Capítulo 40: In exitu (4° parte)
SEMANAS DESPUÉS
INT. RECLUSORIO/CELDA – DÍA
Un custodio se acerca a la puerta de la celda y abre una ventanilla pequeña puesta a la altura de la boca.
Custodio: ¡Hey, Quintana! ¡Tienes visita!
No hay respuesta. Dentro de la celda, en medio de la penumbra, Juan aparece en el fondo, sentado y recostado contra la pared, con la mirada ida.
Custodio: ¡Quintana! ¡Te estoy hablando!
Juan: (parco) No quiero ver a nadie. Quien sea que haya venido, diles que no regresen.
Custodio: Pues allá tú. Es la cuarta vez que vienen este mes.
El custodio cierra la ventanilla y la poca luz que penetraba por allí se esfuma. Juan se ve seco, como un muerto en vida o como si el alma le hubiera abandonado el cuerpo. No quedan los más mínimos rastros de aquel joven seminarista, simpático, alegre, de mirada tierna y risueña que solía ser meses atrás. Incluso se ve descuidado y de barba de varias semanas. Parece como si estuviera en un shock permanente y recuerda fragmentos sonoros del momento que terminó de sepultarlo.
Jorge: (voz en off) ¿De verdad no está disfrutándolo?
Juan: (voz en off) ¡Basta, ya no más, por favor! ¡Basta!
Jorge: (voz en off) Todo lo contrario, Juan. Quiero que sienta lo que yo sentí…
Juan: (voz en off) ¡Deténgase, se lo suplico!
Jorge: (voz en off) Quiero que sufra y recuerde la forma tan humillante en que arruinó mi vida.
Juan: (voz en off) ¡Por favor, por favor, no más!
El llanto desgarrador de aquel día resuena como un zumbido metálico en sus oídos. Juan deja de recordar, cierra los ojos con fuerza y se abraza las rodillas, sintiéndose sucio, solo, sin esperanza alguna.
INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA
María José y Chuy se encuentran platicando con el custodio de hace rato. El sacerdote luce completamente desconcertado.
Chuy: ¿Cómo es eso de que Juan no quiere vernos? La semana pasada que vinimos tampoco nos recibió, ni la anterior, ni la anterior de la anterior y a mí sinceramente se me hace muy extraño.
Custodio: Yo solo les estoy informando el deseo del recluso que me dijo expresamente no querer recibir a nadie y hasta pidió que no vengan a visitarlo.
Chuy: ¡Es que es imposible! Mejor ya explíquenme qué es lo que está pasando. ¿Juan está castigado o algo? ¿Es eso?
Custodio: Les repito que no ocurre nada. El recluso fue muy claro al decirme que no desea recibir visitas y ya, por favor, no insistan más.
Chuy: Es que yo necesito ver a mi muchacho. Más bien insístale a usted para que salga a vernos. Dígale que hay alguien muy importante que necesita hablar con él.
Custodio: De verdad lo siento, pero no puedo hacer más. Yo les recomiendo que no pierdan más su tiempo.
Chuy: Por lo menos, entréguele esto, por favor y gracias de antemano.
Chuy le da al custodio un rosario platinado. El custodio asiente y se retira. Chuy se queda frustrado. María José guarda silencio, aunque también le extraña la situación.
EXT. RECLUSORIO – DÍA
Minutos después, ambos caminan a paso lento.
Chuy: Lamento mucho haberte hecho perder el tiempo de nuevo, María José. La verdad es que ni yo mismo entiendo qué se trae Juan.
María José: Quizás es por mí que no quiere salir.
Chuy: Claro que no. Él no tiene forma de saber quién viene a verlo. Yo estoy sospechando que algo más está pasando, pero no me hago a la idea de qué pueda ser.
María José: Pues sea lo que sea, mi vuelo está programado en una semana, padre. De verdad quería despedirme de él, no solo porque usted me lo pidió, sino porque yo también siento que ambos debemos hablar, pero no va a ser posible si se niega a recibir visitas.
Chuy: ¡Ay, este muchacho! (Resopla) Está bien. Regresemos el próximo domingo a ver y si vuelve a negarse, ni modo. Tú tienes que tomar ese vuelo. Luego le jalo las orejas por menso.
María José: (riendo levemente) Me parece bien. Bueno, voy a aprovechar que es domingo para también visitar a mi madrina.
Chuy: ¿Has pensado qué harás con ella cuando te vayas?
María José resopla pensativa.
Martha: No hay nada qué hacer, padre…
CORTE A:
INT. CASA DE REPOSO/HABITACIÓN DE PAULA – DÍA
Paula se encuentra dormida sobre una cama, conectada a un ventilador mecánico y a un monitor.
María José: (voz en off) Por lo que me explicaron, jurídicamente ella ya se considera una persona fallecida debido a la muerte cerebral…
Paula, en efecto, está muerta en vida luego de la brutal caída desde el séptimo piso que sufrió meses atrás. Hay una enfermera que le lava las llagas de la piel que suelen provocarse por la quietud del cuerpo.
María José: (voz en off) Nunca va a despertar y lo único que puedo hacer es seguir enviando dinero a la casa de reposo donde la tengo internada para que la cuiden hasta que algún día su cuerpo deje de responder por sí solo.
Paula continúa allí en cama, como si estuviera en un sueño profundo y es que una persona con muerte cerebral ya no responde a ningún estímulo. El cuerpo solo vive mediante el oxígeno que recibe del ventilador.
INT. RECLUSORIO FEMENINO/SALA DE VISITAS – DÍA
De forma paralela, Martha ha ido también a visitar a su hija a la prisión donde ha sido recluida. Grettel sale a su encuentro con un aspecto descuidado, sin maquillaje, usando el uniforme de presa, además de un vientre abultado de ocho meses. Poco queda de la muchacha altiva, sagaz y vanidosa que solía ser. Martha le esboza una leve sonrisa.
Martha: Hola, hija.
Grettel no le contesta y toma asiento con algo de dificultad.
Martha: ¿Cómo te has sentido?
Grettel: ¿Cómo más quieres que me sienta encerrada en esta pocilga?
Martha: Me refería al embarazo.
Grettel: Me duele mucho la espalda y se me hinchan muchísimo los pies. No logro dormir bien y cada día me siento más cansada que nunca.
Martha: Entiendo que no es fácil, pero ya pronto vas a dar a luz. Ten paciencia.
Grettel: ¿Qué paciencia, mamá? Me han tratado medianamente bien y me dan mejor comida solo por el embarazo. En cuanto dé a luz, voy a perder cualquier beneficio.
Martha: Tienes que sobreponerte. La vida aquí no es fácil y mientras cumples tu sentencia, aunque te suene ahorita imposible, vas a terminar acostumbrándote. Vas a ver.
Grettel: No quiero acostumbrarme. Quiero ser libre. Es injusto que esté encerrada en este sitio tan horrible y tan deprimente. Yo me soñaba con otra vida muy distinta a esta mierda.
Martha: Grettel, tú mataste a una persona y aunque seas mi hija y te ame, eso no puedes borrarlo y debes pagar por ello.
Grettel: ¿Te crees jueza ahora?
Martha: Quiero que entiendas que no podemos escaparnos de lo que hacemos mal. Mira a Juan…
Grettel baja la mirada al escuchar el nombre.
Martha: Él también cometió un error que no llega al nivel de la cosa tan horrible que tú cometiste y lo afrontó con valentía. Jamás se quejó.
Grettel: (sollozo) Juan es un pobre iluso que siempre ha creído en la justicia y que ve el mundo color de rosa. Es su culpa que yo esté aquí.
Martha: (indignada) ¿Cómo puedes decir eso?
Grettel: Me convertí en una asesina por él, mamá, para que tuviera la oportunidad de ser un hombre diferente, rico, con mucha lana. Hubiéramos podido deshacernos de Emiliano y disfrutar de toda la fortuna que por derecho le pertenecía, pero lo arruinó todo.
