Capítulo 39: Ultimum iudicium (1° parte)

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JORGE – NOCHE

Todas las luces del recinto están apagadas y se oye un silencio absoluto. Jorge entra destrozado, humillado, sintiendo la derrota. Prende la lámpara de su mesita de noche y abre su armario, contemplando su ropa.

Jorge: Entonces se acabó para mí. Es así cómo termina. Tanto esfuerzo, tantos años protegiendo mi reputación, mi profesión y así acaba.

Jorge intenta no quebrarse y saca del armario el icónico vestido rojo que le perteneció a su madre. Lo quita con delicadeza del gancho, lo contempla y luego frota su rostro contra él.

Jorge: (con la voz quebrada) Mamá, no me dejes solo. Tú sabes que no soy malo (Rompe a llorar muy dolido). Tú me conoces y sabes que no lo soy. Yo solo soy como un infante, perdido y asustado; un infante al que le han hecho muchísimo daño. Yo soy una víctima…

Jorge no puede parar de llorar, preso de los nervios, se derrumba en el piso, aunque intenta controlar su oscuro llanto, sin dejar de abrazar el vestido.

Jorge: ¿Qué haré ahora? ¿Qué haré? (Repite con desesperación)

Jorge se queda pensativo, buscando una manera de huir. Está al borde del colapso e incluso tiembla. Por un instante, aparta el vestido y se le queda viendo. Endurece el rostro y parece que una fugaz idea se le ha cruzado por la cabeza.


FLASHBACK

Juan: Dame un día.

La sonrisa de Jorge se desvanece ligeramente.

Jorge: ¿Para qué?

Juan: Para preparar todo. Podemos vemos mañana en un hotel discreto. Lejos del orfanato y de esta casa.

FIN DEL FLASHBACK


Jorge: (dejando de recordar) Estoy seguro de que fue ese miserable de Juan de La Cruz. Damián no quiso confesarlo, pero él no tenía razones para arruinarme de esta manera. Juan lo planeó todo. ¡Estoy más que seguro que fue ese maldito desgraciado!

Jorge presiona el vestido entre sus manos con rabia que lo consume.

Jorge: Quiso vengarse de mí. Quiso destruirme, pero no le daré ese gusto. Voy a darle un golpe bajo a ese infeliz. Delatar su identidad será poco. ¡Verá de qué puedo ser capaz!

Jorge dice aquellas últimas palabras con una seguridad que asusta y que sirven de antesala para una noche llena de horrores.


INT. DEPARTAMENTO DE PAULA – NOCHE

María José apenas logra procesar la incómoda escena con la que se ha encontrado y que se interpreta por sí sola.

Paula: (con cinismo) ¡María José, qué sorpresa!

Juan ha empalidecido. María José entra sin pedir permiso, mira con reproche al primero y luego mira con rabia a su madrina.

Paula: No esperaba tu visita, mi princesa. Estoy ocupada como puedes ver.

María José: (muy seria) Me queda clarísimo y creo que esto era lo último que me faltaba por descubrir, aunque no me extraña en absoluto, “madrina”. 

María José le sonríe con hipocresía. Juan se abotona rápidamente la camisa. 

María José: Después de todo, una persona de tu calaña siempre vuelve a las andadas y supongo que para ti ser una prostituta barata es algo que haces por deporte. 

Paula frunce el ceño al oírla.

Paula: He sido muy tolerante contigo, muchachita y no voy a permitir que sigas viniendo a insultarme.

María José: ¿Te arde que te diga la verdad? Tú no eres más que una maldita arribista, una puta y una asesina tanto o peor que Emiliano Fonseca.

Paula: ¡Lárgate! ¡Lárgate si no quieres que…!

María José no la deja terminar y le pega una fortísima bofetada. Juan se tensa completamente enmudecido. 

María José: (furiosa) ¿Creíste que nunca me iba a enterar?

Paula se vuelve el rostro adolorida.

Paula: ¿Cómo te atreves, estúpida? 

María José: ¡Tú mataste a mis padres! Esto es nada para lo que se merece una desgraciada como tú.

Juan se sorprende al ver que la joven ya está al tanto. Paula la mira con profundo odio.

María José: Planeaste secuestrarme nada más para sacarles dinero y quitarlos de tu camino con el único objetivo de manipularme desde niña. No comprendo cómo pude ser tan imbécil y darle mi cariño a una basura como tú.

