¡No me destituya! ¡Haré lo que sea, pero no me remueva de mi cargo!

Jorge se atreve a besarle las manos. Bernardo se aparta.

Bernardo: ¡Suficiente! ¡Levántese de inmediato!

Jorge: Por favor, se lo suplico.

Bernardo: He tomado una decisión y nada me hará cambiar de opinión. Yo ya había recibido acusaciones de maltrato infantil de su parte e íbamos a abrir una investigación, solo que la suspendí por petición del padre Jesús Ramírez, pero esta vez no se va a salvar.

Jorge: Todas son calumnias. Yo jamás me atrevería a ponerle un dedo encima a esas criaturas. ¡Se lo juro!

Bernardo: No jure en vano ni cometa más pecados de los que ya ha cometido. Más bien debería aceptar con humildad sus errores y arrepentirse de corazón. 

Jorge: Entonces ¿eso es todo? ¿Después de lo que he hecho por esta arquidiócesis y por el orfanato me va a echar como si fuera cualquier delincuente?

Bernardo: Nadie lo está echando como un delincuente. Usted está siendo apartado porque demostró que no merece la confianza que exige su cargo. Deberá entregar las llaves del orfanato, documentos y cualquier otra pertenencia relacionada con su cargo. Tampoco podrá presentarse ante los niños, los trabajadores o los seminaristas como autoridad de esa institución.

Jorge: ¡He dedicado años de mi vida a ese lugar!

Bernardo: Y precisamente por eso debería avergonzarse de haberlo utilizado para satisfacer sus propios deseos.

Jorge se queda mudo.

Bernardo: He terminado. Puede retirarse.

Bernardo le da la espalda. Jorge aprieta los puños, humillado. Tarda unos segundos en reaccionar y finalmente se levanta del piso, camina hacia la puerta y sale, sintiéndose completamente derrotado. La secretaria y varios empleados que se encuentran en el pasillo se quedan mirándolo en silencio. Jorge intenta mantener la dignidad y continúa caminando.


INT. DEPARTAMENTO DE PAULA – NOCHE

Ha anochecido. Paula se encuentra en bata, bebiendo una copa de vino mientras observa distraídamente el panorama nocturno de la urbe. De repente, suena el timbre. La mujer deja la copa sobre la mesa, se dirige a abrir y, al hacerlo, se encuentra con Juan.

Paula: (sonriente) Eres puntual. 

Juan: No podía faltar. Me pediste que viniera con urgencia.

Juan entra. Paula cierra la puerta y se queda viéndolo con una sonrisa suspicaz a la vez que curiosa. Juan lo nota.

Juan: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué te me quedas viendo así?

Paula se acerca a él con una actitud seductora, admirándolo de arriba hacia abajo.

Paula: Quería que me hicieras un poco de compañía. 

Juan: ¿Por qué?

Paula le acaricia el puente de la nariz con el dedo índice.

Paula: Quiero sentirme mujer esta noche y me hace falta un buen revolcón de un macho.

Juan: ¿Me llamaste solo para eso?

Paula: Hace unos días fuiste tú quien me buscó, ¿y ahora me lo dices en ese tono?

Juan: No lo tomes a mal. Es que pensé que era importante.

Paula: Lo es.

Paula se aleja con una sonrisa y vuelve a tomar su copa de vino mientras habla.

Paula: Hoy fui a un asilo en el que supuestamente estaba internada la mujer que me abandonó. Octavio me llevó, por lo que asumo que sí fue al orfanato e investigó quién era. Yo supongo que sí lograste tomarle las fotos.

Juan: Sí, así es. ¿Y qué hay de tu madre biológica? ¿Lograste verla?

Paula: Murió hace meses. 

Juan: Caray, qué mal.

Paula: La verdad a mí me da igual, aunque no niego que me removió algo por dentro el solo hecho de tener la oportunidad de encararla para preguntarle por qué me abandonó y recordé que esa es una sensación que tú debes comprender perfectamente.

Juan se extraña. Paula toma un sorbo de vino.

Paula: Después de todo, a ti también te abandonaron cuando eras un recién nacido. Es más, por poco te matan.

Juan arquea una ceja con confusión.

Juan: ¿De qué estás hablando?

Paula: Ay, no te hagas, querido. Has hecho un excelente papel, pero aunque actúes de maravilla, un buen actor a veces se puede salir de su personaje. 