Martha: Me parece de no creer que sigas alucinando con lo mismo. Reacciona, Grettel.
Grettel: Mira, no necesito tus sermones ni tus cantaletas. Mejor escúchame bien porque tengo algo que pedirte.
Martha: ¿Qué?
Grettel: Juan va a ser liberado mucho que antes yo y, por ley, debe pelear por la herencia de su familia al ser el único heredero vivo, así que cuando él salga, debes pedirle que se haga cargo de mi hijo.
Martha: Yo seré la que se haga cargo. Juan no tiene nada que ver.
Grettel: Tiene mucho que ver, sí y está obligado a darle todo lo que necesite a mi hijo para que jamás pase las necesidades que pasé yo. Me lo debe después de que me entregué y arruiné mi vida por su culpa.
Martha: El niño no necesita ese dinero malhabido por el que murieron tantas personas. Además, dudo mucho que a Juan le interese esa podrida herencia.
Grettel: ¡Déjate de cursilerías! ¡Es lana, muchísima lana! Mi bebé se la merece y si estoy encerrada es porque me sacrifiqué para obtener algo de esa fortuna y no pude, así que si no fue para mí, que al menos sea para él.
Martha: Estás mal, Grettel. Ni estar encerrada aquí te hace cambiar de mentalidad.
Grettel: Prométemelo y ya.
Martha resopla con frustración.
Martha: Hay que esperar a ver qué pasa en unos años y ahí veremos, pero puedes estar tranquila. Mi nieto nunca pasará necesidades mientras tenga vida.
Grettel: Pues precisamente porque ya estás vieja es que no puedo responsabilizarte por completo del cuidado de mi hijo.
Martha solo niega con la cabeza en señal de evidente reproche.
INT. DEPARTAMENTO DE CHELA – DÍA
Chuy ha ido a visitar a Chela. Los dos se encuentran sentados frente a frente en diferentes sofás. Chuy sostiene una taza de café.
Chela: Entonces ¿también hoy rechazó las visitas?
Chuy da un sorbo de su café y asiente.
Chuy: Sí y me estoy empezando a preocupar. Ha pasado un mes desde que lo sentenciaron en el juicio y no he podido verlo.
Chela: La verdad es que sí es muy raro porque antes del juicio sí recibía nuestras visitas, pero desde que lo trasladaron a ese reclusorio no parece querer saber de nosotros. ¿Por qué cree usted que sea?
Chuy: (pensativo) Yo me hago la misma pregunta, Chela. He pensado que a lo mejor lo mandaron a la celda de castigo, pero de ser así, nos lo hubieran dicho. Tengo el presentimiento de que algo no anda bien con Juan.
Chela: Hasta yo ya me preocupé. ¿Qué podemos hacer? Ni modo de meternos allá adentro a buscarlo de celda en celda.
Chuy: Creo que ya se me está ocurriendo una forma, pero no sé si me funcione. Bernardo quizá me podría ayudar como obispo antes de que se haga efectiva su renuncia.
Chela: ¿Sí va a renunciar al final?
Chuy: Sí. Después de todo, su salud ha decaído mucho en los últimos meses y ya dentro de poco van a nombrar un nuevo obispo para la arquidiócesis de la ciudad.
Chela: Dios lo ayude. Debe ser muy difícil afrontar una enfermedad como esa y más a su edad.
Chuy: Tienes razón. Iré a verlo en los próximos días para saludarlo y pedirle que me eche una mano. Él podría ayudarme a nombrar al padre Joaquín como el nuevo capellán del reclusorio donde está Juan.
Chela: ¡Ah, sí claro! ¡El padre Joaquín! Lo recuerdo. Lo conocí una vez que fui al orfanato justo a preguntar por usted.
Chuy: Es un muchacho joven y muy amable. De seguro podrá averiguar qué está pasando con Juan allá adentro. Es lo único que se me ocurre por ahora para entender el porqué de su actitud.
Chela: Ojalá sí logre averiguar alguna cosa.
Chuy: Ojalá…
Chuy bebe otro sorbo de café y es que su semblante refleja un mal presentimiento. Los días continúan pasando y se enfocan varias secuencias de escenas.
INT. RECLUSORIO/BAÑOS – DÍA
Juan es llevado a la fuerza por tres guardias a las duchas donde hay otros reclusos bañándose desnudos sin ningún tipo de privacidad. El lugar revive en el joven el terrible trauma vivido.
Juan: (aterrado) ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Suéltenme!
Guardia 1: (con asco) Tienes que ducharte, cabrón. Estás apestando desde hace semanas.
Juan: ¡No quiero entrar aquí! ¡Por favor, no me obliguen! ¡No quiero!
Guardia 2: ¡No te estamos preguntando, Quintana! Tú no quisiste por las buenas y ahora te toca por las malas.
Juan: (gritando) ¡Por favor, no!
Los guardias comienzan a desnudarlo forzosamente. Los demás reclusos en las duchas se burlan de la situación. Juan no se queda sin retorcerse.
Juan: (desgarrado) ¡No me toquen! ¡No lo hagan! ¡Por favor, se lo estoy pidiendo!
Entre los tres custodios consiguen quitarle la ropa. Juan sigue gritando que se detengan y no lo hagan. Dos de ellos lo sujetan mientras el otro va por una manguera.
Juan: ¡No quiero! ¡No me pueden obligar! ¡Déjenme!
Guardia 1: (con rabia) ¡Ya estuvo bueno, Quintana! ¡Compórtate!
Los guardias, hartos de la resistencia del joven, lo empujan hacia una pared y justo en ese instante viene el tercer guarda sosteniendo la manguera. El agua sale disparada contra el muchacho. Juan se estremece violentamente y tirita por la temperatura. Varios reclusos observan la escena y uno de ellos suelta una carcajada.
Recluso 1: ¡Miren al seminarista! ¡Parece que es alérgico al agua bendita!
Otro imita sus movimientos de oración.
Recluso 2: ¡Padre Juan! ¡Bendíganos!
Las risas aumentan. Juan baja la cabeza, desnudo, humillado, abrazándose a sí mismo y siente que todas esas risas retumban en su cabeza de forma insoportable.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/COMEDOR – DÍA
Juan camina despacio y cabizbajo mientras sostiene su bandeja de almuerzo, aunque la mira sin nada de apetito. Pasa justo al lado de otro recluso, quien se queda viéndolo con malicia.
Recluso 1: ¿Qué pasó, padrecito? ¿No te gusta la comida?
Juan no contesta y sigue su camino. Un recluso distinto, sentado más adelante, le pone zancadilla. Juan pierde el equilibrio, cae y suelta la bandeja. Todos los alimentos se desarman y las risas comienzan inmediatamente.
Recluso 2: ¡Uy! ¡Qué torpe de veras! Deberías poner más cuidado, padrecito. La comida no se desperdicia.
Juan observa el desastre en silencio. Jorge observa a lo lejos sentado en otra mesa junto a otro recluso.
Jorge: Veo que ya todos se enteraron de que era un seminarista. Hiciste bien en esparcir el rumor.
De forma disimulada, el exsacerdote le pasa unos billetes por debajo a dicho recluso. Juan sigue en el piso. Un guardia se le acerca con seriedad.
Custodio: Era tu porción del día y ya perdiste, así que recógelo todo y limpia.
Juan no responde. Mientras recoge los restos, sus ojos se detienen un instante sobre una cuchara que ha quedado apartada del resto de los cubiertos. La toma, la mira y por un momento, parece que va a devolverla, pero la desliza discretamente y la mete en el bolsillo de su uniforme sin ser visto. Luego se levanta y justo cruza miradas a lo lejos con Jorge, quien le sonríe con satisfacción. El hombre tiene el atrevimiento de humedecerse los labios como si se saboreara. Juan ni siquiera lo mira con odio ya, sino con los ojos destrozados, sin fuerzas de nada y se retira.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/CELDA – NOCHE
Juan está sentado en el suelo sin poder dormir a diferencia de sus compañeros de celda. Juega con la cuchara entre sus manos y la contempla.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/PATIO – DÍA
Los presos juegan y conversan. Juan permanece apartado, sentado contra una pared y saca de su bolsillo un rosario, pero justo en ese instante, un recluso pasa junto a él y le da un golpe en el hombro. Juan ni siquiera reacciona.