Paula: Estás desvariando. De seguro estás perdiendo la razón como cuando eras una pinche mocosa caprichosa. 

María José: No tiene caso que me lo niegues. Mandé a investigarte y tengo pruebas. Minerva Salas era tu pseudónimo.

Paula desencaja el rostro al sentirse descubierta.

María José: Era el nombre que usabas para prostituirte y el mismo que utilizaste para planear mi secuestro junto con los criminales que contrataste. Incluso a uno lo envenaste en la cárcel.

Paula: Pura palabrería sin sentido. Puedo meterte una demanda por calumniarme, ¿sí sabes?

María José: ¡Hazlo! Yo también quiero llevar todo este asunto a la corte. No te tengo miedo. Más bien reconoce aquí delante de tu amante que eres una pinche psicópata, aunque él seguramente ya estaba más al tanto que yo. 

Juan: María José, escucha, yo…

María José: (indignada) Tú no me digas nada. Eres un asqueroso. 

Juan siente que se quiebra al oírla llamarle por ese calificativo. 

María José: Y pensar que por un momento llegué a dudar de que fueras culpable de la muerte de Juan, pero ya veo que estaba en lo cierto. 

Juan: Te equivocas. Yo no maté a nadie, mucho menos a mi propio hermano. Me pusieron una trampa.

María José: ¡Cállate! Podrás haber engañado a Chela con lo del supuesto montaje, pero a mí no. Estoy segura de que tú y esta mujerzuela se pusieron de acuerdo para matar a Juan.

Juan desorbita los ojos al oírla.

María José: ¡Claro! Debían deshacerse de él porque no les convenía que anduviera vivo para reclamar su parte de la maldita herencia, ¿no? ¡Los dos son tal para cual!

Juan: Te aseguro que estás juzgándome mal. 

Juan quiebra un poco la voz.

Juan: Hay muchas cosas que no sabes y sí he cometido errores, pero no tienes la más remota idea de lo que me ha tocado pasar.

Paula interviene, disfrutando de la situación.

Paula: Déjala. No tienes que darle explicaciones y tú, María José, vete si no quieres que llame a la policía.

María José: (en actitud desafiante) Llámala. Quiero ver que lo hagas para que te arresten de una vez y te pudras en prisión.

Paula: ¡Ay, por favor! No tienes pruebas. No hay nada, absolutamente nada, que me incrimine, así que pierdes tu tiempo, querida y no me hagas perder el mío, ¿quieres? Vete porque me muero de ganas de hacer el amor con mi hombre y me estorbas.

Juan: (indignado) ¡Paula!

Paula: Yo a diferencia de ti, yo no soy una mojigata. Michael justo me prefirió a mí que a ti por la misma razón.

María José pierde el control.

María José: ¡Maldita!

La joven le lanza una cachetada aun más brutal que la primera y acto seguido, se abalanza sobre ella, la toma del cabello y le zarandea llena de ira. 

Paula: (adolorida) ¡Argh! ¡Déjame!

María José: ¡Eres una perra desgraciada! ¡Debería matarte!

Juan interviene inmediatamente.

Juan: ¡María José, basta!

Juan se pone en medio, reteniendo las muñecas de ella. María José se zafa de él con violencia.

María José: ¡No me toques!

María José también le lanza una cachetada llorando ante la desmedida furia que siente. Juan queda inmóvil, sorprendido.

María José: ¡Me das asco, vergüenza! ¡Los dos son un par de miserables, asesinos!

Paula: Estás completamente loca. Necesitas ayuda.

María José intenta abalanzarse nuevamente sobre ella. Juan vuelve a interponerse.

Juan: ¡María José, ya cálmate!

María José forcejea con él, llorando de rabia y lo empuja.

María José: ¡No voy a permitir que se salgan con la suya! (Mira a ambos con los ojos llenos de lágrimas) ¡Voy a refundirlos en prisión! ¡A ti, Paula, por la muerte de mis padres! Y a ti (Señala a Juan) por haber matado a Juan.

Juan: ¡María José, escúchame, por favor!

María José sale del departamento y azota la puerta. Juan se queda frustrado dando vueltas de un lado a otro.

Paula: Déjala. Es una cobarde. No puede hacer nada.

Juan: Es mejor prevenir. Debo calmarla. 

Paula: Despreocúpate. Emiliano está a punto de deshacerse de ella de todas maneras.

