Capítulo 40: In exitu (1° parte)

EXT. CEMENTERIO – NOCHE


Juan ha despertado aturdido, con las manos y pies esposados, metido dentro de un ataúd abierto a tres metros bajo tierra. Emiliano le apunta con la pistola a punto de dispararle en la cabeza. Hay dos hombres a los lados echando poco a poco tierra encima. 

Emiliano: ¿Qué pasó, mijo? ¿Tan poco valor le das a tu miserable vida que no me vas a pedir perdón? 

Juan: ¡Púdrete!

Juan llora lleno de impotencia. Emiliano resopla con ironía. Es de notar que aún tiene el rostro lleno de hematomas por la paliza que su sobrino le propinó en la tarde.

Emiliano: ¡De veras que no me colaboras, cabrón! Todavía te ves en semejante posición y te atreves a insultarme. ¡Te pasas en serio!

Juan: Yo jamás te pediría perdón, Emiliano. ¡Óyeme bien! ¡Jamás! Tú eres el que me debe pedir perdón a mí por cómo destruiste mi vida; por lo que me hiciste; por las personas que me arrebataste desde antes de nacer…

Emiliano lo escucha con atención, dibujando una sonrisa en su rostro sin el más mínimo remordimiento.

Juan: Y si esta noche me tengo que morir sin haberte hecho pagar, me voy con la esperanza de que en la otra vida pagues por todo el daño que cometiste.

Emiliano: (sarcástico) Qué lindo discurso, pero fíjate que no creo en esas mamadas, así que con eso no me vas a perturbar.

Juan: El peor error que puede cometer una persona es no creer hasta que le llega el momento. El juicio te va a llegar tarde que temprano, Emiliano. Te lo aseguro. Dios no te va a dejar sin castigo. 

Emiliano: Sí, sí, como digas. Déjate tus imbecilidades religiosas para que ruegues mejor por tu alma. Es que de veras que no sé ni cómo no me di cuenta antes de que eras el imbécil de Juan de La Cruz y no te creas, eh… 

Emiliano juega con la pistola entre sus dedos. 

Emiliano: Te felicito de corazón porque demostraste que eres más hábil que ese “bueno para nada” de tu hermano. Christian sí que era un inútil con ganas. Lo superaste.

Juan: (furioso) ¡Lávate la boca antes de hablar de él! ¡No tienes derecho después de que lo mataste con tanta saña!

Emiliano se hace el desentendido. 

Emiliano: ¿Quién? ¿Yo? Que yo sepa, la que lo mató fue tu vieja. Yo solo le di una orden que por cierto la muy perra desobedeció. 

Juan se desconcierta ante eso.

Emiliano: Ah, sí es cierto. Todavía no te enteras. Tu amiguita, la Grettel, esa fue la que mató a Christian, fíjate. 

Juan se impacta al oírlo.

Emiliano: Yo le di la orden de que acabara contigo y la perra me engañó en mis narices, haciéndose la que te había citado al hotel cuando en realidad citó al “bueno para nada”. Ella fue lo que lo asesinó y los hizo que cambiaran de lugar. ¿De veras no sabías? (Pregunta con un deje de burla)

Juan: ¡Mentira! ¡Grettel no hubiera hecho algo así!

Emiliano: ¿Tanto confías en ella?

Juan: Grettel no es una asesina. Ella no es como tú.

Emiliano: Nunca aprendiste a vivir, Juanito. Uno no debe meter las manos al fuego por nadie, mijo. En esta vida, hasta tu sombra te puede traicionar. Lástima que el consejo no te va a servir porque de esta noche no pasas. 

Emiliano camina alrededor de la fosa como si analizara. 

Emiliano: Es más, ahora que lo pienso, ella tiene la culpa de que te vayas a morir. Debió acabar contigo cuando tuvo oportunidad, pero claro… Dizque como te ama, prefirió montar este numerito para salvarte, pero en fin. De esa me encargo luego. 

Juan solloza y suda aparatosamente.

Emiliano: No, bueno y tú también tienes la culpa, eh. Debiste aprovechar la oportunidad de oro que tuviste cuando escapaste de mí esa noche, irte lejos, donde nadie te conociera, no sé, vender tamales, prostituirse como putito para sobrevivir, pero no… 

Emiliano se detiene de nuevo frente a la fosa y endurece el rostro.

Emiliano: Quisiste seguir metiéndote y casi, casi lo logras de no ser porque planeaste mal. Paula me soltó toda la sopa antes de matarla.

Juan se sorprende al escucharlo. Emiliano se pone de cuchillas con dificultad y gime adolorido.

Emiliano: En cuanto me avisaron que se habían llevado Octavio, supe que algo andaba mal. Mi primera reacción fue pensar que Paula había mandado gente para rescatarlo, ¿y qué crees? 

Emiliano toma un puñado de tierra y lo lanza encima del rostro del muchacho. Juan sopla y escupe para intentar quitarse la arena de encima. Luego se incorpora.