Recluso: ¿Para qué quieres esto?
El recluso le quita el rosario que lleva entre las manos. Juan se levanta inmediatamente.
Juan: Devuélvemelo.
Recluso: ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ponerte a rezar acá?
Juan extiende la mano.
Juan: Por favor. Es lo único que me mantiene en pie.
Recluso: Pues quítamelo, güey. Ándale.
Juan: No quiero broncas con nadie.
Recluso: Entonces ya olvídalo. Me lo voy a quedar, fíjate.
El recluso se va. Juan respira agitado y tensa el rostro, harto de las burlas y los maltratos, por lo que agarra del hombro a aquel recluso.
Juan: ¡Te dije que me lo devolvieras, cabrón!
Juan lo gira a la fuerza y le propina un puño en la cara. El recluso se sorprende, pero no tarda en defenderse y comienza a lanzarle puños al aire. Juan los esquiva todos, lo noquea con un puñetazo y se abalanza contra el recluso, tirándolo al piso. Luego comienza a golpearlo sin parar, descargando contra él toda la rabia que tiene acumulada. Incluso grita iracundo. Los demás reclusos pronto se reúnen alrededor a abuchear y los guardias no tardan en aparecer, haciendo sonar sus silbatos. Juan es separado del recluso y se ve que sus nudillos se han llenado de sangre. Los guardias lo sujetan.
Juan: (furioso) ¡Déjenme! ¡Me estaba defendiendo!
Guardia 1: ¡Cálmate, Quintana!
Juan: (intentando soltarse) ¡Él me provocó! ¡Suéltenme! ¡Suéltenme!
Los guardias se lo llevan forzosamente y pasan justo al lado de Jorge, quien observa con plena satisfacción.
Jorge: ¿Estás disfrutando de tu castigo, Juan?
Juan voltea a ver con rabia e impotencia.
Jorge: Dios ya no te escucha. Te abandonó y tu vida no vale nada. Deberías morirte de una vez para que te libres de este infierno o te juro que se pondrá peor cuando regreses. Podremos repetir de nuevo nuestro encuentro tan pasional…
Juan quisiera irse contra el hombre, pero le es imposible zafarse de los guardas.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/CELDA DE CASTIGO – NOCHE
Juan ha sido confinado a la oscura y desolada celda de castigo. Está acostado de lado en el piso, en posición fetal, sin vida y sin ánimos de nada. Tiene incluso los ojos hinchados y un recuerdo llega a su cabeza.
FLASHBACK
Fernanda: (en un hilo de voz) Tú nunca debiste haber nacido.
Juan no puede evitar que esas palabras calen en lo más profundo de su ser.
Fernanda: Debí dejar que te mataran de niño. Por tu culpa, perdí a mi hijo, al que sí crié.
Juan tensa el rostro y la garganta, dolido ante lo que escucha.
Fernanda: Me lo quitaste…
Fernanda escupe más sangre.
Fernanda: Espero que… (Hace una pausa) Espero que seas muy infeliz… Espero que nunca sepas lo que es vivir tranquilo y sufras…
FIN DEL FLASHBACK
Juan deja de recordar aquellas duras palabras que en aquel instante lo desgarran.
Juan: (en un hilo de voz) Dios mío…
Juan hace una pausa.
Juan: ¿De verdad sí me abandonaste?
Juan derrama una lágrima discreta que cae en el piso.
Juan: Yo sé que cometí errores y estaba dispuesto a pagar por ellos, pero ya no me quedan fuerzas…
Hay silencio absoluto apenas interrumpido por una gotera constante que cae cada cinco segundos del techo.
Juan: Estoy cansado… Estoy cansado de esto. Jugaste con mi paciencia al límite y no aguanto más… Quise ser fuerte y no lo logré…
Juan siente que se quiebra y su mandíbula incluso tiembla. Pronto las lágrimas caen de su rostro de forma incontenible.
Juan: Perdóname, pero no puedo soportarlo, no puedo, no puedo… Me pesa vivir…
Juan se desgarra a llorar con un impresionante dolor emocional con el que apenas puede cargar.
Juan: No puedo más, no puedo…
Juan siente que incluso se hiperventila por el amargo llanto, se alza la camisa del uniforme y saca dentro de su ropa interior la cuchara con la que se quedó el otro día. Todavía acostado, comienza a rasparla con rapidez contra el piso una vez tras otra y sin detenerse un solo instante. Pasan varios minutos, quizás unos quince o más, y pronto el mango de la cuchara se afila, no tanto como un cuchillo, pero sí lo suficientemente cortante. Juan se sienta, gimotea e incluso cierta cantidad de mucosidad sale de su naríz. Contempla la cuchara y se alza la manga de la camiseta del uniforme. Pone la cuchara sobre sus venas y duda varios segundos.
Juan: Perdóname, Señor… Si todavía me escuchas, ten al menos misericordia de mí y déjame descansar en paz…
Juan está a punto de comenzar a cortarse las venas cuando, de repente, escucha una voz que lo interrumpe.
Benjamín: Juan…
Juan se exalta y voltea a ver. Benjamín aparece de pie al lado de la puerta de la celda, vestido de sacerdote.
Benjamín: No lo hagas.
Juan ve a su amigo con los ojos desorbitados.
Juan: ¿Ben…? ¿Benjamín?
Benjamín: No lo hagas, por favor. No cometas el mismo error que yo cometí cuando también me sentí más desesperado.
Juan se pone de pie con prontitud y se frota los ojos, creyendo que aquello es producto de su imaginación. Benjamín, por el contrario, sigue allí, viéndolo con tristeza.
Benjamín: Tú no eres así. Ten valor.
Juan: ¿Qué haces aquí si tú estás…?
Benjamín: Vine a despedirme y a pedirte que no te rindas. Tú eres más fuerte de lo que crees. No dejes que esto te gane.
Juan niega despacio con la cabeza.
Juan: Yo pensé que era fuerte, pero ya me di cuenta que no. Me duele vivir, Benja. Esto me puede y ya no aguanto más.
Benjamín: ¿Olvidaste quién eres?
Juan: Quizás sí. Ya no sé ni quién soy.
Benjamín: Juan… (Hace una pausa) ¿Dónde está el que le daba esperanza a los demás? ¿Dónde dejaste al que me echó porras cuando también quise rendirme? ¿Dónde está el tipo que le daba tanto amor a los niños del orfanato y que amaba su vocación?
Juan llora al escuchar esas preguntas.
Juan: Me perdí y no me reconozco.
Benjamín: Pero todavía te puedes encontrar. No eches por la borda lo que eres. No te rindas, por favor.
Juan baja la mirada destrozada.
Juan: ¿Y cómo se supone que vuelva a ser el de antes? No sé cómo. No sé dónde encontrarme.
Benjamín: Entonces no lo cargues solo.
Juan rompe en llanto.
Juan: Ya no tengo fuerzas, Benja.
Benjamín: Deja que alguien te ayude.
Juan: ¿Quién?
Benjamín: Los que todavía te aman.
Juan niega con la cabeza con rapidez.
Juan: Los decepcioné un chingo. El padre Chuy, Martha… (Hace una pausa) María José… Los alejé a todos.
Benjamín: Ellos no se alejaron de ti. Tú fuiste quien cerró la puerta.
Juan: No quiero que me vean así.
Benjamín: ¿Crees que el amor consiste en aparentar solamente cuando estamos bien?
Juan vuelve a llorar desconsolado.
Juan: Me da vergüenza.