Juan se detiene en seco.

Juan: ¿Qué quieres decir?

Paula: Hay una conversación entre Emiliano y el sacerdote que vino a visitarlo, el mismo que te chantajeó.

Juan: ¿Qué conversación?

Paula: El sacerdote ese le pidió a “mi querido hermano” deshacerse de María José porque al parecer estaba interviniendo en sus sus planes de demoler el orfanato o algo así. He de suponer que es el mismo orfanato donde creciste. 

El rostro de Juan cambia por completo.

Juan: ¿Cuándo fue eso?

Paula: Ayer mismo. 

Juan no espera más y sale corriendo del departamento.

Paula: ¿Para dónde vas?

Juan la ignora y ni siquiera cierra la puerta. Paula se queda frustrada.

Paula: Todavía siente algo por esa idiota.


EXT. EDIFICIO – NOCHE

María José sale apresuradamente del edificio, todavía llorando y furiosa. Camina hasta la acera y levanta la mano para detener un taxi. Juan sale detrás de ella. Es tarde por lo que no hay personas alrededor.

Juan: ¡María José!

Ella se vuelve, molesta.

María José: ¡Déjame en paz y ni se te ocurra acercarte o no respondo de mí!

Juan: Te suplico que me escuches.

María José: ¡No quiero! ¡Ya tuve suficiente por esta noche!

Juan: Tan solo quiero pedirte que no regreses al orfanato ni te metas más con esta gente. Debes esconderte. Estás corriendo peligro.

María José se vuelve hacia él, indignada.

María José: ¿Me estás amenazando?

Juan: No. Te lo estoy pidiendo. No me veas como tu enemigo. Para mí lo más importante es que estés a salvo, tú y todas las personas que quiero.

Un taxi se detiene frente a ellos. María José se dispone a subir. Juan se adelanta y le impide abrir la puerta.

María José: (molesta) ¡Quítate!

Juan: (al conductor) Puede irse. No necesitamos el servicio.

El conductor decide continuar su camino.

María José: ¿Cómo te atreves?

Juan: (desesperado) ¡Dame una oportunidad, solo una oportunidad para explicarte! ¡Te lo suplico!

María José: ¿Explicarme qué? Nada de lo que salga de tu boca va a hacerme cambiar de opinión con respecto a ti. Eres un completo miserable que cayó en lo más bajo acostándote con esa mujer que tanto daño ha hecho. ¿Y me pides que te escuche?

María José lo mira con los ojos llenos de lágrimas. Juan también está sollozando.

Juan: Yo sé que fue un error, pero no tuve más opción. Esto lo estoy haciendo por cosas que ahora no te puedo contar, pero hazme caso y escóndete. No quiero que te pase nada.

María José: No pienso perder más mi tiempo contigo. ¡Jódete!

María José se aleja caminando.

Juan: ¡María José!

Ella continúa avanzando. Juan se queda inmóvil y también se le saltan las lágrimas.

Juan: ¡María José, yo te amo!

María José se detiene en seco al oírlo y se gira con indignación.

María José: ¿Qué dijiste?

Juan: Que te quiero, te amo.

María José se desconcierta con tan inesperada confesión.

María José: ¿Te estás burlando de mí?

Juan: (llorando) Jamás. No te imaginas lo mucho que me ha roto por dentro tener que sacrificar esto que siento por vengarme y ahorita me está quemando ver lo mucho que me odias. Quisiera que no me importara, pero no estoy siendo capaz…

Juan llora desconsolado. 

Juan: Te amo, María José. Te amo mucho. 

María José apenas puede procesar esa información, pero la toma a mal.

María José: Eres peor de lo que pensé. 

María José se gira de nuevo para irse.

Juan: ¿Olvidaste nuestro primer beso?

María José se estremece al escuchar y el corazón le da un vuelco.

Juan: Yo no. Fue uno de los momentos más bonitos que he vivido y aunque después todo se llenó de malentendidos, tú me enseñaste algo que nunca había sentido.

María José siente un frío que le recorre el cuerpo con cada palabra.

Juan: Tú me enseñaste lo que era querer a una mujer y fue inevitable ignorar mis sentimientos por ti.

María José permanece inmóvil y se niega a creer lo que sospecha.

Juan: Lo intenté… Lo intenté mucho porque también amaba mi vocación, pero me enamoré de esa mujer que casi me mata de un golpe cuando se despertó en la mañana en mi habitación.

