Capítulo 40: In exitu (5° parte)

EXT. CEMENTERIO – DÍA

Es domingo en la mañana. Grettel está siendo sepultada. Martha viste de negro, con la mirada ida, gimoteando. Chuy es quien oficia la ceremonia. María José, Chela y Damián también han asistido al igual que unos pocos vecinos de Martha, Chela consuela a esta última. María José, por su parte, carga al bebé.

Chuy: Grettel tuvo errores que marcaron profundamente la vida de muchas personas, pero hoy no estamos aquí para juzgarla. Estamos aquí para despedirla y encomendar su alma a la misericordia de Dios.

Martha baja la cabeza y comienza a llorar en silencio.

Chuy: Que el Señor la reciba en su presencia y conceda consuelo a quienes hoy sufren su partida.

Chuy toma el agua bendita y rocía el ataúd.

Chuy: Ella y todos los fieles difuntos descansen en paz.

Todos: (al unísono) Amén.

Los sepultureros comienzan a bajar lentamente el ataúd. Martha observa y al escuchar el sonido de las cuerdas, rompe en llanto.

Martha: ¡Grettel, mi niña! ¡Hija!

Intenta acercarse y se siente derrumbar. Chela la toma entre sus brazos.

Chela: Llora, Martha. Llora todo lo que tengas que llorar.

Martha se aferra a ella desconsolada.

Martha: Era mi hija. La traje al mundo. La amaba. Despedirla me está quemando por dentro.

Chela: Lo sé.

Chela contiene sus propias lágrimas.

Chela: Y te entiendo más de lo que crees. Yo también perdí una hija hace meses y comprendo perfectamente tu dolor.

Martha la mira entre lágrimas.

Chela: Tienes todo el derecho del mundo a llorar. 

Martha vuelve a llorar sobre el hombro de Chela. El ataúd continúa descendiendo hasta desaparecer de su vista. María José mira al bebé que lleva en brazos y mira con pena a la mujer. El pequeño permanece tranquilo. Chuy observa con tristeza el ataúd.

Chuy: Descansa en paz, Grettel.

La tierra comienza a caer sobre el ataúd. Martha cierra los ojos. Chela continúa abrazándola.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA

Juan ha recibido las visitas de Chela y Damián. Tal parece que ella ya lo ha puesto al tanto al primero de lo sucedido. Juan tiene el rostro desencajado. Todos se encuentran sentados.

Juan: (con tristeza) No puedo creer que se haya muerto así. Grettel era mi amiga y le tenía aprecio. Yo jamás le hubiera deseado ningún mal a pesar de lo que hizo.

Chela lo toma de las manos con ternura.

Chela: Yo sé, mijo. Tú tienes un corazón muy noble. Es que ni yo podría haberme contentado sabiendo que fue la asesina de Christian. Hubieras visto a la pobre Martha… Estaba destrozada. Entenderás que por eso no pudo venir. 

Juan: Me imagino. Grettel lo era todo para ella… Qué lástima que no tuve tiempo de despedirme o de al menos haberle dicho que la perdonaba. 

Juan solloza un poco ante la noticia y un nudo se le forma en la garganta.

Chela: No te voy a pedir que no te sientas triste, pero tampoco te mortifiques. Me parece que ya has tenido suficiente acá encerrado.

Juan asiente y se limpia con los pulgares los ojos.

Juan: Espero que al menos descanse en paz y que se haya arrepentido en el último momento. 

Damián: (incómodo) Chale, yo siento que fue el peor día para venir de visita, güey. Los ánimos no es que estén muy al tope con lo del funeral.

Juan: No te preocupes. Te agradezco por acordarte de mí a pesar de lo que te hice. Gracias, bro. 

Damián: ¿Qué gracias ni qué nada? Y además, deja ya eso de que me hiciste no sé qué. Tú no me hiciste nada.

Juan: Te prometí algo y no pude cumplirlo, además me siento muy culpable por haberte usado así. 

Damián: Por la lana no te preocupes. Para mí tener trabajo en el taller de costuras de tu abuela me es más que suficiente. No necesitaba que me siguieran pagando por sexo. 

Chela: Yo sigo pensando que lo que ambos hicieron estuvo muy mal. 

Juan baja la cabeza, recordando el amargo abuso del que fue víctima. 

Damián: Pues sí, pero eran otros tiempos, otras andadas. Ese era mi trabajo, doña Chela. 

Chela: Vender tu cuerpo no debe ser un trabajo. Pudieron buscar otra forma si se trataba de seducir a aquel tipo que tanto daño le hizo al amigo de Juan, no sé, cualquier cosa que no fuera recibir dinero para que te acostaras con él. Menos mal ya saliste de ese mundo.

Juan: Mi abuela tiene razón y estoy muy consciente de eso. Quise darle por donde más le dolía a ese desgraciado y al final se me devolvió el daño de la forma que menos me esperaba. 

Chela: (desconcertada) ¿Por qué lo dices, mijo? 

Juan ignora la pregunta y vuelve a levantar la cabeza, fingiendo. 

Juan: Por nada. En fin… De nuevo gracias a los dos por haber venido. Me dio gusto verlos a pesar de la mala noticia.

Chela: Vamos a venir seguido, pero ya por favor no te deprimas ni mucho menos te niegues a recibirnos.

Chela le acaricia el rostro con ternura.

Chela: Mira que estábamos todos muy preocupados por ti sin saber por qué no querías vernos. 

Juan: (conmovido) Perdón por haberlos preocupado. Les prometo que no va a volver a pasar y gracias por tenerme presente. Mándale un abrazo a Martha de mi parte, abuela. Dile que la quiero mucho.

Chela: Cuenta con ello. Le hará bien saber de ti mientras pasa el luto y no puede venir.

Juan se queda pensativo un momento.

Juan: Gracias. Quería preguntarte algo más.

Chela: Sí, claro, mijo. Dime. 

Juan: ¿De casualidad viste a María José?


CORTE A:

INT. AEROPUERTO – DÍA

María José camina arrastrando su maleta. Mantiene una expresión nostálgica y se queda mirando la pantalla donde aparece su vuelo.

Chela: (voz en off) Sí, estaba en el entierro y apenas tuvo tiempo de ir a despedirse porque su vuelo sale a las dos, creo. Justo ahorita debe estar por subirse al avión.

María José mira hacia atrás y siente el impulso de quedarse.

Voz femenina: (por los altavoces) Pasajeros con destino a Madrid, por favor dirigirse a la puerta de embarque B12. Repito, pasajeros con destino a Madrid, dirigirse a la puerta de…

María José resopla, intentando agarrar voluntad mientras la voz suena de fondo. 

María José: Hasta pronto, Juan. 

María José continúa su camino hacia la puerta de embarque, dispuesta a iniciar un nuevo rumbo, alejada de los engaños, mentiras y manipulaciones de las que fue víctima.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA

Juan, por su parte, escucha algo acongojado. Chela lo nota y lo toma de las manos con cariño.

Chela: Yo sé que la querías y te entiendo, mijo. Es duro despedirse de alguien a quien uno ama, pero en mi opinión, fue mejor así. Hay relaciones que a veces no pueden ser. 

Juan: Tienes razón. Me duele un poco, no lo niego, pero a la vez me deja tranquilo que haya tomado la decisión de buscar su paz. María José pasó por mucho y lo que más deseo es que sea muy feliz.

Damián: No manchen, a ver si entendí. ¿La güerita que estaba en el cementerio era tu novia? (Le pregunta a Juan) ¿No que ibas a ser sacerdote?

Chela lo mira con los ojos entrecerrados para indicarle que está siendo imprudente.

Damián: ¿Qué? Échense el chisme completo. No quiero quedarme por fuera

Chela: Es que no es el momento. Luego te cuento con más calma. 

Damián: Chale, qué gachos son.

Juan, por su parte, se queda pensativo y cabizbajo. 


INT. RECLUSORIO/CELDA – NOCHE

Es más de medianoche. Juan se encuentra despierto, sentado en una cama de dos pisos. Está en la plataforma de arriba. Los demás reclusos duermen mientras él sostiene en sus manos una biblia. Duda un momento en abrirla, pero luego decide hacerlo. Pasa algunas páginas sin mucho interés y sus ojos recorren los textos hasta que un pasaje llama su atención. Juan se detiene y lee en silencio.

Juan: (pensamiento) “Ya no recuerden las cosas pasadas. No piensen en las cosas antiguas…” (Hace una pausa y le cuesta continuar) “Yo voy a hacer algo nuevo”.

Una leve ventisca penetra por la ventanilla de la celda. Juan mira por allí la oscura noche apenas iluminada por las luces de vigilancia de la prisión. Las palabras de Benjamín retumban en su mente, sintiendo la brisa nocturna que golpea su rostro.

Benjamín: (voz en off) Todavía te puedes encontrar. No eches por la borda lo que eres. No te rindas, por favor. No te estoy pidiendo que seas feliz así como si nada ni que olvides lo que pasó. Ni siquiera que tengas fuerzas para sonreír. Solo levántate.

Juan resopla, cierra la biblia y presiona entre sus manos con fuerza la medalla. 

Juan: (susurrando) Te lo prometí, Benja. 

Juan deja la biblia en la cama y se pone la medalla en el cuello. Luego, la aprieta contra su pecho.

Juan: Te prometí que lo iba a intentar en serio y eso voy a hacer. No te voy a defraudar.

Juan besa la medalla con un nudo en la garganta y susurra.

Juan: Dame fuerzas, Virgencita. Tú eres mi madre. Ayúdame a salir de este hoyo. Ayúdame a volver al camino del que me salí y sostenme cuando esté a punto de caer. 

Juan contempla la medalla que ahora cuelga de su cuello y dibuja una leve sonrisa que hacía mucho no tenía. Es así como varias escenas en secuencia comienzan a enfocarse que muestran el paso del tiempo. Escuchamos música.

Agosto va pasando, sediento, cansado

Y en su mente algo le dice

Los días que has vivido quedaron de lado

Para ver cómo decides


No te pares a buscar caminos que no tienen final

Escucha siempre a tu corazón y él te guiará


¿Y qué más le da si quiere volar

Pero cortan sus alas al despegar?

No te caigas, no desistas

Vuela alto, no te rindas

¿Qué más le da si quiere soñar

Pero cierran sus ojos al despertar?

No permitas que tu vida

Pierda el fuego que tenía


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/AULA – DÍA

Juan se encuentra sentado en un pupitre, frente a un cuaderno y aunque al principio le cuesta concentrarse, borra una respuesta y vuelve a escribirla con sumo cuidado. Tal parece que presenta un examen y se dedica a estudiar dentro del penal junto a otros reclusos.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/CARPINTERÍA – DÍA

Juan ahora trabaja la madera, sin embargo, en un principio sus movimientos son torpes, por lo que se detiene, observa la pieza y vuelve a intentarlo. Poco a poco comienza a tomar ritmo, usando una máquina especial para cortar madera y sus manos trabajan con paciencia.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/AULA – DÍA

Un recluso mayor observa un libro con frustración. Juan se acerca y se sienta a su lado.

Juan: ¿Qué onda? ¿Qué pasa?

Recluso: No entiendo nada.

Juan: ¿No sabes leer?

El hombre niega con vergüenza.

Recluso: Poco. Vengo de un pueblo y no estudié de joven.

Juan: No pasa nada. Yo te enseño.

El recluso lo mira sorprendido. Juan señala una palabra.

Juan: Vamos. Despacio.

El hombre intenta pronunciarla. Juan sonríe levemente.

Juan: Eso. Otra vez.

El hombre lo intenta de nuevo. Esta vez lo consigue. Juan asiente, satisfecho y de manera simpática le da una leve palmada en el hombro para felicitarlo.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/CAPILLA – DÍA

Juan también comienza a servir como monaguillo en la pequeña capilla del penal. Usa un alba blanca y prepara las cosas para la celebración de la misa. Toma el crucifijo, lo limpia con cuidado y después enciende las velas. Joaquín lo observa en silencio, a lo lejos, pues al parecer lo han nombrado capellán de ese reclusorio.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/PATIO – DÍA

Juan se ejercita junto a otros reclusos. Trota, da vueltas a la cancha, hace abdominales y se cuelga de las barras para los pull-ups. Está cansado y suda, por lo que se detiene un momento para recuperar el aire. Mira hacia el cielo, respira profundamente y continúa sin rendirse.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA

En otra escena, el muchacho recibe a las personas que lo quieren y estiman. Chuy, Chela, Damián e incluso Martha, la cual, con el paso de los meses, comienza a superar el luto y se abraza fuertemente con él a quien también considera un hijo. Juan sonríe lleno de alegría al verlos. Durante las visitas ríen, comen y se cuentan anécdotas. Hay algo en la expresión del joven que no veía desde hacía mucho tiempo como si poco a poco volviera a florecer después de marchitarse.