Emiliano: Fui por cobre y terminé encontrando oro…


FLASHBACK

INT. EDIFICIO – NOCHE

Hay una camioneta estacionada en el otro extremo de la carretera. Emiliano, Roberto y dos sicarios se encuentran dentro. Emiliano está sentado en los asientos traseros junto a uno de los sicarios. Roberto, por su parte, se encuentra de copiloto junto al sicario que conduce. Emiliano aún tiene la férula en la nariz por la golpiza propinada por Juan.

Emiliano: ¿Es aquí?

El sicario al volante asiente con la cabeza.

Sicario 1: Sí, mi don. Fue aquí que llegó la morra. Después de salir del orfanato, fue directo a la delegación. De ahí agarró un taxi y se bajó aquí.

Roberto: ¿Están seguros?

Sicario 2: Sí. La vimos entrar y salir casi de inmediato y además justo estaba discutiendo con su hijo, patrón, tantito antes de dispararle. Lo reconocimos de inmediato porque era el que estaba en la bodega con el cabrón que se nos escapó. 

Emiliano se queda pensativo. Mira nuevamente el edificio.

Emiliano: Roberto, pregúntale al guarda que hacía la metiche de la María José acá. Tengo la sospecha de que si vino hasta este sitio es porque vino a ver a alguien conocido, Paula de seguro. Christian dijo que vendría a verla y si él también estaba aquí es porque aquí es donde vive la traidora esa. 

Roberto: ¿Qué tal si no y estamos perdiendo el tiempo? 

Emiliano: (fastidiado) Es por eso que necesito que averigües, idiota. 

Emiliano le pega una palmada en la cabeza al abogado. Roberto no pone buena cara al verse tratado de esa forma.

Roberto: (resignado) Está bien. Veré qué puedo conseguir.

Roberto baja de la camioneta.


CORTE A:

Emiliano observa a través de la ventanilla hacia la entrada del edificio. Roberto conversa allí con el guarda de seguridad y le muestra unas fotos en su celular. El guarda asiente. Unos momentos después, el abogado regresa a la camioneta y sube.

Emiliano: ¿Y bien?

Roberto: Hiciste bien en sospechar. Paula sí vive aquí. El guarda me lo confirmó.

Emiliano esboza una sonrisa fría.

Emiliano: Yo sabía. El olfato de sabueso nunca me falla, chingao. 

Roberto: María José ya había venido antes a visitarla, aunque por lo que el guarda me platicó, a Paula no le hizo mucha gracia y hasta lo regañó por dejarla pasar sin avisar.

Emiliano: Me da igual si se llevan mal ese par. No vine para enterarme de chismes de viejas. 

Roberto: ¿Qué hacemos?

Emiliano: Es hora de hacerle una visita a mi manita.

Emiliano se quita la férula de la nariz y abre la puerta de la camioneta.

Emiliano: Vamos. Tú espérate aquí (a Roberto).

Emiliano y los otros dos sicarios bajan del vehículo y se dirigen hacia el edificio.


CORTE A:

Paula le da un último sorbo a su copa y justo en ese instante escucha el timbre, por lo que se extraña.

Paula: ¿Quién podrá ser ahora? Juan no creo. Ha de estar ocupado con la imbécil de María José. 

Paula se asoma por el ojo mágico, pero no ve a nadie, cosa que la extraña y es cuando, de repente, la puerta es tumbada abruptamente. Paula cae al piso y pega un grito aterrada. Unos hombres encapuchados han irrumpido en el departamento.

Paula: (asustada) ¿Quiénes son ustedes?

Ellos no responden.

Paula: ¿Qué quieren?

Es así como la mujer ve que otro hombre entra al departamento, caminando despacio y con suma tranquilidad. Paula alza los ojos y empalidece al ver a dicha persona, cuyo rostro no puede ser visto. De abajo a arriba se ve que se trata de Emiliano Fonseca. Paula empalidece al verlo entrar con un aura imponente, llena de oscuridad.

Emiliano: Hola, manita.

Paula, en el piso, respira agitada. 

Paula: ¿Cómo me encontraste?

Emiliano: Digamos que tengo mis mañas. Tu ahijada, la güerita, sin quererlo me guio hasta a ti. Mandé a matarla ayer justo aquí afuera del edificio porque andaba escarbando en cosas que no le concernían, aunque a ti seguro ni te importa. Claro, como nunca la quisiste. Nada más la usaste para casarla con Christian, solo que no se te dio.

Paula se levanta muy nerviosa, apoyándose del sofá.

Paula: ¿Qué quieres, Emiliano? Ya me fui de tu casa, de tu vida. ¿Para qué viniste?

Emiliano: ¿De veras me quieres ver la cara?

Paula: No sé de qué me hablas.

Emiliano enfurece y toma del mentón a la mujer, apretándolo con fuerza.