María José sigue de espaldas. El pecho le sube y baja con rapidez.

Juan: Me enamoré de esa misma mujer que venía rota y se sentía sola en el mundo, pero que también me consoló cuando lo necesité. Me enamoré y me destrozó por dentro renunciar tanto a mi vocación como a ti para convertirme en esto que estoy odiando, y ya no puedo más. 

Juan siente que se ahoga con su propio llanto cargado de dolor.

Juan: Ya no puedo más. Te lo juro, no puedo más…

María José comienza a temblar casi que sin aire. 

Juan: Yo…

Juan hace una pausa y traga saliva. Tarda varios segundos, dudando.

Juan: Yo no soy Christian. 

María José se vuelve lentamente, temblando. 

Juan: Soy Juan.

María José lo contempla fijamente. Durante unos segundos parece incapaz de reaccionar y solo niega con la cabeza.

María José: No…

Juan: María José…

María José: (en un hilo de voz) Es mentira…

Juan: Te juro que te estoy diciendo la verdad.

María José: (gritando) ¡Mentira! (Furiosa) ¿Qué pretendes, ah? ¿Qué se supone que estás haciendo? ¿A qué carajos estás jugando?

Juan la mira roto, con los ojos completamente humedecidos.

María José: ¡No tienes derecho a usar su nombre después de todo lo que has hecho! 

Juan: Tienes que creerme, por favor. 

María José: No sé cómo supiste todo lo que me acabas de decir. No sé si Juan te lo contó y ahora estás haciendo uso de eso para engañarme, para confundirme, pero óyeme muy bien. No lo vas a lograr.

Juan: Entiendo que sea difícil, pero te juro que soy yo.

María José: Juan jamás habría hecho lo que tú has hecho. Jamás se habría acostado con Paula y mucho menos nos habría engañado a todos con su muerte mientras se escondía detrás de otra identidad.

Juan: Por desgracia sí lo hice y me duele en el alma tener que reconocerlo. Jamás quise causarte esta decepción. 

María José: ¡Me niego! ¡Me niego a creerlo!

Juan: No tenía salida. Christian me citó al hotel. Lo obligaron y cuando llegué me golpearon. Fue después cuando desperté que lo vi moribundo y me pidió que me hiciera pasar por él. 

María José: (gritando) ¡Basta ya! ¡Cállate! ¡Cállate!

María José comienza a golpearlo con los puños en el pecho mientras llora desesperada y fuera de control. Juan siente que se le parte el alma en dos al verla así.

María José: ¡No es verdad! ¡No es cierto!

María José deja de golpearlo casi que sin energías.

María José: Es una vil mentira tuya. Nada de lo que estás diciendo es cierto. Yo quería mucho a Juan. ¿Qué quieres lograr mintiéndome así? ¿Por qué me haces esto?

Juan: Perdóname.

María José: (rota de dolor) No me pidas perdón. Mejor dime que me estás mintiendo, por favor. Dime que es una patraña tuya, un plan, cualquier cosa, menos eso. 

Juan guarda silencio y baja la cabeza. 

María José: Dime que no eres Juan. Te lo suplico. Preferiría mil veces saber que estás burlándote de mí a que eso sea verdad.

María José apenas puede soportarlo y ese silencio de él hace que cada vez confirme una verdad a la que ella no hubiera querido enfrentarse. 

Juan: (en un hilo de voz) Lo siento… Lo siento tanto…

María José se queda viéndolo fijamente y los ojos de ambos brillan con intensidad por las lágrimas. Los labios de ella incluso tiemblan. 

María José: (en un hilo de voz) ¿Por…? ¿Por qué?

Juan no le responde. Continúa con la cabeza baja y deja que las lágrimas le caigan al piso. 

María José: ¿Por qué me engañaste así? ¿Tienes idea de los días de incertidumbre en los que te esperé y cuánto me desgarró por dentro saberte muerto?

María José lo mira llena de una decepción que la quema.

María José: Te vi tendido en el piso de esa habitación, lleno de sangre. El padre Chuy reconoció el cuerpo y luego fui a tu entierro. No es posible que…

María José lo mira de arriba a abajo como si no lo reconociera.

María José: No es posible que seas tú. No es posible…

Juan: Christian murió en mi lugar y al que arrestaron fue a mí. El que fuiste a ver a la cárcel fue a mí. Era yo todo ese tiempo. El padre Chuy lo sabe… 

María José: ¿Cómo pudiste?