CORTE A:

INT. RECLUSORIO/CELDA – NOCHE

Juan lee la biblia, sentado sobre la cama. Esta vez tiene un cuaderno junto a él y anota algunas cosas. Termina de leer, se da la bendición y cierra la biblia. La pone a un lado y se acuesta, mirando hacia el techo con un semblante tranquilo. 

Juan: Señor, desconozco qué me espera mañana, pero voy a seguir intentándolo. Voy a vivir, voy a luchar. No me voy a rendir. 

Juan cierra los ojos y se dispone a dormir. Las mismas secuencias de escenas se repiten. Continúa estudiando en las noches mientras otros reclusos descansan; en la carpintería, termina una pequeña pieza de madera y la observa satisfecho; enseña a leer a otros reclusos e incluso se lleva bien con varios. Mientras tanto, en la capilla, ayuda a Joaquín durante la celebración eucarística. También hace ejercicio en el patio. Lee la biblia en las noches y reza. Ayuda a otros reclusos con sus tareas. Todos sus días en prisión giran en torno a la misma rutina que va devolviéndole una chispa que creyó perdida. 


DOS AÑOS DESPUÉS

EXT. RECLUSORIO – DÍA

Varios reclusos que han cumplido su condena salen, Juan, entre ellos, vestido con ropa modesta y casual, cargando un bolso con sus pocas pertenencias. Los familiares de los reclusos esperan y los reciben. Juan observa la calle, los árboles, los vehículos, a la gente caminando, cosas tan cotidianas que durante dos años estuvieron lejos de él. Una sonrisa tranquila aparece en su rostro. No hay tristeza ni desesperación en sus ojos. Por el contrario, se ve sereno, saludable, incluso rozagante. Hay una paz nueva en él.

Chuy: ¡Juan!

Juan voltea a ver. Chuy y Chela han venido a recibirlo. Los dos agitan las manos para hacerse notar.

Juan: (emocionado) ¡Padre, abuela!

Juan corre hacia ellos y, sin dudarlo un solo instante, abraza a Chela con un profundo cariño. Incluso la alza. 

Chela: (riendo) ¡Ay, mijo! ¿Qué haces? ¡Bájame! ¡Bájame que me mareo!

Juan también ríe, pero la baja. 

Juan: ¿Por qué eres tan aguafiestas? Nada más te estoy dando tantito de cariño.

Chela: Tengo ochenta años recién cumplidos. ¿Me quieres matar? 

Juan: (riendo) No exageres. Mira que apenas salí y necesito que me dures muchísimos más años para que compartamos lo que no pudimos. 

Chela lo mira conmovida y le acaricia la mejilla.

Chela: Ay, mi niño. Ten por seguro que así va a ser. No sabes la alegría tan grande que me da verte libre.

Juan sonríe con una genuina felicidad. 

Chela: Menos mal que te redujeron la pena a dos años por el buen comportamiento. Un año menos hace mucho la diferencia.

Chuy: ¿Y a mí qué? ¿Me olvidaste o ya no me reconoces?

Juan: ¿Cómo cree, padre? O sea, sí está más arrugado, pero tampoco es que haya cambiado tanto.

Chuy: (sorprendido) ¿Arrugado dices? 

Chuy le pega un coscorrón en la cabeza. 

Juan: (adolorido) ¡Auch! Era broma. Tampoco se pase.

Chela se ríe a carcajadas.

Chuy: (fingiendo molestia) Entonces deja de tratarme como un viejo decrépito o te voy a dar de a coscorrones hasta que no te quepan chipotes en la cabeza. No me provoques. 

Juan: Uy, qué miedo. Mejor ya véngase para acá y no se ponga celoso que ya sé que se está muriendo de ganas de que lo apapache. 

Chuy: Lo creído no lo perdiste, eh. 

Juan: Nunca. 

Juan envuelve al sacerdote en sus brazos. Chuy le corresponde muy emocionado. Juan cierra los ojos durante el abrazo. Por un instante, simplemente disfruta.

Juan: Lo extrañé mucho, padrecito.

Chuy le da palmaditas en la espalda con un profundo cariño paternal. 

Chuy: Yo también, hijo. No te imaginas cuánto. Gracias a Dios eres libre. 

Los dos se separan. Chuy observa el bolso que Juan lleva al hombro.

Chuy: ¿Qué tanto traes ahí?

Juan: Mis cosas y una cantidad preocupante de recuerdos que no me caben. Créanlo o no, voy a extrañar un poco estar en el penal con algunos de mis compañeros. 

Juan esboza su sonrisa.

Juan: Muchos aprendieron un chorro de cosas conmigo. Les enseñé a leer, a escribir, sumar, multiplicar… Me contaban sus historias, sus problemas y entre todos nos apoyábamos. Hay varios que pararon aquí por errores bien estúpidos, pero me doy por bien servido al ver que al menos hice algo para que sobrellevaran su estancia ahí. 

Chuy: Me alegra escucharte hablar así, hijo. Estoy seguro de que hiciste por ellos más de lo que se imaginaban.

Chela: Estamos muy orgullosos de ti. 

Chuy: Ya vamos. Te tenemos una fiesta de bienvenida. 

Juan: ¿De veras?

Chela: Claro. Martha debe estar esperándonos. Te preparó una comida exquisita. Dijo que es tu favorita.

Juan: Qué rico. Ya hasta se me hizo agua la boca. Martha cocina unas botanas deliciosas.

Chuy: Entonces mejor démonos prisa para que no lleguemos cuando esté frío. 

Juan: Vamos, pues. 

Juan toma aire y comienza a caminar junto a ellos. Por primera vez en dos años, camina hacia adelante sin mirar atrás ni al pasado.


INT. RECLUSORIO/BAÑOS – DÍA

Emiliano se encuentra sentado, apoyándose del retrete mientras vomita. Hace arcadas y expulsa toda la comida del almuerzo que venía de consumir. Poco a poco, las arcadas disminuyen hasta desaparecer. Emiliano queda jadeando, exhausto, se limpia la boca con el dorso de la mano y mira hacia el interior del retrete. Hay pequeños rastros sangre. Emiliano abre ligeramente los ojos. Es de notar que se ve más envejecido.

Emiliano: ¿Qué mierda? Hace años que no me pasaba esto…


FLASHBACK

DOS AÑOS ATRÁS

INT. RECLUSORIO – DÍA

Emiliano está en cama, aunque con una de las manos esposadas a la baranda de la cama. Hay un custodio y un médico presente que sostiene una planilla. 

Emiliano: (fastidiado) ¿Cuándo me van a decir qué tengo? Me he desmayado varias veces, escupo sangre después de toser, me duele la cabeza y todavía no me responden qué mierda me pasa. 

Custodio: Bájale a tu carácter, Fonseca. Esta es una cárcel, no un hotel. Tú aquí no eres nadie.

Emiliano: Pero sigo siendo una persona con derecho a un trato digno y a salud, así que exijo qué me digan qué chingados tengo.

Doctor: Puede tranquilizarse. Los resultados nos llegaron esta mañana y ya detectamos a qué ocurre.

Emiliano: Ajá. ¿Y bien?

Doctor: El culpable de los síntomas es un veneno. 

Emiliano: (sorprendido) ¿Veneno? 

Doctor: Sí, señor. Los análisis revelaron una alta presencia de tetracloruro de carbono en su sangre. Fue prohibido y retirado del mercado hace muchos años debido a su alta toxicidad para el cuerpo humano y el medio ambiente. Incluso causa alucinaciones.

Emiliano guarda silencio unos segundos, procesando esa información.

Emiliano: Claro. Tiene sentido, carajo. Con razón me sentía tan de la chingada y hasta alucinaba con el viejo de mi papá atormentándome. Yo sabía que no era real. No estaba loco.

Doctor: ¿Tiene idea de cómo pudo consumir ese líquido?

Emiliano: (pensativo) No, no sé. Tenía muchos enemigos hasta dentro de mi propia casa. Pudo ser cualquiera que me quería muerto sin levantar sospechas. 

Doctor: Por lo pronto, como el veneno ha sido suspendido, usted mejorará poco a poco. 

Emiliano: ¿Qué hay de la tos?

Doctor: Es una secuela de los años de consumo de tabaco. Debido al veneno, su cuerpo estaba más vulnerable y por eso tosía con sangre, pero no sucederá de nuevo. Si todo marcha bien, su salud se va a restaurar.

FIN DEL FLASHBACK


Emiliano deja de recordar, desconcertado y preocupado.

Emiliano: No entiendo. Se supone que estaba bien.

Emiliano se levanta poco a poco, pero un dolor intenso le atraviesa el costado derecho del abdomen, por lo que se dobla, llevándose instintivamente una mano debajo de las costillas.

Emiliano: (quejándose) ¡Ah!

El hombre aprieta los dientes. El dolor vuelve a aparecer, más profundo esta vez.

Emiliano: ¿Qué carajos? ¿Por qué me duele tanto?

Emiliano camina tambaleándose hacia la puerta del cubículo y se lava las manos como también se echa agua en el rostro para lavarse.

Octavio: ¿Todo bien, Emiliano?

Emiliano alza la mirada y ve a su exempleado en el reflejo del espejo, recostado en la entrada del baño.

Octavio: Te vi salir corriendo del comedor. ¿Te cayó mal el almuerzo?

Emiliano frunce el ceño y lo ignora. Luego camina hacia la salida. Octavio la obstaculiza.

Emiliano: Quítate.

Octavio: ¡Qué modales! Te estoy preguntando si estás bien. Un viejo amigo no se trata así.

Emiliano: Déjame en paz, imbécil. Tú y yo no somos amigos ni tampoco estamos al mismo nivel.

Octavio: Pues ahí sí tengo que corregirte, mi estimado.

Octavio se acerca a él, mudando su expresión de burla a una de seriedad. Los dos hombres se ven fijamente a los ojos de forma retadora.

Octavio: Estamos en el bote, ambos condenados por ser unos pinches matones. El que no vale nada acá adentro eres tú, fíjate. 

Emiliano: Me tienes hasta la madre. Te he tolerado por años y no pienso seguir dejando que me agarres de tu puerquito. Me debes respeto y lamer el piso por donde ando.

Octavio: Deja tus delirios de amo y señor. ¿Te debo respeto? ¿Qué respeto? Te recuerdo que el honorable don Emiliano Fonseca ahorita solo lo recuerdan por ser un asesino, un corrupto. Todo tu emporio se fue a la mierda, así que ¿de cuál respeto me hablas?

Emiliano: No te metas conmigo, Octavio. Mantente alejado de mí y deja de chingarme o un día te puede pasar, infeliz. Mi paciencia tiene límites.

Octavio lo empuja hacia el interior del baño.

Octavio: (molesto) ¿Tú crees que te tengo miedo? 

Emiliano lo mira con rabia.

Octavio: Más bien agradece que no te he chingado porque por tu culpa estoy acá metido y la muestra la tengo en mi cara, recordándomelo todos los días.

Octavio dice aquello señalando la parte cicatrizada de su rostro.

Emiliano: ¿Me vas a echar la culpa? ¡No seas mamón! Yo no te obligué a nada. Tú trabajaste para mí porque te gustaba la lana que te pagaba. ¡Por mí comiste, cabrón! Y no solo tú, sino también tu hijo que salió igual a su papito chulo.

Octavio: ¡No te atrevas a hablar mal de mi hijo!

Emiliano: Tú empezaste, así que ahora te aguantas. Gael, el pendejito que juega a ser detective, fue el que se encargó de meterme aquí y trabajó en conjunto con el infeliz de Juan de La Cruz. 

Octavio comienza a enfurecer y a respirar agitado al oírlo. 

Emiliano: Es obvio que tu retoñito le ayudó a hacerse pasar por Christian para chingarme, para destruirme. Tu hijo también debió parar en la cárcel por manipular pruebas, así que no me estés jodiendo o me puedo encargar de meterle cizaña a la policía para que investigue.

Octavio: ¡Primero te mato, maldito!

Emiliano: ¡Pues ándale! ¡Mátame a ver si eres tan macho! 

Octavio: No me provoques.

Emiliano: ¿Ves? No eres capaz. Eres y siempre has sido un cobarde sin voluntad de nada. Un perdedor, un pelele que se dejó manipular por mí por años. 

Octavio: ¡Cállate! ¡Cállate o no respondo a la próxima, Emiliano!

Emiliano: Ah, ¿ahora ya no aguantas ni una? Pero bien que no has dejado de burlarte de mí estos años, pues ahora me llegó a mí la oportunidad de hacerte ver la basura que eres porque así como lo oyes. ¡Eres mierda! ¡Tú y y tu hijo son un par de mierdas que se dejaron manipular de dos cabrones como yo y el Juanito de La Cruz!

Octavio no aguanta más y se abalanza sobre el hombre para lanzarle un fuerte puñetazo en la cara. Emiliano retrocede violentamente y choca contra la pared, adolorido.