Benjamín: No tienes nada de qué avergonzarte conmigo ni con ellos. Tú estuviste conmigo cuando yo estaba roto. Me escuchaste cuando nadie más quería hacerlo. Me hiciste sentir que todavía valía la pena seguir adelante.
Juan: Porque te quería.
Benjamín le sonríe con tranquilidad y da un paso hacia adelante.
Benjamín: Y yo también te quiero a ti. Por eso vine.
Benjamín le pone la mano en el hombro.
Benjamín: Vine porque ahora quiero echarte una mano así como me la echaste a mí.
Juan: Te extraño mucho.
Benjamín: Yo también te extraño.
Juan: Quisiera poder abrazarte.
Benjamín extiende los brazos.
Benjamín: Entonces hazlo.
Juan sigue sin poder creer que todo lo que está experimentando en ese instante sea real. Duda por un instante y lo abraza con todas sus fuerzas. Por primera vez en mucho tiempo, Juan llora como un niño y se aferra a Benjamín mientras este lo abraza con ternura.
Juan: ¡Perdóname!
Benjamín: No tengo nada que perdonarte.
Juan: Sí, sí tienes. Yo no pude salvarte.
Benjamín: Tú no eras responsable de salvarme. Hiciste lo que pudiste por mí y te voy a estar agradecido siempre, Juan.
Juan: Me hubiera gustado que estuvieras aquí.
Benjamín: Y a mí me hubiera gustado quedarme, pero siempre voy a estar presente de otra forma y ahora tienes que quedarte tú. Todavía no te puedes ir.
Juan se separa lentamente.
Benjamín: Prométeme algo.
Juan: ¿Qué?
Benjamín: Que mañana vas a levantarte. No te estoy pidiendo que seas feliz así como si nada ni que olvides lo que pasó. Ni siquiera que tengas fuerzas para sonreír.
Benjamín le pone ambas manos en los hombros.
Benjamín: Solo levántate.
Juan llora en silencio y tarda en responder.
Juan: Lo voy a intentar.
Benjamín: No. Inténtalo de verdad. Tú puedes.
Juan asiente lentamente.
Juan: Te lo prometo.
Benjamín sonríe.
Benjamín: Así me gusta.
Juan vuelve a abrazarlo como si no quisiera que se fuera de su lado.
Juan: Gracias por venir.
Benjamín: Gracias a ti por haber sido mi amigo.
Juan: Siempre vas a ser mi hermano. Te quiero, Benja. Te amo. Te amo mucho, amigo.
Juan cierra los ojos y cuando vuelve a abrirlos, Benjamín ya no está. Juan mira hacia la puerta y solo queda la celda vacía.
Juan: ¿Benjamín?
Nadie responde.
Juan: (llorando) Benjamín, no te vayas a ir otra vez. Vuelve, por favor.
El silencio vuelve a ponerse terriblemente aterrador.
Juan: (gritando) ¡¡Benjamín!!
Juan grita con todas sus fuerzas en un eco profundo y la escena se pone en negro.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/ENFERMERÍA – DÍA
Juan despierta violentamente y ahogado sobre una camilla. Respira con dificultad, sudando aparatosamente y jadea.
Juan: ¿Benjamín?
Juan mira a su alrededor de forma borrosa y nota que hay una enfermera aplicándole una inyección en la bolsa que tiene conectada a una de las venas de las manos.
Joaquín: ¿Juan, cómo te sientes?
Juan no comprende y mira a su alrededor confundido, además sus manos están esposadas a las barandas de la cama y una de sus muñecas está vendada. La enfermera se retira.
Juan: ¿Dónde estoy?
Joaquín: Te trajeron de urgencia para acá. Estás en la enfermería.
Juan sigue viendo borroso, pero poco a poco su visión se aclara y reconoce a su excompañero de seminario.
Juan: ¿Joaquín?
Joaquín: (sonriéndole) Sí, soy yo.
Juan se siente levemente mareado.
Juan: No entiendo. ¿Qué…? ¿Qué me pasó? Yo estaba en… (Se detiene intentando recordar)
Joaquín: Te encontraron en la madrugada desangrándote en la celda de castigo. Quisiste suicidarte por lo visto.
Juan se queda pensativo, haciendo memoria y recuerda esos momentos antes de perder el conocimiento.
Joaquin: Gracias a Dios que te trajeron a tiempo. Fue negligencia de parte de los guardias no haberte requisado para verificar si tenías algún tipo de arma antes de encerrarte allí, pero me voy a encargar de poner una queja formal.
Juan: Entonces… Entonces ¿sí lo hice?
Joaquín: ¿No recuerdas bien?
Juan: Lo único que recuerdo es que estaba a punto de empezar a cortarme y Benjamín se me apareció para impedírmelo.
Joaquín: (extrañado) ¿Benjamín?
Juan: Sí, era él. Vino a despedirse de mí. Hablamos e incluso nos abrazamos.
Joaquín: Juan, no había nadie más en esa celda contigo. De seguro fue un sueño.
Juan: No, era él. Estoy seguro. Era real porque lo sentí. Era palpable. No me lo soñé y tampoco lo aluciné. Era Benjamín.
Joaquín guarda silencio unos segundos y le da un par de palmadas en el hombro.
Joaquín: Todo bien. Lo importante es que te salvaron y te vas a mejorar.
Juan hace una pausa intentando poner en orden sus ideas.
Juan: ¿Tú qué haces aquí?
Joaquín: Me nombraron el nuevo capellán del reclusorio. El obispo me mandó y empecé justo ayer. Estuve buscándote, pero no te encontré hasta esta mañana que oí la noticia de un recluso que había intentado quitarse la vida.
Juan baja la cabeza con vergüenza. Joaquín lo nota.
Joaquín: No te preocupes. Intenta descansar para que te den de alta pronto.
Juan se apresura a negar con la cabeza.
Juan: (alterado) No, no quiero. No quiero volver.
Joaquín: Hey, Juan. Tranquilo. No te pongas así.
Juan: Prefiero morir o que me encierren estos tres años en la celda de castigo, que me bañen con agua fría, comer pan con agua, pero no quiero volver.
Joaquín: Vas a recibir terapia psicológica y acompañamiento especial el resto de tu sentencia. Es duro, pero con eso vas a sobrellevar mejor la estancia acá. Tranquilo.
Juan: Tú no entiendes. No puedo volver, Joaquín. No puedo volver a pasar por lo mismo.
Joaquín: (desconcertado) ¿A qué te refieres?
Juan: El cabrón ese me amenazó. Dijo que si regresaba, iba a volver a…
Juan se detiene abruptamente, aterrado y preso de los nervios como si fuera un niño.
Joaquín: ¿Qué te pasó, Juan? ¿Quién te amenazó?
Juan se niega a hablar ante la vergüenza que siente por haber sido abusado. Joaquín le pone la mano en el hombro.
Joaquín: Puedes confiar en mí. Fuimos compañeros en el seminario y vivimos juntos en el orfanato.
Juan duda si contarle. Joaquín permanece expectante.
CORTE A:
INT. RECLUSORIO/OFICINA – DÍA
Chuy y Joaquín se encuentran de pie frente al escritorio del director de la prisión. El primero se ve sumamente indignado y furioso.
Chuy: ¡Esto que pasó es inaudito, señor director! Mi muchacho estuvo a nada de morirse. Fue abusado sexualmente por culpa de ese infeliz. ¿Cómo dejan ustedes qué ocurra una cosa así? ¡Están tratando con personas! ¡Son seres humanos!
Joaquín: Padre, calmado. Recuerde que ponerse así no le hace bien.
Chuy: Déjame, Joaquín. Yo sé bien lo que hago. En cuanto a usted…
Chuy dice aquello señalando al director con el dedo índice.
Chuy: Dé gracias a Dios que a Juan no le pasó nada o yo mismo me hubiera encargado de denunciar un hecho tan atroz para que lo destituyeran de su cargo.