María José siente que la decepción la quema.

María José: ¿Cómo pudiste mentirme de esa forma tan vil y jugar conmigo?

Juan: (dolido) Perdóname, por favor.

María José le lanza una sonora cachetada, llena de furia. 

María José: ¿Perdonarte? Me acabas de matar. ¿Cómo pretendes que me sienta con esto? Lloré por meses una persona que supuestamente era especial, que era buena y resultaste ser peor que todos. Dime qué hago con lo que sentía por ti y con el recuerdo que tenía.

María José llora completamente furiosa.

María José: ¡Dime qué hago, maldita sea!

Juan: Nada de lo que te diga te va a hacer sentir mejor, eso lo sé y te juro que si en mí estuviera, tomaría tu dolor y me moriría para no verte pasar por esto, María José. Tú no eres la única a la que he hecho sufrir. Le he hecho daño a varias personas y yo sé que me merezco lo peor.

María José: ¿Sabes que sí? Te lo mereces y no solo tú. Yo también me merezco lo peor por haber sido tan ciega y tan imbécil, y ahora es que lo estoy pagando.

Juan: No digas eso. Nada es tu culpa.

María José: ¡Cállate! Esta decepción y este dolor me los hubiera evitado si no me hubiera involucrado tanto contigo. Debí alejarme cuando pude para no ser parte de tu vida y de toda la podredumbre que te rodea, pero no. Me quedé y fui una estúpida. 

María José comienza a cachetearse a sí misma con una rabia inexplicable que la consume.

María José: ¡Fui una idiota! ¡Fui una completa idiota! 

Juan intenta detenerla tomándola de las muñecas.

Juan: ¡Basta, detente!

María José: ¡Déjame! ¡No te atrevas a tocarme!

María José lo empuja y se hiperventila.

María José Te hubiera podido perdonar el engaño, pero descubrir que caíste tan bajo como para revolcarte con esa zorra que mató a mis padres, eso no. Espero no volver a verte nunca más. Juan se murió para mí desde la última vez que te vi. A ti no te conozco. 

María José por fin se gira para irse de allí sumamente mal, poniéndose la mano en el pecho e intentando controlar la respiración. Juan intenta ir tras ella, pero no se atreve y la ve irse, destrozado. 

Es así como al fondo de la calle, una camioneta negra se acerca a toda velocidad. Juan la ve venir y comprende de inmediato, por lo que le grita lleno de angustia.

Juan: ¡¡María José!!

María José apenas tiene tiempo de reaccionar. 

Juan: ¡¡María José, ten cuidado!!

Todo se pone en cámara lenta. Juan intenta correr. La camioneta ni siquiera se detiene y uno de los sicarios encapuchados del interior, saca una pistola por la ventanilla del asiento de copiloto y dispara indiscriminadamente contra la joven. Uno de los tiros cae en su hombro y otro en el pecho.

Juan: (desgarrado) ¡¡MARÍA JOSÉ!! 

La camioneta se va de allí a toda velocidad. Juan justo sostiene a la muchacha antes de que se desplome en el piso.

Juan: (desesperado) ¡María José, no! ¡Por favor, no! 

María José permanece con los ojos abiertos, aunque no puede articular palabra.

Juan: (llorando) Dios mío, te lo suplico, no me hagas esto otra vez. Te lo suplico, otra vez no.

María José intenta balbucear unas palabras, pero le es imposible y la sangre comienza a manchar su ropa con rapidez. Juan grita a viva voz mientras la sostiene, abrazándola a su cuerpo.

Juan: ¡Ayuda! ¡Auxilio, por favor! ¡Alguien que me ayude!

María José: (en un hilo de voz) Ju… Juan…

Juan la sostiene con uno de sus brazos a la vez que le sostiene el rostro con una mano.

Juan: Mírame, María José. Mírame. No vayas a cerrar los ojos. Quédate aquí conmigo, ¿sí? Nos los cierres.

María José: Ju… Ju… Juan, yo…

Juan: No hables. No hagas esfuerzo. 

Juan la abraza rompiendo en un llanto desgarrado.

Juan: No te vayas a ir. Tú no, te lo pido. Vas a estar bien. 

María José apenas logra mover los labios.