Octavio: (furioso) ¡Te lo advertí, pendejo!

Emiliano: (furioso) ¡Infeliz!

Emiliano no es indiferente e intenta devolverle el golpe de forma lenta. Octavio consigue sujetarle el brazo y le propina un puño en el abdomen.

Emiliano: (muy adolorido) ¡Argh!

Octavio: ¡Te advertí que no hablaras de mi hijo!

Octavio no se da a la espera, lo toma del cuello del uniforme y le zampa otro puño en la cara inclusive más fuerte que en el anterior. Emiliano sangra levemente en sus labios y se ve torpe, mareado. 

Octavio: ¿Qué? ¿No te vas a defender? 

Emiliano se abraza el estómago. El dolor agudo que había sentido anteriormente vuelve con una intensidad mucho mayor y su rostro cambio por completo.

Octavio: Mira quién es el cobarde. Estás acabado, viejo. Ni para pelear como hombre sirves.

Emiliano: (ahogado) ¡Argh!

Emiliano tambalea y las muecas de dolor que hace en su rostro hablan por sí solas. Octavio se percata, aunque tampoco se convence.

Octavio: ¿Qué te pasa?

Emiliano aprieta los dientes, intentando mantenerse erguido.

Emiliano: Nada. Ya te la cobraste, así que déjame en paz.

Pero su voz apenas consigue salir y respira cada vez más rápido. El dolor vuelve a atravesarlo y Emiliano se dobla sobre sí mismo.

Emiliano: (quejándose) ¡Argh, carajo! ¡Ahora no!

Emiliano apoya una mano contra la pared para no caer. Octavio lo observa, todavía respirando agitadamente por la pelea.

Octavio: Emiliano… 

Emiliano intenta erguirse. Da un paso. Luego otro y su mirada comienza a perderse hasta que sus piernas finalmente ceden y cae pesadamente al suelo.

Octavio: (alarmado) ¡Emiliano!

Octavio se queda paralizado durante un instante. La rabia desaparece de su rostro y ahora solamente hay desconcierto, por lo que se acerca rápidamente y se arrodilla junto a él.

Octavio: ¡Hey! ¡Emiliano!

Octavio lo sacude ligeramente por el hombro. Emiliano no responde. Octavio mira hacia la puerta del baño, completamente alarmado.

Octavio: (gritando) ¡Guardia! ¡Guardia! ¡Ayuda! ¡Fonseca se desmayó! ¡Ayuda!

Emiliano permanece inconsciente y pálido. 


INT. CASA DE LAS GÓMEZ – DÍA

La casa luce especialmente arreglada. Todo está limpio y decorado con sencillez. Hay flores sobre una mesa, globos colgados y serpentinas para una celebración. Martha termina de inflar un globo. Damián se asoma por la ventana.

Damián: ¡Ahí mero vienen!

Martha: Ay, ¿ya tan pronto? Ven ayúdame tú aquí a poner este que me faltaba.

Damián se le acerca, amarra el globo y lo pega con cinta en la pared. El bebé de Grettel, ya de dos años, está dormido tranquilamente dentro de un coche. La puerta principal comienza a abrirse. Martha contiene el aliento. Chuy y Chela entran. Juan les sigue. 

Chuy: Bienvenido, muchacho.

Chela: Esperamos que te guste. Fue con mucho cariño para ti.

Juan: (emocionado) Wow, qué bonito. De veras me encantó. Hacía tanto no venía a esta casa que ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez. 

Juan mira a su alrededor con nostalgia. Martha se queda mirándolo con una sonrisa llena de felicidad y con un nudo en la garganta. Juan también la observa y durante unos segundos ninguno dice nada.

Juan: (conmovido) Volví.

Martha solo asiente rápidamente con la cabeza, frunciendo los labios y conteniendo las ganas de llorar.

Juan: Estoy de vuelta para que me llenes de tus apapachos como hace años. 

Martha: Pues así como te decía antes, acá nunca te van a faltar.

Martha no logra contenerse más las lágrimas y se le saltan. Juan, con una sonrisa de oreja a oreja, se acerca, la estrecha entre sus brazos y cierra los ojos, profundamente emocionado.

Martha: (llorando) Ay, mijo. No sabes cuánto esperé este momento y cuánto recé por ti. Me parece de no creer.

Martha se separa y le acaricia el rostro, mirándolo como si quisiera asegurarse de que realmente está frente a ella.

Martha: Te extrañé tanto, tanto. 

Juan: (sollozando) Pero si ibas a verme cada quince días a la cárcel.

Martha: Pero ese no era tu hogar. Este sí y acá siempre vas a tener una madre que te quiere con todo el corazón.

Juan: Gracias, Martha. Gracias por tanto amor.

Juan vuelve a abrazarla fuertemente con un enorme cariño. Damián observa enternecido y hasta también solloza.

Damián: Chale, me van a hacer llorar a mí también.

Todos ríen. Juan se separa del abrazo. 

Juan: Es que ahí donde lo ven, él también tiene su corazoncito. 

Damián: Pues claro que lo tengo. Ni modo que fuera de palo.

Todos ríen de nuevo. Damián se acerca al muchacho de quien ahora se ha hecho buen amigo. 

Damián: Bienvenido a casa, güey. 

Juan: Gracias, Damián. Tengo mucho que agradecerte. Te has portado como un verdadero amigo conmigo.

Damián solo asiente sonriendo y ambos también se unen en un abrazo un poco menos largo, aunque cargado de aprecio mutuo. 

Damián: Yo creo que tienes que conocer a alguien.

Damián se hace a un lado y deja ver al bebé en el coche. Juan se sorprende y mira a los demás.

Juan: ¿Este es…?

Martha: (asintiendo) Sí, mijo. 

Juan se acerca al coche, contemplando al bebé que duerme plácidamente. 

Martha: Es Juanito, mi nieto. Quise ponerle el nombre en honor a ti, aunque todavía no lo hemos bautizado.

Chuy: Martha quiso esperar un poco a que salieras para proponerte que fueras tú el padrino.

Juan: ¿Yo, el padrino?

Martha: Sí, mijo, siempre y cuando estés de acuerdo. Estoy segura de que, cuando yo falte, tú vas a ser un excelente padrino para el niño y nunca lo vas a desamparar. ¿Quién más podría ser mejor padrino para mi nieto que tú?

Juan se conmueve por el detalle, se pone en cuchillas y toma la pequeña mano del bebé.

Juan: (bajito) Hola, Juanito…

El bebé se mueve ligeramente mientras continúa dormido. Juan sonríe con ternura.

Juan: Qué gusto conocerte. Fíjate que yo también me llamo Juan y aparte de ser tocayos, también voy a ser tu padrino. ¿Cómo la ves?

Martha observa la escena con lágrimas contenidas. 

Juan: Vamos a ser muy buenos amigos, campeón. Te lo prometo. 

Todos contemplan el momento con plena serenidad. Juan le besa la manito del bebé con delicadeza.


INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA

Gael se encuentra visitando a su padre. El primero luce sumamente molesto. Es de notar que ambos están separados por un vidrio templado. 

Gael: ¿Qué tenías en la cabeza, papá? Te he advertido un chingo de veces que te mantengas alejado de Emiliano Fonseca, que no lo peles, que no lo mires. ¿Por qué tenías que ir a golpearlo? 

Octavio: (fastidiado) Ya no me regañes, Gael. Tenía que callarle el hocico a ese perro infeliz. Estaba hablando mal de ti y hasta insinuó que tú también debías estar en prisión por haberle ayudado a Juan de La Cruz a suplantar a Christian.

Gael: Te provocó y tú como un imbécil caíste. Tuve que mover un par de contactos para evitar que te enviaran a la celda de castigo. Emiliano está grave y creen que fue por la pelea.

Octavio: Están exagerando. Yo apenas lo toqué. El cabrón está enfermo desde hace días e inclusive antes de golpearlo, lo escuché vomitando en el baño. 

Gael: (extrañado) ¿De verdad? ¿Lleva días enfermo?

Octavio: Te digo que sí. Me he dado cuenta de que varias veces sale apresurado del comedor para vomitar la comida. Todo le cae pesado y hoy me dio por ir a investigar de cerca. Fue ahí que nos peleamos.

Gael: De ser así, entonces no te pueden culpar de nada si algo le pasa. 

Octavio: ¿Tan grave está?

Gael: Me contaron que tuvieron que trasladarlo de emergencia a un hospital, así que supongo que sí puede ser delicado. 

Octavio: Espero que se le pase. Es injusto que ese desgraciado se muera antes que yo sin haberse podrido lo suficiente acá.

Gael: Veré qué puedo averiguar. De todas maneras, si regresa, ignóralo. No se te ocurra ponerle una mano encima de nuevo. ¿Está claro?

Octavio: Me tratas como un chamaco. Déjame que ya estoy viejo y sé lo que hago.

Gael: Es por tu bien, papá. Quiero evitar que te condenen más años.

Octavio no puede evitar reírse.

Octavio: ¿Más años? Gael, me voy a morir aquí, hijo. Yo ya no tengo esperanzas de salir.

Gael: Nunca se sabe. Con un buen abogado y con tu buen comportamiento, se podría lograr una reducción, aunque sea unos cuantos años, así como lo hicieron con Quintana.

Octavio: (con curiosidad) ¿Por fin lo soltaron?

Gael: Hasta donde supe, sí. Hoy precisamente lo liberaron. 

Octavio: Pues al fin y al cabo, lo que él hizo no se compara con lo mío. A mí me acusaron de asesinato y complicidad. Voy a pasar el resto de mi vida acá encerrado.

Gael: Por lo menos, hazme caso y mantén un perfil bajo. No vuelvas a meterte con Emiliano Fonseca ni con nadie, por favor.

Octavio asiente resignado.


EXT. CASA DE LAS GÓMEZ – NOCHE

Juan se encuentra sentado en la acera de la casa, contemplando la noche. Damián sale con dos botellas de cerveza y le da una.

Damián: Ten. 

Juan le sonríe y la recibe. Damián se sienta al lado de él.

Damián: ¿Qué haces acá tan solo y tan pensativo?

Juan: Disfrutando del aire fresco y pensando qué hacer con mi vida ahora que salí de la cárcel. Va a estar cañón encontrar trabajo con antecedentes penales.

Juan toma un sorbo de su cerveza.

Damián: ¿Y tú como para qué quieres chambear si eres rico? No te hace falta. ¿O es que a poco se te olvidó que podrías reclamar toda la herencia de tu familia? 

Juan: No me interesa ese dinero y menos sabiendo que está tan sucio. Muchas personas murieron por culpa de eso. 

Damián: Pero es tu derecho, güey. Es decir, legalmente no tienes el apellido, pero con un abogado, te lo podrías cambiar y reclamar todo. Digo, no es que yo sepa mucho de leyes, pero te podrías asesorar. Después de todo, eres el único heredero vivo.

Juan: Yo prefiero vivir una vida austera o modesta como siempre la había vivido antes de saber que era un Fonseca. Quiero conservar el apellido que me dio mi padrino.

Damián: Sí, pero no deja de ser falso. Te mereces un apellido de verdad, no uno que tu padrino de buena fe se inventó para que no anduvieras indocumentado.

Juan: En realidad no es falso. Mientras estaba en la cárcel, precisamente supe la historia de mi nombre…


FLASHBACK

DOS AÑOS ATRÁS

INT. RECLUSORIO/SALA DE VISITAS – DÍA

Juan ha recibido la inesperada y sorpresiva sorpresa de Bernardo, el hermano gemelo de Evaristo. El obispo se ve un poco de mal semblante debido a su enfermedad.

Juan: Creo que no tengo criterio para juzgarlo por la forma en que le dio la espalda a mi padrino hace tantos años. Estoy en un punto en el que no quiero sentir rencores.

Bernardo: Incluso así, no puedo irme de este mundo sin antes pedirte perdón. Estoy ya en las últimas, muchacho y reconozco mis errores. Yo sé que pude evitar muchas cosas si desde el principio hubiera ayudado a mi hermano y quizás estaría vivo. Incluso tú no habrías vivido todo lo que viviste. Yo hubiera podido hablar y hacer justicia hace tanto…

Bernardo baja la cabeza sumamente acongojado.

Bernardo: Te pido que me perdones, por favor.

Juan: El menos indicado al cual pedirle perdón soy yo, monseñor. Hubiera sido mejor que le pidiera perdón a mi padrino antes de morir a manos de Emiliano Fonseca. 

Bernardo: Lo sé y créeme que la culpa no me ha dejado vivir tranquilo. Quizá hasta por eso me enfermé. Hay culpas y rencores que a veces el cuerpo somatiza y creo que ese fue mi caso.

Juan resopla y hace una pausa.

Juan: Yo no soy quien para darle consejos, pero si me permite, lo único que le puedo decir a cambio es que viva tranquilo este tiempo que le queda y que se perdone a sí mismo. Es lo que yo estoy tratando de hacer. Yo también viví cosas fuertes, monseñor y míreme… Me perdí y me hundí por el odio y la venganza al punto de que no me reconocía, y apenas ahorita es que estoy tratando de volver a levantarme.