Director: (con seriedad) Entiendo la molestia de ambos y les pido perdón, pero traten de entender que cosas así suelen suceder mucho en estos sitios. Para nadie es un secreto que existe corrupción entre guardias y reclusos, además de peleas, reclusos que golpean a otros y hasta abuso sexual. Hay cosas que se salen de nuestro control.
Chuy: (indignado) ¡Claro! ¡Bonita forma de lavarse las manos!
Director: (muy campante) Estoy tratando de hacerles ver que no fue mi culpa y además, tampoco teníamos conocimiento de que el recluso Jorge Mendoza conocía al recluso Juan de La Cruz. No somos omniscientes, padre. Dios solo lo es y usted lo sabe.
Chuy: No intente jugar a la psicología inversa conmigo ni trate de encubrir su negligencia. Más bien, le exijo que haga algo para que se lleven a Jorge de este reclusorio o que trasladen a Juan a otro.
Director: Me apena no poder ayudarle, pero eso no es posible.
Chuy: ¿Cómo que no?
Director: El juez es el que determina a cuál centro penitenciario deben ir los reclusos. Es algo que no está en mi poder.
Joaquín: Podrá ser el juez el que dictamine a cuál centro deben ir los reclusos como usted dice, pero la Ley Nacional de Ejecución Penal contempla situaciones en las cuales un recluso puede ser trasladado a otra cárcel, como por ejemplo riesgo para la vida.
Director: ¿Usted qué sabe? Ni siquiera es mexicano. Viene de otro país.
Joaquín: Pues para ser de otro país, me conozco mejor la ley que usted.
El director frunce el ceño al oír al joven sacerdote.
Joaquín: Juan corre peligro en este centro y nosotros no queremos ir hasta las últimas instancias, así que le pedimos muy comedidamente que atienda la solicitud que le estamos haciendo por las buenas.
Chuy: O si no, nos vamos a encargar de denunciar públicamente lo que ocurrió. Usted sabrá, señor director.
El director resopla frustrado al verse encarado así por ambos sacerdotes.
CORTE A:
EXT. RECLUSORIO/PATIO INTERNO – DÍA
Juan camina escoltado por dos custodios. Lleva sus pocas pertenencias en una pequeña bolsa y mantiene la mirada baja. Va esposado y su rostro continúa demacrado, reflejando el agotamiento de las últimas semanas. Es de notar que todavía tiene una de las muñecas vendadas. Varios reclusos observan irse. Jorge está entre ellos y se acerca a los custodios.
Jorge: ¡Guardias!
Los custodios se detienen. Juan levanta lentamente la mirada y lo observa sin decir nada.
Jorge: Quiero despedirme de él. Es solo un momento. No me voy a tardar más de lo necesario.
Los custodios se miran entre sí poco convencidos.
Custodio 1: Que sea rápido.
Jorge se acerca a Juan, sonriendo con malicia y se inclina hacia su oído. Juan permanece en quietud.
Jorge: Puedes irte a otra prisión, puedes cambiar de ciudad, puedes esconderte donde quieras… (Hace una pausa) Pero nunca vas a escapar de mí, Juan de La Cruz. ¿Y sabes por qué?
Juan permanece inmóvil, escuchando con atención, con el rostro parco y desanimado.
Jorge: Porque yo sé lo que pasó y tú también. Nunca podrás escapar de tu pasado y siempre vas a recordar que fui yo quien te hizo mío.
Juan cierra los ojos durante unos segundos. Jorge se aparta, esperando alguna reacción. No obstante, Juan simplemente lo mira con los ojos cargados de cansancio y dolor.
Juan: ¿Y tú sabes qué es lo peor de todo?
Jorge frunce el ceño.
Juan: Que a ti tampoco se te va a olvidar que yo soy la razón por la que estás aquí encerrado. Vas a recordarme hasta el final, sabiendo que fui yo quien te quitó tu pinche máscara y que nunca vas a volver a probar la libertad.
Jorge tensa el rostro, pues sabe que aquellas palabras están cargadas de verdad.
Juan: (a los custodios) Vámonos, por favor.
Los custodios sujetan al muchacho para llevárselo. Jorge lo ve retirarse con frustración.
Juan: ¡Ah! Y algo más…
Juan se gira.
Juan: Ni siquiera te tengo odio, Jorge. Nada más siento compasión por ti.
Jorge: (con incredulidad) ¿Compasión?
Juan: Sí, porque después de todo lo que hiciste, no me imagino el castigo que algún día tendrás que enfrentar y no hablo de esta cárcel.
Juan hace una pausa. Jorge parece desencajarse con esas palabras.
Juan: Hablo de la justicia divina que es más implacable.
Jorge: ¡No me vengas con tus sermones!
Juan: Ojalá algún día te arrepientas. Que Dios tenga tenga piedad de ti y te perdone. Hasta nunca, Jorge.
Juan comienza a caminar. Jorge se queda inmóvil, observándolo alejarse.
Jorge: ¡Esto no ha terminado, Juan de La Cruz!
Juan no voltea. Los custodios se lo llevan por el pasillo. Jorge sigue gritándole a lo lejos.
Jorge: ¡Te equivocas si crees que ganaste! ¡Fui yo quien te marcó y te ganó! ¿Escuchaste? (Juan lo ignora) ¡Yo te gané!
Jorge queda atrás, con el rostro desencajado y lleno de frustración. Minutos después, las puertas del vehículo penitenciario se cierran. Juan permanece sentado en el interior, mirando por la pequeña ventana. El vehículo comienza a alejarse. Juan baja la mirada. Por primera vez, aunque sigue destrozado, parece haber dejado atrás algo que durante semanas lo había perseguido.
INT. TALLER DE COSTURA – DÍA
Chela habla por celular. Damián se encuentra a lo lejos terminando de coser una prenda en la máquina, aunque detiene el movimiento para no ocasionar mucho ruido durante la llamada.
Chela: (emocionada) ¡Ay, qué buena noticia, padre Chuy! Entonces ¿sí lograron trasladarlo? (Pausa) ¡Gracias a Dios! Me ha quitado un peso de encima. ¿Cuándo va a ir a verlo? (Pausa) Mándele rehartos saludos de mi parte. Dígale que acá está su abuela que lo quiere mucho y que el próximo domingo voy a verlo, por favor (Pausa) Está bien. Gracias.
Chela cuelga la llamada y se gira con una sonrisa.
Damián: ¿Qué pasó, doña Chela? ¿Qué noticias tienen del Juan?
Chela: Van a enviarlo a otro reclusorio. Tal parece que a mi niño lo estaban amenazando y golpeando allá donde estaba, así que solicitaron el traslado.
Damián: ¡Ah, caray! ¿Y a poco él mismito no se defendía? Una vez a mí me defendió de un ruco que me estaba pegando. ¿Por qué esta vez se dejó?
Chela: Es diferente, muchacho. En la cárcel hay gente muy mala que no se anda con tibiezas. Imagínate a tantos en contra de uno.
Damián: Bueno, pues ahí sí le doy la razón.
Chela: Juan no quería recibir visitas y de seguro estaba asustado y muy deprimido. Espero que el traslado le ayude. ¿Quieres ir a verlo conmigo el próximo domingo?
Damián: ¡Clarín! Hace un chingo que no lo veo (Esboza una sonrisa). De una u otra forma, a él le debo esto que soy hoy y salí de la vida que tenía antes. ¿Y qué mejor manera que haciendo algo que me gusta tanto? Yo siempre me soñé con ser la reina de la moda.
Los dos se ríen.
Chela: ¡Ay, no exageres! Estás muy guapo así como hombre.
Damián: Pues ahí vuelvo a darle la razón. Un papucho como yo no se consigue en la esquina, o bueno, antes sí, pero ahorita no.
Chela: (riendo) ¡Qué modesto!
Damián: ¿O a poco no soy un papucho?