Emiliano: ¿Dónde está Octavio? 

Paula: (asustada) ¿Por qué me preguntas eso?

Emiliano: No te hagas. Yo sé perfectamente que tú y ese perro andan trabajando juntos. Quieren usar los papeles de adopción tuyos y míos para desprestigiarme. 

Paula: (desconcertada) Te juro que no entiendo a qué te refieres.

Emiliano: Deja de hacerte la pendeja, Paula. Vi fotos donde salías con él. Fuiste a verlo a su departamento. Octavio luego incluso fue al orfanato de donde nos sacaron a ti y a mí. Es obvio que lo enviaste a que investigara y le pagaste. Él mismo me lo confesó, así como también me dijo que te entregó pruebas de cosas que me incriminan. 

Paula se sorprende al entender que ha sido víctima de una trampa; una trampa precisamente organizada por Juan.

Emiliano: (furioso) ¡Habla, perra! Dime dónde lo tienes escondido y entrégame lo que tengas en tus manos.

Paula: Emiliano, escúchame, no es lo que parece…

Emiliano: (con sarcasmo) ¿Ah, no? ¿Y entonces qué es, manita? A ver, dime. 

Paula: Déjame explicarte.

Emiliano continúa presionando el mentón de su hermana.

Emiliano: Esta vez no pienso tener la más mínima piedad contigo. ¡Habla ya y dime dónde tienes a ese hijo de puta! Escapó y ya sé que tú lo tienes escondido. 

Paula: (desesperada) ¡Te juro que no! Me engañaron y por lo visto también te están engañando a ti.

Emiliano: No voy a creerte nada. 

Paula: Emiliano, somos hermanos de sangre. 

Emiliano: No me vengas con mamadas. Tú no pensaste en eso porque desde que llegaste a este país has buscado la forma de clavarme el puñal por la espalda. 

Paula: (sollozando) He cometido errores, es cierto, pero ahora me estoy dando cuenta de que nos quieren poner en contra a ambos. ¡Me usaron!

Emiliano: No vas a hablar, ¿verdad?

Paula: Te lo suplico. Haz un esfuerzo por escucharme. Hay algo que desconoces. 

Emiliano pierde la paciencia, suelta el mentón de ella y le propina un brutal golpe en la cara que la hace tumbar en el sofá. Paula gime adolorida y acto seguido, él la agarra del cabello y la arrastra por el piso en dirección al balcón.

Emiliano: Tú te lo buscaste.

Paula: (adolorida) ¡Emiliano, no! ¡Suéltame, por favor!

Emiliano la ignora y la lleva en dirección al balcón aún arrastrándola del cabello. Una vez allí, la suelta.

Emiliano: Te voy a dar la última chance, manita, porque si no, voy a quemar el departamento por si las dichosas pruebas las tienes acá y a ti, te voy a cerrar el hocico de por vida para que no hables y dejes de meterte en mi camino.

Paula lo observa aterrada desde el piso.

Emiliano: (gritando) ¡¡HABLA!!

Paula: Juan no está muerto. 

Emiliano se desconcierta al oírla. 

Paula: Todos estos meses te engañaron.

Emiliano: ¿De qué mierda hablas?

Paula: Juan no fue al que mataron esa noche en el hotel. 

Emiliano siente un brinco en el pecho al escuchar.

Paula: Christian fue el que murió. Juan se ha hecho pasar todo este tiempo por él. 

Emiliano: No me chingues, Paula. ¡No me chingues porque no respondo!

Paula: (llorando) Te juro que es cierto. Tengo pruebas.

Paula señala con la mano temblorosa su laptop, puesta sobre la mesa del comedor. Emiliano voltea a ver.

Paula: Yo me enteré apenas ayer. Llené la casa de micrófonos desde que llegué. Fui yo la que te envió la grabación de Fernanda para vengarme de ella por correrme y también grabé a Juan discutiendo con ese sacerdote, el tal Jorge. 

Emiliano apenas puede reponerse de la impresión. 

Paula: Él descubrió la mentira de Juan y lo chantajeó. Puedes oír la grabación tú mismo para que veas que no te estoy engañando.

Emiliano le hace una seña a uno de los sicarios.

Emiliano: Traigan eso para acá.

Uno de ellos toma la laptop y se la lleva al hombre. Emiliano, a su vez, se la entrega a su hermana.

Emiliano: Búscala.

Paula recibe la laptop todavía temblando. Da un par de clics con el touchpad y comienza a reproducir el audio.


GRABACIÓN

Jorge: ¿Qué más prueba necesito para comprobar que es usted es el mismo seminarista corriente y bruto del orfanato, el que iba a ordenarse sacerdote? ¿O prefiere irse a los extremos? El padre Jesús podría confesar bajo presión.

Juan: ¡No se atreva!