Bernardo: Me parece bien que busques una segunda oportunidad tú que aún tienes tiempo. Me deja tranquilo que por lo menos no fuiste tú el que murió porque también me sentía muy culpable por ti, así que aprovecha esa oportunidad.

Bernardo hace una pausa y le pone la mano en el hombro como un símbolo fraternal.

Bernardo: Dios tiene un propósito en todo y estoy seguro de que quiere algo grande contigo. De lo contrario, no hubieras llegado hasta acá.

Juan: Yo tengo la impresión de que sigue bien molesto y decepcionado de mí después de tanto que erré. 

Bernardo: Dios no nos da la espalda por nuestros errores si con sincero arrepentimiento queremos volver a ir hacia Él. Yo no soy perfecto, Juan. Mi mayor pecado fue mi silencio y cobardía, y me va a perseguir hasta que muera seguramente. De hecho ningún sacerdote lo es y al final somos hombres, somos humanos y con eso no quiero decir que entonces hagamos lo que nos dé la gana…

Juan lo escucha con atención.

Bernardo: Hay que seguir buscando la santidad en los pequeños detalles. Yo veo una chispa en ti. No en vano eras el gran orgullo de mi hermano. Tú fuiste una esperanza en su vida. Evaristo era alcohólico y gracias a ti salió de ese vicio.

Juan se conmueve al oír.

Bernardo: Intentó ser un mejor hombre e hizo lo posible por protegerte hasta al final. Incluso buscó la forma de darte un apellido. Quizás esto no lo sepas, pero antes de ti, Evaristo tuvo otro ahijado que murió. 

Juan se sorprende al conocer esa información.

Bernardo: Era incluso más joven que tú cuando falleció. Trabajaba en una obra de construcción y sufrió un accidente laboral que le quitó la vida. 

Juan: Yo ya sabía eso. Mi padrino siempre me dijo que mi papá había muerto así. Entonces ¿ese hombre sí era real y era su ahijado?

Bernardo: Sí, así es y estaba casado con una muchacha a la que conocía desde la preparatoria. Incluso esperaban un bebé, solo que, por desgracia, luego de la muerte de él, ella se quedó sola, padeció muchas penurias y… (Hace una pausa) tanto ella como el bebé murieron durante el parto. Fue una tragedia horrible.

Juan: Me imagino, y esa también fue la historia que me contó mi padrino de mi mamá. Me dijo que murió al darme a luz, lo que significa que…

Bernardo: (asintiendo) Exacto. Evaristo los hizo pasar por tus padres en el registro civil y te hizo pasar a ti por el hijo fallecido de ellos, alegando que el bebé no había fallecido por muerte fetal durante el parto y como venían de un pueblo remoto, pues fue más fácil…

Juan procesa la información.

Juan: Veo que mi padrino acomodó la historia de esa tragedia para contarme mi supuesto origen. Mi nombre y apellido no son más que una mentira. 

Bernardo: No lo son, Juan. Tu nombre es el que define quién eres. Es tuyo y de nadie más; es el nombre por el que tus seres queridos te conocen y te van a conocer siempre. El apellido fue solo un formalismo.

FIN DEL FLASHBACK


Juan termina de narrar ese pequeño fragmento de su conversación.

Damián: Pues mira tú. De una u otra forma, viéndolo así como el monseñor te lo planteó, tu nombre no es tan falso después de todo.

Juan: Sí y no quiero volver a perderlo. Juan de La Cruz Quintana es como me llamo y como me voy a llamar siempre. Es lo que define quién soy y no me interesa cambiar eso por ponerme el apellido de una familia que me rechazó desde que nací, menos para reclamar una herencia.

Damián: Chale. ¿Qué no diera yo por enterarme que mi abuela era rica y nunca me dijo la verdad para ponerme a prueba? Dios le da pan al que no tiene dientes en definitiva. 

Juan se ríe por el comentario.

Damián: Pero insisto en que no seas menso, güey. No confundas una cosa con la otra. Tu padrino te dio un nombre para protegerte, y pues está bien que quieras conservarlo, pero a lo mejor encuentras una forma de usar ese patrimonio para algo bueno. 

Juan lo considera.

Damián: Hazme caso, ándale y no tomes una decisión tan grande nomás por el rechazo que te provoca el apellido de esos riquillos que ya pasaron a mejor vida.

Juan: Creo que tienes razón. Después de todo, por ese dinero es que mataron a mi papá biológico. Era suyo y se lo arrebataron. Por lo menos debería hacerle justicia al patrimonio por el que perdió la vida a manos de esos asesinos.

Damián: ¿Ves? Las decisiones no se toman con la cabeza caliente, bro y ya mejor agradece que me tienes en tu vida para abrirte los ojos porque de lo bonachón te pasas de tarugo.

Juan: (riendo) Pues salud por eso.

Los dos chocan sus botellas para brindar y beben de a sorbos mientras siguen platicando amenamente. 


INT. CASA DE LAS GÓMEZ/SALA – DÍA

Ha amanecido. La casa luce tranquila y acogedora. Juan, vestido con unos shorts y una camisa blanca de tirantes, se encuentra sentado en un sillón, cargando a Juanito entre sus brazos. Juan sostiene un pequeño biberón y le da de comer mientras el bebé lo observa fijamente.

Juan: (sonriendo) A ver, Juanito. Despacito, campeón. No te me vayas a atragantar por andar de desesperado.

El bebé continúa tomando.

Juan: Eso, así.

Juan hace una pequeña pausa y mira al bebé con ternura. Luego aparta el biberón y lo deja en la mesa de al lado.

Juan: Qué cara de travieso tienes, eh. 

El bebé mueve la mano y se sonríe de una forma enternecedora.

Juan: Ah, ¿me vas a decir que no?

Juan cambia la voz, imitando al bebé.

Juan: (vocecita) "No, padrino, yo soy un angelito. Yo jamás hago travesuras".

Juan vuelve a su voz normal.

Juan: ¡Mira nomás! Y yo que te creí.

Martha aparece desde otra habitación, cargando una bolsa.

Martha: Ay, mijo. Contigo ese niño se va a malacostumbrar. Yo ya le había dado biberón temprano esta mañana. 

Juan: ¿Y cuál es el problema? Para eso son los padrinos, ¿no? Para consentir. ¿O a poco no, Juanito?

Juan comienza a hacerle cosquillas al bebé en el vientre. El bebé ríe.

Martha: Bueno. ¿Me haces favor de echarle un ojo mientras regreso? Voy al mercado a comprar unas cosas para el almuerzo.

Juan: Claro que sí. Tú vete tranquila. Este principito no va a estar en mejores manos que las de su padrino. ¿Verdad que no, Juanito?

Juan mira al bebé y vuelve a utilizar una vocecita.

Juan: (vocecita) "No, abuelita Martha. Con mi padrino estoy muy bien. Él me cuida y además me da de comer".

Juanito mueve las manos hacia arriba.

Juan: ¿Viste? Me dio la razón.

Martha: (riendo) Bueno, pues no tardo.

De repente, tocan la puerta. Martha mira hacia ella, extrañada.

Martha: ¿Quién será? Justo cuando iba de salida...

Martha abre la puerta. Gael es quien ha tocado. Ella lo reconoce de cara, aunque no han interactuado tanto.

Martha: ¿Usted?

Gael: Buenos días, señora. ¿Juan está? Me dijeron en el orfanato que podía encontrarlo acá.

Martha mira hacia el interior de la casa. 

Martha: Juan, te buscan.

Juan, desde la sala, escucha su nombre. Levanta la mirada y su expresión cambia al reconocer a Gael, a quien no veía hace dos años.


CORTE A

INT. HOSPITAL/PASILLO – DÍA

Juan se encuentra de pie frente a una puerta con una pequeña ventanilla de vidrio. Hay dos policías custodiando y a través de dicha ventanilla, el joven observa a Emiliano, quien está inconsciente sobre una cama, con el rostro pálido y demacrado, además de que tiene varios cables y dispositivos médicos conectados. 

Gael: (voz en off) Emiliano está muy enfermo, Quintana. 

Juan permanece inmóvil, observando en silencio.

Gael: (voz en off) Según lo que pude averiguar, tiene daño hepático como consecuencia de aquel veneno que Fernanda y Paula le estuvieron dando durante un tiempo hace ya poco más de dos años. Es una secuela a mediano plazo. Algo así me explicaron.

Juan frunce ligeramente el ceño y contempla a su antiguo enemigo; el hombre que durante años intentó destruirlo; el hombre responsable de tantas muertes, sufrimientos y pérdidas. Juan, sin embargo, no siente rabia. 

Gael: (voz en off) Como su hígado ya no está respondiendo como debería, necesita un trasplante…

Juan no puede dejar de mirar a su tío a través de esa ventanilla. Lo ve tan vulnerable que ni siquiera reconoce ya en él la imponencia que solía tener. 

Gael: (voz en off) Y si consigue un donante a tiempo, puede salvarse, pero si no, podría morir en cuestión de semanas…

Juan permanece en silencio y algo dentro de él comienza a removerse. Lo mira, no con odio ni con el ánimo de jactarse, sino con una genuina lástima y una profunda compasión que él mismo parece incapaz de comprender.

Gael: (voz en off) Yo solo vine a avisarte porque pensé que podía interesarte saberlo.

Juan se retira de allí después de varios segundos.


CORTE A:

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – NOCHE

Es de noche. El orfanato y su capilla han sido completamente reconstruidos después del incendio sufrido años atrás. El lugar se encuentra apenas iluminado por algunas lámparas tenues. El altar permanece en silencio, bañado por una luz cálida y discreta. Juan está sentado solo en una de las bancas. Mira fijamente hacia el altar y sostiene en sus manos un rosario. Luego cierra los ojos y reza.

Juan: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino…

Juan continúa rezando en voz baja.

Juan: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día…

Juan respira profundamente y su voz comienza a quebrarse ligeramente.

Juan: Perdona nuestras ofensas…

De repente, se detiene y abre lentamente los ojos, con la mirada fija en el crucifijo, incapaz de continuar, por lo que repite la última frase.

Juan: (con dificultad) Perdona nuestras ofensas como también nosotros…

Juan frunce los labios y su rostro se tensa al tiempo que lo invaden unas explicables ganas de llorar.

Juan: Como también nosotros…

Juan presiona con fuerza el rosario y una lágrima discreta se desliza por su rostro hasta que finalmente completa la frase en un hilo de voz.

Juan: Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…

Juan rompe a llorar sin lograr comprender lo que siente y la luz tenue de la capilla reflejan la humedad de su rostro. De repente, la puerta de la capilla se abre.

Chuy: (sorprendido) ¿Juan?

Juan se limpia rápidamente el rostro. Chuy se le acerca.

Chuy: ¿Qué haces aquí? No sabía que habías venido.

Juan: No sabía a dónde más venir. Estar en la capilla siempre es mi lugar seguro y hoy lo necesitaba.

Chuy se sienta a su lado.

Chuy: ¿Qué pasó? ¿Qué tienes? 

Juan permanece unos segundos en silencio.

Juan: Hoy fui a ver a Emiliano Fonseca.

Chuy: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Fuiste a la cárcel?

Juan: (negando) No, fui al hospital. Está enfermo. 

Chuy: ¡Claro! Ahora entiendo por qué vino el detective este, ¿cómo se llama?

Juan: Gael.

Chuy: Sí, ese mismo. Vino a preguntarme por ti y le dije que podía encontrarte en la casa de Martha. Indagué para ver qué buscaba, pero me dijo que era algo confidencial que solo podía decirte a ti.

Juan: Fue para avisarme del estado de salud de Emiliano. Se está muriendo, padre.

Chuy escucha atentamente. Juan mantiene la mirada fija en el altar.

Juan: Lo vi ahí, acostado, inconsciente, pálido. Apenas parecía la misma persona.

Juan traga saliva.

Juan: Y yo pensé que iba a sentir rabia. Pensé que iba a sentir satisfacción.

Juan niega lentamente con la cabeza.

Juan: Pero no (Hace una pausa). No sentí nada de eso. Todo lo contrario. Sentí lástima (Quiebra la voz). Una lástima enorme, padre y un dolor que no entiendo por qué. 

Chuy coloca una mano sobre su hombro. Juan contiene el llanto.

Juan: Después de todo lo que hizo, después de todo lo que nos hizo, no comprendo cómo puedo sentir compasión por él.

Chuy: Juan, el perdón no siempre comienza cuando dejamos de recordar lo que nos hicieron, sino que comienza cuando somos capaces de mirar al que nos hizo daño y dejar de verlo únicamente como nuestro enemigo.