Chela: Mejor consíguete a alguien que te lo confirme porque yo ya estoy vieja y me falla la vista.
Los dos ríen nuevamente muy divertidos.
Damián: Ya en serio, le estoy muy agradecido por haberme dado trabajo en su taller, doña Chela. Me la paso muy bien acá con usted.
Chela: No hay de qué, mijo. Más bien, agradécele a Juan que me pasó tu contacto cuando estaba encarcelado a espera del juicio para explicarte por qué no tuvo tiempo de pagarte.
Damián: Sí, pero aunque me hubiera pagado, yo tampoco lo hubiera aceptado. Juan me abrió los ojos y me hizo entender qué no podía seguir viviendo así. Vivir de la costura me hace sentir más tranquilo y me acuerdo de mi abuela.
Chela: Tomaste una buena decisión.
Damián: Espero que sí. Y yo que pensé que el güey se había olvidado de mí y se estaba haciendo el pendejo para no pagarme. No me imaginé que ocultaba tantos secretos y menos que había sido sacerdote. Con razón conocía tan bien a la Georgy.
Chela: Casi sacerdote. Desgraciadamente, mi niño no alcanzó a tomar sus votos por todo lo que le pasó (Esboza su sonrisa con tristeza). Hay días que pienso que hubiera sido más feliz así, sin enterarse de nada.
Damián asiente en silencio ante esa afirmación.
INT. RECLUSORIO/CAPILLA – DÍA
Juan es paralelamente llevado por un custodio a la capilla del nuevo reclusorio al que ha sido trasladado. La luz penetra por los vitrales y el espacio refleja profunda paz.
Juan: (extrañado) ¿Por qué vinimos acá?
Una voz responde desde el fondo.
Chuy: Hay lugares donde uno necesita estar cuando ya no sabe dónde más refugiarse.
Juan levanta la mirada y ve que al fondo de la capilla se encuentra Chuy, de espaldas. Juan se queda inmóvil. Chuy se gira para encararlo. El custodio se retira, pero permanece en la entrada vigilando. Chuy se acerca a Juan y, sin más, se lanza a abrazarlo. Juan apenas puede reaccionar y se queda estático.
Chuy: Te he echado tanto de manos, muchacho. No te imaginas, cuánto.
Chuy lo abraza fuerte, gimoteando conmovido y emocionado por el encuentro.
Chuy: ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no me llamaste o me pediste que fuera a verte? Me hubieras provocado otro infarto donde te hubiera pasado algo. Me hubiera muerto de dolor.
Chuy no puede evitarlo y quiebra la voz. Juan no logra corresponderle.
Juan: No debió venir. No quería que me viera así.
Chuy se separa y lo toma del rostro con profundo amor fraternal.
Chuy: Vine porque te amo, hijo y no voy a dejarte solo nunca mientras tenga vida. ¡Escúchame bien! Nunca.
Juan: No vale la pena que se preocupe por alguien como yo. Lo decepcioné. No me merezco tanto.
Chuy: No digas eso. Tú eres un hombre valioso. Erraste, sí, como cualquier otra persona, pero eso no significa que hayas perdido tu valor. Hay personas que te queremos. Tú no estás desamparado. No valía la pena acabar con tu vida por un miserable.
Juan frunce los labios y los ojos le brillan por los sollozos.
Juan: Es que me siento sucio, padre… Me siento como una basura, como si hubieran terminado de quebrar lo poco que todavía quedaba de mí. Me da tanta vergüenza.
Chuy: Lo que pasó no fue tu culpa y nadie más, a excepción de mí y de Joaquín, lo sabe. Has sufrido cosas que ningún ser humano debería sufrir y esta última que sufriste no significa que hayan conseguido destruir todo lo que eres.
Juan: ¿Y qué queda de mí? Ya no queda nada.
Chuy: Yo sigo viendo al muchacho que vi crecer en el orfanato; al que corría detrás de los niños para jugar fútbol; al que se preocupaba por todo el mundo; al que quería servir a Dios; al que me hizo enojar cientos de veces y también me hizo reír otras tantas.
Juan sonríe apenas entre las lágrimas.
Chuy: Ese muchacho no murió. Está dormido y lo pusiste de lado por querer vengarte, pero ya eso se terminó. Todavía puedes repararte.
Juan: No tengo nada por lo cual luchar. Le juro que quisiera intentar y no veo cómo. ¿De dónde saco las fuerzas? Todo perdió el sentido hace mucho. No tengo nada.
Chuy: Me tienes a mí, a tu abuela, a Martha que te quiere también como un hijo. Tienes los niños del orfanato que te recuerdan con tanto cariño y, sobre todo, Dios está contigo.
Juan: Yo siento que está tan molesto conmigo que ahorita sí se olvidó de mí. ¿Y cómo no si me porté y me rebelé? Me dejé envenenar de odio y ahorita lo estoy pagando.
Chuy: Dios se puede molestar, es cierto, pero eso no significa que te haya abandonado. Tú fuiste quien se alejó de él y a veces en nuestro dolor, lo perdemos de vista, pero Él sigue allí, esperándote…
Chuy se hace de lado y le señala el crucifijo del altar.
Chuy: Y yo también estoy acá contigo. Es más, tengo algo para ti.
Chuy saca de su saco una medalla.
Chuy: ¿La reconoces?
Juan se sorprende al reconocer dicha medalla y tiene un recuerdo antiguo, de aquella vez en que Benjamín también había intentado suicidarse y fue a visitarlo al hospital.
FLASHBACK
Juan saca del bolsillo de su pantalón una cajita pequeña bien decorada y la abre frente a su amigo. Benjamín ve que se trata de una medalla plateada.
Juan: (emocionado) ¿Te gusta? Es una medalla de la Virgencita para que no te olvides de ella que como madre siempre está velando por nosotros.
Benjamín: (conmovido) Está muy bonita, Juan. Gracias de verdad.
Juan: Para que veas que tengo buen gusto, eh. Déjame te la pongo.
Juan sonríe y, con delicadeza, le ayuda a colocarle la medalla en el cuello. Benjamín la aprieta contra su pecho, como aferrándose a algo que no quiere soltar.
FIN DEL FLASHBACK
Chuy: Desconozco qué significa, pero tuve un sueño anoche. Benjamín se me aparecía y me pedía que te la diera. Yo la conservé conmigo porque él la cargaba en su cuerpo el día que murió, pero creo que ahora debes tenerla tú.
Juan recibe la medalla y rompe a llorar muy conmovido.
Juan: Entonces no lo aluciné…
Juan interpreta aquello como una señal y llora desconsolado sin poder contenerse.
Juan: Benjamín sí vino a despedirse de mí. Me prometió que iba a estar conmigo de otra forma y me pidió que no me rindiera.
Juan se derrumba y se sienta en una banca sin poder dejar de llorar. Chuy lo mira con una sonrisa y se sienta a su lado.
Chuy: Hay veces en las que ocurren cosas que no podemos comprender. Mírate a ti mismo. Tú eres un milagro viviente, Juan. Pudiste morir cuando naciste. Pudiste morir cuando Emiliano intentó matarte y pudiste morir anoche…
Juan baja la mirada y aprieta la medalla con fuerza entre su mano.
Chuy: Pero sigues aquí, muchacho. Tu misión no ha terminado, así que no pienses que tu vida no vale nada. Para mí vale muchísimo y para Dios también, y él no ha dejado de amarte porque hayas pecado ni tampoco te ha abandonado.
Juan asiente con la cabeza entre lágrimas. Chuy vuelve a abrazarlo, sonriéndole con ternura. Esta vez, el joven le corresponde y apoya la cabeza contra su hombro, llorando como un niño.
Juan: Gracias, padre. Gracias por tanto.
Chuy se separa.
Chuy: No tienes nada qué agradecerme y si todavía no te convences de lo mucho que te queremos, espérate ahí. ¡Ya pueden pasar!