Jorge: Veo que ya está asumiendo su verdadera identidad. ¿Creyó que iba a ocultar esta mentira por siempre? ¿De verdad creyó que podría? De mi control no escapa nada. Usted ya debería conocerme.

Juan: Maldito, no se le ocurra abrir la boca o lo va a lamentar.

Jorge: Yo le aconsejaría que se calme y me suelte porque cuando salga de acá, podría hundirlo. Emiliano Fonseca lo matará sin pestañear cuando sepa quién es usted.

FIN DE LA GRABACIÓN


Emiliano siente que la sangre le hierve al darse cuenta de ese secreto. Paula pausa la grabación y deja la laptop a un lado al tiempo que se levanta despacio.

Paula: ¿Lo ves? Juan nos engañó y no solo eso. Me sedujo, me puso de su lado y me propuso una alianza para vengarnos de ti. Me dijo que podíamos usar los papeles de adopción para hacerte creer que Octavio era el que estaba detrás…

Emiliano respira agitado.

Paula: Juan quería que tú secuestraras a Octavio para grabarte matándolo o confesando las cosas que los dos han hecho juntos para así tener pruebas y enviarte a la cárcel.

Paula sonríe con amargura al sentirse tan estúpida.

Paula: En cuanto a mí… me pidió que fuera a visitar a Octavio para proponerle la misma alianza y ahora es que me doy cuenta de que el infeliz de Juan me lo pidió para fotografiarme. Quería hacerte creer que yo también estaba con Octavio. ¿Te das cuenta? 

Emiliano respira pesadamente mientras el pecho le sube y baja.

Paula: Nos engañó, Emiliano. Jugó con nosotros para atacarnos entre sí.

Emiliano: Entonces era él… ¡Era ese maldito hijo de puta todo este tiempo!

Emiliano empuña una mano y, lleno de furia, golpea la pared

Emiliano: ¿Cómo fui tan imbécil? ¿Cómo pude ser tan animal, maldita sea? ¿Cómo?

Emiliano se queda pensativo unos segundos y se frota ansiosamente la boca con la mano.

Emiliano: Esto no lo hizo él solo. Grettel me engañó. Claro, fue esa perra la que organizó todo por salvarlo a él. 

Paula: (confundida) ¿Quién es Grettel?

Emiliano no responde y se pasa los dedos de ambas manos por el cabello.

Emiliano: Tengo que pensar. Tengo que hacer algo. No puedo permitir que ese miserable me hunda. ¡No puedo! (Desesperado)

Paula: Si mandó gente para rescatar a Octavio, no dudes en que va a usarlo para perjudicarte y en el peor de los escenarios, si te grabó diciendo cosas comprometedoras, ya debió enviarle el material a la policía. No van a tardar en arrestarte. 

Emiliano: Eso si yo se lo permito.

Paula: ¿Qué piensas hacer?

Emiliano fija la mirada en su hermana durante varios segundos. Paula se extraña. 

Emiliano: En ti tampoco puedo confiar. Has querido chingarme por mucho tiempo, ahí, entre las sombras, como una rata y ya me harté de ti.

Paula: Yo también fui víctima de un engaño. Juan me usó. Te lo acabo de contar.

Emiliano: (con ironía) Sí, claro. Tan víctima fuiste que se te deslumbraron los ojos cuando ese infeliz te propuso una alianza para joderme, y tú no dudaste ni medio pelo en aceptar. 

Paula: Estoy consciente de mis errores, pero te imploro que me des una segunda oportunidad. Me iré mañana mismo del país como hace veintisiete años. Te lo juro. No volverás a saber de mí. 

Emiliano: Ya te di una segunda oportunidad, manita, justo después de que Fernanda te delató conmigo. 

Habla con una calma inquietante.

Emiliano: Te di chance de irte y ni te toqué un pelo, pero no dejaste que pasara un día y al otro ya te estabas aliando con el pendejo de Christian, Juan o cómo se llame ese cabrón. ¿De veritas crees que puedo seguir confiando en ti?

Paula se arrodilla de inmediato.

Paula: No me mates, hermano. Te lo suplico. 

Emiliano: Levántate.

Paula: Déjame ir otra vez como hace veintisiete años. Te juro por la memoria de mamá que no volveré a meterme contigo. Te lo juro. 

Emiliano: ¡Que te levantes, carajo! 

Paula: (llorando) Emiliano…

Emiliano pierde la paciencia y la hace ponerse de pie, jalándolo de un brazo y acorralándola contra el barandal del balcón. 

Paula: No lo hagas. Dame una, solo una última oportunidad. 

Emiliano: Yo no doy segundas oportunidades, Paula. 

El hombre estira el brazo y con su mano, envuelve el cuello de ella.

Paula: ¡Emiliano, por favor!

Emiliano usa su segunda mano y comienza a ahorcarla. 

Emiliano: Tú, Octavio, el pendejo de Juan de La Cruz, ninguno se va a salvar y tú vas a ser la primera. 