Juan: No sé si esté listo para perdonarlo. Muy en el fondo, todavía me duele recordar lo que pasé por culpa de ese tipo, pero tampoco logro odiarlo como antes. Es como si toda la rabia y el desprecio se hubieran esfumado.

Chuy: Claro, porque lograste salir del hoyo donde estabas metido por esa venganza que te estaba consumiendo. Mira, Juan…

Juan escucha atentamente.

Chuy: Perdonar no borra los crímenes. No convierte el mal en algo bueno y tampoco significa que tengas que olvidar lo que viviste. Perdonar es recordar el daño que sufrimos y no sentir el más mínimo resentimiento, así como te está pasando ahora.

Juan llora en silencio. 

Chuy: Incluso, esas lágrimas que ahorita estás derramando son muestra de que soltar duele, pero es liberador, hijo. 

Juan se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

Chuy: Ojo, no te estoy diciendo que debas reconciliarte con Emiliano Fonseca, abrazarlo como si fueran dos buenos amigos o confiar en él. Es más, tampoco quiero convencerte de que lo perdones. 

Juan lo mira con los ojos brillando. 

Chuy: Eso es algo que tiene que nacer de ti, no porque yo te lo diga y tampoco porque la Iglesia te lo ordene. 

Chuy le da una suave palmada en el hombro.

Chuy: Lo único que te puedo decir es que te conozco. Tú tienes un corazón enorme o de lo contrario, ni siquiera habrías aceptado ser el padrino del hijo de Grettel y ese hombre. 

Juan: El niño no tiene la culpa de nada. Es inocente. 

Chuy: Exacto, aunque otra persona en tu lugar, jamás pensaría así solo por el hecho de que el niño lleva la sangre de su enemigo.

Juan resopla, intentando contener el llanto.

Juan: Entonces ¿qué hago, padre? Gael me dijo que si no hay un donante rápido, Emiliano se puede morir en cuestión de semanas y como es un recluso, no está en la lista de pacientes prioritarios. 

Chuy: Esa decisión solamente la puedes tomar tú. No tienes que decidirla esta noche.

Chuy le da un par de palmadas afectuosas en el hombro.

Chuy: Tú solo piénsalo, medítalo y pídele a Dios mucho discernimiento. 

Juan permanece inmóvil. Chuy se pone de pie.

Chuy: Voy a prepararte una habitación. Ya es muy tarde y es mejor que te quedes.

Juan asiente.

Chuy: Buenas noches, hijo.

Chuy comienza a caminar hacia la salida. Juan vuelve a mirar el altar. Después baja la mirada. Permanece pensativo, mientras las palabras del Padre Nuestro parecen resonar todavía en su cabeza.


DÍAS DESPUÉS

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE EMILIANO – DÍA

Emiliano permanece acostado en la cama, pálido y visiblemente debilitado. Incluso luce delgado y demacrado debido al rápido avance de su enfermedad. Hay un médico con una carpeta en las manos y un policía que permanece junto a la puerta, custodiando.

Doctor: Señor Fonseca, tras varios días, ya apareció un donante.

Emiliano: (con incredulidad) ¿Un donante?

Doctor: Sí. Podemos realizar el trasplante de hígado, ya que el suyo, como le explicamos, está severamente dañado.

Emiliano tarda unos segundos en asimilar la noticia.

Emiliano: ¿Quién?

Doctor: No puedo decirle.

Emiliano: ¿Y por qué chingados no puede decirme?

Doctor: La identidad del donante es confidencial.

Emiliano: Pues debería saber a quién le debo la vida y a mí no me gusta deberle favores a nadie, doctor. Yo no confío en buenas intenciones.

Doctor: (con severidad) Lo que debería hacer es agradecer que alguien está dispuesto a salvarle la vida.

El médico abre la carpeta.

Doctor: Por sus condiciones médicas y los criterios establecidos para la asignación, usted era el último paciente de la lista de espera que podía recibir un órgano del banco del hospital y milagrosamente apareció alguien dispuesto a ayudarlo.

Emiliano permanece en silencio.

Doctor: Tuvo mucha suerte. Por ahora, necesito que firme esto para autorizar el procedimiento.

El doctor saca un documento de la carpeta y se lo entrega al hombre junto con un bolígrafo. Emiliano, resignado, aferrado a su vida, recibe el papel y el bolígrafo. Luego firma.


CORTE A:

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/CAPILLA – DÍA

La capilla está iluminada por la luz natural que entra por los vitrales. Juan se encuentra arrodillado frente al altar. 

Juan: Dios mío, tú sabes lo que hay en mi corazón. Dame fuerzas para hacer lo correcto y si esto que voy a hacer puede salvar una vida, permite que sea también una forma de dejar atrás todo aquello que durante tanto tiempo me hizo daño.

Juan respira profundamente.

Juan: Ayúdame a perdonar de verdad, sin rencor, sin esperar nada a cambio. Amén. 

Hace la señal de la cruz y se pone de pie. Chuy ingresa a la capilla, mirándolo con preocupación. 

Chuy: Juan… (Juan se gira) ¿Estás seguro de esto? 

Juan: (decidido) Sí, padre. Llevo días pensándolo y ya tomé la decisión. No me voy a echar para atrás.

Chuy lo observa con orgullo. No dice nada más, se acerca y le frota afectuosamente la espalda. 

Chuy: Déjame entonces acompañarte al hospital.

Juan sonríe y asiente. Luego ambos salen de la capilla.


CORTE  A:

INT. HOSPITAL/QUIRÓFANO – DÍA

Emiliano es trasladado en una camilla hacia el quirófano. Las luces del techo pasan sobre él una tras otra. El equipo médico se prepara.

Cirujano: Vamos a comenzar.

Emiliano mira brevemente las luces. Una mascarilla desciende sobre su rostro.

Cirujano: (a Emiliano) Respire profundamente.

Emiliano lo hace. Pronto, sus ojos comienzan a cerrarse en cuestión de segundos a la expectativa de que, después de esa cirujía, tenga una nueva oportunidad de vida.


CORTE A:

INT. HOSPITAL/HABITACIÓN DE EMILIANO – DÍA

Todo está en silencio. Emiliano comienza a recuperar lentamente la conciencia y abre los ojos. Ve inicialmente borroso y se mueve un poco, haciendo una mueca de dolor.

Emiliano: (entre dientes) ¡Argh, chingada madre...!

Intenta moverse, pero inmediatamente se arrepiente.

Emiliano: Nunca me habían operado. Es como si me hubiera pasado un camión por encima, carajo…

Emiliano respira profundamente y su visión todavía es borrosa. Poco a poco comienza a enfocar. Juan está sentado en una silla junto a la ventana. Emiliano entrecierra los ojos y ve su figura con dificultad. 

Emiliano: ¿Quién eres?

Juan se levanta de la silla con algo de dificultad y llevándose instintivamente la mano al costado, debido a la cirujía de extracción. El muchacho se acerca despacio a la cama. Emiliano abre completamente los ojos al reconocerlo y desencaja el rostro.

Emiliano: Tú…

Juan permanece de pie frente a él y aunque su rostro es serio, no hay odio en sus ojos. Emiliano intenta incorporarse ligeramente y siente las esposas que sujetan una de sus muñecas a la cama.

Emiliano: ¿Qué haces aquí?

Juan no responde inmediatamente.

Emiliano: ¿Cómo supiste dónde estaba?

Juan: Me enteré por alguien.

Emiliano: Malnacido… De veras que tienes suerte. Disfruta de tu libertad mientras puedas porque todo en la vida tiene un final, imbécil y tarde que temprano vas a caer. Escríbelo.

Juan: Mira, Emiliano. Yo no estoy acá para discutir. Vine porque sé que estás solo y nadie más vendría a verte, así que decidí venir yo.

Emiliano: ¿Y a qué? ¿Qué quieres? ¿Viniste a burlarte? ¿Viniste a verme derrotado y a jactarte de tu victoria, hijo de tu…?

Juan se apresura a interrumpirlo.

Juan: Quiero que ajustemos cuentas de una vez por todas.

Emiliano: (con sarcasmo) ¿Ah, sí? ¿Y cómo? ¿Piensas matarme? ¿Pagaste a los policías para entrar a acabar conmigo o qué pedo?

Juan: Yo no soy un asesino como tú y nunca quise serlo.

Emiliano: (burlándose) Pues qué perdedor eres, mijo y me decepcionas, ¿sabes? Después del plan tan meticuloso que armaste para destruirme, bien podrías terminar de rematarme. Yo no sería tan complaciente con mi peor enemigo.

Juan: Quizás tú no, pero yo sí y ahí radica la diferencia. Tú y yo no somos iguales. 

Emiliano: Ay, sí, tú. No te las vengas a dar ahora de santito. Hiciste cosas bien cuestionables con tal de derrotarme y lo lograste. No seas tan zoquete. 

Juan: No voy a negar que cometí errores y no pretendo esconder mi pasado, pero este es el presente y…

Juan hace una pausa, baja la mirada y un nudo se le forma en la garganta.

Juan: Hoy también puedo decirte algo que durante mucho tiempo pensé que jamás sería capaz de decir…

Juan respira profundamente y lo mira a los ojos.

Juan: Te perdono, Emiliano.

Emiliano lo mira con una mezcla de incredulidad y fastidio.

Emiliano: Párale a tus jaladas. Yo no te he pedido perdón y jamás voy a pedírtelo. Primero muerto. ¿Escuchaste? ¡Muerto!

Juan: No necesito que lo hagas. Yo te perdono de todos modos.

Emiliano hace una mueca de desprecio.

Juan: Toda mi vida escuché que debíamos amar a nuestros enemigos y perdonar a quienes nos hacen daño…

Emiliano solo sonríe con burla.

Juan: Durante mucho tiempo pensé que era solamente una frase bonita, algo que uno repite porque así debe ser. Es algo que como sacerdote debía predicar, pero ahora sé lo que significa porque ya lo viví en carne propia…

Juan siente que sus ojos comienzan a humedecerse.

Juan: Si Jesús pudo perdonar a los que lo crucificaron, ¿quién soy yo para creer que estoy por encima de eso?

Emiliano: Métete tus sermones baratos por donde no te llega la luz del sol. No necesito tu palabrería.

Juan guarda silencio. No se ofende y solamente respira profundamente, gimoteando.

Juan: Está bien. De todos modos yo ya terminé, aunque antes de irme, quiero que sepas que voy a reclamar la herencia de mi papá. 

Emiliano: (furioso) Te estabas demorando, infeliz. Bien que vas a disfrutar de todo lo que trabajé toda mi vida y lo que a mí me correspondía. Es lo que deseabas, ¿no? 

Juan: No pienso quedármela. Voy a asesorarme con un abogado y voy a liquidar el corporativo (Emiliano se sorprende). Voy a vender todo, propiedades, departamentos, incluso esa maldita casa donde se vivió tanto dolor y voy a encargarme de donarlo.

Emiliano: De veras que eres un pendejo de ligas mayores. No sabes cómo me pesa no haberte matado cuando naciste o cuando tuve oportunidad.

Juan contiene las lágrimas.

Juan: Es verdad. Tres veces pudiste hacerlo y ahora mira… (Hace una pausa) Fui yo quien hizo algo para que siguieras viviendo.

Emiliano lo mira fijamente sin comprender.

Juan: No voy a negar que me costó, pero lo hice, no para que me debas algo, no para que cambies, sino porque ya no quiero cargar con odio…

Juan derrama un par de lágrimas.

Juan: Y porque necesitaba demostrarme a mí mismo que todo lo que sufrí no consiguió convertirme en ti.

Emiliano: ¿De qué estás hablando?

Emiliano comienza a respirar más rápido.

Emiliano: ¿Qué hiciste?

Juan lo mira por última vez.

Juan: Espero que algún día puedas arrepentirte de todo el daño que provocaste. Que Dios te bendiga, Emiliano, de corazón te lo digo. 

Juan se da la vuelta y camina hacia la puerta.

Emiliano: ¡Juan!

Juan se detiene. Es la primera vez que el hombre lo llama por su nombre, pero no se gira.

Emiliano: ¡Habla, imbécil! ¿Qué hiciste? Explícate y respóndeme.

Juan cierra los ojos por un instante. Después continúa caminando y sale de la habitación. Emiliano queda completamente desconcertado. Mira hacia la puerta y después baja lentamente la mirada hacia su abdomen. La respiración se le acelera y los recuerdos comienzan a encajar: el donante confidencial y las últimas palabras que su sobrino le dijo.

Emiliano: (en un hilo de voz) No…

Emiliano abre los ojos con horror y respira agitado.

Emiliano: No puede ser, carajo, no…

Mira nuevamente hacia la puerta por donde Juan acaba de salir y por primera vez, no tiene una respuesta con la cual defenderse. Comprende entonces que el joven fue su donante; el mismo al que quiso matar tantas veces acaba de darle una parte de sí mismo para salvarle la vida. Emiliano permanece inmóvil, respirando con dificultad. La noticia lo golpea más fuerte que cualquier insulto e incluso más que haberse visto derrotado años atrás. Grita con rabia e impotencia, aunque luego hace una mueca de dolor por la herida de la cirugía y rompe a llorar, sintiéndose sumamente humillado. 