María José: Yo… te…

No consigue terminar. Juan la estrecha contra su pecho, completamente quebrado y levanta la mirada hacia la calle, desesperado. Pronto unas pocas personas a lo lejos presencian lo ocurrido y se ven asustadas.

Juan: ¡¡¡AYUDA!!! ¡¡¡AUXILIO!!! ¡¡¡ALGUIEN, POR FAVOR!!! ¡¡¡LLAMEN UNA AMBULANCIA!!

Juan abraza con fuerza mientras las lágrimas recorren su rostro. Paula ha presenciado también lo ocurrido desde el séptimo piso del edificio y observa de forma impasible, como si le diera lo mismo e incluso sonríe. 



INT. CORPORATIVO FONSECA/OFICINA PRESIDENCIAL – NOCHE

Emiliano permanece de pie junto al ventanal, contemplando la ciudad, mientras bebe licor. Roberto está allí presente y habla por celular.

Roberto: ¿Están seguros? (Pausa) Está bien. Les daré el resto del dinero una vez terminemos con la segunda parte.

Roberto cuelga. Emiliano se vuelve hacia él.

Emiliano: ¿Y?

Roberto: Ya está. Me acaban de confirmar que el trabajo quedó hecho.

Emiliano sostiene su mirada durante unos segundos. Una sonrisa lenta y satisfecha aparece en su rostro.

Emiliano: Perfecto. ¿Viste como sí eras capaz?

Roberto: Estoy asustado, Emiliano. No quiero verme implicado de ninguna manera en esto.

Emiliano: Relájate, hombre. Si los tipos son lo suficientemente profesionales, de seguro se pusieron algo en las caras y alteraron la placa del coche. 

Roberto no luce convencido.

Emiliano: Por ahora, hay que ejecutar la segunda parte como bien dijiste y hay que ir calentando motores. Es más, te invito a una copa pa’ que vas que no soy tan cabrón.

Emiliano va hasta al minibar y sirve otra copa. Roberto no parece satisfecho.


INT. ORFANATO NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE – NOCHE

Paralelamente, unas llamas comienzan a extenderse por los pasillos del orfanato. El fuego devora las cortinas, los muebles y las paredes. Una densa nube de humo invade rápidamente el edificio. Jorge camina por los pasillos como si nada. Lleva puesto el vestido rojo de su madre. Está maquillado de manera grotesca y luce el collar de perlas alrededor del cuello. El calor hace que el sudor le corra por el rostro, mezclándose con el maquillaje. El hombre contempla las llamas con una sonrisa perturbadora mientras carga un recipiente de gasolina y camina en forma de vals mientras aviva más las llamas como en un ritual. 

Jorge: (riendo entre dientes) ¡Ardan! ¡Ardan todos!

Joaquín, monjas y otros seminaristas, por su parte, se han reunido en el patio, desesperados y llenos de terror, intentando tranquilizar a los asustados huérfanos. Dos seminaristas se acercan corriendo llenos de angustia.

Seminarista 1: (a Joaquín) ¡Padre, no podemos salir!

Seminarista 2: La puerta trasera está bloqueada.

Joaquín: ¿Cómo que bloqueada?

Seminarista 1: Hay fuego bloqueando la puerta. Está imposible pasar.

Joaquín se sorprende al escucharlo.

Monja 1: (aterrada) ¿Qué vamos a hacer, padre Joaquín? Tampoco podemos salir por la puerta principal. El fuego también la está bloqueando.

Monja 2: Yo llamé a los bomberos en cuanto vi el incendio, pero están tardando demasiado.

Los niños lloran aterrados al tiempo que son abrazados por las monjas. Joaquín mira con impotencia la situación. Besa su crucifijo con los ojos atemorizados.

Joaquín: Dios mío, ayúdanos. No nos dejes morir así, no a los niños, por favor.

De repente, unas risas inquietantes se escuchan y retumban por el lugar. Joaquín voltea a ver. Jorge aparece a lo lejos en medio del fuego. Joaquín alcanza a vislumbrar la figura del hombre que aún sostiene el recipiente de gasolina y lo tira a un lado.

Joaquín: (horrorizado) ¡Jorge!

Jorge: Me temo que no podrán salir. Me encargué de incendiar todas las salidas. 

Joaquín: ¡¿Qué ha hecho?!

Todos los presentes miran horrorizados la distorsionada figura del hombre, a lo lejos, entre las llamaradas. 