Chuy grita a viva voz. Juan se extraña y de la sacristía de la capilla, aparece María José tomada de la mano de Miguelito. Juan se queda completamente inmóvil al verlos. María José lo mira con una sonrisa. Miguelito, en cambio, no tarda ni un segundo en soltarse de la mano de ella.
Miguelito: ¡Juan!
Juan: (conmovido) ¡Miguelito!
El niño corre hacia él. Juan apenas alcanza a inclinarse antes de que Miguelito se arroje a sus brazos. Juan lo abraza con todas sus fuerzas.
Miguelito: ¡Te eché mucho de menos!
Juan cierra los ojos y varias lágrima desliza por su mejilla, disfrutando de aquel pequeño abrazo.
Miguelito: Pensé que te habías muerto, aunque ya la maestra me explicó que no, que estabas muy ocupado en otras cosas y me puse contento porque todavía estás vivo.
Juan aprieta al niño contra su pecho.
Juan: Yo también me alegro de verte, campeón.
Miguelito se separa y lo mira extrañado.
Miguelito: ¿Por qué estás tan triste? ¿Es porque estás en el purgatorio?
Juan: ¿Purgatorio?
Miguelito: Es que así me lo explicó la maestra. Me dijo que debes estar aquí para pagar algo, así como en el purgatorio.
Juan intenta sonreír y comparte miradas con María José.
Juan: Pues sí. Tengo que quedarme un tiempo.
Miguelito: Entonces échale ganas para salir pronto y cuando salgas volvemos a jugar fútbol.
Juan ríe suavemente.
Juan: ¿Todavía te acuerdas?
Miguelito: ¡Claro!
Miguelito lo observa detenidamente.
Miguelito: Aunque primero tienes que quitarte esa barba porque pica y está fea.
Juan ríe. Es una risa pequeña, quebrada, pero completamente sincera. María José contempla la escena con lágrimas en los ojos, enternecida. Chuy sonríe discretamente.
INT. RECLUSORIO/CAPILLA – MINUTOS DESPUÉS
Juan se encuentra sentado en una de las bancas junto a María José. Los dos miran hacia el altar. Chuy ya se ha llevado a Miguelito.
Juan: Gracias por traerlo, aunque preferiría que no vuelva a pisar este sitio. No es para él.
María José: No te preocupes. Entramos por otra puerta que conectaba directamente con la sacristía de la capilla. Quizá podrías ofrecerte a ser monaguillo o sacristán, y así el niño podría venir a visitarte al final de las misas. Miguelito te quiere mucho.
Juan: Yo también a él. Tenía seis años cuando llegó al orfanato porque era maltratado por su papá y su mamá había muerto Estaba tan solito y tan triste que lo único que se me ocurrió para animarlo fue invitarlo a jugar fútbol y resultó que le gustaba. Fue ahí que nos hicimos amigos.
Juan sonríe levemente al recordar.
Juan: También me pedía que lo ayudara a peinarse porque no le gustaba su cabello y no era capaz él solo.
María José: Qué bueno que lo llevaron al orfanato. Estaba mejor allí. La verdad no entiendo cómo hay personas que pueden hacerle daño a un niño.
Juan: Christian también fue víctima del maltrato y el desprecio tanto de Fernanda como de Emiliano. Tú no lo sabes, María José, pero él… (Hace una pausa con tristeza) Él fue abusado sexualmente por Fernanda.
María José se impacta al oírlo.
Juan: Lo flagelaba y lo golpeaba dizque para “salvarlo” del pecado, pero ella según lo hacía por amor.
María José: Qué fuerte. Jamás me imaginé una cosa así y yo que en algún momento lo juzgué mal.
Juan: Christian no era malo. Estaba roto como ahorita lo estoy yo.
Hay un silencio prolongado entre ambos. María José es quien se atreve a romperlo primero.
María José: Juan… Yo sé que nuestra última conversación fue muy dolorosa. De hecho, recordarla todavía me duele un poco y no te niego que me decepcionó darme cuenta de lo que hiciste por buscar venganza, pero no te des por vencido.
Juan intenta esconder su muñeca vendada con incomodidad. María José se percata.
María José: No te preocupes. No voy a juzgarte ni mucho menos. Lo único que pienso es que debiste sentirte muy solo y deprimido para intentar acabar con tu vida, pero te puedo asegurar que no estás solo. Tienes personas muy bellas que te esperan y te quieren.
Juan: Gracias, aunque ahorita no tengo cara para verte a los ojos. Te lastimé y no te lo merecías.
María José: Yo no te guardo ningún rencor y tampoco te odio, Juan.
Juan alza la mirada con algo de timidez para verla.
Juan: ¿De verdad?
Ella le sonríe de forma genuina y asiente con la cabeza.
María José: De verdad. Entiendo hasta cierto punto tus motivos, aunque no te justifico, pero sí te entiendo y estos meses me han servido para perdonar incluso a mi madrina que, no sé si lo sepas, pero ahorita está en cama con muerte cerebral.
Juan se sorprende levemente al escucharla y vuelve a bajar la cabeza.
Juan: Lo lamento. Emiliano intentó matarla por la trampa que armé. Fue mi culpa.
María José: No busques culpables. Es algo que ella misma detonó y que tarde o temprano, podría haber pasado con o sin tu intervención. Recuerda que desde que llegó, el objetivo de mi madrina era vengarse de Emiliano y de cierta forma, ella también me usó a mí.
Juan: Tú también has pasado muchas cosas. Lamento que hubieras tenido que vivir la muerte de tus padres de niña de esa forma tan cruel.
María José: He aprendido a superarlo.
Juan: ¿Qué piensas hacer de ahora en adelante?
María José tarda en contestar.
María José: Me voy a ir del país.
Juan la escucha con atención y no puede evitar que esa noticia le golpee el pecho.
María José: Quiero recomenzar mi vida, estudiar, dedicarme a otras cosas, no sé. Quiero intentar vivir tranquila de una vez por todas.
Juan: Te lo mereces. Tú eres una mujer increíble. Ojalá nuestra historia hubiera sido distinta…
María José: Quizás los caminos de los dos no estaban escritos para unirse, sino para cruzarse. Fuimos como pasajeros en la vida del otro y eso está bien, ¿sabes? He empezado a creer que cada persona nos deja una enseñanza y tú fuiste la mía.
Juan: (con incredulidad) ¿Yo?
María José: Sí. ¿O a poco olvidas las veces que me tendiste la mano cuando recién había llegado al orfanato? Estaba sin rumbo y tú estuviste ahí para ayudarme a levantarme. Incluso por ti descubrí mi vocación de ser maestra.
Juan: Me alegra por ti. Valió la pena entonces.
María José: Y estoy segura de que muchas otras personas allá afuera también necesitan cruzarse contigo para que no se pierdan en la desesperanza.
María José le agarra la mano, cuya muñeca justamente está vendada. Juan se sorprende por el detalle.
María José: No te rindas, Juan. Tú eres muy fuerte. Debes dejar ir el pasado para empezar de nuevo.
Juan: Me va a ser difícil.
María José: Pero no imposible. Desconozco los motivos que te impulsaron a intentar suicidarse y tampoco te voy a pedir que me los cuentes, pero tú puedes con esto y mucho más.
Juan la mira con una pequeña chispa de amor que aún guarda por ella y le sonríe muy levemente con tranquilidad.
Juan: Gracias, María José.
María José le devuelve la sonrisa y se levanta.
María José: Cuídate, Juan.
María José se da la vuelta para retirarse en dirección a la sacristía. Juan se queda viéndolo, sintiendo que esa despedida también lo quiebra, por lo que se levanta rápidamente y la llama.
Juan: ¡María José!
María José voltea a verlo. Juan la contempla unos segundos en silencio y se le acerca.
Juan: Una de las cosas más bonitas que he vivido fue enamorarme de ti.
María José siente que esas palabras la traspasan.