Paula le sigue sonriendo al tiempo que sostiene la copa de vino y luego se dirige a su laptop, puesta sobre el comedor de cristal. La mujer usa el touchpad para buscar algo allí y una grabación comienza a reproducirse.


GRABACIÓN

Jorge: (con burla) ¿Creyó que iba a ocultar esta mentira por siempre? ¿De verdad creyó que podría? De mi control no escapa nada. Usted ya debería conocerme.

Juan: Maldito, no se le ocurra abrir la boca o lo va a lamentar.

Jorge: Yo le aconsejaría que se calme y me suelte porque cuando salga de acá, podría hundirlo. Emiliano Fonseca lo matará sin pestañear cuando sepa quién es usted.

FIN DE LA GRABACIÓN


Paula pausa el audio. 

Juan: (pensamiento) Me imaginé que se enteraría. Escuchó toda mi conversación con Jorge. 

Juan permanece callado y serio, aunque se tensa por completo al ver que su secreto ha sido descubierto por alguien más.


INT. EDIFICIO – NOCHE

Un taxi se detiene frente al lujoso complejo de departamentos. María José baja apresuradamente y mira hacia el edificio. La joven no se percata de que, a cierta distancia, un vehículo permanece estacionado con varios sujetos en su interior, quienes la observan atentamente. María José entra al complejo y se acerca al guarda de seguridad, quien no pone buena cara al verla.

María José: Buenas noches, señor. 

Guarda: Buenas noches, señorita.

María José: Vengo a ver a mi madrina. 

Guarda: Perdóneme. Hoy no puedo dejarla pasar así nada más. La última vez doña Paula misma me llamó para reclamarme por haberla dejado entrar sin avisar.

María José: Lo lamento, pero de verdad necesito hablar con ella. Es algo urgente.

Guarda: Y yo lo siento, pero no puedo volver a meterme en problemas.

María José: Por favor, señor. Esto es de vida o muerte, y se lo estoy pidiendo de buena manera. Necesito ver a esa mujer. Le juro que es la última vez. Van a ser solo unos minutos.

Guarda: (resignado) Está bien, aunque si ella vuelve a reclamarme, yo no sé nada. Dígale que usted entró a la fuerza.

María José: (asintiendo) Se lo prometo.

El guarda le hace un gesto para que pase. María José entra al elevador sin notar que, desde el exterior, los sujetos que la seguían continúan al pendiente de ella. 


INT. DEPARTAMENTO DE PAULA – NOCHE

Juan acaba de verse acorralado por su tía, quien le ha dejado saber que está al tanto de su verdadera identidad. El joven permanece serio.

Paula: Tal como puedes ver, querido, desde que me instalé a vivir en la casa, puse micrófonos en varios cuartos y lugares. Llevo meses grabando todas las conversaciones, incluida esta y también esa donde la zorra de tu mamá confesaba que te había violado. ¡Bueno, corrijo! Que había violado a Christian. 

Paula niega con la cabeza con una falsa indignación.

Paula: ¡Qué horror! Y pensar que yo me sentí como una degenerada cuando me acosté contigo. Ella en cambio abusó de su propio hijo.

Juan: Entonces fuiste tú… Fuiste tú la que le envió la grabación a Emiliano. 

Paula: Debía desquitarme de alguna manera. Fernanda me humilló de una forma horrible.

Juan: Pudiste ocasionar una tragedia. Emiliano casi la mata a golpes.

Paula: Lo sé y no te imaginas cómo disfruté escuchar los lamentos de esa malnacida. Lástima que luego llegaste tú a defenderla, pero en fin. El asunto que nos concierne no es ese, sino otro más interesante.

Juan no le responde y solo la observa con seriedad.

Paula: (burlándose) Ay, no me mires así y si lo que te preocupa es que te delate, puedes estar tranquilo porque no pienso hacerlo. Tu secreto está bien guardado conmigo, aunque no sé si pueda decir lo mismo de ese tipo que te está chantajeando.

Paula se le acerca sin borrar su sonrisa.

Paula: Por lo que escuché, quedaste de ir a verlo hoy, así que se me ocurrió llamarte para que vinieras a verme a mí en vez de a él para salvarte de caer en ese chantaje. Te eché una mano. ¿Lo ves?

Juan: Puedo explicarlo, Paula…

Paula: Es obvio que me vas a explicar. Tengo demasiada curiosidad por saber desde cuándo llevas montado este teatrito y cómo lo lograste porque déjame decirte una cosa, precioso. Has hecho un excelente trabajo digno de aplaudir.