Jorge: ¿Temen por sus vidas? 

Joaquín: (impotente) ¡Hay niños aquí! 

Jorge: Quizá así aprendan desde pequeños que el pecado siempre termina cobrando su precio. Ellos serán los primeros en conocer el paraíso.

Monja 1: (gritando) ¡Está enfermo!

Jorge suelta una carcajada.

Jorge: ¿Enfermo? No, hermana. Estoy haciendo justicia (Señala las llamas que avanzan por el edificio). ¿No es hermoso? Moriremos purificados. 

Joaquín: ¡Está condenando a personas inocentes! ¿Cómo pudo hacer esto?

Jorge: Qué conveniente es hablar de inocencia cuando uno se pasa la vida escondiendo sus propios pecados detrás de una sotana.

El fuego se intensifica de repente. Una ventana estalla por el calor. Los niños gritan.

Joaquín: ¡Todos atrás! ¡Aléjense de las ventanas!

Jorge sigue a lo lejos en medio del fuego con su silueta andrógina.

Jorge: Es inútil. Esta noche voy a ser yo quien dicte la sentencia. ¡¡Esta noche será el juez!!

Jorge grita aquello de forma eufórica al tiempo que extiende las manos hacia los lados como si exhibiera una obra de arte. Es cuando de repente una pesada viga se desprende del techo y golpea al malvado hombre en la espalda, causando que caiga al piso.

Joaquín: ¡¡Jorge!!

De pronto, a la distancia, se alcanzan a escuchar las sirenas que se acercan.

Monja 2: (aliviada) ¡Padre, son los bomberos!

Monja 1: ¡Gloria a Dios!


CORTE A:

EXT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE” – NOCHE

Varios camiones de bomberos llegan a toda velocidad. Los bomberos descienden y corren hacia el edificio mientras despliegan las mangueras.

Bombero 1: ¡Ataquen la entrada principal! ¡Tenemos personas atrapadas!

Los pesados chorros de agua comienzan a golpear las llamas que consumen el orfanato. Un grupo de cuatro bomberos tumban la puerta tras varios intentos y avanzan protegidos por el chorro de agua mientras otros combaten las llamas desde el exterior.


INT. ORFANATO NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE – NOCHE

El fuego continúa avanzando. Joaquín protege a los niños mientras el humo invade cada vez más el patio. De repente, una explosión de agua y vapor se escucha al fondo. Las llamas que bloqueaban la entrada principal comienzan a disminuir.

Seminarista 1: ¡Padre! ¡Están apagando el fuego!

Joaquín mira hacia la entrada. Los bomberos finalmente consiguen abrir un espacio entre las llamas.

Bombero 1: (gritando) ¡¡Todos afuera!! ¡¡Rápido!!

Las monjas comienzan a sacar a los niños.

Joaquín: ¡No se separen! ¡Todos juntos! ¡Primero los niños!

Los huérfanos salen entre llantos y gritos mientras los seminaristas ayudan a las monjas. Un fuerte estruendo hace temblar el edificio y parte del techo se desprende.

Bombero 2: ¡Salgan! ¡La estructura está cediendo!

Joaquín ayuda a una de las últimas monjas a cruzar la entrada y antes de salir, vuelve la mirada hacia el interior.

Joaquín: ¡Jorge sigue adentro!

Jorge permanece malherido por el golpe en el piso. La humareda apenas le permite respirar y comienza a toser.

Bombero 1: ¡Padre, salga de ahí!

Joaquín: ¡Tienen que sacarlo! ¡Hay alguien más allí!

Bombero 1: ¡Salga usted primero, por favor!

Joaquín duda y se da la bendición, por lo que sale corriendo por el pequeño espacio libre de las llamas. Los bomberos restantes avanzan al interior para salvar a Jorge, pero varias vigas y columnas de madera comienzan a caer, bloqueando el paso. Jorge gatea, intentando avanzar, sin dejar de toser.

Bombero 2: (a Jorge) ¡Guarde la calma, por favor! ¡Resista!

Los bomberos sostienen una manguera de gran tamaño e intentan extinguir las llamas. Jorge siente que el calor y la humarada lo ahogan. Comienza a ver borroso y se arrastra por el piso. Incluso una punta de su vestido comienza a incendiarse. Él se da cuenta y se echa hacia atrás asustado. Él se da cuenta y se echa hacia atrás asustado. Es cuando, en medio del fuego, Benjamín aparece, vestido de sotana y mirándolo de forma acusadora, con sangre en la frente.