DÍAS DESPUÉS

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/SACRISTÍA – DÍA

La misa ha terminado. Desde el templo todavía se escuchan las voces de algunos feligreses que comienzan a retirarse, así como niños, monjas y seminaristas. Chuy entra a la sacristía. Juan lo sigue y cierra la puerta. El sacerdote se coloca frente al espejo y comienza a quitarse la estola. Juan se le acerca, vistiendo un alba blanca, pues hace de monaguillo.

Juan: Déjeme ayudarle, padre. 

Juan le ayuda a terminarse de quitar la casulla.

Chuy: Yo puedo solo.

Juan: Pues ni tanto. Por ahí escuché que la vez pasada le traqueó la espalda tratando de quitarse la casulla usted solo.

Chuy: (sorprendido) ¡Por supuesto que no! ¿De dónde sacas eso?

Juan: (burlándose) Ay, ya padrecito. Conmigo no tiene que fingir. 

Chuy: ¿Fingir qué según tú?

Juan: Que ya está ruco y le truenan los huesos.

Chuy se voltea muy serio y molesto. Juan se echa a reír y se aleja de forma prevenida. 

Juan: No me mate. Era en broma, eh.

Chuy: Sí, tú. Una broma. Una más y a la próxima no respondo. Te lo advierto, Juan. 

Juan sigue riéndose, aunque luego la risa disminuye. Toma ambas prendas con cuidado, las sacude ligeramente antes de doblarlas y lo hace con una familiaridad que parece venir de muchos años atrás. Dobla primero la casulla. Después coloca la estola encima y se queda quieto. Por unos segundos, su expresión cambia de una actitud risueña a una nostálgica. Chuy lo observa.

Chuy: ¿En qué tanto piensas?

Juan reacciona. Parpadea y sonríe con sencillez, intentando disimular.

Juan: ¿Yo? En nada importante (Deja las vestiduras sobre una mesa). Tengo que empezar a buscar chamba, aunque sea de carpintero ahora que ya me recuperé de la cirugía y además ya pronto es el bautizo de Juanito, y voy a necesitar lana para comprarle sus cosas.

Chuy lo mira fijamente.

Chuy: No me mientas, Juan. 

Juan baja ligeramente la mirada.

Chuy: Te conozco como a un hijo y como la palma de mi mano.

Juan suelta una pequeña risa.

Juan: ¿Tanto así?

Chuy: Claro y hacía muchísimo tiempo que no veía esa mirada en ti. Te brillan los ojos de la misma forma que cuando eras seminarista.

Juan guarda silencio y resopla, esbozando su sonrisa. 

Juan: Es que… (Hace una pausa) Me da tristeza, padre… 

Chuy: ¿Tristeza de qué?

Juan: De no haber podido ordenarme. Dios me dio un regalo precioso y yo lo eché a perder…

Juan acaricia distraídamente la estola doblada.

Juan: Yo estaba a nada de ordenarme. Me faltaban unos meses y justo por aquella época descubrí todo sobre mis orígenes. Después pasó todo lo demás, así que supongo que a lo mejor ese no era mi camino.

Chuy: ¿Y cómo puedes estar tan seguro?

Juan levanta la mirada.

Chuy: Juan, la vida, a veces, nos lleva por caminos de los que nos desviamos por determinados motivos. Hay personas que se pierden y no encuentran el camino de regreso y hay otras que, por gracia de Dios, pueden volver como tú.

Juan lo observa con atención.

Juan: ¿Qué me está insinuando?

Chuy sonríe ligeramente.

Chuy: Voy a preguntarte algo y quiero que me respondas con toda sinceridad.

Juan asiente.

Chuy: ¿De verdad ser sacerdote era tu vocación?

Juan: (con firmeza) Claro que sí. Era mi razón, mi motor. Era algo que amaba profundamente y que me hacía tremendamente feliz.

Chuy: Entonces no deberías renunciar a ello. Tú ya renunciaste a demasiadas cosas. No renuncies a una más.

Juan suelta una pequeña carcajada y niega con la cabeza.

Juan: No, padrecito. Yo jamás podría ser sacerdote.

Chuy: ¿Por qué no?

Juan: Porque no soy digno, no después de todo lo que hice en un tiempo, de cómo mentí, de cómo chantajeé, de cómo traicioné mis principios…

Chuy: (acercándose) Juan...

Chuy tarda en continuar. Juan lo escucha con atención.

Chuy: Nunca olvides esto que te voy a decir… No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro.

Juan levanta lentamente los ojos.

Chuy: Pedro negó a Cristo tres veces y, aun así, Cristo no dejó de confiar en él. San Agustín pasó años lejos de Dios antes de convertirse en uno de los grandes santos de la Iglesia y así me podría quedar todo el resto del día contigo contándome la innumerable cantidad de personas que se desviaron y regresaron al camino…

Juan escucha en silencio.

Chuy: Esto te lo digo para que entiendas que la santidad no consiste en haber sido perfecto desde el principio. Consiste también en levantarse después de haber caído y tú tienes algo que no se puede aprender en un seminario.

Juan: ¿Qué cosa?

Chuy: Tienes un enorme amor para dar y la prueba más grande la diste con Emiliano Fonseca hace unos días. 

Juan se queda inmóvil con un nudo en la garganta y aprieta ligeramente los labios.

Chuy: Después de todo lo que ese hombre te hizo, le salvaste la vida. Pudiste dejarlo morir. Pudiste vengarte. Pudiste decir que después de todo lo que sufriste no le debías absolutamente nada, pero decidiste perdonarlo.

Juan respira hondo.

Juan: No sé si eso me hace digno de ser sacerdote. Yo solo hice lo que el corazón me decía.

Chuy: Y es un acto que demuestra que todavía tienes mucho que ofrecer y que, si has llegado hasta este punto, es porque hay una razón.

Juan queda pensativo.

Chuy: No descartes la idea. Tú ya habías tomado tus votos. No tendrías que empezar de cero.

Juan: ¿No?

Chuy: Solo tendrías que hablar con el nuevo obispo, explicarle tu situación y solicitar nuevamente la ordenación sacerdotal.

Juan niega lentamente sin convencerse.

Juan: No sé, padre…

Chuy: No tienes que saberlo ahora.

Chuy le da una palmada cariñosa en el hombro.

Chuy: Solo te estoy pidiendo que no cierres una puerta antes de averiguar si todavía puede abrirse.

Juan guarda silencio. Chuy comienza a caminar hacia la puerta y, antes de salir, se detiene.

Chuy: Dios trabaja en el barro, Juan y aunque no puedo asegurarlo, algo me dice que todo lo que viviste te sirvió para moldearte y hacerte madurar en la fe. 

Juan permanece inmóvil.

Chuy: Piénsalo, hijo. 

Chuy sale. La puerta se cierra suavemente. Juan mira nuevamente la casulla y la estola. Las toma entre sus manos, las aprieta contra su pecho y sus ojos se humedecen. No sonríe y tampoco llora. Simplemente permanece ahí, pensando. Por primera vez en mucho tiempo, aquella vida que creía perdida comienza a parecerle, aunque sea remotamente, posible otra vez. 


CORTE A BLANCO:

UN AÑO DESPUÉS

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan duerme profundamente cuando, de repente, los golpes de la puerta resuenan por toda la habitación.

Chuy: (desde afuera) ¡Juan! ¡Juan de La Cruz, abre esa puerta inmediatamente o te juro que la tumbo!

Juan se mueve entre las sábanas, todavía somnoliento.

Chuy: (desde afuera) ¡Juan de La Cruz, abre ya!

Juan finalmente abre los ojos de golpe y reacciona, por lo que se incorpora sobresaltado y mira el celular sobre la mesita de noche. La primera reacción que tiene es abrir los ojos como platos.

Juan: No puede ser. Me quedé dormido otra vez. 

Chuy: (furioso, desde afuera) ¡¡Juan!!

Juan: (aterrado) El padrecito Chuy me va a poner como camote ahora sí.

El joven se levanta rápidamente de la cama sin camisa, apenas usando un pantalón corto. 

Juan: ¡Voy, padre! 

Juan se apresura a abrir la puerta, con el cabello desordenado y ligero de ropa. Chuy entra y parece que quisiera fulminarlo con la mirada al escanearlo de arriba a abajo.

Chuy: ¿Me puedes explicar qué significa esto? ¿Qué fachas son estas?

Juan: Buenos días para usted también, padrecito.

Chuy lo pellizca. Juan se queja adolorido y se frota. 

Juan: ¡Auch! Pero ¿por qué siempre me trata como un chamaco si ya estoy bien adulto?

Chuy: Tienes treinta, pero todavía te portas como un niño. Tu ordenación es en menos de una hora y tú tan campante roncabas.

Juan: (apenado) La verdad es que se me olvidó poner la alarma del celular. 

Chuy: Pues errores como esos a estas alturas de tu vida ya no son excusa. Tenemos que estar en la catedral media hora antes.

Juan: Bueno, pues técnicamente todavía tenemos tiempo.

Chuy: ¿Técnicamente?

Juan: Sí. Mire, si caminamos rápido…

Chuy: (molesto) ¡Juan!

Juan: Está bien, está bien.

Chuy lo empuja ligeramente hacia el baño.

Chuy: ¡Métete ya a bañar! ¡Ándale!

Juan se deja empujar entre risas.

Juan: ¡Ya voy, ya voy!

Chuy: ¡Y date prisa!

Juan: Sí, padre, pero tranquilo o me le va a dar un infarto. Mire que, a su edad, es mejor no darle razones a San Pedro.

Chuy alza la mano para darle una palmada de forma jocosa. Juan sale corriendo al baño carcajeándose y cierra la puerta.

Chuy: ¡Vas a ver cuando salgas, eh!

Chuy muda su expresión de molestia y termina también riéndose. 

Chuy: ¡Ay, este muchacho!

Chuy resopla y sonríe.

Chuy: Misión cumplida, Evaristo. Tu ahijado hoy se va a volver sacerdote después de tanto que pasó. 

Por un instante, sonríe con orgullo y felicidad. 


CORTE A:

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan acaba de salir de la ducha y comienza a vestirse frente al espejo. Toma una camisa blanca y en su espalda se ven visibles las cicatrices de las flagelaciones. Luego, se abotona la camisa, la mete por dentro de su pantalón, se peina y se ve nervioso.

Juan: Estoy listo.

Juan agarra su rosario que cuelga del picaporte de la puerta y se lo cuelga del cuello, junto con la medalla que le regaló a Benjamín. 


CORTE A NEGRO.

INT. CATEDRAL – DÍA

La catedral está llena. La luz del día entra por los vitrales y cae suavemente sobre las bancas. Hay un silencio reverente. Entre las primeras bancas, se encuentran Martha, Chela y Damián, todos vestidos muy elegantemente. Martha carga al bebé. Chuy y Joaquín se encuentran en el altar, usando sus vestiduras sacerdotales junto al obispo. También están todos los niños del orfanato, monjas y seminaristas. 

Chela: ¡Creo que ahí viene!

Martha y Damián voltean a ver hacia la entrada de la catedral. Juan aparece, vistiendo el hábito blanco de los candidatos a la ordenación y camina lentamente por el pasillo central, con las manos juntas en oración y con un rostro sereno. No hay miedo. No hay vergüenza. No hay aquella mirada perdida de su tiempo en prisión. Hay paz. Martha rompe en llanto silenciosamente ante la emoción. Chela le toma la mano. Chuy, desde el altar, observa a Juan con los ojos humedecidos. Juan avanza y con cada paso parece cargar consigo todos los caminos que recorrió para llegar hasta allí. Frente al obispo, se arrodilla de una forma solemne. El obispo lo observa durante unos segundos y después comienza el rito.

Obispo: Juan de La Cruz Quintana, ¿quieres consagrarte al servicio de Dios y de la Iglesia, y perseverar en este propósito durante toda tu vida?

Juan levanta lentamente la mirada.

Juan: Sí, quiero.

Martha se lleva una mano al pecho sin poder dejar de llorar muy conmovida y enorgullecida.

Obispo: ¿Quieres desempeñar siempre el ministerio de la palabra con la debida preparación y sabiduría, proclamando el Evangelio y explicándolo con fidelidad?

Juan: Sí, quiero.

Obispo: ¿Quieres celebrar con devoción y fidelidad los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano?

Juan asiente emocionado.

Juan: Sí, quiero.

Obispo: ¿Quieres implorar conmigo la misericordia divina sobre el pueblo que te será encomendado, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?

Juan: Sí, quiero.

Obispo: ¿Quieres unirte cada día más estrechamente a Cristo, consagrándote a Dios por la salvación de los hombres y configurándote con Él, renunciando a ti mismo y abrazando la cruz?