Paula: ¡Por favor, no!

Emiliano continúa ahorcándola.

Emiliano: Hasta nunca, manita. Es una pena que fueras tan traidora con la única persona con la que sí compartías tu sangre y yo ni por la sangre perdono.

Paula intenta soltarse con todas sus fuerzas.

Paula: (en un hilo) Te lo suplico. Perdóname.

Paula pone sus manos sobre las manos de Emiliano.

Paula: ¡No me mates, por favor! ¡No me hagas esto!

Paula llora desesperada, quedándose cada vez más sin aire y fugazmente recuerda aquel momento en que ella también ahorcó a la madre de María José. Todo se ve en cámara lenta. Paula intenta defenderse, pegándole en la entrepierna a su verdugo, quien la libera, aunque es inútil y antes de que ella siquiera pueda escapar, Emiliano la agarra del cabello, la envuelve con sus brazos y en fracción de segundos, la empuja por el balcón. Paula cae de forma brutal siete pisos hacia abajo en medio de un grito desgarrador y su cuerpo cae irremediablemente sobre la vía, inconsciente, al tiempo que un prominente charco de sangre comienza a formarse alrededor de su cabeza. Emiliano se asoma y observa a su hermana con una inhumana frialdad.

FIN DEL FLASHBACK


FLASHBACK

UNA HORA DESPUÉS

INT. ESTACIÓN DE POLICÍA/CELDA – NOCHE

Juan continúa encerrado en la celda. Dos policías muy misteriosos se acercan y uno abre la celda. Los rostros de ambos son familiares, pues son los mismos sicarios que acompañaban a Emiliano y Roberto con anterioridad; los mismos que atentaron contra María José. 

Juan: (confundido) ¿Me van a sacar? ¿Van a dejarme salir bajo fianza?

Sicario 1: Vamos a trasladarte a otra delegación.

Juan: (extrañado) ¿Por qué así tan de repente?

Sicario 2: Es por puro protocolo. Tu caso debe ser atendido allá.

Juan frunce el ceño no convencido, pero se deja llevar. Uno de los sicarios lo esposa y ambos lo escoltan por un pasillo que va hacia la salida de emergencia del lugar, una zona poco frecuentada y por la que no hay nadie. 

Juan: ¿Por qué estamos saliendo por aquí?

Sicario 1: Tú síguele andando y no hagas preguntas.

Juan se da cuenta de inmediato que algo anda mal, por lo que se detiene.

Juan: No voy a salir hasta que me muestren una orden escrita o algo. No me pueden trasladar así como si nada.

Sicario 1: No opongas resistencia y obedece, cabrón. 

Juan se resiste a continuar. 

Juan: ¡Suéltenme!

Juan forcejea con ellos, pero estos lo sujetan de cada brazo. 

Juan: ¡¿Qué está pasando?!

Juan lucha desesperadamente.

Juan: (gritando) ¡Auxilio! ¡Ayúdenme!

Uno de los sicarios saca rápidamente un pañuelo impregnado con una sustancia y se lo coloca sobre la nariz y la boca. Juan contiene la respiración y trata de apartar el pañuelo, sacudiendo la cabeza, pero le es imposible. Los hombres lo sujetan con fuerza. Juan intenta gritar, pero su mirada comienza a perder el foco.

Sicario 2: Ya, tranquilo. Duérmete de una vez.

Juan continúa resistiéndose unos segundos más, hasta que finalmente su cuerpo pierde fuerza y pierde el conocimiento. Los sicarios lo sostienen para evitar que caiga al suelo, lo sacan cargándolo por la puerta y se dirigen a una camioneta estacionada a pocos metros. Un policía que hace guardia por la salida de emergencia ve la situación y solo asiente con la cabeza ante aquellos sicarios, indicando que fue comprado por ellos. 

FIN DEL FLASHBACK


Emiliano acaba de narrar esos momentos de la noche anterior a su sobrino, quien sigue dentro del ataúd. 

Emiliano: ¿Ves, Juanito? No voy a desconocer que tu plan estaba chingón. Por poco y ganas, mijo, pero ¿qué le vamos a hacer? 

Juan mira al hombre desde abajo con sumo desprecio.

Emiliano: Tú la cagaste yendo a golpearme en frente de todo el mundo. Donde no me hubieras madreado, no te habría enviado al bote y hasta hubieras podido ganarme, pero terminaste poniéndote en bandeja para mí. Fabricaste tu propia trampa y todo por defender a la Maripepa que al parecer te cogiste igual que a la Grettel.

Emiliano se echa a reír.

Emiliano: ¡N’ombre! Con esos sacerdotes, pues ya nos condenamos todos, ¿no crees?

Juan: Mátame ya. Déjate de parloteos y acaba con esto de una vez. ¡Mátame!