Juan: Para mí el amor hacia una mujer me era desconocido hasta que te conocí y te agradezco…
Juan solloza viéndola y la toma de las manos.
Juan: Te agradezco por haberme enseñado un sentimiento tan bonito y tan puro. Espero de todo corazón que encuentres paz.
Juan le besa las manos con un profundo amor del que ahora mismo les desgarra desprenderse. María José intenta contenerse y no quebrarse.
María José: Tú también, Juan.
María José frunce los labios, conteniéndose y le acaricia el rostro también con amor.
María José: Gracias por haber sido tan especial conmigo. Eres un hombre maravilloso y espero que seas muy feliz.
María José se da la vuelta de nuevo y se va rápidamente antes de llorar. Juan derrama una lágrima discreta al verla desaparecer de su vida, aunque sonríe con paz, como si se hubiera quitado uno de tantos pesos que lleva encima.
INT. HOSPITAL/RECEPCIÓN – NOCHE
Martha llega corriendo sumamente angustiada y se acerca la recepcionista.
Martha: Buenas tardes. Me llamaron para decirme que habían traído a mi hija embarazada del reclusorio porque rompió fuente.
Recepcionista: ¿Cuál es el nombre de su hija, señora?
Martha: Grettel… Grettel Gómez.
La recepcionista busca información en su computador.
INT. HOSPITAL/SALA DE PARTOS – DÍA
Grettel grita sumamente adolorida, pujando, tratando de dar a luz. Inclusive suda aparatosamente.
Doctora: ¡Vamos! ¡Una vez más! ¡Tienes que pujar!
Grettel aprieta los ojos y hace un esfuerzo desesperado.
Grettel: (gritando) ¡No puedo más!
Doctora: ¡Sí puedes! ¡Ya casi!
Grettel vuelve a pujar y grita estrepitosamente.
Grettel: ¡Argh! ¡No lo logro! ¡Me está matando!
Grettel llora incluso del dolor y las venas de su rostro se hacen más notables ante el tremendo esfuerzo.
Doctora: ¡Vamos! ¡Una vez más, solo una más!
Grettel: ¡¡Argh!!
Grettel grita con todas sus fuerzas y es ahí que se escucha el llanto de un bebé. Por un instante, todos respiran aliviados, tanto la doctora como las enfermeras que asisten.
Enfermera 1: ¡Ya salió!
La enfermera recibe al bebé y comienza a revisarlo. La doctora mira el reloj de la pared.
Doctora: Hora de nacimiento, 11:55 de la noche.
Una enfermera sentada en el computador teclea con rapidez para registrar toda la información. Grettel, agotada, deja caer la cabeza sobre la almohada.
Grettel: (con dificultad) ¿Mi bebé?
La doctora se acerca al recién nacido.
Doctora: Está bien. Es un varoncito.
Grettel sonríe débilmente y alza la mano con una leve sonrisa para que le llevan a su hijo, pero de pronto dicha sonrisa desaparece, su expresión cambia y deja caer la mano, perdiendo fuerza.
Doctora: (desconcertada) ¿Qué pasa?
El monitor comienza a emitir sonidos irregulares.
Enfermera 1: Doctora…
La doctora mira el monitor.
Doctora: ¡Está bajando la presión!
Todo el personal se moviliza. La enfermera coloca al bebé en brazos de otra enfermera y corre a ayudar.
Doctora: ¡Controlen la hemorragia! ¡Rápido!
Grettel intenta respirar.
Grettel: (con un hilo de voz) Mi hijo… Mi bebé…
Doctora: ¡No hables! ¡Quédate con nosotros!
Grettel cierra los ojos lentamente.
Doctora: ¡Grettel! ¡Grettel, mírame! (Habla a las enfermeras) ¡Desfibrilador, rápido!
La doctora comienza las maniobras de reanimación con desfibrilador. El monitor emite sonidos cada vez más espaciados.
Doctora: ¡Vamos! ¡Vamos!
La enfermera observa el monitor.
Enfermera 1: No está funcionando, doctora. No responde.
Doctora: (desesperada) ¡Necesitamos más carga!
La enfermera aumenta la carga del desfibrilador, pero el pitido constante continúa. La doctora no se rinde y sigue aplicando la reanimación, pero tras repetidos intentos, ve que es inútil y se echa para atrás exhausta.
INT. HOSPITAL/SALA DE ESPERA – NOCHE
Martha espera ansiosamente sentada en la sala de espera del área de obstetricia. Chuy aparece y justo le trae un poco de café en un vaso de plástico.
Chuy: Toma, hija.
Martha: Gracias, padre. Usted siempre tan amable.
Martha recibe y bebe un poco. Chuy se sienta al lado.
Martha: Lamento haber tenido que llamarle así a último momento, pero me iba a morir de la angustia sin nadie más acá. Le agradezco.
Chuy: No es nada, pero tienes que tratar de tranquilizarte. Ponerte así no te hace bien para los nervios. Te lo digo yo que también tiendo a sulfurarme fácilmente y ya entendí que no le hace bien a mi salud.
Martha: Ay, padrecito. Es que trajeron a Grettel hace horas y ya es más de medianoche. ¿Cómo es que todavía no me traen noticias? Un parto no se demora tanto.
Chuy: Tú me habías contado que el embarazo era difícil si mal no recuerdo. Tú eres mujer y sabes que hay unas a las que les cuentas más que otras.
Martha: Pobre. Podrá haberse convertido en una asesina, pero no deja de ser mi hija. No quiero que le pase nada malo, ni a ella ni al bebé.
De repente, la doctora se acerca, usando gorro y cubrebocas, el cual se baja. Martha, al verla, se le acerca con prisa. Chuy la sigue.
Martha: Doctora, ¿cómo sigue mi hija? Llevamos horas esperando. ¿Cómo salió el parto?
La doctora se pone seria. Martha nota inmediatamente su expresión.
Martha: ¿Qué pasó?
La doctora respira profundamente.
Doctora: El bebé nació con vida.
Martha sonríe entre lágrimas.
Martha: ¿Está bien?
Doctora: Sí. El bebé está estable. Es un niño, con peso normal y muy sano.
Martha: ¡Ay, gracias a Dios!
Martha cierra los ojos, aliviada, pero la doctora no sonríe.
Chuy: ¿Qué hay de la madre? ¿Cómo está Grettel?
La doctora baja la mirada por un instante.
Doctora: Tuvimos una complicación después del nacimiento.
Martha comienza a inquietarse.
Martha: ¿Qué complicación?
Doctora: Grettel presentó una hemorragia muy severa. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para detenerla y posteriormente sufrió un paro cardiorrespiratorio.
Martha queda inmóvil. El vaso de café se le resbala lentamente de la mano. El vaso cae al suelo y el café se derrama. Martha apenas consigue procesar esa información.
Martha: No…
Chuy se acerca inmediatamente a ella.
Doctora: Intentamos reanimarla, pero...
Martha levanta la mirada.
Martha: No, por favor, doctora. Dígame que no…
Doctora: Lo siento mucho.
Martha niega desesperadamente con la cabeza.
Martha: No. No, doctora, usted se está equivocando. ¡Mi hija no!
Martha intenta avanzar hacia la sala de partos, pero sus piernas le fallan. Chuy la sostiene antes de que caiga.
Martha: (rompiendo en llanto) ¡Mi niña! ¡Mi niña, padre!
Chuy la abraza con fuerza, impactado también por tan inesperada noticia.
Chuy: Estoy aquí contigo, Martha. Estoy contigo, hija.
Martha: ¡Ay, mi Grettel! ¡Esto no puede ser! ¡Dios mío, no!
Martha llora desconsoladamente contra el pecho de Chuy.
Martha: ¿Por qué? ¿Por qué, padre? ¿Por qué? Mi hija… ¡Mi hija se me murió! ¡Mi Grettel! Martha llora sin poder contenerse, dolida. Chuy no deja de consolarla, afectado y conmovido.
CONTINUARÁ…

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