Juan guarda silencio unos segundos. La palabra cruz parece tocar algo muy profundo dentro de él. Baja la mirada, trayendo fugazmente todos aquellos momentos que, en efecto, vivió como una cruz y después vuelve a levantar la mirada.

Juan: Sí, quiero.

Obispo: ¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis legítimos sucesores?

Juan: Sí, prometo.

Obispo: Dios, que comenzó en ti esta obra buena, Él mismo la lleve a término.

Juan se postra boca abajo sobre el suelo del presbiterio. Los sacerdotes presentes dan un paso. El obispo invita a la asamblea a orar al tiempo que extiende las manos sobre el muchacho.

Obispo: Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame generosamente sus dones sobre este siervo suyo, que se dispone a recibir el Orden de los presbíteros.

Todos inclinan la cabeza. Juan permanece arrodillado. María José aparece desde el fondo de la catedral y sonríe con gran felicidad. 

Luego de unos minutos, la letanía termina. Juan se incorpora y se arrodilla frente al obispo, el cual extiende sus manos sobre la cabeza del muchacho. Después, uno por uno, los sacerdotes presentes se acercan y hacen lo mismo, Joaquín entre ellos. Chuy es uno de los últimos y se acerca a Juan. Lo contempla con enorme emoción y coloca sus manos sobre su cabeza.

Chuy: Dios te bendiga, hijo.

Juan cierra los ojos sonriendo con agradecimiento. Chuy se aparta.

El obispo vuelve a colocarse frente a Juan y pronuncia la Oración de Ordenación.

Obispo: Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a este siervo tuyo la dignidad del presbiterado y derrames sobre él el Espíritu Santo.

Juan, por su parte, cierra los ojos y deja salir las lágrimas que se deslizan por sus mejillas. No son lágrimas de dolor, sino de alivio, de felicidad, de gratitud y de renacimiento. El obispo mantiene sus manos extendidas.

Obispo: Haz que sea fiel dispensador de los santos misterios, para que tu pueblo se renueve con el baño del bautismo y se alimente de tu altar; que sea misericordioso y solícito con todos, para que puedan ser conducidos hacia ti.

La oración termina.

Todos: (al unísono) Amén.

Juan abre los ojos y sus ojos se dirigen hacia el altar. Permanece contemplándolo. Por un instante parece que todo lo demás desaparece. No ve a la multitud. No ve las paredes de la catedral. No ve siquiera al obispo y tan solo contempla el altar, como si allí estuviera viendo aquello que buscó durante tantos años; aquello que creyó haber perdido; aquello que, contra todo pronóstico, volvió a encontrar y sin poder contenerse, sus ojos se humedecen, pero dibuja una sonrisa pequeña. María José, de fondo, lo ve con orgullo y una genuina felicidad. 


CORTE A:

INT. CATEDRAL – DÍA

La ceremonia ha terminado. Juan permanece cerca del altar, ahora vestido con sus ropas sacerdotales: alba, estola y casulla. Los niños del orfanato comienzan a acercarse.

Todos: (al unísono) ¡Juan! ¡Juan!

Los niños lo rodean entre sonrisas y abrazos.

Niño 1: ¿Ya eres padre de a veras?

Juan: (riendo) ¡Pues sí! ¿O a poco pensaron que era jugando?

Niño 2: ¿Y vas a seguir viniendo al orfanato?

Juan: ¡Claro! Voy a ir de visita seguido.

Niño 3: ¿Y vas a celebrar la misa?

Juan: También.

Niño 4: ¿Y vas a volver a jugar fútbol con nosotros?

Juan: Si se portan bien, sí. 

Niño 5: Entonces ya no podemos hacer travesuras.

Juan: (riendo) Pues así mero. Me quitaste las palabras de la boca, eh…

Juan le revuelve el cabello a ese último infante. Chuy, que observa la escena a unos pasos de distancia, interviene con un regaño, aunque severo, cargado de dulzura. 

Chuy: ¡Bueno, niños, a ver! Juan ya no es el mismo muchacho al que podían tratar con esa confianza. Llámenlo a partir de ahora el padre Juan. ¿Entendido?

Juan: Déjelos, padrecito. Por mí no hay problema. 

Chuy: Juan, no me desautorices. Ellos deben entender que, aunque vas a seguir siendo su amigo, deben saber cómo tratarte de forma apropiada. ¿Está claro, niños?

Los niños dicen “sí” al unísono.

Chuy: Bueno, vayan y me esperan sentados en la banca. Pórtense bien que estamos en la casa de Dios. 

Los niños se van corriendo. Chuy niega con la cabeza, aunque también termina sonriendo. Chela, Martha y Damián se acercan.

Chela: ¡Mi niño!

Chela abraza a Juan con enorme emoción.

Chela: Ay, estoy tan orgullosa de ti.

Juan: Gracias por nunca dejar de creer en mí, abuela.

Juan sonríe emocionado. Martha también lo abraza.

Martha: Felicidades, mijo. Dios siempre tuvo un plan para ti y el corazón se me llena de felicidad al verte ahora convertido en sacerdote.

Juan: Gracias, Martha. Esto se los debo y se los dedico también a ustedes que siempre estuvieron ahí para mí.

Juan los mira a todos con cariño.

Juan: Los quiero mucho.

Martha: Y nosotros a ti. Juanito también debe sentirse orgulloso del gran padrino que tiene.

Juan: Yo espero que sí.

Juan jala con suavidad y ternura la naricita del bebé, el cual se sonríe. 

Damián: Bueno, bueno, ¿y las fotos? Un día así hay que tenerlo pal’ recuerdo, ¿no?

Chela: Es cierto. Casi se nos olvidan.

Damián: Entonces organícense, a ver.

Damián es quien se encarga de tomar las fotografías. Primero, toma una de Juan junto a Chuy. Luego, toma otra de Juan solamente con Chela, quien lo abraza de lado con gran cariño. Finalmente toma una tercera foto de Juan y Martha. Juan queda capturado cargando a su pequeño ahijado.

Damián: Bueno, y ahora una todos juntos.

Damián les hace señas para que se organicen y les toma una foto grupal. 

Juan: ¿Tú qué? ¿O a poco no te gustan las fotos y no quieres aparecer?

Damián: Pues claro que me gustan, güey, digo, padre (Todos ríen). Yo soy el que tiene que brillar. No en vano me hice una skincare toda la noche para salir regio.

Todos se ríen por esas ocurrencias.

Juan: Pues ándale. Tómala ya.

Damián: Bueno, posen para la selfie.

Damián levanta el celular y procede a tomar un par de fotos. Cada uno queda sonriendo, felices de compartir aquel momento de alegría. María José, entonces, se acerca caminando con timidez a lo lejos. Juan se sorprende enormemente al verla y apenas puede reponerse. Los demás también se sorprenden al verla.

María José: (sonriendo) Hola a todos.

Martha: (emocionada) ¡María José, mija!

María José: Hola, doña Martha.

Martha: Ay, qué bueno que sí viniste.

Martha se le acerca de inmediato a la joven para abrazarla. Juan entiende que entonces fue invitada por la primera. 


EXT. CATEDRAL/ANTEJARDÍN – MÁS TARDE

Juan y María José platican, sentados en una banca del antejardín de la imponente catedral. Juan ya se ha retirado las ropas sacerdotales.

Juan: (sonriéndole) Gracias por venir a mi ordenación.

María José: No hay de qué, Juan. No podía perdérmela. Te felicito de corazón. Me alegra muchísimo que hayas llegado hasta aquí.

Juan: Dios fue quien me trajo y me condujo. Nada ha sido por mérito propio. 

María José asiente en silencio.

Juan: ¿Cómo has estado? Hace mucho que no te veía desde la vez que todavía estaba en la cárcel.

María José: Bien, supongo. He estado trabajando como maestra en comunidades vulnerables y justo aproveché mis vacaciones para venir.

Juan: ¿De veras? Qué padre.

María José: Sí. Es bonito, aunque difícil. Hay veces en las que me encuentro con casos de niños que vienen de hogares disfuncionales y de situaciones muy complejas, pero me llena de satisfacción poder darles un poco de amor y brindarles un espacio seguro en mis clases.

Juan: Te felicito. Me llena de orgullo escucharte hablar así. Yo siempre supe que ibas a ser una excelente maestra.

María José: Yo ya lo dije una vez. Esto te lo debo a ti que me ayudaste a descubrir mi camino y mi vocación. Muchísimas gracias. 

Juan: No hay nada qué agradecer (Hace una pausa). ¿Qué hay de tu madrina? ¿Definitivamente nunca despertó?

María José resopla y tarda unos segundos en responder.

María José: Paula murió hace unos meses (Juan se sorprende). De hecho, estaba en España cuando me llamaron para avisarme. Su cuerpo finalmente dejó de responder. Envié dinero y le pedí a la casa de reposo que se encargara del funeral. 

Juan: Lo siento mucho. Espero que descanse en paz. Te prometo que la voy a tener en cuenta para mis oraciones.

María José: Gracias. Yo todavía no soy muy religiosa o católica, pero sé que hay algo más allá de este mundo y tú eres un hombre de fe, así que te lo agradecería.

Juan: Cuenta con ello entonces. 

Hay un silencio entre ambos durante varios segundos y el viento los sopla. 

María José: Hay algo que quisiera entregarte antes de que se me olvide.

Juan se extraña. María José saca de su bolso un denario y se lo entrega. Juan se sorprende al reconocerlo.

María José: Esto es tuyo. 

Juan: Es el denario que me regaló mi padrino antes de morir. ¿Tú lo tuviste todo este tiempo?

María José: (asintiendo) Christian lo llevaba con él cuando murió. 

Juan, entonces, recuerda que, en efecto, se lo había dado a su hermano años atrás.


FLASHBACK

INT. CASA DE CHELA/HABITACIÓN DE JUAN – DÍA

Juan le coloca el denario a su hermano en una de las muñecas. Luego, le pone una mano en el hombro y le esboza una sonrisa.

Juan: Creas o no, cuando sientas que no das más, mira ese denario. Levántate y sigue adelante. Es justo lo que estoy aprendiendo a hacer.

Christian lo observa conmovido y ambos se unen en un abrazo fraternal.

FIN DEL FLASHBACK


Juan sonríe con evidente nostalgia. 

Juan: Sí, sí recuerdo que se lo regalé.

María José: El padre Chuy me lo dio cuando fue a reconocer el cuerpo y dijo que era el tuyo. Yo ya te lo había visto puesto a ti y esa fue la prueba que necesité para convencerme de que eras tú.

Juan: Lamento mucho haberte engañado y provocado ese dolor. 

María José: Han pasado ya más de tres años, Juan. El dolor se transforma y eso tú también me lo enseñaste.


FLASHBACK

INT. ORFANATO “NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”/HABITACIÓN DE JUAN – NOCHE

María José: ¿Cómo hago entonces para avanzar? Porque no me siento capaz. 

Juan: El dolor nunca se va a ir, pero sí se transforma y se aprende a vivir con él para hacerte más fuerte. Todos estamos aquí por una razón y hay que ir tras ella para encontrarle sentido a lo que creíamos perdido.

María José se siente un poco impresionada por las palabras del joven.

FIN DEL FLASHBACK


Juan: Es cierto. Yo mismo lo viví en carne propia y lo comprobé. Hoy puedo decir que el dolor me hizo más fuerte, lo acepté y ahora me siento más tranquilo.

María José: ¿Ves? Entonces no hay razón para remover lo pasado. Me parece que los dos logramos avanzar y el dolor de ambos se transformó en algo bueno. 

Juan asiente en silencio. 

Juan: Gracias de nuevo por estar aquí. Espero que no faltes a mi primera misa. 

María José: (sonriendo) Por allí estaré. Pienso quedarme una semana.

Juan: Nada más no te vayas a reír de mí si se me hace bolas la lengua durante la homilía.

María José no puede evitar reír.

María José: Te prometo que no lo haré.

Los dos se sonríen mutuamente, felices, serenos, sin ningún tipo de amargura. El sentimiento que alguna vez se afloró entre ellos no queda sino en un recuerdo sano de ambos que ya no les genera ningún tipo de dolor. 


EXT. RECLUSORIO/PATIO – DÍA

De forma paralela, en un reclusorio distinto, Emiliano se encuentra tirado en el piso del patio donde otros reclusos se dedican a practicar deporte o a hacer otras actividades. Octavio pasa y lee en voz alta un titular de noticias del periódico. Emiliano alza la mirada a verlo con desprecio.

Jorge: Juan de La Cruz Quintana, sobrino ilegítimo del magnate mexicano Emiliano Fonseca, fue ordenado sacerdote tras haber pasado dos años en prisión por suplantar la identidad de su hermano gemelo en un intento de destapar los crímenes de su tío, quien actualmente se encuentra recluido en el Reclusorio Estatal de La Cantera, purgando una condena de cincuenta años de prisión…

Octavio hace una pausa y voltea a ver a su exjefe con burla.