Emiliano: No tan pronto. Dame tantito, ¿quieres? Primero me vas a decir dónde tienes escondido a Octavio y a cambio, te te dejo con vida. Claro, con una condición porque nada es gratis…

Emiliano se pasea alrededor de la fosa.

Emiliano: Te vas a culpar del asesinato de Paula y el de Octavio, obvio, porque también voy a acabar con él. ¡Sencillo! 

Juan: Pierdes tu tiempo. Dispara porque no te lo pienso decir.

Emiliano: No seas mamón, mijo. ¿De veras vas a rechazar ese ofertón? Te voy a perdonar la vida. Vas a parar en el bote, sí, pero al fin y al cabo, vas a estar vivo. Aprovecha.

Juan: ¿Y crees que voy a aceptar así nada más porque me lo propones?

Emiliano: Te estoy dando mi palabra.

Juan: Tu palabra vale menos que medio centavo viniendo de un tipo tan despreciable como tú que tuvo que recurrir a lo más bajo para llegar donde está.

Emiliano resopla con jocosidad.

Emiliano: De veras que eres imposible, cabrón. Deja de lado tu orgullo y tu terquedad, acepta la oferta y ya dime dónde está ese hijo de puta.

Juan: Métete tu ofertón por dónde mejor te quepa. No te tengo miedo y tampoco vas a lograr sacarme nada. 

Emiliano frunce el ceño con rabia al oírlo.

Juan: Podrás acabar conmigo, pero desde ya te derroté, Emiliano. Te derroté desde el momento en que caíste en todas las trampas que yo también te puse. 

Juan saca fuerzas para burlarse del hombre. Emiliano lo mira con rabia. 

Juan: Los grabé, a ti y a Octavio, confesando todo lo que han hecho y las personas que me conocen se van a encargar de hundirte con el material que tengo; material que muy seguramente ya está en manos de la policía mientras tú pierdes el tiempo acá conmigo.

Emiliano respira de forma pesada y guarda silencio, tensando el rostro, pues sabe que las palabras de su sobrino son ciertas.

Juan: Estás acabado, cabrón. No hay manera de que escapes. Mañana vas a aparecer en todos los titulares de noticias y de internet. Vas a pasar el resto de tu vida pudriéndote en la cárcel a donde deben parar miserables como tú que no se pueden considerar humanos. 

Emiliano le apunta directamente en la cabeza, evidentemente desencajado.

Emiliano: ¡Cierra el hocico o a la próxima palabra te mato sin piedad!

Juan: Hazlo. Estoy esperando. Nada más ten presente que así como perdí, tú también perdiste. Los dos perdimos por igual y matarme de nada servirá. 

Emiliano: (furioso) ¡Maldito! ¡Maldito hijo de puta! ¡Te voy a mandar al infierno, desgraciado!

Emiliano roza el gatillo con sus dedos dispuesto a disparar. Juan lo mira fijamente con los ojos que le brillan por las lágrimas.

Juan: ¿Qué estás esperando? Mátame y acaba conmigo como siempre has querido. ¡Mátame! (Grita desgarrado)

Emiliano duda, no porque haya perdido el deseo de asesinar a su sobrino, sino porque comprende que hacerlo ya no cambiará nada y, por primera vez, se siente perdido y completamente acorralado.

Juan: ¡Hazlo! ¡Dispara ya!

Emiliano sigue dudando.

Juan: ¡¡Dispara!!

De repente, una voz de ultratumba resuena por el desolado cementerio. 

Ricardo: ¡Emiliano!

Este se aturde y un pitido constante como también molesto se hace presente en sus oídos, algo que solo puede oír él. La voz lo llama de nuevo.

Ricardo: ¡Emiliano!

Emiliano comienza a ver distorsionadamente a su alrededor y en el otro extremo de la fosa, ve la figura de su padre adoptivo usando un traje. 

Ricardo: ¿De verdad vas a matarlo?

Emiliano da un paso hacia atrás.

Ricardo: ¿Crees que acabando con su vida vas a tapar tus pecados y estar tranquilo por lo que te reste de vida?

Emiliano: ¡No te metas, viejo!

Los dos sicarios que lo acompañan lo ven extrañados, pues no saben a quién le habla.

Emiliano: Esto no es asunto tuyo. ¡Lárgate!

Ricardo: No puedo irme. Estoy dentro de ti, hijo. Tanto es así que este muchacho ni siquiera es tu enemigo, ¿y sabes por qué? Matarlo será innecesario porque el peor enemigo que tienes lo llevas adentro. Te llegó la hora por fin. 

Emiliano: ¡Cállate! ¡No sabes lo que dices!

Ricardo: Deberás acabar contigo mismo. Dale fin a tanto odio y rencor. 

Emiliano: ¡Cállate de una maldita vez! ¡Cállate y deja de chingarme!

Emiliano, enfurecido, dispara unas tres veces contra el espectro, aunque en realidad las balas salen al aire. Juan, dentro del ataúd, no comprende qué ocurre. Por su parte, los sicarios también se miran desconcertados entre sí. 