Paula comienza a batir palmas. Juan no se inmuta y se ve sumamente tenso

Paula: (exaltada) ¡Te mereces una ovación de pie! ¡Mis respetos, eh! ¡Mis más sinceras felicitaciones!

Paula deja de aplaudir y lo mira de forma provocativa.

Paula: Es que ya se me hacía extraño. Christian siempre me pareció tan insípido, tan verde. Él no tenía carácter y esa seguridad que tienes tú...

Paula levanta una ceja, poniéndole las manos en el pecho por encima de la camisa.

Paula: Tú eres todo un hombre y en nada te pareces a ese muchacho que vi por mera casualidad ese día en el orfanato vestido con una sotana. De veras te creíste tu personaje y te salió muy bien. Te felicito, en serio. 

Juan: Esto lo estoy haciendo para buscar justicia. Tú bien conoces mi historia. Bien sabes todo lo que me tocó padecer. Emiliano me ha querido muerto desde que nací. Mató a mi padrino, a Christian. Octavio, por su parte, mató a mi mejor amigo. 

Paula: Lo sé, querido y no me lo tienes que recordar. Más bien yo te recuerdo a ti que si llegué a este país fue con el mismo objetivo que tú tienes. Los dos tenemos muchísimo en común y ambos queremos destruir a Emiliano. 

Paula comienza a desabotonar la camisa de él lentamente.

Paula: Yo no soy tu enemiga, por lo menos no ahora porque antes reconozco que te vi como una amenaza. Dos herederos, hijos de Gabriel, era demasiado. Tú estorbabas, pero ahora… 

Paula le acaricia el pecho con deseo.

Paula: Todo eso cambió. El juego cambió. Christian está muerto y tú eres el único que queda.

Paula intenta besarlo. Juan se aleja.

Juan: ¿Qué pretendes? ¿Que hagamos el amor como si nada después de todo lo que me estás diciendo?

Paula: (con una sonrisa pícara) ¿Qué tiene? ¿No te parece más excitante? ¿O es que acaso prefieres a María José?

Juan: No sé de qué estás hablando.

Paula: Ay, Juan. Déjate de tonterías, cariño. Es muy obvio que esa muchachita estaba enamorada de ti y algo pasó entre ustedes. No en vano arriesgó su vida ese día yendo al orfanato a advertirte que iban por ti. 

Juan voltea la cabeza hacia otro lado como afirmando con su gesto lo dicho por la mujer.

Paula: Mira. Me da igual si estabas enamorado de ella o no. En estos momentos, yo soy tu mejor aliada y supongo que tú piensas lo mismo porque de lo contrario no te habrías acercado a mí. 

Juan: ¿Cómo sé que no vas a traicionarme?

Paula: Nunca lo haría. Eres el único heredero vivo de Gabriel y a quien por derecho le corresponde todo el patrimonio de la familia. No sería tan estúpida como para traicionarte. Todo lo contrario… 

Paula se le acerca y le retira la camisa. La prenda se desliza lentamente de los hombros. 

Paula: Me conviene que nos llevemos bien y que sigas haciéndome tu mujer. Quiero que me hagas volver a arder como esa vez.

Paula pasa las yemas de sus dedos por el pecho firme de él y lo recorre como si fuera un mapa.

Paula: Quiero volver a sentir esa hombría, esa fuerza, ese olor a hombre que me hizo perder el control…

Paula lo besa apasionadamente. Juan apenas puede concentrarse para corresponderle y de repente, suena el timbre. Los dos miran a la puerta.

Paula: ¿Quién podrá ser?

Juan: ¿Estás esperando a alguien más?

Paula: (extrañada) Para nada.

El timbre vuelve a sonar con insistencia. Paula se dirige extrañada a la puerta. Juan, mientras tanto, recoge su camisa. La primera se inclina levemente y mira a través del ojo mágico. María José está afuera. Paula desencaja el rostro al verla.

Juan: (colocándose la camisa) ¿Quién es?

Paula se queda pensativa y de pronto se le pasa una idea por la cabeza.

Juan: ¿Paula?

Paula sonríe con malicia y decide abrir la puerta. María José se queda impávida al encontrarse en primer plano con su madrina en bata y con Juan, quien la camisa abierta y apenas se la estaba abotonando. Juan se impacta al verla.

CONTINUARÁ…


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