Jorge: Quintana ha llevado una vida alejada de redes sociales y de los medios, pero luego de intentar comunicarnos con él, accedió a conceder una entrevista en exclusiva ante el cuestionamiento de algunas personas de sectores conservadores por su pasado como exconvicto… (Deja de leer) Vaya, vaya…

Octavio le lanza el periódico abierto al piso. 

Octavio: (con burla) Tu sobrino podrá haberme hecho pasar el resto de mi vida en prisión, pero admiro que tuvo los huevos suficientes para ser alguien en la vida, bien distinto a ti… 

Emiliano voltea a ver de reojo la página del periódico. Juan aparece allí en una foto.

Octavio: Ese cabrón es la muestra de que a gente como tú y yo tarde que temprano nos llega la hora, Emiliano y que la vida se encarga de poner a cada quién en su lugar. 

Emiliano: ¡Jódete y déjame en paz! ¡Lárgate!

Octavio se retira silbando con burla. Emiliano no toma el periódico, pero alcanza a ver la foto y por primera vez, no siente rabia, sino una inexplicable sensación de inferioridad. Pronto la lluvia comienza a caer de gota en gota. Los reclusos salen a buscar en donde escamparse. Emiliano, por el contrario, permanece sentado en el piso, dejando que la lluvia lo moje, sin una reacción aparente. Tan solo su rostro tenso y derrotado se enfoca.


INT. RECLUSORIO/CELDA – DÍA

La historia se traslada a una celda pequeña, desordenada y mal iluminada. Hay una figura sentada sobre la cama, de espaldas, cuyo rostro no puede ser visto. Lleva una peluca, un collar llamativo y ropa femenina improvisada. Fuma un cigarrillo mientras hojea distraídamente un periódico. Pasa una página y se detiene, pues encuentra una foto sumamente familiar. Juan aparece en dicha foto vestido de forma cuidadosa y sobre la foto, un llamativo titular: «JUAN DE LA CRUZ QUINTANA, ORDENADO SACERDOTE».

Jorge: Con que sacerdote… 

Todavía no se ve su rostro, pero se alcanza a enfocar su mandíbula, la cual tensa con evidente rabia. 

Jorge: Después de todo, lo logró… Lo logró ese maldito… Me quitó lo que debió ser mío…

Jorge se saca el cigarrillo de la boca y lo apaga justo en la foto. Deja que el periódico se queme y lo tira al piso para luego pisarlo y apagarlo. La cámara continúa sin mostrar su rostro. De pronto, una voz se escucha desde el pasillo.

Recluso: ¡Hey, doña madame! ¡Tienes visita conyugal! (Dice con burla)

Jorge permanece inmóvil y les da la espalda a los dos reclusos que han llegado a su celda. La noticia que acaba de leer lo ha desencajado.

Recluso: ¿Qué pasó, madame? ¿No vas a recibir la visita? Te traje nuevo cliente.

El recluso suelta una carcajada. Jorge finalmente se voltea y puede verse que su aspecto ha cambiado por completo. La peluca, el maquillaje desgastado y extravagante, cejas depiladas y perfiladas, el collar y su expresión endurecida contrastan con el hombre que alguna vez fue. Es notable que ahora ya no tiene ningún pudor en ocultar su travestismo.

Jorge: ¿Traes cigarrillos? 

El segundo preso no responde y saca del bolsillo de su uniforme una cajetilla de cigarrillos. Luego sonríe con evidente lascivia. Jorge no muestra deseo o interés alguno.

Jorge: Bien. Pasa y baja la cortina. 

El segundo recluso entra y, en efecto, como le fue indicado, baja una cortina para evitar que otros vean. Jorge se prepara para recibirlo, dispuesto a consumar un acto íntimo. Tal parece que ejerce la prostitución dentro del penal a cambio de productos. 

Recluso 2: Quítate la ropa.

Jorge: Veo que tienes prisa.

Recluso 2: Es la primera vez que hago esto y no quiero que me vean.

Jorge: Relájate. Hay tantos que han venido por mis servicios, a desfogarse, que no por nada soy tan reconocido en este penal y me llaman la “madame”. No tienes que temer.

Recluso 2: Deja el parloteo y ya sácate la ropa. 

Jorge, en silencio, comienza a despojarse del atuendo improvisado que adoptó del uniforme carcelario. El recluso se acerca y se inclina, como si fuera a hacerle una felación. Jorge cierra los ojos cuando, de repente, los abre de par en par, impactado y pega un estrepitoso grito que aturdiría a cualquiera. El recluso se ha manchado las manos de sangre, pues ha mutilado los genitales del hombre con una afilada navaja. Jorge respira agitado, sin dejar de gritar, y se echa para atrás, tumbándose en la cama y comienza a desangrarse. 

Recluso 2: Esto te lo manda el patrón por haberlo contagiado de sida. 

Jorge: (desgarrado) ¡Auxilio! ¡Por favor, ayuda! ¡Necesito ayuda!

El recluso se pone de pie, mirándolo con burla.

Recluso 2: Nadie va a venir a ayudarte, cabrón. Eres un puto virus que había que cortar, una basura. Había que hacer limpieza y ahí tienes.

Jorge: (aterrado) ¡Por favor, no! ¡Por favor, que alguien venga! 

El recluso lo ignora y sale de la celda sonriendo con perversión como si lo que acaba de hacer fuera algo tan simple como respirar. Jorge grita con todas sus fuerzas y cae al piso, arrastrándose y desangrándose. 

Jorge: ¡¡Ayuda, por lo más que quieran!! ¡¡Necesito que alguien me ayude, por favor!! ¡¡Me acaban de atacar!! ¡¡Llamen una ambulancia!! 

Los gritos del desesperado hombre se escuchan en eco por todo aquel pasillo, pero nadie viene en su auxilio. 

Jorge: ¡¡Auxilio, por favor!! ¡¡Auxilio!! ¡¡Ayuda!!

Jorge continúa gritando estrepitosamente y poco a poco, sus clamores desesperados disminuyen. Ha muerto de forma irremediable, desangrado, desnudo, de una forma degradante, humillante y completamente solo.


INT. IGLESIA “EL ROSARIO” – DÍA

La luz anaranjada del atardecer entra por los vitrales. La iglesia está prácticamente vacía. Juan permanece dentro del confesionario y del otro lado hay una mujer de mediana edad que termina de hablar.

Mujer: Ay, padre, me siento muy mal porque le mentí a mi marido.

Juan: ¿Qué clase de mentira le dijiste? ¿Fue grave?

Mujer: Es que… (Hace una pausa, avergonzada) Le dije que había perdido el dinero que me dio para pagar la luz.

Juan: ¿Y qué hiciste con el dinero? 

Mujer: Me compré unos zapatos que estaban en oferta. 

Juan contiene la risa.

Juan: Bueno, pues al menos espero que estén bien chulos.

Mujer: (sorprendida) ¡Padre!

Juan: Estoy bromeando. En fin, no te preocupes. Mentir nunca va a estar bien y menos en ese caso que se trata de dinero. Faltaste a tu honestidad.

Mujer: (preocupada) Yo sé. ¿Qué hago entonces?

Juan: Tendrás que pedirle perdón a tu marido y, sobre todo, devolverle el dinero. Es la reparación del daño que hiciste y además, como penitencia, haz una obra de misericordia con él. Invítalo a cenar o ten alguna atención especial. Hazle ver que estás arrepentida.

Mujer: Sí, padre. Tiene usted razón. Le agradezco. Eso haré.

Juan adopta un tono solemne y hace la señal de la cruz.

Juan: Bueno y ahora sí, yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Mujer: Amén.

Juan: Te puedes ir en paz. 

La mujer sale del confesionario. Juan resopla y mira su reloj de muñeca.

Juan: Chale, hoy sí que se me hizo tarde con las confesiones.

Juan dibuja una sonrisa. Las semanas, meses y años comienzan a pasar, y él se adapta a su nueva vida sacerdotal en la parroquia que le ha sido asignada. 

Juan: (voz en off) Hay veces en las que queremos con todas las fuerzas huir de nuestro pasado, sin embargo, yo aprendí a vivir con él…

Juan logra poco a poco ganarse el cariño de su comunidad, de niños, ancianos y familias a quienes bendice después de cada misa. 

Juan: (voz en off) Dios no lo cambia porque precisamente el pasado es parte de lo que somos y lo que realmente cambia es nuestro corazón para que ese pasado deje de gobernarnos…

Juan hace obras de caridad con los más necesitados y reparte bolsas de comida entre ellos como también catequiza a niños que se preparan para su primera comunión. Logra ponerse al servicio de los demás como siempre lo había soñado y lo hace con amor.

Juan: (voz en off) Es verdad que todos hemos caído alguna vez y quizá algunos llevamos heridas que todavía duelen…

Juan se encuentra frente a todos los fieles dentro de su iglesia, dando un sermón con una expresión llena de paz. 

Juan: (voz en off) Pero mientras tengamos vida, siempre podremos levantarnos; siempre podemos pedir perdón; siempre podemos perdonar y siempre podemos elegir nuevamente el camino que queremos seguir…


INT. IGLESIA “EL ROSARIO”/SACRISTÍA – DÍA

La misa ha terminado. Juan se quita la casulla y la estola, las dobla y las sostiene, mirándolas con tranquilidad.

Juan: (voz en off) Dios no nos pide que tengamos una vida sin cruces, sino que nos enseña a caminar con ellas…

Luego, el joven sale al atrio donde se está llevando a cabo un picnic en el antejardín. Juanito, al verlo, ya de cinco años, corre hacia él emocionado. Martha se encuentra sentada en una manta sobre el césped.

Martha: ¡Con cuidado, mijo! ¡No te vayas a caer!

Juanito corre. Juan se pone de inmediato a la altura del pequeño.

Juan: ¿Qué onda, Juanito?

Juanito: Padrino, vamos a jugar con mis amiguitos.

Juan: Tengo que ir a ayudar a mi abuela y al padrecito con los sandwiches, campeón.

Juanito: Ándale, vamos, ¿sí? Tú me prometiste que jugarías conmigo.

El niño tira de su mano con desespero.

Juan: Pues ándale. Vamos entonces.

Juan se incorpora y el niño no suelta su mano, sino que lo lleva y lo guía. Martha, a lo lejos, observa con felicidad y ternura.

Juan: (voz en off) Yo, por ejemplo, perdí muchas cosas en el camino; perdí personas que amaba; perdí mi identidad; perdí mi inocencia y, durante un tiempo, también me perdí a mí mismo…

Juan se reúne con otros niños más o menos de la misma edad de su ahijado.

Juan: (voz en off) Conocí el odio, la culpa, el dolor y llegué a pensar que ya no había un camino de regreso, pero cuando creí que todo estaba perdido, salí de lo más oscuro. Dios me dio la fuerza de seguir, de levantarme…

Juan se agacha para jugar con los niños y todos se abalanzan sobre él, tumbándolo al piso y haciéndole cosquillas.

Juan: (voz en off) Es cierto que no puedo borrar mi pasado y tampoco quiero hacerlo porque todo lo que viví, todo lo que perdí, todo aquello que me hizo caer, me convirtió en quien soy…

Juan juega con los niños, persiguiéndolos. Chuy y Chela también participan del picnic, usando ambos un delantal y sirviendo unos sandwiches a los fieles de la parroquia. Los dos ven con una sonrisa al muchacho.

Juan: (voz en off) Y hoy sé que mi cruz no era el final de mi camino, sino que era parte de él y comprendí que después de caer, todavía podía levantarme; después de odiar, todavía podía perdonar; después de perderme, todavía podía encontrarme…

Juan deja que los niños se adelanten y en cierto punto se queda mirando hacia la entrada de la iglesia. Benjamín parece hacerse presente a lo lejos y ambos comparten sonrisas. Juan lo ve con nostalgia, quizá como una visión en vez de algo sobrenatural.

Juan: (voz en off) Y lo más importante es que aprendí que todavía podía elegir amar de una forma distinta a la que el mundo me lo dictaba.

Juan observa conmovido y solo asiente con la cabeza al tiempo que aprieta la medalla contra su pecho. Benjamín desaparece. El joven baja lentamente la mirada hacia la medalla y la besa con reverencia antes de guardarla debajo de su camisa. 

Juanito: (a lo lejos) ¡Padrino! ¡Ven! ¡Te estamos esperando!

Juan: ¡Voy y espero que se hayan escondido bien, eh!

Juan procede a buscar a los pequeños que se han ocultado en diferentes lugares. La cámara va elevándose, enfocando las torres de la iglesia, al tiempo que las campanas comienzan a sonar, mezclándose con las risas de los niños y es que, para nuestro protagonista, en lo sencillo y lo cotidiano ha encontrado la verdadera felicidad. 

FIN

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