Emiliano: ¡Tú estás muerto, desgraciado! ¡Estás pudriéndote en tu tumba! ¡No eres real, no lo eres! ¡Es mi imaginación! ¡Es mi imaginación, carajo! ¡Es mi imaginación! 

Emiliano dispara repetidas veces y el espectro desaparece, pero esta vez, aparece en lugar de uno de los sicarios.

Ricardo: Es cierto, no lo soy. Los muertos no regresan.

Emiliano se gira agitado.

Ricardo: En mi solo ves la poca consciencia que todavía te resta.

Emiliano: (furioso) ¡Infeliz! ¡Maldito anciano de mierda! 

Sicario 1: (confundido) ¿Qué le pasa, patrón?

Emiliano: ¡No me vas a confundir!

Emiliano lo observa fijamente. Por unos segundos, deja de ver al hombre que tiene delante y, en su lugar, ve el rostro de su difunto padre, por lo que le apunta al sicario en cuestión, el cual retrocede asustado.

Sicario 1: ¡Patrón, cálmese!

Ricardo: Mírame bien, Emiliano. Mírame y acostúmbrate.

Emiliano respira agitado y cada vez más nervioso. 

Ricardo: De mí no vas a poder escapar. Voy a estar aquí siempre para recordarte que no vales nada y que todo lo que has logrado no fue ni siquiera por mérito propio. Eres un fiasco, hijo.

Emiliano: ¡Cállate! 

Ricardo: Todo tu imperio es una completa farsa y nunca podrás ser digno hijo de mí, ni de tu madre y ni siquiera pudiste serlo de tu esposa.

Emiliano: ¡Cállate! ¡Cállate o te mato de nuevo!

El sicario mira a su compañero, cada vez más preocupado.

Sicario 1: ¡Patrón, escúcheme! ¡No hay nadie más aquí! ¡Está confundido!

Emiliano: ¡Cierra la boca!

Sicario 1: ¡Baje el arma!

Emiliano: ¡No vuelvas a decirme qué hacer! Seguí tus órdenes por años. ¡Por años! (Habla lleno de rencor) Yo no soy ese chamaco al que humillabas y no voy a permitir que lo hagas de nuevo. ¿Escuchaste? ¡No te lo voy a permitir!

Sicario 1: Tranquilo. Nadie quiere hacerle daño.

Emiliano: ¡Quieres matarme! ¡Todos quieren matarme y destruirme!

Ricardo: ¿Hasta cuándo vas a seguir huyendo de mí? ¿Hasta cuándo, Emiliano? 

Emiliano: ¡Que te calles!

Emiliano termina abaleando en repetidas ocasiones a aquel sicario en el pecho. 

Emiliano: (eufórico) ¡Muérete, malnacido! ¡Muérete! ¡Muérete y déjame en paz!

Juan, desde el ataúd, escucha los gritos y las detonaciones, aunque no puede ver con claridad.

Juan: (pensamiento) ¿Qué está pasando allá arriba?

El sicario, por su parte, cae desplomado al suelo con varios agujeros de bala. El segundo hombre contempla atónito la situación. 

Sicario 2: ¡Patrón! ¿Qué hizo?

Emiliano se gira de inmediato y le apunta al que aún queda con vida. Este alza las manos.

Sicario 2: Tranquilo. No me vaya a disparar.

Emiliano ve de nuevo el rostro del anciano que tanto lo atormenta en ese sicario. 

Ricardo: (burlándose) ¿Ves? No me iré. No lo haré porque estoy dentro de ti, Emiliano. No puedes deshacerte de mí como has hecho con los demás. No puedes escapar.

Emiliano: ¡Te equivocas! ¡Yo sí puedo acabar contigo! ¡Lo hice una vez y lo volveré a intentar! ¡Te voy a hacer morir cuantas veces haga falta! ¿Escuchaste? ¡Las que haga falta!

Emiliano está a punto de arremeter contra aquel individuo.

Sicario 2: ¡Patrón, espere!

Este no se da a la espera y antes de que su jefe apriete el gatillo, se abalanza sobre él y le levanta la mano hacia arriba, provocando que salga un disparo al aire. Todo ocurre en una fracción de segundos.


CORTE A:

EXT. CAMIONETA – NOCHE

Roberto permanece dentro de la camioneta, estacionada frente al cementerio. De pronto, escucha el disparo y se sobresalta.

Roberto: ¿Qué carajos…?

Mira hacia el cementerio, nervioso.

Roberto: ¿Qué está pasando ahí? Van varios disparos y se supone que iba a matar al tipo de un solo tiro.

De repente, aparecen luces a lo lejos. Roberto observa por el retrovisor y abre los ojos de par en par al ver dos patrullas que se acercan.

Roberto: (aterrado) ¡Maldita sea! ¡Nada más esto faltaba!