Juan de La Cruz // Capítulo 39 // Ultimum iudicium (1° parte) Images10

Jorge: ¡Benjamín! ¡Eres tú!

Jorge tose convulsivamente cada vez más ahogado y su rostro desmaquillado se llena de hollín.

Jorge: Todo esto que ves es culpa de tu querido Juan de La Cruz. Él lo provocó…

Los bomberos, en el fondo, hacen un esfuerzo por extinguir las llamas que bloquean el paso hasta el hombre.

Bombero 1: ¡Vamos! ¡Más potencia, no se rindan!

El vestido no tarda en incendiarse más. Jorge siente que se quema. Benjamín sigue viéndolo con seriedad. 

Jorge: ¡Me quemo! ¡Me quemo!

Jorge grita desgarrado sintiendo cómo su piel se quema y se arrastra por el piso. 

Jorge: ¡Me estoy quemando!

Jorge grita en eco de una forma agonizante y llena de angustia. La escena se pone en negro y silenciosa; un silencio apenas interrumpido por el pitido regular de un monitor cardíaco, acompañados por el sonido del goteo de una bolsa de solución intravenosa. María José es quien está dentro de esa habitación de hospital, inconsciente.


INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – DÍA

Juan está sentado, con la camisa manchada de sangre, los codos recostados sobre los muslos y rodeándose el cuello con las manos con evidente ansiedad. Incluso tiene los ojos hinchados. Una enfermera pasa. Juan se levanta y se le acerca.

Juan: Disculpe. Estoy esperando noticias de María José Montiel. La trajeron anoche con heridas de bala. ¿Cómo se encuentra?

Enfermera: Lo lamento, señor, sin embargo todavía no tenemos información que podamos darle. La paciente salió de cirugía hace poco para extraerle las balas.

Juan: (preocupado) ¿Y cómo salió la cirugía? ¿Va a estar bien?

Enfermera: Los médicos lograron estabilizarla, pero las próximas horas son decisivas. Todavía se encuentra bajo observación. Perdió mucha sangre y no podemos darle un parte médico todavía.

Juan baja la mirada, tratando de procesarlo.

Juan: ¿Puedo verla? Aunque sea de lejos…

Enfermera: Por el momento no. Cuando el médico lo autorice, alguien vendrá a informarle.

Juan asiente lentamente y con resignación.

Juan: Está bien. Gracias.

La enfermera se aleja. Juan vuelve a sentarse. Por unos segundos permanece inmóvil. Mira sus manos y las cierra con fuerza al tiempo que lo invaden recuerdos.


FLASHBACK

Todo pasa en cuestión de segundos. Octavio, sin pensarlo, le dispara múltiples veces a Benjamín. Varias de las balas caen directamente en su pecho, una en el corazón.

Juan: ¡¡Benjamín!!

Todo se pone en cámara lenta y aquel último grito del joven suena en un eco profundo, lleno de desesperación. Benjamín cae desplomado al piso. Juan solo observa atónito e intenta correr hacia él, pero es sujetado por sus secuestradores.

Juan: (gritando desgarrado) ¡¡NOOOOOOOOOOO!!

FIN DEL FLASHBACK


Juan siente que se llena de rabia y su respiración comienza a acelerarse.


FLASHBACK

Christian sonríe apenas; una sonrisa débil y sincera.

Christian: Me pesa no haberte conocido más, pero me gustó… Me gustó saber que tenía un hermano.

Una lágrima se desliza por su sien. 

Juan: Dime quién te hizo esto. Fue Emiliano, ¿no? Fue ese maldito.

Christian intenta hablar, pero ya no le quedan ánimos, su mano pierde fuerza y exhala. Ha muerto con los ojos abiertos.

Juan: Christian… Christian, no me dejes, bro. Quédate aquí conmigo. 

Juan lo mueve, pero es inútil. 

Juan: (gritando desgarrado) ¡¡Christian!! ¡¡Christian!!

FIN DEL FLASHBACK


Juan: (dejando de recordar) Emiliano Fonseca… Esto es tu culpa, maldito. Me quitaste a tantas personas y no te cansas de chingarme, infeliz. Esta vez no te la voy a dejar pasar.


Juan tensa la mandíbula y sale disparado de allí.

CONTINUARÁ…

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