Roberto mira con desespero hacia el cementerio.

Roberto: ¡Carajo, Emiliano! Te has demorado demasiado.

El abogado se pone sumamente nervioso. Ve que las patrullas se acercan con las luces encendidas, aunque en silencio.

Roberto: ¡Tengo que largarme de aquí! No puedo esperar. No puedo parar en prisión. 

La camioneta arranca. Roberto se aleja a toda velocidad.


CORTE A:

EXT. CEMENTERIO – NOCHE

Entretanto, Emiliano y el segundo sicario siguen forcejeando con la pistola.

Sicario 2: ¡Patrón, tranquilo!

Emiliano: ¡No vas a poder conmigo! ¡De mi cuenta corre! ¡Te voy a mandar al infierno de donde saliste, viejo asqueroso! 

Sicario 2: ¡Cálmese, por favor!

El forcejeo se vuelve cada vez más violento.

Ricardo: Puedes matarme las veces que quieras. Verás que es inútil.

Emiliano brama como si fuera un animal furioso.

Sicario 2: ¡Ya estuvo bueno, patrón! ¡Tranquilo!

El sicario logra bajarle la mano. Emiliano no se rinde y empuña la pistola con fuerza. Es así como, en medio del forcejeo, una bala sale dispara por accidente y se incrusta en uno de los tobillos del empresario. Emiliano grita desgarrado y libera la pistola.

Sicario 2: (aterrado) ¡Patrón!

Juan, en la fosa, tiene los ojos desorbitados y continúa escuchando cada acto sin comprender. Emiliano cae de rodillas y la sangre no tarda en hacerse visible. El sicario se pone las manos detrás del cuello sin saber qué hacer.

Sicario: Perdóneme, no era mi intención, se lo juro. Yo no quería. 

Juan: (susurrando) Emiliano está herido…

Emiliano apenas puede reponerse del dolor. Varios policías irrumpen en el lugar en ese instante cargando sus armas desenfundadas. Gael encabeza el operativo y le apunta al sicario.

Gael: ¡Tú, suelta el arma y pon las manos arriba!

El segundo sicario se impacta al ver a tantos policías y comprende que no tiene escapatoria.

Sicario 2: ¡Carajo!

Gael: ¿Qué esperas? ¡Obedece! ¡Tira el arma y pon las manos arriba dónde las pueda ver!

Juan: (susurrando) ¿Gael?

Juan parece reconocer la voz del detective. Gael, entretanto, junto a sus otros hombres le apuntan al sicario, quien al verse acorralado de esa manera, deja despacio la pistola sobre el césped y luego alza las manos. Gael les hace una seña con la cabeza a los policías para que vayan a esposarlo. Emiliano, por su parte, suda aparatosamente y ve figuras humanoides en esos policías que se acercan de forma aterradora.

Emiliano: (horrorizado) ¡Aléjense de mí! ¡No se me acerquen!

Emiliano retrocede, arrastrándose torpemente por el suelo debido a la herida en el tobillo.

Policía 1: ¡No se mueva!

Emiliano alcanza la pistola. 

Emiliano: ¡No me van a llevar! ¡No se los voy a permitir!

Policía 2: ¡Baje el arma!

Los policías le apuntan con sus propias pistolas. 

Emiliano: ¡Atrás!

Emiliano no tarda en disparar indiscriminadamente contra los oficiales e incluso lograr herir a uno. Con prontitud, uno de los policías le dispara al hombre justamente en el hombro, haciéndolo soltar el arma. Emiliano se desploma al suelo, cae de lado y ve de forma distorsionada las piernas como también los zapatos de su padre.

Ricardo: Se acabó, Emiliano.

Emiliano: Vete. Déjame en paz. 

Emiliano intenta arrastrarse, pero apenas logra moverse.

Ricardo: Te llegó hora de una vez por todas.

Emiliano: (adolorido) Mentira… No puedo acabar así, no puedo… Emiliano Fonseca no puede acabar así.

Varios policías esposan al sicario y ven el cuerpo del otro.

Gael: Llamen una ambulancia de inmediato. Fonseca necesita atención médica.

Policía 1: Sí, detective. 

Gael se acerca a la fosa y se asoma. Juan alcanza a verlo desde abajo en medio de una mezcla de gratitud, sorpresa y alivio.

Gael: (serio) Estuviste cerca, Quintana.

Juan tiembla y su única reacción es derramar varias lágrimas por los sentimientos encontrados.

Gael: No soy religioso, pero me atrevería a decir que te estiman mucho allá arriba.

Juan solo puede dibujar una sutil y leve sonrisa ante esas palabras.

Gael: Voy a llamar a los bomberos para que te saquen de ahí. Espérate. Ten paciencia.

Juan: (entre lágrimas) Gracias, Luján… 

Gael muda su expresión de seriedad, asiente y le devuelve una sonrisa. 

CONTINUARÁ…


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